¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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EEUU

Después de matar al guardia, Glaucón y yo corrimos por el pasillo, alejándonos del Pozo. Glaucón había envejecido seriamente en la pelea. Cojeaba y maldecía; era un pedazo de carne moribunda y lo sabía. Yo arrastraba la mano por la pared, buscando una puerta.

—Lo lograremos —dije.

—Claro —dijo él. Apretaba el brazo contra su costado.

Pasamos corriendo frente a una serie de ventanas ontológicas: un incendio forestal, un sol en el espacio, una fábrica que transmutaba niños en flores. Me preocupaba que el pasillo fuese un lazo cerrado. Por lo que sabía, el único propósito de esos pasillos era confundir y recapturar a los fugitivos. O quizás eran sólo una diversión. Los Relativistas se deleitan con esos absurdos.

Más ventanas: una tormenta de nieve, un paisaje marino nublado, un pasillo exactamente igual a donde estábamos, en el que dos hombres vestidos con túnicas amarillas —kosodes1 de prisionero, exactamente como los nuestros— buscaban una salida. Glaucón se detuvo. La mano de su doble se extendió para tocar la suya. El rostro del mío me miraba enojado; un rostro fuerte, inteligente.

—No es más que un espejo —dije.

—¿Espejo?

—Un espejo —dijo una voz. En el pasillo, delante de nosotros, apareció Protágoras—. Como el sexo, reproduce a los seres humanos.

Un viejo chiste, y era típico de Protágoras citarlo sin mencionar la fuente.

Glaucón levantó su reloj. En vista de la infinita mutabilidad de Protágoras, era menos que inútil: no había forma de que Glaucón tuviera la mínima oportunidad. Mi espíritu se hundió cuando observé el cambio que le sobrevino. Protágoras destilaba compañerismo. A Glaucón le gustaba. A nadie podía dejar de gustarle Protágoras, salvo a un maníaco.

Necesité de toda mi fuerza de voluntad para bloquear la invasión de endorfina, pero Glaucón nunca fue tan fuerte como yo. Había hablado mucho con él sobre la hermandad pero, si hubiese tenido libertad de acción, lo habría dejado seco en el acto. En cambio, me escondí de los ojos azules de Protágoras, fríos como fragmentos de aguamarina en un mosaico.

—¿Adónde van? —dijo Protágoras.

—Íbamos a… —comenzó Glaucón.

—… ningún lado —dije.

—Un lugar difícil de alcanzar —dijo Protágoras.

Glaucón inclinó la cabeza como un perro.

—Conozco un camino corto —dijo Protágoras—. Vengan conmigo.

—Claro —dijo Glaucón.

Luché por mantener el control. Si le hubieran preguntado, Protágoras habría negado estar controlando a alguien: “El Hombre Superior gobierna con humildad”. Otro sofisma.

Volvimos sobre nuestros pasos por el corredor. Si me quedaba con ellos hasta que llegáramos al centro, no podría escapar de ningún modo. La desesperación me obligó a verificar el realismo de una de las ventanas. Cuando pasamos por la escena del océano, empujé a Glaucón contra Protágoras y lancé un hombro contra el cristal.

La ventana se hizo añicos; caí. Mi kosode flameó como las alas de Ícaro al derretirse, mientras el cielo y el mar remolineaban a mi alrededor, hasta que me hundí en el agua. Mi aliento salió como una explosión. Agité los brazos y di vueltas. Finalmente, encontré la superficie. Escupí y resoplé; mi brazo derecho era una agonía y me dolían las costillas. Me quité las zapatillas con dos puntapiés y me extendí de espaldas. El oleaje me hacía subir y bajar. El cielo era bajo y oscuro. En la cima de cada ola, veía el horizonte de nubes de tormenta, plano como las emociones de un psicótico… pero en la otra dirección había una playa.

Nadé. El hombro herido y el kosode me lo hacían difícil, pero en ese momento no habría cambiado de sitio con Glaucón ni por toda la iluminación de los ancianos.

 

* * *

 

Cuando me enviaron a la colonia penal, me dijeron: “Las prisiones deben ser lugares donde la gente se aloje transitoriamente, como los huéspedes. No deben convertirse en viviendas”.

Su idea de lo transitorio no es la mía. Transitorio no significa lo bastante extenso como para que tu piel se agriete como el lecho seco del lago que ves por la ventana, como para que el recuerdo del contacto con tu amada retroceda hasta no ser más que un tormento en tus sueños, tan distante como las montañas que rodean la colonia penal. Esas distinciones no existen para los Relativistas, como todas las distinciones. Supongo que por esa razón me enviaron aquí.

Generalmente, te dejan solo. No me importaba el aislamiento; me daba tiempo para comprender con exactitud de cuántas maneras me habían traicionado. Pasé horas pensando en Areté, bosquejando sus rasgos ideales en mi mente. Recordaba cómo me habían arrancado de su lado. Me preguntaba si aún estaría viva y si alguna vez volvería a verla. Finalmente, cuando el recuerdo se diluyó, conquisté el paso del tiempo: reconstruí su imagen a partir de ideas incorruptibles y planifiqué la venganza que llevaría a cabo cuando fuese libre de nuevo, de modo que el pasado y el futuro se volvieron más reales para mí que el presente infinito, monótono. Así es el poder de las ideas sobre la realidad. Para los guardias, debo haber tenido un aspecto adecuadamente meditativo. Por dentro, me quemaba.

Todos los días, al amanecer, nos despertaba el golpe de los palos contra la cabecera de hierro de las camas. Durante la primera hora, traíamos agua del Pozo de los Cambios. Durante la segunda, nos estimulaban a beber (yo me negaba). Durante la tercera, lavábamos los pisos con el agua. De la cuarta a la séptima, cumplíamos con las funciones que fuesen necesarias para el mantenimiento de la prisión. Durante la octava, nos torturaban. Durante la novena, nos alimentaban. Por la noche, exhaustos, dormíamos.

La cámara de tortura está hecha de hormigón acanalado. Es una habitación fría, sin ventanas. En el centro hay una silla y, junto a la silla, una mesa pequeña; sobre la mesa, la capucha. La capucha es negra y parece hecha de tela ordinaria, pero no es así. La primera vez que la tuve en mis manos, a pesar de la evidencia que me proporcionaban mis ojos, pensé que se me había resbalado de entre los dedos. La capucha no es un objeto material: no se siente al tacto, no tiene textura y, aunque absorbe toda la luz, no es ni caliente ni fría.


Ilustración: Guillermo Vidal

Tu inquisidor te invita a sentarte en la silla y a colocarte la capucha en la cabeza. Lo haces. Él te habla. La habitación desaparece. Tu cuerpo se disuelve y te conviertes en otra cosa. Eres un animal. Eres uno de los ancianos. Eres una piedra, una gota de lluvia en la tormenta, un planeta. Estás en otro tiempo y lugar. Puede que suene intrigante, y las primeras veinte veces lo es. Pero nunca termina. Las sesiones son indiscriminadas. Deliberadamente sin sentido. Se prolongan hasta el borde de la demencia.

Recuerdo una de esas sesiones, en la que viví en una ciudad antigua y trabajé, siguiendo una rutina irremediable, en una tienda llamada “Mundo de Valores”. Los valores que vendíamos eran artículos de promoción. Me casé, tuve hijos, envejecí, perdí la salud y el espíritu. Trabajé cuarenta años. Algunos días fueron felices, otros tristes; la mayoría, ninguna de las dos cosas. Lo último que recuerdo es que estaba echado en una cama de hospital, incapaz de ver, muriendo y escuchando a mi esposa hablando con mi hijo sobre lo que iban a cenar. Cuando salí de debajo de la capucha, Protágoras me levantó de la silla de un tirón y me recitó este poema:

 

De los orificios de la nariz del Gran Buda

voló una pareja de golondrinas

que allí anidaba.

 

Todavía escuchaba la voz restallante de mi esposa fantasma. No estaba de humor para acertijos.

—Dime lo que significa o cállate.

—Bebe del Pozo y te lo diré.

Le di la espalda.

Siempre era así. Para Protágoras, atormentarme era una profesión. Lo conocía desde hacía demasiados años. No depositaba su fe en nada, carecía totalmente de honor, pero tenía poder. Su intelecto estaba disponible para el uso que fuera. Malgastaba años en banalidades. Podía argumentar a favor de ambos lados de una discusión, no porque buscara sacar ventaja, sino porque no le importaba lo que estaba bien o mal. Era intolerablemente afortunado. Irresponsable como un niño. Inconstante como el viento. Su mirada azul, opaca, podía ser tan insensata como la de un científico.

Y había sido mi primer maestro. Me había presentado a Areté, ofreciéndome consejos inservibles durante nuestra tormentosa relación; había dado un testimonio ambiguo en mi juicio y, cuando dictaron sentencia, había abandonado la universidad para venir a la prisión y convertirse en mi inquisidor. La idea de que yo alguna vez lo había idolatrado me atormentaba más que cualquier sesión debajo de la capucha.

Después de zambullirme en el mar atravesando de la ventana, luché con el oleaje para llegar a la playa. Durante un lapso desconocido, me quedé tirado en la arena húmeda, jadeando. Cuando abrí los ojos, vi que se me había acercado una bandada de gaviotas. A un brazo de distancia, la gaviota líder, un rufián de gran porte cuyas plumas deshilachadas sobresalían de su cuello formando una gorguera, me observaba con sus ojos negros como cuentas de collar. Otras, de diversos tamaños y marcas distintivas, se ubicaban detrás formando una cuña. Levanté la cabeza; las gaviotas recularon unos pasos sin desarmar la formación. Comprendí de inmediato que estaban formadas según su rango en la bandada. La naturaleza refleja así la verdad fundamental: los fuertes gobiernan a los débiles; la relación de uno con los demás sigue un orden jerárquico.

En un costado había una gaviota solitaria y flaca, más rápida que el resto, pero distante. Supuse que era la gaviota filósofa. La saludé; era mi hermana.

Un andarríos correteaba por la orilla del mar. Metí las manos en el agua del mar y me lavé la arena y los trozos de caracolas de las mejillas. Pendiente arriba, los altos pastizales y las espiguillas sujetaban las dunas contra las mareas. La escena era familiar. Maravillado y un poco intranquilo, comprendí que la ventana me había arrojado en las Grandes Aguas, bastante cerca de la Ciudad Imperial.

Subí hasta la cresta de las dunas dando tumbos por la arena. Al este, debajo de la pila de nubes de tormenta, los relámpagos destellaban sobre el agua oscura. Al oeste, contra el fulgor del ocaso, la arena y los matorrales se convertían en campos. Comencé a caminar tierra adentro. La noche cayó rápidamente. Desde atrás, se acercaron las nubes, los vientos fuertes y, más tarde, la lluvia. Seguí andando con dificultad, cantando bajo el diluvio. Los truenos también cantaban. El agua me corría por las grietas de la cara, el kosode mojado me pesaba contra el pecho y los hombros, el césped áspero me cortaba los pies. En la oscuridad profunda, lograba continuar únicamente porque memorizaba el paisaje que me revelaba cada relámpago. Lleno de júbilo, me apresuré para llegar a mi amada. Les grité a las gotas de lluvia; cualquiera de ellas podía ser uno de mis compañeros presos debajo de la capucha. “¡Soy libre!”, les dije. Vadeé el crecido Río de la Indiferencia. Crucé el Bosque de los Árboles de Hierro a los trompicones. Durante toda la noche, puse un pie delante del otro y, unas horas antes del amanecer, bajo una llovizna melancólica, atravesé la Puerta de Herón y entré en la ciudad.

En el Barrio del Procesador, encontré un umbral con un techo que protegía de la peor parte de la lluvia. Por encima colgaba el letrero iluminado de la Rata. En un rincón de ese umbral, bajo ese letrero, dormí.

 

* * *

 

Me despertó la llegada del dueño de la tienda de comunicaciones, en cuyo umbral había dormido.

—Busco al zorro viejo —dije—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?

—¿Quién es usted?

—Puede llamarme zorrito.

Abrió la puerta de un empujón.

—Bueno, Sr. Zorro. Puedo ponerlo en contacto con él de inmediato. Pase a una de nuestras cabinas.

Debió darse cuenta de que yo no tenía dinero.

—No quiero comunicarme. Quiero verlo.

—La comunicación es mucho mejor —dijo el dueño de la tienda. Tomó una toalla, una palangana de cobre y una navaja ornamental del armario que estaba detrás de su terminal—. No hay riesgo de violencia física. No hay sufrimiento, salvo el psicológico. Reproducción completamente precisa. Realces sensoriales: olfativos, visuales, auditivos. —Abrió una jaula empotrada en una pared y sacó una rata negra y dócil, agarrándola del cuello—. Posibilidad de grabar. Acceso a una red de servicios de información de soporte. Por un ligero cargo adicional, ofrecemos ampliación de la inteligencia y análisis semiótico instantáneo. Hacemos que los bajos parezcan altos. La presencia física no tiene comparación.

—Quiero hablar con él en privado.

Sin mirarme, llevó la rata hasta el bloque de piedra.

—Tenemos un contrato.

—No cuestiono su integridad.

—¿Tiene prejuicios religiosos contra la comunicación? ¿Es usted un Viajero?

El sujeto no iba a descansar hasta obligarme a admitir que no tenía un centavo. Yo me rehusaba a hacerlo; si él era un comunicador tan devoto, bien podía quedarse en su casa. Pero había caminado hasta esta tienda, en persona. Tragándome la furia, dije:

—No tengo dinero.

Le abrió el cuello a la rata. El animal no emitió sonido.

Después de drenar la sangre y de poner el cuerpo en el recipiente de exhibición, se lavó las manos y me miró. Parecía bastante satisfecho consigo mismo. Sacó un objeto pequeño de un cajón.

—Lo encontrará en la Universidad. Aquí tiene un mapa del laberinto. —Me lo puso en la mano.

Juré que un día me vengaría de este acto de caridad gratuita. Me fui.

Las calles estaban atestadas. Una luz dorada y polvorienta se filtraba entre las hileras de edificios antiguos. Demasiado bajo para usar los Caminos móviles, me eché a andar. Los mensajeros de túnicas anaranjadas avanzaban laboriosamente entre la multitud. Los conductores sudorosos, vestidos de taparrabos, tiraban de los carros taxi; imaginé a los perfumados ganadores de lotería que se reclinaban detrás del cristal opaco de sus cabinas para pasajeros. En el Barrio Médico, los cirujanos callejeros ofrecían sus servicios frente a estanterías de senos y penes de tamaño prodigioso. Como antes, los nombres de las calles cambiaban una vez por hora para marcar el avance del sol por el cielo. De todas las calles menos una, y contuve el aliento cuando llegué a ella: el Camino de la Iluminación, que unía el Templo de la Reforma con el Palacio Imperial. Como antes, los metamorfos entretenían a los fieles en el escenario montado fuera del Templo. Uno de ellos cambió de forma ante mis ojos: de hombre con cara de perro, vestido con la falda de cuero de los atletas, a CEO tatuado con traje motorizado.

—¡Ven a beber del Pozo de los Cambios! —le gritó, en éxtasis, a un transeúnte—. ¡Refórmate!

El Pozo del que hablaba era tanto literal como simbólico. El Pozo de la prisión era su hermano; los predicadores del Templo afirman que todos los Pozos son un solo Pozo. Sus aguas tienen el poder de transformar el cuerpo y la mente. Un científico podría explicar cómo se hace: virus, química cerebral, hipnosis, alguna desquiciada combinación de las tres cosas. Pero eso es todo lo que podría explicar un científico. A diferencia de un científico, yo podría explicar por qué su utilización es moralmente incorrecta. Podría explicar que algunas verdades son eternas y que deberían permanecer inviolables, y por qué una cultura que acepta el cambio indiscriminadamente tiene el corazón podrido. Podría demostrar, con una lógica irrefutable, que la razón es mejor que la emoción. Que el espíritu es más grande que la carne. Que el Relativismo es la ruta al infierno.

En vez de alivio por estar en casa, sentía angustia. El caos de la calle me ponía de mal humor, pero no era sólo eso: la ciudad estaba exactamente como yo la había dejado. La mañana húmeda, bajo la que había amanecido en el umbral, podría haber sido la mañana siguiente del día en que me enviaron a prisión. Mi ausencia no había marcado ninguna diferencia discernible. La tiranía de los Relativistas, contra la que habíamos luchado mis amigos y yo, no había culminado con la desgracia universal que habíamos predicho. Aunque todo cambiaba minuto a minuto, todo seguía igual. Lo único que debía permanecer constante, la Verdad, para ellos era tan quimérica como los modificadores de genes del Templo.

Podrían haber hecho las cosas mejor si hubiesen tenido maestros para enseñarles a diferenciar el bien del mal.

Mirando el boulevard, a la distancia, en el núcleo de la ciudad, vi los muros del palacio. Al mediodía ya había llegado allí. Los vendedores de pasteles especiados empujaban sus carros entre los peticionantes reunidos junto a las grandes puertas laqueadas de rojo. Uno, cuyos pasteles contenían una contraseña gratuita cada uno, estaba haciendo un negocio excelente. Por el hecho de que el portero ignoraba a los peticionantes que intentaban usarlas, quedaba en evidencia que todas las contraseñas eran falsas. Pero eso no disminuía las ventas. La mayoría de los peticionantes eran medioseres y hasta un conejo idiota podía ganarles en una negociación.

Lloré por mi pueblo, su ignorancia y falta de lógica. Descubrí que estaba apretando el mapa en el puño con tanta fuerza que una de sus puntas me había perforado la piel. Le di la espalda al palacio y me alejé, y no sentí ningún alivio hasta ver las torres de la universidad elevándose por encima del Parque de los Eruditos. Recordé la primera vez que las había visto; era un jovenzuelo que bajaba de las colinas, todavía con el olor del ganado encima, que venía a estudiar con el gran Protágoras. El parque meticulosamente cuidado, las serenas proporciones de los edificios, le hablaban al alma de aquel chico inocente: aquí estarás a salvo de la sangre y la pasión. Aquí puedes perderte en el mundo de la mente.

Los años habían desgastado el lustre de ese sueño, pero no puedo negar que, viéndolo ahora, otra vez como fugitivo de un mundo peligroso, sentí un poco del mismo gozo. Pensé en mi padre, un tosco agricultor que me daba latigazos por leer; en mi dulce madre, que él trataba brutalmente, intentando mantener viva en su hijo la llama de la verdad.

En el patio interior, me acerqué a una joven que llevaba el rodete y la túnica escarlata de los humanistas. Su cabeza se balanceaba siguiendo algún ritmo interior; como imaginé que estaba pensando en alguna noción referida al Ideal, mi corazón se rindió ante ella. Estaba a punto de preguntarle qué estudiaba cuando vi el prendedor en su sien. Escuchaba música transtemporal: su mente devorada por improvisaciones pueriles, ejecutadas con señales recogidas de los dolores mortales del cosmos. Generaciones de investigadores habían dedicado sus vidas a descubrir esos secretos, y todo para que los “artistas” usaran sus esfuerzos para erosionar la conexión de la gente con la realidad. Escupí el sendero a sus pies; ella pasó de largo, ajena a todo.

En la entrada del laberinto de Humanidades, recurrí al mapa y lo seguí en la penumbra. Quince minutos después, me guió hasta la entrada del Departamento de Filosofía. Era el último sitio donde esperaba encontrar al zorro… el nido de nuestros enemigos, el lugar contra el que nos habíamos confabulado incansablemente. La secretaria me saludó con simpatía.

—Busco a un hombre llamado Sócrates —dije—. Algunos le dicen “el zorro viejo”.

—Universo del Discurso 3 —dijo ella.

Avancé por el pasillo, deseando tener el reloj de Glaucón. La puerta del salón estaba abierta. En el centro de la habitación cavernosa, sentado en una gigantesca silla de soporte, estaba Sócrates. Por fin había encontrado un cambio significativo: estaba asquerosamente obeso. Los rasgos de hurón que yo recordaba se hundían en pliegues de grasa. Sólo la mirada aguda permanecía igual. Me causó una profunda conmoción. Mientras me acercaba, sus ojos me siguieron.

—Sócrates.

—Blume.

—¿Qué te sucedió?

Sócrates levantó una mano llena de hoyuelos, como para alejar la trivialidad con el gesto.

—Gané.

—Antes difamabas a este lugar.

—Difamaba a sus usurpadores. Ahora lo manejo yo.

—¿Lo manejas tú?

—Soy el decano.

Debí saber que Sócrates se había puesto en contra de nuestra causa, y quizás en algún nivel lo sabía. Si se hubiese mantenido fiel, habría terminado en una celda junto a la mía.

—Eras un gran maestro —dije.

—Exacto. Déjame decirte lo que ocurre cuando un hombre comienza a afirmar que es un gran maestro. Primero, empieza a usar túnica de brocado. Después, se pone plataformas en las sandalias. En un santiamén, el departamento tiene en sus manos una desagradable demanda por paternidad.

Su risa senil era como el burbujeo del agua en una pipa de opio.

—¿Cómo llegaste a decano?

—Le hice un servicio al Emperador.

—¡Te vendiste!

—Blume, la daga —dijo. Un poco de la vieja furia empañó su voz—. Tan afilado. Tan rígido. Siempre fuiste un pedante.

—Y tú tenías principios.

—Ah, principios —dijo—. Te diré lo que pasó con mis principios. ¿Supiste de Filomena la Bandida?

—No. Estuve un poco desconectado.

Sócrates ignoró la chanza.

—Fue después de que te marchaste. Filomena invadió el sistema, estableció su campamento en la luna y se ganó la vida saqueando al imperio. La ciudad estaba a su merced. Vi mi oportunidad. Anuncié que la reformaría. Mis estudiantes montaron una nave pequeña y Areté y yo nos lanzamos a la luna.

—¡Areté!

—Descendimos en un valle exuberante, cerca del campamento. Areté negoció una audiencia en mi nombre. Fui solo. Le describí a Filomena las ventajas de la conducta política. La naturaleza de la verdad. Los costos de vivir en el mundo de las sombras y la gloria de mudarse al mundo de la luz. Le hablé de cómo, si se volcaba a Dios, contarían su historia durante generaciones. Su fama se esparciría por todo el mundo y su honor viviría mil años más que ella.

»Filomena me escuchó. Cuando terminé, sacó un cuchillo y me preguntó: ‘¿Cuánto tiempo es mil años?’.

»Sus hombres estaban de pie a nuestro alrededor, esperando que yo diera un paso en falso. Comencé a hablar pero, antes de que lo hiciera, ella me atrajo cerca de sí y presionó el cuchillo contra mi garganta. ‘Mil años’, dijo Filomena, ‘es menos que la exposición de un neutrino que atraviesa un mundo. ¿Cuánto dura la vida?’

»Me quedé petrificado. Ella sonrió. ‘La vida’, dijo, ‘es más corta que este cuchillo’.

»Le rogué clemencia. Ella me echó. Corrí a la nave, temiendo por mi vida. Areté me preguntó qué había ocurrido. No dije nada. Partimos de regreso a casa.

»Aterrizamos en medio de un gran tumulto. Primero pensé que había disturbios, pero pronto descubrí que era una celebración. Durante nuestro viaje de vuelta, Filomena se había ido de la luna. La gente supuso que yo la había convencido. El Emperador habló. Rebajaron a nuestros enemigos de Filosofía y los regentes me nombraron Decano.

»Desde entonces —dijo Sócrates— tengo problemas con los principios.

—Eres un cobarde —dije.

A pesar de la máscara de sebo, vi arrepentimiento en los ojos de Sócrates.

—No me conoces —dijo.

—¿Qué pasó con Areté?

—No la he visto desde entonces.

—¿Dónde está?

—No está aquí. —Desplazó su peso, mirando la pantalla que rodeaba la habitación—. Entrégate, Blume. Si te atrapan, todo se pondrá peor.

—¿Dónde está?

—Aunque pudieras llegar a ella, no querrá verte.

Lo agarré del brazo; se lo retorcí.

—¡Dónde está Areté!

Sócrates inhaló con fuerza. —En el palacio —dijo.

—¿Está presa?

—Es la Emperatriz.

 

* * *

 

Esa noche me ubiqué entre los medioseres, frente a las puertas del palacio. Los hombres y mujeres cultivados a partir de semillas después de sus muertes, copiados con archivos almacenados de sus personalidades originales, todos ellos, habían perdido resolución, porque ningún archivo de identidad podía encapsular la complejidad humana. Algunos no podían hablar, otros exhibían rasgos demasiado rígidos para pasar por humanos, y otros ni siquiera tenían personalidad. Su única oportunidad de volverse completos era peticionar a la Emperatriz para se hiciera una extrapolación transfinita de su núcleo de datos. Para que los transformaran milagrosamente.

Junto a mí, un Atleta me mostró sus firmas auspiciantes. Una Actriz me mostró sus letreros. Un Banquero me mostró sus solapas. Me preguntaron cuál era mi profesión.

—Soy filósofo —les dije.

Se rieron. —Demuéstralo —dijo la Actriz.

—En un estado bien ordenado —le dije— no habría lugar para ti. —Al Atleta, le dije—: La tuya es una profesión buena y noble. —Miré al Banquero—. Tu trabajo es más problemático —le dije—. A diferencia de la Actriz, tú cumples una función necesaria pero, a diferencia del Atleta, como acumulas riqueza, es posible que adquieras más poder del que se justifica por tu escasa sabiduría.

El discurso fue mucho para ellos: la Actriz gruñó y se fue. Dejé a los dos hombres y me puse a caminar bajo las almenas. Dos garitas enmarcaban las grandes puertas, y los arqueros se paseaban por las murallas o se inclinaban desde los alféizares para escupir a los peticionantes. Por esta razón, los medioseres acampaban lo más lejos de los muros que podían sin bloquear la calle. Los arqueros, como sabían todos los hombres educados, estaban de adorno: las puertas eran resguardadas por un solo portero, un monje que podía abrirlas si lo superaban en una batalla de ingenio, pero sin cuyo consentimiento no se podían ni mover.

Estaba sentado en un banco, junto a las puertas, mirando hacia delante en silencio. Los que trataban de hablarle no podían adivinar si, como respuesta, recibirían una bofetada en la oreja o una agradable conversación. Su rostro llano, de campesino, estaba tan vacío de intelecto que tardé un rato en reconocerlo como Protágoras.

Su presencia disfrazada podía ser un capricho suyo. Tal vez lo estaban castigando por dejarme escapar; tal vez me estaba esperando. Sentí la urgencia de correr. Pero no iba a reproducir la cobardía de Sócrates. Si Protágoras me reconocía, no lo demostraba; resolví entrar o dejarme atrapar. Yo no era un imbécil cualquiera, y lo conocía. Me acerqué.

—Desearía ver a la Emperatriz —dije.

—Debes esperar.

—Espero desde hace años.

—No importa.

—No tengo más tiempo.

Me estudió. Sus modales cambiaron. —¿Cuánto vas a pagar?

—Te pagaré con una historia que te hará doler la cabeza de tanto reír.

Sonrió. Vi que me reconocía; mi estómago pegó un salto.

—Conozco muchas historias de esas —dijo.

—Como la mía, no.

—Sí. Me doy cuenta de que eres un gran creador de dolores de cabeza.

La desesperación me impulsó hacia delante.

—Entonces escucha: había una vez un caudillo militar que descubrió que le habían robado su pertenencia más preciosa, una joya de poder. Ordenó a sus sirvientes que revisaran la fortaleza en busca de extraños. En la muralla exterior, encontraron un mendigo que se encaminaba al portón. Los hombres del caudillo lo atraparon y lo llevaron al pozo. ‘La gran joya del comandante se ha perdido’, le dijeron. Sumergieron la cabeza del mendigo en el agua. Él se resistió. Lo sacaron de un tirón y le preguntaron: ‘¿Dónde está la joya?’. ‘No lo sé’, dijo él.

»Volvieron meterle la cabeza en el agua, esta vez durante más tiempo. Cuando lo sacaron, el mendigo jadeó como un motor viejo. ‘¿Dónde está la joya?’, exigieron. ‘¡No lo sé!’, respondió él.

»Furiosos por su insolencia, temerosos de perder la vida si provocaban el disgusto de su amo, los hombres empujaron al mendigo tan adentro del pozo que uno que estaba parado cerca pensó: ‘Seguro se ahogará’. El mendigo pateaba con tanta fuerza que hacían falta tres hombres robustos para sujetarlo. Cuando por fin lo levantaron, tosió y resopló, con el rostro violeta, luchando para poder hablar. Le dieron unos golpes en la espalda. Finalmente, reunió el aire suficiente para decir unas palabras: ‘Creo que tendrán que conseguirse otro buceador’, dijo el mendigo. ‘Yo no la veo por ningún lado’.

Protágoras sonrió.

—No es cómico.

—¿Qué?

—Tal vez para nosotros sí, pero para el mendigo no. Ni para el hombre que estaba cerca. Ni para los sirvientes. El comandante probablemente los hizo rebajar.

—No juegues. ¿Qué piensas en realidad?

—Pienso en el pobre Glaucón. Te echa de menos.

Entonces advertí que Protágoras sólo tenía la intención de atormentarme, como lo había hecho tantas veces antes, respondiendo a mis necesidades desesperadas con chistes malos hasta hacerme llorar o enfurecer. Me invadió una ira más poderosa que el sol mismo y perdí el control. Me abalancé sobre él, pateando, mordiendo. Los peticionantes miraban azorados. De las murallas brotaba el eco de los gritos. No me importaba. Me había olvidado de todo salvo de mi furia; lo único que sabía era que, por fin, lo tenía en mis manos. Le rasguñé los ojos; le golpeé la cabeza contra la acera. Protágoras se esforzaba por hablar. Lo levanté y azoté su cabeza contra las puertas. Sus músculos se distendieron. Con las piernas cruzadas, como preparado para meditar, resbaló hasta el suelo. La sangre brillaba bajo la antorcha de las puertas laqueadas.

—Eso sí fue cómico —susurró, y murió.

Las puertas se entreabrieron con el peso de su cuerpo. Siempre habían estado abiertas.

 

* * *

 

Nadie vino a arrestarme. Cruzando la sala interior, en el linde de un jardín ornamental, debajo de un plátano, había una persona de pie en la oscuridad. La mayoría de las luces del palacio estaban apagadas, pero el resplandor de una galería alta elevaba las sombras. Dubitativo, me acerqué, demasiado inestable para esconderme después de mi repentino ataque de violencia. En mi confusión, no se me ocurrió otra cosa que acercarme a la figura del jardín, que aguardaba pacientemente, como si me hubiese estado esperando mucho tiempo. A diez pasos de distancia, vi que era una mujer vestida de payaso. A cinco, vi que era Areté.

Su risa, como cristal haciéndose añicos, me sobresaltó.

—¡Allan! Qué cara tan seria.

Mi cabeza estaba llena de preguntas. Apretó los dedos contra mis labios, silenciándolos. La abracé. Tenía unos círculos rojos pintados en las mejillas y una barba de crepé, pero su piel seguía siendo suave; sus ojos, brillantes; su perfume, el mismo. No había envejecido ni un día.

El recuerdo de la boca floja de Protágoras muerto empañaba mi triunfo. Ella se escurrió de entre mis brazos, riendo otra vez.

—¡No me tendrás a menos que me atrapes!

—¡Areté!

Se lanzó a correr entre los árboles. Corrí tras ella. No estaba concentrado en eso y la perdí de vista, hasta que se detuvo debajo de un árbol, con las manos sobre las rodillas, jadeando.

—¡Vamos! No soy tan difícil de atrapar.

Mi corazón se liberó del peso que lo oprimía. Me agaché y fui tras ella. Por debajo de los árboles, a través del laberinto de setos, entre los jazmines y las buganvillas que florecían de noche, con la luna plateada posada en los bordes de las hojas, la perseguí. Por fin se dejó agarrar; caímos juntos sobre el húmedo lecho de hiedra. Apoyé la cabeza contra su pecho. El bordado de su disfraz se sentía áspero contra mi mejilla.

Tomó mi cabeza entre sus manos y me hizo mirarla a la cara. Sus dientes eran perlas blancas; su aliento, dulce como los perfumados capullos que nos rodeaban.

Nos besamos a través de la ridícula barba (sentía el olor del pegamento para maquillaje que había usado para fijarla) y se logró el objetivo que habían buscado instilarme en la colonia penal: mis años de prisión se diluyeron en el presente inmediato, como si nunca hubieran existido.

 

* * *

 

Ese beso marcó el límite de nuestro contacto. Esperaba pasar la noche con ella; en cambio, ella ordenó a un esclavo que me llevara a una casa de huéspedes para dignatarios que venían de visita, donde me alojaron con tres terratenientes de menor importancia, venidos de las montañas. Ya estaban dormidos. Después de mi día de confusión, furia, deseo y miedo, me acosté, agotado pero totalmente despierto, perturbado hasta por el sonido de mi propia respiración. Mis pensamientos eran un revoltijo de ruido blanco. Lo había matado. La había encontrado. Dos de las fantasías de mi reclusión, cumplidas en una hora. Pero no tenía paz. El asesinato de Protágoras no pasaría desapercibido por mucho tiempo. Supuse que Areté ya lo sabía, pero que no le importaba. Pero si de verdad era la Emperatriz, ¿por qué no lo habían matado años atrás? ¿Por qué yo había estado pudriéndome en la prisión, sometido a él?

No tenía mapa para ese laberinto, y finalmente me quedé dormido.

Por la mañana, el esclavo, Pismire, me trajo una peluca de cabello humano, un kimono verde, una faja de seda amarilla y sandalias de cuero liso: la ropa de un próspero Don Nadie. Mis compañeros de cuarto parecían campesinos provincianos apenas letrados, poco mejores que mi padre, que venían a la corte en busca de un juicio contra un vecino, o de un lugar para su hijo menor, o de protección contra un bandido. Uno de ellos usaba los colores de una facultad de poca monta de las tierras altas; los otros, ningún color.

Sospeché que al menos uno de ellos era espía de Areté; lo mismo pueden haber pensado ellos de mí. Nos parecíamos tanto como para que nos tomaran por hermanos.

Comimos en un comedor atendido por máquinas. Pasé el día estudiando los salones públicos del palacio, esperando conseguir alguna información. Cuando dio la sexta hora, Pismire me encontró en el vivario. Me entregó un mensaje con el sello Imperial y se fue. Lo encendí.

—Está usted invitado a una importante reunión —dijo el mensaje.

—¿Con quién? —pregunté— ¿Con qué propósito?

El mensaje no me hizo caso.

—La reunión comienza puntualmente a la novena hora. Prepárese. —Después seguían las indicaciones para encontrar el lugar.

Cuando llegué, la habitación designada estaba vacía. Una larga mesa de roble, muros cubiertos de estantes con rollos de documentos. En el extremo opuesto, unos ventanales daban a un balcón desde el que se veía una antigua ciudad con edificios de vidrio y metal. Se oían los lejanos sonidos del tránsito de abajo.

Se abrió una puerta lateral y entró una mujer que llevaba el traje azul de los Abogados, seguida por un administrativo. El brillante pelo negro de la mujer estaba surcado de gris, pero su rostro era lozano. No usaba maquillaje. Se detuvo en una cabecera de la mesa, de espaldas a los ventanales, y apoyó en ella una caja de cuero. El administrativo se sentó a su derecha. Advertí que esa figura prohibitiva era Areté. Se había vuelto tan mutable como Protágoras.

—Siéntate —me dijo—. Estamos aquí para tomarte declaración.

—¿Declaración?

—Tu testimonio sobre el tema que nos ocupa.

—¿Qué tema?

—Tu fuga de la colonia penal. Tu asesinato del portero, el honorable filósofo Protágoras.

La injusticia de todo esto superó mi consternación.

—Asesinato no. Defensa propia. O mejor aún, eutanasia.

—No nos vengas con objeciones irrelevantes. Nos has privado de su presencia.

—Cultiven un duplicado. Tráiganlo de vuelta a la vida.

Como respuesta, sólo me clavó la mirada por encima de la mesa. El aire tenía un sabor rancio y sentí que una gota de sudor me corría por el pecho, debajo de la túnica.

—¿Se trata de un juego?

—Bien querrías que fuese un juego.

—¡Areté!

—No soy Areté. Soy una Abogada. —Se inclinó hacia mí—. ¿Por qué te enviaron a prisión?

—¡Estabas conmigo! Lo sabes.

—Pedimos tu versión de los hechos para dejarla asentada.

—Sabes tan bien como yo que me encarcelaron por buscar la verdad.

—¿Cuál verdad?

Sólo había una. —La que la gente no quiere escuchar —dije.

—¿Tuviste acceso a una verdad que la gente no reconocía?

—Están cegados por la costumbre y el interés en sí mismos.

—¿Tú no lo estabas?

—Después de años de abnegación y estudio, lo había superado. Había roto las cadenas del prejuicio, había salido de la caverna sombría donde vive la sociedad para mirar al sol de frente.

El administrativo sonrió con suficiencia mientras yo lanzaba mi discurso. Era la primera expresión que dejaba traslucir.

—Y te cegaste con él —dijo Areté.

—Vi la verdad. Pero, cuando regresé, me dijeron que estaba ciego. No querían escucharme, entonces me encerraron.

—El expediente del juicio dice que colaboraste con la corrupción de la juventud.

—Era maestro.

—El expediente dice que te negaste a escuchar a tus oponentes.

—Me niego a escuchar a los ignorantes e ilógicos. Me niego a someterme a los tontos, a los mentirosos y a los que permiten que la pasión supere a la razón.

—¿Nunca te han engañado?

—Sí, pero ahora no.

—¿Nunca mientes?

—Si lo hago, no dejo de reconocer la diferencia entre la mentira y la verdad.

—¿Nunca actúas por pasión?

—Sólo cuando la razón lo fundamenta.

—¿Nunca sospechas de tus propios motivos?

—Conozco mis motivos.

—¿Cómo?

—Me examino. Honesta y críticamente. Aplico la razón.

—Ahórrame tu colosal arrogancia, tu repulsiva autocompasión. Los testigos oculares dicen que mataste al portero en un ataque de ira.

—Tenía una razón. ¿Pretendes entender mis motivos mejor que yo? ¿Acaso entiendes los tuyos?

—No. Pero porque soy deshonesta. Y totalmente arbitraria. —Abrió la caja y sacó un reloj. Sin dudarlo, lo apuntó al administrativo. Con su jactancia ya desinflada, él se sacudió hacia atrás, haciendo caer la silla. Ella oprimió el gatillo. El arma debe haber estado calibrada para máxima entropía: ante mis ojos, el administrativo envejeció diez, veinte, cincuenta años. Murió y se pudrió. En menos de un minuto, era un montón de huesos y materia semilíquida en el suelo—. Estuviste en prisión tanto tiempo que inventaste una versión inofensiva de mí —dijo Areté—. Soy capaz de cualquier cosa. —Puso el reloj sobre la mesa, se volvió y abrió los ventanales para dejar entrar la fresca brisa nocturna. Luego se trepó a la mesa y comenzó a gatear hacia mí. Yo estaba paralizado—. Soy la Destructora —dijo, aflojándose la corbata mientras se acercaba. Sus ojos estaban fijos en los míos. Cuando me alcanzó, me empujó hacia atrás y cayó sobre mí—. Soy la fuerza que hace correr la sangre por tu cuerpo agonizante, la pesadilla que te despierta bañado en sudor en plena noche. Soy el caldero ardiente cuyo calor te reduce a vapor, te arrastra de lo visible a lo invisible, te disipa con los vientos del tiempo, de la memoria que se desvanece, de la inevitable pérdida humana. Ante mí, eres incapaz de articular palabra. De mí, no entiendes nada.

Me envolvió el cuello con la corbata; apretó.

—Recuérdalo —dijo, estrangulándome.

 

* * *

 

Me desmayé en el suelo del salón de reuniones y me desperté a la mañana siguiente en la cama de una habitación privada. Pismire estaba abriendo las cortinas, revelando un paisaje de playa sobre el océano: medio dormido, observé la figura diminuta de un hombre que se materializó en el aire, en medio de un rocío de cristales, y cayó precipitadamente al mar.

Pismire me trajo un desayuno de frutas y café especiado. Tocándome las magulladuras del cuello, contemplé al hombre mientras volvía a aparecer en la superficie del mar y nadaba hacia la costa. Se desplomó en la arena. Una bandada de gaviotas se posó junto a su cabeza. Si yo rompía esta ventana, podría advertirle. Podría decirle: Sócrates está gordo. Cuidado con el portero. Areté está viva, pero cambiada.

¿Pero qué podría decirle con seguridad? ¿Areté se había vuelto Relativista, como Sócrates? ¿Era libre o la obligaban a representar un papel? ¿Tenía la intención de procesarme por el asesinato de Protágoras? Pero en tal caso ¿por qué, simplemente, no me enviaba de vuelta a la colonia penal?

No rompí la ventana y el hombre finalmente subió por la playa, rumbo a la ciudad.

Ese día, los sirvientes me siguieron a todas partes. Los nobles de menor rango me pedían opiniones. Evidentemente, yo era un hombre con más altura que la que había tenido el día anterior. Llevé a Pismire a un aparte y le pregunté sobre los rumores que corrían. Era un sujeto bajo y fornido, con un rodete de áspero cabello negro y las sienes afeitadas, silencioso, pero cuando lo presioné soltó la lengua muy pronto. Me dijo que sabía con seguridad que Protágoras había planeado su propio asesinato. Que el Emperador estaba muerto y que la Emperatriz era el foco de luchas perpetuas. Que muchos hombres habían buscado hacer suya a Areté, pero que ninguno había tenido éxito hasta el momento. Que si cualquier hombre tenía éxito, seguramente sobrevendría el desastre.

—¿Ella siempre cambia de apariencia de un día para el otro?

Dijo que él nunca había notado ningún cambio.

A media tarde, precisamente a la misma hora en que el día anterior había recibido la convocatoria para la declaración, un lacayo con cara de rana me entregó una invitación para cenar con la Emperatriz esa misma noche.

Tres auxiliares femeninas me prepararon un baño perfumado; una cuarta me entregó un kimono de crepé azul con redes de pesca bordadas en oro. El espejo que sostuvieron frente a mí me mostró a un hombre de mirada desconfiada. Al dar la novena hora, me escoltaron hasta el salón de banquetes. La habitación estaba llena de notables, vestidos con todas sus galas. Una mesa grande y baja, rodeada de almohadones, se extendía sobre el piso teselado. Delante de cada sitio había un cuenco esmaltado y, en el centro de la mesa, un gran caldero de bronce con tres patas. Areté, que no parecía tener más de veinte años, estaba de pie, cerca de la cabecera de la mesa, hablando con un hombre extremadamente apuesto.

—Gracias por tu cortesía —le dije.

El hombre me miró, impasible.

—No más que la que te mereces —respondió Areté. Llevaba un atuendo brillante de tela sintética, con hombros y codos plisados. Parecía un juguete. En el rostro tenía pintada una máscara dura.

Me presentó al hombre, que se llamaba Meno. La alejé de él.

—Anoche me asustaste —dije—. Pensé que me habías olvidado.

Sólo sus suaves ojos negros me demostraron que no era una sustituta de placer.

—¿Qué te hace pensar que te recuerdo?

—No puedes olvidarme y seguir siendo la que amo.

—Probablemente es cierto. No estoy segura de ser digna de tanta devoción.

Meno nos observaba a pocos pasos de distancia. Le di la espalda y me incliné para acercarme a ella.

—No puedo creer que lo digas en serio —dije rápidamente—. Pienso que hablas así porque has estado prisionera de los mentirosos y los engreídos. Pero ahora estoy aquí para ayudarte. Soy una voz objetiva. Sólo dame una señal y te liberaré.

Antes de que pudiera responderme, sonó una campanada y la gente se ubicó en sus lugares. Areté me guió hasta el mío, junto a ella. Se sentó y todos la imitamos.

Los esclavos estaban listos para servir, esperando la orden de Areté. Ella recorrió la mesa con la mirada.

—Estamos aquí reunidos para comer juntos —dijo—. Para comer ambrosía, porque ha habido disputas en la ciudad, y ambición, y traición. Pero ahora eso va a terminar.

Meno se veía abiertamente enojado. Los demás, preocupados.

—Ustedes son los favorecidos —dijo Areté. Se volvió hacia mí—. Y nuestro amigo, aquí, el zorrito, el más favorecido de todos. El autor del destino… nuestro nuevo y más leal consejero.

Varias personas comenzaron a protestar. Aproveché la oportunidad que me dio su conmoción.

—¿De verdad soy tu consejero?

—Puedes comprobarlo con hechos.

—Tú y tú. —Le hice un gesto a los guardias—. Saquen a esta gente del salón.

Los invitados estaban sumidos en la confusión. Meno trató de hablar con Areté, pero yo me interpuse. Los guardias avanzaron y obligaron a hombres y mujeres a marcharse. Después de que se fueron, hice salir también a los guardias y los esclavos. Las puertas se cerraron y el salón quedó en silencio. Me di vuelta. Areté había observado todo con calma, sentada con las piernas cruzadas en la cabecera de la mesa.

—Ahora, Areté, debes escucharme. A lo ancho y a lo largo de esta ciudad, han distorsionado tus órdenes. Entre tú y yo hay una empatía instintiva. Debes permitirme decidir quién puede verte. Yo interpretaré tus palabras. El mundo no está preparado para comprender sin intérpretes; es preciso educarlo.

—Y tú eres el maestro.

—Soy idóneo, por temperamento y entrenamiento.

Ella sonrió mansamente.

Le dije a Areté que tenía hambre. Se levantó y sirvió un cuenco de sopa del caldero. Me senté en la cabecera de la mesa. Ella vino y colocó el cuenco delante de mí; después se arrodilló y tocó el suelo con la frente.

—Dame de comer —le dije.

Tomó el cuenco y una servilleta. Sopló la ambrosía para enfriarla, con los labios fruncidos. Como una muchacha del servicio, llevó el cuenco hasta mis labios. Areté me la hizo beber toda, como una madre a su hijo, como una amante a su amante. Tenía mejor sabor que cualquier cosa que hubiera comido. Entibió mi vientre e inflamó mi deseo. Cuando el cuenco se vació, lo aparté, haciéndolo caer de entre sus manos. Repiqueteó sobre el piso de mármol. No iba a demorarme más. La hice mía allí mismo, entre los almohadones.

Ella era, por cierto, el más duro de los juguetes.

 

* * *

 

Habían transcurrido tres días desde mi entrada al palacio hasta convertirme en el amante y la voz de Areté. El Emperador que controlaba a la Emperatriz. El primer día de mi reinado, mandé azotar con un látigo al tendero que me había insultado, de un extremo del Camino de la Iluminación hasta el otro. El segundo, ordené que sólo los que tenían títulos en filosofía estaban calificados para votar. El tercero, prohibí a los poetas.

Cada noche, Areté me daba de comer ambrosía en un cuenco. Cada noche, compartíamos el lecho imperial. Cada mañana, me despertaba más tranquilo, más en posesión de mí mismo. Me movía con más lentitud. Las horas del día iban perdiendo su urgencia. Areté dejó de cambiar. Su rostro se instaló en mi mente con una claridad serena, una claridad distinta de la imagen ardiente que yo había atesorado durante mis años de prisión.

La mañana del tercer día, me desperté fresco y feliz. Areté no estaba. Pismire entró en la habitación trayendo una palangana, una toalla, una navaja y un espejo. Me lavó y me afeitó; después, sostuvo el espejo frente a mí. Por primera vez, noté que las líneas alrededor de mis ojos y boca se estaban desvaneciendo, y me di cuenta de que me estaban Reformando.

Miré a Pismire. Lo vi claramente: los ojos fríos como aguamarinas.

—Es hora de que vengas a casa, Blume —dijo.

No me surgió ningún enojo, ninguna protesta. Ningún remordimiento. Ninguna frustración.

—Me han traicionado —dije—. Algún virus, una droga, una noción que han puesto en mi cabeza.

Protágoras sonrió.

—La ambrosía. Preparada con agua del Pozo.

 

* * *

 

Ahora estoy de vuelta en prisión. Fugarme está fuera de toda discusión. Cada paso hacia el exterior sería un paso atrás. Todo es relativo.

En lugar de eso, saco agua del Pozo de los Cambios. Bebo. Protágoras dice que, sin importar qué cambios me sobrevengan, serán un reflejo de mi propia psiquis. Que mi nueva forma no está determinada por el agua, sino por mí. ¿Cómo lo controlo?, pregunto. No puedes, responde.

Glaucón se ha transformado en un perro salvaje.

Protágoras y yo hacemos largas caminatas por el lago seco. Casi nunca habla. No estoy enojado. Sin embargo, temo una recaída. Falta poco para terminar de nutrirme, pero aún no me siento seguro de estar capacitado para eso. No entiendo, como nunca lo entendí, dónde está la colonia penal. No entiendo, como nunca lo entendí, cómo puedo vivir sin Areté.

Protágoras se compadece.

—No puedes vivir con ella, no puedes vivir sin ella —dice—. Es más que una mujer, Blume. Puedes experimentarla, pero no puedes ser su dueño.

Exacto. Cuando me quejo de esas respuestas axiomáticas, Protágoras se limita a ponerme otra vez bajo la capucha. Pienso que conoce algún secreto que quiere que yo adivine, pero no me da ninguna pista. Creo que no es justo.

Después de nuestra última sesión, le conté a Protágoras mi más reciente teoría sobre el significado del poema de las golondrinas. El poema, le dije, era un emblema de la verdad final y absoluta del universo. Todas las cosas están determinadas por las ideas que las respaldan, le dije. Hay tres órdenes de existencia, el Material (representado por la estatua física del Buda), el Espiritual (representado por su forma) y el más elevado, que trasciende tanto lo Físico como lo Espiritual: el Ideal (representado por el vuelo de los pájaros). Le rogué humildemente a Protágoras que me dijera si mi análisis era certero.

Protágoras dijo: —En verdad eres un intelectual. Pero para que yo te revele la respuesta a una pregunta de significación espiritual tan profunda, primero debes inclinarte ante el Pozo sagrado.

Por fin iba a recibir la iluminación. Con los ojos anegados de lágrimas de esperanza, me volví hacia el Pozo y, con la más absoluta sinceridad, hice una reverencia.

Entonces Protágoras me dio una patada en el culo.

 

 

NOTA 1: Túnica japonesa con forma de T (N. de la t.)

 

Título original: Buddha nostril bird, © John Kessel

Traducción: Claudia De Bella, © 2010

 

 

El cuento que ofrecemos aquí fue publicado por primera vez en Asimov’s Science Fiction Magazine, Volumen 14, Número 3, Marzo 1990

John Kessel nació el 24 de septiembre de 1950 en Buffalo, Nueva York. Es un prolífico autor de cuentos con varios trabajos más largos en su haber. Ganó su primer premio Nebula en 1982 con la novela corta “Another Orphan”, en la que el protagonista se encuentra viviendo dentro de Moby Dick, y el segundo en 2009 por su novela “Pride and Prometheus”, una historia que fusiona Orgullo y Prejuicio de Jane Austen con el Frankenstein de Mary Shelley. Su cuento “Buffalo” ganó el Premio Teodoro Sturgeon Memorial y la encuesta de Locus en 1992. Su novela “Stories for Men” compartió con “Light” de M. John Harrison el premio James Tiptree 2002 a la ciencia ficción que se ocupa de cuestiones de género. John Kessel también es un crítico ampliamente publicado de ciencia ficción y fantasía, y organiza el Taller de Escritores Sycamore Hill’s.

Después de obtener un doctorado en Inglés en la Universidad de Kansas en 1981, Kessel impartió clases de literatura norteamericana, ciencia ficción, fantasía y escritura de ficción en la Universidad del Estado de Carolina del Norte (NCSU). Fue el primer director del Programa Master of Fine Arts in Creative Writing de la NCSU, y actualmente comparte la dirección de escritura creativa con Wilton Barnhardt.

En 2007, su obra “Escape Perfecto” fue adaptada para la serie de la ABC Maestros de la Ciencia Ficción.

 


Este cuento se vincula temáticamente con MICROMEGAS, de Voltaire, EL PODER SALVADOR, de Luke Jackson, CUENTA REGRESIVA (I): ANALECTAS, de Pablo Finnigan, GUARDIANES DE UN DIOS IGNOTO, de Raúl Alejandro López Nevado

 

Axxón 205 – febrero de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía: Filosofía : Metafísica : Sátira : Estados Unidos : Estadounidense).

 

 


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