¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

Isabel contempló la calle desde la puerta de su casa. La arena parecía más sólida que de costumbre debido a las últimas lluvias y su vecina Francisca, cubo en mano, derramaba escalera abajo el agua que se le había colado en el sótano.

Un típico día de primavera en su barrio.

Salió a dar un paseo como gustaba hacer todas las mañanas, empezando por el parque, aunque aún era muy temprano para encontrar allí a sus amigos. Hierros corroídos era lo que quedaba de lo que una vez fueron juegos infantiles… ¡Con columpios y todo! Por eso los mayores seguían llamándolo parque. A menudo realizaba acrobacias entre los barrotes, eso sí, a escondidas de los demás, quienes como siempre la regañarían por lo peligroso de aquellos jirones de metal oxidado.

El siguiente destino fue el barrio del mercado, donde Lola y los suyos vendían los frutos del huerto familiar. La oferta era abundante, pero Isabel ya había visto una vez cómo el marido de Lola, con su característico traje ajado, colocaba las manzanas más perjudicadas bajo las más sanas.

—¡Don Marcelo, que le sale un gusano de la fruta!

—¡Te he dicho que no grites esas cosas, mocosa! ¡Como te atrape…!

Naturalmente, antes de que acabara la frase, ella ya había echado a correr entre risas hasta el barrio de al lado, también conocido entre los mayores como “el otro barrio”. ¿Acaso tenía algún misterio que fuera otro barrio? ¡Era evidente! Se trataba de un hospital de campaña, como decía su madre, donde dejaban a la gente más enferma. Los olores eran en verdad horribles, y del montón de camas que vio al aire libre —apenas cubiertas por lonas sujetas con palos inclinados— sólo uno de los señores que reposaban en ellas permanecía sentado.

Un sitio terrible, pero el simple hecho de que sus padres le prohibieran ir allí fue razón suficiente para el atrevimiento. Aquel hombre, escuálido y lleno de amplias y extrañas heridas, alzó la vista y sus ojos se encontraron. Se aceleró el corazón de Isabel al ver que el hombre gesticulaba rabioso para que se alejara de allí, obligándola a huir a traspiés en cuanto avisó a uno de los doctores.

Así pues, dio un rodeo para volver a su casa alrededor del lago de la fábrica, así conocido porque antiguamente una fábrica desechaba su agua sucia en el lago, dándole un aspecto extraño, con algo de espuma. Desde que le contaron que su hermano mayor —al que nunca conoció en vida—murió tras bañarse en aquellas aguas, procuraba no acercarse demasiado.

De vuelta en su hogar, observó que en el salón su padre y su madre examinaban un paquete abierto, y conversaban con curiosidad. Adoraba verles así, para variar, en lugar de gritándose por el dinero y la comida.

—Unidades de Realidad Aumentada gratis por seis meses, para mejorar la calidad de vida de los más desfavorecidos —leyó su padre en una hoja sacada de la caja—. Caramba, creo que son esos chismes que salen en las películas, que te los pones en los ojos y aparecen un montón de efectos especiales sobre lo que ves realmente. Y mira, hay una versión para niños, para usar bajo supervisión.

—Ya me extrañaba que el gobierno nos diera algo gratis —replicó su madre—, que nos arreglen la realidad y se dejen de adornarla con colorines, que la obra para vaciar el pantano ése de la fábrica se dio por buena hace cinco años y todavía no se ha extraído ni un quintal. Realidad Aumentada para mejorar la calidad de vida en los barrios marginales… eso se nos tenía que haber ocurrido a nosotros y patentarlo… ¡Ja!

—No te diría que no… Oye, ¿lo probamos?

—Espera a que venga tu hijo César esta tarde, que él entiende de estas cosas. Quién sabe, a lo mejor vemos la casa como una mansión en vez de la choza de mala muerte que es ahora, mejoraría nuestra calidad de vida, al menos hasta abrir la puerta… ¡Ja ja ja! Anda, ven y ayúdame con la ropa de esta semana, que ya debe estar seca.

Caja abierta con artefactos misteriosos encima de la mesa, padres ausentes… Era una provocación en toda regla. Con las orejas pendientes de la cercanía de las voces de sus padres, Isabel extrajo varias cajas del interior hasta encontrar lo que buscaba: Realidad Aumentada para niños. Como los ladrones de las películas, salió de puntillas con el paquete en sus manos, para esconderse tras la casa y abrirlo como si fuera una bolsa de golosinas.


Ilustración: Valeria Uccelli

Un momento… ¿Lentillas?

Su hermano Jaime usó una vez unas de oferta, pero las rompió. ¿Así que tanto jaleo por unas lentillas? ¡Qué decepción! Estuvo a punto de regresar y dejar el paquete en su sitio o tirarlo por ahí si se topaba con sus padres, pero finalmente la curiosidad pudo con ella y, siguiendo las instrucciones de los dibujos, se las colocó en los ojos.

Todo cobró vida. El cielo se tornó azul de azules y más estrellas de las que nunca vio juntas asomaron por encima del horizonte. ¡La Luna la estaba mirando! Sonreía mostrando una gran fila de dientes grises y saludaba con la mano. Tras devolverle el gesto, observó que su casa ya no tenía grietas —de hecho parecía recién pintada—, y los hierbajos del suelo se vieron sustituidos por un césped verdísimo del que brotaban girasoles que se movían de un lado para otro al son de una música que no alcanzaba a escuchar.

¡Qué artefacto tan maravilloso! Acababa de convertir el mundo en un lugar mejor… ¡Y sus padres ya no tendrían que enfadarse con los señores de corbata de los noticiarios! Ella lo arreglaría todo con sus lentillas mágicas.

Acudió rauda al parque, y en lugar de los hierros oxidados se topó con un montón de barras de piruleta, con sus atractivas bandas de color rojo. ¡Podría jugar por allí sin que la regañaran! No dudó un instante en intentar las acrobacias más locas, hasta hacerse sin querer un corte en la mano. Los bordes de las barras eran redondos como globos, ¿con qué podría haberse cortado?

Continuó hacia el mercado corriendo de alegría, como si volviera a verlo por primera vez. Esta vez las manzanas de Lola eran grandes y lustrosas, con un brillo espectacular a la luz del sol.

—¡Le queda bien el traje nuevo, Don Marcelo! —le dijo al pasar frente a su puesto como una estrella fugaz. Alcanzó a verle frunciendo el ceño, mientras se miraba la ropa.

La siguiente parada de su particular trote era el otro barrio, que ya no merecía tal calificación, pues brillaba con luz propia. Una enorme carpa cubría las camas en las que los enfermos dormían plácidamente, bajo edredones llenos de dibujos de animales. El hombre que la había regañado un rato antes permanecía sentado en su cama hablando con quien debía ser el doctor, que en lugar de mascarilla llevaba puesto algún trapo ninja en la cabeza. Para alegría de Isabel, en lugar de heridas el señor tenía tiritas y vendas por todo el cuerpo, que provocaron en ella el impulso de correr a su encuentro, sin dejar de exclamar cuánto se alegraba de verle mejor. El olor se volvió realmente fétido, pero fue desafiado por un montón de mariposas de colores que zumbaban alrededor del paciente, todas sonrientes. Muy a su pesar, el tipo seguía siendo igual de malhumorado, y, compinchado con el médico, la echaron a gritos de allí.

¡Viejo ingrato!

Dispuesta a regresar a su casa para contar a sus padres lo que consiguió hacer con el barrio, a Isabel se le ocurrió que si se acercaba al lago de la fábrica también lo arreglaría, y así estarían menos enfadados.

Nada más llegar comprobó que sus deseos se cumplieron nuevamente; el agua, de un azul marino plagado de destellos diamantinos, parecía sacada de una postal, y no pudo evitar adentrarse en ella y sentir su frescor sin ignorar el recibimiento de los peces que nadaban a su alrededor. ¡Peces en el lago de la fábrica! ¡Vida! Pero lo mejor llegó tras alzar la mirada, pues lago adentro los delfines saltaban sobre el agua en increíbles piruetas, con tal acierto que ni siquiera escuchaba el chapoteo. Y aún más allá flotaba un enorme barco de vapor, del que alcanzó a distinguir en la cubierta a sus lejanos pasajeros saludando con la mano, apenas siluetas silenciosas a aquella distancia.

¿Y si su difunto hermano en realidad había tomado aquel barco? ¿Seguiría en él? ¡Podría conocerle!

Isabel escuchó a sus padres llamarla a gritos, y pensó en lo contentos que se pondrían al volver a ver a su hermano mayor. Así que optó por ignorarles, a ellos y al creciente escozor que sentía en los ojos y en el pecho al respirar, para seguir adentrándose en aquel océano de maravillas…

 

 

Moisés Cabello Alemán nació en la isla canaria de Tenerife en 1981. Vive en La Laguna, Santa Cruz de Tenerife, España. Su primera novela, Multiverso Armantia, vio la luz en la red en 2005 y hoy por hoy prepara la tercera parte de la serie, además de haber publicado varios relatos cortos.

Hemos publicado en Axxón: FAMILIA DEL VEINTIUNO (195)

 


Este cuento se vincula temáticamente con UNA EN UN MILLÓN de Rodrigo Juri, de Adrián M. Paredes, ZETA, EL POETA DE LAS CON-SOLAS de Juan Ignacio Muñoz Zapata, ARABESCO INMÓVIL de Mauricio-José Schwarz

 

Axxón 210 – septiembre de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Distopía : Realidad virtual : España : Español).

 

 


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