Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 7), Cory Doctorow - página principal

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Capítulo 7

Me llevaron fuera y a la vuelta de la esquina, donde esperaba un auto de la policía sin identificación. Sin embargo, a nadie del vecindario le habría costado mucho deducir que era un coche policial. Ahora que el combustible se había disparado a dos dólares el litro, solamente la policía andaba en esos enormes Crown Victoria. Más aún, solamente un auto de la policía podía estacionarse en doble fila en el medio de Van Ness sin ser remolcado por los cardúmenes de conductores de grúa con alma de predador que circulaban sin parar, dispuestos a hacer cumplir las incomprensibles normas de estacionamiento de San Francisco y cobrar el botín por secuestrar tu coche.

Moco se sonó la nariz. Yo estaba en el asiento trasero, igual que él. Su compañero estaba sentado delante, tecleando con un solo dedo en una laptop antigua y rústica, cuya apariencia sugería que su dueño original había sido Pedro Picapiedra. Moco volvió a examinar mi carné de identidad.

—Sólo queremos hacerte unas preguntas de rutina.

—¿Puedo ver sus placas? —dije. Claramente, estos sujetos eran policías, pero no les venía mal enterarse de que yo estaba al tanto de mis derechos.

Moco me mostró la placa demasiado rápido para poder mirarla bien, pero Grano, el del asiento delantero, me dejó echarle un largo vistazo. Vi el número de la división policial y memoricé los cuatro dígitos de la placa. Fue fácil: 1337 también es la forma en que los hackers escriben «leet», que significa «elite». Los dos se comportaban con mucha cortesía y ninguno intentaba intimidarme como lo había hecho el DSI cuando me encontraba bajo su custodia.

—¿Estoy bajo arresto?

—Estás detenido momentáneamente para que podamos garantizar tu seguridad y la seguridad pública en general —dijo Moco.

Le pasó mi carné de conductor a Grano, que lo escribió lentamente en la computadora. Vi que cometía un error de tipeo y estuve a punto de corregirlo, pero se me ocurrió que era mejor cerrar la boca.

—¿Hay algo que quieras decirnos, Marcus? ¿Te dicen Marc?

—Marcus está bien —dije. Moco parecía buen tipo. Salvo por el hecho de haberme raptado y metido en su auto, claro.

—Marcus. ¿Algo que quieras decirme?

—¿Como qué? ¿Estoy arrestado?

—Ahora no estás arrestado —dijo Moco—. ¿Te gustaría estarlo?

—No —dije.

—Bien. Te hemos observado desde que saliste del BART. Tu tarjeta Fast Pass dice que has estado viajando a muchos sitios extraños en muchos horarios raros.

Sentí que se me aflojaba el pecho. Entonces no se trataba en absoluto de la Xnet, en realidad no. Habían estudiado mi utilización del metro y querían saber por qué había sido tan insólito últimamente. Qué estupidez total.

—¿O sea que ustedes siguen a todos los que tienen un historial de viajes raro cuando salen de la estación del BART? Deben de estar muy ocupados.

—A todos no, Marcus. Nos alertan cuando aparece cualquiera con un perfil de viajes fuera de lo común y eso nos ayuda a evaluar si queremos investigarlo o no. En tu caso, nos acercamos porque queríamos saber por qué un chico que parece inteligente, como tú, tenía un perfil de viajes tan extraño.

Ahora que sabía que no estaba a punto de ir a la cárcel, me estaba enfureciendo. Estos sujetos no tenían por qué espiarme… ni el BART tenía por qué ayudarlos a espiarme, por Dios. ¿Quién diablos autorizaba a mi pase del metro a delatarme por tener un «perfil de viajes no estándar»?

—Creo que me gustaría ser arrestado ahora mismo —dije.

Moco se reclinó en el asiento y me miró con una ceja levantada.

—¿En serio? ¿Acusado de qué?

—Ah… ¿o sea que no es delito viajar en un transporte público de manera no estándar?

Grano cerró los ojos y se los frotó con los pulgares.

Moco lanzó un suspiro de agotamiento.

—Mira, Marcus, estamos de tu lado. Usamos este sistema para agarrar a los malos. Para atrapar a los terroristas y traficantes de droga. Tal vez tú mismo eres traficante. El FastPass es una buena forma de moverse por toda la ciudad. Anónimamente.

—¿Qué hay de malo en el anonimato? Fue bueno para Thomas Jefferson. Y a propósito… ¿estoy bajo arresto?

—Llevémoslo a su casa —dijo Grano—. Podemos hablar con sus padres.

—Pienso que es una idea genial —dije—. Seguro que mis padres estarán ansiosos por saber en qué se gasta el dinero de sus impuestos…

Fui demasiado lejos. Moco estaba estirando la mano hacia el picaporte, pero ahora giró como un remolino hacia mí, convertido en un Hulk de venas pulsantes.

—¿Por qué no te callas ahora mismo, mientras aún tienes la opción? Después de todo lo que ha pasado en las últimas dos semanas, no te vas a morir por cooperar con nosotros. ¿Sabes qué? Tal vez deberíamos arrestarte. Puedes pasar uno o dos días en la cárcel hasta que tu abogado te encuentre. En ese lapso pueden suceder muchas cosas. Muchas. ¿Qué te parece?

No dije nada. Antes estaba aturdido y enojado. Ahora, tenía tanto miedo que no podía pensar.

—Perdón —logré decir, odiándome otra vez por hacerlo.

Moco pasó al asiento delantero y Grano arrancó el auto; fuimos a Potrero Hill por la Calle 24. Sacaron la dirección de mi tarjeta de identidad.

Mamá abrió la puerta después de que tocaron el timbre, sin quitar la cadena. Espió por la rendija, me vio y dijo:

—¿Marcus? ¿Quiénes son estos hombres?

—Policía —dijo Moco. Le mostró la placa, permitiendo que la mirase bien, no guardándola rápidamente como había hecho conmigo—. ¿Podemos pasar?

Mamá cerró la puerta, desenganchó la cadena y los dejó pasar. Me hicieron entrar y mamá nos dedicó a los tres una de sus miradas.

—¿De qué se trata?

Moco me señaló.

—Queríamos hacerle unas preguntas de rutina a su hijo acerca de sus movimientos, pero él se rehusó a responderlas. Nos pareció mejor traerlo aquí.

—¿Está bajo arresto? —El acento británico de mamá estaba brotando con todas sus fuerzas. La buena de mamá.

—¿Es usted ciudadana de los Estados Unidos, señora? —dijo Grano.

Ella le lanzó una mirada como para descascarar la pintura.

—Claro que sí, ja —dijo, con marcado acento sureño—. ¿Soy yo la que está bajo arresto?

Los policías intercambiaron miradas.

Grano tomó la delantera.

—Parece que hemos empezado con el pie izquierdo. Identificamos a su hijo por usar el transporte público con un perfil no estándar. Forma parte un nuevo programa proactivo de las fuerzas del orden. Cuando detectamos gente con patrones de viaje poco comunes, o que coinciden con un perfil sospechoso, investigamos más.

—Espere —dijo mamá—. ¿Cómo es que conocen la forma en que mi hijo usa el transporte municipal?

—El FastPass —contestó él—. Rastrea los viajes.

—Ya veo —dijo mamá, cruzando los brazos. Los brazos cruzados eran una mala señal. Ya era bastante negativo que no les hubiera ofrecido una taza de té (en Mamalandia, era prácticamente lo mismo que hablarles por la ranura del buzón), pero cuando cruzó los brazos ya se sabía que los policías no iban a terminar bien. En ese momento tuve ganas de salir a comprarle un gran ramo de flores.

—Marcus se rehusó a contestarnos por qué sus movimientos son como son.

—¿Me está diciendo que, según ustedes, mi hijo es terrorista por la manera en que viaja?

—Los terroristas no son los únicos malhechores que arrestamos con este sistema —dijo Grano—. También vendedores de droga. Pandilleros. Hasta rateros de tienda con la inteligencia suficiente para ir a un vecindario distinto cada vez que salen a robar.

—¿Piensan que mi hijo vende droga?

—No estamos diciendo eso… —comenzó Grano. Mamá golpeó las palmas para hacerlo callar.

—Marcus, pásame tu mochila, por favor.

Obedecí.

Abrió la cremallera y revisó el interior, dándonos la espalda.

—Oficiales, puedo afirmar que en la mochila de mi hijo no hay narcóticos, explosivos ni baratijas robadas de una tienda. Creo que hemos terminado. Me gustaría tomar nota de sus números de placa antes de que se marchen, por favor.

Moco hizo una mueca de desdén.

—Señora, la ACLU ya presentó demandas contra trescientos policías del SFPD. Tendrá que ponerse en la cola.

 

 

***

 

Mamá me hizo una taza de té y después me regañó por haber cenado, cuando sabía que ella había preparado falafel. Papá volvió a casa mientras aún estábamos en la mesa, y mamá y yo nos turnamos para contarle lo sucedido. Él meneó la cabeza.

—Lillian, sólo hacían su trabajo. —Todavía llevaba puesta la chaqueta azul y el pantalón caqui que usaba los días que trabajaba de consultor en Silicon Valley—. El mundo no es el mismo que la semana pasada.

Mamá apoyó la taza de té en la mesa.

—Drew, no seas ridículo. Tu hijo no es terrorista. Su uso del sistema de transporte público no es motivo para una investigación policial.

Papá se quitó la chaqueta.

—En mi trabajo hacemos lo mismo todo el tiempo. Así es como se usan las computadoras para descubrir toda clase de errores, anomalías y resultados. Le pides a la máquina que genere un perfil del registro promedio de una base de datos y después le pides que busque los registros de esa base de datos que más se alejan del promedio. Forma parte de algo que se llama análisis bayesiano, y hace siglos que se usa. Sin él, no se podría filtrar el spam…

—¿Quieres decir, entonces, que estás de acuerdo con que la policía sea tan inepta como mi filtro de spam? —pregunté.

Papá nunca se enojaba conmigo por discutir con él, aunque esa noche advertí que estaba bajo una enorme tensión. Sin embargo, no pude resistirme. ¡Mi propio padre, poniéndose del lado de la policía!

—Digo que es perfectamente razonable que la policía lleve a cabo sus investigaciones comenzando con una extracción de datos y luego siguiendo las pistas a pie, haciendo intervenir a un ser humano real para estudiar por qué existe la anomalía. No creo que una computadora deba decirle a la policía a quién arrestar, pero sí que puede ayudar a separar la paja para encontrar la aguja.

—Pero al registrar todos los datos del sistema de transporte son ellos los que están creando el pajar —dije—. Es una montaña gigantesca de datos y casi nada de lo que contiene es algo que valga la pena observar, desde el punto de vista de la policía. Es un desperdicio total.

—Entiendo que no te guste que este sistema te haya causado molestias, Marcus. Pero tú, más que nadie, deberías apreciar la gravedad de la situación. No te hicieron ningún daño, ¿verdad? Hasta te trajeron a casa.

Me amenazaron con llevarme a la cárcel, pensé, pero me di cuenta de que no tenía sentido decirlo en voz alta.

—Además, todavía no nos has contado dónde demonios has estado para generar un patrón de viajes tan fuera de lo común.

Con eso me bajó los humos.

—Pensé que confiabas en mi buen juicio, que no querías espiarme. —Me decía eso a menudo—. ¿De verdad quieres que te rinda cuentas de todos los viajes que he hecho alguna vez?

 

 

***

 

Conecté la Xbox ni bien entré en mi cuarto. Había atornillado el proyector al techo, apuntando a la pared sobre mi cama (tuve que desmantelar mi imponente mural hecho con panfletos de punk rock que había arrancado de postes de teléfono y pegado a unos grandes pliegos de papel blanco).

Encendí la Xbox y me quedé mirando cómo la pantalla cobraba vida. Iba a enviar correos a Van y Jolu, para contarles los líos con la policía, pero cuando puse los dedos sobre el teclado, me detuve otra vez.

Una sensación se arrastró dentro de mi, no muy distinta de la sensación que había tenido al advertir que habían convertido a la pobre Salmagundi en una traidora. Esta vez, era la sensación de que mi amada Xnet podía estar transmitiendo al DSI la ubicación de cada uno de sus usuarios.

Como había dicho papá: Le pides a la computadora que genere un perfil del registro promedio de una base de datos y después le pides que busque los registros de esa base de datos que más se alejan del promedio.

La Xnet era segura porque sus usuarios no estaban conectados a la Internet directamente. Saltaban de Xbox en Xbox, hasta encontrar una conectada; después, inyectaban su material en forma de datos indescifrables, encriptados. Nadie podía detectar cuáles paquetes de Internet pertenecían a la Xnet y cuáles eran operaciones bancarias comunes, comercio electrónico y otras comunicaciones encriptadas. No se podía descubrir quién estaba «enganchando» la Xnet y menos aún quién estaba usándola.

Pero… ¿y las «estadísticas bayesianas» de papá? Yo había jugado con las matemáticas bayesianas en el pasado. Una vez, Darryl y yo intentamos escribir nuestro propio y mejor filtro de spam; cuando quieres filtrar spam necesitas de las matemáticas bayesianas. Thomas Bayes fue un matemático británico del siglo 18 que no le importó a nadie hasta que, un par de cientos de años después de su muerte, los científicos de la informática se dieron cuenta de que su técnica para analizar estadísticamente montañas de datos era superútil para los info-Himalayas del mundo moderno.

Te explico un poco de cómo trabajan las estadísticas bayesianas. Supón que tienes una pila de spam. Tomas las palabras contenidas en los spams y cuentas cuántas veces aparece cada una. Eso se llama «histograma de frecuencia de palabras» y te indica cuál es la probabilidad de que cualquier grupo de palabras sea un spam. Ahora, toma una tonelada de correos electrónicos que no son spam —en la jerga informática se llaman «ham»— y haz lo mismo.

Espera a que llegue un nuevo correo y cuenta las palabras que aparecen en él. Luego, aplica el histograma de frecuencia de palabras en el mensaje sospechoso para calcular la probabilidad de que pertenezca a la pila «spam» o a la pila «ham». Si resulta ser spam, ajustas el histograma «spam» en concordancia con esto. Hay muchas maneras de refinar la técnica —analizar las palabras en pares, desechar datos viejos—, pero así es como funciona, básicamente. Es una de esas ideas geniales y simples que parecen obvias cuando te las cuentan.

Tiene muchas aplicaciones: puedes pedirle a la computadora que cuente las líneas de una imagen y ver si se parece más a un histograma de frecuencia de líneas «perro» o «gato». Con eso puedes detectar pornografía, fraudes bancarios y mensajes hostiles. Una cosa muy útil.

Pero para la Xnet eran malas noticias. Digamos que estás infiltrado en toda la Internet, lo cual, por supuesto, es lo que hace el DSI. Gracias a la criptografía, no puedes detectar quién está enviando paquetes de Xnet sólo por mirar el contenido de esos paquetes.

Lo que sí puedes descubrir es quién está generando un tráfico muchísimo más encriptado que todos los demás. En el caso de los que navegan la Internet normalmente, una sesión en línea contiene probablemente un 95% de texto normal y un 5% de texto cifrado. Si alguien está enviando un 95% de texto cifrado, tal vez podrías despachar a los equivalentes informáticos de Moco y Grano para preguntarle si es un usuario de Xnet terrorista y vendedor de droga.

Esto sucede constantemente en China. A un disidente astuto se le ocurre la idea de esquivar el Gran Firewall de China, que se utiliza para censurar las conexiones a Internet de todo el país, estableciendo una conexión encriptada con una computadora de otro país. El Partido no puede asegurar qué es lo que está viendo el disidente: tal vez pornografía, o instrucciones para hacer una bomba, o cartas eróticas de su novia de Filipinas, o material político, o buenas noticias sobre la Cientología. No hace falta que lo sepan. Lo único que tienen que saber es que ese sujeto genera más tráfico encriptado que sus vecinos. Llegado ese punto, lo envían a un campamento de trabajos forzados para que sirva de ejemplo, para que todos vean lo que les sucede a los sabelotodos.

Hasta ahora, yo estaba dispuesto a apostar que la Xnet se encontraba fuera del alcance del radar del DSI, aunque la situación no continuaría para siempre. Después de esta noche, no podía estar seguro de vivir en mejores condiciones que un disidente chino. Estaba poniendo en peligro a todos los que se unían a la Xnet. A la ley no le importaba si realmente hacías algo malo; querían ponerte bajo el microscopio por el solo hecho de ser estadísticamente anormal. Y ya no podía impedirlo… la Xnet estaba en marcha y tenía vida propia.

Iba a tener que arreglarlo de otra manera.

Sentí el deseo de hablar con Jolu sobre esto. Trabajaba en una empresa proveedora de servicios de Internet llamada Pigspleen Net, que lo había contratado cuando apenas tenía doce años, y sabía mucho más que yo de la red. Si había alguien capacitado para mantener nuestros culos fuera de la cárcel, era él.

Por suerte, Van, Jolu y yo estábamos planeando reunirnos a tomar un café la tarde siguiente, en nuestro lugar favorito de Mission, después de la escuela. Oficialmente, era la reunión semanal del equipo del Loca Diversión en Harajuku pero, con el juego cancelado y Darryl desaparecido, era más bien la fiesta del llanto semanal, complemento de las aproximadamente seis llamadas telefónicas y mensajes de texto que intercambiábamos por día para decir «¿Estás bien? ¿Es verdad lo que nos sucedió?». Era bueno tener otra cosa de qué hablar.

 

 

***

 

—Has perdido la razón —dijo Vanessa—. ¿Estás efectivamente, completamente y realmente loco de verdad o qué?

Llevaba el uniforme de la escuela de chicas porque había tenido que a volver a casa por el camino largo, hasta el puente San Mateo y luego de regreso a la ciudad, en el autobús de transporte escolar implementado por su colegio. Odiaba mostrarse en público con esa vestimenta, que era totalmente Sailor Moon: falda tableada, blusa y calcetines hasta la rodilla. Tenía mal humor ya desde que entró al café, que estaba lleno de emos deprimidos de la escuela de arte, mayores que nosotros, más a la moda, que se rieron por lo bajo mirando sus cafés latte cuando ella entró.

—¿Qué quieres que haga, Van? —dije. Yo también me estaba exasperando. La escuela era insoportable ahora que el juego no existía más, ahora que Darryl estaba desaparecido. Durante todo el día, en clase, me había consolado con la idea de ver a mi equipo, o lo que quedaba de él. Y ahora estábamos peleando.

—Quiero que dejes de ponerte en riesgo, M1k3y.

Se me erizaron los pelos de la nuca. Claro, siempre usábamos los seudónimos en las reuniones del equipo, pero ahora que el mío también estaba asociado con mi uso de la Xnet me daba miedo escuchar que lo pronunciaban en voz alta en un lugar público.

—No vuelvas a usar ese nombre en público —respondí.

Van meneó la cabeza. —Es exactamente de lo que hablo. Podrías terminar en prisión por esto, Marcus, y no sólo tú. Mucha gente. Después de lo que le pasó a Darryl…

—¡Lo hago por Darryl! —Los estudiantes de arte se volvieron para mirarnos y bajé la voz—. Lo hago porque la otra alternativa es dejarlos salirse con la suya.

—¿Crees que vas a detenerlos? Estás loco. Son del gobierno.

—Sigue siendo nuestro país —dije—. Tenemos derecho a hacer esto.

Me pareció que Van iba a echarse a llorar. Inspiró profundamente un par de veces y se puso de pie.

—No puedo hacerlo, perdona. Ni puedo ver que tú lo haces. Es como mirar un accidente de auto en cámara lenta. Te vas a destruir y yo te quiero demasiado para sentarme a mirar cómo sucede. —Se inclinó, me dio un abrazo feroz y un fuerte beso en la mejilla que también abarcó el borde de mi boca—. Cuídate, Marcus —dijo. En el sitio contra el que había apretado sus labios, la boca me quemaba. Hizo lo mismo con Jolu, pero besándolo estrictamente en la mejilla. Y se fue.

Jolu y yo nos miramos largo rato cuando se marchó.

Me cubrí la cara con las manos. —Maldita sea —dije por fin.

Jolu me palmeó la espalda y me pidió otro latte. —Todo saldrá bien —dijo.

Pensé que Van, a diferencia de todo el mundo, entendería. —La mitad de la familia de Van vivía en Corea. Sus padres nunca olvidaban que toda su gente vivía gobernada por un dictador loco, sin poder escapar a los EE. UU. como ellos.

Jolu se encogió de hombros. —Quizás por eso está tan alterada. Porque sabe lo peligroso que puede ser.

Sabía de qué me estaba hablando. Dos tíos de Van habían sido encarcelados y nunca habían vuelto a aparecer.

—Sí —dije.

—¿Y por qué no estuviste en la Xnet anoche?

Me sentí agradecido por la distracción. Le expliqué todo, el asunto bayesiano y mi miedo de no poder seguir usando la Xnet como veníamos haciéndolo sin que nos pescaran. Me escuchó, pensativo.

—Entiendo lo que dices. El problema es que si hay mucha cripto en una conexión a Internet salta a la vista como algo poco habitual. Pero si no encriptas se la haces fácil a los tipos malos que te espían.

—Sí —dije—. Estuve todo el día tratando de resolverlo. Quizás podríamos lograr que la conexión fuese más lenta, distribuirla entre las cuentas de mucha más gente…

—No funcionaría —dijo—. Para que tenga una lentitud que le permita diluirse entre el ruido, básicamente tendrías que apagar la red y esa no es una opción.

—Cierto —dije—. ¿Pero qué otra cosa se puede hacer?

—¿Qué pasaría si cambiáramos la definición de «normal»?

Y era por eso que Pigspleen había contratado a Jolu cuando tenía doce años. Le das un problema con dos soluciones malas y él descubre una tercera totalmente diferente, basada en arrojar a la basura todas tus suposiciones. Asentí vigorosamente.

—Anda, dime.

—¿Qué pasaría si el usuario de Internet promedio de San Francisco generara mucha más cripto durante un día promedio de uso de la red? Si pudiéramos cambiar la distribución a 50% de texto normal y 50% de texto cifrado, los usuarios que proveen a la Xnet parecerían normales.

—¿Pero cómo lo hacemos? La gente no se interesa tanto en su privacidad como para navegar en la red con un enlace encriptado. No se dan cuenta de por qué debe importarles que unos fisgones se enteren de lo que googlean.

—Sí, pero las páginas web tienen poca cantidad de tráfico. Si logramos que la gente baje rutinariamente unos pocos archivos encriptados gigantescos por día, se generará texto cifrado equivalente a miles de páginas web.

—Hablas de la indienet —dije.

—Ya entendiste —dijo él.

La indienet —todo en minúsculas, siempre—, o red independiente, es lo que convirtió a Pigspleen Net en una de las ISP independientes más exitosas del mundo. Cuando las grandes empresas discográficas comenzaron a demandar penalmente a los fans por bajarse música, muchos sellos independientes y sus artistas se horrorizaron. ¿Cómo pretendes ganar dinero llevando a tus clientes a juicio?

La fundadora de Pigspleen tenía la respuesta: ofreció contratos a todos los músicos que querían trabajar con sus fans en lugar de pelear contra ellos. Cuando le dabas a Pigspleen la licencia para distribuir tu música entre sus clientes, la empresa te pagaba un porcentaje de las tarifas abonadas por suscripciones, que se calculaba según el grado de popularidad de tu música. Si eres un artista independiente, tu mayor problema no es la piratería, sino la falta de difusión: a nadie le importan tanto tus canciones como para querer robártelas.

Funcionó. Cientos de artistas y sellos independientes firmaron con Pigspleen y, cuanta más música había, más fans decidían dejar a su proveedor de Internet y cambiarse a Pigspleen, y más dinero recibían los artistas. En el lapso de un año, la ISP reunió cien mil nuevos clientes, y ahora ya tenía un millón… más de la mitad de las conexiones de banda ancha de la ciudad.

—Hace meses que tengo pendiente una revisión del código indienet —dijo Jolu—. Los programas originales se escribieron rápido y al descuido; con un poco de trabajo se los puede hacer mucho más eficientes. Pero no he tenido tiempo. Una de las tareas marcadas como de alta prioridad es encriptar las conexiones, porque a Trudy le gustan así.

Trudy Doo era la fundadora de Pigspleen. Era una vieja leyenda del punk de San Francisco, cantante y líder de la banda anarco-feminista Speedwhores, y una loca de la privacidad. Yo creía totalmente que ella querría encriptar el servicio de música por una cuestión de principios.

—¿Es difícil? O sea… ¿cuánto puede tardar?

—Bueno, hay toneladas de código encriptado gratuito en línea, claro —dijo Jolu. Estaba haciendo lo que siempre hacía cuando ahondaba en un sustancioso problema de códigos: la mirada perdida, las palmas de las manos tamborileando en la mesa, haciendo que el café se desbordara y cayera en los platos. Quería reírme: tal vez todo estaba destruido, era una mierda y te daba miedo, pero Jolu iba a escribir ese código.

—¿Puedo ayudar?

Me miró. —¿Qué, acaso piensas que no puedo solo?

—¿Qué?

—Me refiero a que hiciste todo esto de la Xnet sin siquiera decírmelo. Sin hablar conmigo. Se me ocurrió que no necesitaste mi ayuda para ese asunto.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué? —dije otra vez. Ahora Jolu parecía enfadado de verdad. Era obvio que se había tragado todo esto durante largo tiempo—. Jolu…

Me miró y vi que estaba furioso. ¿Cómo no me había dado cuenta? Dios, a veces yo era un tremendo idiota

—No fue gran cosa, amigo. —Lo cual, claramente, significaba que sí era gran cosa—. Es que… ya sabes, jamás me preguntaste siquiera. Odio al DSI. Darryl también era mi amigo. Podría haberte ayudado mucho.

Yo quería meter la cabeza entre las rodillas.

—Escucha, Jolu, fue muy estúpido de mi parte. Lo hice como a las dos de la madrugada. Estaba como loco cuando sucedió. Yo… —No podía explicarlo. Sí, él tenía razón y ese era el problema. Eran las dos de la madrugada, pero podría haber llamado a Jolu al día siguiente, o al siguiente. No lo hice porque sabía lo que me diría: que era un hackeo muy burdo, que necesitaba pensar mejor todo el procedimiento. Jolu siempre estaba pensando en cómo convertir mis ideas de las 2:00 a.m. en código real, pero lo que ofrecía como resultado siempre era un poco distinto de lo que se me había ocurrido a mí. Quería que este proyecto fuera mío. Me había metido totalmente en el personaje de M1k3y—. Perdona —dije por fin—. Lo lamento muchísimo. Tienes toda la razón. Me salí de mis cabales y cometí una estupidez. Realmente necesito tu ayuda. No puedo hacer este trabajo sin ti.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto que lo digo en serio —dije—. Eres el mejor escritor de código que conozco. Eres un maldito genio, Jolu. Sería un honor que me ayudaras con esto.

Tamborileó con los dedos un poco más.

—Es que… ya sabes. Eres el líder. Van es la inteligente. Darryl era… era nuestro segundo al mando, el que organizaba todo, el que se ocupaba de los detalles. Ser el programador era mi papel. Sentí que me estabas diciendo que no me necesitabas.

—Oh, viejo, soy un idiota. Jolu, eres la persona mejor calificada que conozco para hacer esto. Lo lamento mucho, mucho, mucho…

—Ya está bien. Basta. Perfecto. Te creo. En este momento, todos estamos muy alterados. Así que, claro, por supuesto que puedes ayudar. Hasta es probable que te paguemos… tengo un pequeño presupuesto para contratar programadores.

—¿En serio? —Nadie me había pagado nunca por escribir código.

—Sí. Puede que seas lo bastante bueno para justificar la inversión. —Sonrió y me pegó en el hombro. Jolu se llevaba bien con todos la mayor parte del tiempo; por eso me había afectado tanto verlo enojado.

Pagué los cafés y salimos. Llamé a mis padres para comunicarles lo que hacía. La madre de Jolu insistió en prepararnos emparedados. Nos encerramos en el dormitorio, con la computadora y el código de la indienet, y nos embarcamos en una de las mayores sesiones maratónicas de programación de todos los tiempos. Cuando la familia de Jolu se fue a dormir, alrededor de las 11:30, pudimos secuestrar la cafetera para llevarla a su habitación e inyectarnos mágico café en grano en las venas.

Si nunca has programado una computadora, deberías hacerlo. No hay nada que se le compare en todo el mundo. Cuando programas una computadora, ella hace exactamente lo que tú le dices que haga. Es como diseñar una máquina —cualquier máquina: un coche, un grifo, una bisagra neumática de puerta— usando matemáticas e instrucciones. Es asombroso en el más fiel sentido de la palabra: puede maravillarte e intimidarte.

La computadora es la máquina más complicada que vas a usar en tu vida. Está hecha con millones de transistores micro-miniaturizados que pueden configurarse para usar cualquier programa que puedas imaginar. Pero cuando te sientas frente al teclado y escribes una línea de código, esos transistores hacen lo que tú les dices.

La mayoría de nosotros nunca construirá un automóvil. Casi ninguno inventará un sistema de aviación, diseñará un edificio, planificará una ciudad.

Esas son máquinas complicadas que están fuera de los límites de los que son como tú y yo. Pero una computadora, que es diez veces más complicada, baila al compás de cualquier música que tú ejecutes. Puedes aprender a escribir código sencillo en una tarde. Comienza con un idioma como el Python, que se creó para proporcionar a los no-programadores una forma más fácil de lograr que la máquina baile al ritmo de tu música. Aunque escribas código durante un solo día, una sola tarde, tienes que hacerlo. Las computadoras pueden controlarte o pueden aligerar tu trabajo… si quieres ser el jefe de tus máquinas, debes aprender a escribir código.

Esa noche, escribimos un montón de código.

 

 

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