Revista Axxón » «Las alegres comadres de Huixnsor», Gonzalo Martré - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 


MÉXICO

 

Al echar una ojeada a la mujer que se hallaba ante él, el señor licenciado agente del ministerio público en Huixquilucan, Méx., adoptó el tonito desdeñoso que solía utilizar ante la gente humilde del pueblo:

—¿Qué quieres?

—Levantar un acta, licenciado.

De un secuestro maldecido

por parte de un desgraciado

por más señas, desconocido.

El MP la miró dos veces. El aspecto de esa mujer no concordaba con el tono de su voz ni con su léxico. No era india pata rajada, aunque lo parecía por su piel morena y sus rasgos físicos de etnia tepuja. De todos modos, no varió el tonillo despectivo:

—¿Entonces, en contra de…?

—Contra quien resulte responsable.

La respuesta ratificó su segunda apreciación. No era patarrajada, por lo tanto, algún billete extra podría sacarle:

—¿Cómo se llama, usted?

—Lucero Balcázar.

—¿Dónde vive?

—En el barrio de Huinxsor, de este pueblo, licenciado.

—¿Cómo fue?

—No sé decirle como fue, pero también hubo secuestro.

—¿Con violencia?

—No, licenciado. El secuestro fue a la chita callando. Cuando estaba durmiendo.

Esta mañana corriendo

cuenta me fui dando.

—¿Le secuestraron algún familiar? —preguntó el MP y calculó que de acuerdo al monto del rescate podría sacarle una buena tajada para investigaciones de la averiguación previa.

—Primero, robaron huevos. Durante dos semanas desaparecieron los huevos que ponían mis gallinas; luego, secuestraron a mis gallinas.

—¿Cuántas?

—Cuatro.

—¿Sólo esas? —exclamó, estupefacto, el MP. La probable tajada que ya alegraba su bolsillo se desmoronó y contempló con disgusto a la morena, quien prosiguió declarando:

—Las únicas que tengo, licenciado. Me dejaron a medio comer. Para más señas son: la abada, la blanca, la negra y la colorada; estoy esperando que pidan el rescate, estoy angustiada.

 

Sí, la abada, la negra, la blanca y la colorada hacía dos semanas fueron a beber después de comer su maicito. Las cuatro alegres comadres coincidieron en el bebedero. Sus cabezas se tocaban y, en un momento dado en que las cuatro cabezas gallináceas hicieron contacto, sucedió un hecho por demás notable: hubo comunicación inteligente entre ellas. La abada dijo en español con marcado dejo gallináceo:

—Estoy ya cansada de que huevo que pongo, huevo que me quita Lucero y se lo lleva. No puedo tener mis pollitos.

Las otras tres comadres se hallaban exactamente en el mismo deplorable caso. La blanca agregó:

—Debemos poner fin a esta ignominiosa situación.

—Pero, ¿cómo? —inquirió la colorada.

—Haciendo huelga —declaró la abada.

—Mira, comadre abada, que no se nos había ocurrido —dijo la negra cuyo color coincidía con un tono cubiche en su voz copiado de Lucero, quien se pirraba por lo cubano, especialmente lo tripié cubano.

—No vamos a poner más huevos —concluyó la abada.

Terminaron de beber y se retiraron a un rincón del patio, donde volvieron a juntar sus cabezas para redondear la conjura.

—Entonces ya quedamos —ordenó la lideresa—. ¡Ni un huevo más!

Pasaron quince días. Lucero no era propiamente dicho una granjera, sino poeta, narradora y pintora que gustaba de vivir en ese pueblo y en ese barrio trepado en la ladera del monte. Tenía esas gallinas pero no enjauladas, sino libres vagando por el patio. Cuando notó la falta sistemática de los huevos supuso que le eran robados por alguien: un cacomixtle de dos patas. Se propuso descubrirlo, pero por más que espiaba a sus gallinas, no obstante que a veces pasaba la noche en vela acechando, nunca vio entrar al maldito ladrón. No se explicaba cómo hacían para robarle los blanquillos. Pero cuando también desaparecieron sus cuatro gallinas, montó en cólera y fue a denunciar el robo.

 


Ilustración: Laura Paggi

La lideresa llamó a junta, pues acababa de tener una premonición desagradable:

—Miren, comadres, si seguimos así, ¿saben que va a pasarnos?

Ninguna atinó con el futuro incierto.

—Lucero va a pensar que ya no servimos para poner huevos y nos echará al puchero, o hará mole.

—Nooo, pos sí —asintieron las otras tres y se les puso «carne de gallina».

—Tenemos que pensar una estrategia para evitarlo.

—Nos iremos de aquí —propuso la colorada, y todas estuvieron de acuerdo. La hora de la liberación había llegado.

 

El señor licenciado agente del MP fue informado por el señor secretario de que tenía esperando a un quejoso víctima de robo de ave de corral.

—Me robaron ocho gallinas, licenciado.

—¿Tiene idea de quién fue?

—Si tuviera idea, licenciado, no estaría aquí, iría por ellas a como diera lugar.

—Señor secretario, levante el acta correspondiente —ordenó con su tonillo más displicente pues el asunto no prometía ganancia extra.

Dos días después, otro quejoso levantó un acta por el robo de dieciséis gallinas. Le habían dejado tan sólo una y ésta, melancólica por su soledad, dejó de poner huevos.

Y apenas cinco horas más tarde, otro quejoso levantó acta por el robo de treinta y dos gallinas. Todos los robos habían sido efectuados en aves de corral, no enjauladas.

El agente del MP pensó en una banda secuestradora de gallinas. Si su compadre el Jefe de la Policía Municipal le echaba el guante, quizá el asunto valiera la pena para juntar las actas, seguir pistas y, una vez cogidos con las manos en los huevos, poner precio a la libertad de los facinerosos. Daría la orden.

 

Las cuatro alegres comadres de Huixnsor fueron al corral próximo y hablaron, sí, hablaron con sus vecinas. No fue difícil convencerlas de que eran víctimas indefensas del robo de sus futuros polluelos y que deberían poner un «hasta aquí» porque esa situación era ya intolerable.

En el tercer corral una conformista se negó a unirse a la protesta aduciendo que:

—Así ha sido siempre, comadres, desde hace miles de años somos proveedoras del alimento humano a costa de nuestros hijos y luego nos asesinan cuando ya no servimos para nada. Hay que resignarse, así lo quiere Dios.

—Pues que Dios tan inmoral y estúpido que mata a nuestros hijos y permite que nos asesinen esos maldecidos gallinófagos. Vámonos a la granja grande a hablar con nuestras comadres.

 

Don Raúl Renán, anciano dueño de una granja con quinientas gallinas y también poeta, se presentó ante el agente del MP a denunciar un robo importante:

—Anoche entraron los bribones

secuestraron mis gallinas.

¡A qué punta de cabrones

todas ellas eran albinas!

El agente del MP comprendió la importancia y la gravedad del latrocinio. Levantó el acta respectiva y comisionó al jefe de la policía delegacional para que investigara el caso. Y hasta entonces dio parte de los secuestros a la policía judicial del Distrito Federal. Pero esta dependencia no hizo mayor caso de la denuncia, porque tenía en sus manos ciento veintiocho actas de otras delegaciones sumando un total de ciento seis mil cuarenta y cuatro aves ponedoras secuestradas limpiamente, sin dejar huella. Vaya: ¡ni una pluma!

Los secuestros de gallinas saltaron a las primeras planas de los periódicos. Fecal preparó una declaración para calmar a los granjeros: «Echaremos mano de todos los recursos para localizar a los secuestradores y liberar a sus víctimas. El glorioso ejército nacional a quien se recuerda por la gesta heroica del 68, se hará cargo de la investigación. ¡No le fallaremos al pueblo!»

 

 

Todas las especies animales y vegetales se hallan en evolución. Unas más lentamente que otras, pero ninguna escapa a esa ley universal de la naturaleza. La evolución no es asunto de días, la evolución requiere cientos de miles y hasta cientos de millones de años, pero se realiza para cada especie de organismo vivo en el planeta llamado Tierra, al menos. El pequeño lapso de la vida humana no le permite al hombre registrar los pasos de la evolución de la especie y, como es vanidoso y desprecia a los demás seres vivos ¡mucho menos nota la evolución de las especies inferiores! Sin embargo, había llegado la hora del salto evolutivo de las gallinas, todo se hallaba preparado en la naturaleza, tan sólo faltaba el factor coyuntural, el cual, no obstante, depender del azar, y tarde o temprano se presentaría. En el momento en que las cabezas de las cuatro alegres comadres de Huixnsor entraron en contacto, se produjo la sinapsis esperada desde la noche de los tiempos. Aquellos minúsculos cerebros se comunicaron entre sí y establecieron desde ese instante y para siempre una entidad pensante que les dio inteligencia, capacidad de razonamiento, capacidad de introspección emocional y mental. En pequeña dosis, que iría en aumento según estas entidades se multiplicasen.

Las alegres comadres de Huixnsor, que se sabían humilladas, esclavizadas y explotadas inmisericordemente por el ser humano, decidieron sacudir esas cadenas oprobiosas y pensaron en sus congéneres. Si lograban comunicar a las vecinas del corral próximo sus reflexiones, quizá lograrían avanzar más en la búsqueda de su libertad. Lo hicieron por instinto, fueron a ese corral donde vagabundeaban libremente unas diez gallinas y lograron establecer dos células más, de cuatro componentes cada una. Así, siguieron incursionando en las noches por otros corrales y de día regresaban al suyo.

La huelga de ponedoras de huevos de aves de corral fue un éxito. Pero miles de millones de congéneres sufrían la explotación más vil, porque se las tenía confinadas en jaulas y su destino era poner huevos sin abandonar su prisión. Decidieron liberar a las gallinas enjauladas, para ello, era menester irse ya de los corrales, dejar de fingir y lanzarse al ataque frontal. Su primer objetivo fue una granja avícola de la vecina población de Río Hondo, que contaba con mil gallinas ponedoras. Por la noche abandonaron sus respectivos corrales y caminando por senderos poco frecuentados y volando trechos cortos llegaron hasta Río Hondo. En el trayecto algunos perros se les echaron encima, pero, en vez de espantarse y huir como tradicionalmente ocurría en el pasado, se les fueron encima masivamente a picotazos, en los ojos. En la primera batalla quedaron cuatro entidades destruidas y tres perros ciegos. Siguieron su camino, sortearon algunas escaramuzas más hasta ponerse a vista de la granja avícola. Era el amanecer, la puerta se hallaba cerrada con candado, pero las ventanas que daban aire al interior de esa horrorosa prisión se hallaban abiertas porque era verano; volaron, comenzaron a abrir las jaulas valiéndose de picos y dedos ya que las unidades de jaulas no tenían candado, tan sólo cerrojos fáciles de descorrer. Las arengaron para que formaran entidades (acto de juntar cuatro cabezas y la entidad se establecía automáticamente por los canales misteriosos de la evolución biológica). Muchas de estas gallinas blancas decidieron sumarse a la huelga, cierto, pero no querían irse de la granja, pues ahí encontraban su alimento muy puntualmente. Las alegres comadres les advirtieron que, de quedarse, al transcurrir un mes sin poner huevos serían sacrificadas y remitidas al matadero, para comida de los humanos. Sólo un porcentaje pequeño se quedó, las más, en ordenado batallón, salieron a campo abierto, ensayaron a volar y vieron gozosas que podían hacerlo, no grandes distancias, desde luego, pero lograban volar y algo les decía que con el tiempo serían capaces de cubrir distancias más grandes como los patos. Por lo pronto, ganaron para los montes, que por ahí abundaban, a esperar la noche para seguir liberando a sus congéneres.

 

La Asociación de Granjas Avícolas del Edomex llamó a sus doscientos agremiados a junta urgente. Don Francisco Estrada, presidente vitalicio de la AGA, declaró que la industria avícola se hallaba al borde de la quiebra porque una extraña enfermedad impedía que las gallinas pusieran huevos.

—Hemos logrado atrapar a algunas gallinas enfermas y nuestros mejores veterinarios no dan con el bacilo, bacteria o virus que las incapacita.

—¿Y ya las llevaste a la SAG, Paco? Ahí tienen laboratorios de investigación bien dotados —dijo el granjero Roberto Reyes, venerable anciano que en su larga vida de ochenta años jamás había visto epidemia de tal naturaleza.

—Llevé a doce. Los mejores veterinarios de la SAG no encontraron el mal —declaró el presidente vitalicio.

—Vamos a quebrar. Ni siquiera podemos vender los animales, porque se escapan por la noche —dijo Sergio García Díaz, apodado el Checo—. Llevemos algunas a la Universidad de Chapingo para que les hagan un estudio minucioso. Ahí tienen al doctor don Rolando Rosas quien de enfermedades de animales se las sabe todas.

—Además de que nadie las compraría, porque ya corrió la voz de la epidemia. La SAG va a declarar cuarentena —dijo Lupus, pintor de gallináceos torvos.

—Y no es cierto que escapen nada más por la noche —opuso, enfático, el señor Eduardo Villegas, dueño de tres mil gallinas en Metepec—. Ante mis meros ojos a pleno día, vi como las cabronas se fueron volando pal monte. No me quedan ni cien.

 

En la SAG había dos subsecretarios: el de Agricultura y el de Ganadería. El señor secretario, un licenciado que jamás había visto una gallina viva, siempre cocinada, llamó a Hugo Moreno, su subsecretario de Ganadería y le exigió en término perentorio un informe técnico. Cuarenta y ocho horas después conferenciaba con el licenciado Eduardo Cerecedo, licenciado en Relaciones Internacionales, que de gallinas sabía más o menos lo mismo que su jefe.

—¿Cómo está el panorama nacional gallináceo, mi querido Lalo?

—Del cocol, Hugo. En veintitrés estados de la República las gallinas no ponen. En el resto comienza a cundir la epidemia.

—¿Ya se sabe la causa?

—La ignoramos por completo.

—¿Y si decretamos el rifle sanitario? El señor presidente quiere acción. Los guachos ya tienen el dedo en el gatillo.

—De nada serviría. Y no podemos hacer eso porque las gallinas están completamente sanas. Hemos mandado gallinas a los hospitales oficiales y las han servido en caldo, en mole, en enchiladas, a la veracruzana, a la yucateca, en fin, los enfermos han comido gallina hasta hartarse. Ningún enfermo ha empeorado o contraído otra enfermedad además de la que tenía. Muchos de ellos, gracias a la sobrealimentación de caldo y carne de gallina, se han aliviado y han sido dados de alta. ¿Sabes? Me da la impresión de que estos cabrones animales se han puesto de acuerdo para no poner.

—¡No mames, Lalo!

—No tengo otra explicación. Pero ya le echamos la culpa a la Monsanto y a su maíz transgénico. Nuestros granjeros van a levantarle una demanda nacional a la Monsanto. Creo que por ahí va la explicación del mal. Aunque no sea cierto, le damos tiempo a nuestros veterinarios para investigar más a fondo.

—Tus veterinarios son unos ineptos.

—Entonces también los veterinarios gringos, porque la huelga de ponedoras ya comenzó en los estados limítrofes con México. Han venido los mejores veterinarios gringos. Vino uno de Filadelfia que se llama Filadelfo y se la peló. Tampoco dan con el mal.

—¿Tienes idea de lo que va a pasar, Lalo?

—Más o menos. Lo que dicen los periódicos. Sin el huevo, que es un alimento barato, la dieta de los niños mexicanos se empobrecerá más. Las grandes fábricas de alimento avícola quebrarán. Por ejemplo, la Purina Ralston ya anunció el cierre de su planta de Querétaro y en vías la de Sonora. Habrá sobreproducción de maíz, sorgo y milo de uso animal.

—¿Qué? ¿Las gallinas van a dejar de comer? ¡No mames, Lalo!

—Las gallinas no van a dejar de comer. Las gallinas ya están buscando su comida. Ya no les gusta el alimento artificial. Buscan alimento natural. Y ya están poniendo, pero no en forma masiva. Ponen para la conservación de la especie. Si hasta parece que piensan, las muy cabronas.

 

Cuando se formó el primer núcleo ciudadano de cuatro mil gallinas, su poder de raciocinio se elevó al cubo. Cuando el núcleo fue de cuatrocientas mil gallinas, reunidas en los llanos del Valle de Toluca, su capacidad pensante se elevó a la cuarta. El señor gobernador don Piña Neto mandó a todos los policías disponibles para deshacer el congreso a riflazos y macanazos. Treinta y cinco mil diablos azules salieron desde Toluca y los municipios conurbanos. La gallina, ese ser dócil y nutritivo, pasó de gran aliado a gran enemigo de la humanidad.

En el magno congreso gallináceo se tomaron decisiones muy importantes:

1º Jamás volverían a ser enjauladas para poner como locas.

2º Sólo pondrían huevos en la época de celo y para tener pollitos. No más de diez cada vez, o sea, cada seis meses.

3º Ni sus huevos ni sus pollitos serían ya mercancía para vender.

4º Se darían su propio gobierno colectivo y establecerían relaciones sociales y comerciales con los humanos, de igual a igual.

5º Fundarían la Primera Universidad Autónoma Gallinácea con la mira de preparar científicos que protegieran a la población, pues era obvio que los humanos no les darían ya medicinas.

En todo el mundo la docena de huevos aumentó de precio al mismo ritmo que el petróleo.

Discutido el caso en la plenaria de las Naciones Unidas, se optó por mandar un embajador plenipotenciario a negociar con la República Gallinácea el intercambio comercial de alimento balanceado por huevos. Se mandó al más experimentado diplomático, un cubano de nombre Rafael Carralero, quien tras de quince días de conversaciones en la cumbre, logró que se firmara el siguiente tratado:

1. Que habría un intercambio de huevos por alimento balanceado a condición de que éste no fuese elaborado con semillas transgénicas, ya que a las gallinas les daba dolor de cabeza y cáncer de ovarios.

2. Que el huevo adquiriera categoría de moneda internacional equiparable al euro pues el dólar iba en picada.

3. Que las gallinas establecerían sus ciudades y pueblos en lugares idóneos, pero que los materiales de construcción también serían canjeados por huevos.

4. Por lo tanto, los ingenieros y contratistas encargados de levantar las ciudades gallináceas serían pagados con huevos… a huevo.

5. Cualquier violación a cualquiera de los cuatro puntos antes enunciados traería como inevitable consecuencia una huelga general de ponedoras, las cuales no pondrían… ni a huevo.

6. Que a Lucero Balcázar se le erigiera un gran monumento en forma de gallina en su natal Huixquilucan.

El Tratado de Libre Comercio entre los humanos y las gallinas fue firmado: por las Naciones Unidas: Rafael Carralero. Por la República Gallinácea: el Consejo General Huevón (CGH).

 

 

Gonzalo Martré nació en Metztitlán, Hidalgo, en 1928. Realizó estudios de ingeniería química en la UNAM y fue profesor y director de la preparatoria Uno. Militó en los partidos Comunista Mexicano (PCM) y Socialista Unificado de México (PSUM). Ha escrito una obra extensa y variada que abarca novela, cuento, relato, ensayo, crónica y reportaje. Entre sus libros se destacan Los endemoniados, Safari en la Zona Rosa, La noche de la séptima llama, El Chanfalla, Dime con quién andas y te diré quién herpes, ¿Tormenta Roja sobre México?, Apenas seda azul, Los símbolos transparentes y La emoción que paraliza el corazón. Con semejante obra a nuestro alcance no duden los lectores que Gonzalo será visitante asiduo de Axxón en los próximos meses.

Ya hemos publicado sus cuentos CUANDO LA BASURA NOS TAPE y LOS ANTIGUOS MEXICANOS A TRAVES DE SUS RUINAS Y SUS VESTIGIOS.


Este cuento se vincula temáticamente con HIELO, de Juan Pablo Noroña; CONÓCETE A TI MISMO, de Luis Mazzarello; EL ESTIGMA DE SUZDAL, de Tarik Carson y LA NIÑA DE SHAMBALA, de Marcos Padrón Cottet.

Axxón 215 – febrero de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Evolución : Animales inteligentes : México : Mexicano).


2 Respuestas a “«Las alegres comadres de Huixnsor», Gonzalo Martré”
  1. Juan Diego Soto dice:

    Como pollo al mole; una delicia.

  2. Martré…Mi amigo del alma, gracias por escribirme este hilarante cuento…te quiero y mucho, pero de verdad MUCHO…

  3.  
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