¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

Ilustración: Pedro Belushi

Hay una habitación. Es grande —no en un sentido abarcable por la mente humana, sino en la medida en que las once dimensiones espaciales que la componen se curvan, doblan y enrollan, creando un espacio de proporciones ciclópeas. Hay un contenedor en su centro. Es oscuro, salvo por infinidad de puntos luminosos que brillan en una amplia gama de colores, arremolinándose los unos alrededor de los otros. De cuando en cuando, alguno aumenta repentinamente de brillo para terminar apagándose como si nunca hubiera existido.

Mientras los pequeños luceros brillan y se apagan para dar lugar a otros nuevos, el contenedor se hincha hasta alcanzar su tamaño máximo; comienza entonces a deshincharse, disminuyendo de tamaño hasta desaparecer por completo.

Al otro lado de la habitación, alguien anota el resultado, modifica ligerísimamente el valor de uno de los veinte parámetros que controlan el experimento, activa un control, y el contenedor cobra existencia de nuevo en medio de un estallido de luz.

 

 

***

 

 

Francisco Montes se despertó gritando, empapado en sudor y miró a su alrededor como si no creyera posible haberse quedado traspuesto en aquel diván. Hacía semanas que aquellas fugaces pesadillas le sobresaltaban en cualquier momento, incluso durante la vigilia.

—¿Quiere hablar de su sueño?

El sol se filtraba por el enrejado de la ventana, arrojando franjas de luz y sombra sobre el rostro del psiquiatra y haciendo visibles las partículas de polvo que flotaban en el ambiente.

—Deben detener el experimento —contestó Montes.

—Ya sabe que eso no está en mi mano. ¿Quiere hablar de cómo se siente?

El otro no contestó. Transcurrieron un par de minutos durante los cuales lo único que pudo oírse fue el tic tac del reloj de péndulo al fondo de la estancia.

—Doctor Montes —probó entonces el psiquiatra—, mi trabajo consiste en entender los procesos mentales, los razonamientos, frustraciones y sentimientos que han desencadenado su situación actual. En comprender, en otras palabras, qué ha llevado a un científico brillante como usted, reconocido por sus estudios del fondo cósmico de microondas y las constantes fundamentales del Universo, a actuar como lo hizo. De modo que se lo preguntaré de nuevo: ¿sabe por qué está usted aquí?

—Demonios, claro que lo sé. Sé por qué estamos todos aquí. Ojalá no lo supiera. Ojalá fuera como ustedes.

—Entiendo. Se refiere usted al Principio Antrópico, ¿verdad? Al hecho de que, de ser las constantes fundamentales del Universo una millonésima parte mayores o menores de las que son, la vida no se habría desarrollado y nosotros no estaríamos aquí para preguntarnos sobre el origen de todo. De que, si estamos todos aquí, es por mero azar.

Montes no se molestó en contestar. Aquello no pareció incomodar al psiquiatra, que prosiguió su discurso:

—Aunque los creyentes reformularían dicho principio alegando que un ajuste tan fino en las constantes, lejos de hacer del Big Bang la mayor catástrofe natural de todos los tiempos, constituye la prueba irrefutable de la existencia de un diseñador inteligente, de un dios creador. ¿Se considera usted una persona religiosa, doctor Montes?

—Idiotas. ¿Catástrofe natural? ¿Diseñador inteligente? Bah. Todos equivocados. Unos y otros. Dando palos de ciego.

—¿Qué le hace pensar eso?

El físico resopló y agitó los puños en el aire, pero no contestó. Se levantó y caminó por la habitación como un león enjaulado.

—¡Debe conseguir que detengan el experimento!

Esta vez, el psiquiatra lo ignoró.

—Verá, he leído su trabajo. Confieso que no me he enterado de gran cosa, pero al menos espero haberme quedado con la idea esencial.

—Lo dudo.

—¿Por qué dice eso?

—Si se hubiera quedado con la idea esencial, seguramente estaría en el diván de algún otro loquero… O eso, o se habría suicidado.

—No creo que haga falta llegar a esos extremos —rió el psiquiatra con condescendencia—. Corríjame si me equivoco: el año pasado se descubrieron estructuras parecidas a anillos concéntricos en el fondo cósmico de microondas. Hay quien opina que podrían ser remanentes de Universos previos, que al cerrarse sobre sí mismos, rebotaron, dando lugar a nuevos Big Bangs, a nuevos Universos que a su vez acabarían cerrándose y abriéndose, una y otra vez.

El físico se detuvo y permaneció de pie, escuchando.

—Usted analizó esos anillos concéntricos con las herramientas de la teoría de cuerdas y encontró que encerraban información sobre el valor exacto de diecinueve de las veinte constantes fundamentales. De todas ellas, menos la de Gravitación Universal, que arrojaba valores escalonados para cada anillo, todos ellos diferentes en cantidades infinitesimales al valor medido en otros experimentos y que manejamos como estándar. Su artículo, ni que decir tiene, causó un gran impacto, y se interpretó como un indicio de que quizá la constante de Gravitación Universal cambia a escalas cosmológicas.

Aparentemente más calmado, el doctor Montes se sentó y las comisuras de sus labios se extendieron en una mueca sardónica.

—Y yo que pensaba que trataba usted de dilucidar si yo estaba loco, ¡y resulta que lo que quería era hacer sus pinitos en astrofísica!

El psiquiatra entrelazó los dedos.

—¿Y lo está? ¿Está usted loco?

—Desearía estarlo —murmuró el hombre como para sí mismo—. Así los Tíndalos sólo estarían en mi mente perturbada.

—¿Quiénes son los Tíndalos?

El físico abrió mucho los ojos y una gota de sudor se deslizó por su frente.

—Nadie —susurró, la mirada perdida en algún punto más allá de la pared, y luego alzó la voz—. ¡Deben detener el experimento!

El sillón crujió sonoramente cuando el psiquiatra se acomodó, echándose hacia atrás.

—Mire, llevamos semanas caminando en círculos. Y usted no me ayuda. Cada vez que trato de guiarle hasta allí, de hacerle volver a sus recuerdos, usted se cierra en banda.

Tomó entonces el periódico sobre su mesa. El rumor del papel fue lo único que se escuchó durante los instantes que le llevaron localizar la página de Ciencia.

—No me gusta tener que hacer esto —dijo mientras se lo tendía—, pero el tiempo se agota y necesito saber qué pasaba por su cabeza en aquel momento. Lea la noticia, por favor.

Montes agarró el periódico y lo examinó. Era de aquel mismo día. Su extrañeza se fue tornando en pánico según iba leyendo: tras un parón de siete meses, se habían reparado los daños ocasionados por la bomba en el túnel del LHC. El gigantesco colisionador, que volvía a estar a punto, había sido rebautizado como Sincrotrón Kendall en honor a su director, fallecido en el atentado.

—Y ahora, por favor, escúcheme. El doctor Kendall le despidió al poco de publicar usted su artículo, tras una violenta discusión. Eso debió de importunarle mucho, ¿no es así?

El doctor Montes se levantó y clavó sus ojos en el psiquiatra. Estaba rojo de furia.

—¿Cree que puse la bomba porque me despidió? ¿Está usted loco? ¡Era mi amigo, joder! ¡Yo no sabía que él estaba en la sala de control!

El psiquiatra permaneció inmóvil cuando el físico lo agarró por las solapas y lo zarandeó con violencia.

—Eso ahora no importa, ¿es que no lo ve? ¿Es que quiere un desastre que acabe con todo? ¡Si el LHC reanuda su funcionamiento, ellos nos encontrarán! ¡Debe detenerlo, debe detener el experimento!

Dos agentes de policía irrumpieron en el despacho y redujeron a Francisco Montes. El psiquiatra se sacudió las solapas y se estiró los puños de la chaqueta.

—Doctor Montes —dijo—, seré franco con usted. No voy a detener ningún experimento. Tanto si decido que estaba usted en plena posesión de sus facultades mentales como si no, usted será incapaz de detenerlo también. De modo que, por su bien, le ruego que reconsidere su postura y colabore cuando nos veamos la semana que viene.

 

 

***

 

 

El contenedor en el centro de la habitación se crea y se destruye infinidad de veces en un ciclo que tiene lugar más allá del tiempo. Algunas veces, la densidad crítica es tan pequeña que la gravedad no es capaz de reunir a la materia, y el contenedor se convierte en una sopa de gas difuso. Otras, las fuerzas nucleares son lo bastante débiles como para impedir que protones y neutrones se agreguen y formen átomos; a veces, la gravedad es tan intensa que toda la materia colapsa en agujeros negros que se fagocitan unos a otros. La mayoría de las veces, las estrellas ni siquiera llegan a formarse.

En uno de los ciclos, sin embargo, algo extraño sucede. Algo que no debería ocurrir bajo ningún concepto: una minúscula fracción de la energía confinada en el recipiente tridimensional del contenedor es expulsada de éste, yendo a parar a un rincón de la gigantesca estancia.

Al otro lado de la habitación, consciente de la anomalía, alguien decide detener el experimento.

 

 

***

 

 

Las inconexas imágenes aún destellaban en la mente de Francisco Montes cuando entró en el despacho del psiquiatra y le quitaron las esposas. La inconmensurable proporción de sus visiones y la enloquecedora geometría de ángulos imposibles que llenaba sus pesadillas le marearon, haciéndole tropezar varias veces por el camino, hasta tal punto que los agentes casi tuvieron que llevarlo a rastras.

—No tiene buena cara. ¿Ha tenido otra pesadilla, alguna de la que le gustaría hablar?

Montes ignoró al psiquiatra y tomó el periódico sobre la mesa. Leyó en silencio la noticia: El LHC estaba listo para operar a pleno rendimiento con objeto de encontrar por fin el bosón de Higgs.

Las hojas del periódico susurraron al caer al suelo. El físico se sentó en el diván, pálido, y respiró profundamente.

—Durante las últimas siete semanas le he hecho una y otra vez la misma pregunta —dijo el psiquiatra—. Aún no estoy seguro de que comprenda sus implicaciones, así que me veo obligado a volver a hacérsela: ¿Sabe por qué está usted aquí?

El físico cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, su expresión había cambiado por completo.

—Sé perfectamente por qué estoy aquí —dijo con una calma inédita hasta entonces—. Dejémonos de rodeos. Decida usted que vaya a la cárcel o que me pase el resto de mi vida en una habitación acolchada con una camisa de fuerza, siempre será preferible a lo que ocurrirá si son ellos los que deciden detener el experimento. A lo que nos ocurrirá a todos. Así que escúcheme bien, pues de ello depende el destino del Universo.

El psiquiatra se echó hacia delante.

—Le escucho.

—La interpretación que se hizo de mi trabajo es errónea. La constante de Gravitación Universal en nuestro mundo es la que es y no otra. Pero los diferentes valores que yo descubrí en los anillos concéntricos del fondo cósmico de microondas son como las marcas de un segundero cósmico.

—¿De un segundero? No le sigo.

—Mire ese reloj digital sobre su escritorio. Cada instante está descrito por un valor determinado de las horas, los minutos y los segundos. El segundero avanza una posición cada segundo, mientras que los otros permanecen fijos. Cuando el segundero avance sesenta segundos, el minutero cambiará una posición, y el ciclo se reanudará. De este modo, al cabo de doce horas, el reloj habrá recorrido todas las posiciones con las que describimos el tiempo.

—Sí, claro, pero no veo la relación con…

—El Universo es igual. Lo que yo descubrí es que la Gravitación Universal hace las veces de segundero en esta gran maquinaria cósmica cuyo propósito es probar todas las combinaciones posibles de las veinte constantes fundamentales. Y cada vez, con cada Big Bang, surge un Universo regido por unas leyes físicas distintas, adecuadas al juego de constantes que toque en ese momento.

—Entonces, lo que usted sugiere es que…

—Que el Universo, doctor, no es resultado del mero azar de la naturaleza o del diseño de un dios omnisciente. Que es un experimento.

El psiquiatra pareció desconcertado.

—¿Por qué? ¿Cuál sería el propósito de semejante experimento?

Montes resopló.

—¿Cómo quiere que lo sepa?

—No, claro que no, discúlpeme. ¿Sabe al menos quién está detrás del experimento?

El físico vaciló un instante antes de musitar:

—Los Tíndalos.

—Ya veo. Pero dígame una cosa: si todo cuanto nos rodea forma parte del Universo, entonces esos… Tíndalos… también forman parte de él. ¿Cómo podrían ser parte de su propio experimento?

—En eso se equivoca. Sólo las tres dimensiones espaciales y el tiempo están confinadas en lo que llamamos Universo. Pero no las otras dimensiones adicionales que predice la teoría de cuerdas. Allí es donde viven ellos.

—Pero esas otras dimensiones están enrolladas sobre sí mismas, ¿no? Así que entonces los Tíndalos estarían aquí mismo…

—¡Sí! —exclamó el físico poniéndose en pie de repente y sobresaltando al psiquiatra— Están aquí, aquí mismo, ¡en todas partes! Sólo que no podemos verlos…

—Ya. Y ellos nos vigilan.

—¡No! Ellos no saben de nuestra existencia. Pegados a la superficie de un planeta entre una infinidad, no llamamos la atención. Aunque mirasen detrás de cada estrella de todo el Universo, aunque levantaran hasta la última piedra del último planeta, tardarían eones en detectarnos. No. Los Tíndalos no saben que en este ciclo de su experimento se han desarrollado las condiciones para la vida.

—La vida… ¿Ese es, quizá, el propósito del experimento?

—Oh, no. La vida es una anomalía. Un accidente indeseado. Si supieran que estamos aquí abortarían esta iteración del experimento sin dudarlo.

—¿No cree que es usted demasiado drástico? Quizá les causáramos curiosidad. Quizá incluso se preocuparan por nuestro bienestar.

—¿Se preocupa usted por el bienestar de las bacterias que viven en su estómago o las que colonizan su garganta cuando se le inflama?

El psiquiatra no contestó hasta pasado un minuto, cuando se apoyó en el respaldo de su asiento.

—No, desde luego que no —sentenció finalmente—. Aunque hay algo que no comprendo: ¿Qué tiene todo esto que ver con el colisionador de partículas?

Montes suspiró, se sentó y apoyó los codos en las rodillas. Luego habló como si su interlocutor fuese un alumno rezagado:

—El bosón de Higgs se busca acelerando dos partículas hasta casi alcanzar la velocidad de la luz y haciéndolas chocar frontalmente. Si la energía de la colisión es suficiente, el bosón puede ser uno de los productos del impacto. El problema es que, si la teoría de cuerdas es correcta, un choque tan violento será capaz de arrancar gravitones de nuestro espacio de tres dimensiones y eyectarlos a las dimensiones ocultas, donde viven los Tíndalos.

El psiquiatra se encogió de hombros.

—¿Y cuál es el problema? Antes dijo que ellos no nos veían, que tardarían eones…

—No lo comprende —gruñó el físico—. Usted no es capaz de ver el pez que vive en el fondo del estanque. Ni siquiera sabrá que está ahí. A no ser que, en un movimiento absurdo y contrario al instinto de supervivencia, el pez lance una piedrecita fuera del agua.

—Por las ondas que crearía en su superficie… O sea que, de encontrarse el bosón de Higgs en el LHC, los… Tíndalos… sabrían automáticamente de nuestra existencia, y detendrían abruptamente el experimento, destruyendo el Universo.

El doctor Montes suspiró y dejó caer los hombros.

—Al fin lo comprende. Y ahora, debe usted conseguir que detengan el experimento.

—Sin duda —contestó el psiquiatra, y echó mano del teléfono sobre su mesa.

 

 

***

 

 

Como cada noche desde hacía siete años, Francisco Montes se acodó en el alféizar enrejado de su ventana y contempló el firmamento. La imponente luna llena dominaba un cielo despejado, eclipsando con su blanquecina luz a las estrellas, excepto las quince o veinte más brillantes.

Suspiró, feliz de estar vivo. El primer año en la institución psiquiátrica había sido horrible. No tanto por el trato —que no era malo— como por el terror constante a la noticia fatídica que acabaría con todo. Hasta que ésta finalmente se produjo: el bosón de Higgs se detectó en julio de 2012… y no sucedió nada. Todo siguió como hasta entonces: no hubo tempestades ni terremotos de proporciones cataclísmicas, ni erupciones volcánicas que cubrieran el mundo de humo y cenizas; ninguna pandemia barrió la vida de la faz de la Tierra. El Universo no se cerró sobre sí mismo, ni acabó de repente en una gigantesca explosión.

Después de todo, los fantasmas habían resultado estar sólo en su mente. Desde entonces, Montes vivió sin miedo, y las pesadillas desaparecieron tan repentinamente como habían llegado a su vida.

El físico estuvo un buen rato sumido en sus pensamientos hasta que algo le llamó la atención. Era curioso, antes le había parecido contar quince o veinte estrellas, pero ahora no era capaz de ver más de tres. Arqueó una ceja y examinó el firmamento con sumo cuidado. El cielo seguía despejado, la luna no dejaba dudas al respecto.

El corazón le dio un vuelco cuando una de las tres estrellas visibles se apagó ante sus ojos. Las otras dos no tardaron en seguir el mismo camino. Francisco Montes aún contemplaba horrorizado un cielo desprovisto de estrellas cuando la propia Luna, reflejo del Sol, se apagó en el penetrante silencio de una noche nueva y eterna.

 

 

Miguel Santander es doctor en Astrofísica y trabaja en el observatorio del Roque de los Muchachos en la Palma. Siempre que el tiempo libre se lo permite, mantiene un blog de literatura y divulgación, Tras el Horizonte de Sucesos, y escribe divulgación (ha publicado una serie de artículos en la revista online “Caos y Ciencia”), así como ciencia-ficción. En este plano, su novela corta “La Costilla de Dios”, finalista del XXI Certamen Literario Alberto Magno de Ciencia Ficción, será publicada el año que viene por Grupo AJEC. La revista de reciente aparición Sci-Fdi publicó su cuento corto “Duplicado”; anteriormente, otro cuento, “Caída hacia la eternidad”, quedó finalista en el Concurso de Cuentos de Ciencia-Ficción con motivo del Año Internacional de la Física 2005, que organizó la Universidad Nacional Autónoma de México, y fue publicado en un volumen editado por esa misma universidad.

Hemos publicado en Axxón su cuento APOCALIPSIS.


Este cuento se vincula temáticamente con los cuentos LETICIA EN EL REFLUJO DE LA MAREA, de Alejandro Alonso y BORGEANO, de Daniel Vázquez y Alejandro Alonso; y con el artículo DIVULGACIÓN – DIMENSIÓN DESCONOCIDA, de Marcelo Dos Santos.


Axxón 227 – Febrero de 2012

Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Física : Experimentos : España : Español).


4 Respuestas a ““Anomalía”, Miguel Santander”
  1. dany dice:

    Mezclar Belkanp Long con Greg Egan no es muy fácil. ¡Muy bueno!

  2. Excelente cuento ! Me encantó la precisión en la descripción, y la aplicación del principio antrópico en la explicación de la trama. Felicitaciones al autor, y me parece excelente la revista

  3. Anselmo Vega dice:

    Excelente. Magnífico. Lo pasé delicioso, leyéndolo.
    Solo que… No conozco siquiatras que sepan del Bosón de Higgs, ni de otras cuestiones más elementale de la Física.
    Por cierto, más que haber elegido la Constante de Gravitación Universal hubiera sido la de la velocidad de la luz, ahora que se ha demostrado que Einstein tenía razón.
    Saludos,
    Anselmo Vega.

  4. Carlos Reyes dice:

    Excelente relato de ciencia ficciòn, muy àgil su lectura, con buen ritmo y acorde con los conocimierntos de la fìsica, gracias por todo.

  5.  
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