¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

—¡Óyeme, hermano! —me dijo un anciano de color en el muelle de la Calle 24, casi en la Bahía de Gravesend.

No le di lugar al pedido. A esa hora no hablaba con nadie. Hubiera querido ser un fantasma. Me encantaba caminar por New York de noche, pero a esos que quieren pegársete en cualquier instancia y a toda costa no los aguanto. Días atrás, un petimetre de Manhattan Sur, blanco él, bien rosadito y anglosajón, había creído, en ese bar de Tribecca tan atildado, que mi forma de deambular escondía un supuesto temor a confesarme gay y me persiguió por la mitad de la Greenwich hasta que, en la esquina de Worth, lo dejé durmiendo de un golpe. Eso no fue bueno para él, especialmente porque era noviembre y murió, supe después, de frío. Que se joda. No se molesta a nadie por querer ser un fantasma neoyorquino.

Pude dejar atrás a ese viejo y me adentré en el Village, otra vez, como si quisiera encontrar ahí algo que me faltaba para ser el fantasma que quería ser y, como solía suceder, entre el vapor de las alcantarillas, el ajetreo insensible de las ambulancias y los coches de policía, caí de nuevo en la esquina de Thompson y Bleeke. Precisamente esa noche cantaba Nina Simone. No me dejaron entrar; logré colármeles por la entrada de servicio, donde nadie miraba a nadie, tratando de poner todo ese caos en forma de piscolabis ordenados. En el apuro, sólo atiné a tomar un vaso vacío y usado y me metí en el bar. Una vez allí, el barman, al verme con la copa vacía, me ofreció llenármela. Le pedí un old fashioned, lo que le sorprendió un poco, pero al rato me trajo uno rebosante en su copa límpida, recién pulida.

A Nina apenas se la veía, sentada en una silla baja, cubierta de periodistas y amigos que celebraban el acontecimiento y, cuando la pude ver, supe por qué había elegido este destino de fantasma.


Ilustración: Pedro Belushi

Si hubiera sido uno más en el metro, yendo y viniendo de la Columbia al Empire y viceversa, nunca hubiera podido conocerla y ella tampoco a mí. Como en las malas películas, nos vimos cara a cara a través del arco que el brazo de uno de sus productores dejaba al meterse las manos en los bolsillos. Era lindo ver cómo ella podía tomar de una copa igual que todos los blancos y se la veía contenta, feliz de estar en ese bar, en ese momento, mientras pensaba sus canciones. Entonces me vio. Y supo que había visto un fantasma. Su cara se iluminó diferente, con una sonrisa. Bella como era, le sonreí como a mi hermana, de modo que no me creyera realmente un fantasma. Ella gritó:

—¡Óyeme, hermano! ¡Quiero cantar “Just in time”, ya!

—¡Genial, hermana! ¡Vamos, que la gente te dará ánimos! Empecemos —dijo Hamilton, ya sentado a la batería.

Y ella, dulce, caliente, comenzó:

 

Just in time

you’ve found me just in time.

Before you came my time was running low…

 

No me quedé hasta el final de todas las canciones porque, en verdad, ésta había sido la canción definitiva… “Te encontré en el momento preciso… me encontraste en el momento preciso”… Yo iba canturreando esa canción aún por Bleeke, bien dentro de la niebla, cuando me cruzó de nuevo el viejo negro. Rengueaba un poco.

—¡Hermano! Te encontré justo a tiempo. Acompáñame. Esta vez no iremos al hospicio, te lo juro. Entrégate, que esta vez será todo más tranquilo.

Juro que dijo eso y su voz apaciguó en mí toda la desesperación de esa noche magnífica. Me entregué, me dejé llevar.

—¡Hijo de puta, cómo nos haces correr! Tres veces en tres días, con sus noches. Te escapas de todas. No sé cómo haces, pero te juro que no lo volverás a hacer más. No, señor. Beethoven vuelve a Central Park, ¡sí, señor!

Mientras decía eso, dos lágrimas de bronce fundido se escapaban de mis ojos escuchando a Nina Simone cantar “I put a spell on you”, tan caliente que me ablandaba. El guardia negro puso dos tapones en mis oídos para que siguiera siendo sordo aún muerto. Y acá estoy, parado frente a toda esta gente que me mira sorprendida… Beethoven esculpido por Baerer, con un disco de Nina Simone entre sus ropas: primera canción, “Just in time”.

 

 

Héctor Ranea es un poeta, escritor y científico argentino (Salta, 1950). Profesor Titular de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, en Tandil, donde reside, e Investigador del CONICET. Su especialidad es la Fotónica: láseres y tecnologías de la luz. Publicó, entre otros títulos, aproximadamente 50 trabajos científicos en revistas de circulación internacional, un libro de poesía: “Profundo corazón de la marea” en Último Reino (2000), un libro de divulgación científica: “Los cazadores de la unificación perdida” en Colihue (1993), y varios libros en colaboración: dos con ensayos de crítica de Arte premiados por la Fundación Feinsilber (1989 y 1999), y dos en antologías de narrativa compiladas por Sergio Gaut vel Hartman: “Grageas 2” del Centro Cultural de Cooperación (Ediciones “Desde la gente” IMFC) (2010) y “Ficciones en diez tiempos” de Andrómeda (2011). Colabora activamente en la selección de publicaciones para los blogs de Heliconia: Químicamente impuro, Breves no tan breves, Ráfagas y parpadeos y el de poesía: Poemia. El fuego de Heliconia. Tiene una extensa obra inédita, algunos trabajos en preparación y mucha obra dispersa en varios blogs y páginas de la Red Global.

“Vapor en las calles durante la noche, sirenas sin dolor” se publicó originalmente en el blog Ediciones Irreverentes y en el blog Breves no tan Breves

Hemos publicado en Axxón TESEO LIBERADO.


Este cuento se vincula temáticamente con MÚSICA EN LAS VENAS, de Carlos Gardini; EL ORFEÓN, de Luis Mancilla; y OPERACIÓN “OPERACIÓN”, de Daniel Frini.


Axxón 233 – agosto de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Artes : Música : Argentina : Argentino).


Una Respuesta a ““Vapor en las calles durante la noche, sirenas sin dolor”, Héctor Ranea”
  1. Lisi dice:

    Fascinante y sorprendente, muchas gracias por compartirlo.

  2.  
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