¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Retroalimentándose de energía en medio del taller del Robosastre, la Unidad Recolectora Leonar.do apreciaba el traje. Sus sensores de corta distancia devolvían un efecto negativo que le desacoplaba la matriz. ¿Sería de esta forma, con tal negatividad, el sentimiento de desagrado en los humanos?

Y no era para menos: desplegado sobre la más larga de las mesas, el traje exhibía la mala calidad de la tela, los colores grotescos y el pésimo gusto con que había sido confeccionado. Confeccionado por máquinas sin alma, por supuesto, en cuyas funciones poca injerencia tenía el sastre.

—No me gusta —dijo Leonar.do, seco, sin ningún sentimiento aparente en su voz—. No me gusta y no voy a usarlo —repitió monocorde. Y, pensativo, se dejó caer en una silla antigravitatoria.

El Robosastre lo observaba. Por el estado que habían adquirido los ojos de Leonar.do, supo que su cliente estaba hilando. Cómo no saberlo, si él también pertenecía al modelo nº 271, pero de la serie dedicada a trabajos manuales.

Era consciente de que ellos, para los humanos, por más que se les parecieran físicamente, resultaban graciosos. A los humanos les divertía ver cómo el iris y la pupila dejaban paso a una sucesión de rayas de colores, que en sus movimientos ascendentes y descendentes semejaban un antiguo ecualizador.

Recordó que en apenas cincuenta y dos años como sastre, habían pasado no pocos clientes por el taller que le emplazaron en el ala norte de la Base Lunar nº 14. ¡Cómo necesitaban los androides conservar actividades que en otros tiempos habían sido exclusividad de los humanos! Y desechaban a los circuitos de enfriamiento la certeza de que esa “necesidad” estaba grabada dentro de las Primera Leyes. Así, cientos de sastres, mecánicos, orfebres discurrían a diario por la base. Y también la comandaban, afortunadamente. El Robosastre bien lo sabía: un único ser humano, el último médico y científico nacido en la Luna, manejaba la oficina de “retiros”. Porque estos muñecos cuánticos no sólo existían, sino que también idealizaban que sus vidas fluían con el ardor de la sangre en sus conexiones. Ni él mismo se libraba de ese estado entre la sublimación de la matriz y la realidad sensorial…

—No lo usaré —insistió Leonar.do—. Definitivamente.

Esas palabras demostraban una exigencia pocas veces vista por el Robosastre en sus clientes. Pero quizá no se tratara de una cuestión de edad sino de gustos. ¿Gustos? Él no lo sabía con exactitud, y, además, era la primera vez que un semejante resultaba tan pretencioso.

Dejó caer los brazos en modo pasmo2 para explicarle a su cliente. Mejor dicho, para consolarlo.

—Piense usted, Leonar.do —dijo balanceando el traje—, que este modelo ha sido fabricado extraliviano, cien por ciento material orgánico —se acercó a Leonar.do—. Y lo más importante: es descartable. ¡Y reciclable! Un lujo de los tiempos modernos. En la Historia de la Indumentaria leí que hace mucho tiempo, en la Tierra, existían “tintorerías” y “lavanderías chinas”, curiosas denominaciones por cierto. ¡Qué ridículo! ¿Usted las conoció, señor Leonar.do?

Leonar.do no respondió, ni siquiera miraba al Robosastre. Por el canal que lo conectaba al mundo exterior, lo alcanzó como un bofetón el recuerdo de sus días en la Tierra. Un Leonar.do de mediano uso, apenas con cuarenta años de lanzado al mercado, caminando por las calles de la Vieja Roma, en su remoto y querido planeta Tierra. Los primeros robots mezclándose con los humanos en las calles empedradas de Italia. ¿Cuánto había pasado ya desde que había abandonado la Tierra? Trescientos siete años, cuatro meses, tres semanas, un día y dieciocho horas. Enviado a la Luna en una misión, jamás había regresado. ¡Cómo le gustaba recorrer los escaparates de las mejores tiendas de ropa! Ahora el flujo energético le formaba un remolino en la garganta. ¡Qué oxidado se sentía! Sí, sabía que el óxido se mantenía ausente en la serie 271. Óxido, una palabra tomada del argot humano, y que para él significaba desgaste.

A punto de cumplir trescientos cincuenta años de servicio, iban a jubilarlo. Según el protocolo, se le cumpliría un último pedido. Después se celebraría una fiesta en su honor, en los Palacios Blancos de la base.

Y luego, por supuesto, lo apagarían.

El GvH de la luna descargaría a un contenedor virtual su placa madre, y la uniría a las miles que lo precedieron. Allí sus recuerdos, vivencias y ensoñaciones se fundirían, se acoplarían y pasarían a engrosar el colectivo lunar en pos de una inteligencia, de un imposible salto que acercaría la IA a la concepción humana.

A continuación, dos heladas pinzas le anularían los circuitos principales, se descargarían las baterías. Y volvería a su origen: un osario de metales, durmiendo sin soñar, en algún depósito de chatarra de la Galaxia.

Estudiando al Robosastre con su bioescáner, Leonar.do se dio a analizar variables: ¿qué pediría como último deseo? ¡Claro, por qué no! No es exclusivo de los humanos tener deseos. ¡Por qué no exigir un traje auténtico para la fiesta! ¡Para su fiesta! Un traje de otros siglos. ¡Un traje de la Tierra! ¿Sueñan otros androides con trajes de otros tiempos?, se preguntó con ironía.

No bien se despidió, fue a las oficinas del Consejo Lunar: vastas extensiones sobre mares de lava petrificados desde los evos sempiternos. En las noches de equinoccio, Leonar.do vislumbraba luces violáceas, lazos que cruzaban la galaxia amarrando el universo mundo a la oscuridad eterna.

Lo recibió el científico humano Álex M. Más que un jefe, su amigo en los últimos cien años.

—Oh, querido Leonar.do, ¿cómo estás? —preguntó el médico con su dulce voz envejecida—. Pasa, por favor. Siéntate en donde gustes.

Leonar.do esperó a que el anciano bordeara el escritorio y se sentara.

—Estoy muy bien, Álex. Mis sensores no detectan ninguna anomalía. Salvo el maldito óxido…

—¿Óxido? —y Alex M. lo miró con un dejo de preocupación, hasta que una sonrisa apareció—. Pues claro, desgaste. Eres tan diferente del resto, que hasta tienes tu propio argot. Siempre me has fascinado.

—Gracias, doctor. ¿Y usted como está?

—Leonar.do —dijo un fatigado Álex M.—, a decir verdad, me duele todo el cuerpo. Y este cansancio atroz… Con mis ciento veinte y nueve años anhelo más que nunca jubilarme. Pero… ¿qué te trae por aquí en vísperas de tu retiro?

—He pensado en mi regalo —Leonar.do sintió que sus ojos brillaban por la excitación—. El último pedido.

—¡Me parece maravilloso! —dijo el doctor reclinándose en su sillón, dispuesto a escuchar—. Y bien: ¿qué se te ofrece, mi querido amigo?

—Quiero un traje, Alex M. No, no, no. Ya sé lo que está pensando. Quiero un traje verdadero. Esta indumentaria de ahora es pura basura ecológica. Es frívola y grotesca. Yo quiero… quiero un Armani.

El doctor lo miró en silencio. Y en esos ojos desgastados de sólo contemplar estrellas y agujeros negros, Leonar.do descubrió la perplejidad más absoluta.

—Pero, Leonar.do… ¡no hay trajes antiguos aquí! Yo mismo apenas conozco del tema. ¡A decir verdad, jamás he visto uno! Lo poco que sé al respecto lo he escuchado de tu boca.

Leonar.do recordó los años en que Alex M. era más joven: junto a él y a los otros androides solía sentarse en ronda para contemplar los eclipses. Desde el corazón de la noche, que estallaba en luces rojizas, él les hablaba de los tesoros del viejo planeta. Mozart, Collodi, Van Gogh, el Coliseo romano… Y cada uno trasmutaba la energía de la placa madre en una dulce mentira: así podían imaginar que no habían sido programados para tal contemplación. Que tal contemplación había nacido de un esfuerzo consciente de torcer la programación inicial.

Leonar.do se conectó de nuevo con el mundo exterior:

—Pura seda italiana —enfatizó—. Y quiero usarlo en mi fiesta de despedida. Eso es lo que quiero.

Con la voz entrecortada, Alex M. dijo:

—Leonar.do, amigo, no puedo concederte ese deseo. ¿De dónde voy a sacar yo uno de esos trajes? Imposible —el doctor negó con la cabeza y le extendió un folleto con fotografías muy coloridas—. Esto es la última moda en “retiros”. El último robot que jubilamos pidió unas vacaciones en Neptuno. Y el anterior, un tanto más excéntrico…

Pero el androide ya no escuchaba el parloteo del doctor. Ojeaba de mala gana el catálogo: Marte ardía desde una de sus páginas, danzaban los anillos de Saturno, la soberbia Nebulosa de Orión lo invitaba a recorrerla. A vuelta de página, el asteroide nº 5020 Isaac Asimov prometía contarle a los visitantes todos los secretos de La Saga de la Fundación.

Pero Leonar.do solo pensaba en los fríos depósitos adonde lo enviarían. ¿Sería tan terrible después de todo? ¿Sería posible una oscuridad mayor a la oscuridad de la Galaxia? Y en esas silenciosas tinieblas extrañaría tanto soñar con trajes italianos…

—No, ni siquiera una vuelta entera al Sistema Solar podría seducirme. El traje para mí significa… algo que no he vuelto a ver nunca más. Algo del planeta al que tampoco volví jamás.

Y en verdad no había pasado un solo día sin que lo focalizara en sus circuitos de memoria.

El doctor se quedó pensativo.

—¡Que sea un viaje a la Tierra, entonces! —dijo pegándose una palmada en la frente—. Allí podrás reencontrarte con tu pasado. El paisaje habrá cambiado, sí, pero… ¡a quién le importa eso! ¿Qué opinas, Leonar.do? ¡Italia!

Leonar.do comprendió que el doctor en verdad lo quería. Y lo quería mucho más de lo que una máquina podía pretender.

—De acuerdo —dijo—, iré. Al fin y al cabo, no es mala idea.

El doctor le tendió la mano.

—No vas a arrepentirte, Leonar.do. Hoy los viajes a la Tierra duran tan solo un día terrestre.

Leonar.do pensó en aquel viaje gravitacional de la imponente nave colonia que había durado dos años —cuando llegó a la Luna por primera vez—, y estrechó la mano cálida y arrugada del doctor en la suya suave y helada.

—Gracias, Alex M.

—¡Ve a preparar el equipaje! Partirás la semana que viene. Y no olvides que aquí te esperará una gran fiesta el día de tu regreso. ¡No faltes!

 

 

En las veintiséis horas de vuelo, Leonar.do se ajustó a Fase Hibernación y se dejó llevar por el hipnótico zumbido de abejas que producían los motores de la nave.

Alex M. le había retocado el Animus Metallum: “No quiero que llegues a la Tierra así de pálido, un poco de color en las mejillas no te vendrá mal”. Pero ese mismo Animus Metallum le había ardido en los ojos desde su visita al taller del sastre. ¿Así sería el llanto de los humanos?

Aterrizaron en Auckland, una isla al sur del Pacífico: allí titilaban, como panales luminosos, las pistas de aterrizaje para vuelos provenientes de la Luna.

Cuando recogió el “equipaje” —un portacircuitos recargable AC-DC—, un planeador supersónico lo transportó en nueve minutos y treinta segundos hasta la puerta de una muralla. Una placa metálica ostentaba con destellos el nombre de la ciudad:

 

UNICR

Antigua Roma

 

Después de la Guerra Magna —el último combate de los católicos contra la Apostasía Imperante—, la ciudad había sido amurallada en las adyacencias del Vaticano. Nadie, humano o robot, cruzaba los muros sin un permiso especial.

Leonar.do buscó en su base de datos aquella transmisión de finales del siglo XXI. El comando radioeléctrico había capturado la voz, entre estáticos: “Hoy los católicos han vencido, el mundo por fin vuelve a abrir sus ojos a Cristo. ¿Cuánta sangre se ha derramado? Eso ya no importa: la victoria se respira en cada rincón del mundo. Y es la victoria de la Verdad. En este amanecer, se da comienzo al redescubrimiento del hombre. A partir de aquí, Roma pasará a ser llamada el UNICR, Último NeoImperio Católico Romano. ¡¡¡Festejemos, cristianos, que este día será por siempre recordado en la historia del hombre!!!

 

 

Cuando Leonar.do mostró la documentación, el custodio de la puerta lo invitó a cruzar.

—¿Se va a quedar mucho tiempo en el UNICR, Unidad Recolectora Leonar.do?

—Oh, no —dijo el androide—. Unas cuantas horas serán suficientes.

—Listo —dijo el custodio—, su contestación ha sido grabada.

Y fue a recibir al próximo visitante.

 

 

La primera visión de Italia le llegó a Leonar.do como en un sueño: la imagen de un Cristo crucificado —un centinela de tres metros a las puertas de Roma— recibía a cada visitante, le ofrendaba sus heridas, lo invitaba a ser salvado. Y a pesar de esto, los humanos pasaban a su lado sin siquiera levantar la vista.

El sol surgía, se escurría por los nudos del madero, por las palmas y los pies de Jesús. Leonar.do lo oyó hablar —creyó oírlo, mejor dicho—, pero con palabras que no podía entender. ¿Acaso no comprendía porque él no tenía corazón? Pero… ¿era esto totalmente cierto? ¿Carecía de alma? ¿De deseos?

Sí, pensó Leonar.do, yo no tengo muchos deseos. Tengo un solo deseo. Tengo el deseo. Un deseo que acaso urde el azar o una ecuación matemática.

 

 

Sacó el GvH portable. Sabía que las nuevas Unidades Recolectoras traían el Generador vectorial Holográfico incorporado de fábrica. Un mapa se displayó ante los sensores de Leonar.do, y las calles fueron trazándose. ¡Qué lejos había quedado aquella conjetura acerca de que encontraría la ciudad sembrada de meteoritos y rocas erráticas! Porque la Antigua Roma brillaba desde sus calles empedradas, La Dolce Vita llamaba a los humanos a una deliciosa molicie. En las penumbras del amanecer reconoció las señales de la Guerra Magna. Aquí, una granada impactando en un monumento. Allá, una ráfaga de ametralladora láser cercenando una estatua.

Pero nada más. La Città Eterna desplegaba su belleza como si lo hiciese desde el remoto siglo XX.

Podrán pasar mil años, se dijo Leonar.do, y Roma será siempre Roma. Y mi circuito central siempre entrará en distorsión ante ella.

El sol siguió su recorrido sobre las cúpulas, corrió a través de los arcos y abrasó cada rincón de hormigón. ¡Qué maravilloso caminar de nuevo bajo su tibieza, las manos encendidas!

En la holografía ahora se insinuaban las Catacumbas de Calixto, el Teatro de Marcelo.

Leonar.do tomó un camino de ladrillos hasta la Fontana di Trevi. Se acercó, expectante. ¿Dormirían aún en el fondo las monedas que él había arrojado hacía más de trescientos años? En su base de datos ya se calculaban cuántos de esos insignificantes redondeles de metal habrían sido arrojados al agua a través de los siglos, y cuántos deseos habrían quedado atrapados entre los brillos sin realizarse jamás. Y sumergió la mirada en el agua que caía. La tentación de arrojar una moneda le recorrió el esqueleto de fibras compuestas. Pero recordó que en la Luna ya no se usaba el viejo dinero.

Unos acordes lo sustrajeron de la fuente. De pie en medio de la calle, una mujer —Leonar.do precisó con sus sensores que se trataba de una mujer de carne y hueso— desplegaba con su violín la más hermosa música. Y esa dulce melodía evocaba el aria “Dove sono”, de las Bodas, de Mozart.

Se acercó a la muchacha. Cuando ella lo vio, dejó de tocar y lo miró dulcemente.

—Señor —dijo—, ¿tendría una moneda?

Leonar.do reconoció en esos ojos aquella esencia, como si la respuesta a qué son los humanos latiera en esa mirada.

—Señorita —dijo—: perdón que la haya interrumpido, pero no tengo ninguna moneda. Y además me urge hacerle una pregunta.

—Dígame, señor.

—Estoy buscando un traje antiguo. Un traje Armani. ¿Sabe dónde puedo conseguirlo? ¡Italia es tan inmensa!

—Es que en realidad… yo no sé nada de moda —la muchacha pulsó una cuerda de su violín en un agudo pizzicato—. No sé nada de un traje de Carmani.

—Armani —corrigió Leonar.do—. De acuerdo, lo que busco se confeccionaba en los años `30. Siglo XXI, por supuesto.

La muchacha lo miró atenta. Pareció buscar la respuesta en esos ojos artificiales.

—¡Siglo XXI! —dijo maravillada—. ¡Qué vejestorio! Pero ahora comprendo. Visite el Nuevo Museo de Antigüedades de la Vieja Roma. Allí lo encontrará. Eso creo.

—Gracias, señorita —dijo Leonar.do, observando que la canasta a los pies de la muchacha rebosaba de monedas.

—Discúlpeme —dijo señalando hacia la fuente—. Quisiera una moneda para arrojar y pedir un deseo.

La muchacha le echó un vistazo:

—Usted no es de por aquí, ¿verdad?

—No. Vengo de la Luna, y allí no se usa el dinero terrestre.

—¡De la Luna! Eso es más increíble todavía. Yo nunca he salido de Roma —la muchacha movió la cabeza, un gesto triste—. ¿Y no tendría usted algún souvenir de la Luna para intercambiar por mi moneda?

—¿Un souvenir?

—Un recuerdo.

Leonar.do rebuscó en sus bolsillos. No tengo un recuerdo, pensó. ¡Tengo toda una microplaca madre llena de recuerdos! ¡Pero dónde la he puesto!

Sí: a veces le fallaba la memoria del buffer. Rezagos de aquel virus que lo había infectado hacía ya varias décadas, antes de que se inventaran los fractales destructores de malware.

—No te preocupes si hago silencio unos instantes —dijo—. Esto es común a mi edad. No soy un hombre verdadero—. Y se reseteó bajo la mirada fascinada de la muchacha. Y ella vio miles de lucecitas que se encendieron y se apagaron debajo de la camisa, le chispearon en los ojos, en las uñas.

—Ahora sí —dijo el androide—. ¿En qué estábamos? Ah, por supuesto, la microplaca. ¡Ahora lo recuerdo! ¿Dónde más la podría haber guardado?

Leonar.do se desabrochó la burda camisa ecológica y pulsó, rotando al mismo tiempo, su tetilla. En el lugar donde debería existir un tórax humano, una tapa se abrió dejando al descubierto un cubículo que contenía un pequeño estuche.

La muchacha solo pronunció un ¡Oh! El robot accionó el mecanismo del “joyero”, como solía llamar al estuche. Extrajo un chip que giró entre los dedos y se lo entregó a la muchacha.

—¿Qué es esto? ¿Para qué sirve?

—Es un chip antiquísimo, de los primeros que se fabricaron en la Tierra. Con esto “nacíamos” antiguamente los androides. Por largo tiempo era nuestro corazón y nuestro cerebro. Luego se reemplazaba por una placa más compleja cuando alcanzábamos la mayoría de edad. Digamos… media centuria de uso.

—¡Oh! —volvió a pronunciar la chica, sin terminar de comprender y sosteniendo el objeto como si de un momento a otro fuera a quebrarse.

Leonar.do recordó aquel día en que abrió los ojos por primera vez y despertó a la conciencia. ¿Era esa la palabra correcta? Con-cien-cia. ¿Por qué no? ¡Al principio fue todo tan extraño! Saberse con la placa madre en blanco, ni siquiera intuir cómo rayos había venido al mundo. Ni para qué. Después, con las décadas y los siglos, su vida robótica se fue convirtiendo en una maraña de primigenios impulsos entrechocándose —los recuerdos, acaso— y que a su vez impulsaban las acciones del presente.

Y aquel chip que había sido su corazón, su cerebro, el comandante de su aparato motor durante años, ahora se lo obsequiaba a una italiana a cambio de una moneda.

La voz de la muchacha terminó de despertarlo de su infancia robótica:

—Si me vas a dar tus antiguos corazón y cerebro —dijo la chica agachándose hacia la canasta, y de ahí sacó dos monedas—, creo que es justo que te dé un par. Presiento que te traerán suerte.

Leonar.do las tomó con suavidad, como si fuesen hostias consagradas.

—¡Gracias! —dijo agitando sus trofeos—. ¡Adiós!

Y, mientras se alejaba, la música volvió a escapar del violín.

 

 

“Arroja una moneda en la fuente y volverás a Roma”. Esa leyenda funcionaba, claro que sí. Y ahora a Leonar.do lo hipnotizaba aquella agua que caía infinitamente desde hacía siglos. Por fin había vuelto a casa.

Y arrojó la moneda. El agua la tragó, y la fuente devolvió algunas gotitas que centellearon al sol de la mañana. Después, Leonar.do oyó un débil tintineo y el zumbido de una máquina que se pone en funcionamiento.

Y pidió el deseo.

En medio de la fuente emergió una oleada de chisporroteos de colores que subieron y bajaron en el aire. Una nube brillante se fue cristalizando hasta que una mujer se plasmó en un holograma tamaño natural. Era una mujer tremenda, de senos descomunales. Avanzó lentamente, las piernas en el agua, el vestido negro ajustándole su exuberancia, el pelo rubio ondulando sobre los hombros desnudos.

Los sensores de Leonar.do detectaron que dicha imagen se correspondía con una actriz sueca del siglo xx.

—¡Anita Ekberg! —gritó encantado con la repentina aparición—. ¡Ah, es increíble que solo sean rayos láser proyectándose, creando una ilusión aún más efímera que el cine!

La Anita holográfica dio unas vueltas, chapoteaba en el agua. Por un instante lo miró a los ojos como si quisiera hablarle, acaso seducirlo. Él había visto cosas semejantes en las películas. Al fin, la imagen-ella se disolvió en brillos que desaparecieron en círculos del agua.

—Adiós, Anita —dijo Leonar.do.

Y la analogía fue inevitable: ¡cuánto se parecía ella a la Faustine inmortalizada por aquella máquina que inventó Morel! ¿Le habría sucedido lo mismo? ¿Una locura de amor? Para siempre en una isla. Para siempre danzando dentro de una fuente.

 

 

Una hora más tarde, Leonar.do se aproximaba al Nuevo Museo de Antigüedades de la Vieja Roma. Los sensores de larga distancia medían una construcción de vidrio y metal que se erigía soberbia en sus doscientos metros de alto y cuatrocientos metros de ancho. En la fachada relucía la frialdad de la neomodernidad, pero adentro lo aguardaba el cálido paraíso del coleccionista.

A Leonar.do se le rebalsó la placa madre con lo que revelaban las vitrinas: la primera nave espacial generada por tecnología italiana —muy precaria, por cierto—; un arma de muerte simultánea que él apenas conocía; un rejuvenecedor instantáneo con efecto de hasta dos meses. Objetos inservibles y obsoletos para la actual humanidad, pero… ¡cómo lo fascinaban! Le contaban la historia de los hombres, sus hazañas, sus miserias.

Se acercó al administrador del museo e ingresó en el teclado de búsqueda rápida las palabras “traje Armani”.

En la pantalla se desplegó un mapa virtual con las indicaciones:

 

Giorgio Armani (moda italiana siglo xx) Sector m40

Para otros usos del término véase Armani (desambiguación)

 

Leonar.do recorrió los pasillos de pisos transparentes, escaneó cada una de las vitrinas que encerraban aquellas reliquias.

Hasta que lo vio.

Un… Armani.

—Un Armani —susurró, acercándose al vidrio.

Apenas podía creer lo que registraban sus ojos. Cuando apoyó las manos en el cristal, una alarma sonó débil. Pero él no le hizo caso, exploraba cada detalle: el refinado corte, la solapa, cada botón cosido por manos artesanas. Remotas manos artesanas. Manos que pertenecieron a hombres y a mujeres que solo en sus propios sueños vestirían un traje Armani. Albañiles que jamás habitarían la casa que estaban construyendo, aquellos trabajadores jamás se probarían siquiera un Armani. ¿Qué sentirían al soñar? ¿Nuevas posesiones imposibles producirían nuevos sueños? Pero él, una simple Unidad Recolectora, nunca podría saberlo. ¿Simple Unidad Recolectora? No. Debería haber algo más, algo más que chatarra oxidada bajo ese montón de metal cardado por una máquina insolente, por el sueño de otro. ¿Soñarán los humanos con androides biológicos?

—¿Qué sucede aquí?

La voz áspera lo despertó. Aturdido, y seguro de que se trataba de una voz humana, Leonar.do apartó las manos del vidrio. La alarma hizo silencio. El androide giró en dirección a la voz.

A su lado, un hombre pequeño —sus cabellos y bigotes negros le recordaron a cierto escritor de terror del siglo XIX—, lo apuntaba con un arma. En la solapa le brillaba un holoidentificador: Ray-B / Controlator.

—Lo siento, Controlator Ray-B —dijo el androide—. Soy la Unidad Recolectora Leonar.do.

—Apuesto a que usted no es de la Tierra —dijo el hombrecito—. ¿O sí? No sabía que los androides visitaban museos. ¿Están fallando sus circuitos, Unidad Recolectora? —Los ojos oscuros del controlador lo miraban fijo, sin parpadear.

Leonar.do sintió que una gota del Animus Metallum le resbalaba por la mejilla.

—Lo siento —dijo restregándose los ojos—. El Animus me ha molestado desde el inicio del viaje. Vengo de la Luna.

Y también le preocupaba el desgaste, por supuesto, pero mejor ni mencionarlo. Cada tanto, su examinador de circuitos le lanzaba un alerta.

El controlador vio en esos iris mecánicos un extraño brillo —¿acaso un llanto reprimido?— y bajó el arma.

—Y bien —dijo—: ¿qué puedo hacer por usted?

—Sólo querría tomar contacto con el traje. Siquiera palparlo. Es mi último deseo, pero parece que solo podré verlo desde atrás del vidrio.

Ray-B se acarició el bigote.

—Oh, comprendo —dijo, y enfundó el arma en el bolsillo de la chaqueta—. ¿Y por qué el traje es tan importante para usted?

—Me van a retirar —dijo Leonar.do—. Tendré una fiesta de despedida en la Base Lunar nº 14. Regresé a la Tierra para comprar un traje. Y no cualquier traje. Regresé por un Armani. Porque yo no soy un autómata, ¿sabe?

—¡Por supuesto que usted no es un autómata! —dijo Ray-B, y le dio una palmadita en el hombro. Sonreía con la sonrisa más amplia y honesta que se le permitía mostrar a un controlador—. ¿En qué año dijo usted que abandonó el planeta?

—Aún no se lo he dicho —dijo Leonar.do, y volvió a revisar los datos. ¿Acaso ya le habría contado, y sus sensores no acusaban registro alguno?—. Embarqué en la nave Osa Mayor, de bandera senegalesa, en el atardecer del 15 de junio del año 2083, siendo las mil ochocientas cincuenta y ocho, cielo despejado. Viento: diez kilómetros por hora. Hasta hoy, después de permanecer en la Luna durante siglos, no había vuelto a la Tierra.

—Usted me cae bien —dijo Ray-B—. Le contaré una historia.

Leonar.do se ajustó a modo almacenamiento: grabaría todo lo que el hombre pequeño le contase.

Acercándose de manera familiar al androide, el controlador dijo:

—Algunos años después de que usted se fuera, Unidad Recolectora, sobrevino la Guerra Magna.

—Sí, claro, eso lo sé. Apenas llegaban las comunicaciones a la Luna.

—Entonces también sabe qué sucedió en una noche de invierno. Roma dormía bajo las intensas nevadas que caracterizaron las últimas décadas del siglo XXI. Según cuentan los historiadores, solo algunas personas y robots vieron los primeros láseres de las bombas inteligentes. Solo aquellos que padecían insomnio o trabajaban o estaban conectados a sus baterías. Y después, las explosiones, los gritos, la sangre. Con la luz del amanecer, la urbs aeterna se tornó aún más roja.

Ray-B detuvo su relato y echó un vistazo alrededor. Un tour, guiado por un robopaseador que flotaba a nivel del techo, se había detenido junto a ellos. La voz del robopaseador explicaba y databa cada objeto. La mayoría de los visitantes pasó por alto el Armani, y fue directamente al rejuvenecedor.

 

 

Leonar.do aprovechó esa pausa y calculó variables. En ninguna de ellas configuró la idea: su amada Roma, convertida en una marisma de sangre. ¡Qué difícil recrear la guerra! ¿Qué función hubiese cumplido él de haber participado? Pero él nunca había combatido. Ni tampoco había sido maestro de escuela, o podador de rosales. ¿Qué procesos analógicos experimentaría un soldado humano? ¿O un jardinero humano? Una de esas ecuaciones le trajo la escena de una película neorrealista —la historia de un militante rojo amparado por un sacerdote—, pero la apartó de su Data Processor.

Ray-B echó otro vistazo a la sala y siguió con el relato:

—Más tarde, los romanos descubrirían que la guerra se había expandido hasta el último rincón del mundo. Ciudades enteras se extinguieron. Pero Roma se mantuvo firme, bajo la sangre y la nieve. La ciudad más atacada, y la única que resistió como el último bastión de la cristiandad —Ray-B se enjugó una lágrima—. Todavía me emociono. Estoy seguro de que fue un milagro.

Leonar.do nunca había logrado verificar el sentido exacto de esa palabra. Milagro. Pensó en el Animus que resbalaba por su mejilla fría. Tal vez…

—¿Puede creerlo, Unidad Recolectora? —le interrumpió Ray-B—. Pocas construcciones fueron destruidas. Entre ellas, la sede central del Emporio Armani. Curiosamente, las otras sedes de las distintas ciudades del mundo también desaparecieron. No se supo nada más de la firma. Dos siglos después se confeccionó una réplica del famoso traje. Y usted está ante ella, Unidad Recolectora.

—¿Una réplica? —preguntó Leonar.do—. La placa identificadora no lo aclara.

Algunos visitantes se habían apartado del tour y ahora caminaban alrededor. Ray-B mostró incomodidad.

—Lo lamento —dijo bajando la voz—. No ha sobrevivido ningún traje original. Tal vez quede alguno dentro de la fábrica. Pero los niveles de radiación todavía son fuertes. Aquellos despojos son letales para humanos. Y resultan peligrosos aun para algunos robots. Además, ¿a quién le importa un viejo traje? Telas pesadas que hay que andar limpiando y planchando, y botones que hay que estar cosiendo.

Leonar.do lo escaneó de arriba abajo y, antes de responderle, deslizó sus sensores hacia los pinares, más allá de las siete colinas. Supo que Ray-B no pretendía engañarlo: la única zona radioactiva era la antigua fábrica.

—A mí sí que me importa ese traje —dijo—. Y justamente me importa porque es viejo. Viejo como yo. Y porque a nadie más le importa.

—¿Viejo? Yo también lo seré algún día, Unidad Recolectora. Yo también. Pero sé que no perderé tiempo en estas cosas.

—¿Por qué los humanos se empeñan en comportarse como máquinas? Parece que hubiesen sido programados para eso. Si yo fuese humano…

—Extraña paradoja —Ray-B lo interrumpió de nuevo—: un androide que insinúa tener plena conciencia. Creo que hasta podría contar su historia en un libro, señor Leonar.do… aunque ya nadie lea libros.

Los circuitos de Leonar.do se alteraron: por primera vez en sus casi trescientos cincuenta años de vida útil alguien lo llamaba “señor Leonar.do”. Y además ese alguien mencionaba la posibilidad de escribir un libro acerca de él, aun cuando decenas de ingenieros ya habían escrito cientos de libros acerca de miles de Unidades Recolectoras.

¿Qué tendría él de especial?

—¿Sabe qué? —dijo Ray-B—. Si yo fuese un androide desesperado por ver un auténtico Armani, no dudaría en darme una vuelta por la Ciudad de los Escombros. ¿Qué nivel de tolerancia a la radiación tiene usted, Leonar.do?

—La máxima: más de 30 Gy.

—Entonces no tendrá problemas. A un kilómetro hacia el sur se disgregan los vestigios de la fábrica. Se ha levantado un monumento al señor Giorgio Armani. Así sabrá que ha llegado.

Después de despedirse, y antes de salir de la sala, Leonar.do dio media vuelta y vio como Ray-B le guiñaba un ojo, sacaba un GvH y tamborileaba los dedos sobre la pantalla. Leonar.do quiso creer que el controlador ya estaba generando las primeras holografías de su historia.

 

 

A las mil seiscientas treinta y dos, llegó a La Ciudad de los Escombros.

 

PELIGRO, ZONA RADIACTIVA

 

Aunque oxidado, el letrero habrá mantenido lejos a los saqueadores, supuso Leonar.do. Y empujó la reja. Diminutas partículas de hierro se pegaron a sus dedos.

Leonar.do dimensionó la vastedad de aquellas ruinas: un kilómetro de piedras y polvo, sin calles ni árboles ni torres que ocultaran el sol. En su escáner solo aparecieron unos promontorios de cascotes y una construcción perdida en medio de la nada.

La fábrica, se dijo.

Caminó unos exactos trescientos metros y dio con el monumento: al pie de una escalinata, un Giorgio Armani de dos metros y medio de bronce le dio la bienvenida. Leonar.do se encontró sobre la que había sido la glamorosa Avenida del Este. Reseteó en su memoria los mercados de telas, las casas de los modistos, los cafés. Y subió por la escalinata hasta una construcción baja y agonizante pero aún en pie.

Leonar.do tiró de un portón flanqueado por paredes irregulares, recortadas por las bombas, y entró a otras ruinas. Conjeturó que ese baldío habría sido el hall de entrada a la fábrica.

Caminó sorteando restos de muebles destartalados, repuestos de computadoras anticuadas, ficheros hechos trizas. Chapoteando en agua sucia, la fatiga de la erosión le agobió los canales.

No había techo: construido por cuadrados de cristal, el piso reflejaba el sol. Leonar.do se agachó y pasó la mano por uno de ellos, quitándole el polvo. Las células sensibles de sus iris indagaron a través del vidrio: descubrieron un subsuelo; envueltas en jirones de luz, figuras humanas.

Cuando Leonar.do encontró las escaleras, dedicó varios minutos a quitar los trastos acumulados en los escalones. Al final del primer subsuelo —los sensores habían detectado dos pisos más debajo de ese—, empujó una puerta de madera rústica. Los sensores de las puntas de los dedos le devolvieron más información: sequoia.

El taller, atravesado por los rayos del sol, lo invitó a adentrarse en aquel olvidado mundo de telas y maniquíes, de colores brillantes y filosas tijeras. En su memoria guardaba con recelo aquel documental que había visto una vez, hacía ya siglos, sobre el funcionamiento de un taller de corte. Eclipsado por esas imágenes, oyó decenas de máquinas de coser, vio volar moldes de papel: palomas sin rumbo.

Y el taller lo acogió como a un cliente que viene desde lejos, en una extraña máquina del tiempo.

¡Y los toreros! Fue deslumbrado por los trajes de luces que relampagueaban desde rasos bordados a mano. Los arabescos, tramados con hilos de plata y cristales, le contaron viriles aventuras de sangre y de toros.

Así, Leonar.do se arrojó en brazos de mujeres que no se resistían a danzar con él. Los terciopelos lo invitaban, lució capas españolas, se dejó seducir por hembras desnudas de suaves cabelleras y ojos soñadores. Muñecas semejantes a él, pero distintas: lo miraban cálidamente.

Y de pronto lo vio.

En un maniquí masculino.

Un Armani auténtico.

¡Ah! Por él, los dioses habrían devuelto el fuego.

Leonar.do midió el talle. Exacto. Bien sabía que, a diferencia de los humanos, los androides conservaban el mismo talle durante toda la vida.


Ilustración: Pedro Belushi

Motas de polvo opacaban el negro azulado de la tela. Apartó los costureros y buscó un cepillo. Limpió el Armani con devoción, con delicia. Después lo quitó del maniquí. Se supo más humano al descubrirse pensando en un disparate, un bello disparate: la exquisita seda de la camisa le hacía pensar en toda una vida de aventuras. Esa tela bien podría haber vestido al mismísimo Odiseo.

Frente al espejo de un probador, Leonar.do se cubrió con el traje, sin ponérselo. Lo lució. Vio que los ojos le brillaban. El traje había aguardado su llegada por siglos. Largos años en que las personas sólo se habían dedicado a cultivar la fealdad de los objetos. También la fealdad del alma. Pero el Armani había resistido al “progreso”.

¡Qué lejos quedaban ahora el Robosastre y sus horribles trajes ecológicos! Qué lejos quedaba la Unidad Recolectora Leonar.do.

Porque ahora él soñaba soberbios sueños de príncipe. Un príncipe eléctrico, pero príncipe al fin.

—Príncipe de la Ciudad de los Escombros —dijo.

Puso el traje bajo el brazo y salió. Todavía debía cruzar media ciudad hasta la nave. Y no podía llegar tarde. El comandator no lo esperaría: se marcharía a la hora programada, como todos los pilotos robots.

—Pilotos sin alma —dijo, palpando la tela.

 

 

La nave despegó a las mil novecientas. Paradójicamente, a Leonar.do le pareció que ese cielo despejado era el mismo de hacía tres siglos. Y contempló fascinado los últimos vestigios del crepúsculo. ¡Qué lujo para los terrícolas deleitarse con un atardecer cada día, y todos los días de la vida!

Cuando llegó a la Base Lunar, Alex M. lo recibió con un abrazo.

—¡Leonar.do, mi querido amigo, te extrañamos! Llegaste justo a tiempo. ¡Ven a la fiesta, que ya todos te esperan!

Leonar.do fue a su cuarto de almacenamiento, un habitáculo de hibernación. Extendió el traje sobre una camilla metálica y lo examinó una vez más. Por el techo de cristal se colaban las estrellas. Mi sueño, se dijo. Mi deseo. Al fin.

Y toda la Vía Láctea parpadeó sobre el Armani.

El Animus encendió fuego en sus ojos… ¿Así era la misteriosa felicidad humana?

La alarma lo pescó a medio vestir. Cortocircuito sector AG3V flameaban las letras dentro de su cabeza. Tarde se llevó una mano a la nuca. Trataba en vano de aislar el cerebro positrónico de la brutal descarga energética que sobrevendría. “¡Maldito óxido!” alcanzó a decir antes de que las memorias marcaran cero.

Y se desplomó, con un suave ruido de metales.

De uno de sus bolsillos cayó al suelo la moneda de la chica italiana, que Leonar.do no había arrojado a la fuente. La moneda rodó y corrió por las estrías del suelo y fue a parar a un rincón. Desde allí, nunca más cumpliría sueños en fuentes de aguas romanas.

 

 

Alex M. lloró durante un mes. Finalmente una noche fue hasta el depósito y extrajo de una caja el cuerpo del robot, en bruto. Un esqueleto metálico ya sin piel, ni uñas, ni rasgos humanos.

Esa noche, los otros androides entonaron endechas en su honor. Cánticos que hablaban de metales, polímeros, noches y estrellas tan lejanas que ningún humano las observará o soñará jamás.

—Un robot muy elegante, con un traje a su medida —dijo el doctor a los presentes, y abrochó el último botón del Armani.

Y apenas sonrió al meter en la cápsula el esqueleto de fibras compuestas para lanzarlo al silencio de las estrellas.

 

 

María Laura Sánchez nació en 1980 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Estudió Filosofía y Letras en la U.B.A. Asiste desde el año 2006 a los talleres de poesía y narrativa de Marcelo di Marco.

Menciones y premios destacados: En el año 2008 obtuvo mención de honor en el Certamen Internacional de Junín País 2008 con el poema “¿Dónde estás?”. Participó en la antología de dicho certamen con la publicación de cinco poemas. Su poemario Cristales Vampíricos obtuvo mención especial en el VI Concurso Nacional Macedonio Fernández. Sexta Mención especial en el Premio Nacional de Literatura – Tres de Febrero 2009, con el poema “Premonición”. Participó en el libro-antología de dicho certamen. Un jurado internacional otorgó a su poema “Fénix” el 2do Premio en el concurso PREMIO MOROSOLI INSTITUCIONAL 2009, 2ºs Juegos Florales del Siglo XXI, organizado por Movimiento Cultural aBrace, de Uruguay. Mención de Honor en el VII Concurso Hespérides de Cuento y Poesía. Primera Mención en el II CERTAMEN NACIONAL DE POESÍA RAMON EMILIO CHARRAS. Semifinalista en el concurso del Centro de Estudios Poéticos, de Madrid. Con la obra Primera Sangre obtuvo el Primer Premio en el Certamen Nuevas Promociones SESAM de Poesía 2010, organizado por la Sociedad de Escritores de San Martín.

Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía, y secretaria de redacción del diario informativo cultural Fin, de elaleph.com.

Ya hemos publicado en Axxón su cuento UNA BATALLA PERSONAL.


Este cuento se vincula temáticamente con ESENCIA Y NATURALEZA, de Fabio Ferreras y Graciela Lorenzo Tillard; ENTRADAS ALEATORIAS, de Adrián M. Paredes y EL CANTO DEL ANDROIDE, de Luís Antonio Bolaños De La Cruz.


Axxón 237 – diciembre de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Robots, ciborgs: Argentina: Argentina).


12 Respuestas a ““Un Armani”, María Laura Sánchez”
  1. Ric dice:

    Qué hermoso y reconfortante cuento, María Laura. Una vuelta de turca más sobre esas cosas tan inasibles como las emociones humanas. ¡Y vistas con ojos extraños! Un gran trabajo, realmente. Vayan mis felicitaciones.

  2. Adrián dice:

    Muy lindo.

  3. Todo un canto de amor a los tiempos idos. Bien por vos, Mariláu.

  4. Eduardo Poggi dice:

    ¡Felicitaciones, Mariláu! Difícil escribir sobre la nostalgia en un ccuento de Ciencia Ficción. Todo un logro.

  5. Un relato contundente, Mariláu. ¡Felicitaciones!

  6. A pesar de que este cuento no causará tanta polémica como el anterior, Mariláu, me parece que este “Un Armani” tiene mucha más magia.
    Te felicito.

  7. Ruben Pepe dice:

    Querida Mariláu: un gusto, una satisfacción poder leer un texto de ciencia ficción tan cargado de humanismo. Colosales tus guiños hacia el cine de Fellini (La dolce vita), y la imagen del cura (Aldo Fabrici) en Roma citta aperta del inolvidable Rossellini. Sin màs elogios pues tu sos modesta en tu brillantez. Un beso y abrazo desde Montevideo Ruben.

  8. Mariláu dice:

    ¡Muchas gracias a todos! Les mando un abrazo muy grande.
    Y muchísimas gracias a Axxón: ¡qué orgullo publicar en esta emblemática revista de la CF!

    También agradezco especialmente a Pedro Belushi: su ilustración es una verdadera obra de arte. ¡Exquisita! Me encantó, no podía haber captado mejor la esencia del cuento. Vaya para él mi más cálido saludo.

  9. Te felicito, Mariláu. Disfruté mucho al leerlo. Es genial. Y bien por Axxon.

  10. Noelia dice:

    Un cuentazo, Mariláu, mis más sinceras felicitaciones. Un cariño

  11. Eduardo dice:

    EXCELENTE CUENTO… muchas gracias y muchas felicidades. Larga vida y prosperidad para ti marilau.

  12. Pablo Forcinito dice:

    ¡Me encantó, Mariláu! Tiene un tono bárbaro, nostálgico mil por mil.

  13.  
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