FICCION BREVE (CUARENTA Y SEIS)

Varios Autores

SÓLO POR ELLA

Gabriel Alvarez - Argentina


La que rompió el hielo fue ella, como siempre.

—¡Esto no da para más! —Su tono nasal retumbaba en el amplio y frío cuarto.

—Tiene que haber una manera... —intenté decirle, pero no me dio tiempo a reaccionar.

—¡No, ya te dije que no! Sólo soy una empleada, no puedo seguir ayudándote... —Era muy obvio que ya estaba cansada de todo esto.

—Pero... —El ardor volvió a mi garganta reseca, dificultándome aún más el habla—... vos no entendés... no tengo adónde ir.

Terminé de decir eso y sentí arcadas, pero me contuve. Ella me miró en silencio, creo que con algo de compasión, como la primera vez que la vi con el bisturí en la mano. Entonces, abrió la boca y dejó de lado cualquier signo caritativo.

—¿¡No te das cuenta dónde estás!?

—De lo único que me doy cuenta... —Intenté tragar saliva, pero fue algo inútil—... es que hace varios días que estamos discutiendo.

—¡No! —dijo ella, mientras se cruzaba de brazos en el umbral de la puerta—. Hace dos semanas que estamos así.

Bajó su mirada y la clavó en ese piso frío y desgastado.

—Mirá, la verdad es que no puedo seguir ocultándote, no hay más lugar.

Vi que estaba por llorar pero no podía ir a abrazarla, no me atrevía.

—... no hay lugar... es así de simple. —Juro por Dios, si es que existe, que la vi tragándose sus lágrimas, como debe haber hecho otras tantas veces, y cerró la puerta frente a mi cara.


Ahora sentía más frío que antes en ese amplio cuarto, que tenía su capacidad al máximo.

Mientras caminaba por la oscuridad, tratando de pensar una solución, intenté tragar saliva.

No puedo irme a otro lado, no puedo separarme de ella, la necesito... no soy nada sin ella.

Si no fuera por esos ruidos encontraría una manera de arreglarlo todo, pero ese molesto repiqueteo que se desgarra detrás mío, esos molestos quejidos que se encienden y se apagan a mi espalda.

¿¡Es posible!?

¿Mis compañeros de cuarto acaban de despertarse?

¿Será por algo en el aire?

¿Será que el cielo y el infierno están llenos?

¿Será que nadie me quiere ver feliz a su lado?

Si ella nos encuentra a todos despiertos, nunca más voy a mirar sus ojos, sus manos enguantadas, ni su blanco delantal salpicado por puntitos rojos y rosados. Mis compañeros de cuarto avanzan desorientados, arrastrando sus pies. Y sé que van a venir más. Y sé lo que debo hacer.

Con mucha calma hundo mi cabeza en sus cuerpos maltratados. Cierro los ojos y abro la boca, y la cierro y la abro, y la cierro y la abro... hasta que mi garganta deja de estar reseca, mientras todo se va volviendo hermosamente rojo, como las diminutas manchitas de su delantal.

Por fin, todos se durmieron nuevamente, y ya no van a despertarse.

En pleno éxtasis, me siento en un rincón de ese enorme cuarto congelado. Agitado, con el estómago inflamado, sonrío en la oscuridad, esperando a que ella regrese, imaginándome su sonrisa cuando vea todo el lugar que dejé para nosotros dos.



Gabriel Álvarez es argentino y vive en Morón, provincia de Buenos Aires.

Hemos publicado en Axxón: LOS ANCIANOS TENÍAN RAZÓN (193)



MEMORIA

Ricardo Axel Casal - Argentina


Tom esperaba pacientemente sentado a la mesa y mirando la puerta.

"Hoy es el día, hoy me declararé, hoy le confesaré mi amor y seremos felices por siempre. Ya no puedo esperar más, quiero que entre por esa puerta para manifestarle lo que siento".

Lila atravesó la puerta como todos los días. Tom, de un salto, se puso frente a ella, le tomó ambas manos y se hincó.

—Lila, nunca te lo dije, pero debo confesarte que te amo desesperadamente y quiero que seas mi mujer.

Lila, frunciendo el ceño, separó sus manos de las de Tom con violencia mientras arrojaba su abrigo sobre el sofá.

—Te lo he dicho mil veces, Tom, siempre es lo mismo. Tú tienes esa rara enfermedad que hace que todos los días olvides lo que hiciste el día anterior. Tú te me has declarado cientos de veces y siempre terminamos en lo mismo. ¡No te amo! ¡Nunca te amaré! Al principio te seguí el juego por lástima, esperando que te cures pero ya estoy cansada de esto, no quiero sufrir más.

Lila se refugió en la habitación contigua.

"Algo tengo que hacer", pensó Tom, "ella no me puede tratar así. Creo que terminaré con todo".

Tom sacó de uno de los cajones un revólver.

"Un par de disparos lo solucionará", meditó Tom. "Le dispararé y será el fin de mis lamentaciones. Ya no cruzará esa puerta, ya no me hará sufrir".

Tom reflexionó un rato y se dio cuenta de que si mataba a Lila se quedaría esperándola al otro día y con el nuevo olvido su corazón sufriría más al ver que ella no llegaba.

—La única opción es matarla y luego suicidarme.

Desesperado Tom cargó el revólver con dos balas.

"Una para Lila y otra para mí", pensó.

Tom entró a la habitación apuntó a la cabeza de Lila y disparó. Al ver que nada pasaba y Lila seguía ahí apuntó a su propia sien y tiró del gatillo. La pólvora detonó, la bala salió del revólver pero Tom seguía ahí.

Lila se acercó a Tom y con voz condescendiente dijo:

—No sé qué me molesta más, que trates todos los días de matarnos o que no te des cuenta de que tu plan funcionó ya una vez y no puede funcionar de nuevo. No sé qué es peor, que seamos fantasmas o que aún fantasmagórico sigas siendo desmemoriado.


Ricardo Axel Casal nació el 22 de octubre de 1976 en Neuquén, Argentina. Trabaja en informática y tiene estudios universitarios en esa área. En su época de secundaria siempre odió Lengua pero le gustaba mucho Literatura, y ahora puede decir que tiene como hobby tratar de escribir cuentos. Otras de sus pasiones son los viajes y la informática, y desde esta última también trata de aportar su granito de arena para que tantas cosas que gustan a los lectores de Sci-Fi y hoy consideran ficción sean mañana una realidad. Principalmente lee ciencia ficción: Asimov, P. K. Dick (éste es su favorito), Clarke, Fowler, Bisson, Blish, Bradbury, Hamillton, Niven, etc.

Hemos publicado en Axxón: LOS ÚLTIMOS SEGUNDOS (186), EL ÚLTIMO MONSTRUO (187), ELECCIÓN (192), LA MEJOR REALIDAD (192)



ESCENA DE VAMPIRISMO

Diego E. Gualda - Argentina


Son las once de la noche. El hombre del traje gris sale de su oficina en la calle México, camina hasta la esquina de la Avenida Paseo Colón y dobla a la izquierda. En la parada del ciento treinta hay una rubia de minifalda y medias negras. Hace varias horas que el sol se desplomó detrás del desprolijo paisaje porteño y, sin embargo, sigue haciendo calor. Una gota de sudor le corre a la muchacha por el cuello y el hombre —atónito ante el rodar de esa gota— tropieza con el poste que indica la parada con un sonoro "clang".

Ella se ríe de la desgracia ajena con una suerte de chillido metálico que corta la humedad del aire como una tijera. Él se frota la frente y sonríe como si el accidente le hiciera alguna gracia. Otra gota de transpiración empieza a rodar por la frente femenina, se desvía hacia la sien al tropezar con las cejas y cae en línea recta para morir en el cuello, igual que la anterior.

Un paquete de cigarrillos negros se niega a emerger del bolsillo del saco gris. El hombre también empieza a sudar y —mientras los hábiles dedos de su mano derecha aflojan el nudo de la corbata— los torpes dedos de la izquierda logran dar con el box de tabaco entre la multitud de monedas, viejos boletos de colectivo y basura de distinto tipo. Muerde con furia un Parisienne y atina a buscar el encendedor en otro bolsillo.

Entonces ve una lucecita mortecina acercarse a su cara. Un encendedor Bic anexado a una mano de infinitas uñas rojas, anexada a su vez a una muñeca plagada de pulseras, a un brazo, a un hombro que se funde en una suave curva con un cuello que sigue goteando diamantes. El tabaco negro entra en combustión y una nubecita negra, muy negra, se interpone entre los dos personajes.

A la mañana siguiente, ella está tirada en su cama semidesnuda y luciendo una palidez espectral. Él se lava los dientes afilados, se pone el traje gris, agarra el portafolio, cierra su sarcófago con llave y toma el ciento treinta para ir a trabajar.


Diego E. Gualda nació en Buenos Aires en 1974. Además de dedicarse a la industria naviera, es periodista y escritor. Ha colaborado en publicaciones como GENTE, CONOZCA MÁS, EL GRÁFICO, RONDA AEROLÍNEAS ARGENTINAS, SOJOURN INTERNATIONAL MAGAZINE, STAR TREK COMMUNICATOR (en español) y LA AUTOPISTA DEL SUR, entre otras; como así también en el desaparecido periódico EL EXPRESO DIARIO. Ha publicado ficciones cortas en distintas publicaciones periódicas y antologías. Actualmente, edita la revista de la Comunidad Argentino-Nigeriana de Comercio, el blog Joven Argentino y es asiduo colaborador de Guía Star Trek.

Hemos publicado en Axxón: EL FAN (162), EL INCIDENTE DE PUNTA MÉDANOS (163), LOS TRES CAVERNÍCOLAS (167), EN CAMISÓN Y EN PANTUFLAS (174), AMANECE (176), TÉ INGLÉS (178), AR2647 (182)



LA EXPOSICIÓN

Gustavo Adolfo Bautista González - España


La pequeña observaba la vitrina.

Bajo el espécimen congelado habían colocado varios objetos que formaban parte de su hábitat. Algunos los conocía bien porque los había estudiado, pero otros eran para ella incomprensibles.

Fue en ese momento cuando decidió dedicarse al estudio de los humanos.


Gustavo Adolfo Bautista González vive en Madrid. Ha estudiado Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, y Administración y Finanzas. Actualmente trabaja en Radio3 de Radio Nacional de España, y colabora en un Radio1. Tiene cuentos publicados en la Revista AXOLOTL, WORMHOLE, y también en EFÍMERO. Es un incorregible devorador de libros, y entre sus escritores más admirados del género están Pilar Pedraza, Richard Matheson, Clive Barker y Robert E. Howard. Le encantan el chocolate y la cerveza belga.



¿ME LLEVAS AL PARQUE?

Luis Salgado - España


Lo había colapsado.

La decoherencia había ido tan rápido que ni siquiera hubo tiempo de aislar la simulación en un campo de contención autoperceptivo y ahora ya no había marcha atrás, otro proyecto de simulación de universo-retiro fallido. El tercero este trimestre... ¿Por qué mi conexión neural no me estaba avisando cuando me acercaba al límite tolerable de fallo por falta de concentración?

"¡Mierda!", pensé, "tengo que hacerme un check del Sistema esta misma semana".

Miré a mi alrededor, nadie parecía haberse dado cuenta en el laboratorio de mi error.

"Quizás no debería decir nada", me dije, y en el mismo instante en que lo pensé me di cuenta de que todo el proceso estaría ya en el backcapeado-encriptado de los sistemas cuánticos de Central, y evidentemente no había forma de borrarlo. Así que, con la certeza interna de que al día siguiente me llamarían para restarme créditos de mi nómina, cerré mi holo de trabajo y consulté la hora en mi conexión interna de servicio, 8/15, hora de irme a casa.

"Mañana veré como arreglo el problema", pensé.

Sin saber muy bien por qué, hice un volcado de mi último "error" en mi red-neural para analizarlo a solas (lo cual obviamente estaba prohibido), antes de borrar el holo del trabajo corté la línea de código y me conecté al servicio de reincorporación biológica para transferirme a casa.

Mientras abandonaba el laboratorio virtual y se realizaba el transfer a mi cuerpo bio-estimulado en tiempo lento real, aproveché para consultar las últimas noticias.

Las revueltas de los Hijos de Cristo-Thoreau se estaban endureciendo. Lo último había sido el ataque contra uno de los centros virtuales de tercera edad de Central. El balance era aterrador, más de mil simulaciones operativas "desconectadas". El comunicado que emitieron por la red tras el ataque vociferaba cosas sobre la dignidad humana, la libertad, el alma... Al escucharlo, me pregunté qué pensarían de todos esos valores los que habían sido "borrados".

En cualquier caso, un hecho era constatable. Cada día había más "naturales" (como se denominaban a sí mismos) que intentaban renunciaban al Virtu-ex y que se mostraban dispuestos incluso a morir por tener una vida exclusivamente biológica.

Todo comenzó con el Crack de la Seguridad Social del 2057, cuando el Estado, en vista de la falta de recursos para las pensiones creó el volcado de retiro. La nueva norma convertía en una obligación por Ley "hacerse digital" a los 55 años. Tras un amplio debate parlamentario en GEA (Gobierno Europeo Americano), esta norma sólo dejó abiertas dos posibles exenciones al volcado. La primera era haber tenido una descendencia mínima de dos hijos —lo que se conocía como tener R-C (regeneración-cotizante)— y la segunda, como ha sido siempre, tener dinero, mucho dinero, y pagar una exorbitante cantidad de impuestos anuales por seguir viviendo en tiempo lento biológico. Para algunos, una vida casi eterna, con la ayuda de nanomed, implantes regenerativos de ADNsimbionte y reconstrucción telomérica.

Así que estaba claro, para la inmensa mayoría que carecía de hijos no había otra alternativa que el volcado obligatorio, mientras el cuerpo era "reciclado" para uso industrial.

Visto objetivamente, en realidad no era tan malo, cada uno colapsaba su universo personal creando "una vida a medida" en la cual, incluso, existía la opción (muy recomendada) "del plug-in olvido", que te hacía no ser consciente de que estabas en un mundo virtual. De hecho, así podías vivir muchos años felices (la ley marcaba en la actualidad diez años de retiro ampliables a cuarenta si la simulación no se efectuaba con una gran cantidad de recursos), antes de ser borrado del Sistema. Y aunque realmente la simulación se ejecutaba a velocidad x10 (así diez años era 1 en tiempo real-lento), para los volcados no era relevante.

El caso es que una vez transferido a mi casa y mientras desperezaba mi cuerpo biológico, pensé en esos millones de potenciales personas simuladas que acababa de borrar en mi universo fallido. No podía evitarlo, cada vez que eliminaba un U-R fallido sentía cierta tristeza, "Es una reacción absolutamente estúpida", me repetía, "son sólo colapsos cuánticos, no seres humanos reales", pero aún así, me quedaba un sabor agrio y metálico en la boca. Necesitaba tomar algo; fui a la cocina, me serví un tazón de sopa con bioestimulantes que inmediatamente elevaron mis niveles de dopamina y noradrenalina, y me encaminé hacia mi terminal Virtu-ex. Cargué la simulación fallida y ejecuté desde mi conexión neural en circuito-cerrado-restringido.

————

"¡Papá!", me dijo un niño de grandes ojos azules, "¿Me llevas al parque?".

"Anda sí, llévalo, cariño, lleva todo el día esperándote", oí a mis espaldas; me giré despacio y vi a una mujer muy hermosa, definitivamente era la suma de todos mis deseos femeninos en una sola mujer. Observé que se disponía a hacer la cena en una vieja cocina a gas.

Me repetí que todo era una simulación, pero me hacía sentir tan bien estar allí que hice algo todavía más delictivo que haberme llevado el universo-retiro; abrí una ventana operativa en la simulación y active el plug-in olvido, programándolo para que funcionara en cinco minutos.

"¡Vamos al parque, hijo!", le dije, ya totalmente ajeno a la irrealidad de la situación.

El tiempo estaba plomizo y el parque estaba vacío, mi "hijo" sacó un balón y lo dejó caer al suelo,

"¡Tírame muy fuerte!", me dijo, "¡verás cómo lo paro!"

Jugamos un rato, la sensación de plenitud era total.

Oí la voz de mi mujer que decía, "¡A cenar!..."

...y todo fundió a negro.

————

Me encontraba de nuevo fuera de la simulación, los cinco minutos del plug-in habían pasado.

Todavía sentía en mis dedos la sensación del tacto de "mi hijo".

¡Había experimentado una sensación maravillosa!

Examine el back up, pensando no podía quedarme con él, era muy peligroso.

Se abrió una ventana en mi conexión que me preguntó qué hacer: ¿guardar? o ¿borrar?

Una lágrima asomó lentamente en mis ojos y de mi boca salió casi un quejido, cuando susurré con voz ronca... "Borrar".



Luis Salgado nació en 1966 en Madrid; es diseñador gráfico y creativo que ha participado en numerosas campañas de publicidad, tanto en televisión como en medios gráficos, y que actualmente trabaja en el grupo editorial EAI, en el departamento de marketing y diseño, como creativo, diseñador e ilustrador.

Su amor por la ciencia ficción viene de la infancia por influencias de su abuelo y su padre, que eran apasionados del género, y aún hoy, en estos tiempos en que parece que la ciencia ficción no tiene sitio porque el futuro "ya está aquí", va recopilando las mejores perlas que encuentra del género para sus hijos Miriam, Ender (su nombre es obviamente una prueba de amor) y la que viene en camino, Taisha.

Ha creado dos blogs, (ahora en paro técnico por obligaciones laborales pero que piensa retomar pronto): Con-ciencia y 101Matrix en los que procura dar noticias de actualidad sobre el ámbito científico y escribir un poquito de vez en cuando. Dice que su mejor lectora es su mujer, Mariu, a la que debe mucho y a la que ama.



OPHELIA XXI

Jorge Villarruel - México


Pain!
Ride it baby.
Cracks his brain,
just enough to buy lots of gibberish
- Genitorturers, Crack Track


La primera vez que vi a Ophelia sentí como si viajara en una motocicleta, a trescientos, en una cuesta interminable, en línea recta, sin frenos: era emocionante, excitante, orgasmatrónico, pero supe que podría haber muerto.

Llevaba unas botas con suelas altas, con la punta de acero, medias de rombos negros y morados, falda corta, con cuadros grises, azules y negros, que dejaba ver un poco —muy poco— de la blanquísima piel de sus piernas, justo en el borde de sus medias —¡rayos! ¡qué piel!—, camiseta verde tóxico, con la estampa de una niña con cuchillas en los dedos; chamarra de mezclilla deslavada de tonos grises y azules, llena de parches, cadenas y alfileres. Su cabello negro caía como una cascada de obsidiana sobre su espalda; lo sujetaba con un listón del mismo color que su camiseta. La boca pintada de azul sonreía de manera curiosa, como una mezcla de ironía e ingenuidad. Los ojos, grises como el cielo, enmarcados en un tono de gris metálico, igual que sus uñas, observaban hacia donde yo estaba.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó.

—Isaura —le contesté de inmediato.

—Me gustaría verte algún día. ¿Eres de por aquí?

—Sí. Me encantaría. Vivo cerca de la estación Arousal.

Luego, cuando quedamos de vernos en mi casa, me desconecté. Es muy cansado pasar más de dos horas en la neuroweb, aunque a veces vale la pena. Mi cerebro se cansa, y lo que necesito es tomar un baño fresco, o me achicharraré por dentro. ¡Todos esos sensores me queman las ideas!


Llaman a la puerta. Es ella. La dejo pasar y de inmediato se abalanza hacia mí, como una flecha, como un gato sobre su presa. Me arroja a la cama y comienza a tocarme. Su boca se abre sobre mi frente; me lame toda, hasta dejarme húmeda completamente. Por supuesto que no opuse resistencia alguna, y cuando Ophelia se descuidó (sólo un segundo, para iluminar sus incrustaciones oculares), puede moverla y colocarla bajo mi cuerpo.

Completamente desnuda, Ophelia dormitaba en mi cama. Su cara parecía más la de un ángel que la de una mujer. Besé sus labios durmientes —¡demonios! ¡tenían sabor a durazno!—, coloqué una mano sobre su pecho y cerré los ojos para unirme a ella en el viaje con Morfeo.


El ruido de la puerta al cerrarse me despertó. Me di cuenta de que Ophelia no estaba. Un mal presentimiento cruzó mi mente. Me levanté de un salto. No tuve tiempo de ponerme nada... Salí corriendo detrás de ella. Tomé mi arma, ella tomó algo de dinero, una consola de neuroweb y mi moto, y aceleró mientras yo le disparaba, sabiendo que no podría darle un solo tiro. ¡Vaya que me hizo pasar un mal rato! Los vecinos asomaban las cabezas por las ventanas de sus casas. Recordé que estaba completamente desnuda.

Nunca la volví a ver. No recuperé mi moto ni el dinero que se llevó, mucho menos la consola. En fin; aún recuerdo esa carita endemoniada y el sabor a durazno.


Jorge Villarruel (seudónimo) nació en Ciudad de México en 1980. Ha publicado en las revistas EL UNIVERSO DE EL BÚHO (# 85, 86 y 87) y EMBOGAZINE # 2 de Ciudad de México, en el periódico EXPRESO de Sonora (donde fue finalista del concurso Rodeo de Palabras 2007), y en la revista electrónica NARRATIVAS # 9. Fue descalificado de un concurso regional de poesía por "conducta inadecuada", en la zona de Ciudad de México donde vive actualmente. Fue ganador de un concurso de poesía en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en 2005, organizado por Valeria Hernández (EMBOGAZINE), donde fue el único participante. Hasta la fecha sigue esperando la entrega de su premio (una dotación de libros donados por estudiantes de la misma Universidad). Algunos de sus textos son montados en la galería permanente del café "El Scary Witches", de Ciudad de México.

Hemos publicado en Axxón: TRAMPA CON CEREZA (186), RUINAS (187)



MACABRO CUENTO DE NAVIDAD

Diego E. Gualda - Argentina


Don Ramón estaba convencido de que tener un arma en la casa era una buena manera de proporcionarle seguridad a su familia. Había comprado una pistola Beretta de nueve milímetros que atesoraba —siempre imprudentemente cargada— en el cajón de su mesa de luz.

Una medianoche de diciembre, mientras su mujer, sus hijos, su perro y su mucama dormían profundamente, Don Ramón despertó sobresaltado por los inconfundibles sonidos de un intruso en su living. Tomó con prisa el arma de su féretro y, corriendo hacia la sala, vació el cargador sobre la figura reclinada al pie del hogar.

La gran mancha de sangre se fundió con la vestimenta del invasor. Espantados por los tiros, ocho renos salieron volando y, esa noche, no hubo regalos para nadie.


Diego E. Gualda nació en Buenos Aires en 1974. Además de dedicarse a la industria naviera, es periodista y escritor. Ha colaborado en publicaciones como GENTE, CONOZCA MÁS, EL GRÁFICO, RONDA AEROLÍNEAS ARGENTINAS, SOJOURN INTERNATIONAL MAGAZINE, STAR TREK COMMUNICATOR (en español) y LA AUTOPISTA DEL SUR, entre otras; como así también en el desaparecido periódico EL EXPRESO DIARIO. Ha publicado ficciones cortas en distintas publicaciones periódicas y antologías. Actualmente, edita la revista de la Comunidad Argentino-Nigeriana de Comercio, el blog Joven Argentino y es asiduo colaborador de Guía Star Trek.

Hemos publicado en Axxón: EL FAN (162), EL INCIDENTE DE PUNTA MÉDANOS (163), LOS TRES CAVERNÍCOLAS (167), EN CAMISÓN Y EN PANTUFLAS (174), AMANECE (176), TÉ INGLÉS (178), AR2647 (182)



¿PUEDE SER QUE A TODOS LOS MUERTOS SE LES OCURRA HABLARME HOY?

Julio Carabelli - Argentina


Puede decirse que lo estudié bastante al muerto, por unos días lo seguí a todas partes, lo suficiente para saber sus costumbre corrientes, molientes y pesarosas.

Se despide de su horrible mujer, que lo empuja fuera de su casa a las siete en punto de la mañana, sin ver los pájaros ni aquella hoja que cayó cerca de su zapato sin lustre alguno, y camina por el barro cinco cuadras hasta la parada del colectivo que va a tardar. Él y yo sabemos que va a tardar como media hora, si es que no adelantó su horario, y entonces tiene que esperar el siguiente que va a demorarse un poco más, pero a él todo le cuesta un poco más y creo que está habituado. Ese hábito suyo es lo que más me molesta, es lo que me impide a veces llevar a cabo mi labor humanitaria y a veces hasta elaborarla, porque la gente que se resigna es como que sufre menos, eso creo, que sufre menos, y eso es por culpa de la costumbre, la maldita costumbre hace que todo, aunque pésimamente, se desarrolle con absurda normalidad y él camina, camina con paso tardío pero no tiene el aspecto de un hombre vencido, no todavía, porque el sol recién salió, se podría decir como paradoja que el sol está fresquito y algo en el aire que todavía puede respirar le da optimismo o esperanza cuando lo mejor para él sería perder ambas cosas, pero el ser humano es estúpido y si no fíjense cómo toma ese colectivo lleno de gente y paga para viajar en el estribo, incluso cuando llueve o hace mucho frío, porque teme llegar tarde a su trabajo de esclavo en el que está a las órdenes de un hijo de mil putas diez horas por día y sólo almuerza un miserable sandwich de mortadela plástica porque caballos no hay más, alguien mató a los caballos, alguien les pegó un certero martillazo en la testuz y han caído, con la dignidad de un cruzado, o nomás han caído, y los espíritus bondadosos de siempre han cavado grandes pozos, hondos pozos que llegan al centro mismo del planeta para que descansen en paz sin aperos ni riendas como las que lo sujetan a él a esta vida que no es vida, porque en el trabajo no habla con nadie, lo he comprobado, y sólo puede interrumpir su labor para ir dos veces por día a la sucia letrina que parece esperarlo como una alternativa de su hogar.

Hoy viene a hablarme, creo que a todos se les ocurrió hablarme hoy, pero él es el más insistente y me cuenta que ha dejado cosas sin hacer, castigos que no cumplió, martirios por los cuales tenía que haber pasado antes de que yo interviniera en su estúpida vida, y no ve, no quiere ver a su alrededor o no puede, esto no lo sabré nunca, pero corro las cortinas para que vea cómo, a una semana de su ausencia, su amada mujercita está repantigada en el sofá con cualquiera mientras sus hijos organizan las fiestas a las que él siempre puso reparos, y le muestro, le hago ver retazos de su miserable vida, lo llevo en el sucio y abarrotado colectivo a su gris oficina, y dejo que escuche las bromas que sobre él dicen sus ex compañeros y la yegua de Marta, que cuenta imaginarias intimidades porque nunca un desliz, jamás una traición, algo para matizar esa vida de mierda que lo llevaba de su espantosa casa hasta el trabajo en donde el energúmeno del jefe lo martirizaba, y de aquellos martirios sufridos por él es que se ríe junto a sus colaboradores más cercanos entre los cuales está la infaltable Marta, el colectivero y el cocinero de mortadelas plásticas que parece ser el más infeliz de todos los que lo rodearon, y por eso, o por esa mirada misericordiosa con la que lo miró, va a ser el próximo.


Julio Carabelli nació en Buenos Aires en 1940. Vive en la actualidad en la ciudad de San Miguel de Tucumán, Argentina. Sus cuentos, poesías y ensayos se han publicado en diarios y revistas literarias de Buenos Aires, del interior y del exterior del país, habiendo sido traducido al inglés, al portugués y al italiano. Es co-fundador del Grupo Literario y Editor de "Además" y del Grupo "Poesía Peregrina". Fue secretario de la Fundación Argentina para la Poesía. Participó en el staff de las revistas "NEXO LITERARIO" y "BARATARIA". Es colaborador de "LA LUNA QUE...", director de la revista literaria "ARTES, BECAS & CONCURSOS" y de LETRARTE (Encuentro Internacional y Congreso Nacional de Escritores, 1998 en Tucumán y 1999 en Mendoza). Organizó el Café Literario "Café y Letras" en la SADE Central y colaboró con el Café Literario "Poetas de la Plaza" de San Miguel de Tucumán. Junto a "LA LUNA QUE..." organizó la Primera Tourneé Poética por La Rioja, Catamarca y Tucumán. Es autor de tres obras de teatro y de algunos monólogos teatrales (uno llevado al cine). Actualmente dirige el Ciclo Café Literario del Centro Cultural Eugenio F. Virla dependiente de la Universidad Nacional de Tucumán, un taller literario personalizado y la edición de una colección de poesía para una editorial nacional.



EL SUICIDIO DEL SEÑOR K.

Yunieski Betancourt Dipotet - Cuba


Dedicado a Bertolt Brecht


Un día el señor K. se propuso encontrar una situación que indefectiblemente lo condujese al suicidio. Careciendo de apego especial a persona o posesión, concluyó que era improbable que alguna vez se hallase en disposición de terminar con su vida. Satisfecho, visitó al señor B., y se lo contó.

El señor B., sonriente, le tendió un sobre lleno de pastillas.

—¿Cómo puede esto llevarme al suicidio? —preguntó el señor K.

—Sencillo —ripostó el señor B.—, cada pastilla te hará olvidar cualquier cosa que hayas dicho o hecho durante las veinticuatro horas previas a su ingestión.

—¿Y qué con eso? —se indignó el señor K.

—Imagina que eres abordado por personas que te comentan tus acciones y sentencias, y te piden una explicación de ellas. ¿Esto que me cuentan ocurrió así?, ¿mi respuesta contradice en algo a las que di antes?, pensarás, y no podrás soportarlo.

El señor K. tomó el sobre, lo introdujo en un bolsillo de su pantalón y se marchó sin decir palabra.

Una vez que se alejó lo suficiente, sacó el sobre, lo echó al suelo y procedió a pisotearlo con furor.

—Un hombre sensato evita cargar con su propia muerte —les explicó a los asombrados transeúntes, y muy tranquilo siguió su camino.


Yunieski Betancourt Dipotet vive en Ciudad de La Habana, Cuba.



LOS DINOSAURIOS

Carlos Suchowolski - Argentina


Cuando la cápsula de hibernación me despertó, los dinosaurios habían desaparecido y del meteorito sólo quedaba un enorme agujero. Desde la cápsula vecina, Monterroso, al parecer, seguía viendo uno y nos lo dijo. ¡Qué bonito!, dijeron los demás mientras lo llamaban con silbidos y palabritas seductoras. Yo no dije que habían desaparecido, no fuera a ser que creyeran que había enloquecido por causa de las radiaciones cósmicas.



Carlos Suchowolski (1948) es argentino y vive en España desde 1976. Publicó un par de relatos en Argentina, por uno de los cuales, Pupilaje, obtuvo el tercer premio del concurso del diario Mendoza de 1968, en el que fue jurado Marco Denevi. Escribió dos obras de teatro infantil que integraron el espectáculo de guiñol Ratulinivich, que tuvo unas 350 representaciones en Madrid y otras provincias durante los años 1978-1979. Publicó cuentos en revistas como URIBE, SINERGIA y ARTIFEX, así como en las webs Microrelatos y Fantasiek (en flamenco). Resultó finalista del concurso internacional de cuentos de la editorial Ultramar de 1988 con El pico en su sitio... (Comer con el pico y batir las alas hasta que haya máquinas en el cielo es su título actual) que se publicó en la antología "La fragua y otros inventos" de la mencionada editorial. Tiene en cartera una novela y un libro de cuentos (Nueve tiempos del futuro), uno de los cuales, Viaje de vuelta, publicado en Artifex 9, ha sido seleccionado para la antología "Fabricantes de sueños 2004" de la AEFCFT que reúne "los mejores cuentos publicados en España durante el año anterior". Se dedica a la venta de equipos digitales de impresión y de cine, es asistente habitual de la Tertulia de Madrid desde hace un año. Sigue escribiendo cuentos, microcuentos y una nueva novela.

Hemos publicado en Axxón: VIAJE DE VUELTA (136), LA NIEBLA (149), SI UNA MALA JUGADA DEL TIEMPO (153), COMER CON EL PICO Y BATIR LAS ALAS HASTA QUE HAYA MÁQUINAS EN EL CIELO (175), PARA QUE SE CUMPLA EL PLAN (192)



REPORTAJE

Carlos Enrique Saldivar - Perú


Ha llegado el fin del planeta Tierra y yo soy el encargado de cubrir esta noticia. ¿Se están preguntando como lo haré? Pues la tecnología está muy avanzada en Marte...


Carlos Enrique Saldivar (Lima, 1982) Estudiante de Literatura en la UNFV. Narrador y poeta. Director de la revista impresa Argonautas de fantasía, misterio y ciencia ficción que nació en noviembre de 2006 y el día de hoy ya va por su cuarta entrega. Ha publicado relatos en las revistas Argonautas números 1, 2, 3 y 4. También ha publicado relatos en la página de Ciencia Ficción Perú, en la revista virtual Velero 25, en Crónicas de la forja. Es miembro del grupo Coyllur de fantasía, terror y ciencia ficción. Ha publicado en el 2008 el libro Historias de ciencia ficción que contiene doce relatos del género. Actualmente prepara su segundo libro de cuentos, una novela corta y dos antologías: una que reunirá lo mejor de la ciencia ficción peruana de los últimos años y una de SF latinoamericana.



EL DÍA Y OTROS CUENTOS

Alain Stevez Angien - México


Gentil auditorio, a continuación haré breve pero consistente lectura de mi última inspiración poética, titulada "El día y otros cuentos".

"Hoy no es un buen día..." Corrección: empleo la palabra día sin hacer referencia a una hora particular entre el alba y el ocaso; podría ser cualquiera, dependiendo de la visión cronológica que tenga el lector en su situación particular. A decir verdad, la palabra corrección tampoco corresponde a una enmienda que el autor haga con fines conciliatorios o para retocar alguna imprudencia en el texto. Por supuesto, del texto mismo no hay nada que corregir.

"... el cielo se encuentra nublado". Este adjetivo, fuera de ser reiterativo al saberse ya que el día no resulta propicio, es simplemente descriptivo para resaltar la calidad visual del tiempo y únicamente representa la visión personal de una situación meteorológica, no un pronóstico. El cielo, por su parte, es referencia meramente astronómica muy general y no pretende una descripción teológica ni caer en sofismas que degeneren en explicaciones inútiles. Considero importante mencionar a estas alturas que mi fe católica es incorruptible y que no deseo anatemizar en absoluto.

"Acudo, pronto, al cobijo de mis tres recuerdos..." Nótese, ante todo, la prontitud llena de ambición, bien intencionada desde luego, porque Mahoma vaya a la montaña, provocada por las características apremiantes del día y el cielo que, irremediablemente, conducen a cierta romántica nostalgia de abrigo, típica de un alma pura y soñadora. Con respecto a la cantidad y los recuerdos, remarco que elegí dicho número tras una cavilación de lo más profunda, la cual tuvo como beneficio un dígito muy austero. De esta manera el autor pretende, antes que nada, llegar a todos los niveles intelectuales sin hacer ningún tipo de discriminación elitista. Consecuentemente, la idea que encierra la palabra "recuerdos" sobreentiende que gracias a ellos la vida es bella a pesar de sus imprevistos (Ver: "Hoy no es un buen día." y "El cielo se encuentra nublado.") Nuevamente, la intención del autor es transmitir la optimista filosofía de "A mal tiempo, buena cara", así como la necesidad de ser perseverantes y positivos en los momentos más difíciles de nuestra existencia. Aclaro también que dichos recuerdos son esencia y en ningún momento he pretendido mencionar detalles bochornosos que involucren a ninguna dama, por lo que advierto que cualquier conexión con la realidad es pura coincidencia.

"... y lleno de serpentinas mi hogar". El verbo "llenar" es sólo un decir literario y no una acción consumada, pues no cuento con esa posibilidad, ya que mi mujer, Dios es testigo, jamás me lo permitiría. Por otra parte, el "hogar" o "casa" es el común y corriente que todos los que vivimos dentro de los limites de la decencia podemos tener; del que se dice: "El mío, que es el de usted", o "La suya", sin guardar el doble sentido que se da a estas amables frases en boca del vulgo.

He querido dejar todo esto bien claro, pues la tendencia a complicar la bella literatura es muy frecuente en nuestra época, y la sencillez y el decoro parecen ser, por su lado, tristemente desplazados, confundiendo la belleza sin el menor cuidado.


Alain Stevez Angien vive en Playa del Carmen, Quintana Roo, México.



EL CONSEJO

Leonardo Montero Flores - Argentina


Escribo esto para advertirles de la estupidez humana sin límites. Quiera Dios, Zeus, Ra, Alá, o quien sea que maneje el universo, que este pergamino holográfico llegue a manos, patas o tentáculos de seres inteligentes que puedan descifrar el mensaje que lleva impreso en su memoria de silicio.

La crónica de los últimos días de la raza humana es una extraña combinación de hechos estúpidos y actos heroicos, sumados a una solidaridad y espíritu de grupo que supongo sólo deben existir en situaciones extremas.

Sobrevivimos a ataques con armas nucleares; armas que nosotros mismos construimos. También logramos desviar de curso tres de cuatro gigantescos asteroides que se dirigían a la Tierra. ¿Saben con qué los desviamos? Sí, con las armas nucleares que usábamos para matarnos. Uno tras otro los asteroides se desintegraban en el espacio exterior. Lamentablemente, usamos tantos misiles nucleares para destruirnos que no alcanzó el sobrante para aniquilar al cuarto asteroide. Según los estadísticos de nuestra época, tres de cuatro no está nada mal.

Pero cuando el cuarto se estrelló en el monte Kilimanjaro, no hubo estadística que valiera. Más de la mitad de la población mundial pereció.

Sin embargo, sobrevivimos, y tuvimos tiempo de crear nuevas armas de destrucción masiva: las bombas Radoski, inventadas por un ruso loco y vendidas a unos tibetanos fanáticos, quienes so pretexto de seguir un mandato (desconocido por todos) de Buda, las usaron a diestra y siniestra.

Otra vez sobrevivimos, menos que antes y con más cansancio, pero pudimos seguir pisando la Tierra y creando conflictos con nuestros cada vez más escasos vecinos. Nos destruíamos en guerras sin sentido que al acabar nos unían en una sensación de confraternidad y nos hacían prometer que: "nunca más nos enfrentaremos".

Pero poco duraba el tiempo de paz y ya estábamos otra vez en la arena.

La guerra y la paz se sucedían formando ciclos en donde poco a poco la fase de conflicto se acrecentó en detrimento del tiempo de tranquilidad. De todos modos, como la población se reducía constantemente y los recursos para crear armas se agotaban, hubo que adaptarse al fin a vivir en un tiempo de paz ilimitado; mi tiempo.

Cuando decidimos adoptar la paz como forma de vida, caímos en la cuenta de que sólo quedaba en el mundo una escasa centena de humanos.

Nos propusimos hacer una fiesta para celebrar el tiempo de paz eterno. Una nueva oportunidad se desplegaba ante nuestros ojos. Sí, que lindo hubiera sido. Pero, como dije al principio, la estupidez humana no tiene límites, y justo a mí me tocó cometer la tontería final.

Ahora estoy solo, completamente solo, y como se dice en nuestro pueblo: "un árbol no hace bosque". Imagino que moriré dentro de poco y la estirpe humana llegará a su fin; pero no me iré sin antes darles un consejo. Estas son mis palabras, el fruto maduro del hombre encargado de preparar la comida de la fiesta por la paz:

"Nunca, pero nunca, se les ocurra mezclar vino tinto con sandía. Y por nada del mundo se lo sirvan a los invitados de una fiesta como postre especial."


Leonardo Montero Flores (1982) vive en San Juan, Argentina, estudia ingeniería electrónica y por las noches escribe historias, por lo general de temática fantástica. Los autores que le gustan, y por los cuales se siente influenciado, son Borges, Gardini y Stephen King. En AXXÓN cumple una excelente labor divulgativa a través de su sección con noticias de la NASA. Hace poco resultó finalista del Premio Contando el Sur, con un relato de cooperación internacional. En 2008, su cuento Tiempo para Luciana ganó el primer premio en el centamen Monstruos de la Razón (Ocio Joven) en la categoría ciencia ficción, y su cuento Mi viejo y la cosa resultó finalista en la categoría fantasía.

Hemos publicado en Axxón: EL BUENO DE DIOS (168), EL CUENTO UNIVERSAL (178), FEEL (184), DR. MELTHER, MERCADER DE SUEÑOS (185), TIEMPO MUERTO (186), INSISTENCIA (187), EN EL CUARTO DE AL LADO (191), PARADOJA (192), TRABAJO SUCIO (192), A ESA HORA INCIERTA (192)



VIAJANDO POR EL ESPACIO

Isaac Vainstub - Argentina


Yo era una persona de más de cincuenta años. Tenía un mechón de pelo que me caía sobre la frente poblada de arrugas, como sábana a la mañana sin estirar. Tenía en mi haber muchos años de trabajo de chofer y nunca había tenido ningún problema grave. Había manejado camiones, camionetas y automóviles; por caminos de tierra, barro, asfalto o lo que fuera. Por esas cosas de la vida, y sin darme cuenta, mientras manejaba mi viejo automóvil de pronto aparecí en un lugar de fantasía viajando por el espacio. Me di cuenta de la situación en la que me encontraba: no era lo que parecía, era un lugar de pura magia mezclada con muchas pesadillas.

Quise salir a recorrer el nuevo lugar y, sorprendido, me di cuenta que mi coche, que en este momento se veía más hermoso y moderno, ostentaba unas enormes alas en lugar de ruedas. El coche apareció volando como un pájaro, parándose en las copas de los árboles, desde donde se divisaban hermosos paisajes. Los diversos tonos de verde de los árboles, las plantas y los pastizales. Los arroyuelos donde bebían animales en una gran cantidad de especies, nunca vistos por mí.

De pronto me crucé con una bella muchacha que iba montaba en un hermoso corcel. No pude evitar obstaculizarle el paso por la velocidad que había tomado mi coche. Cuando quise admirar su soltura y su tan divino cabello, ya había pasado y se había perdido tras la arboleda. Y cuando menos lo esperaba, apareció a mi lado una enorme máquina, que se parecía a una moto con un agente de policía. Éste me preguntó si no sabía que los caballos tenían preferencia para cruzar. Y me pidió el permiso de conducir. Yo pensé que sólo tenía el registro de la Argentina, que allí no serviría. Quise ofrecerle unos pesos para evitar ser multado, cuando me di cuenta de que el único dinero que tenía también era de la Argentina y ahí tampoco serviría.

Entonces decidí decir la verdad, que mirando tan hermosos paisajes no advertí que se acercaba la muchacha y que por eso incurrí en la falta; y que no volvería a repetirla.

El agente no me creyó y me llevó detenido a un lugar lleno de sapos, murciélagos y otras especies de animales extraños y feos, que nunca había visto en mi vida. Estaba cansado por todo lo que me había sucedido durante el día y me recosté. Pensé que me encontraba en una isla llena de palmeras, en medio de las cuales vi varios grupos de extraterrestres reunidos. Discutían muy acalorados y en voz alta sobre qué podrían hacer con los habitantes del planeta Tierra. Era el lugar donde había más bienes materiales, incluso que en los otros planetas de la galaxia. Sus pobladores, sin embargo, no sabían aprovechar lo que tenían, ni tampoco se lo repartían de forma equitativa. Algunos extraterrestres sostenían que había que destruir todo el planeta. Otros alegaban que, como no todos eran culpables de esa situación, no era lógico que todos pagaran por ello. Debían encontrar la solución más equitativa, una forma en que la globalización, en lugar de empeorar la situación, fuese la solución. Uno de ellos propuso ubicar el país con más habitantes y que fabricasen gran cantidad de productos a precios más económicos. Eso haría que los grandes monopolios quebrasen, con lo que terminaría la globalización. Además, debían averiguar la forma de que los pueblos corrigiesen sus problemas en paz, eso terminaría con el negocio de las armas. También distribuirían más inteligencia entre los más pobres y eso les daría más posibilidades de mejorar su situación.

También había otros que opinaban que había que aumentar la temperatura de la Tierra para que se produjesen grandes cambios en la atmósfera, que provocarían deshielos, maremotos e inundaciones, que destruirían la Tierra con todos sus problemas. Por lo tanto no encontraban una solución para salvar a la mayoría de la humanidad, que no tenía culpa de nada; que no había motivo para eliminar. La discusión seguía y seguía.

En eso me desperté, y vi que me había dormido en mi viejo coche. En ese momento lo veía más lindo que antes, el problema era que estaba mal estacionado. Alguien me golpeaba en la ventanilla, era un vigilante que quería hacerme una boleta. Por suerte estaba en la Argentina y pude solucionar el percance con unos pocos pesos.

Luego me quedé pensando en que, si todas las miserias que hay en este mundo, el hambre, las enfermedades y las guerras, se pudieran solucionar tan fácilmente, el mundo sería una verdadera fantasía.



Isaac Vainstub nació en la provincia de Entre Ríos, Argentina, en una colonia agrícola donde había un único colegio y se podía cursar sólo hasta tercer grado. Luego, a los 15 años, se fue a Buenos Aires donde por trabajo no pudo seguir estudiando. A los 73 años, por iniciativa propia empezó a escribir artículos; después concurrió a un taller literario donde aprendió a escribir cuentos. A los 79 años editó un libro, se llama El tren de mis sueños y ahora está escribiendo su segundo libro.



SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

Rodolfo Ernesto Grassía - Argentina


Afuera arrecia la tormenta como hace tiempo no ocurre. Han transcurrido tres meses sin lluvias en las provincias costeras; cosechas quemadas y tierras maltrechas son las huellas dolorosas de un verano agobiante que sólo brinda una tregua sobre la lengua dorada de las playas del sur. Adentro, un hombre afiebrado anhela soñar con una mujer imposible en una noche perfecta, con orquestas big bands y luces ambarinas sobre la cubierta de un barco azul, donde las parejas bailan cara a cara debajo de un manto de estrellas y beben de copas delgadas y frías coronadas con una rodaja de lima. Una noche como vale la pena ser soñada. Pero tal noche no existe y el hombre se resiste a perderla intentando provocarla. Se retuerce en el esfuerzo asomándose a otro sueño donde la mujer lo evade. Revuelve las sábanas y sacude sus piernas, pero la mujer escapa desligando sus intentos. El sueño lo ahoga y su tiempo se agota, y el hombre lo sabe y se desespera. En su vida había detectado el ritmo con que se producen las cosas y lo había dominado. Pero aquí es distinto. Está en un territorio fluctuante, en donde la secuencia de eventos es impredecible.

La mujer se hace lejana en su fuga y él la persigue infectado de ira y pasión, decidido a concederle la edad que ella desee junto a su amor. El aire se solidifica en paredes oscuras. El lugar ahora se asemeja a un bar o un club de jazz, con mesas desiertas repletas de botellas de whisky semivacías y un negro sobre el piano que sacude la noche desde una música imprecisa. El hombre intuye la melodía cercana a Abril en París, pero la superpone con la intensidad impiadosa de la tormenta. Y no las puede dividir.

Afuera la borrasca recrudece. Adentro, el sueño se alarga y el hombre se desconoce en ese estado de ferocidad. La mujer sale del club, cruza una avenida colmada de gente que camina en silencio y —sin mirar hacia atrás—, ingresa en un parque desierto de pájaros al ritmo de una película muda. El hombre corre en su sueño; las piernas le palpitan con calambres que ascienden hasta el estómago y se estiran a su garganta. Redobla el paso mientras la figura refulgente de la mujer se hace un punto borroso con fondo de cipreses. El cabello negro al viento la evidencia veloz hasta que se desvanece atrás de una pared de olmos. El hombre no puede detenerse, siente que sus piernas se hunden en la tierra mojada cubierta de hojarasca y que paso a paso le pesan más, y se enrosca enloquecido en la cama a la luz de los relámpagos que explotan por la ventana del cuarto. Ahora vislumbra a la mujer que reaparece y se eleva sobre un monte de pinos, corriendo, siempre hacia el norte, buscando la luna que asciende amarilla y enorme a las espaldas de Orión, tratando de alcanzar la espuma del mar por encima de la tormenta que se apaga.

Entonces la mujer se detiene y lo observa. Es delgada, y muestra un escote profundo en su vestido; los brazos desnudos delatan la violencia de su belleza sobre la cara pequeña y angulosa. El hombre, a pesar de la distancia, puede ver la fatalidad reflejada en sus ojos, pero no se resigna, aunque percibe que en ningún tiempo podrá alcanzarla. Igualmente resiste. Extiende el paso acortando distancias. La mujer camina despacio, esperándolo. El hombre huele una trampa. Ingresa en una estrecha calleja llena de desniveles que conducen a una casa donde se escucha música desde gramófonos a manivelas doradas, fusionadas por la luz de grandes candelabros y que configuran la metáfora del nuevo día alcanzando a la mujer. La música es rancia, de otro tiempo, y revuelve olores viejos. El hombre entra en la casa y observa a la mujer sentada en la cabecera de una larga mesa aguardándolo. Y la mira a los ojos por única vez. La mujer sonríe y alza una copa de vino mientras su cuerpo se evapora lentamente acompañando la melodía.


Cuando el hombre despierta, la mujer está en la cama, tendida a su lado, soñando, inalcanzable. Y el hombre descubre —desconsolado— que él sólo es el sueño de esa mujer que busca también una noche perfecta con un hombre improbable, sobre la cubierta de un barco azul, donde las parejas bailan cara a cara al amparo de las estrellas y beben de copas delgadas y frías coronadas con una rodaja de lima, atrapados por el ritmo sensual de grandes orquestas. Una noche como vale la pena ser soñada.

Y vuelve a desvanecerse en la bruma infinita de un sueño imposible.


Rodolfo Ernesto Grassía vive en Azul, provincia de Buenos Aires.



EL CANTO DEL ANDROIDE

Luís Antonio Bolaños De La Cruz - Perú


Disfrutábamos en el Aro-22, de uno de esos litúrgicos eventos de multitudes, uniformes en su concepción y homogeneizados en su presentación, que suelen arrancar manifestaciones explícitas de empatía: laceraciones, carcajadas, rasgaduras de batas y hasta vómitos, cuando de repente y fuera de programa, alguien —al inicio invisible y desconocido— empezó a cantar un aria potente, evocadora, que enlentecía los procesos mentales de modo agradable, transmitida por el canal directo de control imperial instalado en cada mesocerebro. No podíamos dejar de escucharlo y parecía llegar del entorno porque el nodo auditivo no requería de fusión biaural, por lo menos hasta que los técnicos bloquearan la señal colectiva o nos desconectáramos en opción manual (siempre incómoda y restringida por servir a intereses incomprensibles pero palpables), pero el encanto emanando de la voz nos sumía en un éxtasis lánguido que retrasaba cualquier medida, reposaba entre las notas un mensaje arcano que exhalaba en sinestesia un aroma insinuante, se revestía de matices sugestivos y toqueteaba leve los corpúsculos de Vater-Paccini, en una melodía sensorial inmediata, jadeante y susurrante.

El Aro-22 es una de las miles de megaestructuras semejantes a miniuniversos cerrados, inteligentes, sembrados de sensores, con capacidad de autorreparación y rediseño periódico parcial, que se levantan inmisericordes con sus innumerables pisos sobre las secas llanuras aluviales que caracterizan nuestro planeta (era ya antiguo cuando fue colonizado y terraformado a medias), y se hinca con una mezcolanza de estaciones subterráneas de transporte, pasillos de tránsito y maestranza, garajes, depósitos, servicios múltiples, factorías y cubículos hasta dos kilómetros de profundidad; el exterior es un amasijo ciego de nanocables de carbono que se estiran y lo anclan desafiando los vientos, el interior, tras girar sobre sí mismo en un grueso ocho horizontal, se abre en una multiplicidad de terrazas, balcones, cenefas, azoteas, jardines aéreos y baterías de ascensores, sobre dos espacios ovalados que preservan el ecosistema natural, conectados por un pasadizo visible desde ambas orejas y ornado con una escultura trazada sobre roca original y transformada en fuente, mezcla de espuma y roca, aliento pétreo y suspiro acuático, roca que se encuentra sometida a cambios gravitacionales que afectan las masas líquidas coloreándolas y provocando enjambres de figuras sucesivas, que en ocasiones, según un patrón fractal, se organizan en movimiento y relatan un episodio de la colonización del planeta, motivo que se reproduce por lo menos en una pantalla de cada sala, segmento o aposento del Aro-22 representando su genius locii.

Existen androides tan similares a los humanos que devienen indistinguibles, y son excelentes espías, no requieren que les acaricien el ego y se supone que postergan los sentimientos hasta reintegrarse a sus cuarteles; allí, conectados en compañía de sus pares a las matrices de compasión, resuelven sus dudas y borran sus sufrimientos. Rumores diversos afirmaban que el imperio se tambaleaba y cuando, como guarda de seguridad, percibí al igual que mis compañeros que por medio del canto acontecía un proyecto de sabotaje contra las autoridades imperiales, era ya demasiado tarde, el androide que había bajado en ascensor hasta el yermo central apareció en pantalla cantando y girando alrededor de la fuente, con su belleza sobrenatural deslumbrando sentidos y apretando sentimientos, y fue desvistiéndose primero, despellejándose después, para proseguir arrancándose componentes electrónicos, miniválvulas, empalmes, fibras musculares, orgánulos, y aunque la carne relucía, no sangraba y por eso comprendimos qué era, se concentró luego en el cuello hasta que quedó casi aislada la columna metálica que sostiene al cráneo y la laringe, porque seguía cantando, entonces introdujo los dedos en la garganta y desprendió las cuerdas vocales. La voz se apagó y de inmediato con ambas manos quebró el cuello y arrojó en un postrer impulso la cabeza a la fuente antes de derrumbarse exánime sobre la arena.

El canto, mientras duró, exhalaba nostalgia anticipada por lo que siempre ignoraría, enaltecía el anhelo por la libertad que nunca obtendría, destilaba pena por lo irrecuperable que le birlaron, comprendimos que acaecía un suceso significativo que nos tocaba un rincón inexpugnable y muchos lloramos. Tras el acontecimiento me sacudió una hirviente marea de pensamientos y sensaciones, sabía que a partir de allí iba a penetrar en una zona oscura, donde lo desconocido sería habitual, y tendría que recrearme una y otra vez sin confiar en las pautas y categorías con las que sembraba nuestra existencia la estructura jerárquica imperial, que correría riesgos y con un alto índice de ocurrencia perdería la vida, pero la decisión estaba tomada.

Según las estadísticas, sólo en la cohorte de guardas de seguridad que prestábamos servicio en el Aro-22, ciento cincuenta de los quinientos desertamos ese día.


Luís Antonio Bolaños de la Cruz es peruano.

Hemos publicado en Axxón: LA METAMORFA (168)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: NUEVA DIMENSIÓN: UN PEQUEÑO HOMENAJE (188)




Axxón 194 - febrero de 2009
Ilustrado por Valeria Uccelli y Graciela Lorenzo Tillard
Cuentos breves de diversos autores (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Varios temas : Varias nacionalidades).

            

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