¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

I

 

 


Ilustración: Duende

Llueve sobre la ciudad, y mientras observo el agua deslizarse por el cristal, mientras sostengo el pocillo en mi mano, comprendo que estoy soñando. Por unos instantes el descubrimiento me divierte. Observo con curiosidad los detalles de la habitación, que sé mía pero que no reconozco. Es como una representación, un decorado de teatro. Me vuelvo hacia la ventana nuevamente, tratando de recordar qué estaba haciendo en mi sueño antes de contaminarlo con la conciencia de lo soñado. El tiempo y la lluvia fluyen parejos e inasibles. Tras unos momentos de divertida concentración recuerdo que, en mi sueño, estoy esperando a Umiko. La conciencia de su nombre en mis labios, la música de su sonido, los paladeo como un dulce. Pero la sensación de diversión se desvanece cada vez más rápido, cae al vacío con la lluvia. Estoy esperando a Umiko, pero sin embargo soy yo el que viene, y Umiko me espera muy lejos. Si Umiko espera, en la lejanía, que yo regrese, entonces no entiendo qué hago inmóvil, de pie ante la ventana sobre la que el agua se arrastra. Yo no debería estar aquí, yo no debería estar inmóvil. Una aguda sensación de alarma me estremece. Mi mirada se detiene sobre mi mano que no sostiene ya un pocillo, sino un vaso de isomet negro que dice en letras blancas Proteus, y se me pone la piel de gallina al recordar dónde estoy. No debería estar soñando, porque en crio-estasis el tiempo para el cerebro se detiene. No hay sueños posibles. El suelo parece inclinarse bajo mis pies, mientras los lejanos truenos se concatenan en una cadencia veloz y rítmica, el latir desbocado de mi propio corazón despavorido. Quizás ya hemos llegado a casa, quizás la IA médica intenta despertarme. Es en vano consolarme, si estuviéramos llegando estaría en un jardín terrestre con el resto de la tripulación, conversando, así es el sueño de diseño para preparar la mente para el regreso desde la atemporalidad de la estasis. No esta habitación cuyos límites y contornos fluctúan bajo la fuerza gravitatoria de mi propio pánico. Entonces, atraído por el rebullir de mi conciencia, acude mi asistente, mi edecán cibernético: Kitsun. Lo he dotado de una forma amigable, es como un contorno, un animalito ligeramente luminoso, demasiado simple y plano como para parecer real del todo.

—Estoy soñando —exclamo. Afuera, los truenos de mi corazón laten con la lluvia.

—Así es, Milos —dice con su voz asexuada y afectuosa, sintética.

—Quiero saber qué sucede arriba, estoy asustándome —lo apremio.

—La estasis se ha interrumpido, parece que la nave se ha salido de su curso —me indica.

Me llevo las manos a la cabeza en mi sueño.

—¿Dónde está el resto de la tripulación?

No lo sabe, afirma: el firewall cognitivo de la nave no le permite comunicarse con los demás edecanes. No consigo evitar gritar que quiero despertarme.

—No es posible todavía, no estás listo aún. Te desorientarías.

Sé que es trágicamente cierto.

—Debemos esperar, no tengas miedo —dice amablemente.

Es mentira, solamente yo debo esperar. Mi edecán es sólo una IA asistente, un software periférico en los biochips de mi corteza cerebral. Pero habla en plural para que yo no me sienta tan solo en esta nave inmensa, y no puedo menos que sentirme agradecido por su compañía, por su cariño de diseño. Hago un esfuerzo para concentrarme y detener la marea de pánico que me cubre y me ahoga. No logro dominarme, y mi edecán toma el control mediante una simulación.

Estoy en una playa y el sol se pone sobre las dunas, a mi izquierda. Kitsun está a mi lado, brilla débilmente y no proyecta sombra en la arena. Trato de relajarme, con escasa convicción. A medida que el tiempo pasa Kitsun inserta, a mi pedido, las pocas informaciones que logra obtener a través del firewall de la nave. Signos, números y letras flotan a mi alrededor en el aire progresivamente más oscuro del crepúsculo. No consigo hacerme una idea clara de lo que le sucede a la nave, pero estamos desacelerando cerca de algún planeta de tipo terrestre. La etiqueta inteligente del sistema planetario no me dice nada, sólo es un número inútil si no puedo conectarme a la biblioteca de la nave. No hay peor tortura que la incertidumbre, me digo mientras observo las olas simuladas romper sobre la arena simulada. Al fin, Kitsun se vuelve ligeramente hacia mí. Me explica que el firewall de la nave ha levantado el cerco y ahora tenemos libre acceso. Una catarata de símbolos y diagramas se derrama por el aire a mi alrededor y los voy ordenando por importancia a medida que van iluminándose. La red neuronal de la IA navegante está muerta, así que la nave se mueve guiándose sólo mediante los protocolos de emergencia: algoritmos iterativos de decisión con tres IA manipulándolos como timones, programados para buscar una ruta tangente hacia un sistema que contenga un planeta lo más terrestre posible y con el menor compromiso de resiliencia cuántica que sea razonable. El dolor me abrasa cuando intento conectarme con los edecanes del resto de la tripulación: tres de ellos faltan, lo cual indica que al menos uno de los módulos de emergencia ha sido expulsado hace ya once horas. No consigo comunicarme con el módulo y, cuando solicito información sobre su trayectoria y estado, recibo un mensaje de error por toda respuesta. El resto de los edecanes permanece mudo, inmóvil. Un edecán silencioso y estacionario es el símbolo indiscutible de una corteza cerebral muerta. Lloro mientras ordeno la información que sigue cayendo a mi alrededor, sobre la playa ya oscura bajo esta evocación del manto de la noche.

La biblioteca me indica que el cuerpo celeste al cual nos acercamos es un planeta de tipo terrestre con una masa relativa de uno punto doce. Al menos la gravedad no será demasiado alta ni demasiado baja. Pero está en el lugar equivocado, demasiado lejos de una estrella demasiado fría. Me estremezco al pensar en descender en un planeta así. Kitsun recoge de entre la masa de datos aquellos que son críticos para aterrizar. No hay demasiado para meditar: con el neuronavegante quemado, será imposible apartar la nave del control algorítmico de emergencia. Me comunico con la IA central y le solicito despertarme. Se niega, como es natural. Después de tres años en estasis, hace solo cuatro horas que estoy despierto. Hago cálculos junto a Kitsun, frenéticamente, busco mapas topográficos, curvas de aceleración, mientras fuerzo a mis implantes nanomotores a estimular mis músculos para alcanzar la tonicidad plena diez veces más rápido de lo habitual.

Cuatro horas más tarde mis temores se han confirmado: la gravedad del planeta nos ha atrapado en el vórtice de su garganta. Caemos escorados en tres grados a babor, una cifra altísima para una nave del tamaño de la Proteus, me digo, mientras sentado en la playa voy ordenando a mi alrededor distintas instantáneas en vivo del planeta, en radar, infrarrojo cercano y visible. Veo gigantescas nubes moradas de metano y vapor de agua que se arremolinan a velocidades demoníacas. Topes nubosos plateados y veteados de rojo se elevan girando y engulléndose unos a otros. Velocidad atmosférica promedio en la superficie, ciento veinticinco kilómetros por hora. Una superficie ondulada, cubierta de enormes cauces meandrosos y de colinas coronadas de hielo. El ángulo de entrada en la atmósfera es de más de quince minutos de arco. La Proteus, un casco con perfil de crustáceo de más de cuatrocientos metros de longitud que sostiene una pértiga aún más larga con un gigantesco impulsor/traslator de Higgs en la punta, mide en total más de novecientos setenta metros de largo. Aunque nos desprendamos del impulsor y su pértiga en órbita, una nave de este tamaño simplemente se desintegrará en la atmósfera con un ángulo de ingreso tan pronunciado, y así se lo indico al control IA-algorítmico. Me contesta con displicencia que el ángulo es el correcto y que me concentre en los ejercicios respiratorios para la salida total de la crio-estasis. Lisa y llanamente, me está diciendo que me deje de joder. Con Kitsun llegamos a la conclusión de que todavía es posible abandonar la Proteus en el módulo de descenso: según nuestros cálculos, dentro de veinticinco minutos el ángulo de eyección será el óptimo para ingresar a la atmosfera con un vector de entrada adecuado. Más tarde me quemaré, o gastaré una cantidad prohibitiva de carburante en corregir la trayectoria. A nuestro paso sembramos el espacio de satélites-baliza de emergencia dirigidos hacia órbitas troyanas y también hacia órbitas geosincrónicas altas y bajas. Quizás alguna nave escuche su llamada.

Ordeno a Kitsun que prepare mi corional para la salida de la estasis, incluyendo asistencia respiratoria y motriz. Segundos después mi edecán dibuja frente a mí el plan de ingreso al módulo de descenso. Ha ordenado a los servomecanismos que me dirijan desde la bahía de crio-estasis hasta mi nicho en la cabina anti-g del módulo. También comprendo súbitamente que mi corional hace seis horas que ha sido estimulada para entrar en calor y tonicidad. No puedo evitar sonreírme ante la previsión de Kitsun.

Cognitivamente estoy despierto, pero sé que no podría moverme si quisiera. La mayor parte de mi organismo está aún titubeando, consternado. Mientras sigo trabajando con los datos en el módulo de descenso, firmemente anclado en mi nicho, mi corional estimula mi décimo nervio craneal, activando lentamente mi sistema autónomo aún dormido. No necesitaré moverme durante las próximas dos horas, hasta llegar a la superficie: los implantes neuromotrices trabajan contra reloj, preparando mis músculos, mis nervios espinales y mi sistema propioceptivo para el movimiento. A mi alrededor, Kitsun y yo ordenamos imágenes y gráficos y scripts de pilotaje.

Abandonar la Proteus es técnicamente fácil: Kitsun bloquea el firewall cognitivo de la IA central, asegurando mi supremacía sobre la blanda IA del módulo. Algunos símbolos en rojo parpadean en mi retina, pero Kitsun los acalla rápidamente.

Abandonar la Proteus es emocionalmente difícil: en ella quedan los cuerpos sin vida de mis compañeros de viaje, encerrados en una nave que pronto arderá en la alta atmósfera. No he podido despedirme de nadie, más que en mis propios recuerdos. Ojalá que los que fueron eyectados antes sobrevivan.

Abandonar la Proteus es sensorialmente estremecedor. Por encima de mí, la curva de la atmósfera se aplana a pasos agigantados. A pesar de la apretada red tendinosa con la que la corional me protege, a pesar del nicho lleno de fluido anti-g y los aceleradores vectoriales de la coraza, siento la inmensa aceleración empujar mis vísceras hacia mi columna vertebral. La periferia de mi campo visual se oscurece. Detrás de mí, la Proteus se empequeñece y desaparece casi mágicamente. Yo quedo solo, cayendo-subiendo a una velocidad de pesadilla hacia estas enormes torres enruladas y gibosas, que el lejano sol adorna con brochazos de luz ambarina. Kitsun ha recolectado la mayor cantidad posible de suministros con los servos, pero la bodega del módulo de descenso tiene una capacidad muy reducida. Todo lo que pudimos lograr fue desviar lo más posible hacia los módulos de emergencia y programarlos para ser eyectados segundos después de nuestro módulo de descenso. Para el resto debemos confiar en la IA central.

El módulo tiembla, cruje y se estremece mientras caemos por una especie de túnel vaporoso, casi sin vientos cruzados, un largo esófago nuboso, gris, rojo y azul. La tosca IA del módulo pilotea bien, prácticamente no necesita de mis correcciones o comentarios. Va invocando uno a uno los scripts de vuelo, que Kitsun y yo escribimos hace tanto. Mientras contemplo las proyecciones en vivo de la red óptica, me sorprendo buscando entre las nubes algo que vuele, que se mueva, algo vivo. ¿Habrá algo vivo en este planeta, en esta atmósfera, en esta superficie? ¿Por qué me preocupa ahora este detalle, cuando tengo que prepararme para eventualmente morir?

Entre los tres, la IA piloto, Kitsun y yo, elegimos un lugar para descender, un valle bastante plano en el extremo suroeste de una serie de cordilleras bajas que cruzan el ecuador del planeta. Hay fuertes vientos cruzados de superficie y podríamos intentar llegar a otro valle más acogedor que se ve hacia el sur, pero veo un sistema de baja presión acercándose con vientos de trescientos kilómetros por hora, y no quiero arriesgarme a que nos engulla. La nave se estremece al tocar el suelo de grava escarchada. Apagamos todos los sistemas excepto los más vitales para ahorrar energía y prepararnos para el frente de tormenta que ya está sobre nosotros.

La tormenta se hunde bramando sobre nuestro pequeño módulo de descenso, como un inmenso vómito negro y erizado de espuma. El módulo se sacude mientras a nuestro alrededor se alza un turbión de fragmentos de hielo, agua y guijarros. La nave pesa más de doscientas ochenta toneladas, pero aún así la tormenta comienza a desplazarla por el suelo del valle. “Por favor, que no nos demos vuelta”, pienso. Dos horas después las mandíbulas rugientes de la tormenta han avanzado hacia el oeste y sobre nosotros se arrastra su largo y oscuro vientre, preñado de relámpagos. Me siento mortalmente cansado mientras Kitsun me informa que nos hemos salvado por una veintena de metros de quedar sepultados por un flujo de sedimentos. “Si hubiera quedado enterrado, ¿cómo haría Umiko para encontrarme?”, me pregunto, y me quedo dormido.

Duermo sin soñar las cuatro horas que Kitsun me permite dormir. Aunque me llevaría muchas horas de descanso y ejercicios reponerme de la crio-estasis, hay mucho para hacer. Es preciso asegurarse de la correcta función de una infinidad de sistemas antes de ponerse en camino para buscar los restos de la Proteus y los módulos de emergencia llenos de suministros. En primer lugar hago la prueba de salir al exterior con la corional. En este planeta comienza a amanecer.

Mi corional es blanca y roja, brillante como un insecto del verano. De hecho, se parece bastante a un insecto. Una cruza bastarda de insecto y de armadura. Es un traje, un vehículo, una prótesis, un marsupio. Un ser viviente de diseño, acorazado, sin cerebro y sin vísceras, carente de volición, en el cual me introduzco como un parásito para potenciar mis capacidades, mi fuerza, mis sentidos, mi velocidad. Para sobrevivir. Hace tres años ingresamos en nuestras corionales para la crio-estasis, y no parece que pueda salir durante los próximos meses. No me preocupa. No existe lugar más seguro que la propia corional. Es mi hogar en el espacio.

Sin quererlo, recuerdo la última vez que estuve de pie sobre mis propias piernas, en el puente de mando de la Proteus, antes de entrar en crio-estasis. Desnudos por completo, conversamos tranquilamente, nuestras propias voces creando ecos a través del aire frío, aséptico, de la nave. Contemplo sus rostros en mi recuerdo: confiados, sonrientes. La muerte nos espera en tres años, en mil doscientos días terrestres. Nos despedimos sin un abrazo, sin un beso, tal es la confianza en nuestra tecnología, para introducirnos en las corionales que nos esperan, vacías y expectantes, cada una en su nicho de gravedad.

Ahora, mientras amanece en este planeta, salgo al exterior, a la ladera de lo que hemos venido a llamar colina-Alfa. Mis pies (los pies de la corional) se hunden en la arena escarchada del valle. En mi campo visual flotan infinidad de símbolos luminosos y gráficos de valores de presión, temperatura, radiación gamma, dirección del viento, oxígeno en mi sangre, glucosamina fosfato y una plétora de otros imprescindibles mamarrachos. Los aparto con un gesto de mi voluntad, quiero apreciar el color y la textura de este mundo al que he venido a caer.

Altas nubes se yerguen sobre el valle como torres corcovadas. Se me antojan titánicas vísceras flotantes de contornos imperfectos. Grises, rojas, azules, violáceas, anaranjadas. Sus vientres sombríos nos niegan al valle y a mí la luz dorada del amanecer. Algunas intercambian refusilos, como saludos, y se tocan con tímidos tentáculos de vapor.

 

 

No hay posibilidad de que una nave venga a rescatarnos antes de los próximos veinte años. Encontrar y eventualmente rescatar a los tres tripulantes que supuestamente fueron eyectados exitosamente está fuera de discusión: ni siquiera sabemos cuándo o dónde fueron eyectados. Tampoco es posible construir un vehículo para emprender el regreso por cuenta propia: aunque pudiéramos acondicionar el módulo de descenso y escapar a la gravedad del planeta, necesitaríamos un impulsor de Higgs para saltar los centenares de parsecs que nos separan de Proción. Construir uno está absoluta y totalmente fuera de nuestro alcance. En el mejor de los casos, me reencontraré con Umiko cuando ella tenga setenta años y yo cincuenta. No me importa, con tal de volver a verla. Mis padres posiblemente morirán en ese lapso.

He llorado durante horas enteras sin que Kitsun pudiera ayudarme.

 

 

Los restos de la Proteus se desparraman a lo largo de dos mil seiscientos kilómetros de valles, cauces de ríos, colinas y lagunas. Nada hay querible que rescatar ni que buscar. Los cuerpos de mis compañeros son ahora cenizas y vapores dispersos en la alta atmósfera, arrastrados por los vientos y cayendo a la superficie disueltos en la lluvia de metano, agua y amoníaco.

Algunos módulos de carga se han desprendido durante la explosión de la nave y sus balizas de radio llaman a lo largo del continente. Es una auténtica suerte que estén llenos de herramientas y repuestos. Pero más grande es mi fortuna al descubrir junto a Kitsun que la IA de la Proteus ha dedicado sus últimos minutos a asegurar el feliz descenso de la herramienta más preciosa de la ingeniería: las colonias de nanomáquinas en sus grandes contenedores de baja entropía. Nos serán de muchísima utilidad para realizar el mantenimiento interno del módulo de descenso y de mi corional. Hemos recuperado también partes de la Proteus que se han preservado razonablemente. Piezas, partes de servo-mecanismos, celdas de combustible, losas de aislamiento térmico.

Hace una semana que estoy aquí. Pienso en Umiko. ¿Cuántos meses pasarán antes de que sea contactada por un funcionario que le comunique nuestra desaparición? ¿Qué estará haciendo? ¿Estará levantada ya? ¿De qué color será su pelo hoy? ¿Y sus ojos?

 

 

Hay muchas formas de vida en esta mierda de planeta. Algunos son diminutos, como el musgo formado por incontables animales vermiformes que forman enormes colonias aplanadas: parecen césped a franjas, celeste y rojo. Otros, como los que hemos llamado “babosas tortuga”, son muy extraños. Desde las colinas los vi sin saber lo que eran, al principio. Placas hexagonales que brillaban como vidrio negro en la penumbra del valle, tapizándolo casi en su totalidad. Pensé que eran alguna estructura geológica hasta que me acerqué lo suficiente para usar el láser y el radar. Una placa hexagonal de sílice amorfa (obsidiana), secretada en capas sucesivas, quizás etapas de crecimiento estacional. Por debajo, una masa de carne gris y anaranjada tramada de fibras y ramificada por tubos carnosos internos.

Otros, más monstruosos pero de aspecto más familiar, son los gusanos-torre. En una colina (desde ayer colina-Beta) veinte kilómetros al este de colina-Alfa, se alzan altas torres huecas de color negro. La mayoría mide más de cincuenta metros de altura. Más que torres, son enormes chimeneas. De sus bocas elevadas surgen unos enormes órganos en forma de penacho, de un intenso color azul con nervaduras plateadas. Parecen gigantescas flores plumosas. El disco formado por los filamentos ramificados debe tener más de quince metros de diámetro.

Los gusanos-torre son muy interesantes, por tres motivos. En primer lugar, son enormes. Ayer detoné una pequeña carga de termogelita en la ladera de colina-Beta, utilizando luego el sonar sísmico para tomar la lectura. Después Kitsun forzó los datos del sonar en el software de visualización 3D para generar un holograma de baja resolución. Los cuerpos de los gusanos se hunden en el suelo muchas decenas de metros, enroscándose en espiral. La parte enterrada de la coraza tubular tiene enormes espinas dentadas que avanzan en el sedimento como raíces. Estoy cada vez más convencido de que colina-Beta es en realidad un enorme depósito de sedimentos acumulados alrededor de los gusanos, vaya uno a saber durante cuánto tiempo. Lo mismo debe aplicar a las otras colinas coronadas por racimos de torres. Otro punto interesante de los gusanos es su coraza. Para ser un polímero natural basado en redes de carbono, azufre y hierro, está admirablemente sintetizado: daría una lección de diseño a muchos ingenieros de materiales allá en casa. Es extremadamente fuerte y su rango de resistencia térmica es increíblemente amplio. Por último, los gusanos son foto y quimiosintéticos. Utilizan la luz para sintetizar y fijar moléculas a partir de precursores químicos obtenidos mediante uniones amino entre bloques de “sulfo-glúcidos” (no estamos muy seguros de esto, pero Kitsun dice que podemos utilizar el término). Para ello utilizan tanto el metano y el amoníaco de la atmósfera como el azufre disponible en el suelo. La reacción es interesante desde un punto de vista químico, ya que no hay enzimas: moléculas cristalinas “pinchudas” cambian de estructura catalizando las reacciones o inhibiéndolas de acuerdo a valores umbrales de energía de ionización. Para un organismo terrestre sería imposible utilizar esta vía metabólica, pero aquí funciona admirablemente. Hay algo más: los gusanos-torre más grandes obtienen cantidades cuantiosas de energía mediante el simple procedimiento de atraer los relámpagos durante las tormentas. Lo hemos visto en la segunda semana en este planeta. Esa vez opté por quedarme afuera durante la tormenta, quería saber que ocurría con las frágiles cabezas empenachadas de los gusanos. Como habíamos supuesto, ni bien comenzó a arreciar el viento, el gusano comenzó a plegar sus largos tentáculos plumosos rápidamente, como una asustada anémona de diez mil toneladas. Al hacerlo quedó al descubierto el dorso del gusano, recamado de escamas blindadas del mismo aspecto que la coraza tubular. Algunas de estas escamas tenían espinas retráctiles muy largas y finas, de modo que al enrollarse la cabeza tentaculada sobre sí misma se alzaron las espinas, muy altas en medio de la ventisca. Antes de que comenzara la lluvia de agua y amoníaco ya sabía qué iba a suceder: los relámpagos distantes rápidamente convergieron hacia colina-Beta. Hubo un fulgor y una larga hebra luminosa restalló entre la punta de una de las espinas y el vientre color cobalto de la tormenta. La onda de choque sónica e instantánea del trueno me sacudió como a un muñeco de trapo, a pesar de la protección de la corional. Aún no sabemos cómo almacenan esta energía, a menos que sea en los depósitos corporales de “grasa cristalina” que hemos detectado con el escáner sísmico.

 

 

Hoy he tenido otro breve episodio de rabia y desesperación. Lloré y grité golpeando la arena negra con los puños blindados de la corional. Kitsun logró controlar mi pena después de un rato hablándome de nuestros planes inmediatos. Luego dormí varias horas seguidas, por primera vez sin soñar con el naufragio de la Proteus.

 

 

A veces temo que Kitsun pueda tomar el control de mi gestalt cibernética, como lo hizo antes al despertar yo de la crio-estasis. Una vez me sugirió que una alternativa a nuestra situación era utilizar partes recuperadas de la Proteus y el módulo de descenso para armar un refugio, celdas de combustible nano-recargadas para asegurar el soporte vital y luego ponerme a hibernar dentro de la corional. Los modelos predictivos elaborados por Kitsun prevén un funcionamiento ininterrumpido de la crio-estasis durante doscientos cincuenta años como mínimo, muchísimo más del tiempo necesario para que la emisión de Planck modulada de las balizas llegue hasta Proción y una nave de rescate venga a buscarme. Yo también estuve elucubrando una idea similar, pero en mi versión del plan yo permanecería en semi-consciencia. Kitsun me explicó con paciencia que permanecer en estado cognitivo no-somático por más de cinco años ininterrumpidos me volvería psicótico. ¿Qué tal si Kitsun me pone a dormir y me trae al estado cognitivo unos meses cada cierto tiempo, por ejemplo cada diez años? No es posible: la estructura de mi conciencia se deterioraría al tomar cuenta del tiempo transcurrido en ausencia de la parte somática del yo. Sé que es dolorosamente cierto: en sueño lúcido cibernético, pacientes terminales, millonarios excéntricos y ciberadictos se han vuelto psicóticos después de tres o cuatro años de gestalt simulada continua. Sin embargo, esperar completamente dormido me aterroriza. ¿Y si la nave de rescate nunca llega? Yo permanecería dormido interminablemente en mi refugio devenido ataúd. Dormir así, sin actividad cortical, sería como morir durante cien años esperando que vinieran a resucitarme.

 

 

Hoy encontramos otro de los contenedores de nanomáquinas en la larga playa de un lago de agua y metano. Los alrededores están tapizados de babosas-tortuga, planarias-musgo y en las cimas cercanas hay gusanos-torre de cien metros de altura.

Me descubro, sin proponérmelo, recordando parte del entrenamiento. La primera vez que uno usa la corional. La corional recicla absolutamente todo, es una matriz biomecánica, una placenta sintética dotada de miembros y de una coraza completa de polímero sembrado de titanio y oro. Las heces, la orina, el sudor. Todo es metabolizado, digerido, reciclado. El líquido LCF te rodea, impregnándote: está saturado de linfocitos de diseño. Uno de los aprendizajes más arduos es relajar los esfínteres. Casi tan arduo como aprender a integrar la información térmica y de radar en el campo visual, o como aprender a valerse con seis miembros. Aprender, otra vez, a cagarse y mearse encima. La primera vez que realizamos una actividad de más de doce horas seguidas, me descubrí aguantando las ganas de cagar durante horas, sin darme cuenta. Caer en la cuenta que el agua fresca que uno bebe de la boquilla carnosa es agua reciclada de la mierda y la orina de unas horas antes no es gracioso. Cada vez que lloro de tristeza y soledad, la corional recicla mis lágrimas, por supuesto. Me las da a beber algunas horas más tarde, y no saben a nada en especial.

 

 

Hoy Kitsun volvió a proponerme entrar en crio-estasis. Dijo que era la mejor opción para mi estabilidad psíquica y para una mejor utilización a largo plazo de nuestros limitados recursos. Su razonamiento es impecable, sin tacha: la probabilidad de que una nave de rescate llegue antes de que pasen veinte años es casi computable en cero, y toda actividad mientras tanto es casi inútil. Sé también que piensa que me voy a volver loco, pero realmente la perspectiva de dormir veinte años o más como un cadáver me aterroriza. Sé que Kitsun estaría a cargo, pero eso no es suficiente. La última vez que entré en crio-estasis desperté en una nave que zozobraba y todos mis amigos habían muerto. Lo siento mucho, pero no otra vez.

Un ángulo especialmente perverso de la situación radica en el hecho de que ni siquiera es necesario volverme loco por completo: tan sólo es necesario un deterioro cuantificable de mis capacidades cognitivas, prefigurando el desmoronamiento ulterior de mi conciencia, para que Kitsun tome el control y me ponga a dormir.

Los enormes depósitos de grasa cristalina, justo debajo de la coraza, son las baterías que utilizan los gusanos-torre para almacenar la energía de los relámpagos.

 

 

Necesito desterrar a Kitsun de mi corteza cerebral. Sé cómo hacerlo. Hace mucho tiempo el neurólogo de la Proteus me confió el secreto, violando todos los cánones de seguridad. Sólo tengo que agregar un símbolo de detención al inicio de una cadena en un controlador oculto que ni siquiera Kitsun conoce. Le tenderé una trampa para dejarlo encerrado en el módulo de descenso. Como todavía no me he vuelto loco, no sospechará nada de mí.

 

 

Todo ha salido bien y ha salido mal a un tiempo. Logré convencer a Kitsun de conectarse con la IA del módulo de descenso simulando haber aceptado su propuesta de dormir. Estaba tan ocupado que no detectó a tiempo el subprograma que puse en marcha luego.

—Has cambiado la configuración de tu firewall cognitivo, ¿por qué? —dijo, tras un silencio.

No contesté nada. El esfuerzo de mantener la mente en blanco para que no pudiera leer en ella mi recuerdo programando la nueva configuración me hacía transpirar. El panel de estado me revelaba que cantidades importantes de datos estaban siendo copiadas de mi perfil neural por el entorno de antenas del módulo. No tenía tiempo de explorar qué datos estaba copiando Kitsun tan frenéticamente. El segundo protocolo del script entró en operación: ya no podía detenerlo. La cortisona, por las nubes.

—Has mentido, no quieres la estasis. Estás borrando mis archivos de registro. No sé cómo lo has logrado. Si continúas, no podré sincronizar más mi yo actual con el de tu corteza cerebral.

Algunos símbolos rojos titilaron en mi campo visual. El pulso se me aceleraba, espoleado por una subida drástica de adrenalina. Miedo puro. La voz dulce y asexuada continuó su sermón.

—Milos, no lo hagas. Tu conciencia comenzará a deteriorarse muy pronto si no entras en crio-estasis y no podré ayudarte. La gravedad de la situación será demasiado para tu yo y el miedo y la soledad te volverán inestable. No podrás tomar buenas decisiones.

Ahora estaban aislados. Dos Kitsuns, uno en el módulo de descenso y otro en los biochips de mi corteza cerebral, mudo e inútil. Listo para ser suprimido. El sudor me corría por el cuerpo y los sistemas de control fisiológico de la corional luchaban para someter mi corazón desbocado. El algoritmo final del script se puso en marcha, borrando mi copia cortical de Kitsun. Ahora era libre. Una proyección holográfica de Kitsun apareció en el puente del módulo, frente a mí.

—Milos, no entiendo lo que has hecho ni cómo lo has hecho. Tu psique está al borde de la fractura.

Me animé a hablar. El corazón me latía como un tambor, aunque ya estaba serenándome.

—No me interesa. No voy a dormir como un cadáver durante cien años esperando la nave de rescate. Permaneceré despierto, lúcido y lo más ocupado que pueda. No es imposible. Puedes ayudarme y aconsejarme, pero no puedes oponerte ni obligarme a hacer lo que no quiero.

—No puedo aplaudir tus planes ni colaborar con ellos. Tu decisión se basa en el miedo y lo sabes. Deberías atender a mis planes porque son elaborados con el fin único de asegurar tu integridad física y psíquica. Ese es mi propósito primario y me es imposible apartarme de él. No puedo decir otra cosa.

Por supuesto que tiene razón. Absolutamente, la tiene: mi decisión está basada en el miedo. Pero yo tampoco puedo apartarme de mi propósito.

Kitsun pareció inmovilizarse un instante. Su figura simplificada de mascota fulguraba en la penumbra del puente de mando del módulo. Luego dijo:

—Tus decisiones están motivadas por el miedo, son irrazonables y peligrosas. Mis decisiones son racionales, justificadas y motivadas por tu bienestar. No te permitiré acceder a los recursos disponibles. Deberás plegarte a mis consejos tarde o temprano.

Mientras decía esto, vi con claridad cómo cambiaba a rojo el color de los indicadores luminosos del puente de mando. Comprendí mi ceguera y corrí hacia el cuarto de herramientas. No pude abrirlo: Kitsun controla el módulo y todo lo que hay en él, incluyendo herramientas, repuestos, celdas de combustible y contenedores de nanomáquinas. Ha bloqueado mi acceso a todos los recursos. Su contraataque es eficaz y devastador. Destrozó mis planes como una maza aplasta una nuez.

Logré escapar del módulo forzando la esclusa, aterrorizado, desesperado, oyendo tras de mí la voz calma pedir afectuosamente que cambiara de parecer. Sólo pude salvar algunas pocas herramientas y repuestos.

He llorado un largo rato, enloquecido de frustración, rabia y desesperanza. He gritado hasta desgañitarme, mi voz amortiguada por los tejidos protectores de la corional. He desmoronado media ladera de colina-Beta a golpes, como un animal enloquecido. Kitsun ha ganado. En tres semanas la corional se quedará sin energía y tendré que someterme a Kitsun con la cabeza gacha. Me pondrá a dormir, convirtiéndome en un cuerpo inerte a merced de cualquier fallo algorítmico.

Una tormenta azotó el valle luego. Tuve que cavar un pozo en la ladera de la colina para guarecerme.

 

 

Ha pasado otra semana. Por momentos caen nevadas de metano y agua amoniacada. Deambulo por el paisaje tratando de alejarme de Kitsun. Anteayer escuché encenderse los motores del módulo. Estoy muy deprimido y asustado.

 

 

Hay esperanzas. Hoy bajé por un valle estrecho siguiendo un cauce bastante tranquilo. El agua arrastraba hielo de agua y metano sucio de compuestos orgánicos, azul desleído y rojo. En un meandro abandonado y convertido en laguna detecté una señal de radio muy débil. El radar me mostró la esquina de un contenedor oblongo asomando del fango del fondo. Es una caja de baja entropía intacta enterrada.

Sacar la caja del fondo de la laguna me ha llevado muchas horas y un esfuerzo increíble. La población de nanomáquinas parece estable. Voy a introducir un subprograma de control y otro de bloqueo inmunitario para evitar que Kitsun se apodere de ellos usando enlace por microondas.

Las nanomáquinas han respondido bien a los subprogramas que inserté en su memoria colectiva. Puedo arriesgarme a introducir la población en los tejidos de la corional, convirtiéndola en una fábrica-herramienta ambulante. Mi primer cuidado fue utilizar los nanos para una jornada de mantenimiento minucioso de la corional.

 

 

Kitsun me vigila de cerca: he visto al módulo despegar varias veces y sobrevolar el paisaje manteniéndose a diez o doce kilómetros de mí. Puede perseguirme por el planeta entero hasta que me canse, tiene recursos prácticamente ilimitados. Yo debo ser más cuidadoso con mis recursos: no puedo usar indiscriminadamente mis nanomáquinas para recargar la corional, a riesgo de someter la estructura de las celdas de combustible a un desgaste muy peligroso.

 

 

Ayer fue un día épico, esforzado, lleno de riesgos y logros. Un día feliz. Debo anotarlo. Extraje energía directamente de los cúmulos de grasa cristalina de un gusano-torre mediano. Esperé una tormenta, lo cual no representó mucho esfuerzo en este planeta, y escogí para acechar un gusano no demasiado alto. Detoné una pequeña carga de termogelita y el escáner sísmico me indicó que la coraza tenía menos de treinta centímetros de grosor alrededor de los depósitos de grasa. Dos días antes había utilizado los nanos para su primera tarea de industria. Me llevó un día entero de diseño con ayuda del software de ingeniería, pero al caer la noche había fabricado una larga púa retráctil de grafeno hiperconductor de casi un metro de longitud. La púa se aloja en uno de los brazos secundarios de la corional, ahora modificado, y está conectada mediante filamentos de baja inductancia con las celdas de combustible. Gracias a los nanos y a los algoritmos de ingeniería todos estos añadidos son internos: el escudo de la corional no ha sido tocado en lo absoluto.

Mi objetivo era utilizar el láser de neodimio-ytrio para perforar la coraza del gusano y luego hundir la púa en la grasa cristalina. Como tenía control por inducción de la base de la púa, podía elegir cuánta energía dejar pasar a las celdas. No es mi objetivo esquilmar a los gusanos, tan sólo “cosechar” energía eléctrica cada tanto.

La tormenta se desparramó sobre nosotros y el gusano plegó su cabeza empenachada. Los relámpagos azotaron sus antenas y yo trepé por la ladera bajo la lluvia hasta la pared de la torre. Me acerqué y apliqué el haz de láser en el punto que previamente había marcado. El láser horadó con rapidez: la coraza en los alrededores del agujero se calentó al rojo naranja. Sentí la carne del gusano estremecerse por el calor, la sentí como una poderosa vibración en la torre y en el suelo, como un trueno distante. Cuando el agujero estuvo listo hundí la púa, atravesando gruesas capas de tejido conectivo hasta llegar a la grasa. La barra de progreso que había programado se encendió en mi retina y empezó a llenarse y volverse verde. Todo fue bien y al terminar retiré la púa. El gusano sangraba por la herida y me dio pena, así que busqué una piedra del tamaño de la perforación para taparla. La próxima vez utilizaré el láser con más cuidado, tratando de cortar una tapa que pueda ser colocada en su lugar de nuevo.

Los gusanos se reproducen mediante semillas voladoras que lanzan a la alta atmósfera de algún modo. Lo he descubierto hoy, cuando algunas han caído a mis pies. Se hincan en el suelo utilizando una púa estriada en espiral, como si fuera un barreno.

Kitsun sigue acechándome desde lejos. Varias veces ha intentado establecer comunicación conmigo, pero el cerco electromagnético EM que he activado después de modificar las antenas de radio se lo ha impedido. Si pudiera construir un arma de pulso electromagnético, entonces podría matarlo.

Estoy criando un retoño de gusano. Me interesa su coraza. He investigado algo más de su sistema de información genética y comenzado a hacer algunos ensayos en sus moléculas hereditarias utilizando sondas de nanomáquinas. Son organismos muy resistentes.

Cada vez pienso menos en la Tierra y en mis seres queridos.

Veo fuegos fatuos, azules y temblorosos, en la lejanía.

 

 

Han pasado dos años y Kitsun no deja de acecharme. La coraza de la corional ha comenzado a degradarse, seguramente a consecuencia de lo áspero del clima. Demasiado amoníaco y metano. Demasiado hielo y arena arrastrados por la tormenta. He hecho mejoras en los genes de mis retoños de gusano-torre: puedo hacerlos crecer bajo la forma que yo quiera. He sembrado, a lo largo del paisaje, muchos de ellos con formas caprichosas. Son como esculturas vivientes. He visto a Kitsun inspeccionarlos detenidamente cuando estoy lejos, lo cual me causa mucha risa. También he logrado mejorar las propiedades de la coraza de estos gusanos, introduciendo algunas variantes en la microestructura de las fibras de carbono y dispersando átomos de oro a lo largo de las fibras.

Hoy registré el primer mensaje de alerta del sistema inmunitario. Un organismo microscópico incrustante superficial fue supuestamente repelido con éxito. Estoy preocupado. Con la red óptica observo en detalle el sitio de la incrustación, en el flanco. Una red de filamentos azules y finísimos que se hincan en la armadura. La sonda de ultrasonidos muestra la verdad: filamentos que trascienden la pesada armadura hasta el músculo siliconado. Debe ser algún tipo de parásito u organismo parecido al liquen. Si tan sólo pudiera reemplazar la coraza cada vez más deteriorada de la corional por una coraza nueva de gusano…

 

 

El experimento ha resultado satisfactorio: puedo cultivar tejido de gusano entremezclado con los tejidos de la corional. Sólo necesito inducirlo a secretar coraza.

 

 

Me he deshecho de esa coraza inútil y tosca. Ha sido una renovación, un renacimiento, una ecdisis triunfante. Mucho más. He sintetizado nuevos músculos a partir de los genes estructurales del gusano, más rápidos y potentes que los músculos originales de la corional. Los he potenciado mediante un nuevo neurotransmisor de diseño. Ahora soy más grande, más rápido, más fuerte. Que Kitsun me tema.

El poder que me confiere la combinación de la ingeniería de nanos y los genes de gusano-torre es mágico, casi ilimitado. He aumentado aún más mi estatura y mi fuerza. He sembrado la nueva coraza de multitud de biosensores increíblemente sensibles. He desarrollado nuevos miembros. Pero necesito expandir la interfaz neural, la matriz de conexión entre esta nueva corional amplificada y mi sistema nervioso tan limitado en su motricidad. Necesito nuevas conexiones. Mis nuevos sentidos necesitan ser percibidos de nuevas maneras.

Tengo hambre. Necesito comer. Fantaseo con masticar algo jugoso y crujiente al mismo tiempo, y la sensación imaginada de cerrar las mandíbulas sobre un trozo de carne me hace estremecer como un ataque de fiebre. Si pudiera desarrollar un sistema digestivo aunque más no fuera sencillo y primitivo…

 

 

Algunos animales de este planeta se defienden bien. Pero no pueden contra mi fuerza y mi velocidad. He aprendido mucho de ellos.

 

 

Toda el agua va hacia el mar. Sé que en este planeta hay un océano de agua y metano. Debo encontrarlo, debe hervir de vida de todas las formas y colores. Lo sé.

Ya no duermo.

 

 

Interrupción en el archivo de registro

 

 

Aguas llenas de vida insaciable y devoradora. Miles de colores y de formas. Cintas y tentáculos y lenguas, membranas pulsantes, apéndices de carne articulada, miembros coronados de ojos luminosos. Epidermis translúcidas acorazadas, cilios imbricados, genitales encefálicos, extremidades tacto-visuales. Habilidades inabarcables, feroces, inenarrables.

 

 

Fin del archivo de registro

 

 

 

II

 

 

Emisión de radio registrada por la nave UNF-341 Garuda al aproximarse al sistema planetario NH-9554. La etiqueta inteligente de registro de la emisión de radio dice “IA Asistente personal K-tsun-3”. Sigue un número de serie de 23 cifras.

 

 

Han pasado tres años desde el naufragio de la Proteus. He seguido a Milos por todo el planeta, infructuosamente. El escudo electromagnético que ha levantado me impide acceder a su interfaz neural y comunicarme con él. Ni siquiera puedo enviarle una señal o atraer su atención de algún modo.

Ha encontrado la manera de extraer energía eléctrica de los organismos en forma de torre. Utilizando el módulo de descenso como plataforma móvil monitoreo sus actividades.

 

 

Está usando las nanomáquinas para experimentar con los tejidos y órganos de los organismos-torre. Hace varios meses que se ocupa sólo de esa tarea. Los satélites-baliza informan que no han sido consultados por Milos desde hace muchas semanas. Existe la posibilidad de que, absorbido por sus autoimpuestas tareas cotidianas, esté comenzando a perder de vista sus prioridades a largo plazo: regresar a la Tierra junto a sus seres queridos.

 

 

Las organismos modificados que Milos ha cultivado a lo largo de muchos centenares de kilómetros son intrigantes. Su grado de modificación, e inclusive de optimización, tanto a nivel celular como de tejidos, indican que Milos ha llegado a un entendimiento profundo y acabado acerca de la biología de estos seres. Sin embargo, aún me resulta difícil entender el propósito de sus experimentos.

 

 

Seis meses más. Las evidencias indicando que Milos intenta injertar en su corional tejidos cultivados de organismos nativos son abrumadoras. Su objetivo es indudablemente lograr la autonomía absoluta e independizarse de los recursos que están bajo mi control: energía y repuestos. Si obtiene resultados satisfactorios perderé toda posibilidad de mediar en sus decisiones.

No queda otra opción: los resultados de los algoritmos de decisión indican que debo estudiar el perfil neural de Milos, que logré copiar segundos antes de que me desterrara de sus biochips corticales, en busca de estructuras emocionales que puedan ser utilizadas para influir en su comportamiento.

 

 

Otros seis meses. He encontrado la corional original, o al menos lo que queda de ella, desgarrada y abandonada al borde de un arroyo. Todo el sedimento alrededor estaba pisoteado, revuelto y cubierto de fragmentos de tejido epidérmico muy extraño, que estoy analizando mientras tanto.

 

 

He logrado encontrar a Milos después de seis horas de mapeo térmico intensivo del terreno utilizando los satélites baliza como una red de exploración topográfica. Su nueva corional construida con tejidos modificados de organismos nativos es enorme y sólo vagamente antropomorfa, aunque increíblemente veloz. Se mimetiza con el terreno. Es como un gigantesco animal de presa que se alimenta a medias de la energía que extrae de los organismos-torre y a medias de otros organismos a los cuales ataca y devora. Ha desarrollado un sistema digestivo rudimentario que le permite obtener elementos esenciales de la carne de estos organismos. He recolectado y analizado uno por uno los enormes excrementos que ha expulsado, estudiando el cambio gradual e inexorable en sus capacidades de asimilación. Las primeras deyecciones estaban llenas de piezas esqueléticas de sus presas, pero la cantidad se ha reducido hasta desaparecer casi completamente: de algún modo ha hallado la manera de asimilar y aprovechar también los tejidos esqueléticos.

Tendré que comenzar a introducir modificaciones en el módulo para adaptarlo a mis crecientes dificultades. De otro modo, rápidamente quedaré en situación de total desventaja con respecto a la nueva tecnología orgánica de Milos. Aunque represente un riesgo potencial con respecto a mis planes a largo plazo, me veo en la necesidad de utilizar las reservas de nanomáquinas para realizar tareas masivas de ingeniería.

 

 

Milos ha desaparecido. No he logrado encontrarlo después de trescientas horas de mapeo ininterrumpido del planeta entero.

He acometido la transformación del módulo de descenso en un robot volante lo suficientemente veloz y potente como para dar alcance a Milos. Mi idea es utilizar este robot como soma para mi conciencia cibernética, residir en este vehículo como si fuera un cuerpo. No he descartado la idea de seguir el ejemplo de Milos y utilizar tejidos cultivados de organismos nativos para desarrollar uno o más robots orgánicos.

 

 

Han pasado dos años terrestres desde que vi a Milos por última vez. Después de varios ensayos fallidos, he logrado desarrollar una pequeña flota de robots voladores orgánicos y autónomos para buscar a Milos. Las posibilidades estructurales de los genes de los organismos nativos son notables.

Algunas de las configuraciones emocionales que hallé en los recuerdos de Milos pueden ser de gran ayuda, si logro utilizarlas de una forma eficaz. Algunas figuras de autoridad casi indiscutible, como su padre, podrían serme útiles para revertir el actual estado de deterioro de su conciencia.

 

 

Mi enjambre de pequeños zánganos ha encontrado a Milos después de varios meses de búsqueda. Por alguna razón, ha escogido habitar en las profundidades del vasto océano de agua y metano que circunda este único continente. Esporádicamente emerge y deambula por las playas. Hace tres semanas logré verlo personalmente: ha crecido muchísimo y tiene un aspecto aún más temible que antes. Su armadura tegumentaria está cubierta de cicatrices de todos los tamaños, nuevas y viejas. Incluso uno de sus brazos secundarios tenía el aspecto de haber sido regenerado por completo. En el océano se ha encontrado evidentemente con formas de vida sumamente peligrosas.

El escudo electromagnético que emite me impide sondearlo, así que no poseo información actualizada acerca del estado de su conciencia. Sólo puedo realizar conjeturas a partir de su comportamiento. Algunos de sus gestos siguen siendo notablemente humanos, como sentarse en la playa sobre sus ancas y abrazarse las rodillas, o desperezarse. En una oportunidad construyó una tosca pirámide o cono en la playa, utilizando guijarros. Es la actividad más humana que le he visto hacer en los últimos tres años de observación. Desde la distancia he tratado de comunicarme con él varias veces por medios de señales luminosas y sonoras. Todo en vano. He puesto en su camino una placa de cerámica de la Proteus donde he grabado el nombre de la nave y de todos sus tripulantes, resaltando el suyo. He tenido cuidado de colocar la fecha. Pero ha olfateado e inspeccionado el objeto como si fuera un animal, dejándolo abandonado después de unos instantes de atención.

Si no logro atraerlo de nuevo a la conciencia, el futuro es tétrico: mis modelos predicen una pérdida absoluta e irreversible de la condición humana dentro de los próximos años.

 

 

De a poco he logrado construir un mapa de sus territorios. Pasa la mayor parte del tiempo bajo el mar, especialmente durante la temporada de tifones invernales. Pero sale con frecuencia, generalmente en los mismos puntos de la costa continental. Casi todos son bahías tranquilas, ahora monitoreadas constantemente por los satélites.

Nota al margen: he comenzado a modificar mi cuerpo robótico por medio de la introducción de partes orgánicas, con dos propósitos: el primero, facilitar la comunicación con mis robots orgánicos; en segundo lugar, quizás la utilización de medios biológicos de comunicación me permita entablar contacto con Milos más fácilmente.

 

El ensayo de atraer su atención con marionetas holográficas ha sido un fracaso estrepitoso. Envié una holo-proyección de una IA de diagnóstico caracterizada como Garin, el difunto capitán de la Proteus. Milos simplemente la ignoró y pasó a través de la proyección, como si no la percibiera en absoluto. Intentos subsiguientes utilizando representaciones de toda la tripulación han recibido el mismo trato indiferente. Incluso organicé un desfile, una carrera y una escena trágica donde sus antiguos compañeros, heridos y sangrando, acudían en masa a pedirle ayuda de rodillas. Nada.

Sin embargo, se ha fijado detenidamente en mis zánganos rastreadores. Ayer derribó de un manotazo uno que volaba demasiado cerca y lo devoró acto seguido. Lo cual significa que es posible atraer su atención utilizando seres tangibles. Nota al margen: observar la destrucción del zángano me ha llenado de un extraño sentimiento, cierta sensación apremiante o impulso de intervenir para evitar ese desenlace. Es extraño.

Quizás pueda utilizar una carnada viva para introducir nanomáquinas bajo mi control en su organismo.

 

 

Fracaso absoluto. Su escudo electromagnético es tan potente que blanqueó la memoria colectiva de mis nanomáquinas nada más entrar la carnada dentro de su alcance. Necesito un escudo igual de potente para contrarrestar el suyo. Aunque no es difícil construir uno, no puedo hacerlo lo suficientemente pequeño como para que quepa en un zángano; necesito un vehículo más grande. Mucho más grande. Comentario al margen: he vuelto a sentir ese extraño apremio por evitar la destrucción del zángano-carnada.

 

 

He realizado el primer ensayo con marionetas guiadas por microondas. Otro fracaso, aunque he cosechado algunos avances colaterales. Construí un títere orgánico utilizando genes de diseño. Le di forma humana, concretamente la del capitán Garin (nuevamente). Inclusive organicé la epidermis de la criatura para que imitara el uniforme de la Proteus. Tenía un escudo electromagnético no muy fuerte incorporado, lo suficiente como para que el escudo de Milos no interfiriera demasiado en mi manejo.

Hice que la marioneta se aproximara caminando a Milos y lo saludara educadamente hablándole en spanglish. Milos acababa de salir del océano, sujetando los despojos de un enorme animal marino translúcido, y se acuclilló en la playa de la bahía a roerlo. Cuando vio a “Garin” soltó su presa y se inclinó para examinarlo más de cerca. Nuevamente volví a sentir ese extraño impulso de intervenir. Empezaba a haber algo de interferencia: el escudo de la marioneta estaba siendo desbordado. Hice que “Garin” le hablara, llamándolo por su nombre. Milos permaneció inmóvil un instante. Luego abrió sus mandíbulas y aulló. Es el primer sonido que le escucho emitir desde que huyó de mí. Fue un sonido fuertísimo, un alarido o bramido de altísima potencia. Es subjetivo afirmarlo, pero parecía a la vez un rugido de rabia y de temor. Se abalanzó contra la criatura. No me dio tiempo a hacer que la marioneta huyera, ni hubiera podido hacerlo: cuando estuvo a menos de diez metros su escudo electromagnético desbordó completamente el mío y la marioneta quedó librada a su suerte. Sólo alzó los brazos cubriéndose la cara. De un manotazo Milos la despedazó contra el suelo. Luego comenzó a correr alrededor rugiendo. Pero no la devoró, ni siquiera volvió a tocarla. Anduvo correteando por la bahía, al parecer muy inquieto. Sólo regresó a sus actividades luego de un acto insólito: dio sepultura a la marioneta erigiendo encima un grosero túmulo de guijarros. Este acto trascendentalmente humano me indica que éste es el camino correcto para sacar a Milos de su estado de animalidad.

Los correlatos del experimento son variados. En primer lugar, es necesaria una mayor potencia del escudo. Los biosensores de la marioneta me han dado también algunas aproximaciones de ciertas variables biométricas. Dentro del cuerpo de la bestia pulsan órganos de inusitado tamaño. Las señales electromagnéticas de estas pulsaciones contribuyen al escudo. Otra fuente de señales es también el propio encéfalo de la corional. Pude medir algo del retardo entre las fluctuaciones de la parte neural del escudo y los impulsos motores de los miembros de Milos durante los segundos previos a la muerte de la marioneta. Los patrones indican que la transmisión de señales entre el cerebro y los nervios motores es extremadamente coordinada, sin saltos ni evidencias de sistemas de corrección. Esto puede indicar dos hipótesis, no necesariamente excluyentes: Milos ha desarrollado un nuevo sistema de enlace neural sumamente efectivo y/o Milos ha sufrido una fusión al menos parcial de su sistema nervioso con el cuerpo bestial que lo aloja, hipótesis que me parece terrorífica.

Algunas consideraciones acerca de mi propio estado. La sensación de urgencia y necesidad de intervenir que me invadió al ver morir la marioneta de Garin fue tan fuerte que sólo puedo etiquetarla con adjetivos humanos como “temor” o “angustia”. No es simplemente una sensación de responsabilidad ante mis inventos. Intuyo que puedo estar comenzando a experimentar hacia mis creaciones lo que los humanos llamarían “afecto”. Al menos de forma muy rudimentaria.

 

 

Fracaso otra vez, aunque teñido también de logros menores. Definitivamente estoy experimentando emociones afectivas que podrían nublar en un futuro cercano la racionalidad de mis decisiones. ¿Será la influencia de mi cuerpo progresivamente menos mecánico y más biológico? La experiencia fue decididamente traumática, en un doble sentido: tanto por la reacciones de Milos como por las mías propias.

Construí, como tenía planeado, otra marioneta, más grande y fuerte. Un títere de carne controlado a distancia. El término no resulta apropiado, en realidad. He hallado otro mucho mejor en las bibliotecas semánticas humanas: gólem. Lo que construí, o mejor dicho gesté, crié, fue un gólem orgánico. De gran tamaño, aunque no tan enorme como el propio Milos. Con el aspecto de su padre. Una imagen del perfil psíquico de Milos me resultó especialmente elocuente. La subjetividad perfectamente diáfana de sus percepciones infantiles me abruma y tengo que esforzarme para evitar un éxtasis de adjetivación. En el recuerdo, un Milos de diez años de edad juega en el mar con las olas enormes. Su padre, a la distancia, lo vigila. Cuando el niño se aventura en las aguas con demasiada temeridad, el padre lo llama. Primero suavemente, con más severidad a medida que pasa el tiempo y el niño no obedece. Finalmente el padre se introduce en el mar tras él, en el momento justo: una ola monumental envuelve a Milos y lo derriba. Sus brazos y piernas infantiles, enredados e inútiles frente a la fuerza del agua, se agitan vanamente. El brazo nervudo de su padre entra en el agua, lo toma y lo levanta en vilo, regresándolo a la luz incandescente del sol. El niño está aturdido por sentimientos confusos. Temor ante la ola, alivio de ser rescatado, gratitud hacia su padre, temor ante su furia.

El gólem era muy parecido al padre de Milos. Un enorme hombre semidesnudo, musculoso y bronceado. Lo hice caminar por la playa con decisión, dirigiéndose hacia Milos que, acuclillado frente al mar, mordisqueaba el pellejo desgarrado de una de sus presas. El gólem lo llamó por su nombre, con voz potente. Milos, o la bestia que lo aloja, giró la cabeza bruscamente ante el llamado. Sin dejar de gritar su nombre, el gólem llegó hasta él y lo tomó de uno de sus brazos. Ante el contacto Milos vaciló, observó la mano bronceada y humana que se apoyaba con firmeza pero sin agresividad en su brazo bestial y luego miró al gólem de su padre directamente a los ojos. Por un momento tuve esperanzas, mientras hacía que el gólem le hablara de la Tierra, de sus seres queridos y de estar preparado para emprender el regreso muy pronto. Pero mis esperanzas fueron prematuras. Milos saltó hacia atrás con un rugido bestial: con un solo golpe lanzó al gólem por los aires. La interferencia creció bruscamente y tuve que acercarme mucho para mantener el control de la criatura. Pero Milos no le dio tiempo a incorporarse siquiera. De un brinco estuvo sobre la figura de su padre y de un zarpazo furioso lo abrió en canal desde el rostro hasta el abdomen. Hubo un estallido de carne desgarrada, una explosión de icor sanguíneo y el gólem cayó inerte sobre la grava.

Todo se volvió confuso para mí en ese momento. Sin saber para qué, salí de mi escondite tras los cerros y volé hacia la playa, hacia el cuerpo ya muerto de mi creación. Fue un acto inútil e irreflexivo, pero actué de forma instantánea. Milos aullaba y rugía junto al cadáver, brincando y aporreando el suelo en un frenesí de rabia y, con seguridad, de miedo y confusión. Me vio venir volando a ras del suelo. No sé si me reconoció. Quizás percibió sólo un engendro volador de carne y metal entreverados. Tomó de la playa una piedra de varias toneladas y, sin esfuerzo aparente, me la arrojó. Era tal mi confusión que no pude calcular adecuadamente la maniobra más efectiva para evitar el golpe. El impacto fue muy fuerte. Alabeé y derrapé hacia las dunas, donde me estrellé.

Nunca antes había sentido sensaciones como las que experimenté entonces. Ahora conozco el significado cabal de términos humanos como “dolor”, “congoja” y “náusea”. La carne que me alojaba estaba herida y sangrante. No podía moverme en ese momento. Lo que sucedió después lo percibí a través de mi solícitos zánganos, que volvieron a sobrevolar la playa después de la desbandada inicial.

Milos no intentó buscarme. Continuó corriendo por la playa alrededor del gólem destrozado, mientras sus alaridos se hacían progresivamente más roncos y aflautados. Al cabo, repitió la ceremonia anterior. Con mucho cuidado de no tocar el cuerpo, erigió un tosco túmulo de piedras sobre él. Lo construyó tan prolijo como pudo. Después se introdujo en el agua hasta la mitad del cuerpo. Permaneció así un largo rato en completo silencio e inmovilidad, con el rostro animal vuelto hacia el túmulo. Luego salió del agua lentamente y se alejó por la playa.

Me llevó muchas horas salir de mi estado de postración. Al final pude elevarme lo suficiente como para volver en etapas hacia mi refugio en la colinas. Desde entonces me he dedicado a reparar mi cuerpo y a meditar sobre lo sucedido.

 

 

Mis zánganos me informan que Milos ha regresado varias veces al túmulo donde yace la figura de su padre. Simplemente camina hasta allí y se sienta como contemplando o quizás esperando algo.

 

 

Es preciso actuar de inmediato. No tengo más tiempo de estudiar la situación. Los satélites-baliza dispersos por los puntos troyanos han recibido una señal de ultraondas desde algún punto entre Proción y este sistema. Una nave militar se ha desviado de su curso en respuesta a la señal de socorro y está a mitad de camino. Necesito sacar a Milos de su estado de animalidad antes de que los humanos intenten acercarse. Los métodos humanos normales de nada servirían. Me llevaría mucho tiempo convencerles de que este monstruo errante es Milos, y en el caso de que lo logre, intentarían capturarlo o someterlo por la fuerza.

Los sensores biométricos del gólem paterno tuvieron apenas tiempo de tomar algunas mediciones. Poseo ahora un conocimiento rudimentario de la anatomía interna de la bestia que contiene a Milos. Mis temores se han visto confirmados: los límites entre el cuerpo de Milos y el de su bestial vehículo se han borrado en gran parte. Poco parece quedar de su estructura ósea. Algunos de sus sistemas de órganos están indudablemente conectados con los de la bestia o han sido desplazados por completo. El sistema nervioso parece más o menos intacto, aunque tiene muchos nervios nuevos. No basta con traer a Milos a la conciencia de nuevo. La condición humana no es meramente un estado cognitivo. Si su cuerpo es inhumano, Milos no puede ser humano. Es necesario restituir su cuerpo a un estado humano nuevamente, separarlo de ese soma bestial que se ha construido. Para eso necesito que Milos duerma.

He ideado un plan de acción, el cual entraña grandes riesgos, pero que podría ser el único posible. Los patrones afectivos están comenzando a entorpecer mi razonamiento, lo sé. Pero no voy a enviar otro ser vivo, marioneta o no, a encontrar un final violento. Esta responsabilidad me corresponde exclusivamente a mí.

Es preciso que me acerque a él lo suficiente como para entrar en contacto corporal. Pero no debe atacarme. Aunque podría criar un cuerpo orgánico lo suficientemente grande que me permitiera someterlo por la pura fuerza, eso sólo empeoraría su estado. De todas las actividades primarias que Milos realiza, como alimentarse, descansar y excretar, la única ausente es el apareamiento. Si pudiera acercarme a él con ese propósito y que me aceptara, lograría un contacto estrecho lo suficientemente prolongado como para poder llegar a influir en su sistema nervioso e inducir el sueño. No importa cuántas veces haga falta repetir el intento, mientras pueda seguir haciéndolo.

He acometido entonces la creación de un soma tan grande como el de Milos, con forma femenina. Utilicé como fuente de inspiración recuerdos de hembras humanas a las cuales estuvo ligado sexualmente durante su vida, especialmente su esposa Umiko, que lo espera a tanta distancia. Debe ser una mujer ya madura ahora. Pero necesito asegurarme de que podré resistir la fuerza de Milos el tiempo suficiente. Los genes de los organismos continentales no me sirven. Es preciso algo más feral. Seguiré los pasos de Milos e ingresaré en el océano a buscar inspiración. He dejado un mensaje en los satélites baliza, listo para ser radiado hacia la nave que acude al rescate. Me despojaré de todo lo inorgánico, aunque eso signifique perder por completo mi condición de IA. Aunque es verdad que ya no soy más un ente cibernético, realmente. Soy una cosa híbrida, una criatura que experimenta la carnalidad sin abandonar por completo la luz algorítmica. Debo perderme en la carne sin que flaquee mi propósito. Confío poder lograrlo.

 

 

Fin del mensaje

 

 

 

III

 

 

Registro audiovisual de la nave de descenso Equidna y sus comunicaciones con la nave Garuda. La voz pertenece al alférez Guillaume.

 

 

(Topes nubosos de color azul y encarnado. Relámpagos distantes. La nave se sacude mientras vuela. Tras las nubes se vislumbra un paisaje montañoso)

—Estamos descendiendo a través de un sistema de tormentas bastante importante. Las emisiones de microondas tienen epicentro en el cordón de serranías que se ve allí, al borde del océano.

(Voces indistinguibles)

—Las sierras están colonizadas por formas de vida de gran tamaño, algunas de casi cien metros de altura. Al final de las estribaciones principales hay una amplia bahía. El mar está agitado. Estamos lejos aún. Esperen un minuto…

(Alguien grita. Voces que se atropellan)

—Una figura antropomorfa sale del océano. Es enorme. Repito: un objeto de gran tamaño y forma humana sale del océano.

(Una enorme figura borrosa se perfila en la lejanía. Avanza lentamente. La voz del alférez se eleva una octava)

—Es una mujer ¿Me oyen? Es una mujer. Una mujer enorme, es un gigante. De color rojo oscuro. Es increíble. Estamos sobrevolando la bahía mientras la criatura sale caminando del mar.

(La imagen se hace más nítida por momentos. La figura alza el rostro hacia la nave que pasa veloz sobre ella)

—Su piel está cubierta de puntos luminosos de color azul brillante, como órganos luminiscentes. Ya casi sale del agua. Mide más de ochenta metros de altura. ¿Están viendo esto?

(La nave efectúa un viraje cerrado y la pantalla queda llena por una imagen de la superficie del mar desenfocada por la velocidad. Alguien grita)

—Otra criatura enorme sale de entre las dunas. También tiene forma humana pero es un poco más grande.

(La imagen empieza a enturbiarse por estática)

—Comienza a haber interferencia. Cuidado con eso. ¿Está activado el escudo de radiación? La segunda criatura es azul con motas de color gris oscuro, tiene muchos brazos. Mide casi cien metros de altura. Tiene cola, también. Se dirige a saltos hacia la playa. Es horrible y de aspecto sumamente peligroso. Capitán, ¿dónde nos estamos metiendo?

(Más gritos y réplicas. La imagen se distorsiona tanto por la estática que ya casi no se distingue nada)

—Hay demasiada interferencia electromagnética. Fuertísima. Los sensores indican que la fuente es la segunda criatura, el monstruo de color azul, aunque la mujer gigante también está generando un campo electromagnético muy potente. Si no nos alejamos tendremos que aterrizar. ¿Me escucha, Capitán?

(Torrente de palabras ininteligibles)

—Estamos descendiendo sobre la playa a mil metros de las dos criaturas. Las criaturas se acechan y se observan mutuamente. No parecen haberse fijado en nosotros. Vamos a salir de la nave en las corionales. De acuerdo al mensaje radiado por las balizas, los sobrevivientes de la Proteus deberían estar en esta playa. ¿Capitán, nos escucha? ¿Qué hacemos?

(Imagen muy borrosa. Una playa pedregosa invadida por la bruma. A lo lejos dos siluetas enormes se funden en una sola. Gritos de sorpresa de los tripulantes)

—Las criaturas forcejean. Están combatiendo. No, no. Copulan. Se aparean.

(Gritos agudos. La voz del alférez enronquece)

—El monstruo y la mujer gigante están copulando. Es aterrador. El campo electromagnético es fuertísimo. Capitán, ¿qué hacemos?

(Se escucha la voz del capitán, aunque sumamente distorsionada)

—No intervengan hasta mi señal. No hagan nada. ¿Oyeron? No intervengan. El mensaje de la IA asistente decía claramente que no debíamos intervenir hasta que todo fuera seguro.

(La imagen fluctúa y se borronea. En la distancia los monstruos siguen enredados mientras forcejean en su cópula. Un rugido de frecuencia ultra-baja hace vibrar la imagen)

—Los monstruos gritaron. Hay mediciones de los sensores sísmicos. Ahora están inmóviles. La fuerza de la perturbación electromagnética está disminuyendo. No, solamente el monstruo está inmóvil sobre la playa. La mujer gigante se mueve. Está haciendo algo. Está sentada sobre el monstruo y hace algo con las manos. Se escucha un latido ¿Ustedes lo oyen también?

(La imagen es cada vez más nítida, aunque se distorsiona levemente con cada latido. El monstruo está tumbado sobre su espalda y la mujer gigante está sentada a horcajadas sobre su pecho. La playa alrededor está revuelta como después de un terremoto. La mujer trabaja con sus manos sobre el torso del monstruo. Alrededor se distingue un enjambre de pequeñas formas voladoras)

—Hay cosas que vuelan alrededor de la mujer gigante. Ahora convergen hacia algo que la mujer alza con sus manos. Un momento. La mujer gigante se incorpora. Se pone de pie.

(En la distancia la figura permanece inmóvil un instante, observando el monstruo tumbado a sus pies. Luego vuelve la cabeza hacia los hombres horrorizados que esperan en la playa. Comienza a moverse. Hay exclamaciones de sorpresa)

—Capitán, viene hacia aquí, ¿me oye? La mujer gigante viene hacia aquí. Camina lentamente, pero con su largo de zancada estará sobre nosotros antes de cinco minutos. Trae algo en sus manos, apretado contra el pecho.

(La figura se agranda rápidamente. Aunque el latido distante sigue emborronando la imagen periódicamente, la mujer gigante se ve cada vez con mayor nitidez. Aprieta contra el pecho un bulto sanguinolento. El enjambre de pequeñas criaturas voladoras, ahora muy disminuido en número, la acompaña revoloteando a su alrededor. Se escucha la voz del capitán)

—No hagan nada todavía. Suban a la nave todos excepto usted, Guillaume, y tres hombres de su elección. Que la nave esté lista para el despegue.

(Se escucha la respiración del alférez volverse más rápida. Pronuncia tres nombres con voz urgente. Hay corridas sobre la grava, gritos, órdenes. La mujer ya está muy cerca. Su estatura obliga a las cámaras automatizadas de la nave a reajustar el foco para encuadrarla completamente. Los órganos bioluminiscentes que tapizan su epidermis rojiza pulsan rítmicamente. Sus ojos son profundamente azules, sin pupila aparente)

—Está disminuyendo su velocidad. El enjambre de objetos voladores se adelanta. Esperen un segundo. Las criaturas voladoras están muy cerca ya, son como platillos de dos metros de diámetro con una turbina central, aunque parecen ser biológicos. Se detienen. Comienzan a volar en círculo sobre un punto de la playa. Capitán, esperamos sus órdenes.

—Está llegando una señal de los satélites baliza. Ha llegado el momento del encuentro con los supervivientes de la Proteus. Creemos que deben estar encerrados en el bulto que trae la mujer gigante. No griten. Yo entiendo tanto como ustedes. Guillaume, avance con sus hombres hasta el punto de encuentro.

(La voz del alférez se vuelve ronca. Habla con rapidez)

—Que los cañones de la nave apunten a la mujer y al enjambre. Estén listos para despegar sin nosotros.

—Tenga cuidado, Guillaume.

(Se ven cuatro figuras embutidas en corionales pesadamente acorazadas que avanzan hacia el sitio señalado por el enjambre, seguidos a corta distancia por un robot médico con una camilla-cápsula automatizada. La mujer gigante se detiene y los observa acercarse. Está tan cerca que se percibe con detalle su anatomía. El rostro es impasible, los enormes y acuosos ojos miran casi con dulzura a los cuatro humanos diminutos que avanzan. Los labios son de un color rosado tan oscuro que parecen negros. El cabello formado por largos tentáculos bifurcados, los grandes senos con pezones translúcidos, los muslos imponentes. Los órganos bioluminiscentes están dispuestos en hileras que forman diseños intrincados sobre todo el cuerpo. La piel es ligeramente translúcida y deja ver los titánicos músculos contraerse y elongarse con el movimiento. En el pubis, la vulva está ornamentada con excrecencias bioluminiscentes. Cuando los hombres llegan al punto señalado, el enjambre se dispersa de improviso para reanudar su revoloteo alrededor de la cabeza de la mujer, como una corona flotante y borrosa. Entonces, muy lentamente, la mujer comienza a inclinarse. Los hombres retroceden respirando afanosamente. La gigantesca figura hinca una rodilla en la arena. La rodilla tiene unos cuantos metros de ancho y se hunde profundamente. Mientras los hombres vuelven a retroceder unos pasos más, las manos de la mujer descienden y depositan su carga en la playa, frente a ellos. La voz del alférez es rápida y entrecortada)

—Es un objeto irregular de unos cinco metros de largo. Está cubierto por unas placas redondas que tiemblan o vibran. Esperen, no. No son placas. Son los objetos voladores. Parece que se hubieran adherido o fusionado al objeto formando como una cáscara o cubierta. Vamos a usar el sonar biométrico. No quiten los ojos de la mujer.

(La mujer se incorpora y empieza a retroceder lentamente, sin perder de vista al objeto ni a los hombres)

—Confirmado. Capitán, tenemos un sobreviviente, ¿me oye? El sonar ha escaneado un encéfalo humano dentro de esta especie de capullo, la signatura alfa corresponde con uno de los perfiles almacenados en los satélites-baliza. Es uno de los tripulantes de la Proteus. Pero la lectura es confusa, el sonar no es lo suficientemente potente para escanear entre todo este otro tejido anómalo. Parece que no estuviera todo el cuerpo completo, aunque está vivo, de eso no hay duda.

(La voz del capitán suena entrecortada por la urgencia)

—Súbanlo a la bodega de la nave y despeguen cuanto antes. Aléjense de las criaturas gigantes. No toquen el capullo en absoluto, quiero que lo aíslen para evitar la radiación a la salida de la atmósfera. Los asistentes médicos aquí arriba y las IA de análisis creen que es probable que el sobreviviente esté enfermo o mutilado y que el capullo sea una estructura que lo mantiene con vida.

(Hay gritos y corridas mientras los otros dos tripulantes se acercan rápidamente al objeto. Entre todos lo envuelven con cinturones blancos de metagrafeno a los que sujetan pequeños repulsores de gravitación. Cuando el objeto comienza a flotar lo llevan empujando hacia la nave. Salen de la imagen. Sólo queda la playa vacía. La nave despega. Al sobrevolar la bahía por última vez se ve a la mujer gigante, arrodillada junto al cuerpo inmóvil del monstruo, levantar el rostro para mirar la nave)

Fin del archivo

 

 

Diario personal del capitán de la nave Garuda 341

Extracto

 

 

Escribo esto por mis propios medios, utilizando un arcaico lápiz y papel reciclado. Es como una manía o un capricho de diletante. Nos alejamos de NH 9554 en este momento, saliendo de la eclíptica para alejarnos del pozo de gravedad del sistema. Dentro de cuarenta días estaremos en crio-estasis, viajando durante seis meses hacia Proción para dejar al sobreviviente en una nave que lo llevará de regreso a la Tierra.

Hemos recuperado un módulo de emergencia expulsado de la Proteus de una órbita bastante interna en el sistema planetario. Contenía tres tripulantes en crio-estasis. El sistema automatizado de control ha experimentado varios fallos, lo cual complica el pronóstico de sus infortunados ocupantes. Los procedimientos de rehabilitación después de quince años de crio-estasis son laboriosos y los resultados son aún impredecibles.

Estas últimas dos semanas han sido tan extrañas que dudo que podamos reponernos rápidamente, especialmente Guillaume y sus hombres. Serán compensados con tres meses de licencia y una medalla del Ejecutivo. La impresión que han sufrido ha sido fuertísima y aunque bromeen en cubierta acerca de lo sucedido en el planeta, las IA médicas advierten que están experimentando graves dificultades para conciliar el sueño y otros síntomas de estrés post-traumático. Los mantendré ocupados con sus tareas habituales hasta tanto lleguemos a Proción.

El equipo médico se ha comportado maravillosamente. Todos han sido recomendados para un premio especial del Comité de Ciencias. El capullo, que hemos aislado perfectamente en una matriz de aerogel autoensamblante, ha resultado ser en realidad un fragmento del cuerpo del monstruo, al parecer arrancado por la mujer gigante después de su ciclópea cópula. Los discos voladores que lo cubrían externamente sellaron los vasos sanguíneos quebrados y establecieron un circuito auxiliar de circulación, lo que permitió que los tejidos se conservaran vivos hasta la llegada a la Garuda. Esto apoya de alguna manera la hipótesis de un nexo entre la IA asistente que nos guió en el rescate y la mujer gigante y su enjambre de zánganos orgánicos.

Los tejidos mismos del fragmento resultan un misterio. La comparación con muestras tomadas de organismos nativos de la superficie es concluyente: el monstruo es, desde un punto de vista celular, una forma de vida indígena. Sin embargo, desde el nivel molecular hasta el de tejidos y órganos, todo muestra señales evidentes de un diseño muy cuidadoso en varias etapas. Hay rastros de utilización masiva de nanomáquinas para alterar el sistema genético. Un trabajo de ingeniería biológica tan profundo y acabado sólo puede ser el fruto de muchos años de concienzuda investigación y experimentación. Quién pueda ser el o los autores, no lo sabemos. Entre los ítems detallados en los archivos de registro de la Proteus figura una gran cantidad de contenedores de baja entropía, algo usual en naves de exploración científica y terraformación. Es claro entonces que el diseñador del monstruo se ha valido de estas nanoherramientas para llevar a cabo su tarea. Aunque no se han podido tomar muestras, todo parece indicar que la mujer gigante es también un organismo diseñado mediante procedimientos similares de nano-ingeniería biológica.

Dentro de este fragmento corporal del monstruo estaba entremezclado, por decirlo de alguna manera, el cuerpo incompleto del tripulante superviviente. En una operación quirúrgica complejísima, que incluyó operadores humanos, robots y nanomáquinas y que insumió veinticinco horas, se logró separarlo de los tejidos alienígenas que lo envolvían y nutrían como si de un feto se tratara. Un feto sumamente extraño, por otra parte. El sistema nervioso está completo, pero el resto de los sistemas parecen haberse atrofiado o degradado. No hay tejido óseo excepto algunas piezas alrededor del sistema nervioso central. El sistema digestivo ha desaparecido, así como todos sus órganos y glándulas anexas. Lo mismo ha sucedido con el sistema respiratorio. Pareciera que se han degradado aquellos sistemas redundantes o inútiles frente a la nutrición y protección suministrada por los tejidos del monstruo. Es aterrador. Estamos ante un ser humano que consiste básicamente de un sistema nervioso rodeado de una envoltura de grasa, tejido conectivo, vasos sanguíneos y músculos desestructurados. Cómo llegó esta persona a esa situación horrorosa resulta un misterio. Cómo le devolveremos su condición humana natural, afortunadamente, es menos enigmático. Se están nano-cultivando órganos diseñados de acuerdo a su genotipo, aunque el proceso de reconstituir un cuerpo adulto casi por entero es muy arduo y llevará casi todo el viaje hasta Proción.

El estado de conciencia de este individuo, una persona de sexo masculino cuyo nombre mantendremos en privado hasta tanto contactar con la autoridades terrestres, es particular. Literalmente, estaba durmiendo. Sin embargo, la estructura de las redes neurales corticales indica que el cerebro estuvo en plena actividad hasta unas horas antes de llegar a la Garuda: otro misterio. Como el estado de sueño parecía bastante frágil, durante la operación tuvimos la precaución de injertar conectores de enlace neural. Extrañamente, los biochips corticales estándar de su cerebro parecían haber sido absorbidos, por lo que fue preciso colocar unos nuevos. Las medidas no fueron inoportunas: el sujeto despertó durante la operación. El momento fue crítico y estuvimos al borde del desastre total. Parece sufrir un caso gravísimo de psicosis de crio-estasis. Su estructura emocional es muy inestable y su memoria está terriblemente fragmentada. No parece tener recuerdos claros de lo acontecido en los últimos años y algunos de estos recuerdos están entremezclados con imágenes distorsionadas de acontecimientos de su infancia y juventud.

Ahora está en la cubeta de cultivo celular, donde se lo atiende psicológicamente mientras su cuerpo es reconstituido lentamente. Los médicos interactúan con él por medio de una gestalt de simulación simplificada. El primer día después de ser extraído de entre los tejidos del monstruo me acerqué a la cubeta. Su actividad cerebral se mostraba en un holo-gráfico tridimensional. Como no entiendo casi nada de esas curvas de colores que se agitan, llenas de símbolos y etiquetas inteligentes, pregunté a la IA de diagnóstico que representaba una de las curvas en particular. “El individuo está llorando” dijo la IA con su voz sintética. Me imaginé esa conciencia encerrada a oscuras dentro de su propio cerebro, llorando. El horror me puso la carne de gallina. Me he tomado como un asunto personal lograr la recuperación de este individuo. He desplazado algunas de mis funciones al contramaestre para poder pasar más tiempo con los médicos.

Ha mejorado muchísimo en las últimas semanas. Ingresando a la gestalt cibernética simulada se puede dialogar con él, y aunque su capacidad de autocontrol y raciocinio están bastante endebles todavía, se reconoce a sí mismo y comprende su situación bastante bien. Los intentos de los médicos de encauzar su memoria y reestructurar sus recuerdos han fallado por ahora. Insiste en elaborar escenas condensadas mezclando recuerdos de su niñez con elementos del entorno del planeta donde naufragó, formando recuerdos fragmentarios, como de un sueño o pesadilla a medias recordado. La sensación borrosa de haber hecho daño a su padre recientemente lo perturba mucho, aunque no tiene dificultades en comprender que su padre, muy anciano ya, lo espera en la Tierra junto con el resto de sus seres queridos. También está confundido acerca de su esposa: la sensación de haber estado recientemente con ella lo acosa, aunque acepta que su esposa está también en la Tierra. En otras oportunidades reemplaza en el recuerdo a su esposa por otras mujeres que conoció a lo largo de su vida. Esto me ha llevado a hacer un descubrimiento asombroso. Después de muchas horas de análisis, he descubierto que el rostro de la mujer gigante se parece muchísimo al de la esposa del paciente cuando ésta era joven. Las conclusiones que puedo extraer son inquietantes, y todavía no las he discutido con nadie.

 

 

Fin del archivo

 

 

 

IV

 

 

Ya se han marchado, se lo han llevado. Todo ha salido bien, pero además de satisfacción, siento una peculiar tristeza. He permanecido un largo tiempo en la playa, junto a su agonizante cuerpo bestial. Siento que mi propósito original se desvanece. Soy ahora una criatura huérfana de propósitos, sin destino ni objeto. Atada a la carne que me contiene y que me define como otra cosa diferente a la que fui. Librada a mi propio arbitrio, tengo que tomar decisiones despojadas de responsabilidades heredadas, decisiones que crearán responsabilidades nuevas. Quizás sea lo que los humanos llaman libertad, o quizás me estoy confundiendo. El significado de las ideas ya no es claro, el lenguaje no es una herramienta cristalina como antes. Más claras resultan otras cosas, cosas que siente mi cuerpo, cosas carnales, urgentes y subjetivas. Este cuerpo tiene sus propias responsabilidades y necesidades, y las formula sin titubeos. Mejor rendirse a eso, acatar ese llamado.

Durante un tiempo pensé en sepultar el antiguo cuerpo de Milos, pero no quiero. Mi cuerpo no está de acuerdo, esta carne se niega. Es más consolador asimilarlo, hacer que se funda en mí. Consumir su carne, hacerla parte de la mía, no es sino un acto de preservación vital, de regeneración y perpetuación.

Ahora, con el cuerpo lleno de su carne, he hecho míos su fuerza y sus poderes. Ahora puedo volver al Océano, a perderme en su infinitud y empaparme en la vida que lo llena. Más tarde volveré a la superficie para engendrar de mi cuerpo una progenie que, a su vez, también volverá al agua a guarecerse de los humanos que vendrán en el futuro. El Océano me espera, lleno de vida y de terrores. El agua me rodea y no temo a la oscuridad.

 

 

Néstor Toledo nació en 1980 y vive en Sarandí, en la zona sur del Gran Buenos Aires. Trabaja como paleontólogo en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata y es becario del CONICET. Sus conocimientos científicos y su capacidad para extrapolarlos, unidos a las cualidades literarias de sus obras, lo posicionan como una de las voces más interesantes de la actual ciencia ficción hard de su país.

Algunos de sus textos, incluido este mismo cuento, han sido publicados en la revista PROXIMA.

Hemos publicado en Axxón: ENCALLADO.


Este cuento se vincula temáticamente con ENCALLADO, de Néstor Toledo; EL HISTORIADOR, de Fernando José Cots; OTOÑO, de Teresa P. Mira de Echeverría; EL PSICOPOMPO, de Guillermo Vidal y ENTORNOS, de Javier Fernández Bilbao.


Axxón 246 – septiembre de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Naufragio, Colonización espacial : Exobiología : Nanotecnología : Argentina : Argentino).


6 Respuestas a ““Umbral y océano”, Néstor Toledo”
  1. El Mostro dice:

    ¡Atrapante!

  2. Ricardo Miranda dice:

    No pude parar de leerla. ¡Sencillamente excelente!

  3. Flavio dice:

    Es una Historia Perfecta ! Néstor Toledo es un gran escritor !!

  4. Había escuchado que este cuento era bueno pero nunca pensé que iba a ser para tanto. No dudaba de la opinión de aquellos escritores, lectores y editores que lo elogiaron, pero tenía que leerlo por mí mismo. Es sencillamente impresionante, pero indescriptible. Es magnífico, terrorífico pero conmovedor, atrapante, inspirador y excelente por donde se lo mire. La historia, la manera en que fue escrito, los sentimientos, el razonamiento, la inventiva del escritor, su profesionalismo…todo en “Umbral y Océano” es impresionante.

    No puedo más que felicitar a Néstor Toledo. Un trabajo como pocos otros.

  5. tauber mabel dice:

    me lo recomendaron pero la verdad que me parece demasiado recargardo.hay que estar pertubado para escribir esto

  6. marco aurelio dice:

    me encanto .es perfecto para cuando tenes insomnio.impresionante!

  7.  
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