¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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MÉXICO

Para mi hija Nimue y mi sobrina Cosette

 

 

McCarthur era el encargado de cerrar una operación de compra-venta de algunos miles de acres de cierta reserva de la biósfera en una región de la India donde los prospectivistas habían encontrado petróleo. El país se hallaba bajo el yugo de un rajá que imponía mano dura a sus súbditos, al grado que el pueblo le odiaba pero también le temía. Sus venganzas de sangre eran tan salvajes que podían implicar la muerte más atroz de familias enteras: desde el asesinato de los abuelos, pasando por los hijos adolescentes, a los bebés de brazos delante de sus padres.

McCarthur era muy hábil para los negocios. Su país no había encontrado mejor hombre que él para una misión diplomática de tal envergadura. Esa noche, ante la promesa de la firma del rajá en el último de los documentos legales, a través del cual cedía a perpetuidad valles y bosques por una bicoca, se encontró en una cena tan extravagante como fascinadora. Las bailarinas eran beldades exquisitas que terminaban completamente desnudas sobre las mesas y exhibían una gran destreza en juegos eróticos gimnásticos, valiéndose de frutas de formas fálicas, acrobacias y prestidigitaciones.

La hermosa y joven esposa de McCarthur parecía serena pero una inquietud del espíritu le atenazaba ante cada acto de las bailarinas. Su belleza competía con todas y cada una de ellas. A McCarthur le agradaba presentarla como la Miss Mundo más encantadora que jamás hubiese competido en tan nefasto concurso. Se inclinaba sobre el oído de ella, de vez en cuando y con mucha discreción, para decirle:

—Ya va a terminar. Recuerda que mi carrera está en juego. Ya va a terminar. Soporta un poco más.


Ilustración: Tut

Una especie de heraldo del rajá anunció la entrada triunfal de un faquir de ojos enormes y mirada penetrante, acompañado por un niño. El más grande de todos los faquires de ayer, hoy y mañana, según le habían anunciado. Su acto, sin embargo, tenía un sabor clásico: consistía en meter dentro de una cesta a su hijo, atravesarla, ya cerrada, con siete espadas, luego retirarlas y hacer salir ileso al chiquillo de la cesta. En una segunda versión —que realizó ceremoniosamente después de la primera—, abrió la cesta para mostrar que se encontraba vacía. Inmediatamente cayó una voz desde el techo. Era la voz de un niño, la del hijo del faquir.

—Padre —dijo la voz y todos miraron hacia el techo del palacio cuajado de piedras preciosas—. Estoy en un jardín bello y extraño, rodeado de plantas y árboles que jamás había visto antes. Puedo escuchar el sonido que producen animales que no puedo ver, así como el de un río.

—Hijo mío —contestó el faquir, su mirada más pesada e inquietante por momentos—, estás en el jardín de los dioses. ¿Ves por ahí un árbol con cuya fruta puedas obsequiar a nuestro soberano?

La voz volvió a escucharse, esta vez encima de la mesa del rajá y sus invitados.

—Sí, padre. Veo el mango más exuberante y verde que jamás haya visto, sus ramas alcanzan el suelo de tan cargadas que están. Ya he cogido un fruto pero ahora no sé cómo bajar.

El faquir tomó una cuerda que pendía de su cintura y la arrojó al aire. Cuando llegó al techo, la cuerda quedó tiesa como una cobra encantada por una flauta. El chico comenzó a descender por ella y, al tocar el suelo, le entregó a su padre el mango más hermoso que nadie había visto jamás.

—Un obsequio digno de nuestro soberano —dijo el faquir—. Traído directamente del jardín de los dioses. —Y le entregó el fruto al rajá. Los ojos del faquir se habían dulcificado extrañamente.

—Este hombre —confesó el soberano al oído de McCarthur—, era uno de mis enemigos más acérrimos. Tuve que castigarle decapitando a su esposa delante de sus narices. Mírelo ahora: todo un fiel sirviente que se esfuerza para entretenernos—. Hizo cortar el mango en rebanadas sobre una bandeja de plata y ofreció algunas al matrimonio extranjero, que rehusó tomarlas. El rajá comió con interés primero y con creciente placer después. Se podía notar que una fruta no había sido suficiente.

—Ahora necesitaré que una de las lindas mujeres presentes se preste para realizar la segunda parte de mi acto —anunció el faquir, acercándose a la mesa y poniendo descaradamente los ojos sobre la mujer de McCarthur.

El diplomático se inclinó sobre la joven, que temblaba:

—¡Hazlo por mi ascenso, recuérdalo! —le dijo entre dientes.

La mujer de McCarthur se levantó. Volteando con miedo creciente hacia la mesa y hacia su marido, se fue acercando al faquir y a la cesta. El faquir le ofreció la mano. Su esposo hizo un gesto casi imperceptible, instándola a entrar en la cesta. Ella entró, pasando un pie y luego el otro sobre el borde, y se agachó dentro. El faquir cerró la tapa. Tomó las espadas. McCarthur notó que el hijo del faquir se escabullía lentamente con la cuerda por la derecha y subía la escalinata hacia la salida, pero supuso que era parte del acto. El faquir atravesó dos espadas de una sola vez. Cuatro. Siete. La cesta había quedado clavada como alfiletero por las espadas cuyas empuñaduras eran la única parte visible que sobresalía del tejido.

—Debo ir a por la cuerda que este hijo mío se ha llevado —anunció el faquir—. Enseguida regreso.

Echó a andar escaleras arriba. La puerta se cerró tras él. Se hizo el silencio. Nadie se movía. McCarthur empezó a sudar. A su lado, el rajá también comenzó a sudar. Los muchos invitados aguantaban la respiración. El diplomático recordó los años cuando, de niño, su padre le ponía a ver viejas y clásicas películas de Hollywood. Recordó aquella cinta de aventuras exóticas de Fritz Lang. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! ¡El tigre de Esnapur! Recordó el acto del faquir en la película. Lo asoció al acto del faquir que acababa de salir del palacio. De golpe supo que estaba en Esnapur. Se levantó, la silla cayó a sus espaldas, y estalló, gritando aterrado:

—¡Detengan a ese hombre!

El rajá entendió muy tarde la treta del faquir.

—¡Abran la cesta! —ordenó.

En el mismo momento en que un guardia abría la tapa, un charco de sangre humeante se formó debajo. Pero la cesta estaba vacía y, al lado de McCarthur, el rajá se llevó las manos a la garganta y cayó entre convulsiones sobre la mesa,. Su cara quedó salpicada de comida.

El pueblo asaltó el palacio, McCarthur escapó por los pelos por la puerta de atrás y abordó un helicóptero que lo llevaría lejos, muy lejos. Debajo, pudo ver los fuegos que se formaban y las aldeas que se encendían y escuchó los gritos de la gente que luchaba. Recordó un poco a su esposa, sólo un poco, pensando más en su misión diplomática fallida y en las oscuras posibilidades de su futuro. Luego el helicóptero le llevó a su país, donde le depusieron. La idea de un derramamiento de sangre aún mayor no le pareció buena a su presidente. Además, habían descubierto nuevas minas de uranio en África y un yacimiento de petróleo más grande que el de India en el Golfo de México.

Desde entonces, la esposa extranjera del faquir se pierde todas las noches en los enigmáticos ojos de su marido, su hijo tiene una nueva madre cariñosa y ella es feliz comiendo los frutos exóticos que corta de los árboles más pródigos del jardín de los dioses, que visita cada madrugada fresca o de frío. Y jamás repara en los recuerdos vacíos de su vida como esposa de un codicioso diplomático de Occidente.

 

 


Pé de J. Pauner es un narrador, ensayista, crítico de cine y biólogo mexicano que ha hecho activismo y performance. Ha publicado novela erótica y ha sido antalogado en latinoamérica, Australia y España. En el género de la Ciencia Ficción ha publicado el ensayo “Las cinco grandes utopías del Siglo XX” en la web española Alfa Eridiani.

Hemos publicado en Axxón, además de varias ficciones breves: EL HOMBRE EQUIVOCADO, EL OTRO MESÍAS, NOCHES DE BANTIAN, LA NOCHE DE TEMPOAL, AHÍ FUERA, LA BÚSQUEDA DE AUSENCIA, DESPOJOS, ASÍ PERMANECE HERMOSA LISA MARIE (ANTICUADA CANCIÓN PARA SONÁMBULOS), UNA MUERTE EN CASA, UNA PEQUEÑA MENTIRA, LAS ENSEÑANZAS DE GAN BAO, LA IMPRONTA y EL HOMBRE DEL SIGILO.


Este cuento se vincula temáticamente con UNA PEQUEÑA MENTIRA, de Pé de J. Pauner; LOS TRABAJOS DE UN LADRÓN, de Juan Manuel Valitutti y BRAZO FUERTE, MAGIA PODEROSA, de Angel Eduardo Milana.


Axxón 250 – enero de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Fantasía: Magia: Venganza : México: Mexicano).


3 Respuestas a ““Un faquir de Esnapur”, Pé de J. Pauner”
  1. Pé de J. Pauner dice:

    Querido Tut: ¡qué hermosa ilustración y qué magnífica portada! Muchas gracias y un abrazote desde México.

  2. Teresa dice:

    Es como revivir un clásico, en todo el sentido profundo de la palabra. Como siempre, leer a Pé es un placer. Acá la historia certera y la prosa es impecable, tan refinada como un cuento oriental. Magnífico.
    Un gran saludo.
    Y, Tut: es cierto, el dibujo es excelente.

    • Pé de J. Pauner dice:

      Mi querida Tere: leer tus comentarios siempre anima a seguir arrojando al mar de las publicaciones estas botellas mensajeras cuando, de antemano, sé que las encontrarás.
      Un abrazo del tamaño del Golfo de México.

  3.  
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