¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

A Máximo Díaz

 

 


Ilustración: Guillermo Vidal

—Donde siempre —dijo Máxi—. Te veo ahí en quince, Rolfi. —Y colgó.

Salí del locutorio. Varela Varelita, pensé. Paraguay y Scalabrini Ortiz. ¿Derecha o izquierda? Y me gustó dudar. Me gustó comprobar que un año en el extranjero había hecho que perdiera un poco el sentido de orientación. Me gustó pensar cuántas esquinas más tendría que volver a descubrir. Rearmar Buenos Aires y rearmar el bar, nuestro rincón en la última mesa, frío y oscuro al lado del baño. Rearmar a Máxi, aunque Máxi fuera uno de esos tipos que, kilo más kilo menos, siempre está igual. Quizá estuviera tostado porque el verano, salvo una escapadita por trabajo, él lo pasa en Punta con Daniela. Los anteojos negros en la cabeza, las bermudas color hueso, la remera de Los Beatles y unos zapatitos náuticos, Máxi querido, no terminaríamos sino a las tres, borrachos, abrazados, desafinando Sui Generis y tambaleándonos hasta alguno de esos lugares donde nos encanta ir y acabarían de vaciarnos en todos los sentidos posibles.

Paraguay y Scalabrini Ortiz. La esquina de Varela Varelita.

 

—¿Rolfi…? —llamó alguien desde atrás.

No reconocí la voz. Pero en la cadencia había algo familiar. Se trataba de un muchacho retacón, unos diez años mayor que yo. Morocho y regordete, venía hacia mí mostrando una sonrisa de maizal.

—¡Rolfi…! —decía abriendo los brazos.

Quizás mi desconcierto lo intimidó. Porque lo que prometía ser un abrazo efusivo terminó siendo una mano curtida que repasó mi camisa como con un fratacho. Moví un poco el brazo para deshacerme de tanta aspereza. Tanta cal.

—Entremos… —dijo el tipo. Lo dijo como podría haberlo dicho Máxi—. Entremos, Rolfi… —Y se metió en el bar. Despacio. Tranquilo. Casi pendulando.

Dejé que se alejara y sólo me decidí a entrar cuando lo vi acomodarse en la mesa del fondo, al lado del baño. Entretanto intentaba recuperar la imagen de Máxi. Ahora (tal vez por la penumbra del bar) se me confundía con la de ese hombre chueco, envainado en un pantalón raído, diez centímetros más bajo que Máxi y que traspiraba horas extras.

Me senté en la silla de enfrente. Recuerdo un silencio muy largo. Cuanto pude le esquivé la mirada. Seguía atento al movimiento de la puerta y la llegada de Máxi. El mozo debería ser nuevo, no lo conocía.

—Una cerveza negra —pedí.

Costumbre de nuestra época de facultad, Máxi y yo, después de cada final, tomábamos unas cuantas cervezas negras. Pero el mozo no se movió:

—Vos, Máxi…, ¿lo de siempre?

De mal modo, lo dijo. Al que el mozo llamó Máxi asintió sin levantar la cabeza. Me quedé mirándolo.

—¿Y…? Qué tal es España —me preguntó mientras se removía, con un escarbadiente, la mugre bajo las uñas—. Contate algo, che.

Máxi (mi amigo) viaja a España entre una y dos veces al año. En los ojos de este Máxi había esperanza. Como si acabara de preguntarme cómo es Marte.

—Linda —dije—. España…, es muy linda, Máxi.

—Yo pegué una construcción a dos cuadritas —dijo de pronto, más animado. Al menos sigue, pensé (o está) en la construcción—. ¡Unos edificios de la gran flauta, che, tenés que ver!

—¿Mucho laburo?

—Y… Pa’ parar la olla alcanza, ¿viste? Y la patrona, por suerte…

—¡Ah!, eso… ¿Y Daniela?

Se lo pregunté más para divertirme buscando coincidencias que por interés.

—Te manda muchos cariños —dijo.

En ese momento el mozo trajo dos vasos. La cerveza. Un pingüino y una soda.

—¿En Punta? —le pregunté.

—¿Eh…?

—Que si ella, Daniela, está en Punta del Este, digo.

—¿Punta…? ¡Punta!, qué te ha picao, Rolfi.

Durante la hora que duró el encuentro (tal vez más), yo esperé que Máxi entrara por la puerta. O que el otro Máxi comentara, aunque sea algo, de nuestras cervezas. Máxi no llegó y el Máxi que tenía enfrente se limitó a tomarse el vino del pingüino. Esperé a que propusiera ir a alguno de esos lugares que tanto nos gustaban, pero cuando podía escaparse de Daniela (así dijo), iba a bailar a no sé dónde, un boliche en Constitución. Con sorna, le pregunté quién dirigía la obra donde trabajaba. Y ya estaría demasiado picado. Entre risas babosas, modulando palabras flácidas y golpeando la mesa, gritó que las obras las dirigía él.

—Yo, yo y yo, ¡qué mierda!

El mozo entonces se acercó y le dijo que no armara tanto escándalo. Que siempre lo mismo. Que no iban a dejarlo entrar más. Que no podía tomar un poco sin mamarse. Que de una vez por todas pagara lo que debía. Máxi se levantó apoyándose en la mesa y le pegó una piña en la cara. La cerveza y la soda estallaron en el piso. Me paré y empecé a alejarme. El mozo, con ayuda de un hombre que saltó la barra, volteó a Máxi. Antes de que saliera gritó que me lo llevara. Desde la puerta le juré que no lo conocía.

La noche se había cerrado en el fondo de Scalabrini Ortiz. Las calles se hundían y juro que tuve miedo. Miedo de un pobre tipo al que ahora le estaban dando una paliza entre cuatro. Un taxi dobló en la otra esquina, le hice señas.

—Rolfi… —balbuceó, a mi espalda, la voz de Máxi. Eructando espasmódicamente, hacía equilibrio contra una pared. La nariz y la boca hechas pedazos—. ¡Rolfi! —decía abriendo las manos. Viniendo, nebuloso como en un sueño, hacia mí.

El taxi estacionó al lado mío. Abrí la puerta y subí. Máxi me miró. El auto arrancó pero los gritos me alcanzaron:

—¡Qué te hicieron allá, Rolfi! ¡Qué te hicieron en España, viejo!

 

 


Enrique Decarli nació en Buenos Aires en 1973. Es abogado y músico y vive en Rafael Calzada, provincia de Buenos Aires. Su último libro de relatos, Jauría, de próxima aparición en la editorial Eloísa Cartonera, fue uno de los ganadores del Concurso “Sudaca Border” 2013. Su primer libro de cuentos, Desde la habitación del sur (Libresa, 2009), fue finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, y lectura recomendada para la Escuela Media en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010 por el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación Argentina. Finalista de la tercera edición del Concurso Literario “Eugenio Cambaceres, 2013? que organiza la Biblioteca Nacional junto al Museo de la Lengua por su colección de cuentos Vía Láctea, en la actualidad se desempeña como coordinador de talleres literarios. La editorial Textos Intrusos acaba de publicar Big Bang, su segundo volumen de relatos. Algunos de sus textos fueron publicados en Escrituras Indie, Revista Axxón y La Balandra (otra narrativa); también en Uruguay, en la revista Literatosis, y en España: El Coloquio de los Perros, Babab.com y Narrativas.

En Axxón, además de numerosas ficciones breves, hemos publicado: LOS DESPOJADOS, PALOMAR, LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS, DESDE LA HABITACIÓN DEL SUR


Este cuento se vincula temáticamente con ALGO MÁS IMPORTANTE QUE INSTANTES O TROPIEZOS y MI AMIGA LUJÁN, de Enrique Decarli, y CAFÉ SPECULA, de Pé de J. Pauner.


Axxón 256 – julio de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ficción especulativa: Universos paralelos : Amistad : Argentina : Argentino).


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