¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

Lo que, además, ocurre en la cocina es un secreto que los que allí están sentados me ocultan.

Cuanto más se duda ante la puerta, más extraño se siente uno.

Kafka

 

 


Ilustración: Guillermo Vidal

Como siempre, como cada noche, después de que me acuesto, después de que se acuesta mamá, escaleras abajo empieza el ritual. Ellos entran, saturan los percheros de abrigos, encienden el hogar, abren las alacenas. Mientras en la mesa desparraman servilletas, cubiertos y vasos, Ana Claudia le dirá a Julián que quiere cenar con música de Bach. No podré menos que reír. ¡Qué podrán saber de Bach, manga de glotones! Claro que podría recomendarles varias de sus mejores piezas, pero a ellos no les interesa, ellos escuchan cualquier cosa, lo primero que encuentran escuchan, ésa es la verdad. En las bateas del living los CD’s están ordenados alfabéticamente, Bach es uno de los primeros; después viene Bartok, después Beethoven, después Brahms.

Aunque me ría, no podré impedirlo. El concierto para Chelo en Sol Mayor será acompañado por los pasos que llevarán los platos a la mesa. Oscarcito, el gordo del grupo, se desplazará a contratiempo de Bach; se acomodará de espaldas a la escalera que conduce a la habitación del sur. Arce, el más alto, caminará en redondas. Tres zancadas lo dejarán frente a Oscar. Ana Claudia, a riesgo de volcar la comida, volará en histéricas fusas; su lugar es a la derecha de Oscarcito, de espaldas a la ventana que da al patio. Julián, acorde al chelo, llevará un andar pesado, quejumbroso, para sentarse enfrente de Ana Claudia. Valentina recuerda a Schubert. Se eleva con la música, se ubica siempre al lado de Julián, entre Julián y Oscar, el gordo del grupo.

Por supuesto, ninguna fiesta es una verdadera fiesta si el líquido no llena los vasos. En casa no hay vino. A mamá no le gusta y me tiene prohibido tomar. Ellos sí toman. De dónde lo sacan es otra cosa; lo traerán de afuera, en damajuana o cartón, pero que toman, toman. Y se emborrachan. Por mí, que revienten; los otros cuatro, digo, que hagan lo que quieran; me entristece que Valentina se emborrache.

Creo que estoy enamorado de Valentina. Me enloquece la elegancia, cómo le cae esa pollera negra por debajo de las rodillas. Si es para que una noche baje, despierte a mamá y se la presente. Mamá: Valentina, mi novia; Valentina, mi mamá.

Más de mil veces pensé en invitarla a salir. La última vez que pusieron en escena Carmen, por ejemplo, estuve a punto de bajar, parar la fiesta y preguntarle si quería ir conmigo al teatro. Me hubiera contestado que sí, seguro, que le encantaría. Yo le diría que, bueno, que me alegraba, que nos vemos… (Para ese momento estaría colorado como un tomate.) Valentina, insidiosa —porque es insidiosa—, preguntaría adónde nos vemos, si es que se puede saber. Mejor te llamo por teléfono y hablamos tranquilos, ¿sí? Bueno… anotá, sonso, porque no tenés mi número. Y como los otros cuatro habrán explotado en una carcajada a cuatro voces, mejor no le digo nada a Valentina, para qué; mejor voy solo al teatro. Allá ellos, emborrachándose y riéndose a carcajadas, y yo acá, acechándolos, desde la habitación del sur.

Ya sé que el problema no es Valentina, no hace falta que nadie me lo aclare. El problema es cuando Valentina está con los otros cuatro. Ocurre que con los otros cuatro Valentina está siempre, ése es el problema. Si pudiera presentársela a mamá, ella podría venir a casa de tarde. Mis horas de música no serían tan solitarias. Le serviría un té, le señalaría el sillón junto al piano. Se sentaría con las piernas cruzadas, la pollera negra que tanto me gusta. Los ojos rasgados de Valentina alternarían mi cara, mis manos; los míos, la partitura, su mirada, sin terminar de decidir en dónde se escribió más belleza.

Pero, por el momento, no son buenas las noticias. Valentina sigue pegada a los otros cuatro, Valentina sigue frecuentando las fiestas nocturnas, la de hoy, por ejemplo, que acaba de empezar. Y aunque me muera de ganas —me muero, en realidad—, no pienso, no puedo, no voy a decirle nada a Valentina. Es que recién nos estamos conociendo, todavía me da vergüenza hacerle una escena de celos. Por esa misma razón, tampoco la voy a presentar con mamá. Lo acabo de decidir, recién. Demasiado prematuro, demasiado pronto. Al fin y al cabo, qué clase de mujer es Valentina. No sé. Y hasta que no lo sepa, es impensable cualquier presentación oficial. Tengo que seguir investigando. Algo raro pasa ahí abajo.

A propósito, siempre que la situación me lo permite —en las fiestas más ruidosas—, me levanto de la cama. Alcanzo la puerta en la oscuridad. Bajo el picaporte. Abro. Respiro. Comida, vino, cigarrillo, Valentina, miedo. Como siempre, como cada noche que abro, inevitablemente respiro y me asusto. No sé por qué. No sé por qué no termino de animarme a salir al pasillo, espiar por la escalera hacia abajo, la cocina, donde ellos se reúnen. Quizá me asusta que, cada vez que logro abrir la puerta, todo enmudece de golpe. Los vestigios de una posible fiesta se esfuman, se evaporan, no existen. Sólo los aromas quedan. Sólo la estricta y vasta música. Bach.

A mí me parece que ellos, Valentina incluida, hace rato traman algo para hacerme caer como un tonto y reírse de mí. Creo que me tienen bronca, y envidia, porque llevo una vida sana, normal, ordenada, y porque ésta, al fin y al cabo, es mi casa. Si voy a terminar convenciéndome: a ellos les interesa un pito mis recomendaciones sobre Bach; ellos quieren comer, emborracharse, tener sexo promiscuo y reírse; eso sobre todo, reírse a carcajadas de mí. Pero a mí no me van a agarrar, de ninguna manera. Cierro la puerta y chau. Me meto en la cama, me tapo hasta la nariz y espero. La madrugada.

A la madrugada todo se repetirá, como siempre, como cada madrugada, aunque en sentido inverso. Mamá dice que, en rigor, no es una repetición; no importa, es mi parte preferida del día. Las cosas que salieron, entran. Los pasos vuelven sobre sus pasos. Se cierran las puertas que se abrieron. La casa va quedando vacía. Mamá despierta, me siento acompañado. Valentina, después de sacarse de encima a los otros cuatro, sube, enciende el velador, me pregunta por qué nunca bajo.

—Porque nunca me invitan —le digo.

—Qué tipo raro sos, eh. —Se arregla el pelo, se acomoda la pollera negra—. Qué tipo raro —dice.

Se sienta a los pies de la cama. Me mira, el ceño fruncido, la sonrisa dibujada a medias. Parece que quiere reírse porque hay algo de mí que le encanta, pero a la vez prefiere no hacerlo, porque también ella empieza a percibir —desde la habitación del sur—, la amplitud de los ambientes, el frío que estremece los espacios vacíos, los primeros pasos de mamá.

 

 


Enrique Decarli nació en Buenos Aires en 1973.

Su último libro de relatos, Jauría, de próxima aparición en la editorial Eloísa Cartonera, fue uno de los ganadores del Concurso “Sudaca Border” 2013. Su primer libro de cuentos, Desde la habitación del sur (Libresa, 2009), fue finalista del Concurso Internacional de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, y lectura recomendada para la Escuela Media en el marco del Plan de Lectura Nacional 2010 por el Ministerio de Educación y Cultura de la Nación Argentina. Finalista de la tercera edición del Concurso Literario “Eugenio Cambaceres, 2013” que organiza la Biblioteca Nacional junto al Museo de la Lengua por su colección de cuentos Vía Láctea, en la actualidad se desempeña como coordinador de talleres literarios.

La editorial Textos Intrusos acaba de publicar Big Bang, su segundo volumen de relatos.

Algunos de sus textos fueron publicados en Escrituras Indie, Revista Axxón y La Balandra (otra narrativa); también en Uruguay, en la revista Literatosis, y en España: El Coloquio de los Perros, Babab.com y Narrativas.

Es abogado y músico. Vive en Rafael Calzada.

En Axxón, además de numerosas ficciones breves, hemos publicado: LOS DESPOJADOS, PALOMAR y LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS.


Este cuento se vincula temáticamente con DESAYUNO PUNK, de Mariana Carbajal Rosas; LÁGRIMAS, de Antonieta Castro Madero y SOPORTA POCO LA PENUMBRA, de Daniel Flores.


Axxón 251 – febrero de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Realidad alterada : Argentina : Argentino).


2 Respuestas a ““Desde la habitación del sur”, Enrique Decarli”
  1. Enrique Decarli dice:

    Gracias, gente. Una vez más.

    Guillermo: la ilustración es genial. Y siniestra. Jeje.

    Abrazo grande para todos.

  2.  
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