Revista Axxón » «Ruido blanco», Felipe Alonso Pampín - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

ESPAÑA

 

 

Ella le había tendido otra emboscada.

Después de una larga jornada en el Ministerio, empantanado en el expediente Villamil, Ed llegó a casa exhausto e introdujo, distraído, la llave en la cerradura de su apartamento. Hizo ademán de abrir, pero la disciplina de años se impuso a su cansancio. Soltó la tija de la llave y escuchó.

No oyó el televisor.


Ilustración: Guillermo Vidal

Ed nunca apagaba el televisor. Cuando era niño, eso bastaba para mantener alejada a la criatura, pero se estaba volviendo cada día más osada. Antes, Ella sólo abandonaba su escondrijo cuando no había ningún aparato de televisión conectado en la casa. Los padres de Ed trabajaban y sus hermanos mayores no volvían hasta bien entrada la tarde. Él regresaba del colegio a un hogar vacío y silencioso, se detenía ante la puerta de la calle e intentaba oír a la criatura respirando al otro lado. A menudo, Ed esperaba a su madre o su hermana, cuando no buscaba refugio en la casa de un amigo, pero no siempre podía evitar enfrentarse al monstruo. Abría entonces la puerta de la calle con mano trémula, corría hacia el salón, espoleado por el rumor de la criatura, que se revolvía en su madriguera, lista para comenzar la persecución, y encendía el televisor. Entonces Ella quedaba en silencio, la sensación de amenaza desaparecía y Ed podía relajarse de nuevo.

De niño, el cuarto bajo las escaleras en la casa de sus padres siempre le había inspirado rechazo. Era frío, oscuro, húmedo, y en sus paredes de ladrillo desnudo y quebrado anidaban las arañas. Aceleraba el paso cuando tenía que cruzar ante aquella puerta, única barrera entre él y la embajada de sus terrores infantiles. Sus hermanos le escarnecían por este motivo. Sus padres confiaban en que Ed olvidaría sus temores, con el tiempo.

Tal vez lo habría hecho si un día, a los ocho o nueve años, al pasar ante el cuarto no hubiese percibido la respiración de la criatura que vivía en él.

De toda la familia, sólo Ed había advertido la presencia del monstruo. Ése debía de ser el motivo por el cual Ella le perseguía.

En una ocasión había visto a la criatura de cerca. Ella había pasado el día sumida en una gran agitación. Ed la oía recorrer las paredes de su madriguera y contenía el aliento cuando apoyaba su peso contra la puerta, como si probase su resistencia. Por la noche, desde su cama, cuando la casa quedó en silencio, Ed oyó forcejar al monstruo. Estaba tan asustado que descartó la posibilidad de correr al salón y encender el televisor, paralizado por el temor a encontrarse con Ella en el pasillo, donde no tendría escapatoria.

La puerta del cuarto oscuro cedió. Empapado en sudor frío, Ed oyó a la criatura arrastrándose por el pasillo, con un sonido de plumas secas. Oyó la pesada respiración del monstruo acercándose a su dormitorio. Momentos después, el pomo de su puerta gimió, el batiente se abrió hacia adentro y una nube tenebrosa, claveteada de ojos y con un racimo de pechos flácidos, apareció en el umbral.

Ed había gritado tan fuerte que espantó a la criatura y despertó a toda su familia. Sus padres le consolaron, pero nunca logró convencerles de que no acababa de sufrir una pesadilla. Años después, Ed se negaba a condenar su incredulidad. ¿Que un espectro vivía bajo las escaleras de su casa? ¿Que sólo él podía verla y oírla? ¿Quién iba a creer una historia así en boca de un adulto, y menos en un niño de nueve años?

Un pequeño aparato de televisión, regalo por su décimo cumpleaños, que Ed dejaba encendido toda la noche, sin volumen, mantenía alejada de su cuarto a la criatura. Imposibilitada por este medio para hacerle más visitas nocturnas, Ella comenzó a emboscarle cuando regresaba de la calle. Si Ed encontraba la casa vacía, el monstruo se removía en el cuarto oscuro. Él corría entonces a encender uno de los televisores, perseguido por el sonido a plumas secas y el aliento de la bestia, lanzada en su persecución, y, tan pronto como conectaba el receptor, Ella buscaba el refugio de su madriguera.

Con los años, aquella entidad se adaptó a la casa y a sus anfitriones. Ganó en fuerza. En audacia. La criatura comenzó a colarse en la habitación de Ed en su ausencia. Le escondía los juguetes y los libros de texto, revolvía sus cajones y le deshacía la cama. Ed se decidió a dejar el televisor pequeño encendido todo el día. Por este motivo mantuvo frecuentes discusiones con su madre, que insistía en apagárselo antes de irse a trabajar. Ed siempre llevaba las de perder en esas discusiones, porque no podía justificarse sin hablar de Ella, en cuya existencia nadie más creía.

Ed vivía un calvario cada vez que volvía a casa sin la seguridad de poder contar con la protección de un televisor encendido. Más de una vez, Ella le estaba acechando y un brazo de oscuridad móvil reptaba en su dirección mientras él corría hacia el receptor más cercano. Resolvió cerrar su dormitorio y llevarse la llave consigo, habiendo dejado el televisor pequeño dentro, funcionando y sin volumen. La cuenta de la electricidad se disparó. Su padre clamó al cielo y amenazó con retirarle el aparato. Sus hermanos protestaron por los privilegios de que gozaba el benjamín de la familia, pero al menos Ella se mantuvo alejada.

No fue ninguna sorpresa descubrir, cuando se mudó a su propio apartamento, que la criatura le había seguido.

Durante un tiempo, Ed se interesó por la parapsicología. Leyó docenas de libros buscando sin éxito casos análogos al suyo. Pretendidos investigadores de lo oculto pasearon por la casa sus péndulos, sus médiums y sus varitas de zahorí sin encontrar la menor evidencia de fenómenos extraños. Una revista local había publicado media columna sobre esas investigaciones. Sin embargo, ningún medio de comunicación se hizo eco de la sesión espiritista, llevada a cabo por los miembros de un grupo de estudios paranormales, que ocasionó el divorcio entre Ed y el ocultismo. Después de cinco intentos frustrantes, una supuesta entidad guió el puntero y compuso un mensaje.

 

largo de aquí

 

Los investigadores formularon una pregunta: Entonces, ¿quién habla? Pero el ente no quería colaborar.

 

marchaos

queremos estar solos

 

Y a continuación, la frase por la cual Ed disolvió la reunión y se desentendió de futuros coqueteos con lo sobrenatural.

 

pronto estaremos juntos

 

Nunca supo qué clase de inteligencia animaba aquel cuerpo tenebroso e indefinido que en sus pesadillas aparecía erizado de brazos y armado de afiladas uñas. Se había resignado a convivir con Ella cuando descubrió, al emanciparse, que le había acompañado a su nuevo hogar. Se había instalado en el cuarto trastero, al fondo del pasillo. Ed nunca entraba allí. Un televisor encendido seguía siendo la única defensa contra la criatura, aunque ya no resultaba tan efectiva como antes. Ella había crecido, se había hecho más fuerte. En el pasado, una pantalla encendida bastaba. Ahora el aparato debía tener un poco de volumen. Meses atrás, Ed había descubierto que la criatura ya podía acercarse al receptor y apagarlo, pero sólo cuando él no estaba en casa. Por ese motivo había llegado a la conclusión de que no era el televisor lo que repelía al monstruo, sino el efecto que ejercía sobre él. Una vez encendido, el aparato producía en su cuerpo un eco que repugnaba a la criatura.

Si es que sólo había una. Quizá se había reproducido una y otra vez a lo largo de los años y cada nueva generación era menos susceptible que la precedente. Acaso formase un gigantesco enjambre cuya fuerza conjunta era mayor que la de sus individuos en solitario, y permitía a la criatura superar retos antaño inasequibles. Ella, o la colonia de Ellas, o su hija más joven, ya se aventuraba hasta la puerta misma del salón. Ed vislumbraba en el pasillo su cuerpo neblinoso y la oía respirar. Pero, hasta el momento, la criatura no se había atrevido a acercársele si había un televisor encendido en el piso. Ella seguía revolviendo sus cajones y ocultando cosas, pero nunca rompía nada y casi todos los objetos sustraídos eran devueltos antes o después. Ed se había acostumbrado a vivir con Ella como quien vive con una familia de ratones domésticos. Incluso le hablaba. Le contaba cosas del trabajo o comentaba las noticias de la prensa, sin esperar respuesta por su parte. No estaba seguro de hasta qué punto Ella podía entender lo que le decía, si es que entendía algo.

Ed apoyó el oído sobre la puerta, pero no captó ningún sonido. El piso estaba en silencio. También los otros apartamentos. El repelente bebé del primero derecha se había tomado un descanso, y el joven matrimonio del segundo izquierda guardaba mudo celibato. Mejor aún: no oyó la respiración de la criatura ni ese roce de plumas que producía al moverse. Se convenció de que podía sorprenderla. Sólo tenía que entrar corriendo en el salón y encender la televisión. Entonces estaría a salvo. Después de tantos años jugando al gato y al ratón con Ella, Ed se sentía seguro de su agilidad.

Giró la llave con cuidado. Asió la manilla. Abrió de golpe la puerta y corrió al salón, anticipando con una sonrisa la celebración de su nueva victoria.

El televisor no estaba.

Esta vez ella no se había limitado a apagarlo.

Ed tenía un aparato de quince pulgadas en su dormitorio, pero estaba estropeado. Debería haberlo hecho reparar hacía semanas. ¡Maldito expediente Villamil!

Intentó mantener la calma. Los segundos se arrastraban. Escuchó. No oía a la criatura. A veces, Ella dormía durante días, e incluso semanas. ¿Mientras gestaba a su prole? Ed se obligó a pensar. El televisor tenía que estar en alguna parte. Ella no podía haberlo llevado muy lejos de su madriguera. Nunca salía del apartamento. Aquel era su feudo y su prisión.

Ed corrió a la cocina. Revolvió las alacenas, volcó los cacharros, la vajilla, los paquetes de pasta, las conservas. Comprobó incluso aquellos lugares donde no cabía un televisor de treinta y seis pulgadas: en los cajones y en el frigorífico. Calma. Calma. Calma. No pierdas la calma. Entró como un loco en su estudio, volcó el pesado escritorio por si Ella había escondido el aparato debajo. No estaba allí. Desesperado, Ed fue al cuarto de baño, inspeccionó el interior de la bañera y el mueble bajo el lavabo. Nada. Corrió hasta su dormitorio, sorprendido de no haber despertado a su siniestra compañera de piso con tamaño estruendo. Arrancó los cajones de la cómoda y una de las puertas del armario. Hizo volar ropa en todas direcciones: camisas, pantalones, chaquetas… Allí tampoco estaba.

Ella… o su nueva generación, era más fuerte y osada que nunca. Quizá ahora podía alejarse del foco de su poder, salir del apartamento y transportar objetos grandes y pesados. Quizá podía… saltar entre dimensiones…

Ed sollozó. Temblaba. Estaba perdido. Había registrado todas las dependencias de la casa buscando el televisor.

No.

Todas no.

Una lengua de sudor helado lamió su espalda. Miró hacia la puerta al final del pasillo. El corazón de Ed corcoveó en su pecho y se entregó a un frenético redoble.

Ed avanzó hacia la madriguera de Ella con la tensa resignación de un reo camino del cadalso. La puerta del trastero parecía alejarse de él. Aferró el pomo con manos sudorosas, dispuesto a enfrentar una aparición fantasmagórica, una escena dantesca, un cuadro alucinante. Abrió.

Al otro lado de la puerta sólo había un cuarto vacío.

Estaba oscuro, porque nunca se había molestado en poner bombillas allí. Olía a cerrado. Los anteriores inquilinos habían dejado algunos objetos apilados contra la pared: cajas, una cama vieja, desmontada, un colchón, una bicicleta, una alfombra enrollada; Ed también vio en el suelo varias cosas que Ella se había llevado: prendas de ropa, una taza de café, un portarretratos, un televisor…

Un televisor. ¡Su televisor! Entró en la habitación. Se dejó caer de rodillas y rodeó el aparato con los brazos. Parecía intacto. Se rió. Había vuelto a ganar. Había derrotado al monstruo una vez más.

La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco. La oscuridad le envolvió.

Ed contuvo el aliento.

Oyó una respiración ronca y profunda a su espalda, un rumor de plumas secas.

Aunque hubiese un enchufe en el cuarto, nunca lo encontraría a tientas. Además, estaba en el territorio de Ella, había cruzado la línea.

Una mano glacial, entumecedora, se apoyó en su hombro con femenina ternura.

Ed dio un respingo.

Imaginó un vaso, empujado por cinco dedos sobre el abecedario de una tabla ouija, articulando una funesta frase de bienvenida.

 

al fin juntos

 

Ed reunió las migajas de su valor y miró a su espalda.

Entonces la vio.

La vio.

 

 


Nos cuenta Felipe Alonso Pampín: «En cuanto a la pequeña reseña biográfica, baste decir que soy licenciado en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela y biblioadicto desde que tengo uso de razón. He colaborado en el pasado con pequeños fanzines de más bien escasa notoriedad y desempeñado diversas actividades profesionales mientras dedico, en mis horas muertas, a perpetrar relatos como el que les ofrezco y novelas que reciben casi tantos elogios como rechazos editoriales (a menudo, y valga la paradoja, de las mismas fuentes)».

En Axxón ya ha publicado CLUB PRIVADO y LA MANO DE LUCIFER.


Este cuento se vincula temáticamente con MAQUINA DE SANGRE, de Hugo Perrone, LA CRIATURA, de Sergio Mars y EN EL CUARTO DE AL LADO, de Leonardo Montero Flores.


Axxón 266

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Terros : Presencia sobrenatural : España : Español).

2 Respuestas a “«Ruido blanco», Felipe Alonso Pampín”
  1. Pablo Vigliano dice:

    Impecable. Un lujo.

  2. Cristian dice:

    Estupendo! Espero poder leer nuevos relatos tuyos en Axxon!

  3.  
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