¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Si realmente los géneros literarios existen, si no son más que meras etiquetas que usamos para saber en qué anaquel poner o ir a buscar tal o cual ejemplar, el Fantástico debe ser uno de los más vastos e inabarcables, subdivisible en multitud de estilos y ramas temáticas que muchas veces se tocan y mezclan. En eso el Fantástico es promiscuo y fértil, y la ficción breve es una buena forma de traernos pequeñas muestras de esta saludable variación. Pero cuidado: a fin de cuentas también sirve para mostrarnos que de alguna manera todos los relatos terminan hablándonos de lo mismo: hablan de nuestra propia condición humana.

Dany Vázquez

 

 

 

METAMETAMORFOSIS – Mario Daniel Martín
Argentina ARGENTINA

 

Cuando Zstkips la cucaracha se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre una cama convertida en un monstruoso ser humano llamado Gregorio Samsa.

Sus muchas patas, tan gráciles y estilizadas, se habían convertido en dos brazos y dos piernas humanas, demasiado grandes para su torso. “¿Qué me ha ocurrido?”, pensó. No era un sueño. Era verdaderamente un ser humano, uno de esos horribles gigantes esclavos de las cucarachas que les proporcionan comida y protección en sus cocinas y casas.

“¿Qué pasaría”, pensó, “si durmiese un poco más y olvidase todas estas chifladuras?” Pero no pudo volver a dormirse. Por su mente pasaban muchos pensamientos ajenos. Sabía, por ejemplo, que tenía que ir a un lugar llamado “almacén” llevando en su pata delantera un apetitoso bocado de celulosa llamado “formulario”. Pero en vez de comérselo tenía que mancharlo con un pis negro llamado “tinta” para “levantar un pedido de mercadería”, significara eso lo que significara. Decidió que no iba a dejarse influenciar por esa inferior mente humana que la perturbaba, y después de dar muchas vueltas en la cama volvió a dormirse.

Cuando Zstkips despertó, era de nuevo una cucaracha. Pero no tuvo mucho tiempo de alegrarse. Estaba todavía en la cama, en la misma habitación donde se había despertado antes, y tenía el tamaño del maldito ser humano. Estaba de espaldas en la cama. Sus patas se movían sin ton ni son. No podía moverse, y no podía extirpar la mente del ser humano de su mente.

Entonces, buscando información en la mente humana, comprendió lo que había pasado. Eran esas bolitas verdes tan apetitosas que había comido anoche. Era veneno, un veneno que habían puesto a propósito para matarla. Era el veneno sobre el que circulaban tantas historias, el veneno que destruye poco a poco el sistema nervioso. La Suprema Sacra Cucaracha Marrón estaba equivocada. Los humanos no adoraban a las cucarachas y ocasionalmente castigaban a las que transgredían la ley suprema, lo que la mente humana automáticamente interpretó como “pecado”.

Pero lo más importante de todo fue comprobar que los humanos no ponían el veneno por error o negligencia. Consideraban a las cucarachas una peste, universalmente. Querían matarlas a todas. Lamentó saber esto recién ahora, ya que le habría permitido refutar en público a la Sacra Cucaracha y todo lo que odiaba de ella: su sistema de creencias, sus mitos insensatos, sus leyes mezquinas y sus prejuicios.

Afuera de la habitación se escuchaban aullidos humanos. El veneno era muy potente, porque creía poder entenderlos.

—¡Gregor! —llamó una voz—, son las siete menos cuarto. ¿No tenías que levantarte temprano hoy para trabajar?

—Sí, gracias, mamá —se escuchó decir asombrada—. Ya me levanto.

Zstkips miró dentro de la mente humana para entender lo que “mamá” significaba. Cuando entendió, trató desesperadamente de despertarse, porque la aterrorizó comprender que sentía esos sentimientos tiernos por un horrible humano asesino, responsable de haber puesto a su alcance el veneno que la atormentaba. Al mismo tiempo, se recordó que no debía dejarse dominar por los exagerados sentimientos del ser humano. Una objetiva consideración de su situación era mejor que sacar conclusiones apresuradas.

Decían que se había convertido en un insecto. ¡Como si tal metamorfosis fuera posible, como si los humanos pudiesen tener un lenguaje! ¡Como si las cucarachas pudieran denigrarse tanto como para entender a los seres humanos!

Se preparó para una larga y dolorosa agonía, llena de alucinaciones.

 

 

Ilustración de Lou

 

 

5100 – Álvaro Morales
Uruguay URUGUAY

 

—¿De dónde vienen?

—Del 5100.

—¿Ese es el nombre del lugar del que vienen?

—Algo así.

—Es muy lejos.

—Un cuarto de año luz.

—¿Y a qué han venido?

—Hemos venido a aniquilarnos.

—¡¿Aniquilarnos?!

—Sí. Digo…, no. Aniquilarnos a nosotros. No a ustedes, a nosotros.

—No entiendo.

—Es evidente.

—Han venido aquí, al planeta Tierra, a aniquilarse a ustedes mismos.

—Se podría relatar así.

—No lo entiendo.

—Lo entenderá. Ayudándolos a ustedes, nos aniquilamos nosotros. Pero esto es necesario.

 

Tiempo después, un sabio leyó la desgrabación de este diálogo y formuló una arriesgada hipótesis.

En un principio, los teóricos que hicieron contacto, creyeron varias cosas que el sabio planteó en forma errónea. Se pensó que al preguntarle la distancia de su lugar de origen, uno de los homínidos grisáceos había dicho cuatro años luz, lo cual pondría el hipotético hogar a la altura de Alpha Centauri, que es lo que cualquiera hubiera pretendido para un primer contacto. Lo cierto es que la grabación no podría ser más fidedigna: dice claramente un cuarto de año luz: 0,25 de 9,460 billones de kilómetros, o sea 2,365 billones de kilómetros. Lo cierto es que esto pondría la patria extraterrestre en los límites exteriores y congelados de nuestro propio sistema solar, lo cual parece realmente inconveniente.

El Sol, y con él todo el Sistema Solar, se mueve a una velocidad de 70.000 kilómetros por hora. Esto es algo así como 1.680.000 kilómetros por día, 613.200.000 kilómetros por año. El sabio calculó que 5100 no era el nombre de un lugar, sino una fecha. El contacto ocurrió durante el año 2015, entre este año y el hipotético 5100, hay 3085 años. Viajar en el tiempo, considerando el movimiento de todo el Sistema Solar, también implicaría el viaje en el espacio. El Sol, 3085 años después del 2015, estará a exactamente a 2,360 billones de kilómetros de su actual posición, casi un cuarto de año luz. Así, el contacto en realidad era con humanos venidos del año 5100, que por supuesto, se encuentra a 3085 años en el tiempo, y a un cuarto de año luz de distancia.

Recién bajo la luz de esta nueva teoría, se entendió la última parte del dialogo; se entendió también el terrible accionar de las autoridades de entonces. Indudablemente no decían “aniquilarlos”. Se referían a sí mismos. Si esos grises hombrecillos venían del futuro con intenciones de ayudarnos y con esto modificar su propio pasado, sin dudas se aniquilarían a sí mismos. Lástima que en ese momento no se entendió lo mismo. Todos sabemos ya lo mal que terminó la cosa.

 

 

 

 

EL INMIGRANTE – Luciana Baca
Argentina ARGENTINA

 

Removió con la pala otra de esas malditas piedras y las tiró junto a las otras, en ese montoncito que crecía junto al surco.

La atmósfera estaba pesada y húmeda. Bebió un trago de agua para refrescarse y se secó la transpiración con un trapo. Se dijo a sí mismo que después lo tendría que tirar. Los pájaros de la tarde dejaban oír su nostálgico canto. El murmullo del agua de un arroyo cercano parecía aliviar el bochorno.

Había trabajado varias horas. No recordaba cuántas. Estaba cansado. Apoyado en la azada, sin darse cuenta, empezó a silbar una música de su tierra natal. Aún faltaba mucho por hacer. Había recibido el legado de los mayores y tenía conciencia de los sacrificios que demandan los primeros brotes. También él les enseñaría, a los que vendrán: el amor por lo que se cultiva. Alguna vez la vida suavizaría sus demandas. Alguna vez, todo sería más llevadero. Alguna vez…

La siembra estaba preparada. Por lo menos, tendría el alimento asegurado. Entonces, dedicaría algunos días al jardín, a las flores. A los rosales que tanto le envidiaban sus vecinos, los de la casa de al lado. Cuántos recuerdos… Dejó de silbar y se puso a cantar. Dejó la azada y, con gesto distraído, rutinario, apretó el botón y la cinta magnetofónica con el sonido del arroyo se detuvo. Desconectó el artefacto con el canto de los pájaros y redujo la intensidad de las lámparas solares. Después, se colocó la escafandra e ingresó en el ascensor. Descendió en el nivel siete y emergió a la plataforma, en el espacio abierto. Donde lejos, muy lejos, pequeña, casi titilante, brillaba la Tierra.

 

 

Ilustración de Lou

 

 

EL GLITCH – Alexander Cruz-Aponasenko
Ucrania UCRANIA

 

…quieren hacernos pagar muy caro el precio de esa paz.

Nosotros contestamos que ese precio no puede llegar más allá de las fronteras de la dignidad…

E.G.

 

Podía sentir la arena bajo sus pies. La brisa ligeramente salada, la mano de su mujer en la suya. Caminaban por una playa interminable, familiar. Era feliz, una felicidad conocida. Un atisbo de conciencia vino acompañado de un relámpago. Veía los redondos pechos de Luisa. Una sensación de calor abajo del vientre. Luisa corría asustada. Él corría. Ahora estaba en un callejón desconocido, asustado, huyendo. Llegaba a la casa de su tía Laura. Adentro estaban tomando el té. Se sentaba a tomar el té. Su tía Laura lo miraba con compasión pero ahora era la cara de su madre que mostraba una mueca lasciva. Despertó.

Encendió la luz. Observó su controlador de sueño Somni 101; la maquina parecía funcionar correctamente. Miró a su mujer; ella dormía plácida a su lado.

Sentía un tamborileo en el pecho; le sudaban las manos, las sienes y la espalda. Se sentía sobresaltado. Pensó que iba a morir. Bajó de la cama de un brinco y apuró hacia el baño. Se enjuagó la cara. Sentía que su cuerpo se iba callando; la cara de su madre irrumpía abusivamente en el organizado curso de sus pensamientos.

Fue con rapidez a la terminal ordenadora en su living y solicitó un turno con los servicios médicos; lo más temprano posible. Volvió a la cama y tímidamente oprimió el botón de la Somni 101. De nuevo estaba en la playa con su mujer.

Despertó cuando era hora. Se sentía descansado y en orden, como todos los días. Saludó a su mujer y se dirigió al baño. Realizó su ritual matutino; la cara lasciva de su madre se entrometió de nuevo. No se sobresaltó tanto esta vez.

Le preguntó a su mujer cómo había dormido; respondió que bien, como siempre. Le preguntó qué había soñado. Ella contestó que programó la Somni 101 para el sueño selvático. Le preguntó si esta semana había soñado con la playa; ella dijo que sí. Un poco ansioso le preguntó si sabía de algún nuevo contenido descargado para ese sueño. Su mujer contestó que no. De todos modos, ya no se podía descargar nuevo contenido a la Somni 101 por cuenta propia; después del incidente Phillips los usuarios tenían que llevarla al servicio técnico si se quería alterar algún contenido. No le contó a su mujer lo que había visto en sueños, se sentía avergonzado.

El mundo había sido pacificado. No había necesidad de novedades. El precio de la paz era una suerte de tedio aplastante que solo para una muy pequeña cantidad de disidentes se revelaba como una gran mentira.

Tomó el tren para ir al trabajo. Veía las noticias en uno de los monitores de su vagón, apretujado, como todos los días. Entre imagen e imagen se filtraba la cara de su madre. No podía entender como había llegado a su sueño. Se le ocurrió que su máquina Somni 101 debía estar fallada. No podía permitirlo. Todo el mundo sabía que el correcto descanso era el fundamento del óptimo funcionamiento social. Ocho horas de sueño al día garantizaban la recuperación de los músculos, la correcta oxigenación de los órganos, y la Somni 101 aseguraba, gracias a su control del sueño, que las ondas cerebrales se organizaran en el ritmo más adecuado, optimizando la performance general.

Decidió bajarse del tren e ir a su casa por la Somni 101 fallida. Tenía tiempo de llevarla al servicio técnico antes de acudir a su cita médica. La reacción de su cuerpo en la madrugada le parecía tan novedosa como avergonzante. No conocía a nadie que hubiese manifestado tal fenómeno y tampoco sabía cómo describírselo al médico. Estaba realmente preocupado.

Un par de horas después se encontraba frente al servicio técnico. Un edificio con guardias armados en la puerta. Entró, pasó por los escáneres y se dirigió al mostrador.

—Hola, buen día. Soy Armando Faillure. Creo que mi maquina Somni 101 está rota.

La recepcionista lo miró perpleja.

—¿Qué quiere decir? Señor.

—Sí, anoche vi unas imágenes incorrectas. Mi maquina no funciona bien.

—Señor Faillure, las máquinas reguladoras de sueño Sonmi 101 tienen garantía de por vida. No fallan.

—Bueno, señorita; la mía sí —agregó Faullire con tono victorioso.

—¿A qué se refiere con imágenes incorrectas, señor Faillure?

—Ah, bueno, mire, me avergüenza contarle. Discúlpeme. Voy a los servicios médicos cuando salga de acá.

—¿Por qué va a los servicios médicos señor?

—Bueno, porque desperté del sueño fallado en una reacción corporal.

—Entiendo señor. Aguárdeme por favor. La recepcionista pulsó un botón y cuchicheó algo en voz baja.

La recepcionista lo miraba con sonrisa postiza, sin hablar. A los pocos segundos, dos guardias armados se pararon a sus costados.

—Señor, venga con nosotros —dijo uno de ellos, agarrándolo del brazo.

Fue llevado a un sótano. Esposado a una silla. Cegado por un reflector. Podía distinguir la lucecita roja parpadeante de la cámara en la pared del fondo.

Un hombre con traje gris se sentó en la silla enfrente.

—Dígame que vio en su sueño. Ordenó.

—Imágenes inconexas: una antigua amante, mi madre.

—Despertó antes del momento programado. ¿Qué sintió?

—Temblaba, sudaba. Siento que algo me pasa. Voy camino al médico. Mi máquina Somni 101 está averiada. No sé qué pasó anoche, no he violado ninguna ley. Yo no adquirí ningún contenido nuevo. No sé de donde salieron las imágenes y no tengo responsabilidades en este asunto.

—Entiendo que no tenga nada que ver, pero era su sueño y eso es inaceptable. No se preocupe, le ayudaremos con eso.

Sintió que desde atrás un hombre le ponía un objeto en la cabeza, una especie de diadema. Ahora dormiría eternamente, sin sobresaltos.

 

 

 

 

REGRESO – Patricia Kieffer
Argentina ARGENTINA

 

Algo despertó a Jorge; aún sentía la angustia clavada en el pecho, aunque en ese momento no recordaba por qué el sufrimiento. En ese estado de sopor y embotamiento que se produce entre el sueño y la vigilia a veces uno no recuerda ni cómo se llama. El cuerpo parecía pesarle una tonelada, y el sueño lo obligaba a hundirse más en la cama y no pensar.

La habitación fría, más de lo habitual, lo llevó a arrollarse entre las frazadas. Seguro que Helena había abierto una ventana, y por eso la corriente de aire, pensó.

Recordó que ella solía quedarse hasta altas horas de la madrugada trabajando con su computadora. Escribía artículos periodísticos para un diario, pero cuando terminaba el trabajo se dedicaba a escribir cuentos y novelas de ficción. Entre una cosa y otra interrumpía su labor para prepararse café, fumar un cigarrillo, desentumecer sus músculos… y esa actividad, por más silenciosa que pretendiese ser, producía ruidos que cada tanto lo despertaban. Se había acostumbrado a esa rutina: él daba unas vueltas en la cama y se volvía a dormir. Cuando ella terminaba de escribir o cuando al fin el sueño la vencía, apagaba todo, iba al dormitorio a oscuras y luego de desvestirse, también en silencio, se deslizaba suavemente en la cama, cuidando de no despertar a Jorge.

¿Cuándo vendrá a dormir? Jorge, entre sueños, la extrañaba.

Esperaba ansioso su regreso, como todas las noches. Aunque esa noche… no lograba discurrir si había sido una pesadilla, pero percibía en él algo diferente, algo extraño y misterioso; le dolía el alma y no percibía la causa. O su mente no quería aceptar… no quería aceptar… ¿Aceptar qué?

Entonces escuchó el sonido de la silla al ser arrastrada, el click de las llaves de luz, y los pasos amortiguados por la alfombra. Más que pasos sonaba a pisadas leves, a pies que se arrastraban; un viento frío entró en el cuarto cuando escuchó el rasguido de la puerta corrediza.

Jorge, el cuerpo entumecido, paralizado, quiso abrir los ojos pero el sueño pesado se lo impedía. Aún así, se tranquilizó pensando en el momento en que su esposa se metiese en la cama; deseaba abrazarla y dormirse al calor de su cuerpo. No la escuchó desvestirse; le pareció que tardaba mucho en acostarse.

Por fin llegó el esperado movimiento del colchón al hundirse, el susurro de las sábanas al ser corridas y él quedó esperando el contacto del cuerpo caliente de Helena a su lado.

Sintió primero un brazo que lo rodeaba, luego un cuerpo que se apretaba al suyo… un cuerpo rígido y helado. La presión del abrazo lo sofocó y le faltó el aire.

Abrió los ojos y recordó… recordó qué lo había hecho sufrir ese día.

Hacía apenas unas horas, acababa de enterrar a su esposa.

 

 

Ilustración de Lou

 

 

HILOS LUMINOSOS – Jack H. Vaughanf
Argentina ARGENTINA

 

Son varios y se cruzan a mi alrededor como una lluvia de cometas. Se entretejen, se fusionan y luego se separan. Son como buitres, pero de una naturaleza distinta a la nuestra; invisibles al hombre común. Pero yo puedo verlos, tanto como si pudiera palparlos, aunque atraviesen la piel, la carne y los huesos, y su consistencia resulte inaprensible como el viento.

Me encuentro en la etapa terminal, pero en posesión de un método para evitar que se acerquen. Los he visto actuar un centenar de veces y, gracias a la experiencia que me ha dado la antigüedad en este mundo, he conseguido detectar las sutilezas que están ocultas a los sentidos básicos de los seres humanos. Así pude descubrir que cada vez que la sombra desprende el espíritu de un moribundo al que le llegó su hora, estos hilos luminosos concurren y sobrevuelan sobre los restos. He llegado a pensar que es el alma lo que atrapan. La teoría que formulé es la siguiente: Son parásitos; y cada vez que un ser humano muere, estas criaturas se arrojan sobre el espíritu que acaba de abandonar el cuerpo y se alimentan de él como lo haría un gusano u otra sabandija sobre la carne despreciable. Todo esto forma parte de un balance ecológico transcorporal para la formación de nuevas entidades espirituales…

Me atrevo a decir que no lo sé todo al respecto, sin embargo, nada me impedirá intentar algo; la razón es simple: deseo terminar con mi propio ciclo vital. Quizá sea porque intuyo que no hay destino que se extienda más allá de la muerte y creo ya haber tenido suficiente de este desgraciado mundo como para regresar con otra forma. La nada sería un verdadero consuelo, y por esa razón ¿qué tengo para perder?

Desde que los descubrí navegando cerca pude fabricarme una manera de cuidarme de ellos. Lo que hice fue confeccionar un escudo; un segundo cuerpo sutil y transparente que envolverá mi espíritu al momento de abandonar mi cuerpo físico. Lo fui armando durante las noches de sueño, y en lugar de adormecer la conciencia, usé el tiempo que me quedaba para aflorar mi lucidez onírica y armar las vestiduras que serían capaces de protegerme en la hora en que mi espíritu abandonase mi cuerpo para siempre.

Por suerte —o gracias a mi voluntad férrea— llegué a fabricarlo mucho antes de que vinieran a mí. Ahora que sus agitadas presencias delatan mi infortunado fin, estaré alerta para que no puedan obtener de mí lo que quieren.

Mientras más se acerca la hora, más próximos están a mi espíritu. Finalmente llega el momento en el que el tiempo parece ralentizarse y todo ser humano puede predecir lo que ha de acontecer debido a una aparición sombría. Cierto es que nadie tiene tiempo para describirla porque, en cuanto se hace visible para el moribundo, el alma sale expulsada del cuerpo que toca.

Finalmente muero, y no es muy diferente a lo que esperaba. No hay temor. Conservo cierta conciencia lúcida aunque con una bruma onírica… Y allí están, ¡Que se jodan esos hilos luminosos que vienen a mi encuentro! Si mi espíritu llevase consigo las cuerdas vocales del cuerpo que acaba de abandonar, podría reír y burlarme de los hilos que se amontonan ingenuamente sobre la capa que me protege.

Floto sin rumbo, me siento sutil como el aire atrapado dentro de un globo aerostático que se eleva independiente de mi voluntad, pues no hay remos que me permitan direccionar el rumbo. Durante un instante pienso en un hombre envuelto en un traje del cual no podrá liberarse nunca, flotando en el espacio y a la merced de fuerzas que no controla tanto como desconoce. Por un momento temo que así sea, y que mi conciencia perdure por siempre vagando en una dimensión como un fantasma.

Los hilos luminosos insisten, casi cubren el caparazón por completo, yo continúo percibiendo mi alrededor mientras me elevo como si conservara la capacidad de ver. La naturaleza espiritual es incorpórea y por eso traspaso las paredes y vuelo más allá del cielo. Los hilos parecen multiplicarse, y al concentrarse uno al lado del otro hacen que el caparazón se ilumine con la luz blanquecina que sus cuerpos expelen. De pronto, una grieta se abre; luego otra que se ramifica desde la primera. El caparazón no parece soportarlo y creo haber hecho todo en vano. Puede que nada permita vencer un dictamen cuya fuerza está fuera de cualquier intento por controlarla. La grieta se ensancha como una puerta y un hilo luminoso termina ingresando, al fin. Mi espíritu se encuentra de pronto invadido por una etérea presencia que siento afín a mí, como si se tratase de un complemento.

De todo lo que he aprendido de la naturaleza, ignoro la causa que provoca que nos veamos atraídos de modo casi magnético. Nos fusionamos, y lo acepto. No tardo en comprender que él es el elegido, y yo también lo soy. Ambos lo somos; porque ahora somos uno.

 

 

Ilustración de Lou

 

 

ESTATUAS Y SUEÑOS FUTUROS – Dixon Medellín
Colombia COLOMBIA

 

ESTATUAS

 

Acaso llegará un día
en que los hombres no seamos
más transeúntes y los parques
serán poblados por estatuas.
Las ecuestres de militares
las de histriónicos políticos
la contemplativa de algún poeta…
Los esqueletos de bronce o de piedra
de aquellos que combatieron contra otros
o simplemente contra sí mismos
—la más cruenta batalla.
Entonces quizás lleguen visitantes
quienes con sus formas estrafalarias
salgan de sus astronaves
les tomen fotografías a las estatuas
e intenten hacerles preguntas eternas.
Silenciosos continuarán su paseo
por el gran museo del mundo
contemplando la perdida humanidad
de las mudas e insensibles figuras.

 

 

SUEÑOS FUTUROS

 

De niño soñaba con que los científicos
inventaran un televisor pequeñito
que pudiera esconder entre las sábanas
para ver los prohibidos programas
en horarios no aptos para menores;
además para no interrumpir
el insomnio eterno de mi madre.
Ahora un siglo después, el XXI,
cuando ya existe aquel artilugio
requiero que los hombres de ciencia
inventen la máquina del tiempo
para disfrutar del pequeño televisor
y acompañar el duermevela de mi madre.

 

 

 

 

EUPHONIA – Francesc Barrio
España ESPAÑA

 

Noche de gala en el Royal Opera House. Más de dos mil espectadores esperan que dé comienzo el concierto de la nueva sensación: Euphonia, simplemente Euphonia. Ha desbancado a las divas del momento, Jenny Lind y Christine Nilsson, los dos ruiseñores suecos. Ya nadie habla de ellas, todo el mundo quiere ver a la nueva figura del bel canto. El siglo pasado fue la época del castratto, luego llegó la era de las grandes divas de voces puras y brillantes y ahora es el tiempo de la nueva musa: Euphonia.

Hasta ahora, más que a ver y apreciar la belleza de unas voces, la gente acudía a la ópera a ser visto y mirar. Pero todo ha cambiado con la llegada de la nueva figura. Incluso se ha impuesto una nueva moda: apagar las luces de la sala durante las representaciones. Al principio, el público protestaba pero, por fin, se impuso la idea de que el espectáculo se encuentra en el escenario y no en los palcos.

Se abre el telón y el regisseur ya ha colocado a la estrella en su posición. En medio del escenario, sobre una mesa, se encuentra el corpus del mecanismo central de Euphonia, un armatoste de madera que soporta el fuelle y el rostro inmutable de la artista. El fuelle es alimentado por el aire proporcionado por un motor de vapor disimulado tras bambalinas. Un par de cilindros sincronizados son el eje central del aparato. Uno controla la cantidad de aire que precisa el dispositivo. El otro, ejecuta el complejo sistema de llaves que controla las especificaciones sonoras. Un técnico pone en marcha el dispositivo. Euphonia, la autómata, abre la boca para iniciar su bello canto. Todo el público se pone en pie, silencioso, esperando las primeras palabras del “God save the Queen”, la pieza con la que la estrella suele iniciar sus veladas.

Su voz gutural, que algunos tildan de bellamente sepulcral, incluso de fantasmagórica, resuena llenando el Opera House.

 

 

 

 


AUTORES:
 

Mario Daniel Martín enseña español y cultura hispanoamericana en la Universidad Nacional de Australia en Camberra. Además de artículos académicos, ha publicado libros de poesía, cuento y teatro en Argentina, país de donde es originario. En el ámbito de la ciencia ficción, ha sido declarado finalista en el Premio Andrómeda 2008, y ha publicado también cuentos en las revistas Axxón y la revista Cosmocápsula.

En Axxón ha publicado LA VIDA ES UN SUEÑO RECURRENTE.

 


 

Álvaro Germán Morales Collazo tiene 37 años y es uruguayo. Estudia psicología. Relatos de su autoría han quedado seleccionados en alrededor de quince antologías. Entre ellos: “Alejandría”, en el IV Certamen de Relatos Breves de la Asociación Cultural Las Alcublas. “Niños”, y “El despertar”, en el VII Concurso de Microrelatos de Terror y Gore (2013), que organiza el Festival de Cine de Terror de Molins de Reis. “Espejo 10”, en la antología Homenaje a Julio Cortazar de la editorial ArtGerust. “Juego de niños 3”, en la I antología de Calabacines en el Ático, Grand Guignol, organizada por Saco de Huesos. “Al final del negro laberinto”, finalista en el I Concurso de Relato Breve Encuentros en la Tercera Frase, organizado conjuntamente por Letras Inquietas y Fata Libelli. “Sótanos”, en el III Concurso de Terror ArtGerust. Homenaje a Edgar Allan Poe. “El zurdo Villalba”, obtuvo una mención en el 8vo concurso “El saber no ocupa lugar”, Tala, Canelones, Uruguay. “El juego de la arena”, finalista en el Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro. “Recorridos”, finalista en el I Concurso de Microrelatos de Terror, Librerío de la Plata.

 


 

Luciana Baca (San Pedro, Bs. As., 1985) es Licenciada en Gestión Educativa (UNTREF) y Licenciada en Lengua y Comunicación (CAECE), profesora, estudiante apasionada de francés y, en los ratos libres, escritora. Ha corregido varios textos literarios (entre ellos, la novela La caída de Las Lechiguanas, de Narciso Rossi). En su ciudad natal, es presidenta del proyecto Perro Gris destinado a la edición, publicación y encuadernación artesanal de obras literarias de escritores sampedrinos.

 


 

Alexander Cruz-Aponasenko nació en Ucrania, pero a los cinco años de edad se mudó con sus padres a Colombia. Luego, en 2007, se radicó en la Argentina. Psicoanalista, trabaja en diversos lugares públicos y privados, y la mayor parte de su escritura ha estado dedicada a esa especialidad, coordinando incluso talleres de ensayo orientados al psicoanálisis. Es un apasionado de la ciencia ficción, gran amante de las obras de Phillip K. Dick, Jorge Luis Borges y H. P. Lovecraft, y hace un par de años comenzó a escribir cuentos de ciencia ficción y fantasía de manera regular.

 


 

Patricia Marta Kieffer, argentina, 1958. Profesora, bibliotecaria, escritora, ilustradora. Instructora Taichi Chuan. Autodidacta en simbología, física cuántica y metafísica. Autora de libros de autoayuda – Ed. Andrómeda. Premio edición “Docentes Fantásticos”, C.A.B.A – Premios SADAP y ALAM. 2º Premio SIGMAR. Menc. Cuento U.N.L.P – Publicó en Revista NM y en Axxón, donde presentó SE VEÍA VENIR, O ALGO PARECIDO, junto a Ricardo Giorno. Integra la agenda “Poetas del Mundo” 2015 – Ávida lectora de fantasía medieval. Aún cree… que la magia es posible.

 


 

Jack H. Vaughanf nació en Buenos Aires en 1993. Es estudiante de Psicología en la Universidad de Buenos Aires. Desde muy joven le gusta escribir, principalmente poesía, cuentos cortos y guiones. En Axxón ha publicado, además de varios relatos breves, el cuento LA MÁQUINA DE SANGRE.

 


 

Dixon Acosta Medellín (1967, Bogotá, Colombia) Bogotano, aunque sus apellidos de bautismo son Moya Acosta, los de crianza son Acosta Medellín, su identidad literaria. Felizmente casado con Patricia. Sociólogo (Universidad Nacional de Colombia) y Diplomático de Carrera (Academia Diplomática de San Carlos).Integrante del Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC). Finalista en varios concursos internacionales de poesía, cuento y ensayo. Artículos, ensayos, poesías y cuentos publicados en libros, periódicos y revistas. Colaborador de publicaciones especializadas en ciencia-ficción. Bloguero del periódico El Espectador en Líneas de Arena, donde escribe de todo un poco. A ratos trina en Twitter en @dixonmedellin.

 


 

Francesc Barrio ha sido editor de juegos de rol, redactor de revistas de juegos, editor de contenidos freelance para un estudio de diseño y, tardíamente, ha descubierto su vocación de escritor. Ha recibido algunas menciones, ha quedado finalista en unos cuantos concursos y ha publicado sus relatos en unas cuantas revistas y antologías. Es colaborador del Portal Ciencia y Ficción y de la revista Catarsi. Arthur al otro lado su primera novela se encuentra próxima a publicarse. Podéis visitar su blog No encuentro el litio.

 

 

 

Axxón 267
Cuentos de autores varios (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Temas diversos : Internacional).


Una Respuesta a “Ficción Breve (setenta y nueve), varios autores”
  1. […] Podéis leer mi relato y los demás de la sección Ficción Breve en este enlace. […]

  2.  
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