¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

I

 


Ilustración: Pedro Belushi

Apoyada sobre el único árbol de la cuadra, Marga busca a ciegas el chupete en la cartera. Siente entre los dedos de su única mano libre el estuche de los lentes, un esmalte que había comprado y ahora recuerda que continúa sin abrir, un paquete cerrado de carilinas, pedacitos de galletitas, algo que no logra distinguir qué es y ahí, ahí, sí ahí… el chupete. Saca la mano y la mueve como si la sacudiera pero lo que quiere es no caerse. Anita está despertando y ya desde su sueño de criatura mueve los labios. Si no le pone el chupete a tiempo va a gritar, va a llorar, y todos van a saber que ella está en la puerta de la casa de la vieja. Pero Marga es rápida y logra enchufar el chupete a tiempo. Anita abre un ojo con timidez o pereza y lo vuelve a cerrar. Está cómoda en los brazos de la madre. Marga la mira y piensa en lo grande que está y en lo que pesa.

La puerta se abre y la vieja apenas asoma la cabellera. Un ovillo perfecto como una bola de ceniza. Seis, siete, ocho gatos salen maullando. Mirando a Marga mientras camina, intentando no pisarlos. Miauuu, repiten todos. Parecen locos, piensa, desesperados. La vieja desapareció así que entra y cierra la puerta con el pie. Quiere preguntar si deja a los gatos afuera. Si deja abierto o cierra, pero no pregunta nada y camina. El interior de la casa está oscuro a pesar del soleado día que hay afuera. El olor a pis es fuerte y nauseabundo. Olor a gatos, se dice. Anita se termina de despertar y abre y cierra la mano como sosteniendo algo. La vieja está sentada frente a una mesa. Otra vez tiene la cara cubierta por las sombras. La joroba la obliga a ocultarse. Marga se sienta frente a ella y nota que la silla es dura como una madera. Se acuerda de cuando cayó de culo en la arena. Enfrente, arriba de un mantel rojo o verde —con la luz que hay no se puede distinguir—, la vieja apoya una mano abierta y dice “Ponela acá” aunque sus labios no se ven. Marga se inclina hacia un lado para que la cartera caiga al suelo arrastrada por la gravedad. Un gato blanco sale corriendo cuando la cartera cae y ella se endereza. La vieja está tiesa, piensa. Apoya a Anita sobre la mesa y le acomoda la remerita para que no se le dé frío en la panza. La niña abre los ojos y la mano de la vieja empieza a moverse sobre el cuerpito. Los dedos zigzaguean y Marga se recuerda a sí misma dibujando olas en la arena junto a Rodrigo. Piensa que Anita va a llorar pero eso no sucede. Mira hacia un lado. La casa está casi destruida. Las cortinas azules son las culpables de que no entre sol. Parecen cortinas de teatros, piensa, gruesas y arrastradas en el piso. Los gatos pasean de un lado a otro. Marga cuenta catorce en menos de un minuto. Vuelve a mirar a Anita. La beba la busca con una manito en el aire y ella la toma. Pone un dedo dentro de los deditos de su hija y le sonríe. La vieja sigue moviéndose por el cuerpo de la criatura. Está otra vez en la cabeza y ahí se detiene. “Acá”, le dice con el dedo sobre la sien de la niña. Marga asiente y se pone a llorar. Dice “sí” muchas veces y reafirma con la cabeza. Sonríe mientras llora. La vieja le dice algo mientras se levanta pero ella no escucha qué. Solamente oye los pasos arrastrándose por el suelo. Que Dios me perdone, piensa y se intenta calmar.

 

 

II

 

Contame lo que importa, querida. Yo estoy cocinando. La tele me parece que está demasiado alta y le pido a Romina que baje por favor, que nos vamos a quedar todos sordos. Ella me mira. Hace una mueca y agarra el control. Lo importante, Marga. ¿Qué está haciendo Anita? Juega sentada en el piso. Está detrás de mí. No la veo. La escucho. Juega y se ríe. Hace algunos ruidos. Romina apaga la tele y yo pienso que se enojó. Me gusta que haya silencio y no ese griterío insoportable. Romina se mete en el baño, escucho el portazo que da y le grito que va a hacer la puerta giratoria pero no responde. Pienso que cuando salga la voy a agarrar porque me escuchó y no responde nada. Pienso también que quizá contesta por lo bajo y eso me revienta. No me estás contando lo importante. ¿Lo del desodorante dice usted? No me importa el desodorante. Ni me importa Romina ni lo que vos sentís. Concentrate porque queda poco tiempo. ¡Ya le dije todo! No veo nada más. Miro el reloj en la pared. Son las once y media. Se me resbala la zanahoria y el cuchillo me da en el dedo. Me lo llevo a la boca y lo chupo. No sé por qué lo hago. Siempre lo hice. Meto el dedo abajo del chorro de agua para no manchar las verduras. Me viene a la mente el recuerdo de mi hermano y me quedo en silencio. Eso. Contame eso. No hay mucho para decir. Somos Rodrigo y yo jugando en la arena. Él arma un castillo y a mí me parece hermoso y quiero hacer uno pero me sale feo. Lo miro a la cara para que me diga que el mío es lindo pero él se ríe. Me doy cuenta de que le falta un diente. Se le cayó, recuerdo. Antes de viajar se le cayó y lloró. Ahora se ríe. Pateo mi castillo y pateo el de él. Deja de reír y me empuja. La arena se me mete en el cuerpo. Con la cola golpeo fuerte y empiezo a llorar. No me importa eso. Contame lo importante, Marga. Es durante una siesta. Rodrigo sale con mi papá. Están los dos en la vereda de casa y yo los miro desde la ventana. Me subo un sillón viejo que creo que era de mi abuela. No sé. Los miro a los dos. Ahora papá habla con un vecino. Martino se llama. Vive a la vuelta. Al lado de la casa de la vieja de los gatos. Me gusta, contame. Papá habla y mueve las manos. El viejo Martino también. Rodrigo tiene algo en la mano. Un auto o un avión. Creo que es un auto pero lo mueve como si fuera un avión. Rodrigo camina solo y papá no lo mira. Rodrigo baja el cordón con cuidado, casi esperando que lo detengan. Baja un pie y después otro. El viejo Martino niega con la cabeza, creo que no puede creer lo que papá le está contando. De un auto hablan. No lo sé en este momento pero lo voy a saber después, cuando papá cuente lo que decía. Cuando se lamente. Rodrigo mira a papá y después mira a la calle. Yo abro los ojos porque no me gusta nada. Tengo tres años pero no me gusta. Rodrigo corre y me pongo a llorar. Se va y se sienta en la calle. Papá y el viejo Martino ahora se ríen. Ninguno de los dos niega nada. El auto viene rápido y Rodrigo se quiere levantar pero le fallan las fuerzas y se acuesta. Yo golpeo el vidrio porque no quiero ver. Golpeo y papá me mira. Me ve llorando y escucha el auto que frena. El viejo Martino corre primero y papá después. Yo sigo golpeando el vidrio mientras papá se agarra la cabeza. El viejo Martino llora y papá cae de rodillas. Grita y se queda en el piso. Una mujer sale del auto llorando y grita también. Camina para adelante y para atrás. Mira para todos lados pero a mí no me ve. Se agarra del pelo y sigue llorando. Mi mamá me dice que qué pasa y me ve llorando. Tiene la mirada cansada o preocupada y mira por la ventana y sale corriendo. Yo me desplomo en el sillón y no quiero que nadie me hable nunca más. ¿Y Rodrigo se fue? Sí. El viejo Martino dijo que lo llevaran a la casa de la vieja. A la casa de la vieja de los gatos, dijo. Y mi papá dijo que no, que ahí no había que volver, y mi mamá se lo llevó.

 

 

III

 

La puerta está abierta y el sol se filtra unos centímetros. Los gatos duermen en la tierra del patio delantero hasta que escuchan los pasos. Se van despertando, uno a uno, como en un juego. Caminan hacia la puerta de alambre y salen corriendo cuando llega la mujer con el chico en brazos. Ella es petisa y tiene la cara blanca. Sus ojos son dos enormes aros negros que buscan la traba de la puerta sin mucho resultado. Los gatos corren hacia la entrada y maúllan como advirtiendo a la dueña de casa que alguien viene. Se cruzan entre los torpes pasos de la mujer y no paran de gritar. Se amontonan en la entrada que es una pequeña abertura de treinta y cinco grados. Una anciana sale. Tiene el cabello gris, recogido en la parte trasera de la cabeza. Acaricia un gato negro y la mujer lo mira dubitativa. Las pupilas dilatadas del animal le llaman la atención.

—Por favor… mi hijo…

—Pase —dice la vieja y camina hacia el centro de su casa como si estuviera apurada pero sus pasos son cortos y lentos. Cristina se apura y apoya al niño en la mesa. La sangre lo mancha todo. Los gatos la prueban, la beben, mientras Cristina les da una patada.

La vieja mira al niño que respira con dificultad y le dice a la madre que se siente. Apoya el gato negro sobre la mesa y luego busca tres más. Los gatos lamen la sangre de la cara de Rodrigo y uno de ellos enreda la lengua en el pelo. Marga mira con asco pero no puede sacarlos.

—¿Usted me lo va a salvar, no? —pregunta.

—¿Quién le dijo que venga acá?

—La gente. La gente habla. No sé a dónde ir. Por favor.

Cristina rompe en llanto. Los gatos la miran. Tienen las pupilas dilatadas y ella se asusta pero no se mueve. Mira el cuerpo casi muerto de Rodrigo y llora más fuerte.

—Responda solamente por sí o por no. ¿Usted quiere a su hijo de vuelta?

—¡Sí!

—Está muy grave. Su almita en este cuerpo no va a sobrevivir. Se lo pregunto por última vez, señora. ¿Quiere a su hijo de vuelta?

 

Casi dos horas más tarde, Cristina sale. El sol le hace brillar las lágrimas secas en el rostro. Rodrigo va en sus brazos, sucio y con las piernitas colgando. La vieja se asoma hasta donde la sombra no muere y la ve salir. Los gatos salen con ella. Son nueve y maúllan como si le pidieran que los lleve pero ya no los oye.

Cristina corre por la calle desolada las dos cuadras que la llevan a su casa. Ve que hay gente afuera y gente adentro. Los vecinos están reunidos, queriendo saber qué pasó. Queriendo alimentarse de los detalles, deseosos de masticar los sentimientos culpables de una familia desatenta. Se van a atragantar con su mierda, piensa. Abre la puerta y levanta a Rodrigo con las dos manos. Marga está tirada en el sillón y se levanta de un salto. Rodrigo llora y los vecinos gritan desesperados.

—¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Mi hijo está vivo!

 

 

IV

 

—¿Cuántos gatos tiene la vieja? ¡Esta se metió nomás!

—No sé, como veinte o treinta. ¡Chusma de mierda!

—¿Tantos? Yo nunca la veo en la calle por eso me da desconfianza. A veces me llama al nene para que le haga los mandados y después le da una propina. Ya le dije al Oscarcito que meterse, no se meta. Si ella le quiere pedir algo que sea de la puerta para afuera.

—Lo raro es que los chicos la quieren. Si yo tuviera la edad de ellos le tendría miedo. Hablás de mí a mis espaldas y vos dejás que el Oscarcito se acerque con tal de que les den propina.

—Sí la quieren porque les da plata. A estos no les importa nada. Los valores están perdidos. ¡Tomá!

—Ni las cortinas abre. Tiene unos pedazos de tela azules que deben ser una mugre.

—¿Y cómo es la casa adentro?

—Chiquita y llena de cosas. Todo amontonado. En el comedor tiene una mesa y dos sillas. Y está todo impregnado de olor a meada. Horrible. Se parece a la tuya.

—Y sí, con la cantidad de gatos que tiene. No hay animales más olorosos.

—Desde que estuve ahí se me pegó uno. Ahora viene siempre a casa a comer. Debe ser uno de los de ella. Chiquito, blanquito. Tiene unas manchas rojas acá, arriba de los ojos.

—Ay, no lo hagas entrar a tu casa que después no te lo despegás más. Ya me parecía que había olor a gato.

—¡Pobrecito! Es un gato chiquito. Vos sí que no tenés corazón. Además, después de que me curó a Anita, yo le tengo cierto respeto. En un santiamén la desintoxicó. Llegué y lo primero que hice fue tirar todos los desodorantes a bolita. Dirán que es bruja, pero por lo menos hace el bien. No como otras.

—¿Y Anita dónde está? Sos muy descuidada con esa pobre criaturita.

—En el patio. Le encanta jugar en la tierra y gatear como un perrito.

Los perritos no gatean.

 

 

V

 

A la vuelta de la esquina, la puerta de la casa de la vieja de los gatos se abre y la anciana sale. Antes de que los rayos del sol se apoyen sobre ella, vuelve a meterse. No le gusta el sol. Tira un poco de pan en el patio delantero y los gatos se reúnen. Cada vez son más. El último, sin embargo, no se acerca. Tiene una mancha negra al lado del ojo. Ya comió o no quiere comer. O todavía no se adapta. La vieja lo piensa y se ríe. Se ríe con ganas como si no se hubiera reído nunca en su vida. El gato la mira y salta hacia donde están los otros comiendo. Se miran entre ellos. Los ojos son tan fuertes que parece que hablaran. La vieja se sigue riendo. Es tan gracioso que se quieran comunicar.

Bueno basta.

Los gatos dejan de comer y la miran.

Los niños me quieren así que ustedes me tienen que querer también. ¡Nadie los quiso! La gente los echó y yo me hice cargo. Así que me tienen que querer. ¡Me tienen que querer a mí! Soy la única que los alimenta todos los días, la única que les habla, la única que les da un techo para dormir, una casa para que no pasen frío.

Sí la gente se ríe de mí, se ríe de ustedes. Y si se ríe de ustedes, se ríe de mí. Y de mí no se ríe nadie. Pueden hablar, porque la gente habla. Pero tarde o temprano vienen acá. A que esta vieja loca les devuelva lo que más quieren.

La vieja echa otra risa al aire y un poco más de pan al suelo.

Y lo que les doy es lo que menos quieren. Y me lo agradecen y se van contentos. Y me quedo con lo que más quieren y nunca vuelven a buscarlo porque piensan que lo tienen. Pero qué tienen. ¿Qué tienen? ¿Dónde queda el amor? El amor es mío para ustedes. Porque ustedes son mis hijos, ustedes, mis niños.

El griterío se hace insoportable. Los gatos dejan de comer para maullar. Parece que le estuvieran respondiendo. Gritan y gritan hasta que la vieja se mete y se encierra. Alguien camina y los ve enloquecidos. Qué maullidos raros, piensa, parecen los gritos de niños.

 

 


Narciso Rossi (San Pedro, Bs. As., 1985). Profesor en Lengua y Literatura, es docente, fotógrafo y escritor. Sus cuentos se encuentran en varias antologías. Su primera novela publicada, La caída de Las Lechiguanas (Thelema, 2015) lo convenció de su rol en la literatura: el terror. Su segunda novela, Con los ojos bien abiertos (Perro Gris, 2015) lo ubica entre los escritores nacientes de la literatura fantástica. Sus referentes de la literatura en español son Patricio Sturlece, Federico Axat y Samanta Schweblin; y en inglés, Stephen King, David Mitchell, Ira Levin y H. P. Lovecraft, entre otros.

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con EL ENIGMA DEL BAR DE LOS VIEJOS Y LOS GATOS, de Cristian J. Caravello, EL GATO DORMIDO, de Fran Ontoyana, y EN UNA CASA EN LA CALLE LONDRES, de Ariel Mazzeo.


Axxón 269

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Brujería, Transmigración : Argentina : Argentino).


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