¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 


Ilustración: Tut

Stofenmacher se despertó como todas las mañanas desde hacía cuarenta y siete años, en la misma habitación y oliendo los mismos libros antiguos. Pero esa mañana no era una mañana más: era su último día como bibliotecario municipal.

Se deshizo de las sábanas y al pararse al costado de la cama notó un leve desnivel que le hizo flexionar la pierna derecha. Se sentó y miró el piso: estaba nivelado. ¿Qué había sentido entonces? Se miró los pies; observó las finas medias de algodón. Se las quitó y quedó a la vista un hobbiteano pie izquierdo. Stofenmacher se rascó la cabeza. Ese pie no se parecía en nada a su pie derecho. Ni tampoco al pie izquierdo de toda la vida.

Qué raro. Esto de que una parte del cuerpo le creciese de forma desmesurada de un día para el otro nunca le había pasado. ¿Sería normal? A sus casi sesenta y cinco años, y con las enfermedades que iban y venían, no creía que valiese la pena preocuparse. Además, ese día iba a ser uno muy especial para él. ¿Para qué andar perdiendo el tiempo con matasanos?

Volvió a ponerse las medias, esta vez con dificultad.

Eligió calzarse sólo la pantufla del pie normal, para compensar y no bambolearse. Además la otra no le hubiera entrado.

Ya vestido con su bata de desayunar, rengueó hasta la cocinita y puso a calentar la pava. Encendió la Spika, giró el dial hasta la am 630 y esperó a que el agua estuviese lista.

Le echó un vistazo al moho invasor de los rincones. A pesar de haber vivido tanto tiempo en ese húmedo cuartito, le pareció inmenso. Como una caverna. Una gruta más que una caverna. Y eso que él medía un metro sesenta, y apenas entraban la cama y la cocina. Aquel rincón que podía llamar suyo, aquel exiguo anexo de la biblioteca, se lo había cedido el Gobierno hacía mucho.

Saltando en una pata, Stofenmacher fue hacia la biblioteca, donde desayunaba todos los días. Haciendo equilibrio sobre uno de sus pies, buscó en la cómoda el mantel amarillento y el posavasos.

¡Rrradioo Rrriiivadaviaaa! —anunciaban de fondo.

Recorrió con la mirada todos los estantes. Sacó un libro del más próximo: el Martín Fierro, uno de sus favoritos. Sonrió complaciente al ver que cada libro se encontraba etiquetado, ordenado. Ninguno tenía polvo de más de dos días. Pero en alguna que otra repisa había huecos que hacían imperfecta su composición escenográfica. Ya la semana anterior había sufrido un ataque de pánico al descubrir que algunos irresponsables —los morosos de siempre— no habían respetado los plazos de entrega. Ese día, debió llamar a la ambulancia. Lo recordaba perfectamente.

 

—Hola, doctor, ¿cómo le va? —había dicho Stofenmacher desde la cama no bien entraron a verlo.

—Mejor que a usted, seguro —bromeó el joven médico, pero observando con preocupación su delgadez—. ¿Qué está pasando? Cuénteme.

—Verá, doctor: me duele el pecho, y sobre todo al respirar.

—Claro, lo veo perfectamente. ¿Y en qué andaba, abuelo, cuando le empezó esto?

—Usté dirá que es una pavada —Stofenmacher se agitaba al hablar—, pero no me devolvieron Oliver Twist.

—¿Twist? —preguntó el muchacho—. ¿Como Pipo Cipolatti?

—No sabe cuánto adoro ese libro, doctor…

—¿Un libro? ¿Hicieron un libro con los Twist? —El doctor lo miró anonadado—. ¿No pensó en tomarse unas vacaciones, señor? No debe ponerse así por un libro.

—Disculpe, doctor, pero hace cuarenta y siete años, tres meses y una semana que trabajo aquí, y jamás me tomé vacaciones. Los libros son como… como los hijos que nunca tuve. —Stofenmacher se quedó pensativo—. Recuerdo una vez que caí enfermo con cuarenta de fiebre. Pero eso fue hace mucho tiempo… Usté, hijo, no había nacido, ¡je! Verá que no estuve más de dos días sin trabajar. Los peores días de mi vida, por cierto.

—Aun así, señor —dijo el joven mirándolo a los ojos—, debería calmarse y no enojarse por cosas como esta. Cada noche se me toma estas pastillas antes de irse a dormir. —Le pasó unos frasquitos—. Le van a hacer bien.

—Gracias, doctor, se lo agradezco mucho. ¿Tendría a bien decirme cuánto le debo?

—No es nada, no es nada… —dijo, cerrando su maletín.

—Usté tenga. —Y, desde la cama, Stofenmacher se estiró hacia la mesita de luz, sacó una bolsita llena de monedas y se la puso en la mano al doctor—. Por las molestias.

El médico sopesó la bolsita. Parecía sorprendido.

—Lo acepto con la condición de que se me cuide, ¿eh? —y se fue sacudiéndose el polvo del ambo. Cuando salió, Stofenmacher escuchó cómo el médico dejaba las monedas sobre el desayunador.

 

Stofenmacher apoyó el Martín Fierro sobre el atril. Se preguntó qué habría hecho Fierro en su lugar, si lo hubieran rajado como a él.

—Habría pelado el facón, eso hubiese hecho.

Sin más interrupciones, se abstrajo en su rutina del desayuno: sumergir la bolsita tres veces, reposar sobre una cuchara; ejecutar unas piruetas con el hilo para exprimirla; goteo, y las ocho gotitas de limón. Revolver con delicadeza: mano izquierda en sentido horario una vez, y antihorario dos veces.

Y lo tomó de a sorbitos mientras recordaba el momento en el que lo condenaron al destierro —como a Romeo—: había venido un funcionario estatal, un tal Leonardo Gómez. O Pérez, vaya a saber.

 

—Usted sabe cómo es esto…—decía, pongámosle, Gómez—. Uno llega a cierta edad… en la que debe dar lugar a jóvenes con iniciativa. Lo viejo tiene que dar espacio a lo nuevo. ¿Hace cuánto que no renueva la biblioteca?

—Sí, señor, lo sé —decía Stofenmacher con la mirada en sus propios pies—. Pero yo hace más de cuarenta y siete años que trabajo en esta biblioteca.

—¡Mejor aún! Podrá vivir un poco, despegarse de este lugar. ¿Tiene familia? ¿Tiene amigos? Pues bien, vaya a visitarlos. Ya no necesita trabajar para vivir.

—No, señor, no tengo familia… ni amigos para visitar.

Mientras hablaba, Stofenmacher luchaba contra su cuerpo: de reojo, se advirtió en el espejo de la pared que el pelo tomaba un nuevo tono de blanco. En la piel de las manos le surgían pequeños cráteres y el ciático empezó a quejársele después de sesenta y cinco años.

—Vaya a las sociedades de fomento —siguió el otro, que ni había registrado nada—. Por PAMI puede recorrer todo el país y conocer mucha gente. Reta, por ejemplo, es un balneario muy tranquilo.

—Sí, no, pero usted no entiende. ¡Los libros son lo único que tengo…!

—… ¡Pero deje el pasado atrás, señor mío! Estuvo demasiado tiempo cuidando esta biblioteca, que por cierto está impecable. Véalo como un nuevo desafío. Aléjese de su trabajo y piense en el futuro. ¡Pase lo que resta de su vida lo mejor posible!

En eso, la campana anunció un visitante.

—Debe ser su reemplazo —dijo Gómez.

Stofenmacher movió lentamente sus pequeños pies y abrió la puerta de un tirón. Delante de él se encontraba un imberbe hippie. Entonces Gómez dijo, sonriente, empachado de orgullo:

—Señor… Stra… Stravenmater, le presento a Gerardo Díaz.

—Stofenmacher —aclaró el viejito ofuscado.

—Claro, sí, sí, Stofenpajer. Como le decía, el señor Díaz llevará adelante sus tareas, y estará a cargo de la renovación de la biblioteca. Gerardo, pegate una vuelta y fijate qué te parecen los libros.

Con un anotador en la mano, el niñato se dispuso a recorrerla.

 

Stofenmacher tomó la taza y levantando el meñique dio un sorbito. Dejó que su lengua degustara el oxidado té negro de Oolong y la acidez del limón en su punto justo.

El cobrizo brebaje le trajo a la memoria el color de su corbata bordada: la llevaba puesta aquel día en que el tal funcionario había venido a echarlo. También recordó que se había puesto un pantalón azulado, mandado a hacer a medida —aunque después de treinta y cinco años le llegaba al ombligo—. Una camisa blanca de algodón bien planchada, unos oscuros zapatos orlados de vivos de oro, un saco no muy ostentoso pero de delicado corte.

A esta imagen se le cruzó un recuerdo reprimido, el aspecto del insolente ese que lo iba a reemplazar: unas ojotas verde chillón le rebotaban en las plantas de los pies; sus pegoteadas y olorosas rastas pendulaban disparando piojos; una remera verde, amarilla y negra, con la cara de un negro barbudo y feliz, dejaba entrever sus tetillas; unos símbolos chinos tatuados asomaban en los brazos y doscientos aritos multicolores adornaban su cara. Un cambalache.

Hipnotizado por el té y los recuerdos, Stofenmacher se dejó ir.

 

—¿Qué cambios tenés ganas de hacer en la biblioteca, Gerardito? —dijo Gómez.

El hippie abrió la boca, revelando sin querer un arito en su lengua: un librito en miniatura. Miró con preocupación los libros:

—No hay un puto libro nuevo —decía, sobrador—. Ya nadie hojea siquiera estos papeluchos. Crimen y prejuicio, La livini… la comedia y ese de la mancha… todo esa onda vintage ya fue. ¿Dónde está Bucay? ¿Dónde Osho, Coelho y las novelas de las sombras de Grey? En toda biblioteca tiene que haber scifi de la buena, como Crepúsculo.

Vapuleado por tales insolencias, Stofenmacher se agarraba de un estante. Se sentía Ahab encastrando desafiante su pata de palo, y veía al otro como a Moby Dick abalanzándose contra el Pequod.

 

Llevaba la cuenta de su segunda galletita y quinto sorbo de té. Atinó a tomar de nuevo el pocillo, y se le derramó todo sobre el individual.

¡¿Qué pasó?!, se dijo al verse la mano: sus dedos no eran sus dedos, sino cinco gordos chorizos pendiendo de una bola de carne.

Se sentía abrumado, pero lo distrajo la asociación de ideas: esos tipos —Gómez y Gerardito— consideraban que los libros tenían que salir como en la máquina de hacer chorizos.

—¿Qué van a hacer —les había dicho Stofenmacher— con todos los libros que no les gusten?

—Quemarlos, por supuesto —gruñó Gómez—. Estos libros pertenecen al Gobierno de la Ciudad. ¿Sabe usted la cantidad de papelerío que me llevaría donarlos o regalarlos? Pues no se imagina.

 

El diminuto Stofenmacher —no tan diminuto a estas alturas— miró sus piernas: eran dos matambres desgarrándole el pantalón. Lágrimas le rodaron por la pera hasta llegar a los pliegues de una ingente, enorme superficie ovalada, que hasta hacía un rato supo ser su discreta panza. Los brazos se le hinchaban mientras los movía para secarse las mejillas.

 

—Señor —dijo Stofenmacher—, respecto a mi habita…

—… Sí, sí, no se preocupe —dijo Gómez, sin siquiera mirarlo—. A partir del próximo lunes, el señor Díaz ocupará su habitación. Vamos a hacer alguna reforma al edificio para que quepas, ¿te parece, Gerardito?

—Bu-bueno —dijo Stofenmacher—. Eso es lo que quería decirle: no… no tengo a donde ir.

—¡Pero no se preocupe, mi amigo! Usted puede conseguir un lugar donde dormir en cualquier lado. Los alquileres son muy flexibles. Mire: tengo una tía que está alquilando por un parque. ¡No sabe qué lindos parques y plazas hay en la capital! —Ahora el tipejo se dirigió al señor Díaz—. Entonces, Gerardito… ¿qué se te ocurre hacer con este cuartucho? ¿Querés demolerlo? No creo que haya problemas.

Y las voces se le perdían lejos a Stofenmacher, difuminándose en una trama roja que terminó por cubrirlo todo, como aquel planeta Marte en el que Bradbury contaba las historias de Poe.

Terminaron de conversar y lo despertaron:

—Bueno, señor Stofenmacher, lo dejamos así: el lunes estará por aquí el señor Díaz. Ahora debemos irnos.

 

De vuelta en la mesita del desayuno, Stofenmacher alcanzó el triple o cuádruple de sus dimensiones, y aún seguía consciente. Su cuerpo caprichoso se negaba a sentir dolor. Sabía que debería sentirlo, pero no había nada. Nada había más que tristeza. Finalmente la hinchazón llegó a su cara.

Quedó, de aquel bibliotecario, sólo sangre, piel, cartílago y huesos hechos polvo y esparcidos entre sus libros.

 

Según cuenta la leyenda, nadie logró agregar ni quitar libro alguno de la biblioteca. Pueden visitarla cualquier día de la semana en la calle Otamendi 546, en Parque Centenario. Y si se les ocurre reservar cualquiera de sus libros, van a apreciar entre sus páginas parte de los restos del famoso bibliotecario.

 

 


Diego tiene treinta años y vive en Capital Federal. Empezó a escribir hace tres años y desde ese momento forma parte del Taller literario de Marcelo Di Marco. Si bien su género preferido es el horror, “Entre sus páginas” se destaca por la fantasía y el gore. En este momento está escribiendo un compilado de cuentos con temática Zombi. Sus autores favoritos son Terry Pratchett, Stephen King, Julio Cortazar y Joe Lansdale.

Con este cuento debuta en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con LEYENDA A LAS PUERTAS DE UNA SALA DEL MUSEO DE ARTE MODERNO, de Mauricio-José Schwarz.


Axxón 274

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Realismo Mágico : Vejez, Obsolescencia, Biblioteca : Argentina : Argentino).


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