¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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SIETE

Mnemmón del Desierto

 

El paisaje del solar reaccionó en cierta medida a la presencia de la Soñadora.

No cambió, pero ella lo notó distinto, ora frío e inhóspito, ora cálido y bochornoso. Dejó sus huellas en la tierra y el suelo las absorbió, analizándolas, averiguando detalles sobre la visitante que ni ella misma conocía. Era un duelo de voluntades: el horizonte por un lado, su miedo y el complejo de inferioridad de los humanos por el otro.

Ladyé sabía (o creía saber, por lo que había oído en las tabernas) que la presencia de la IA alteraba hasta cierto punto las leyes físicas del solar. Pero no era una alteración voluntaria. Era un accidente, el calor residual por la fricción entre dos paradigmas que no podían coexistir.

Existía una secta de peregrinos de la IA que dedicaban sus vidas al estudio de este singular ente, pero por lo que Ladyé sabía, nunca recibieron a cambio nada tan concreto como lo que buscaban. Los estagilotes (o zelotas del Cambio Invisible) efectuaban varias peregrinaciones al año a la base del pilar, se arrodillaban y suplicaban al ente que les resolviese alguna duda existencial. A cambio de su fe no recibían respuestas, pero sí cambios físicos que los hacían únicos: la capacidad de pensar en cuadro retardado, iris que al abrirse o cerrarse emitían un sonido de pájaros, palabras que al imaginarlas boca abajo los hacían oler a chocolate… cosas así.

Ese era el efecto de una prolongada exposición a la IA. Ladyé, por supuesto, no pensaba quedarse tanto.

El olor del código era insólito, hiriente y trufado de su propio subtexto. Había un sonido de fondo, una especie de música que le recordó los gemidos predespegue de las saltadoras. Sinfonías esculpidas en un solo bit, gritos lanzados al viento por algo menos concreto que la casualidad y más amarillo que la salsa de estraffe. Ladyé prosiguió su camino, tratando de ignorar todos esos fenómenos ultramatemáticos… hasta que divisó a los hombres.

Eran cuatro. Formaban una línea, hombro con hombro, ante la base del pilar. La estaca se elevaba proyectando varias sombras, titánica, incognoscible, con un resplandor en la cúspide en el que estaba encerrada la entidad como en una jaula de fuego, y que parecía diseñado para que lo contemplasen las estrellas, no los humanos.

Las siluetas de los hombres eran de color agrisado, tocadas con gorros extraños y extremidades de escayola, como las de un maniquí a medio terminar. Estaban firmes, mirando a la base del pilar.

Esperando. Esperando algo.

¿A ella, tal vez?

Ladyé sintió un escalofrío. ¿Habría modificado su presencia hasta tal nivel el entorno como para que la entidad crease espontáneamente esos cuerpos de escayola? ¿Y para qué? ¿Qué clase de aberrante y bípedo mensaje quería comunicarle?

Salvó los últimos metros con extremo cuidado, dispuesta a salir corriendo si las cosas pintaban mal. Ya estaba tan cerca del pilar que casi podía tocarlo con las manos. Era el momento idóneo para formular la pregunta.

—¡Por favor, dame una respuesta! —gritó a pleno pulmón. A su alrededor se había levantado un viento salvaje—. ¿¡Cómo puedo soñar para alguien que no puede experimentar mi sueño!?

El viento levantó capas de polvo que se comportaron como unidades concretas. Los hombres de escayola volvieron el rostro lentamente hacia ella. Sus expresiones estaban apenas dibujadas, pero se intuían humanas.

Ladyé sintió un acceso de pánico. Miró hacia atrás. La frontera con la ciudad parecía increíblemente lejana. ¿Era esto lo que sentían los pilotos cuando se veían atrapados en un fenómeno celeste, y el oasis planetario estaba a diez mil años luz?

Se dio cuenta de algo: las sombras del pilar rotaban como aspas de hélices a su alrededor, muy despacio, como si el sol se moviese a velocidad de vértigo por el cielo. Uno de estos conos de penumbra bañó a Ladyé, y pudo escuchar una voz profunda que decía:

 

FÁCIL DE AFRONTAR ES LA CORRIENTE

DIFÍCIL SALIR DE ELLA, VERSO, POEMA, INSTANTE DE LUZ

θΛΞ

LOCUS COSMOGÓNICO CAMBIANTE

HOY NO ES NECESARIO ABATIR A LAS PALOMAS

 

Ladyé cayó de rodillas. Los cuatro hombres de escayola se inclinaron treinta grados en una misma dirección, pero no perdieron el equilibrio. El viento parecía afectarles menos en aquella pose de columna rota.

—¿Qué quieres decir? —gimió la Soñadora, entre latigazos de dolor. Las resonancias provocaban seísmos y desplazamientos tectónicos en la materia gris de su cerebro—. ¿A qué ola pertenece esa tecnología? ¿Qué es un locus?

La entidad tronó:

 

ECUACIÓN DISCREPANTE

SUEÑOS SIN LÍNEA DE CONTINUIDAD HIEREN LA PRAXIS

Щљћ

SE PUEDE CANTAR SIN PLUMA NI BOCA

LA VENTANA ESTARÁ ABIERTA SÓLO MEDIA NOVA

 

Ladyé decidió que tenía suficiente. No entendía nada y el dolor era insoportable. Las ondas de alta energía que manaban del obelisco podían freírla como el halo de microondas del casco de una nave. Y si esa era la clase de respuestas que iba a obtener de la Estagilita, lo mejor sería marcharse cuanto antes.

Se estaba dando la vuelta para huir despavorida cuando oyó:

 

CUANTO MÁS JÓVENES NOS HACEMOS, MÁS ARTICULADAS LAS VOCES

NO BUSQUES LO QUE NO TIENE RESPUESTA

NO BUSQUES SI no quieres encontrar algo que no esperas. —El atronador timbre de voz se suavizó como si alguien hubiese interpuesto un continente entero entre el pilar y sus oídos—. Es tu sino, mujer, imaginar lo que a otros les cuesta dar por cierto.

Ladyé alzó la vista. Quien le estaba hablando era uno de los maniquíes, que ahora se le antojaba plenamente humano. Tres de ellos dieron media vuelta y caminaron tranquilamente rumbo a la ciudad. El cuarto, un cincuentón con aspecto de petimetre de barriga redonda y piernas de alambre, permaneció allí para hacer de interfaz.

—Gracias —dijo Ladyé, aliviada—. No podía soportar el…

—Los humanos sois impredecibles. ¿Quién iba a pensar que estarías aquí, visitándome? —preguntó la Entidad a través de su marioneta.

Ladyé se envaró.

—¿Me conoces?

El fuego en lo alto del pilar titiló. Ladyé bajó la frente, mostrando humildad. Sabía que su vida corría un serio peligro. Muchos aspirantes a estagilote habían perdido algo más que la razón bogando por estos mares surrealistas.

—No sé qué clase de pleitesía debo rendirte…

—Si has venido a orar, entonces humíllate —dijo el hombre / interfaz—. Si has venido a contar historias, siéntate y enhebra los versos. Si quieres una pregunta, formula primero la respuesta.

Otro cono de sombra la cubrió. Ladyé sintió un frío capaz de escarcharle el tuétano de los huesos, pero no se movió del sitio.

—He acudido a ti porque necesito saber más sobre los sueños —tiritó—. Alguien me ha pedido que sueñe para él, pero no sé cómo transmitirle los paisajes oníricos. No puedo hacerlo sin un pedazo de tecnología que para ti ya será obsoleto. Por favor, ayúdame.

—Los sueños son la verdadera expresión del álgebra con base de carbono —sentenció la marioneta, levantando dos dedos de su mano derecha. Ese gesto lo hermanó con algunas figuras históricas, pero Ladyé no adivinó cuáles—. Quien renunció a ellos fue expulsado de su propio hogar, del amparo de la tierra. Aquel que busca tu ayuda la conseguirá, pero tú no obtendrás lo que esperas a cambio.

—¿Por qué? ¿Qué quisiste decir con que no buscara lo que no tiene respuesta?

El gordo de piernas finas sonrió. Sus camaradas de génesis se habían perdido en la distancia.

—Te mataré si no dices algo con valor artístico ahora mismo —dijo con sinceridad la IA.

Ladyé sintió que el corazón se le aceleraba. ¿Qué era aquello, una dadaísta prueba de fuego, el reto de un poeta loco? Fuera como fuese, tenía pocos segundos para pensar.

Trató de recordar los sueños recientes, los trabajos que había hecho para otras personas y para sí misma. Pero su mente era una espantosa pantalla blanca, sin ideas, sin frases, sin finales ni principios.

Como por ensalmo, unas frases aparecieron de pronto en la pizarra vacía de su memoria. Ladyé abrió mucho los ojos, la lengua pegada al paladar, y vomitó palabras disparadas al azar a una diana de aire:

 

¡Ahora recuerdo el sueño!

Era nube y cristal y manzanos con frutos de terciopelo.

No sé quién era yo, por qué junto a la flor me sentía tan pequeña,

Pero el rosal me miraba, cantaba, me acunaba en

Pesebres de piedra,

Y limpiaba mis heridas con plañidos de sangre…

 

Ahí se le acabó el aire, y le dolieron los pulmones. ¡La había recordado! Era una de las estrofas del poema que le había recitado el enano mensajero, la críptica misiva de Pájaro Burlón. Seguía sin saber qué significaba, pero intuyó que acababa de salvarle la vida.

El gordo abandonó su pose de panegírico humano.

—Has hecho bien temiendo por tu vida, Ladyé —dijo—. Pero no es de mí de quien tienes que preocuparte, sino de tu propio vacío. El olvido que algún día relegará tu alma a los abismos de la incapacidad para crear un poema. Tu cerebro se degrada, mujer, y jamás podrás recuperar lo perdido.

—¡Ayúdame, pues! —suplicó—. ¡Dime cómo puedo soñar para otros sin máquinas que nos traduzcan, y te pagaré con un trozo de mi corazón, de la chispa que me hace reír ante un cuadro sin perspectiva o una canción infame! ¡Te daré el yo que es el artista, para que lo manipules a tu antojo!

—Duerme y entrégamelo, Ladyé. Volverás a caminar entre los tuyos. VolveRÁS

A CAMINAR ENTRE LAS SOMBRAS

Йюя!

 

Cuando la IA recuperó su voz de galerna y terremoto, Ladyé cayó cuan larga era en el suelo y sus ojos se cerraron. No supo cuánto tiempo estuvo allí, sin poder respirar, sin ser ella misma, juguete en las manos del titiritero —soñando, soñando, soñando hasta el infinito, para toda la humanidad—, pero cuando despertó todo era silencio.

Alguien la había dejado en la frontera del solar. La ciudad, con el ruido y la gente y los turbios intercambios comerciales, se alzaba a pocos metros. Y Ladyé se notaba distinta.

Tardó un poco de darse cuenta de por qué, pero al final comprobó que, en efecto, había asimilado ciertos cambios fisiológicos (¡DNArte divino!) como aquellos que los estagilotes recibían con euforia cual estigmas de fe.

Cada vez que se frotaba el borde exterior del ombligo en sentido contrario a las agujas del reloj, su vagina se humedecía y Ladyé sentía un orgasmo feroz, seguido de una abundante emanación de aceite de girasol por sus partes íntimas.

No supo cuánto tiempo estuvo llorando después de eso.

 

La ciudad parecía más populosa, más abarrotada de gente, después de su experiencia con la IA.

Cientos de cabezas, sin conexión lógica con los cuerpos que fluctuaban por debajo, la contemplaron al pasar, juzgándola, pensando seguramente en el aspecto tan lamentable que presentaba, en esa pinta de metabolata vencida por la combinación correcta de enlaces covalentes.

Algunos puede que dedujeran que su andar tumbado había tenido su origen allá dentro, en la Catedral, donde todo era peligroso para la vida. Pero si lo hicieron, nadie lo confesó. Seguramente catalogaron lo que quedaba de Ladyé como un detrito más de la esfera de influencia de la Estagilita, y la dejaron pasar, sin meterse con ella, pues ya estaba suficientemente extraviada como para ahondar en su pena.

Mientras caminaba, con un rumbo definido aunque ella no lo supiera, las sinapsis de Ladyé fueron regresando lentamente a la normalidad. El mundo dejó de girar y las cabezas se fueron cosiendo a sus respectivos cuerpos.

La Soñadora se golpeó la cabeza para espantar esas ideas tan extrañas. Se arrepintió cuando esos mismos golpes despertaron al dragón de la migraña.

¿Qué había sucedido en el solar de la IA? Ladyé localizó un reloj en un escaparate (exhibitur opidomi). Tenía recuerdos como para rellenar un par de horas, a lo sumo, pero según el cómputo de aquella máquina habían pasado muchas más. Puede que hasta fuese otro día distinto.

¿Qué le había hecho aquella… cosa? (Aparte de lo del orgasmo aceitoso, claro, una vergüenza en la que prefería no pensar para no volverse loca.) ¿La había tenido durmiendo durante todo aquel tiempo entre los dinosaurios estrellados de naves, manipulando su cuerpo?

Ese pensamiento generó una ola de terror en la Soñadora. Lo siguiente fue una urgentísima necesidad de examinarse el cuerpo. Buscó a la carrera una tienda de ropa, entró, sustrajo de un expositor la primera prenda que estuvo a su alcance (ni siquiera se fijó si era de hombre o de mujer) y entró como una exhalación en los probadores. Allí se despojó de absolutamente toda su ropa, y estuvo casi media hora examinando cada centímetro de piel, buscando anomalías, pequeñas incisiones o vestigios de lo que fuera que le hubiese hecho la Estagilita.

Se buscó en la cara, el cuello, debajo de los pechos, entre los muslos, en las axilas… todos los rincones a los que podía acceder sin un espejo supletorio. Incluso se abrió con los dedos los labios de la vagina y separó bien las nalgas para comprobar que no hubiese nada nuevo que antes no estuviera allí. Había oído leyendas urbanas sobre las cosas que los cortadores ilegales les hacían a los clientes que no pagaban, cosas horribles como cambiar los genitales de sitio o abrir un segundo ano del que surgía una suerte de lengua, para vergüenza perpetua del moroso.

Por fortuna, si había cambios eran internos. Eso no la tranquilizó, pues empezó a imaginar cuadros obscenos de corazones cambiados de sitio o de intestinos enrollados sobre órganos que deberían ser vestigios evolutivos. Eso la llevó a la siguiente conclusión: tenía que ir a un hospital.

No, a un hospital no: a ver a alguien que realmente entendiera de cambios físicos, para que la reparase si encontraba algo demasiado aberrante. Tenía un dinero ahorrado, y podría pagarse unas modificaciones menores.

La encargada de la tienda, al ver que la estancia de Ladyé en el probador se prolongaba demasiado, acabó por tocarle en la puerta. La Soñadora se vistió y, con una sonrisa traviesa, dejó otra vez la prenda que había tomado prestada en su sitio. Eran unos calcetines de talla infantil, con ositos de largas pestañas bordados en rosa. Luego abandonó la tienda.

Se encontraba mejor. La ciudad tenía otro aire, cierto, pero poco a poco se iba adaptando a su nueva percepción de los vehículos (lengarata movilis), las farolas (estagis luminaria) o los anuncios de neón inteligente (neoniga plocamariensis).

Se dio un golpe en la frente. ¿Por qué estaba clasificando los objetos inanimados que veía con aquellas expresiones en un idioma inventado? ¿Acaso era… —tragó saliva— otro efecto de su exposición a la IA (bohemius supremis)? ¿Un neurodaño colateral?

Echó a andar con furia. Aquellas modificaciones eran un precio demasiado elevado por haber hablado con el dios. ¿Y qué había obtenido ella a cambio? Un montón de sandeces peregrinas como las que soltaban los borrachos del Foro cuando ya no podían trasegar ni un chupito más del arsenal de Lambda. Ni más ni menos.

Tomó un taxi hacia el centro. Sabía a quién debía ver ahora. Y no sólo porque ella era la única que le parecía suficientemente capaz como para revertir los cambios (y si no podía, al menos para operarla en el cerebro y que se olvidase de ellos), sino porque había algo importante que quería sonsacarle. Durante mucho rato, Ladyé se había estado preguntando dónde demonios había visto antes unos cuerpos similares a los que estaban debajo del pilar de Mnemmón. Y ahora lo recordaba.

Eran cuerpos a medio cortar, a medio nacer, como los de la trastienda de Pájaro Burlón.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 274

Novela corta de autor europeo (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial, Implantes neuronales, Sueños : España : Español).


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