¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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SEIS

Mensaje cantado

 

Ladyé se volvió bruscamente en varias ocasiones para asegurarse de que ni Visnú ni ninguno de sus amiguitos la estuviera siguiendo. La mayor parte de las veces fue un esfuerzo inútil. En el mar de cabezas que anegaba la calle no podía distinguir a nadie conocido, ni siquiera por su forma de vestir.

Era una pena para ella, que le gustaba avanzar por callejuelas, pero éstas morían antes de llegar al extrarradio de la urbe. Ninguna se atrevía a alargarse hasta rozar la Catedral de lo Imposible, el hogar de la IA Mnemmón. Tenían demasiado miedo, hasta para ser las arterias adventicias del inmenso sistema circulatorio de la urbe. Por eso tenía que avanzar por la calle principal, entre la gente, entre el sudor, entre las cabezas. Una sombra anónima más en la turba.

Sin embargo, alguien sí que la reconoció a ella.

La figura se despegó de la multitud como si ésta fuera un fondo plano. Al principio Ladyé no se dio cuenta de que estaba a su lado, mirándola, como esperando a que fuese la Soñadora quien iniciara el diálogo. Pero al momento clavó los ojos en su atuendo de plata, el maquillaje de farándula y los botines de tacón ladeado.

—¡Payaso!

El pequeño robot, el mismo que le había servido el té en casa de Pájaro Burlón, hizo una profunda reverencia. Los demás transeúntes caminaban con prisa a su alrededor, sacándole más de medio cuerpo y amenazando con pisarlo, pero al pequeño sirviente no parecía molestarle la presencia masiva de gente grande.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la Soñadora—. ¿Te ha enviado tu ama?

—Sí —respondió el pequeño engendro—. Me pidió que le diera un mensaje. Es un mensaje cantado.

—¿Cantado?

—Cantado. Y con buena voz, me advirtió.

—Pues adelante, entrégamelo —concedió Ladyé, las manos en jarras.

El enano hizo un par de cabriolas, dio unas palmadas con sus guantecitos de lentejuelas, se aclaró la garganta y entonó:

 

Gemidos que rompen la aspereza del hielo.
Estrellas de color en el perfil de una alhaja
Regalos divinos, locuras ancestrales
y el hombre que templa su valor
contra el yunque del miedo,
Nombres que hieren como el metal
al extremo de la navaja.

 

Cuando los labios de los guías
pronuncien tu nombre
Y la caricia del sol
entibie tu pelo
Piensa que sobre las nubes te espera
el cariño de un hombre
Que ningún ojo aprecia la belleza
a través de un velo.

 

Ahora recuerdo el sueño
Era nube y cristal y manzanos
con frutos de terciopelo.
No sé quién era yo, por qué junto a la flor
me sentía pequeño,
Pero el rosal cantaba, me acunaba en
Camas de piedra,
Y limpiaba mis heridas
con su más esmerado celo.

 

Desperté y ya no recordaba
el comienzo del cuento.
Tu silueta en esta cama, cortinas que texturan
el perfil de la brisa,
Granos de arroz que bailan en un cuenco,
Y la mañana que cuenta su mentira
Sin amor ni besos.

 

Concluyó la canción con un giro y una reverencia, a los que Ladyé aplaudió.

—Es bonito, pero… ¿qué significa?

El payaso se tocó la punta de la nariz.

—No lo sé, sólo soy el mensajero. Pero mi ama quiere que sepa que la respuesta que usted busca está en una estrofa de un poema. No en una reacción química. —Sacudió violentamente hacia los lados la cabeza, liberando una nubecilla de purpurina, y se marchó corriendo mientras gritaba—: ¡No busque la solución en la razón, sino en la locura!

Ladyé se quedó un momento allí, una isla en el torrente de personas, intentando asimilar lo que había ocurrido.

Pájaro le había entregado una pieza más del puzzle, una contestación alternativa a la pregunta que le formuló en su casa. ¿Pero qué demonios quiso decir con lo de la locura? ¿Y por qué le había recitado las estrofas en forma de melodía?

Confusa, prosiguió su camino. Los misterios le gustaban como los vasos de vino: uno cada vez. Ya pensaría en ello más tarde, cuando estuviese delante de una jarra de cerveza tibia en el Foro.

Le costó casi una hora llegar al solar prohibido. Tomó varios transportes públicos que la acercaron lo que pudieron a los barrios industriales, luego algunas calesas tiradas por humanos y el kilómetro restante andando. Una colina chata ocultaba el solar de la vista de la ciudad, protegiéndolos a ambos de la influencia del otro.

Margen había crecido exponencialmente en todas direcciones, menos hacia allá. El solar, visto desde el aire, era como una pica que alguien hubiese clavado en la tierra para partir en dos el desarrollo urbanístico. La marejada de edificios ni siquiera se atrevía a rodearlo, sino a pasar de largo como la estela de un barco.

Ladyé trepó por la colina. No había vallas que separaran el terreno urbano del salvaje, tan solo una ausencia repentina. De asfalto, de vehículos, de gente. De los perfumes y los sabores típicos de la civilización. No hacía falta delimitar el terreno, porque todos sabían lo que había al otro lado, y sólo los dementes o los que buscaban alguna solución extrema deseaban ir.

Cuando la muchacha llegó a lo alto de la elevación (bordeando escrupulosamente algunos pivotes de los que surgía un zumbido indescriptible, y que era mejor no investigar), vio una llanura desprovista de vegetación, triturada y vuelta a recomponer tras la caída de varios meteoritos, con fantasmas actínicos que vagaban de aquí para allá, sin más propósito que el vagabundeo en sí mismo, merodeando como espíritus de naves desguazadas.

Había naves, sí, o más bien esqueletos torturados de lo que en otro tiempo fueron cohetes y saltadoras como la de Noir. Esqueletos desgarrados, carentes de alma, algunos todavía a medio colisionar contra el suelo en movimientos increíblemente lentos, que empezaron hacía décadas y que no acabarían hasta que el dueño y señor del solar (¡la Catedral de lo Imposible!) decidiera que ya había visto bastante.

El espacio de control hervía. Rostros desaseados de antiguos tripulantes modelaban el código, tatuando semblantes en tres dimensiones sobre lienzos de comandos informáticos. El propio limbo no existía como tal en aquellos lares, sino que era más bien una cortina, un tul de terciopelo algebraico que disimulaba las realidades extremas que había debajo. Olas sobre olas sobre necrópolis de tecnologías ignotas, de microbios y nanobios, de opciones y categorismos.

Y al fondo, elevándose entre la niebla como una titánica aguja, una espada que algún dios moribundo clavó en la tierra antes de ser arrastrado por las aguas de la noche: el pilar sobre el que descansaba la IA.

Ladyé se apantalló el rostro con las manos para verlo mejor, pero el pilar resbalaba por su retina y terminaba escapando por un lateral de su visión, por mucho que se esforzara en mirarlo fijamente. Los escasos segundos que lograba centrar la imagen, un trocito de cada vez, revelaron aire, calor, frío, esbozos de objetos sólidos pero no del todo innegables, tormentas de matemáticas visibles para el ojo humano.

Ladyé avanzó. Puso un pie delante del otro y se adentró en solitario en aquel solar abandonado, aquel vergel de caos.

Estaba aterrada, pero no importaba. Había venido para hacer una pregunta, y no se iría sin la respuesta.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 274

Novela corta de autor europeo (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial, Implantes neuronales, Sueños : España : Español).


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