¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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TRES

Oniric Noir

 

 

Dos capas de parroquianos se agolpaban frente a la barra. El local había completado con éxito varias etapas de su carrera hacia la madrugada, y la gente no sólo no se marchaba sino que iba llegando más. Eso era bueno para el negocio, pero obligaba a Lambda a quedarse entre bastidores por si alcanzaba el récord de licores preparados por minuto, y confiar el cara al público a sus empleados. Huelga decir que ni se fiaba del todo de ellos, ni los chupitos salían perfectos porque uno de sus ojos estaba siempre puesto en la caja.

Ladyé, Visnú y Slad… bueno, Slad no; hacía un cuarto de hora que Slad no. Se había quedado dormido con media cabellera dentro del plato, y hasta sus ronquidos eran cómplices de la música de ambiente. Pero el dúo de Soñadores no quitaba ojo de encima al corsario del gabán granate. Estaban fascinados. Habían averiguado que el hombre se llamaba Noir, que tenía cincuenta y dos años subjetivos (y un montón más de ellos objetivos, a fuerza de saltar entre estrellas y ser reconstruido de la crioestasis aquí y allá), y que había sido escogido como uno de los pilotos privilegiados que subirían a las navesluz de la expedición que se estaba preparando en el astropuerto.

Ese dato despertó suspicacia en Ladyé.

—Creía que ningún piloto iba a bordo de esas naves —dijo en voz baja. El juego de ecos obraba su magia, y aunque los ritmos de la charla y de la música se imbricaban y separaban, hervían y vibraban, ellos seguían estando aislados en una campana de silencio.

—¿Hace cuánto que trabaja en este lugar, señorita? —preguntó el corsario, sin juzgarla. Las expresiones de su boca estaban prensadas sobre dos estrías en los músculos, como si hubiese estado toda la vida tocando un clarinete.

—Cuatro años —respondió Ladyé. En realidad eran cinco, pero no sabía por qué, dijo una mentira.

El hombre amontonó sus manos sobre la mesa, como si fuera a darle una charla sobre el protocolo o la tecnología espacial, pero sorprendentemente fue Visnú quien habló.

—Es menos que la fecha de la última expedición —entendió—. Desde entonces no es de dominio público. Verás, querida, aunque a la gente le gusta afirmar que las naves de espacio profundo son nocivas para la vida humana, en realidad no es así. No del todo.

Ladyé miró a su compañero, atónita.

—¿Y tú sabías eso? ¡Pero si los pilotos que salen de la academia…!

—Huyen despavoridos en cuanto les mencionan esos trastos, ya. —Sorbió de su cerveza—. No te creas todo lo que cuentan.

—Toda naveluz… necesita un… alma… —apuntó Slad, secretando esa frase de una pesadilla. Era un bohemio, genuino y sin Óperas que estigmatizaran su Ello, así que todo era posible.

—Por cada nave hay un piloto —explicó Noir, bajando la voz—. Siempre ha sido así, sólo que en este caso es la nave quien lo elige a él, y cuando lo hace es una unión de por vida. Un sacramento.

—Oh —fue la opinión de Ladyé, a su modo muy tajante.

En la barra había movimiento. Las adolescentes ya se marchaban; dos horas de exposición a aquella música, con ritmos cómplices de un idioma que se hablaba en otro mundo, las había desgastado hasta devolverlas a un estado de crisálida social. Sólo necesitaban un poco de sexo desinhibido para salir adelante; seguramente lo buscarían en las próximas horas en los moteles cercanos, entre ellas mismas o con sus compañeros de juerga.

La Soñadora miró al corsario como preguntando: ¿Y qué demonios tiene esto que ver con nosotros?

—Necesito un sueño que me ayude a hacer más llevadero el viaje —explicó Noir—. Mi comunión con una naveluz está próxima, y apenas me queda tiempo para preparar mi mente.

—¿Cuánto tiempo lleva sin dormir?

—Mucho.

Cuando quedó patente que no iba a ser más explícito, Visnú preguntó:

—¿Cuánto tiempo estima usted que su cerebro estará en estado de alerta durante el viaje?

—Más aún.

La siguiente pregunta se le antojó innecesaria, pero viendo el rumbo que estaba tomando la conversación, Ladyé prefirió hacerla:

—Perdone que se lo pregunte tan a las claras, pero… ¿qué clase de Ópera tiene injertada en el cerebro?

El corsario comprimió la boca, haciendo más profundos los surcos de clarinetista.

—No llevo ninguna Ópera encima. Pero si pueden conseguirme un sueño que merezca realmente la pena, que me haga compañía durante los agotadores años de viaje por el Lejano, estoy dispuesto a pagarles setenta millones de fids. A uno solo de ustedes o a repartir, como lo crean conveniente.

El mundo pareció detenerse alrededor de Ladyé y su compañero. O más bien, seguir su curso sin ellos.

Hubo una risa lejana y el sonido de un vaso rompiéndose. La luz de neón fluctuó con un rumor de patitas de insecto. Del astropuerto llegó la resinosa exudación predespegue de una nave de carga, bañada en su propia peste a código.

El corsario separó las posaderas del asiento.

—No les estoy tomando el pelo —aseguró—. Vengan mañana por la tarde al astropuerto, hangar diez-zeta. Pregunten por mí y les enseñaré el dinero. Podrán tocarlo y olerlo, y si lo desean, también lamerlo. —Se subió el cuello del gabán hasta la línea de los lóbulos y se marchó. Más o menos cuando cruzó la puerta fue el momento que eligió Slad para despertarse.

—Errrggbbbll —bosteructó, como diría Visnú—. Ah, hola, chicos. ¿Me he perdido algo interesante?

 

Frente a la fachada del viejo hotel Borealia, la sombra de una columna caía sobre los transeúntes con todo el peso de la propia columna. Bajo la ecléctica iluminación de llamas de nafta, los vehículos cruzaban sin hacer ruido de un lado a otro, siempre de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba.

La gente caminaba con prisa hundida en los abismos de sus gabardinas. Un borracho pasó cerca de la esquina donde se apoyaban Ladyé y Visnú, buscando un lugar donde orinar, pero el único disponible era feudo de unos perros con sarna.

Ladyé estaba asombrada. Había sido una tarde de encuentros sólidos, de esos que dejan huella, empezando por el propio Visnú y acabando por el chiflado del bar. Aún ahora, que empezaba a anochecer y había tenido tiempo para meditarlo, el episodio le parecía tan inverosímil, tan de cuento de hadas, que ni la promesa de esa ingente cantidad de dinero bastaba para motivarla.

—Setenta millones —se burló—. Como quien te lanza una moneda al cuenco.

—No hagas caso, será un loco escapado de alguna nave de tercera clase —sonrió Visnú, llevándose una pipa de nácar a los labios—. Nadie paga tanto dinero por un poco de fantasía. Y aunque fuese cierto, ¿cómo íbamos a inyectarle el sueño en el cerebro, si no tiene Ópera?

Ése era el principal problema. Ladyé lo sabía, pero no iba a discutir con Visnú sobre un asunto tan obvio que parecía un chiste. Hacía décadas que el cerebro humano se había convertido en una máquina obsoleta, ineficaz en sus procesos y en su criterio, siempre agotado y embebido de química venenosa. No era una máquina de pensar, sino una jaula de grillos donde batallaban conceptos tan irreconciliables como el sentido del yo, la responsabilidad, los recuerdos, la libido, el gusto por la moda… mil constructos que la evolución había metido en el mismo saco bajo la premisa del “deja que peleen y el más fuerte reinará”.

Durante milenios, los filósofos se habían regodeado en la idea de que por muy avanzadas que se volviesen las máquinas pensantes, jamás iban a poder suplantar la chispa de la creatividad, la energía del alma, lo que hacía únicos los cerebros de los hombres. Pero se equivocaron. Las máquinas no sólo se hicieron más veloces y exactas, sino que también desarrollaron “la chispa”.

En la propia ciudad tenían un ejemplo de ello: la IA Mnemmón, la Estagilita, encaramada a lo alto de una columna en mitad de una zona devastada llena de derrelictos de naves espaciales, donde nada vivo podía subsistir más de uno o dos días. La radiación que sudaban los antiguos motores y lo que trajeron pegado al casco de las profundidades del Lejano se encargaba de mantener despejada la zona.

Catedral de lo imposible, la llamaban algunos. Campo de juegos de un dios dadaísta y tornadizo, lo definían otros. Pero la Estagilita seguía allí, en lo alto de su columna, pensando, meditando, rezando, calumniando o lo que coño fuera que estuviese haciendo, y demostrando a la vez que una máquina podía ser tan creativa, teóloga, artística, cínica y poco algebraica como el humano más bohemio. Como Slad.

Ante ese panorama de desolación evolutiva, de autopistas sin carteles y lamentos del estilo de “qué cojones vamos a hacer ahora con esta raza de cerebros embriagados de acetilcolina”, los humanos se instalaron las Óperas, el interfaz definitivo, la puerta a un nuevo mundo sin periodos de sueño, de actividad constante y constante pensamiento. El clásico aforismo “dormir es morir la mitad de tu vida” quedó obsoleto, y el ser humano dejó de ser un desecho ineficaz para ponerse a la altura de sus propias creaciones.

“Sueño” parecía ser la palabra errónea en la ecuación. Ladyé se cuestionó si lo que aquel piloto estrafalario necesitaba no era más bien una palmadita en la espalda que le ayudase a subir el último escalón de la nave, aquel que en el momento de máximo terror le hacía plantearse a uno la sabiduría de sus elecciones.

—Esto nos va a complicar mucho la vida —suspiró.

—Podemos ignorarlo sin más —opinó Visnú. El arco de su pipa se arqueaba como la espalda de una mujer—. O mejor aún, denunciarlo a la policía. Alguien tan loco como para ir por la ciudad ofreciendo primas millonarias a quien le ayude a salir de un absurdo está buscando que lo linchen.

—Sí, eso mismo deberíamos hacer…

Ladyé observó el muro del astropuerto. Densas espirales de mariposas ejecutaban una danza de apareamiento a lo largo de la barrera. Era gracioso: fluían como un problema de mecánica estadística.

—Oye, Visnú —preguntó, con voz romántica—. ¿Tú crees que algún día podremos transmitir sueños a la gente sin la interfaz?

Un aro de humo dejó atrás la boca de Visnú.

—No —contestó—. Lo dudo mucho. Aunque… No, definitivamente no.

—Me refiero a como se hacía antes, volcando tus historias en un código sobre papel y dándoselo a la gente para que lo lea.

Visnú rió. Habría reaccionado igual si Ladyé le hubiese dicho: “¿Sabes?, ayer vi un conejo de dos cabezas con los labios pintados de carmín”.

—¿Hablas de libros? —se mofó—. ¿Historias de esas escritas con tinta? Ese tipo de excentricidades sólo atraerían a la Estagilita, o a otros seres supermecánicos de su clase. Pero a las personas no. De ninguna manera. Nadie se arriesgaría a malgastar la cantidad tan absurda de tiempo que requiere asimilar la información en ese formato.

—Pero siguen viniendo a buscarnos al bar —discrepó la joven—. Y pagan para que les contemos historias. Han dejado de dormir, pero necesitan los sueños.

—Sí, sueños lanzados directamente a su hipotálamo —asintió Visnú—. Asimilación instantánea de manera que el cerebro, aunque conozca las circunstancias en las que esa información le fue suministrada, es engañado para que crea que las imágenes las inventó él. El dolo de Oneiros.

—Yo creo que sí se puede —se empecinó ella, y prendió la vista de la estela de una circunnavegadora que despegaba haciendo trizas el mach 20. Por una extraña asociación de ideas, esa imagen la llevó a preguntar—: ¿Quién te extirpó la Ópera, Visnú?

—¿Cómo?

—¿Quién te neurocortó para devolverte a tu estado de gracia soñadora de antes del injerto?

Se paseó la boquilla de nácar por los labios.

—¿Para qué quieres saberlo?

—Si tú pudiste retornar… tal vez otros también lo hicieran. Quiero averiguar si es realmente posible.

—¿Crees que ese chalado pudo renunciar a una Ópera? —se asombró Visnú. Era una posibilidad tan obvia que ni se le había pasado por la cabeza. Al ponderarla incluso se sintió un poco celoso; eran demasiados años de saberse único, inimitable, para admitir de buenas a primeras que otras personas también pudieron hacer el viaje de vuelta.

Ladyé le arrebató la pipa y dio una buena calada. Tosió.

—¡Por la IA! ¿Qué clase de basura quemas aquí dentro?

—Una que ninguna joven de buena familia debería ni siquiera oler, tonta.

—Yo no soy de buena familia. ¿Y bien, vas a decirme quién te cortó o tendré que poner pucheros?

—No, por piedad, todo menos unos pucheros…

Visnú desvió la vista al mar de tejados que se adivinaban en la distancia, unas casuchas amontonadas contra el muro como si éste hubiera detenido una morrena de urbanismo.

—Vive en los barrios. Se llama Pájaro Burlón, y cuando yo la conocí, era una mujer. No sé quién o qué será ahora.

—Pájaro Burlón… —repitió Ladyé—. Me gusta el nombre. La encontraré.

—Suerte con eso, pero te advierto que será una pérdida de tiempo —dijo con voz cansada. Uno de los perros sarnosos se acercó para olerle la bota, y recibió un puntapié como premio a su curiosidad—. Ese Noir no decía más que patrañas. Nadie paga una fortuna por un sueño.

—Seguro que estás en lo cierto —convino ella, mientras se alejaba barriada adentro—. ¿Pero qué clase de Soñadora sería si no intentase hallar aunque fuese un destello moribundo de luz al final del túnel?

Visnú la vio alejarse y soltó una maldición. Ese era el problema de su amiga. Sobre el papel era una chica con posibilidades, pero en la práctica… se dejaba arrastrar demasiado a menudo por sus impulsos.

Como todos los supervivientes de la calle, había cambiado mucho desde que la Ladyé original desembarcó de una nave (o se cayó de una estrella), y pasó sus primeras semanas de verdadera hambre orbitando el Foro. Pero a veces la chiquilla de ojos vivaces sacaba la nariz y se dejaba ver, instalada como una estructura tectónica bajo las salidas de tono y las maneras vulgares del conjunto Ladyé.

En esos momentos críticos, los que la conocían estaban seguros de que se iba a meter en problemas.

Había empezado a llover con fuerza, y el agua arrastraba la luz de neón como si fuese líquida. Al fondo, sobre una pista, otra nave despegó envuelta en ultravioleta duro.

Mujeres, se lamentó Visnú. ¡Y libros! Menuda combinación más terrible.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 274

Novela corta de autor europeo (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial, Implantes neuronales, Sueños : España : Español).


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