¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 18 .

Trago’s y Chica’s

 

 

Sánchez está absolutamente harto de Iribarne, de su aliento, de su cara, de su voz. De sus órdenes. De sus desórdenes. De peregrinar por cada pueblito buscando tres cosas: información, bebidas con alcohol y un medicamento llamado Halopidol Forte, que Iribarne se olvidó en el BMW y que le hace buscar en farmacias que no tienen ni Paratropina. De algo oscuro, que intuye y no termina de entender. De cómo el cerebro de Iribarne pareciera tener leyes propias, distintas a las del común de los mortales, y no por ser Brigadier, sino por otra cosa que se le escapa, pero que presiente.

En la Base Aérea del Palomar Sánchez obedecía a un superior, así lo habían formado y así sentía que debía ser un militar. En la base su superior lo atendía en un enorme despacho, con carpetas abultadas sobre el vidrio impoluto del escritorio, con infinidad de diplomas de cursos colgados de la pared. En la base las fotografías que se veían en la oficina de Iribarne lo mostraban de joven, posando sonriente junto a los fuselajes de los Fokker F-28, dentro de las cabinas de instrumental de los Hércules C-130, saludando delante de la trompa aguda de los Lear Jets y bajo las alas triangulares de los Chimango Pampa 3.0. En la base el brigadier Iribarne caminaba como un dios olímpico, entre los brazos enguantados que volaban rígidos a su paso.

En la Base Aérea del Palomar, jamás Sánchez escuchó la palabra “Halopidol”. Siente una curiosidad enorme por ese medicamento, pero jamás se le pasó por la cabeza la descabellada idea de preguntarle a Iribarne. “Ya averiguaré al regresar, no me voy a perder de saber cuál es la principal debilidad del briga“.

Sánchez fuma dentro del Falcon, en la puerta de un cabaret. Rompe la oscuridad inmensa del cielo de Tordillos una hilera de lamparitas de colores en el frente de una especie de galpón que alguna vez fue depósito de maquinaria agrícola. Las palabras “TRAGO’S” y “CHICA’S”, anunciadas en luces de neón, también se destacan bajo una lámpara roja que titila. El viento mueve la fila de lamparitas y la llovizna bailotea sobre el techo y las ventanillas del Falcon.

Sánchez tiene, por todo plan, consumir un sándwich de salame que guarda desde la tarde, inhalar una línea de cocaína aprovechando que Iribarne se va a demorar en el prostíbulo y tratar de dormir un poco. Lo repugna la idea de siquiera pisar un antro semejante. Soportó las bromas de Iribarne y de Galíndez, el amigote nuevo que el brigadier se hizo en el retén de la Ruta 36, en Pipinas, con el alivio de que por un rato lo iban a dejar en paz.

“Ese Galíndez estaba que trinaba, parece que tiene todavía más ganas que Iribarne de encontrarlos. Son dos hermanos, hechos el uno para el otro. Decían ‘vamos a buscar información donde las chichis‘, muertos de risa, como si eso fuera la gran piolada”, piensa Sánchez con desagrado. “En este cabarulo de décima de Tordillos ¿así se llamaba este pueblito de morondanga? Iribarne sólo puede encontrar aquí dos cosas: una cirrosis hepática o una sífilis”.

Aún más desagrado le produce un recuerdo que lo molesta: la columna de humo negro recortándose contra el cielo en el espejo retrovisor. “El gomero ya había dicho lo que sabía. Qué necesidad había, una cosa es pegar para sacar información y otra para hacer una especie de… chiste, de jodita, de compadrada estúpida”. Si bien tiene la casi seguridad de que algún vecino habrá acudido inmediatamente a ayudar con el fuego, y que lo primero que habrán hecho es desatar al gomero, tampoco puede descartar que éste se haya lastimado con quemaduras graves… o que haya muerto. “Cómo me gustaría, a la vuelta, ir a ver qué pasó con el gomero. Pero mejor ni lo pienso, si aparezco por ahí los vecinos me linchan. Teniente y todo, me linchan”.

Se despereza dentro del vehículo, pone el asiento en la posición más horizontal posible. Mira su reloj: las once de la noche. Mastica rápido el sándwich, está hambriento. Cierra los ojos. Lentamente, olvida Tordillos, se imagina en su cama, en Belgrano R. El último pensamiento que tiene antes de quedarse dormido es: “Me olvidé de decirle a Sylvia que ponga la calefacción”.

 

 

Se despierta sudado, sabe que ha gritado en sueños y al incorporarse se da el estómago contra el volante y la frente contra el espejo retrovisor. Recuerda su sueño, todavía conserva en sus retinas la visión de los resplandores rojizos del fuego, el humo negrísimo de las gomas, los chisporroteos de la instalación eléctrica, el calor insoportable, la picazón en los ojos, el dolor en la garganta. Su corazón late desbocado, su respiración tarda en normalizarse. De a poco, vuelve a enfocar la realidad. “Tordillos, Iribarne, Galíndez, Trago’s y Chica’s”.

“Las dos y veinte y estos todavía ahí adentro, deben estar durmiendo, o las zorras esas les están sacando hasta el último centavo. Mejor, que los dejen sin un mango, a ver si así nos volvemos. Me harta esta misión inútil. ¿Me dará un diploma Iribarne, una medalla? Medalla de honor por perseguir heroicamente una pollera huidiza con escalas en puteríos de décima”.

De aburrido, nomás, prende las luces del Falcon. Contra el portón del galpón ve un bulto raro, demasiado grande para ser un perro. No apaga las luces. El bulto se mueve, llueve, apenas ve algo. Hace señas con las luces, el bulto se acerca al vehículo. Sánchez recobra su lucidez, toma su arma del asiento de atrás, baja la ventanilla y apunta contra lo que viene.

Y lo que viene es una niña. Una carita infantil enmarcada en una capucha de nailon amarillo, puros ojos enormes.

—Don, ¿tiene algo pa’ comé’?

Respira aliviado, baja el arma. Abre la puerta del acompañante, le dice:

—Pero metete acá adentro, nena, te vas a empapar.

La niña no espera que él repita la invitación y le dice, una vez sentada:

—Don, un chocolate, caramelo, sangüi ¿tiene?

La niña está vestida en forma extraña. Sánchez no puede menos que notar lo impropio de una pollerita de la cual salen dos piernitas como palitos. La niña tiembla de frío. “Debe tener fiebre”. Se maldice, en el vehículo no hay nada comestible, ni siquiera genioles. Empieza a buscar hasta que da con un chocolate grande y un paquete de galletitas.

El rostro de la niña se ilumina, y come con hambre. Engulle, traga sin respirar, Sánchez siente vergüenza y una lástima enormes, los ojos se le llenan de lágrimas. La niña calza zapatillas embarradas, los piecitos no llegan al piso del Falcon, y cuelgan balanceándose uno después del otro.

Sánchez sabe que toda pregunta es inútil. Que, inclusive, si preguntara por la madre, lo más probable es que la niña conteste que está trabajando adentro del prostíbulo.

También intuye un horror innombrable. “Que ese esperar en la puerta del prostíbulo obedezca a causas más… cómo decirlo…”. Piensa la palabra “laborales” y se descompone.

Se alegra, encontró una botella de jugo de naranja. La niña bebe del pico con avidez.

 

 

El Brigadier se dirige al vehículo, Sánchez ve cómo trastrabilla, cómo sus pasos son torpes, pesados. Abre la puerta de adelante y casi se lleva por delante a la niña.

—Mi Brigadier, disculpe, pero como usted no salía invité a esta niña a comer algo.

Iribarne cierra la puerta, abre la trasera y se acomoda atrás. Sánchez por el espejo retrovisor ve sus ojos enrojecidos, huele el vaho alcohólico de su aliento llenando el aire enrarecido del Falcon.

—No te conocía estos vicios, che, habérmelo dicho. Mirá que sos flor de degenerado, eh. Y bué, sobre gustos no hay nada escrito, dicen ¿no? ¿no? ¿no? —dicerisueño, y termina la frase con un eructo, mientras le da palmaditas a Sánchez en el hombro.

Las palabras del Brigadier son un rompecabezas que se niega a armarse en el cerebro de Sánchez. Flotan, inconexas, como si fuera imposible que finalmente se encadenen formando un sentido.

Cuando Sánchez entiende qué quiso decir Iribarne, se pone coloradísimo y balbucea:

—Usted no pensará… que yo… por Dios… pero si es una niña…

—No mucho más chica que la que elegí ahí adentro. Pero con la suficiente diferencia para que yo no haya cometido algo que encuadre en la categoría de delito —responde Iribarne. Se ríe y un hilo de baba le cuelga de la comisura de la boca—. Y vámonos de una vez. Aunque no lo creas, ahí adentro había una chichi que los vio en la estación de servicio. Están en Las Toninas.

Chasquea los dedos y exclama:

—Rajá, turrita, rajá —extiende un billete arrugado a la niña.

La mirada de la niña se opaca. Le pregunta a Sánchez:

—¿Me puedo ir?

Esas palabras también tardan en formar sentido en la mente de Sánchez. “Me pide permiso para irse como si la hubiera comprado con un chocolate y un jugo”.

Sin hablar, abre la puerta delantera. La niña baja y se aleja.

—Buen culo, tiene—dice Iribarne.

“¿De qué habla este demente?”, piensa Sánchez asqueado, y le sube una arcada. También siente un deseo impreciso de matar a Iribarne, pero no con un arma sino ahorcándolo. Intenta cambiar de tema.

—¿Y su amigo Galíndez? ¿No lo va a esperar?

—Ni loco. No quiero que me quite el placer de matar yo mismo al gallito.

“También cagás a Galíndez, hijo de puta”, mastica Sánchez.

—¿Te imaginás mañana, cuando se despierte, y se vea en medio de la ruta sin un mango y sin vehículo? Se va a tener que volver a Pipinas caminando… la mujer lo mata… —se ríe, comienza a silbar, muy desafinado, La cumparsita.

Sánchez arranca el vehículo.

—¿Adónde me dijo que vamos?

—A Las Toninas —contesta Iribarne, casi quedándose dormido—. Pasá por alguna farmacia y comprame Halopidol Forte, che.

“Farmacia en medio de la ruta a las tres de la mañana, loco de mierda”, piensa Sánchez, ya escuchando los ronquidos rítmicos de Iiribarne que se tiró cuan largo es en el asiento trasero.

En la oscuridad de la noche, la ruta brilla mojada con un brillo parecido a los enormes ojos de la niña. El sonido del limpiaparabrisas escurriendo la lluvia es lo único que acompaña a Sánchez.

Nuevamente, siente ganas de llorar. Piensa en Sylvia, en sus dos hijas. En su cabeza retumban las palabras “Rajá, turrita, rajá”.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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