¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 23 .

Nieve en Disney

 

 

“Tengo una gripe de padre y señor mío”, piensa Bernardo ni bien abre los ojos. Aún está en la cama a pesar de ser ya mediodía. Llegaron empapados como a las tres de la mañana, deseosos del calor de la salamandra, la presencia de Claudia y el acompañamiento suave de los ronquidos de los chicos. Llegaron sin demasiadas ganas de contar, o contando lo único que importaba en ese momento: “Está todo arreglado, la salida es mañana”.

En la habitación las camas cuchetas donde duermen los chicos están vacías. Bernardo está solo, en ingrata compañía de su fiebre. La lluvia trepida con ritmo monótono, se ve a través de la ventana el cielo totalmente plomizo.

“Mis últimas horas en la Argentina”, piensa Bernardo, regodeándose. Mira fijo esa ventana, el techo de machimbre de pino, el armario antiguo, las manchas de humedad. Adivina el frío fuera de las cobijas. Piensa en la probable temperatura del mar por la noche. “No recuerdo haber leído la frase ‘me cago de frío’ en ningún libro de aventuras náuticas, por lo tanto es posible deducir que el frío es una situación inexistente en medio del océano”, razona con lucidez. Pero recuerda lo de Borges, el Corán y los camellos, y llega a la conclusión contraria: el frío sería la condición natural de las situaciones náuticas, y es por eso que ni se lo nombra.

Se incorpora, se le ocurrió una idea extraordinaria. “Tengo todo el día para decidir cuál frase le dedicaré al país al despedirme, al ver alejarse la costa en la rada del barco, como Gardel en el tango Volver pero poniendo rewind. A los milicos no, la puteada kilométrica sería demasiado obvia y me llevaría todo el viaje”.Desea una frase a la altura de su intelecto, de sus profundas lecturas. “¿A Hernán Sosa, a las Islas-de-Mierda? Tampoco… Algo clásico, algo como ‘¿Tú también, Brutus?’, o ‘Padre, por qué me has abandonado’, o…”. Calzado en alpargatas, envuelto en una frazada celeste que le tapa parte de la cabeza y deja al descubierto sus pantorrillas peludas, sudando profusamente, entra en el comedor, estira un brazo y con voz de congestión nasal exclama:

—¿TÚ TAMBIÉN, BRUTUS?

A Claudia se le cae un vaso que se estrella en el piso. Javier lo mira alarmado. Los chicos suspenden el tenedor repleto de fetuccini en el aire.

—¿Papá? —balbucea Jaime.

Claudia se levanta, se acerca, lo arropa.

—Está volando de fiebre —dice alarmada.

Lo abraza, lo acompaña a la habitación, lo acuesta. Javier entra cuando Bernardo se rinde a los dulces cuidados de la mujer.

—¿Tú también, Brutus? —pregunta con sorna.

Shhh. Está con una fiebre altísima.

—En alta mar se le va a pasar, nada más saludable que el aire salobre. ¿Alguna vez viste un delfín tomando genioles?

—¿Vos estás loco? ¿Pensás que así se puede embarcar?

—Para hacer un crucero por el Caribe, no. Para rajar del país, sí. Mirá, mejor los dejo solos y me voy a buscar alguna farmacia abierta. Necesitamos conseguir antivomitivos y, por lo que veo, unos dos kilos de aspirinas.

—¿Un médico habrá?

—Por supuesto. Podríamos pedirle que nos extienda un certificado por si la marina intercepta el pesquero. Reposo absoluto, no torturar en las próximas cuarenta y ocho horas.

En el tono de Javier, ella nota una furia contenida.

Mmm… ¿estás celoso?

—No, no es eso. Me parece que mi amigo se agarró julepitis. En fin, los dejo jugando al doctor. Me voy a buscar algún descongestivo para elefantes. Y de paso sigo buscando un cospel, un puto y miserable cospel, que es lo que necesito ahora más que nada.

—Cuidate, mi amor.

—Chau enfermerita. Quién lo ha visto y quién lo ve a Berni. Otra vez se queda con la más linda.

—¿Qué decís?

—Nada. Berni, debajo de las frazadas y la fiebre, me entiende. Preguntale.

—¿Vos lo entendés? —concede preguntar Claudia, un poco malhumorada.

 

 

Ya manejando el Torino por la costanera Javier se arrepiente de lo que dijo. Está con un humor de mil demonios, entre la imposibilidad de comunicarse con su hijo y la certeza de que en dos días no verá más a Claudia. Y, por qué no, también la pérdida de Bernardo, a quien también extrañará. El mar, a su izquierda, se ve espumoso y embravecido. “Quizá tiene razón Claudia, quizá es una locura que Bernardo embarque en un día así”.

Llueve con rabia, el limpiaparabrisas no anda, la calle está desierta. Las Toninas es un pueblo fantasma, no hay un solo vehículo circulando ni estacionado. Un cartel deslucido, oxidado, anuncia “Farmacia Homs”. Estaciona el Torino en la puerta y baja.

En el interior del local oscuro conviven una balanza de pie,un teléfono público naranja y un mostrador de fórmica tras el cual se ven los estantes semivacíos. Una rata gris se asusta de su presencia y huye pegada a la pared.

Nadie atiende, debe aplaudir enérgicamente para que un anciano pequeño, moreno, enjuto, aparezca de una abertura tapada por flecos de plástico. El anciano le pregunta:

—¿Ustedes también están sin luz?

—Sí, no hay luz desde la mañana. ¿Cospeles tiene, por favor?

—¿Cospeles? Desde el verano que no hay un solo cospel.

Javier mira con impotencia el teléfono público naranja, avaramente lleno de cospeles en su interior.

—¿Con quién se tiene que comunicar, joven?

—Con la base militar donde está mi hijo. Quiero saber cómo está, si recibió mi giro, si come, si…

—¿Quiere probar con mi teléfono de línea? A veces anda. Hace rato que no pruebo, pero ¿qué pierde con probar usted?

Javier siente deseos de abrazarlo.

—Mire, no sabría cómo agradecerle, estoy desesperado.

—No tiene nada que agradecerme. Venga, entre a mi casa. Pase por detrás del mostrador.

—Operadora, buen día, mi nombre es Nancy Herrera. Le recuerdo que esta conversación puede ser grabada para seguridad de la Patria. Dígame dónde lo comunico.

—Uspallata, Mendoza. Base Militar Infantería de Montaña.

—Lo siento. Hoy no se transfieren comunicaciones a organismos públicos. Lo tenemos totalmente prohibido.

—¿Vos no serás pariente de los Herrera de Entre Ríos? —inventa Javier, desesperado.

—No, nosotros somos los Herrera de Corrientes.

—¡Corrientes, eso! Siempre me confundo. Es que el Litoral es tan parecido… Y es tan hermoso, siempre envidié a los que tienen la suerte de ser del Litoral. Es como que, por más que ya no vivan allá, tienen otra sabiduría, otra relación con la tierra…

Con el rabillo del ojo intenta descubrir algún dejo de impaciencia en el farmacéutico, pero éste lo mira divertido, cómplice.

—Yo nací y me crié en Chajarí —contesta la operadora.

—¡Chajarí! ¡Hermosa ciudad! Estuve hace diez años y ¿sabés lo que me acuerdo? Las tortas fritas que vendían en la panadería, esa que estaba en el bulevar…

—San Martín.

—¡Eso, San Martín! Eran unas tortas fritas enormes, y riquísimas. Desayunábamos con eso y ni teníamos que almorzar. Oíme, Nancy, preciosa, ¿tenés hermanos todavía allá?

—Sí, dos.

—¿Y hablás mucho con tus hermanos?

—Todos los días.

—Nancy, mirá, hace como diez días que no sé nada de mi hijo. Nada, pero nada. Es ese mismo hijo que llevé de paseo a Chajarí, y que aplaudía cuando paseábamos en sulky por las callecitas del pueblo, y que corría a los chajás. Sólo me conformaría con saber que está bien, nada más. En un minuto, me dicen que está bien, y con eso me conformo.

—Ustedes, los porteños…

—Nancy preciosa, olvidate que soy porteño. Soy un papi como el tuyo, que haría lo mismo para hablar con tus hermanos.

—Mire, realmente hoy nos prohibieron que establezcamos comunicaciones con organismos públicos.

—¿Pero qué es lo que pasa hoy?

—¡Qué se yo!, seguro algo de la guerra. Algún sabotaje de los perros ingleses, me imagino. Si tuviera uno enfrente, ése me oiría.

—¿Entonces no hay nada que puedas hacer, chajareñita?

—¿Cómo fue que me dijo?

—Chajareñita.

—Nunca me llamaron así. Me encantó. Le voy a decir que me llame así a mi novio… Déjeme ver qué puedo hacer. Al fin y al cabo, usted sólo quiere saber algo de su hijo. Eso no parece ningún delito ¿no?

Luego de unos interminables segundos:

—Base Militar de Uspallata, Infantería de Montaña, Capitán Guajardo al habla.

—Mi capitán, tengo un hijo destinado allí, se llama…

—No se gaste, ciudadano. Se llame como se llame, acá no hay un solo conscripto.

—¿Cómo que no hay un solo conscripto?

—Mire, ciudadano, acá estamos yo, dos perros y la hermana del sargento. Que, entre nosotros, es un bagayo, pero acá en la soledad de las montañas… entre una oveja y ella, no hay mucho para elegir…

—¿Y mi hijo? Es decir, ¿Usted podría informarme dónde han destinado al Batallón 16 de Infantería de Montaña?

—Con todo gusto, ciudadano. El Batallón 16 viajó a Disney con todos los gastos pagos. En avión, todo de primera. En este momento se deben estar sacando fotos con el ratón Mickey y comiendo pochoclo.

Javier mastica y traga trabajosamente una puteada, pero comprende que preguntó una idiotez. Afina la puntería:

—¿En avión? ¿Y hará frío en Disney? ¿Hay nieve?

—Ahí me gusta más la pregunta, ciudadano. Una nieve bárbara, toneladas de nieve. ¿Conforme, papi?

Javier entiende que debe agradecer al capitán. Vaya a saber qué estará arriesgando diciéndole lo que le dice.

—¿Cómo era tu nombre?

—Guajardo.

—Gracias, Guajardo.

—¿Te digo lo que te dije y encima me das las gracias? Flaco, te hubiera entendido más si me puteabas.

—¿Y por qué te iba a putear?

—Tenés razón. Soy todavía más infeliz que vos. ¿Vos cómo te llamás?

—Jaime. Jaime Aronson.

—Suerte Aronson.

—Chau, Guajardo. Quién te dice, a lo mejor algún día nos conocemos y nos tomamos un café. Te debo una.

—Oíme, Aronson. Oíme bien. Esto se cae. ¿Sabés por qué me quedé varado en esta base?

—¿Cómo querés que lo sepa?

—No tengo nafta. Ni comida. De tres perros ya nos comimos uno, el Buby. Estamos sin luz y sin agua. Vamos a abandonar la base a pie si no parece un puto vehículo por ese camino…

La línea se corta repentinamente, Javier se queda con el auricular en la mano. El farmacéutico lo mira admirado:

Iaalah, de tener medio vendedor como usted me abría una cadena de farmacias… ¿Malas noticias? ¿Un té de menta?

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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