¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

 


Ilustración: Tut

No sé cuándo fue mi primer día: sólo mamá lo sabe. Por las noches me sujeta entre sus brazos y me aprieta muy muy fuerte contra su pecho, me mira a los ojos, juega con mi nariz y me pone un vestidito. Ella acerca sus ojotes grandes, grandes y me susurra algo muy dulce.

Es más tarde que antes y afuera no hay tanta luz; mamá me coge otra vez con sus brazos grandes y gordos y me aprieta contra su pecho y yo me siento muy contento al verla respirar muy muy cerca de mi. Luego me dice muy bajito al oído:

—Mira que vas a ser guapo; vas a ser el niño guapo de mamá.

Ahora es un poco más tarde que antes y que el otro antes que dije al principio y mi mamá sostiene con sus brazos grandes, me acerca contra su pecho y me dice con cariño: ven conmigo; te voy a llevar al baño para que veas lo guapo que eres; luego restriega su nariz contra la mía y se ríe y yo me río con ella también y me dice que me quiere mucho y yo la quiero mucho también. Es un poco después que antes pero no tan después de antes como el antes que iba después del otro antes y no llega la luz tan fuerte por el pasillo. Me voy con mi mamá al cuartito de baño: ¡Ay, qué bien! Y ella me sujeta con sus brazos y me lleva frente a una ventana muy alta con un color resplandeciente como plata. Y me quiere poner frente a la ventana. ¡Ay, no mamá, que me da miedo! Pero ella me dice que no tenga miedo y me levanta con sus brazos fuertes y ¿sabes lo que había al otro lado de la ventana? Un niño. Un niño rubio que se reía como yo me estaba riendo. Y yo le quise preguntar a mi mamá quién era ese niño rubio tan guapo que se reía al otro lado de la ventana y me acerqué al niño para tocarle pero no pude tocar a aquel niño rubio tan guapo que me sonreía al otro lado de la ventana.

—Ea. Y ahora nos vamos al cuarto y a tu cunita que hay que acostarte. Dice mi mamá. Y me pone en mi cunita, y me arropa, y me deja en el cuarto muy muy calentito y deja encendida una luz roja muy pequeñita y se marcha:

—¡Ay, mamá, no te marches! —le digo yo.

Y ella me responde:

—Ahorita mismo vengo. Quédate quietecito y no te muevas hasta que yo regrese.

Ay, ya no está mi mamá pero yo la estoy esperando arropadito en mi cuna; bajo el calor de mi mantita la espero; y escucho unos golpes; unos golpecitos sonando bajo el suelo.

—Mamá vente —le digo. Pero mi mamá no está. Y yo sigo escuchando esos golpes sonando bajo el suelo: cada vez más fuerte. ¡Uy, qué miedo me da! Pero los golpes no dejan de sonar por debajo del suelo; por debajo de mi cunita. ¡Cuánto tarda mi mamá!

Y ahora escucho unas risas: son las risas de un niño que atraviesan el suelo por debajo de mi cunita.

—Mamá, vente. —Pero mi mamá no viene.

Ya está; lo he decidido; voy a ver de dónde vienen esos ruidos que escucho por debajo de mi cunita.

Y me levanto: retiro mi mantita. Y salto de mi cunita: ya está. Y sigo escuchando esos golpes y esas risas que no se cortan nunca nunca sonando fuerte muy fuerte, cada vez más fuerte. Salgo de mi habitación y llego caminando hasta el final del pasillo.

—¡Huy, qué miedo! Nunca había llegado tan lejos yo solito. Y ahora las risas suenan más fuertes al final del pasillo. Y al final del pasillo hay como unas piececitas unas blancas y otras negras.

—¿Qué serán estas piececitas? ¿Por qué son de distinto color?

Decido acercar mi oído al suelo y lo oigo otra vez: otra vez esas risas y esos golpecitos que no se paran y que siguen sonando por debajo del suelo.

—¡Mamá, ven! Ven a oír ésto que suena por debajo del suelo.

Y mamá no viene; así que decido pegar otra vez mi oído al suelo y vuelvo a escuchar esas risas y esos golpes y al fin suena una voz que me habla:

—Empuja la celosía sobre la que estás apoyado. No tengas miedo. No te voy a hacer nada.

Y le doy un golpecito a una de las piececitas de color negro y me doy cuenta de que gira por uno de sus lados. Miro adentro y todo está oscuro, muy oscuro, pero yo quiero saber de dónde vienen esas risas que suenan cada vez más fuerte y me llaman. Decido ir a mirar y bajo a través de la piececita que he abierto. Al fondo hay como otras muchas piececitas pero colocadas cada una por debajo y por delante de la anterior. Me apoyo sobre cada una de ellas y voy bajando hasta llegar a la última de todas.

—Al fondo del negro espejo en que descubriste mis rubios cabellos hay un bello juego de cristales plateados. El azogue se extiende hasta alcanzar el negro féretro que tienes en frente de ti. Avanza. Avanza muy despacio: ya casi puedes verme.

No entiendo nada de lo que me ha dicho ese niño y tampoco sé dónde está él pero ya no oigo ni risas ni golpecitos, sólo su voz y delante de mí una caja grande, enorme y que parece muy pesada.

—¡Mamá, ven a ver esto! —Pero mamá no responde.

Me a voy a acercar a la caja. Es bonita aunque me da miedo, mucho mucho miedo. No sé qué será esta cosa tan grande y tan negra.

—Avanza. Avanza hasta el negro féretro y por encima del brillante azogue plateado contemplarás mi sonrisa complaciente que te espera desde hace tanto tiempo para jugar contigo: No tengas miedo sólo quiero jugar contigo; ya te lo he dicho.

Y me acerco después de oír aquella voz: la voz de un niño como yo. Y me acerco; bueno ésto ya lo he dicho; y sobre la caja negra, grande y pesada hay una ventana como la del baño al que me lleva mi mamá para lavarme y jugar conmigo.

—¡Mira mamá! ¡Fijate lo que hay aquí! —Pero mamá no oye nada y no dice nada.

Y veo a aquel niño rubio que me sonreía mientras yo le sonreía antes: el antes en el que estaba en el baño jugando con mi mamá y yo le sonrío para jugar con él. Pero él no me sonríe como lo hago yo; qué extraño; y tienes los ojos cerrados.

—Mírame bien: soy yo tu amigo tan igual a ti, quien te espera para darte calor al abrigo de mi blanco satén. Aquí estoy: acabo de abrir mis ojos para que veas que sí que es verdad que te hablo y te estoy llamando desde hace mucho mucho tiempo desde este lugar, justo aquí, para jugar contigo: al fondo de mi almohadillado lecho se está tan calentito. Ven a jugar conmigo.

 

***

 

—¿Dónde estará mi mamá, que tarda tanto? Hace ya tanto que estoy aquí solito. Yo estoy arropadito en mi cunita. Pero alguien ha puesto el espejo del baño por encima de mi cunita. Está todo muy oscuro. Y escucho ruidos ¡La risa de mi mamá! Y esa otra risa y esos golpes fuertes, muy muy fuertes, cada vez más fuertes… sobre el techo.

 

 

Arroyo de la Miel, 4 de septiembre de 2014

 

 


Profesor de piano ejerciendo actualmente en la ciudad de Algeciras, José C. Barroso es autor de diversas narraciones, algunas de las cuales han sido seleccionadas para formar parte de diferentes publicaciones y antologías. Tal es el caso de “La cazadora”, integrada en la antología para el segundo Certamen Internacional de Narrativa Breve Galicia Meiga con sede en la ciudad de Buenos Aires, y de “La carta”, que forma parte de la colección narrativa Hijos de la Pólvora; distribuida por Latin Heritage Foundation con sede en Washington, EEUU, y a la venta en Amazon. La revista digital Relatos Increíbles incluirá en su próxima tirada su relato “Súcubo”.

La estética narrativa de José C. Barroso discurre por un camino de convulso hermetismo que bebe de la fuentes más oscuras del ciclo negro y existencialista: Greene, Le Carré, Dashiell Hammett , Hoffmann y Poe, Boris Vian, Camus, Sartre, Kundera, Thomas Mann, Hesse y Kafka entre otros muchos son sus principales mentores aunque sus modelos más recientes y las referencias formales más inmediatas de su trabajo flotarían en el género distópico más recurrente.

Al margen de otros ensayos y obras de contenido poético diverso se siente en un momento de gran fecundidad creativa y ya está elaborando los bosquejos principales de su novela de ficción distópica “Ciudad Lunar”.

Esta es su primera colaboración publicada en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con ASÍ PERMANECE HERMOSA LISA MARIE (ANTICUADA CANCIÓN PARA SONÁMBULOS), de Pé de J. Pauner.


Axxón 278

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Horror gótico : Posesión, Suplantación de identidad : España : Español).


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