Revista Axxón » «Todo está lleno de trank: Capítulo 3, Capítulo 4», Víctor Conde - página principal

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 ESPAÑA

3. MARCUS BUSCA UN VENDEDOR DE TRANK CON NOMBRE DE PROTAGONISTA DE CUENTO INFANTIL POR BARRIOS POCO RECOMENDABLES (Abreviadamente, «El paseo»)

La vida del yonqui es a la vez más compleja y más sencilla de lo que la gente cree. Para una persona que está completamente enganchada a algún opiáceo o a alguna fórmula de diseño, los días se reducen a intervalos de sequedad entre chute y chute, en los que las células de su cuerpo van quemando lentamente su provisión de droga y se van quedando vacías hasta que les entra hambre. Hambre de más droga. Cuando llega ese terrible momento en el que la aguja marca cero, o bien el adicto se la proporciona o las células se mueren. La droga, como dijo alguien que sabía mucho de esto —para su desgracia—, es una ecuación celular que le enseña al usuario unos hechos de validez general. Hechos como el alcance de su extraña fiebre. Hechos como la insondable profundidad de su delirio, del lento strip-tease de la erosión en sus carnes fósiles.

Estos eran los principios por los que se regía el consumo de estupefacientes terráqueos, los cuelgues de toda la vida. Sin embargo, ahora había un nuevo jugador en la olimpiada de la adicción, y era uno cuyos efectos, por desconocidos y no testados antes en ningún momento de la historia, nadie podía prever: el trank, la sustancia derivada de la linfa extraterrestre que trajeron los Vahn. La droga del futuro.

Demerol, dolofina, cocaína, crack, delaudid, eukodal, diosane, opio, pantopón, palfium, diocodid, linfoperianomas ácidos… todas las estrellas que alguna vez habían formado parte de la galaxia de la adicción habían ido cayendo en un segundo plano triste y silencioso por culpa de aquella nueva sustancia traída, esta vez sí, de las estrellas. La quemadura fría de los opiáceos se había quedado en una urticaria frotada con mentol sobre la piel de los antiguos yonquis, que ya no sabían a quién acudir para que les abriera las puertas del cielo. Cada vez se vendía menos de lo antiguo; cada vez, los Hombres —los adictos saben por qué está ahí esa H— trafican menos con las antiguas pastillas de colores y más con cosas que ni siquiera tienen nombre en este planeta.

Marcus había caído en el trank hacía menos de tres años, pero ya parecía que llevara toda una vida enganchado. No tenía ese aspecto destruido ni de ser un zombi con carne de prestado como sí lo tenían los adictos a la heroína, porque el trank no quemaba las células del cuerpo. El estigma era mucho más sutil. Había aprendido muy pronto que el gran secreto de la droga, en todas sus vertientes, es hacer que falte un factor en la ecuación de la carencia. Ese factor se le roba al individuo cuando empieza a engancharse a las sustancias, y no se le devuelve. Pero tal cosa nunca se le dice, claro: sería como arrojar piedras contra su propio tejado por parte del traficante el confesar a su cliente que con el primer chute se le está arrebatando algo intangible que su cuerpo daba por sentado hasta ese momento, pero que ya no volverá a tener. Y que la única manera de recuperarlo será inyectándose más fije.

El problema del trank era que nadie sabía —ni siquiera los que lo vendían— qué era lo que te quitaba. No era una sanción termodinámica, tampoco una carencia química, ni psicológica, ni posológica… no era nada comparable con la lentitud erosiva de la droga común. Entonces, ¿de qué se trataba? ¿Por qué resultaba la linfa extraterrestre tan adictiva, por qué te seducía con sus cantos de sirena, por qué soñabas con ella como esa profecía que necesita tu leyenda personal para completarse?

Hay drogas que tienen conexiones endógenas en lugar de conexiones exógenas. Te enlazan de alguna manera con el paisaje exterior que llevas dentro. Rompen el statu quo de la percepción, haciendo que al cerrar los ojos puedas ver más lejos que si los tienes abiertos. El problema era que esto siempre resultaba muy estresante para el cuerpo humano, que no estaba acostumbrado en modo alguno a semejante castigo ontológico, y lo consume como una cerilla encendida y a punto de consumir todo su fósforo. Esto era algo que el propio Marcus había tardado tres años en descubrir. Ahora creía saberlo, saber incluso cómo controlarlo… aunque tampoco estaba muy seguro.

Su proveedor de aquella noche se hacía llamar Rapunzel. Nunca lo había visto, ni siquiera sabía si era un hombre o una mujer, o un robot —sobre el tema de los nuevos robots-camellos se podría escribir toda una tesina—. Le habían chivado que rondaba por unas calles del barrio de Xuong-puo, junto a las viejas instalaciones de las Olimpiadas.

Aunque no lo hubiera visto en su vida, había claves que permitían que un buscador encontrase a su proveedor, igual que un pingüino halla a su cría entre miles iguales. Quizás algún gesto, o un gemido de moribundo que parecía cumplir con alguna función de camuflaje, como la doble piel del camaleón.

Esperó medio cigarrillo en una esquina hasta que lo vio: ese andar ilógico, esa silueta encorvada. Esa manera de barrer las aceras con ojos neutros, como si fuera un periscopio. Era él, no cabía duda. Y, a pesar de su apodo, no era una chica. Andaba erráticamente por debajo de una pared hecha de televisores por los que estaba cruzando un eslogan incomprensible: «CUIDADO CON LA RADIACIÓN TK. PROTEGEOS, PROTEGEOS DE LA RADIACIÓN TK».

—Tranki, colega —le dijo a modo de saludo. El otro entendió.

—No llevo mucho encima… —La excusa habitual.

—Rapunzel, me basta con unos cuantos pelos. No la melena entera.

—Quizá pueda conseguirte algo… pero si me favoreas un tema.

«Favorear», igual que otros vocablos oriundos del diccionario de la droga, no aparecía en ningún glosario que se precie. Lo que estaba diciéndole aquel tipejo era que necesitaba una prueba de que no era de la pasma antes de dejarle ver su mercancía.

—¿Tú letras o navajas? —le preguntó el vendedor con su acento de Seúl que no era de Seúl. Su profesión lo volvía nativo y extranjero, todo a la vez. Se sabía de gente que había sufrido heridas graves al tratar de llegar y de marcharse al mismo tiempo de la ciudad.

—Letras. ¿Alguien por ahí necesita un desactivador de metáforas?

—Sí, un paisano. Vive cerca. Ven.

Los escritores eran los mejores clientes del negocio del trank, y eso que casi todos estaban ya desde antes de meterse en él en la miseria. Pero había algo en la linfa que potenciaba esas conexiones del cerebro que hacían posible la creatividad literaria. Ninguna otra, eso era lo más curioso: solo la literaria. Quizás porque drogarse, igual que escribir, es un acto interior.

Por eso, había personas que se tenían por buenos arrejuntaletras y que se enganchaban muy pronto, y aunque su grito de batalla era «¡lo dejo cuando quiera!», lo cierto era que acababan vendiendo hasta a su madre para seguir comprando dosis. Se hipotecaban, pasaban de sus hijos, pedían préstamos absurdos que sabían que eran incapaces de devolver… y todo ese dinero iba a parar al trank como los ríos al mar. ¿Y merecía la pena el resultado, es decir, todo lo que salía de allí?

Bueno, con obras maestras como Los judíos negros y el profeta de cristal, Siete esquizofrénicos de porcelana, Sing a song of Sixpence o Viaja Valéry, Muere Kafka, Sueña Rimbaud, ¿quién se atrevería a decir que el viaje había sido en vano?

El problema era que, por alguna razón cuya respuesta, si es que alguien la conocía, tenía más vericuetos que la fórmula de la Piedra Filosofal, los adictos al trank se volvían alérgicos a ciertas figuras literarias. Sí, como lo oyen: leer una lítote en un texto les hacía estornudar, una sinestesia salvaje les provocaba urticaria y que la piel se les llenase de granos. Y todos, absolutamente todos, eran alérgicos a las metáforas como cualquier otro ser humano podría serlo al curare. No las soportaban. Es más, les hacían daño. Decir «el horno de su mirada flameó con iniquidades» hacía que el escritor adicto temblara de terror, se le aflojaran los miembros e incluso cayera al suelo presa de violentas convulsiones. Había gente que había llegado a morir leyendo a Bradbury.

Por eso, ciertos adictos como Marcus se habían especializado en desactivar metáforas de textos literarios, igual que los artificieros de la policía desactivaban bombas. En el fondo eran lo mismo, pues ambas mataban.

—Aquí —dijo el vendedor, señalando un edificio—. Segundo piso. Sube pegado a mi espalda y no te atracarán.

El tranki enfermo estaba tumbado en una cama que era puro somier, sin colchón, temblando como si estuviera en la fase terminal del SIDA. Una chica joven estaba acuclillada —«sentada sobre sí misma», habría sido lo apropiado— a su lado, en vez de usar la única silla. Una lámpara parpadeaba en el techo, llena de tímpanos alveolares de caliza.

La chica tenía un papel en las manos que llevaba algo garabateado. El yonqui enfermo sujetaba un bolígrafo, pero no escribía, solo convulsionaba sobre él.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Marcus.

—Estaba escribiendo su última novela cuando le sobrevino el ataque —dijo la chica, y le tendió el papel. Marcus lo leyó: no eran los desvaríos de un pobre loco, tenían cierta calidad literaria (eso lo sabía porque, tiempo atrás, en una época que ya casi ni recordaba, él también se había dedicado a emborronar folios. Pero con escasa suerte). Las frases eran pulcras y desprovistas de pasión, no como un artista que se desfoga a la loco, le salga lo que le salga… sino como un hombre que siembra un campo de coles pisando con sumo cuidado porque sabe que por ahí abajo, enterrada, hay una mina. Escribir era una actividad muy peligrosa para los adictos al trank: de improviso podía salirte una combinación de palabras que sin querer tuviera cierta belleza, y hacerte mucho daño.

Pobrecitos.

Leyó las líneas garabateadas por aquella mano temblorosa. Eran las de un tipo que se sabe artista pero que vive en un estado permanente de cuarto día de carencia. Los fuegos arden en su materia gelatinosa, dentro del cráneo, pero él solo puede apagarlos a intervalos. Era en esos intervalos donde normalmente surgía el arte, lo mucho —o poco— que aquel desgraciado fuera capaz de dar.

—No veo nada inusual —barruntó Marcus—. Todo parecen párrafos pulcros, anestésicos…

—¡Ay! —gritó el enfermo.

—Uy. Perdón.

Entonces, la localizó: metida como con calzador en medio de un diálogo entre dos personajes, con una apariencia aparentemente tranquila, dormida, como un cuchillo de gomaespuma que no corta. La metáfora. Era una guarra, una zorra traicionera de esas que llamaban alacranes, porque se escondían bajo la semántica esperando para atacar, para clavar su aguijón en los tropos de alguna frase.

Decía así: «Las silenciosas polillas de tus verbos se me escapan por la ventana».

Marcus lo comprendió: había peligro allí, un translatio de nitroglicerina a punto de estallar. La mecha, muy corta, y ya ardía. Se arrodilló lentamente junto a la cama, como si la bomba fuera real y su proximidad pudiera hacerla explotar. Se frotó los dedos, nervioso.

—Escúchame bien… eh…

—Yeong —aclaró la chica.

—Yeong. Atento a lo que voy a decirte. —Las manos le sudaban. Las frotó una contra la otra, gesto que la chica y el proveedor imitaron. El tictac metafórico de la frase podía oírse de fondo, saliendo del papel—. Eso que has escrito sin querer no es una metáfora, ¿me oyes? ¡No lo es! Y voy a explicarte por qué.

Su mirada se cruzó con la del enfermo, que más que pupilas parecía que tenía costras de cicatrices, idóneas para arrancárselas con unos alicates. La joven se echó hacia atrás como para que no le salpicara la sangre, si el cráneo de Yeong reventaba.

—Las polillas realmente son silenciosas, es un hecho probado. El batir de sus alas se encuentra por debajo de los veinte decibelios —todo esto se lo estaba inventando, pero daba igual: lo importante era que el enfermo lo creyera—, que está por debajo del límite que capta el oído humano. No puedes escucharlas volar. Es un hecho científico, no un hecho poético.

»Además… —Aquí venía la parte delicada, la espoleta final. La chica y el vendedor retrocedieron unos pasos, pero sin salir de la habitación. Las manos les sudaban—. En el Perú, una polilla es una persona que lee mucho. Es decir, un lector. Y la palabra verbo también puede referirse a la segunda persona de la Santísima Trinidad: el Verbo. Así pues, esa frase tiene un significado literal, ¿me oyes? ¡No es una metáfora! —Le cogió la mano donde tenía el bolígrafo al enfermo—. ¡Significa literalmente que unas lectoras calladas que creen en Dios han salido de la habitación, saltando por la ventana!

Marcus hizo un gesto como de «si esto cuela, será de milagro…». Y desde luego que era una explicación traída por los pelos, jugando con la polisemia… pero al yonqui le hizo efecto. Lentamente, muy despacio, el calambre de su pecho se relajó. Su cara dejó de ser un cuadro de Kandinsky contraído sobre sí mismo, y sus dedos se relajaron tanto que incluso soltaron el bolígrafo.

La chica lo abrazó, llorando del alivio. El proveedor asintió satisfecho, y su mirada lo dijo todo: Marcus acababa de ganarse su confianza, ya podía comprarle trank si quería. Si hubiese sido un pasma, en lugar de desactivar la metáfora habría perdido refuerzos y mandado al enfermo al hospital. Había uno en el barrio de al lado con una unidad especializada en SHH (Síndromes Humillantes del Humanismo).

—Lo has hecho bien —le dijo a su nuevo cliente—. Entonces, ¿qué venías buscando, exactamente? ¿Unos pelos de linfa?

—Sí, un poco de trank… necesito chutármelo lo antes posible. Pero enróllate y hazme una rebajita, por favorearte lo que acabo de hacerle a tu amigo.

Rapunzel se lo pensó un segundo, mirándolo con cara de pocos amigos. Un camello nunca hace rebajas, nunca da nada regalado. Él no le vende el producto a su cliente, le vende el cliente a su producto, y allá se las ingenie. Pero hubo algo en la mirada amenazadora de Marcus y en la gratitud de aquella chica coreana, que lloraba de felicidad pegada a su… ¿qué… qué sería el tal Yeong para ella, su hermano? ¿Su novio? ¿Su autor favorito? ¿Era acaso una groupie capaz de llevar al extremo del suicidio la intimidad sexual con su ídolo?

Sí, hubo algo que lo ablandó, o que lo atemorizó, y acabó vendiéndole una dosis a Marcus por la mitad del precio habitual. Todo un chollo. A continuación, Marcus dejó atrás aquel grotesco escenario de grand guignol simbólico-lisérgico y se marchó a su casa. Al piso realquilado de mierda que compartía con otros doce acabados de la vida.

Estos eran los misterios habituales del trank, los escenarios surrealistas del día a día. Rezó a alguien, no supo bien a quién, para que nunca lo cogieran a él hundido en una de estas. Ojalá que no.

¿Era eso una metáfora?


4. ENSAYO Y ERROR

—¿Cuántas veces micciona usted al día?

La pregunta siempre cogía desprevenidos a los sujetos de experimentación, por lo inusual. Ninguno se la esperaba. Más bien, cuando la amenazadora figura vestida con bata blanca del doctor Syngman II Kim se inclinaba sobre ellos, cual interrogador despiadado de las SS, los aterrados sujetos esperaban que les preguntase «¿a qué grupo terrorista perteneces?», o «¿dónde está la base secreta de Noviembre Negro?». Pero, desde luego, no que les dijera cuántas veces hacía pipí al día.

—Eh… no lo sé… ¿tres? —contestó balbuceando el hombre atado a la silla.

El doctor lo miró con desdén. Era una mirada ensayada, a la que había logrado dotar de infinidad de matices con el paso de los años. Durante sus años de investigación sobre los Vahn había logrado más con esa mirada que con otros refinados métodos de tortura.

—Bien, bien, eso me gusta. Significa que es usted un espécimen humano sano —sonrió. Y tachó una casilla en el formulario que llevaba en el portafolio.

—¿Qué me van a hacer? —tembló el hombre atado a la silla. Syngman no tenía muy claro si era un terrorista de Noviembre Negro o si procedía de alguno de los otros grupos subversivos perseguidos por el Gobierno. Lo único cierto era que los de arriba le habían dado plena potestad para hacer con él lo que quisiera, con tal de que ello ayudara a la investigación con el Vahn prisionero. Y eso era algo que Syngman sabía hacer muy bien.

El doctor apretó un botón y un panel se descorrió, inundando la habitación de luz. Tras este había una ventana que daba a una cámara blindada, dentro de la cual estaba el sujeto de experimentación, aparentemente dormido.

—Va a tener usted el honor de ayudarnos en nuestra experimentación científica, señor, eh… —Miró su nombre en el registro—. Wong. Nos ayudará a entender un poquito mejor cómo funciona ese maravilloso organismo, el único Vahn en cautividad que existe en el planeta Tierra. Y lo tenemos aquí, con nosotros. —Su sonrisa se ensanchó para mostrar más dientes.

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Ilustración: Pedro Bel

Una trampilla en el techo de la cámara blindada se abrió, y dejaron caer a través de ella un perrito y un arbusto. Al contrario de lo que había pasado la última vez, el alienígena no destrozó al animal y respetó el vegetal, sino justo lo contrario: la enorme masa compacta del Vahn, con pinta de glándula tiroidea gigante, se abalanzó sobre el matojo haciéndolo trizas, mientras que al asustado perrito ni lo miró. El animal se hizo un ovillo en una esquina de la estancia, gimiendo ante lo que consideraba un destino inevitable, pero este nunca llegó. El alienígena volvió a contraerse sobre sí mismo y regresó a un estado de latencia. No dormía en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco estaba despierto, sino en un estado transicional entre ambos. Quizás un modo de ahorro de energía.

El episodio seguía un modelo que el doctor se había acostumbrado a esperar. Llevaban casi un año experimentando con el prisionero, haciéndole todo tipo de pruebas —que debían ser de lo más humillantes para él, si es que un Vahn entendía lo que era el amor propio—, buscando un patrón en su comportamiento. Y lo único que habían encontrado era el caos: algunas veces, el alienígena atacaba unas cosas y otras veces otras, pero sin ninguna razón aparente. En ocasiones no hacía nada; se quedaba quieto aunque lo que metieran en la cámara constituyera una clara amenaza para él. Otras, se ponía a moverse de manera extraña y a emitir un indescriptible cántico, una especie de endecha por sí mismo y por su especie… si es que era eso.

¿Qué cosas pasaban por aquella mente incomprensible? ¿Qué significaba aquel canto? Desde que se había incorporado al proyecto, el doctor Syngman II Kim había parido muchas teorías y había escrito un sinfín de libros, pero todos eran basura. Elucubraciones sobre qué podía significar esto o aquello, sin una base real. Porque lo cierto era que nadie sabía nada con absoluta certeza sobre aquella criatura. Aquel Vahn, el único que existía en cautividad, había sido bautizado por sus captores Susu, que era la contracción de susukkekki, que en coreano significaba «enigma».

Syngman enlazó las manos a la espalda y adoptó una actitud solemne, mirando a Susu. Su formalidad representaba un formalismo tan intenso como si estuviera atacando físicamente a sus «pacientes».

—Hace cuatro años nos cayó este regalo del cielo —murmuró—. Hasta ese momento nunca habíamos visto un Vahn, solo sus máquinas. Las naves con las que aterrizaron. Cuando tuvimos delante a esa… cosa, a otros les repugnó, algunos incluso vomitaron del asco, pero a mí me pareció lo más hermoso que había en el universo.

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Ilustración: FRAGA

Lo contempló en silencio. Más grande que un toro pero menos que un establo, les contaría en sus libros de memorias a quienes quisieran interesarse por el aspecto de aquel ser, a qué se parecía aquella monstruosidad: toda hecha como de cuerdas retorcidas, un ser con forma de pólipo suprarrenal y con una extensión tubular detrás, con once patitas ahuesadas como pipas que se abrían y se cerraban al andar… Gelatinoso y retorcido, hecho de venas y arterias de un material giboso, con grandes ojos saltones por todas partes que recordaban a los de los congrios… Y esos sonidos horrendos que emitía a través de un montón de poros de la piel, esfínteres más bien, que le brotaban al azar como malignas excrecencias de hongos… Que Dios protegiera a la especie humana: era lo más bonito que había visto en su vida.

—¿Ve esa trompa que le sale por detrás, si es que ese bicho tiene un «detrás»? —le preguntó al prisionero—. La llamamos probóscide ictinofagosa, «probo» para los amigos. Es el apéndice mediante el cual segrega una sustancia babosa a la que llamamos linfa. Sí, es ese tesoro químico al que los buscadores de trank convirtieron en su dios, del cual se destila la famosa droga. Solo que mil veces más pura que lo que se consigue por ahí, claro. ¿Sabe cómo se fabrica el trank en el mercado libre, Wong?

El prisionero negó con la cabeza.

—Jamás lo obtienen directamente de la fuente, como es lógico, ya que nadie salvo nosotros tiene acceso directo a un Vahn. Pero hay zonas (creo que las llaman así, Zonas) alrededor de las naves posadas de estos seres donde los objetos se recubren de una especie de resina. Es como si goteara desde algún lugar invisible encima de ellos, y los dejara pegajosos, chorreantes…

»Los buscadores de trank se infiltran ilegalmente en las Zonas y raspan, literalmente, esa resina de encima de los objetos. Los que logran escapar a la vigilancia del ejército llevan tarrinas de alimentos para bebés rellenas de resina a laboratorios clandestinos, donde la convierten en trank. Ellos mismos están sembrando un contraagente, pero no lo saben: porque mientras más resina salga de las Zonas, más se adaptará el ser humano a ella y menos efecto tendrá en trank en nuestro organismo. Pero aún quedan varias generaciones para que eso suceda, y los traficantes están tranquilos. Dales oro hoy, y dejarán de pensar en su propia pobreza de mañana. Pero cuando el nivel de la droga caiga bajo par… entonces todos se volverán esquizofrénicos chillones.

»Son todos una panda de delincuentes estúpidos —añadió con sorna—. Y no hay peor delincuente que el que se cree culto. Habría necesidad de impedir que esa gente aprendiese no solo a leer, sino tampoco a hablar. Porque de impedir que aprendan a pensar ya se ha encargado la naturaleza.

—Yo no… no tengo nada que ver con esto. No soy un traficante.

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Ilustración: FRAGA

Todos nos hemos convertido en traficantes, de una manera u otra, desde que esos seres encontraron nuestro mundo flotando como una cabeza de alfiler en el cosmos —le corrigió el doctor—. Antes creíamos que estábamos solos en el universo y no teníamos otra cosa que hacer salvo mirarnos nuestro propio ombligo, como especie. ¿Pero ahora? Ahora todo lo que hace el ser humano tiene que ver con la noción de los Vahn: nuestra industria trata de imitar la tecnología de sus naves, que nos resulta incomprensible. Nuestro arte ha sustituido al Yahveh del dedo de la Capilla Sixtina por un alienígena que extiende un tentáculo. Incluso hay sectas que los adoran de verdad, en plan religioso. ¿Cómo podría ser de otra forma? El ser humano siempre ha sentido predilección por arrodillarse ante cualquier cosa que baje de los cielos. —Estudió sus uñas con una intensidad fosforescente, caníbal—. ¿Sabe lo que es la hipótesis de Cuernavaca, señor?

El prisionero negó con la cabeza.

—Es una teoría que formularon unos científicos argentinos después de estudiar a fondo las naves de descenso de los Vahn, las que se estrellaron contra nuestro planeta. La comunidad científica internacional la apoya porque cree que es la que más posibilidades tiene de ser cierta sobre estos seres.

El doctor apretó un botón de la pared y un monitor se iluminó, mostrando fotografías de las naves espaciales alienígenas tal y como estaban hoy en día posadas en la tierra: tenían la forma de la letra yod del alfabeto consonántico fenicio, aproximadamente, solo que eran gigantescas. Medían más de doscientos metros de altura, y estaban pintadas con una curiosa trama de colores rojos, amarillos y turquesas. No había la menor lógica en su diseño, ni siquiera pequeñas concesiones a la aerodinámica más simple. No tenían toberas por las que expulsar ningún material de propulsión, ni proa fácilmente identificable, ni puente de mando hacia el que dirigir las miradas. Eran, simplemente, símbolos acrofónicos de metal que volaban por el aire, respirando tecnología y electricidad.

Habían llegado treinta y nueve naves a la Tierra en dos periodos diferentes: primero aterrizó una, seguramente un explorador que encontró nuestro mundo por casualidad. Y luego, tres años después, vinieron casi cuarenta más. La hipótesis era que habían necesitado aquel tiempo para comunicarse entre sí y poner rumbo al Sistema Solar. La mayoría había aterrizado en islas del Pacífico, en la Micronesia, huyendo de las grandes masas continentales, cosa que había enfurecido inexplicablemente a los norteamericanos, que siempre habían pensado que de darse un aterrizaje alguna vez en la historia, sería sin duda en su territorio.

Las naves se posaron. Y de sus vientres inorgánicos surgieron los Vahn, cuando sus inmensas máquinas cayeron a la Tierra. La mayoría no se dejaron apresar, sino que volvieron a la seguridad de sus naves en cuanto se dieron cuenta de que aquel planeta recubierto por una capa de oxígeno que les resultaba venenosa estaba habitado. Y que sus habitantes no eran meros simios asustados. Desde entonces, el contacto entre la humanidad y los alienígenas había tenido lugar exclusivamente por radio, en un lenguaje inventado para la ocasión derivado de las matemáticas.

Pero estaba Susu. Gracias a Buda, estaba Susu.

—La hipótesis de Cuernavaca —continuó Syngman— afirma que algún día, dentro de poco, llegará el resto de la especie Vahn en más naves. Lo que tarden en hacerlo es una función de lo potente que sean sus comunicaciones y lo distante que se halle su mundo de origen. Pero si en tres años pudieron reunir a cuarenta de los suyos, en pocas décadas podría venir el resto, quizá en una sola nave de contacto monstruosa, quizá en millones de las pequeñas. Nadie sabe qué pasará entonces. —Observó con mirada soñadora una imagen que mostraba caracteres en la escritura de los Vahn: eran estacas, lazos y toroides a los que él, en secreto, ponía puntos en las íes y palitos en las tes—. ¿Nos conquistarán? ¿Arrasarán con toda la vida del planeta? ¿Se mostrarán amistosos y bajarán acompañándose de fanfarrias para jugar con nosotros al puo-puo1? Quién sabe… Por eso es tan importante que los comprendamos. Y por eso, estos experimentos son cruciales.

Rotó sobre las puntas de sus pies graciosamente, como una bailarina, y le dedicó una sonrisa al prisionero.

—Bien, señor Wong, le toca. Gracias por haberse ofrecido voluntario para este experimento. —Arrastró la palabra con ambigua obscenidad—. La ciencia está en deuda con usted.

Chasqueó los dedos y dos guardias entraron, llevándose a Wong a rastras, que no cesaba de gritar que él jamás había dado su consentimiento para aquello y que prefería la cárcel. Sí, claro, pensó Syngman, todos prefieren la cárcel antes que ser útiles a la ciencia. Qué egoístas son.

Por la trampilla del techo de la otra habitación cayó Wong, vociferando y chillando de pánico al ver a la criatura. Ahora podía suceder literalmente de todo, así de imprevisible era Susu: desde que se abalanzara con furia ciega sobre el humano y lo desmembrara, comiéndose después sus restos gracias al racimo de bocas que tenía en su región ventral… hasta que lo ignorase cortésmente y siguiera durmiendo, perdido en sus laberintos telepáticos.

Para desgracia de Wong, lo que pasó fue lo primero. El perrito lanzó unos ladridos lastimeros para aventar a la muerte.

Syngman cerró de nuevo la mampara. Hoy no tenía estómago para semejante espectáculo. Se sentó en su mesa y anotó sus impresiones sobre el incidente con una elegante caligrafía hangul. Completamente ajeno a la carnicería de la otra sala, en el despacho se respiraba un aire a tranquilidad, a sosiego reforzado por la suave moqueta de estilo sueco, la cortina de encajes almidonados y aquellos maravillosos jacintos de agua en una fuente amarilla. Daba gusto trabajar allí, sí, señor. Feng shui de calidad.

Miró el cuadro que colgaba de una pared, donde la seria expresión de una doctora en biología alemana de posguerra lo miraba con severidad.

—Un schnaps, tal vez, frau Hohenzollern…


[1] Juego coreano antiguo que consiste en que los jugadores de colocan en círculo y se van lanzando unos a otros una pelota. El que falle en cogerla seguirá jugando pero sin una mano, luego sin un pie, y por último sin las extremidades y con los ojos cerrados, intentando atrapar el esférico con la boca.

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