Revista Axxón » «Todo está lleno de trank: Capítulo 7, Capítulo 8», Víctor Conde - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 ESPAÑA

7. ICOSAEDROS

Encadena con:

El doctor Syngman II Kim, teniendo un cabreo de mil demonios.

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Ilustración: Pedro Bel

Se había pasado las doce horas anteriores intentando obtener una respuesta de Susu a cualquier estímulo, sin recibir a cambio más que el desprecio. A la manera a la que podían despreciar los Vahn, claro. Es decir, no haciendo para nada lo que se esperaba de ellos.

Las paredes de su celda se habían convertido en pantallas gigantes por donde resbalaban mosaicos de color, formas geométricas y destellos sincrónicos de luz. Lo que mejor había funcionado siempre con Susu eran los icosaedros: por alguna ignota razón, se sentía atraído hacia esas formas geométricas en concreto. Además de eso, por la trampilla del techo caían objetos y seres vivos sin parar: sillas, piedras, cuadros, insectos, mamíferos aterrados, reptiles de cola larga, prisioneros de cola corta, nubes de gas, sogas con comida en el extremo…

Semejante intensidad correspondía a una sola cosa: que ese día había venido de inspección el jefe directo de Syngman, un ejecutivo de esos que provocan en los demás nada más verlos una suerte de miedo escénico. Se llamaba Li Sejong, y era un hombre con una cara grande y plana con aspecto de haber sido embalsamada, como si le hubieran inyectado parafina debajo de la piel. El hecho de que el generalmente imperturbable Syngman estuviera nervioso daba fe del poder de turbación de aquel ejecutivo.

—Así que seguimos sin resultados concretos —dijo el señor Sejong, firme como una lima. Su traje podía haber estado hecho a base de remendar billetes de quinientos euros que a nadie le habría extrañado.

—Me temo que sí, señor —replicó el doctor, con cierta compunción—. Susu… quiero decir, el sujeto experimental A01, se muestra esquivo a todos nuestros intentos por penetrar en su mente. Es totalmente impermeable a nuestras técnicas de exploración psicológica, incluso las más… esto, invasivas. Ni siquiera los bombardeos crudos con radiación TK le hacen otra cosa que no sean cosquillas.

—Ya hemos gastado más de quinientos millones de dólares en este proyecto, y los norteamericanos se están empezando a impacientar. Dicen que les toca el turno de analizar a nuestra… «criatura». Y que si no se lo permitimos, empezarán a valorar en serio una intervención militar contra nuestro país.

—Ellos siempre resolviéndolo todo por la fuerza… —gruñó Syngman—. Que se busquen su propio extraterrestre.

La mirada de reproche del ejecutivo lo silenció. Al otro lado de la mampara transparente, Susu continuaba inmóvil, aparentemente aislado de todo cuanto lo rodeaba. Sus esfínteres cutáneos boqueaban como las bocas de peces medio asfixiados y sus patitas se extendían para recogerse a continuación, muy despacio. Pero además de eso, no hacía nada más. Ninguno de los estímulos que ponían a su alcance lo atraía lo más mínimo.

¿Era un extraterrestre tonto? ¿Un retrasado mental según los parámetros de su especie? Esa era una idea que Syngman no descartaba del todo: estadísticamente, tenía que haberlos. Ninguna especie, por alienígena que fuese, podía estar compuesta solo por genios. A lo mejor, Susu era de los que limpiaban las letrinas de su nave espacial y se cayó fuera con el golpe del aterrizaje, y por eso habían logrado capturarlo. Que el resto de sus compatriotas no hubiesen hecho nada por rescatarlo, en todos aquellos años, demostraba lo poco que este espécimen les importaba. A lo mejor ni siquiera se habían dado cuenta de que faltaba cuando pasaron lista.

Esto es lo que conforma el centro de nuestras vidas, el infundíbulo de todos nuestros esfuerzos: un alienígena bobo, se lamentó. Damas y hermafroditas del jurado, tengan piedad…

—La junta ha puesto una fecha límite —dijo Sejong, palabras que le pusieron los pelos de punta al doctor—. Si antes de ese tiempo horizonte no conseguimos nada, habrá que admitir que la senda psicológica de experimentación es inútil, y procederemos a probar con el A01 otros métodos más… biológicos.

—¡No, no pueden diseccionarlo! —exclamó Syngman, y al momento se arrepintió de haber levantado la voz—. Lo… lo siento, señor… es que no poseemos ningún otro ejemplar en cautividad. Si lo llevamos a la mesa del quirófano, ¿cuántos secretos se perderán? ¿Cuántas posibilidades de averiguar cómo piensa esta especie?

—Entiendo su preocupación, doctor, pero nuestras mejores mentes han sido puestas a prueba con este enigma demasiado tiempo, y estamos casi igual que al principio. Antes que dejar que se lo lleven los americanos o las Naciones Unidas… aplicaremos el plan de reserva.

Syngman sabía cuál era ese plan. Lo llamaban NN3. Consistía en simular un ataque terrorista contra las instalaciones de investigación, volarlo todo por los aires y decirle al mundo con enorme pesar que Susu había muerto. Por supuesto, lo evacuarían un día antes y lo llevarían al búnker secreto de la montaña, donde lo reducirían a pulpa —pero de manera controlada— en una mesa de operaciones. Si no podía obtenerse un resultado fiable por las buenas… se haría por las malas. Los diplomáticos se morirían de vergüenza al tener que decir ante el consejo de la ONU que unos simples terroristas les habían ganado por la mano… pero, al fin y al cabo, morirse de la vergüenza era uno de los privilegios de su clase política.

Pero eso era lo que más miedo le causaba a Syngman en este mundo: el fracaso de los métodos invasivos psicológicos. Le aterraba pensar en todos aquellos cirujanos, carniceros, aguardando escalpelo en mano junto a la camilla como un yonqui sentado con su aguja en espera del mensaje de la sangre. Brutos movidos por los estremecimientos premonitorios de sus glándulas prostáticas. A él no le importaban lo más mínimo los pobres desgraciados que arrojaba por aquella trampilla del techo… eran mártires de la ciencia, que daban su vida por el bien común. Pero hacerle daño a su pobre alienígena… eso sí que no.

—Señor, se lo suplico, concédale a mi departamento solo unos meses más… Estoy seguro de que estamos a punto de dar un paso de gigante, lo presiento.

El ejecutivo le dedicó una sonrisa cínica. Hacía muchos años que no usaba su boca para reír, por lo que tenía los músculos desacostumbrados.

—Los presentimientos están bien para los monjes y para los artistas, señor Kim. Pero no para la ciencia. Un paso de gigante, como usted lo llama, podría tardar treinta años más en llegar, o no ocurrir nunca. No podemos esperar tanto, con los americanos mirándonos por encima del hombro. —Se ajustó el cuello alto de su traje mao típico—. Elevaré a la junta su protesta y su petición, pero no me comprometo a nada.

Se dio la vuelta para marcharse, con el doctor siguiéndolo como un perrito faldero que no paraba de gemir por un hueso, cuando unos ruiditos extraños procedieron de la cámara contigua. Los micrófonos sensibles los registraban: procedían de Susu.

Los dos hombres se giraron con los ojos muy abiertos hacia el cristal, y vieron algo que les chocó: el extraterrestre había salido de su letargo y estaba haciendo unos movimientos muy raros, como si bailara. Pero no era un baile, sino un desplazamiento rítmico sobre su eje, con sus patitas telescópicas contrayéndose y volviéndose a expandir de nuevo. De sus bocas goteaba una sustancia que parecía destilada de un neón verde clorofila. Miraba las paredes llenas de imágenes.

Syngman se acercó con una expresión de absoluto pasmo, y miró lo que las paredes estaban mostrando en ese momento: eran unos dibujos que él había visto antes, y que había incluido en la muestra aleatoria por puro capricho, porque no tenían nada que ver con las pautas de investigación. Sejong también se acercó, atónito.

—¿Qué es eso, qué está haciendo?

—Esos… esos dibujos a los que está respondiendo el alienígena…

—¿Qué son? ¡Doctor, vaya al grano!

Syngman corrió a su mesa y se bebió de un trago el zumo de sagitaria que necesitaba para controlar la tensión.

—Señor, hace varios días, una familia que vive en la zona centro nos trajo a la empresa tapadera un domobot defectuoso, para que lo reparásemos —le explicó con voz átona. Su cara estaba tan desprovista de expresión como una urna funeraria chiíta—. Creímos que se trataba del típico fallo de hardware, pero cuando le hicimos un análisis profundo descubrimos que su mente había sufrido un fallo… inexplicable. El robot se volvió amperinómano, es decir, adicto a la electricidad doméstica de bajo amperaje. Y esos dibujos son las cosas que vio y que imprimió durante sus… eh… cuelgues. Como ve, también incluyen la figura del sólido de veinte caras, el icosaedro, como elemento crucial.

Su jefe lo miró con una expresión apática, de pez tropical. Sus ojos decían «te estoy entendiendo, pero no me lo estoy creyendo».

—Y esos dibujos procedentes del pantallazo heroinómano de una máquina… ¿son los que están haciendo reaccionar al sujeto?

—Sí. —Syngman estaba a punto de desmayarse de la alegría. El paso de gigante que le había prometido a su jefe acababa de producirse, y era un auténtico milagro.

Entonces, se dio cuenta de que Susu estaba emitiendo otro sonido distinto por sus bocas. Y no se parecía a ningún otro que le hubieran escuchado antes.

Tocó un botón y la cara de la jefa de monitorización apareció en la pantalla.

—¿Están viendo eso? ¿Lo están grabando todo?

—¡Sí, señor! —exclamó ella, igual de entusiasmada—. ¡El sujeto está emitiendo nuevos sonidos coherentes!

—¡Páselos por el altavoz!

El sonido era sedoso, submarino… una especie de gemido que se desintegraba como fundiéndose por dentro. Pero que contenía sílabas, quizá una palabra. Una frase entera segmentada. Syngman y su jefe se esforzaron por escuchar y entender.

Y lo hicieron.

El monstruo estaba diciendo claramente: «Familia… familia… Sofé… Mariposas que volan… mariposas que volan…».

Estaba hablando. En coreano.

El doctor y su jefe se miraron en silencio.

Y pulsaron el botón de alarma general.

Que el azul del alba atraviese la ciudad como una llamarada…

En la favela norte, las obras avanzaban a buen ritmo. Un pequeño ejército de operarios y robots se desplegaba por el andamiaje de soporte de las plazas elevadas hechas de cubículos, las casas donde vivían centenares de familias. Su misión era simple: colocar las microvigas de tensión —las «escamas»— de la arquitecta Raquel Casamara en los puntos esenciales de la estructura. Pero para llevar a cabo tal misión, hacía falta un despliegue tan enorme de medios que parecía como si el equipo de Raquel se propusiera rehabilitar medio Seúl.

Desde el puesto de mando donde estaba ella dando órdenes, en una atalaya desde la cual se dominaba toda la barriada, podían verse todos y cada uno de los cincuenta y dos equipos de hombres, robots servoguiados, obreros con exoesqueletos de carga, aparejadores e ingenieros de apoyo, y la flota de camiones, grúas y demás material de obra que el Gobierno había puesto a su disposición. Raquel no había visto un despliegue de medios semejante ni siquiera en Europa, en las grandes obras en las que había participado. Allí, en Seúl, el potencial humano estaba nacionalizado, y los dirigentes lo ponían al servicio de lo que más les interesaba.

Era media mañana y la operación se hallaba en su apogeo: grúas de doscientos metros de altura sostenían con sus cables los amasijos de chabolas, algunos de quinientas toneladas de peso, mientras los obreros con exoesqueleto trabajaban debajo. Había tal cantidad de drones y de ultraligeros surcando el cielo que parecía la noche de Navidad en el aeropuerto Dulles. Una galaxia de destellos de soldadura con sus respectivas lluvias de chispas convertía el cuadro en una exhibición cromática, además de en un alarde de fuerza mecánica.

Raquel estaba, como era costumbre en ella, superconcentrada en su trabajo. Para ella solo existían en ese momento dos cosas: su terminal, y el flujo de datos que llegaba en tiempo real de los centros neurálgicos de la operación. Los equipos de arquitectos y aparejadores eran sus generales en el campo de batalla, y ella la reina que supervisaba su rendimiento y se cuidaba de que cada grupo terminara su labor a tiempo, para que el siguiente pudiera entrar justo a continuación, sin retrasos. Una fina gestión del tiempo basada en la eficiencia cronometrada era la clave para triunfar en proyectos de esa envergadura.

Lo que no esperaba era que un ayudante, un joven que estaba ahí un poco para todo, la llamase con su vocecilla tímida y le dijese:

—Esto… le pido mil disculpa, señora Casamara, pero tiene una llamada urgente. De fuera de la obra.

Ella ni siquiera lo miró. Siguió concentrada en lo que le estaban contando los otros responsables de obra, todos inclinados sobre una serie de planos. Pero el muchacho insistió, y a la cuarta vez, ella lo miró, malhumorada.

—¡He dicho un montón de veces que no quiero que me pasen llamadas aquí! ¡Estoy trabajando!

—Eh… lo sé, pero es que es realmente importante. —El chico tenía un diminuto móvil en la mano, de pantalla virtual. Se lo ofrecía casi con miedo, igual que la bruja le mostró la manzana a Blancanieves en el bosque.

—Si no es una llamada de urgencia del colegio de mis hijos, dígale a quien sea que ya le llamará mi secretario —dijo con desdén.

—Es que… es el ministro de obras públicas. Quiere hablar con usted. Y también hay otra persona compartiendo llamada, un tal doctor Syngman II Kim, de una empresa de robótica.

El grupo entero de arquitectos miró al chico en silencio, y luego cuchichearon entre ellos en voz baja. Reluctante, Raquel cogió el teléfono y se lo llevó a la oreja.

—¿Diga…?

En un dialecto sutilmente distinto del coreano clásico, reservado a gente de cierta posición social, la voz del ministro dijo:

—Señora Casamara, es un placer conocerla. Supongo que sabe quién soy. Quiero que hable con la persona que a continuación va a ponerse al teléfono, y que escuche bien lo que tiene que decirle. Adiós.

Sin esperar su respuesta, se oyó cómo la terminal cambiaba de manos al otro lado, y la familiar voz de Syngman sustituyó a la del ministro.

—¡Señora Casamara, es estupendo poder hablar con usted de nuevo!

—¿Señor Kim, de la empresa que nos vendió el mayordomo? —Ella no salía de su asombro. Tenía la faraónica obra momentáneamente parada por aquella… aquella… estupidez.

—¡Exacto! Perdone que la moleste, ya sé que es una mujer muy ocupada, pero créame que lo que tengo que decirle es un asunto de seguridad nacional.

—Segur… ¿Qué es esto, una especie de complicada broma? —dijo, muy enojada—. ¿Estamos en el aire?

—No, no, para nada, no me ha entendido. Verá, tenemos un problema que tiene mucho que ver con el modelo antiguo de domobot que usted… bueno, que su familia nos trajo para que lo reparásemos. El que era adicto a la corriente eléctrica.

—¿Todavía están con eso?

—Y la cosa trae cola, se lo aseguro. Por aquí no puedo explicárselo porque no es un canal seguro, pero necesito verlos a usted y a su marido en su casa esta tarde. Es importantísimo que estén los dos.

A Raquel empezaba a dolerle la cabeza. Si había algo capaz de producirle migrañas en este mundo era estar enredada en una situación que no era capaz de controlar y que, para colmo, parecía absurda. Una broma de mal gusto.

—Mire, señor Kim, mi familia tiene compromisos para esta tarde, y para el resto de la semana. No podemos cambiar los planes así por las buenas solo porque…

—Lo sé, lo sé. Mire, usted me dijo cuando nos entrevistamos en mi oficina que estaban estudiando la posibilidad de mudarse de casa, a otra más grande y mejor, ¿cierto? Bien, si tiene la amabilidad de concederme su tiempo, y de permitir que su antiguo modelo, ese al que ustedes bautizaron Chao Li, regrese momentáneamente a su hogar, nosotros…

Eso puso en guardia a la arquitecta.

—¿Qué? ¡No, ni hablar! Pensé que lo de ese trasto ya era un asunto zanjado. Asustó mucho a mi hija pequeña y estuvo a punto de herirla. No, de ninguna manera va a volver a pisar nunca más mi casa.

—Escuche primero la oferta: si nos permite hacer un pequeño experimento esta tarde, en su domicilio, la compañía les comprará la casa que ustedes deseen en el barrio que elijan. Da igual el coste. Podrán mudarse en cuanto lo deseen, como si es mañana mismo.

Vueltas, vueltas, el mundo daba vueltas alrededor de Raquel. ¿Estaba soñando, no sería todo esto una estúpida pesadilla que estaba teniendo justo antes de que sonara el despertador? Porque tenía toda la pinta…

—Por favor, señora Casamara, diga que sí —suplicó Syngman—. Quedemos esta tarde para hacer esta prueba y le juro que no volveremos a molestarla. Y tendrá la casa de sus sueños, completamente gratis.

Raquel miró al grupo de arquitectos e ingenieros que la esperaba, impaciente, alrededor de la mesa.

—Oh, la res-pon-sabi-lidad —canturreó con una sorna zumbona. El ministro. La imagen del ministro encajada con calzador en todo aquello era lo que no cuadraba. Así que terminó preguntando—: ¿Ha dicho la casa que nosotros queramos?


8. TEORÍAS EXTRAÑAS

Al final, Marcus acabó llevándose a Marga a su piso. La chica estaba aterrorizada, y le asustaba aún más la idea de quedarse sola en la comisaría. Cuando se acercaron al cuartelillo de la policía, ella se puso a llorar y a sujetarse con tanta fuerza al cuerpo de su salvador que Marcus parecía una tabla de náufrago. La voz interior del tranki, que a veces era tan real y concreta como la de otro ser humano, le dijo que allí había canela fina. Con menudo marrón acabas de toparte, chaval.

Y él era adicto a los marrones, como su presencia accidental en Seúl constataba.

Acabaron en su piso de mala muerte, dejando el quad abandonado en un reservado para minusválidos. Así se aseguraban de que lo encontraría la policía y de que se lo llevaría la grúa. Su dueño podría recuperarlo muy fácilmente al día siguiente.

Cuando entraron en el piso, Marga se tapó la nariz con la mano. Aquello estaba hecho un desastre, parecía un edificio en ruinas tras una guerra.

—Por Dios, ¿vives en esta pocilga? —le preguntó con la nariz pinzada por los dedos.

—Nadie vive aquí, es solo un lugar de paso. A veces dormimos aquí; otras, lo usamos para esperar a que pase el tiempo… No es un hogar, es un refugio.

—¿Y ese plural sois…?

—Compañeros trankis. Ya sabes, los que…

—Ah, vale, sí. Sé.

Solo había otra persona en el piso, y era un tipo que dormía hecho un ovillo en una esquina. Daba la impresión de llevar tanto tiempo allí que casi se había fundido con los muebles. Lo ignoraron y entraron en la habitación de Marcus.

—Oye, no pienses nada raro de mí, ¿vale? No te he traído aquí para propasarme ni nada de eso.

Ella sonrió.

—Tranquilo. Pero no bajaré la guardia. Debería confiar en ti porque me salvaste la vida, pero no lo haré porque, como alguien sabio me dijo una vez, no has de fiarte de nadie en esta ciudad aunque tenga cara de bueno. Cualquier tipo con una sonrisa bonita podría ser un violador.

—Exacto —dijo él, poniendo una sonrisa bonita—. Me alegra que estuvieras escuchando. Y ahora, ¿tendrías la amabilidad de explicarme tu historia? ¿Por qué te perseguían esos tipos?

Marga se tapó la boca con las manos para ahogar cualquier cosa que pugnara por salir, tal vez un suspiro de resignación, o la risa. Incluso un alarido. Dios sabía lo mucho que necesitaba gritar.

—Ya te lo dije: Noviembre Negro, búnker en las montañas. Escape a lo película de Hollywood. No sé ni cómo he conseguido llegar hasta aquí; a partir de mañana voy a seguir siendo atea, pero empezaré a creer en los milagros.

—Toda esa parte está clara. Y además me dijiste que todo tenía que ver con una científica muy buena, ¿no?

Ella asintió con la cabeza, triste.

—La doctora Akane Fujioka. Nos secuestraron a la dos, pero solo yo pude escapar. Ella estaba demasiado mayor para saltar la valla. En cuanto esté segura de que hablo con la persona correcta, denunciaré a esos mamones. Y que las autoridades se encarnicen con ellos todo lo que quieran.

Claro que sí. Marcus vio los titulares en un guiso que hervía vivamente: EXTRANJERA LOCA SE PIERDE EN EL CAMPO Y SE LE VA LA PINZA. SE CREE CENTRO DE UNA CONSPIRACIÓN JUDEO-MASÓNICA. Sonaba divertido, pero lo cierto era que Marga no parecía estar loca. Al menos, no más que cualquier ciudadano medio de aquella ciudad… lo cual era decir mucho.

Marga se dejó caer en el catre y comenzó a juguetear con su moño. Tenía el pelo como un nido de urracas en el que no dejaba de meter y sacar palitos.

—Akane era una persona genial, una verdadera mente privilegiada. Cogió las transmisiones de los Vahn, las primeras que mandaron nada más aterrizar en nuestro mundo, y las analizó. ¡Y logró descifrarlas!

Fue entonces cuando Marcus empezó a pensar en serio que estaba loca. Millones de científicos en todo el planeta habían intentado abrirse paso por ese galimatías, sin éxito. Al menos, no era una noticia que hubiese trascendido a la opinión pública. Así se lo hizo saber.

—Habría sido la noticia del siglo, sí —admitió ella—, una auténtica bomba, si esos cabrones de Noviembre Negro no se hubieran interpuesto. Yo era la ayudante de Akane, y leí los textos traducidos. Estábamos preparando el informe final para comunicárselo a la prensa cuando nos secuestraron. Nos llevaron a ese sitio en medio de la nada, y nos soltaron una sarta de pamplinas: que lo que nosotros hacíamos era una herejía contra las antiguas creencias y las antiguas divinidades; que el ser humano solo tenía oídos para escuchar una única revelación procedente de los cielos, y esta era la revelación de Dios… Una lamentable sarta de sandeces. Pero esos locos hablaban en serio, vaya que sí… —La mirada se le contagió de amargura—. La doctora había desarrollado una teoría cosmológica completamente nueva a partir de lo que aprendimos de los Vahn. Resulta un poco ambicioso decir esto, pero es cierto: teníamos incluso unas fórmulas relativas a un tipo de energía desconocido en nuestro planeta, ¡y funcionaban!

—Pero… eso es alucinante, a falta de una palabra mejor… —Marcus, al oír todo aquello, se sentía como un libro cuyo principal fallo fuera su dificultad para almacenar palabras impresas. Sabía que la confesión de aquella mujer le quedaba muy grande, si es que no era todo una sarta de locuras—. ¿Y qué pasó con la fórmula?

Marga se tapó la cara con las manos.

—Me la comí… —confesó en un susurro. Y procedió a explicarle lo del código oculto en las obleas de pan y su estado de inanición—. Sí, me comí la mitad de ella… y como solo Akane la conocía en su versión íntegra, ahora es casi imposible volver a deducirla. Lo que queda está escrito aquí. —Le mostró los papeles arrugados que llevaba desde que se la encontró en el callejón. El hombre solo vio en ellos un galimatías indescifrable, un cuadro arborescente de Rembrandt hecho de números, rayas e igualdades—. Nos llevó años juntar las piezas, coger fragmentos de las transmisiones de los Vahn y unirlos como si estuviéramos montando un puzle, pero lo conseguimos.

—No se ofenda, pero me parece poco verosímil que pudieran «pescar» transmisiones en el espacio profundo y que de ahí obtuvieran un mensaje completo. Yo no sé mucho de esto, pero sí sé que la información se degrada, y se acaba perdiendo.

—No crea. La física tiene como principio implícito que la información puede desmenuzarse, pero no desaparecer. Podríamos coger una enciclopedia y destrozarla hasta que no quedara de ella más que un montoncito de serrín… pero reconstruyendo todas las partículas de ese serrín en el orden adecuado, obtendríamos de nuevo la enciclopedia. La información sigue estando ahí, solo que desordenada. Piense en todos esos pedacitos de ánforas que los arqueólogos descubrieron en el fondo del mar Egeo —dijo Marga—. Diminutos trozos de cerámica que llevaban soportando el ir y venir de las mareas y la furia del mar desde hace varios milenios, y, sin embargo, ellos fueron capaces de reconstruirlos y descifrar sus dibujos. Esto viene a ser lo mismo, solo que con ondas de radio en lugar de con cerámica.

—P… pero… ¿qué descubrieron sobre los alienígenas?

Marga exhaló un lento y gélido suspiro. Era una historia muy larga, pero tenía que mantenerse despierta. Si se dormía ahora, temía no volver a despertar.

—Verá, los Vahn proceden de una estrella que se halla a doce años luz de distancia de la nuestra, más o menos. Nosotros la llamamos Sirio 3. Ellos tienen un nombre mucho más impronunciable. Son lo que queda de una catástrofe planetaria.

—¿Una catástrofe?

—Sí… por lo poco que pudimos entender de sus transmisiones, hace unos cinco milenios (cómputo de Sol) se vieron amenazados cuando en la misma órbita de su planeta se acopló otro mucho más grande y masivo. Era un cuerpo celeste errante que su estrella atrapó e incorporó a su tablero de gravedades. Imagine que es como si en la misma carretera celeste que sigue la Tierra, de repente, el Sol atrapase y le metiera delante un gigante gaseoso que vaga por el cosmos. Imagíneselo como si usted fuera por una autovía con su pequeño utilitario, con kilómetros de vía libre por delante, y de repente le saliera al paso un camión tráiler de dieciocho ruedas que, encima, circulara a un tercio de su velocidad.

—Lo imagino, pero trátame de tú, como estabas haciendo al principio.

—De acuerdo. La colisión entre ambos mundos era inminente, pues uno tenía más velocidad traslacional que el otro. Y el que saldría perdiendo sería sin duda el de los Vahn, que se desintegraría en el proceso. Ciertos códigos religiosos de su cultura les prohibían emigrar en naves y dejar que su planeta se destruyera sin más, así que, para salvarse, decidieron aplicar un principio muy sencillo de la física al conjunto: el famoso «efecto tirachinas» gravitatorio, solo que aplicado a escalas masivas en lugar de a objetos pequeños.

Marcus arrugó la frente.

—Me suena el concepto. Creo que lo vi una vez, en una película…

—Sí, se basa en usar un pozo de gravedad grande como embudo para hacer rodar por su interior un objeto de mucha menos masa, y que salga disparado por el lado contrario como una moneda lanzada a un cuenco. —Marga lo miró a los ojos para asegurarse de que la estaba siguiendo. O, al menos, de que no estaba excesivamente perdido—. Pues bien, los Vahn usaron su tecnología para acelerar más su planeta, que era el más diminuto de los dos, para que corriera hacia el otro y este lo mandase lejos con un efecto de tiro de honda. El gigante agarrando por el pescuezo y lanzando lejos al pigmeo. Pero algo les salió mal, y acabó en una catástrofe planetaria.

—¿Me estás diciendo eso en serio? —A Marcus le dieron ganas de reír—. ¿Me hablas de planetas lanzados con tirachinas y de juegos de pelota cósmicos, y te extrañas de que algo salga mal?

—La verdad es que es gracioso… pero las matemáticas habrían hecho de red de salvamento si nuestros amigos hubiesen calculado bien la maniobra. Pero no lo hicieron. Tal vez porque estaban aterrorizados, porque se les acababa el tiempo… o, simplemente, porque no eran lo suficientemente listos, como especie. —Marga compuso una expresión soñadora, imaginándose el titánico cuadro—. La cosa es que cuando estaban en medio de la honda, parte de la aceleración del planeta pequeño se convirtió de repente en momento angular. En lugar de hacer el movimiento de traslación alrededor del grande sin variar la inclinación de sus polos, el planeta madre de los Vahn empezó a girar como un loco sobre su propio eje. ¿Y qué es lo que pasa cuando tienes una roca muy grande con partes móviles sobre ella que de repente empieza a dar vueltas como una peonza?

—No sé… ¿que esas partes móviles se mueven?

—¡Premio! —La sonrisa de imaginadora de Marga se trocó en otra ligeramente rapaz—. Su planeta era parecido al nuestro, con agua en la superficie y una atmósfera que, aunque a nosotros nos habría matado, a ellos les venía muy bien. Sus océanos ganaron velocidad e inercia y se comprimieron por la ley de los líquidos subenfriados, convirtiéndose en gigantescas masas en movimiento que barrían todo a su paso, islas y continentes incluidos. Imagina tsunamis colosales que golpean con tanta fuerza la isla del Japón que son capaces de ponerla encima del Himalaya. El efecto en la superficie del planeta fue devastador, y la civilización de los Vahn, tal y como la conocían, desapareció.

A Marcus le costó imaginárselo. Se preciaba de ser un hombre con la mente abierta, capaz de visualizar muchos conceptos por extraños o aberrantes que fueran —su experiencia vital con el trank, la droga surrealista, daba pie a eso—, pero el cuadro que ella le estaba describiendo… no sé, era tan colosal que se salía por los lados en el marco de su cerebro. Literalmente.

Intentó imaginárselo pero poniendo a la Tierra como ejemplo: un buen día, el planeta aumentaba varios enteros su velocidad de rotación, así sin más. Sería, imaginó, como frenarla y dejarla completamente quieta de golpe, solo que a la inversa. ¿Qué pasaría?

El planeta no era una masa compacta, rígida, sino que tenía partes móviles: los océanos. Las grandes masas de agua. Y la propia atmósfera. Si lo que le estaba contando aquella loc… perdón, la científica, era cierto, el Pacífico podría comprimirse hacia un lado mientras la inercia tiraba de él, como cuando uno sacude una pecera y ve cómo el líquido forma pequeñas montañitas contra el cristal. Lo mismo pasaría con el Atlántico y el resto de los océanos: todos comprimiéndose como locos contra las paredes de América, Asia y África. Y luego, por supuesto, llegaría el efecto rebote, cuando esos trillones de toneladas de agua vencieran la inercia y quisieran volver a su lugar. Todo lo que hubiera en medio, literalmente, desaparecería.

Sintió un escalofrío imaginando que estaba en una isla paradisíaca del Caribe, tomando el sol, y de repente una pared de agua alta como el Everest se le echaba encima a velocidad supersónica, ocupando todo el horizonte de un extremo a otro.

—Pero… hay una cosa que no entiendo —dudó.

—¿El qué? —preguntó Marga.

—Si ellos tenían una civilización tan avanzada como para acelerar un planeta entero, ¿por qué no corrigieron la posición de su eje, o su rotación? ¿Por qué dejaron que girara como una peonza, provocando todos esos destrozos?

Ella sonrió.

—Ese es el gran quid de la cuestión. Supongo que lo intentaron, pero les salió mal. Imagina que tienes la capacidad de provocar una avalancha: eso no implica que, una vez esta se ponga en marcha, seas capaz de controlarla. Hay fuerzas naturales que son tan inmensas que las puedes generar, pero una vez desatadas, ellas mismas son sus únicas dueñas. No obedecen al idiota que disparó a la cumbre de la montaña nevada con el fusil.

»Lo irónico del asunto es que si el planeta de los Vahn no hubiese sido como el nuestro, un mundo situado en la franja de la vida, la zona de habitabilidad de su sistema, las consecuencias no habrían sido tan devastadoras. Lo fueron porque la distancia a su sol permitía que hubiera agua en estado líquido en su superficie… pero si hubiese sido un planeta más alejado, más frío, toda esa agua habría estado congelada, y no se habría movido. Claro que entonces puede que nunca hubieran existido los Vahn.

—¿Por qué no?

—¿Tú has visto vida en Plutón? Si una proposición no tiene sentido, se aproxima al SIGNIFICADO CERO. Ese mismo principio se aplica también a la ecuación de la vida. Desde el momento en que el universo no le da cancha para existir, la vida, como concepto, cae también hasta el significado cero.

Se hizo un silencio automático. Marga estudió sus uñas con una intensidad fosforescente, caníbal. De las profundidades del armario de aquella habitación manó un hedor a vestuario abandonado.

—Esperanza. —Marga lo dijo como si estuviese deletreando una memez—. Es el común denominador de todos los seres vivos del universo. Esperanza en que sobrevivirán; en que ningún problema, por enorme que sea, logrará vencerlos, ni siquiera la destrucción total. Y tenían razón —sonrió—. A pesar de todo, los Vahn subsistieron. Siguen ahí, cinco mil años terrestres después de su hecatombe. Y entonces, un buen día, nos encontraron.

Toda aquella historia estaba dejando ojeras de extenuación en la cara de Marcus. Tenía que estar muy concentrado para seguir la historia que le estaba contando la científica sin perderse. Solo se permitió salir un minuto de aquel trance cuando entendió las palabras «esperanza», «destrucción total» y «nos encontraron», y las hilvanó en la misma frase.

—¿Y qué clase de nueva energía encontrasteis vosotras…? ¿La dedujisteis a partir de eso?

—Sí, fue una extrapolación de las instrucciones que iban implícitas en el mensaje cruzado de los Vahn. Alguien de fuera, de más allá de nuestro sistema solar, les contestó y les dijo cómo generar esa energía para que sus naves estrelladas se levantasen otra vez del suelo. Nosotras cazamos al vuelo partes de esa fórmula y la genialidad de Akane rellenó los huecos. Y luego, yo me los comí…

—Y esa energía… ¿tiene nombre?

—Trank —dijo ella, pero esta vez de forma solemne, como si repartiera bendiciones—. Es lo que tú te metes en vena cada día. Usada de la manera correcta, también podría impulsar motores. Máquinas. Naves espaciales.

Un rumor sordo nació lentamente en el estómago de Marcus, y fue transformándose paulatinamente en una risa. Desde ahí, subió en grados de Richter hasta transformarse en carcajada. Al hombre le lagrimeaban los ojos cuando un violento acceso de tos hizo que dejara de reírse.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó la española.

—Que… ay… —se enjuagó las lágrimas—, que después de todo, el regalo de esos alienígenas va a ser convertir todo lo que haya en el planeta Tierra en máquinas y organismos drogadictos, dependiendo para siempre de su linfa… El planeta Tierra va a cambiar su nombre al planeta Tranki…

Ella sopesó la idea un momento, y también le hizo gracias.

—Pues sí. Nunca lo había visto así, pero tienes razón. Hombres, mujeres y máquinas adictos al trank para siempre. —De pronto, la idea le pareció horrorosa—. La verdad es que me da algo de miedo…

—Debería. Si estás cuerda. Volver a toda nuestra raza esclava de una droga es como obligarla a que pierda su ciudadanía biológica, a que se tornen criaturas sin especie, sin condición humana. Estaríamos condenándola a una muerte horrible solo por conseguir un nuevo tipo de gasolina más potente y barata.

—¿No lo hemos hecho ya, Marcus? Ahí tienes la televisión. E Internet.

—Sí, pero no es lo mismo.

—¿Seguro…?

El hombre señaló la caja con la especie de ordenador ensamblado que se había traído Marga.

—¿Y eso qué es? ¿Un descifrador de mensajes extraterrestres?

—Casi. Es el aparato que había construido Akane para registrar las ondas de emisión de la energía del trank, cuando no tiene forma química. Pasé por su casa a recogerlo, y allí fue donde los Noviembre recuperaron mi rastro. Salí huyendo despavorida y me refugié en los estudios de cine, y el resto ya lo conoces.

Marcus frunció el ceño.

—¿Eso… detecta las energías del trank dispersas en la atmósfera?

—Sí. Cuando no está destilado, es decir, cuando no es química como la que tú te chutas sino energía libre, la llamamos radiación TK. Por cierto, tengo que probarlo, a ver si funciona. Recibió un balazo durante la persecución.

En un lado de la carcasa había, más que un impacto directo, una rozadura. Pero era verdad que había deformado el metal y afectado a unas placas de circuitos y chips.

La científica lo puso en marcha. Una serie de ruidos intestinales electrónicos surgieron de él, lucecitas y diodos ardiendo en un triste neón azul. La energía prendió en sus entrañas, un largo tubo de ectoplasma radiactivo que afectaba a la silenciosa frecuencia de los sueños. El aparato vivió, el aparato sufrió, el aparato murió.

Pero, antes de hacerlo, detectó algo. Un perfume de trank que manaba de la ciudad.

—¡Increíble! —se asombró Marga, repasando las lecturas en un diminuto monitor acoplado—. Está detectando ahora mismo una poderosísima emisión de TK procedente de los barrios de Seúl… de uno en concreto, en la zona rica.

—¿La zona rica? Algún ricachón se estará montando una fiesta saturada de trank…

—No, no lo creo. No es eso… —Los ojos de Marga se afilaron—. Estas lecturas son insólitas, nunca había visto una radiación tan pura, tan parecida a la que brota de los mismísimos motores de las naves Vahn. Dios mío. —Tragó saliva, y aquí Marcus intuyó que no había hecho del todo sus deberes. Que había cosas que se había dejado en la trastienda de su mente, sin meditar todo lo que debiera sobre ellas—. Es TK puro como icor divino. Como si la ecuación de Akane se igualara por fin a cero.

—¿De dónde procede esa emisión?

Marga se aproximó a la ventana sin cortinas. Miró a la ciudad, pero no cerca, sino a lo lejos, a los barrios ricos. A una zona en concreto donde ella aún no sabía —aunque lo averiguaría pronto— que estaba el chalet de los Casamara.

—Desde allí —señaló—. Tenemos que ir para allá, ahora mismo. Vamos.

Era tal la fuerza y la decisión que transmitían sus palabras que Marcus no supo decirle que no. Cogieron sus cosas y se pusieron en marcha, a ver si tenían suerte y la grúa aún no se había llevado el quad.

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