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 VENEZUELA

A la gente del taller URBE

Comencé a escribir sueños por consejo de un amigo poeta. Según él, redactar una antología de sueños era la mejor medicina contra el insomnio.

Compré un cuaderno de tapas blandas y un bolígrafo marca kilométrico para la tarea. El primer sueño, que escribí, podría resumirse así: yo, jugando durante horas en un patio de vecinos con unos juguetes coloridos, flotando algunos de ellos sobre mi cabeza. Esa misma noche dormí al menos dos horas y no soñé.

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Ilustración: Pedro Bel

Al día siguiente anoté mi segundo sueño. Escribí sobre un regalo de infancia; una caja de galletas llena de historietas y novelas de Ralph Barby. Era un recuerdo de infancia, pero no importaba; tenía ese aire onírico que justificaba su inclusión en mi antología personal de sueños. Los días siguientes dormí tranquilamente.

A una semana del comienzo de mi experimento, tuve mi primer sueño verdadero. Comenzaba en una calle vecina a unos edificios de apartamentos. Dos edificios, uno al lado de otro, comunicados por un pasillo techado. Las paredes de los edificios tenían un color anaranjado y estaban cubiertas por obscenidades dibujadas con mano infantil: penes desproporcionados o demasiado pequeños o tetas igualmente inmensas o pequeñas.

Caminaba por la frontera de los edificios cuando me abordaron un grupo de delincuentes. El líder tenía una frase escrita en la cabeza afeitada (en el sueño no entendía el idioma). Me quitó el bolso y lo vació sobre la acera y estaba lleno de libros, teléfonos y un fajo de billetes devaluados.

Se rieron todos menos el líder. Tomaron los teléfonos. Cabeza tatuada llamó a uno del grupo y le ordenó grabarme con uno de ellos. El muchacho flaco y pequeño, de unos trece años, grababa mientras el líder repartía su tropa a mi alrededor y escogía a dos actores del grupo. Ellos me sostuvieron por ambos brazos mientras miraba al líder levantar su pistola lentamente y apuntar a mi cabeza.

El líder apretó el gatillo con lentitud y se escuchó el sonido del percutor. Volvió a apretar el gatillo y no hubo detonación. En tono de burla, le dije:

―Son las balas, no sirven, las fabricaron en Venezuela.

Y desperté.

El sueño se repitió durante semanas con la puntualidad del hambre. En algún momento, para mi asombro, pude variar las rutinas y comencé a evitar el encuentro con el grupo. Tomaba una calle lateral y desembocaba en el estacionamiento de los edificios.

En un intento de hackear aún más mi sueño, comencé a imaginarme los edificios minutos antes de dormirme y al soñar me encontraba en el mismo sitio donde había terminado el sueño anterior. Con la confianza ganada, me decidí a explorar el edificio más cercano a la entrada del estacionamiento.

La mayoría de los apartamentos no tenían puertas y olían a orina y a mierda. Sus paredes internas estaban cubiertas igualmente de dibujos obscenos e insultos perpetrados por manos infantiles. Algunos de esos mensajes me recordaban las paredes del baño de mi escuela primaria. Por una de las ventanas veía al grupo de delincuentes parados en la esquina.

Cuando intentaba explorar el segundo edificio, los sueños cesaron. Pasaron dos o tal vez tres semanas antes de volver a soñar. Los edificios habían cambiado durante mi ausencia y estaban cubiertos por manchas azules. Estas aparecían al desprenderse la pintura anaranjada. Faltaban los mensajes obscenos de las paredes.

Tomé la calle lateral para evitar al grupo de la esquina y entré al patio común por la puerta abierta del estacionamiento. En el pasillo central se escuchaba el ruido de mis zapatos sobre el cemento pulido.

Me salí del pasillo y me paré un rato bajo el sol del patio central. Sentí un papel doblado en uno de los bolsillos del pantalón y lo saqué con mi mano izquierda. En medio del negro absoluto de la hoja aparecía escrito, con mi letra grande y en letras blancas, “esto no es un sueño”.

Escuché con claridad el ruido de multitud de pasos y comencé a correr hacia la salida del estacionamiento. Escuché un disparo mientras caía boca abajo después de tropezar, en medio de mi carrera, con una piedra.

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Ilustración: Pedro Bel

Los gritos y los pasos acelerados resonaron detrás de mí. El más joven del grupo, de unos trece años, me gritaba:

―Viene Maikel a rematarte. Parate, hijoeputa, seguí corriendo ―y se reía agarrándose de la pared para no caerse.

Desde el suelo, miraba sus ojos demasiado negros y su boca abierta. Cuando Maikel llegó, con su cabeza rapada y tatuada, sostenía la pistola en la mano derecha y sonreía. Yo no me atrevía a levantarme del suelo y aclarar la duda sobre la naturaleza del mensaje en su cabeza.

Maikel iba a gritar algo cuando me reconoció; sus ojos de drogadicto veterano se abrieron y amenazaron con salirse de su cara blanda como una máscara. Entonces tiró su pistola al suelo y le quitó la suya al de trece años. Su mano temblaba cuando levantó la pistola y me apuntó a la cabeza y apretó el gatillo.


Manuel Ángel Jordán Núñez es ingeniero en computación. Ha publicado algunos cuentos en la revista colombiana Cosmocápsula en los números 12, 7 y 3. Un cuento en el fanzine español Planetas prohibidos, número 8. Ganó el III concurso Solsticio de literatura fantástica y ciencia ficción en la categoría de ciencia ficción así como una mención y dos segundos lugares en concursos de microcuentos del diario Nuevo día de la ciudad de Punto Fijo, Estado Falcón, Venezuela. Ganador de la beca de estimulo a la creacion literaria 2018 mencion narrativa del Instituto Autónomo Centro Nacional del Libro (CENAL).


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