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 EE.UU.

Observo a mi novia abandonarme por segunda vez. La nieve susurra a través de una grieta cuando ella abre y cierra la puerta. Webber se va, pienso, con menos emoción que los muros blancos de la habitación del hospital donde acabo de visitar a mi marido, Logan, con su pierna quebrada, hace una hora y diez años en el futuro. Mis manos todavía se retuercen por la fuerza de su apretón.

La primera vez que vi irse a Webber me dolió el pecho, una acidez que duró meses. Habíamos estado juntas tres años, mi primer amor, pero se puso difícil. Ella fue la mujer más hermosa que conocí. Creo que aún lo es, aunque ya no la conozco en el presente, no de la forma en que lo hago en el pasado viendo su figura delgada como el hielo desaparecer por las escaleras de mi departamento. Me preocupa, aunque sé qué será de todo esto, que ella resbale en el hielo. No resbala, por supuesto, y aún si lo hiciera, podría salvarse a sí misma. Los superhéroes están hechos para salvar. Ella se mete en su auto. El motor retumba, la nieve se resquebraja mientras el auto se aleja. Pasará un mes hasta que la vuelva a ver. Y dos años hasta que finalmente nos demos cuenta de que ya no somos la una para la otra, entre un caos de esfuerzos de último momento e intentos fallidos.

Recuerdo la calidez de la piel de Logan junto a mí, la dureza de su pecho en el que apoyo mi cabeza. Sus manos, grandes, rojas y gruesas, recorren el contorno de mi cuerpo en nuestra cama. Me pregunto qué será de él. Mientras soy empujada a través del tiempo, trasladándome, ¿me va a extrañar o no va a sospechar nunca que me fui? ¿Veré su futuro? Desearía poder parar y explicarle lo que me está pasando. Que nuestro mejor amigo, Archer, todavía está enamorado de mí, y que me empujó hacia una espiral de la que no sé cómo salir, que no hay que confiar en él. “Logan”, quiero decirle, “no dejes que Archer se te acerque”. Pero cuando estamos juntos y trato de hablarle se me cierra la garganta, es otro de los trucos de Archer.

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Ilustración: Pedro Bel

—Fui una tonta —le digo al departamento vacío al que solía llamar hogar. Ya no huele como mi casa, mohoso, viejo y un poco agrio. Miro las pertenencias de mi yo joven: un sillón hecho girones por nuestro gato, una mesa de café de tres patas, posters de todas nuestras referentes lesbianas: Ani, Joan, Ellen. Recuerdo, y me siento aún más estúpida por olvidar, el tablero. Mi propio superpoder: un tablero donde puedo colgar cualquier deseo y este se hará realidad. Puedo desear liberarme. Pero mientras corro al dormitorio donde está colgado el tablero, soy transportada de nuevo: el escenario se dobla sobre sí mismo, los muros caen, y una nueva escena aparece ante mí. Pongo las manos sobre las rodillas, me agacho, respiro profundo.

Estoy en casa, de nuevo con Logan, donde ambos pertenecemos. Casa. Nunca me pareció tan temporaria. En una hora va a cambiar de nuevo. Solo pasaron tres días desde la proposición de Archer, desde que me toco de esa forma que hizo que ralentizó mi piel y me empujó fuera del tiempo. A los hombres le pasan cosas, lo sé. Pero no lo sé bien. Esto aún es nuevo para mí. Aún no me acostumbro a su olor, ni a la forma en que sus ojos, como un cazador, recorren el cuerpo. Archer: un nombre apropiado1. Desearía haber tenido un indicio.


Es difícil contar una historia fuera del tiempo, tan difícil como vivir fuera de él. Trato de aferrarme al presente, pero con cada transición es más complicado reconocer el presente, darme cuenta de si una escena es nueva o vieja. Webber me deja por primera vez: pasado. Mientras cruza la puerta trato de recordar que después de todo ella no es el amor de mi vida. Y como recuerdo a Logan tan claramente, el recuerdo es fácil. Pero me traslado otra vez y me encuentro atrapado en una de sus redes hechas de sábanas andrajosas y pelo de gato, y nos damos calor, y su risa es como chocolate caliente, y estoy otra vez ahí, y ella es mía de nuevo, y somos perfectos, tan perfectos que no puedo estar segura de por qué alguna vez no lo fuimos.

Después de esos momentos soy fría con Logan, de la misma forman en que lo fui en nuestras últimas semanas. Él me abraza y pregunta, ¿Qué te pasa? Lentamente, recuerdo que lo amo.

Sufro por dos manos, la de él y la de ella.

En cada transición trato de llegar hasta el tablero, pero ni bien lo recuerdo el mundo se desenfoca. Archer arregló sus transiciones para que se disparen cuando lo recuerdo, eso me asegura que el tablero sirve para arreglar las cosas. Seguro que lo sirve; tiene muchas cosas fijadas a él. Cierro mis ojos y trato de obligarme a trasladarme de nuevo a ese día en la secundaria cuando descubrí su poder, pero solo puedo llegar ahí en mi mente.


Cuando era estudiante de primer año de la secundaria mi madre me regaló un tablero de corcho decorado con un arcoíris de lentejuelas. Cuando me lo dio me quedé mirando el arcoíris. Me pregunté si ella sabía sobre los sentimientos que yo estaba teniendo hacia las chicas de la escuela. ¿La pulsera arcoiris que compré en Claire’s guardada como un guisante debajo de mi colchón? Pero ella me sonrió de una forma tan cálida que no le quise preguntar. Yo había leído sobre el poder de visualizar los objetivos, así que pinche en el tablero una foto de una evaluación con una brillante A roja en la parte superior. En la escuela obtuve una B en la evaluación de inglés para que el que no había estudiado. No volví a intentarlo.

Después papá y mamá tuvieron La Infección que los doctores relacionaron con una bacteria que abrumaba el cuerpo humano. No tenían un antibiótico para eso todavía. Yo lo me lo había agarrado, pero ellos estaban tan enfermos que no podían moverse de la cama. No dormía por las noches temiendo que murieran.

Los doctores dijeron que no se recuperarían a menos que se descubriera una cura, y rápido. Yo lo deseaba tanto que no podía pensar en nada más. Encontré una foto nuestra, una familia sana, en una caja de zapatos que tenía bajo mi cama. La pinché en El tablero. Al día siguiente, los titulares de los diarios declaraban que se había encontrado una cura, un antibiótico que podía destruir a la bacteria y estaría disponible al público en una semana, incentivado por la necesidad pública, alrededor de dos millones de personas enfermas.

Dos semanas después, mis padres estaban de vuelta trabajando.

Pinché más cosas al tablero: una lista de Navidad; una comida cara que luego mi padre preparó sin que se lo pidiera, para la cena; un corte de pelo que el peluquero logró a la perfección pero que terminó haciéndome parecer un topo. Le atribuí el poder del tablero al vudú, o a algún poder místico. Después de todo, mucha gente me había hablado del poder de la visualización. Había un libro muy famoso sobre eso. Pero no encontré a nadie en internet con el mismo grado de éxito que yo tuve.

Luego vinieron las noticias. La bacteria no enfermaba a nadie. En pequeños grupos de gente, en su mayoría jóvenes o viejos, la bacteria los hacía más fuertes. Los expertos lo relacionaron a una cadena reciente de superhéroes silenciados. Los viejos de San Francisco de repente podían volar, y una mujer joven de Dallas se pudo transformar en una mantis religiosa gigante. Me reí ante estas historias. Qué ridículos podían llegar a ser los adultos, creyendo esas mentiras una y otra vez. Pero todavía estaba la cuestión del maldito tablero. Decidí comprobarlo, de verdad esta vez, y pegué un par de alas a una foto mía. Al día siguiente desperté por la picazón en la espalda que me daban las alas que me habían crecido, mi cuerpo rodeado de plumas.

Hice una prueba de vuelo. Ahí fue cuando vi a Webber por primera vez.

Recordando El Tablero, la bacteria aún acurrucada en mis intestinos, cierro los ojos. ¿Puedo llevarme a mi misma al lugar donde Webber me encontró por primera vez?

Cuando los abro, una vertiginosa oleada de calor se extiende por mi cuerpo. Caigo desde el cielo, donde había estado planeando, donde mi mirada ha captado a una chica de mi edad, suspendida de un lado de la torre del reloj por una sola correa. Yo no estoy acostumbrada a las alas; hace diez años desde que las usé. Mi estomago sube mientras me sumerjo hacia el piso, moviendo las alas como si eso pudiera salvarme. Pero me sacudo moviéndome de lado a lado.

Los brazos de Webber me rodean, y nos deslizamos por un tramo de telaraña que parece hecho de pedazos de plumas y luz solar. Cuando nuestros pies tocan el suelo, ella me deja ir.

—Veo que eres una de los nuestros —me dice.

Su cuerpo es tan delgado como el de un niño, pero tiene mi edad, las marcas de acné en su cara demuestran que ha pasado la pubertad. Usa jeans y sweater negros. Mientras está parada delante de mí con las manos en su cintura, me doy cuenta de su belleza a pesar del delineador corrido en sus ojos.

—¿Una de ustedes? —le digo cuando logro recuperar mi voz.

La cuerda se ha volado con el viento, ella empuja sus palmas como si rezara. El viento sacude. Polvo y suciedad se precipitan desde ambos lados, desde debajo de los edificios, desde la capa superior de tierra de los maceteros de la plaza. La parte inferior de mi camisa se levanta, los hilos se separan y se mueven hacia ella, mezclándose con el polvo y la suciedad. Delante de mis ojos se forma una red de formas intrincadas, aunque es desigual, como un copo de nieve recortado por un niño. Ella mejorará mucho, pienso. Un día me superará.

—Este es mi poder —dice—. ¿Cuál es el tuyo?

Claro, entiendo, aquella vez, aunque ahora, esta vez. Lo he sabido siempre. La sorpresa de la revelación se mezcla con el sentimiento de ya saberlo. Un déjà vu insoportable.

—¿Esas alas? —me pregunta.

—No —le digo—. Puedo hacer que suceda cualquier cosa que yo quiera.

Pero tú, pienso. Yo no hice que sucedieras.

—Yo te mostré lo mío… —dice.

Pero mientras caminamos hacia la casa de mis padres, mis alas se vuelven a meter en mi piel. El poder de El Tablero, como fui descubriendo, no dura, aunque después aprenderé a estirar sus límites. Empiezo a sentirme débil. Mis pies no se sienten míos: estoy habitando un cuerpo que no me pertenece. Llegamos a la puerta. Antes de que la abra, ella se me acerca y me besa en la boca, y me voy, trasladada detrás de la cortina del tiempo, sin saber a donde voy a terminar ahora.


De alguna forma, Archer me mantiene lejos de Logan lo más que puede. Antes de esto vi días de mi infancia, los primeros días de colegio y cuando Archer y yo nos conocimos, estudiantes de segundo en la universidad, pero no he vuelto a vivir la experiencia de conocer a Logan o el día que nos dijimos te amo. El día de nuestra boda, Archer a mi lado, mi hombre de honor. El se sintió siempre más amenazado por Logan que por cualquiera de las mujeres de mi vida, no pensaba en las mujeres como competencia. Lo odiaba por eso. No fue hasta que apareció Logan que tuvimos problemas Archer y yo.

Igualmente, el no pudo evitar todos los recuerdos de Logan. Cada vez que me cruzo con alguno recuerdo que el poder de Archer no es tan afilado como el que Webber llegó a desarrollar. Él es débil. Si solo pudiera contener mi respiración lo suficiente para explotar esa debilidad, para llegar hasta su pecho y arrancarle el poder. Solo que, claro, no es así como funcionan los superpoderes, no fuera de las películas.

La vez siguiente que veo a Logan, estamos juntos en la cama, sin tocarnos en el aire denso. No estoy segura de que día es, pero siento una presión en el pecho. Estoy preocupada por algo. A mi lado, Logan está en silencio. Tonta, pienso. No hay nada que valga la pena tanto como para perder a Logan.

Antes de que pudiera decirle que lo perdono por lo que fuera que nos hayamos hecho, que yo también lo siento, escucho su respiración entrecortada. Eso fue la primera vez que escuché llorar a Logan. La respiración se convierte en algo parecido a hipidos, o una hiena llorando en la oscuridad, el sonido más animal que escuché. Me shockea.

—Rosalinda —jadea—. ¿Me sigues queriendo todavía?

Han pasado dos años, aun no nos casamos. Recién nos mudamos juntos y nos estamos ajustando a compartir nuestras vidas. Estuve pensando que quizás no lo amaba. Pero después de escucharlo llorar, estoy segura de que sí. Nunca estuve tan segura de algo.

Lo envuelvo con mis brazos. No llora mucho más; el está inmóvil. No estoy acostumbrada a esa inmovilidad. Con Webber nunca fue así, nada se solucionaba tan fácil. Siempre había una confianza que volver a ganar, un equilibrio que restaurar. A la mañana siguiente, lo sabía, todo sería más fuerte que antes.

Excepto que yo no estaré aquí a la mañana. O estaría, pero no sería yo. Mi cuerpo sufre por ser parte del pasado, mas que un visitante. En cambio, mientras lo abrazo, sé que pronto voy a desaparecer y no lo voy a ver por días, semanas o años.


—¿Te diste cuenta del error que cometiste? —dice Archer.

Esta no es la forma en la que empezamos. Me deslicé a una parte de mi vida que nunca quise recordar. Estoy en mi habitación, debajo de una montaña de frazadas, mas enferma que nunca: una infección bacterial en la garganta. Traté de sanarme con El Tablero, pero lo único que me dio fue el dinero para una visita al doctor, lo encontré debajo de las ruedas de mi auto, y una tarjeta de un doctor sobre el parabrisas. El doctor, cuando fui, me recetó antibióticos. Siendo quien soy, lo que soy, no puedo tomarlos; pueden destruir la bacteria que me dio mis habilidades. Escondí los antibióticos en mi mesa de luz. Esperé que la infección se fuera. Me llevó un mes entero.

Pero Archer no estaba acá esa vez; no era parte de mi vida todavía. Eso fue tres meses antes de que lo conociera en la fiesta de Halloween de una amiga.

Toso. Me duele hablar, pero me obligo.

—Sí —le digo.

—¿De verdad?

—Un error enorme.

Recuerdo nuestra discusión. El me besó sin avisar. Estábamos en la puerta del departamento donde vivía con Logan, después de una tarde de juegos de cartas y vasos de vino tinto barato, y en cuando era el momento de que se fuera, de que Logan y yo repasaramos los eventos de la velada con la cabeza en la almohada, Archer me besó. Logan estaba lavando los platos en la cocina. Yo empujé a Archer.

—¿Qué mierda te pasa? —le dije—. ¿Estás borracho?

—No —dijo Archer—. Todavía estoy enamorado de ti.

Yo lo sabía, cada vez que el me miraba con esos ojos de gacela. Me revolvían el estómago. Pensaba que nuestra amistad era más fuerte que esos ojos.

—Estás borracho —le dije.

—Te lo voy a mostrar —dijo—. Tú no lo amas como yo te amo. No lo amas.

Y me agarró del brazo y no me soltó, ni siquiera cuando grité, y cuando finalmente pude sacarme sus dedos de encima, sentí que me quedaba en blanco, que me había desmayado, que me había muerto.

Después todo se detuvo, y volvió a estar en foco, y yo estaba jadeando en brazos de Webber mientras ella me acariciaba el pelo y decía, todo va a estar bien. Es solo un sueño, una pesadilla. Rosa, ya pasó.

—Te dije —dice Archer—. Sabía que no lo amabas.

Él está sentado a mi lado, limpia el sudor de mi frente. Aprieta un dedo contra mis labios.

—No hace falta que me lo digas. Yo sabía que no me podías querer, no puedes querer a ningún hombre.

Abro la boca y muerdo. Su sangre se me derrama sobre la lengua. Él grita, me saca el dedo de la boca y lo envuelve con la mano.

—El error que cometí —le digo y escupo sangre en la sábana— fue confiar en ti, cobarde de mierda.

Los labios de Archer tiemblan como cuando me besó por primera vez, en segundo año, dos semanas después de conocerme. Dejé que lo hiciera. Cuando el beso terminó, me metí en el auto y encendí la radio, justo sonó una canción que a Webber y a mí nos gustaba mucho: come back to me, come back. Y lloré hasta que me latieron las mejillas y el pecho.

—Te conozco, Rosa, mejor que nadie en el mundo. Yo estuve ahí cuando no tenías a nadie. Y nunca me diste una oportunidad. Porque siempre estabas sufriendo por ella, una mujer que no te merece.

Él camina de un lado a otro a los pies de mi cama. No le tengo miedo. Dice que me conoce y así es, pero yo también lo conozco. Estuvo enamorado de mi por años. Puede tenerme en esta espiral por siempre, pero nunca me pondrá una mano encima. Después de todo, es mi mejor amigo.

—¿Y de repente ya no la querías más? ¿Y te enamoras de un hombre que ni siquiera es uno de nosotros? ¿Cómo te va a entender él de la misma forma que yo? Yo sé lo que necesitas. Necesitas a alguien fuerte. No puedes esperar ser feliz para siempre con él.

Ya hace tres años que estamos casados, le quiero decir. Juntos por cinco años. Pero, claro, ya se lo dije todo antes. Cada año desde que Logan y yo empezamos, Archer se desmoronó, me dijo que me amaba, luchó para evitarme, y al final cedió. Al final siempre hubo una conversación en la que Archer decía que iba a aprender a verme solo como una amiga. Soy una idiota. Pero no sé como dejar ir a mi único amigo de verdad. Esta vez fue demasiado lejos, hizo la única cosa que prometió que nunca haría aquella vez cuando nos compartimos nuestras rarezas. Usó su poder contra mí. Nunca lo voy a perdonar.

—Solo una oportunidad, Rosa, es lo único que pido.

Se detiene, retorciendo las manos sobre su pecho como si en cualquier momento se fuera a arrodillar junto a mi cama y empezar a rezar.

—Soy el mejor hombre para ti.

En vez de contestar, lo escupo, pero la gota cae a sus pies. El la mira, y luego me mira de nuevo.

—Como quieras.

Y estoy cayendo de nuevo, agarrándome el estómago para evitar vomitar.


—¿Qué te pasa, querida?

La mano de mi madre me sostiene. Cuando finalmente me puedo parar me sorprende una escena que no he visto en mucho tiempo; mis padres sentados juntos en el sillón, mirando una película, que en ese momento está en pausa. Me siento mas joven de lo que soy, llena de nerviosismo cuya razón no puedo adivinar. Mi estomago es un nudo, y no sé si fue por la transición o por algo más.

—Pareces medio muerta —dice mi padre, dándole una palmada al sillón—. Siéntate. Lo que sea que nos quieras decir, no puede ser tan malo. Descárgate con nosotros”.

Mamá asiente.

—Nosotros podemos manejarlo, sea lo que sea.

Me hundo entre los almohadones del sillón, miro la pantalla de la televisión. Es una de superhéroes. Me río, después recuerdo lo que les tengo que decir en ese momento. Nunca les conté sobre mi habilidad, sobre El Tablero. Nunca quise que pensaran de una forma diferente sobre mí; ese fue el único secreto que nunca les conté.

—Conocí a alguien —digo.

—Bueno, eso está muy bien —dice mi papá.

—¿Quién es? —sonríe mi mamá y me aprieta la rodilla—. ¿Y cuándo vamos a conocerla?

—Su nombre es Logan —digo.

Me siento un fraude. Después de años de decir que nunca podría amar a un hombre, estoy admitiendo que estaba equivocada. Sé que ellos, aunque aceptaron enseguida mis relaciones con mujeres, no lo entienden. Me puede ver o gay o hetero, pero nunca seré ambas cosas a sus ojos. Ellos nunca me conocerán, no de verdad. Ahora piensan que todos los años anteriores no fueron nada para mí. Solo eso, una parte enterrada en el polvo.

Sería más fácil decirles lo contrario. Pero en una ciudad del sur, en una familia del sur, las palabras se te pegan en la garganta hasta que te rendís y te las tragás.

—Genial —dice mi papá.

Mi madre se muerde las uñas. Los hombres son criaturas diferentes, me dirá después. Ten cuidado, Rosalinda. “Nos viene bien tener a otro hombre en la familia”.


Después de salir del closet, de nuevo, frente a mis padres, después de sentir como si hubiera renunciado a una parte de mí, ser trasladada de nuevo junto a Webber es como una bienvenida al hogar.

Ella me cocina: pollo ennegrecido y ensalada engrosada con aderezo espeso y té dulce para tomar. Lavo los platos. Ella vive sola, los padres la echaron de la casa después de que les contara. Yo tuve suerte.

Cuando nos besamos, y nos tiramos en su cama, pienso en resistir. Me imagino el cuerpo de Logan, luego el de ella, después de nuevo el de Logan. Su sudor es picante y dulce y su piel huele a rayos de sol. Ella junta sus manos y cierra los ojos, la tela de las sábanas de su cama forma un diseño de rosas que nos envuelve y nos junta.

—Te amo —dice.

Yo ya no, aunque desearía poder hacerlo. Pero ella necesita escucharlo o la tarde se echará a perder como la leche que dejó sobre la mesada (que después encontraré sobre la pila de platos limpios en el secadero). Le respondo:

—Yo también te amo.

Casi se siente verdad.


La siguiente vez que la transición me lleva cerca de Logan, no puedo besarlo. Racionalizo que estando con Webber, si no hubiera sucumbido, si no hubiera repetido el recuerdo como si hubiera sido la primera vez, eso habría causado una grieta en mi pasado. Pero se que el tiempo no es tan frágil. Un poco recuerdo de las divagaciones de Archer, en las noches acompañadas por cerveza tirada en las que hablaba sobre la inexactitud de los mitos de los viajes en el tiempo.

—Los grandes eventos no son tan fáciles de alterar —decía—. A menos que hagas algo drástico, como matar a un hombre, o quemar un edificio federal, o algo donde ya no tengas el control de lo que te puede pasar, las oportunidades son que el futuro se mantenga igual, que nada cambie.

Y él se asegura de que yo no pueda hacer cosas así. Tengo poco tiempo antes de volver a trasladarme, hasta ser arrojada en otro recuerdo.

Pasó mucho tiempo desde que toqué El Tablero por última vez. Cuando conocí a Logan me dije a mi misma que iba a hacer todo de forma natural. Las habilidades de Logan eran limitadas: cosas normales. Podía tocar el piano. Podía seguir una melodía. Podía cocinar las mejores enchiladas de tomatillo, tan autenticas como las de mi mamá. Y yo quise ser justa con él, escondí El Tablero en un ropero. Ahora sufro por eso. Si pudiera estar con Logan estaría segura de nuevo.

Digo su nombre: Logan. Siento que hace una vida desde que dije su nombre. Estamos en nuestra luna de miel, un recuerdo agradable estropeado por la mierda de Archer, estropeado por el olor del shampú de coco de Webber que permanece en mi nariz. Logan está parado junto a la ventana del cuarto de hotel, mirando hacia una ciudad de Sudamérica que nunca podríamos haber llegado a visitar; sus padres nos prestaron el dinero. Nunca podríamos devolverles el dinero. Fuera de la ventana, parejas de jóvenes caminan abrazados, mareados, borrachos y seguros de sí mismos. Logan y yo ya no sentimos el calor de esa lujuria nueva, y es bueno tener un amor calmado y amable. Pero los envidio un poco.

—Estoy fuera del tiempo —digo—. Archer me arrancó del tiempo.

Logan se da vuelta, y la luz le pega desde afuera. En un flash, su cada se vuelve una calavera; su cara es la cara de Archer.

Grito, me caigo de la cama. Él me ofrece su mano.

—¿Qué te pasa? —me pregunta, frenético—. ¿Amor, qué pasa?

Pero ya es tarde; me estoy yendo. Me fui.


Archer tiene más control del que pensé. No puedo llegar al tablero sin trasladarme. No le puedo decir a nadie lo que pasa. No me deja mucha opción. No quiero estar más confundida. No quiero ser la persona que fue. Quiero mi marido y mi vida y mi mejor amigo de vuelta. Pero sé que esa última parte la voy a tener que dejar ir.

Conocí a Archer en segundo año. En una fiesta de Halloween, yo estaba vestida de la mujer maravilla. El era Lex Luthor. Eramos los únicos superhéroes en la fiesta, atraídos uno al otro moviéndonos a través del cuarto con música pop mala y charlas de borrachos. Creo que debemos haber presentido nuestro secreto compartido. Éramos de los pocos que había elegido quedarse con la bacteria, mantener nuestras habilidades. Webber no estaba; habíamos estado peleando. No recuerdo sobre qué.

Estoy sorprendida de que Archer no me hizo revivir ese momento todavía. Me sorprende no haber visto tanto a Archer como pensé que lo vería. Pensé que prepararía el viaje para que parara en él con más frecuencia. O aparecería de nuevo, como hizo cuando estaba enferma. Quizás sea un límite que no puede cruzar.

—¿Eres una de nosotros, no? —me preguntó Archer cuando estábamos fumando en el balcón.

Archer seguía fumando; yo los dejé un año después del colegio.

—¿Nosotros? —le dije.

—No encontré nadie todavía, en este colegio, pero hay mucha presencia on line.

Asentí.

—Soy una de ustedes —dije—. Mi novia también.

—¿Cuál es tu poder? —me preguntó.

—¿Cuál es el tuyo?

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Ilustración: Marina Dal Molin

Esa fue la primera vez que me tocó, su dedo en mi brazo. Me sacudí. Me dio piel de gallina. Sentí que me caía, una niebla confusa en mi cabeza, una confusión que me dominó hasta que me di cuenta de que estábamos en la niebla del tiempo detenido. Detrás de nosotros, un hombre tenía un pie fuera de la puerta y uno dentro, su boca estaba abierta en una de esas expresiones ridículas como cuando se pausa una película mientras el actor está hablando.

—Ven conmigo —me dijo.

Fuimos hasta la piscina del departamento, vacía a esa hora de la noche. Pasamos por la puerta abierta. El me empujó al agua. El chapuzón se freezó en el aire. Agarré sus pies y lo empujé también. Mi estómago se sintió liviano, como si pudiera acostumbrarme a esto, a los hombres. Pero cuando volvimos a la fiesta y el tiempo volvió a su ritmo, seguimos hablando, tomando Shiner Bock hasta que se durmió, y cambié de opinión, no por primera vez. Los hombres no eran para mí, no a esa edad por lo menos.

Le deseé buenas noches. Intercambiamos números. Después de ese ese beso incómodo cuando Webber y yo rompimos por primera vez, después pasaron semanas y nos seguimos hablando, después de que él conoció a Webber cuando ya estábamos juntas de nuevo y se llevaron bien casi como hermano-hermana, después que él fue capaz de abrazarme cuando volvimos a cortar sin tratar de besarme, supe que seríamos amigos por un tiempo largo.

La vez siguiente que la espiral nos juntó, se traslada a un tiempo anterior a esta locura, yo lo abrazo. Volvimos de una fiesta; el saca sus cartas de tarot, un hooby breve que tuvo.

—¿Sobre qué quieres que pregunte? —me dice, nuestras rodillas casi tocándose, sentados con las piernas cruzadas en el piso.

—Sobre nosotros —digo—. Pregunta por nuestra amistad.

Pero en el momento en que da vuelta la primera carta (la torre, rompiéndose en pedazos) nos interrumpe un golpe en la puerta.

Nunca terminó esa tirada. Webber entra, temblando llena de energía.

Salgamos, dice. La lampara de vidrio en mi mesa de luz titila. Webber y Archer van hacia la puerta. Les digo que vayas, que yo después los sigo. En el recuerdo real voy hasta El Tablero y pincho una foto de Archer y yo, espero que seamos amigos por siempre, no importa que. Pero esta vez no lo hago. Quiero revivir este recuerdo, y si voy hacia El Tablero se va a terminar ahí.

Caminamos en la noche. Archer detiene el tiempo, y Webber hila redes del pasto y la arena mientras la miramos crear su arte entre los edificios del campus. Nos sentamos en el paso, lo suficientemente lejos de ella para no ser atrapados en el fuego cruzado, y reimos y nos tiramos en el pasto a mirar el smog cruzar las estrellas. Desearía poder amarlo. Desearía poder olvidar el hombre en casa, y seguir el programa loco de Archer. Sería más fácil.

Logan está esperando. O no esperando, porque el tiempo posiblemente se ha detenido para él, porque no se ha dado cuenta de mi ausencia todavía. Me gusta pensar que él puede sentir que me fui como si fuera una extremidad suya desaparecida. Pero quizás no es así.

Mientras miro a Webber crear sobre el pasto, tanto poder en sus manos, parte de mi la desea también. Porque somos una para la otra en alguna forma, más que Logan y yo. Crecimos juntas, nos descubrimos a nosotras mismas juntas. Las dos tenemos poder en la palma de nuestras manos. Pero sé que si estuviera con ella, aún extrañaría la parte de mi misma que lo ama a él, a un hombre, que ama al único hombre para mí.

Cuando vuelvo a caer a la espiral, todo se vuelve un juego de esperas. El momento perfecto. Lo sabré cuando esté en él.


Lleva un tiempo que no puedo cuantificar. El tiempo significa poco para me, tironeada dentro y fuera del pasado, empujada a mi niñez, adolescencia, adultez. Mi vida corriendo como escenas en la ventana de un tren.

Después, llega. Un momento menor, nada especial. Es después de esa enfermedad que me deja de cama por un mes. Me encuentro en la mesa del comedor; mi boca tiene gusto a sopa barata de pollo. Me río mirando el bol lleno de caldo. Debo tomarlo con calma. No se si es posible, pero no quiero que Archer sepa que tengo algo planeado.

Me paro y pongo el bowl en la bacha llena de platos. Cuando abro la puerta de mi habitación, me choco con el olor de la ropa sin lavar y el aire viciado. La botella de antibióticos está donde la dejé, en el cajón de mi mesa de luz. La meto en mi bolsillo.

De vuelta en la cocina, me trago toda la botella.


Cuando vuelvo, estoy en nuestro departamento. Hay una botella de vino tinto sobre la mesa ratona. Estoy tirada en el sofá. Trato de recordar el pasado como creo que sucedió, pero los recuerdos ya no están, solo queda una historia que elijo no contarme.

Conocí un hombre una vez, en una fiesta de Halloween, vestido como Lex Luthor. Yo estaba disfrazada de David Bowie. No teníamos nada en común. Nuestra conversación fue breve. Recuerdo mirar su disfraz y pensar que era un poco triste. Yo había perdido mis poderes un mes atrás: antibióticos. Webber se había enojado, preguntándome una y otra vez por qué había tomado eso. Yo no tenía una respuesta.

Cuando conocí a Logan, esa parte de mí, El Tablero, toda la mierda de los superhéroes, solo era una historia de lo que una vez fui. Éramos los dos gente normal.

Y sobre Webber, bueno, con el primer amor siempre duramos más de lo que deberíamos. La dejé ir, pero dejé las partes que me hicieron lo que soy, las partes que amaron a un hombre y a una mujer de igual manera.

Logan entra en el cuarto, sus manos están húmedas y arrugadas por lavar los platos. Cuando me toca no me alejo, dejo que me refriegue las manos. Me siento en casa de nuevo.


Notas

[1] Arquero, en inglés. (N. de E.)

Traducido del inglés por Ana Guido y Spano
© 2015 Bonnie Jo Stufflebeam


La ficción y la poesía de Bonnie Jo Stufflebeam han aparecido en más de 40 revistas y antologías: Clarkesworld, Lightspeed y Beneath Ceaseless Skies. Su ficción ha sido traducida al chino, al francés, al polaco y, ahora, al castellano. En 2015 lanzó un álbum de colaboración entre la ficción y eljazz, Strange Monsters. Pueden seguirla en Twitter (@BonnieJoStuffle) o en su sitio web, http://www.bonniejostufflebeam.com


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