¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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PAÍSES BAJOS  PAÍSES BAJOS

Despertó en un salón de mármol negro lleno de estatuas oscuras de demonios espantosos. Eso en sí mismo no era demasiado temible; Mark Farnsworth había visto y experimentado bastante horror. Sin embargo, el tamaño mismo de las estatuas que sobresalían sobre él, arañando los techos lejanos con las puntas de sus cuernos sombríos, lo hacían sentirse pequeño y vulnerable. Lo peor de todo era que los ojos rojos y brillantes de las estatuas parecían seguirlo siempre, cuando miraba directamente a alguna.

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Ilustración: Pedro Bel

Su memoria del pasado era bastante irregular. Recordaba tierras altas montañosas, helicópteros, hombres vestidos de soldado con quienes sentía el tipo de camaraderia propia de quien ha sufrido una situación difícil con uno. Revivió ese momento en la mente, ese instante antes de volar entre los flancos rocosos que ocultaban una docena o más de francotiradores dispuestos a acertarles cuando pasaran volando.

El terreno en torno a él estaba cubierto de maderos blancos que, vistos más de cerca, resultaron ser los restos frágiles de huesos antiguos. Miró más allá de las estatuas y vio que los salones interminables estaban cubiertos de esos restos. Algunos hombres o mujeres hubieran pensado que el espectáculo era repulsivo, pero él ya lo habia visto todo antes: campos de cuerpos enterrados de forma muy superficial permitiendo que los carroñeros, el viento y el clima hicieran lo que quisieran y dejaran tras de sí pilas interminables de huesos limpios, y cada tanto una calavera mirando sin ojos hacia lo alto desde el barro.

Al principio vagó sin rumbo hasta que, desde una loma, notó un brillo leve muy, muy a lo lejos. Ya que no había nada más que hacer allí y no tenía hambre ni sed, decidió investigar. El crepúsculo invariable lo privó de toda sensación de tiempo, lo que al principio era inquietante, pero cuando Mark descubrió que no necesitaba dormir y sólo descansar muy poco, siguió caminando sin detenerse hasta llegar al portón.

La puerta, igual de alta que las estatuas demoníacas del salón de mármol negro, era una entrada ornamentada a otro mundo totalmente diferente. Ese mundo parecía consistir de millones de calaveras, prolijamente apiladas, con huesos grandes y pequeños que llenaban cualquier espacio intermedio. Atravesó el portón y terminó en otro salón, idéntico al anterior. Aquí, vio una colina central que dominaba el paisaje, aunque las estatuas demoníacas la volvían insignificante. Decidió subirse para echar un buen vistazo a los alrededores.

Luego de caminar durante muchas horas, o quizá días, llegó a la cima de la colina, compuesta de barro maloliente y oscuro salpicado de pequeños fragmentos blancos que descubrió eran dientes, incontables millones de dientes.

En ese momento vio el torpe cadáver. Alguna vez había sido un hombre, pero tenía una pierna hecha jirones y las costillas literalmente le asomaban. Tenía el cuello roto, de modo que su calavera iba y venía, rebotándole mientras se desplazaba.

Aún así, era la primera persona que Mark había visto, y ya que estaba entero, pensó que no habría problema. Bajó un poco de la colina y se dirigió al extraño.

—Hola, soy Mark Farnsworth.

El extraño tuvo buen cuidado de enderezar su calavera para poder mirar a Mark. Cuando lo hizo, sus ojos se abrieron de asombro y dio un sorprendente salto hacia atrás de unos dos metros.

—¡Por dios! ¿Qué es usted?

Mark miró alrededor y luego de nuevo a sí mismo. Estaba perfectamente bien.

—¿Yo? Soy un tipo normal. ¿Pero a usted qué le pasó, que tiene el cuello roto y las costillas le asoman?

—¿Tipo normal? Tiene una docena de agujeros en el cuerpo en los que me cabría un puño. ¡Eso no es normal, amigo, es una locura!

Mark se tocó el torso y las piernas, pero nada parecía estar fuera de lugar.

—No… no sé qué decir.

El otro hombre miró a Mark y se le acercó aún más.

—Recuerdo haber tenido esta misma conversación antes. No con usted, con una mujer que encontré antes. Se veía peor que usted, era una mera bolsa de huesos. —Pareció relajarse un poco—. Me llamo… olvidé cómo me llamo. Quizá sea Todd.

—Todd, entonces. Mucho gusto en conocerlo, Todd —dijo Mark; Todd vaciló.

—Supongo. Hace mucho tiempo que no uso palabras de verdad. La verdad, se siente bien. —En ese momento su rostro reveló desaliento—. Para mí yo me veo bien, usted se ve bien a sí mismo, pero ¿qué tal si somos cadáveres andantes pudriéndonos lentamente?

Mark se encogió de hombros.

—Francamente, me preocupa más enloquecer que el estado de mi cuerpo. Este lugar…

—Sí, aquí hay una soledad deprimente. Los muchachos por allá —dijo Todd indicando con la cabeza una de las estatuas de demonios— no la pasan mejor, no sé si me interpreta.

Mark asintió.

—Siempre siento sus ojos encima. Debemos ser bichos insignificantes, pero aún así nos observan.

—¿Bichos? —dijo una voz nueva. Todd y Mark se dieron vuelta hacia ella y vieron a una joven con las piernas cruzadas en una pila de calaveras. Era bonita al estilo de una chica granjera del medio oeste estadounidense, y vestía como una—. Quizá. ¿Insignificante? No creo.

—¿De dónde diablos saliste? —preguntó Mark, suspicaz.

Todd le tocó el hombro.

—Mírala, Mark. Está Completa. —Lo dijo haciéndolo sonar importante.

Mark la examinó con cuidado. No tenía rastros de heridas en ninguna parte.

—Me cuesta creer que seas lo que parecemos pensar que eres —dijo.

—Como sea —dijo la mujer y se encogió de hombros. Se bajó de su montaña de calaveras y caminó hacia ellos con un paso que era más predatorio de lo que él había visto en cualquier mujer—. Lo importante es que están llamando la atención.

—¿De quién? ¿De esas cosas de allá? ¿Y usted quién es? ¿O debo decir qué es? —le preguntó Mark.

—Llámenme Isamael —dijo la mujer. Sacó una flauta de hueso de su manga izquierda y empezó a tocar una canción triste.

—Bueno, será Isamael. ¿Por qué estamos aquí? —preguntó Mark.

—El porqué no es fácil de responder —dijo Isamael—. El cómo puede ser más fácil.

—Está bien, empecemos con eso entonces —respondió Mark.

—Perfecto. ¿Qué recuerda?

Mark recordó el helicóptero, el vuelo por terreno montañoso, y se lo contó.

—¿Y usted? —le preguntó a Todd.

Todd pensó un rato, y dijo:

—Recuerdo estar en un embotellamiento de tránsito. Lo último que recuerdo haber pensado fue «Caray, esa camioneta se me viene encima muy rápido…»

—Bueno, obviamente están muertos, recuerdan sus últimos momentos —explicó Isamael—. Lo que es muy lógico, ya que aquí sólo pueden entrar los muertos.

—No me siento muerto en absoluto —dijo Mark levantando las manos.

—Yo tampoco —acotó Todd.

—Así que si estamos muertos —dijo Mark—, ¿dónde están todos? Creo que he viajado durante días sin ver a nadie.

Isamael sonrió con dientes negros.

—Qué apropiado. Estas son las catacumbas. Aquí los que parten dejan atrás su equipaje mortal.

—¿O sea nuestros cuerpos?

—Exacto —dijo Isamael—. Aunque no estrictamente la osamenta física. Es la imagen propia la que debe perder peso. Una limpieza metafísica del alma, si les parece.

—¿Con qué propósito?

—¿Cómo van a vivir de nuevo si no, librándose del peso del pecado y el dolor? —preguntó Isamael—. Más allá de esas paredes hay seis portones más. Cada uno es más espléndido que el siguiente. Deben atravesarlo todos para llegar a la salida.

—¿Entonces esto es el infierno? ¿O el purgatorio? —preguntó Todd.

—No —negó con la cabeza Isamael—, el infierno, o incluso el cielo, son estados de la mente, expresiones del ser, un estado mental por así decirlo.

Mark negó a su vez.

—No lo entiendo. Salvo unas estatuas amenazantes y una sensación de inquietud, esto no está tan mal. No hay dolor, no hay hambre, no hay sensación de tiempo. Me estaba sintiendo un poco solo, pero cuando los encontré a ustedes la sensación disminuyó. ¿Por qué debería irme?

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Ilustración: Pedro Bel

La chica sacudió la cabeza y sus rizos rubios bailaron en torno a su cabeza.

—Porque mientras más permanezcas aquí, más probable es que se termine. Que todo se termine. Todo. La existencia. Terminada.

—¿Por qué? —preguntó Mark—. ¿Porque tú lo dices?

Isamael volvió a sonreír.

—Mira hacia arriba. Mira a esos fulanos. Todos ellos son Atlas. Llevan el peso no sólo de la Tierra, sino de toda la Creación. Sostienen el universo entero, en un sentido metafísico. Lo último que necesitan son distracciones. Como un montón de gente agrupándose en las catacumbas. Porque eso hará que todo se venga abajo.

—¡Caray, no queremos que pase eso! —dijo Todd—. ¿No es cierto, Mark?

—Supongo que no. Aunque me parece mucha coincidencia que nos encontremos a esta jovencita aquí, justo cuando nos encontramos —dijo Mark, negando con la cabeza—. Si es que ella, o ello, es una jovencita.

—¿Por qué las dudas, viejo? —preguntó Isamael. Sonreía, pero el tono de su voz no transmitía alegría—. Sólo estoy aquí para ayudar.

—Curioso, es lo mismo que mi gobierno les dice a otros gobiernos, justo antes de volarlos por los aires.

—Esa era tu vida, Mark Farnsworth —dijo ella mientras le golpeteaba su flauta de hueso contra el pecho y lo atravesaba con su helada mirada azul—. Ahora estás muerto. Moriste violentamente. Por eso estás aquí. Y es hora de superarlo.

—Yo lo creo —dijo Todd—. Vamos, Mark. ¿Qué otra cosa tenemos aquí?

—Camaradería, para empezar, quizá incluso amistad —dijo Mark—. Las valoro más que las palabras de una chica rara de dientes negros que me dice que tengo que apurarme a cruzar un montón de puertas antes de que se termine el mundo.

Isamael se encogió de hombros. Por un momento el aire sobre ella pareció centellear como si algo invisible se moviera y pulsara.

—Está bien, es tu libre albedrío. Yo simplemente indicaré el camino, sígueme si quieres.

Se bajó de la colina y Todd la siguió casi automáticamente.

Mark suspiró y los miró partir. Sintió que la soledad ya lo invadía y eso le molestaba.

—¡Está bien! ¡Espérenme un momento, ya voy!

Viajar con Isamael hizo que su viaje fuera mucho más rápido. En unas horas llegaron a la segunda puerta. Se erguía en el paisaje muerto como las costillas desgastadas de un antiguo leviatán que se unían en un punto indeterminado muy por encima de ellos. Lo atravesaron sin incidentes, pero el escenario cambió. Miles y miles de postes con carretillas en su extremo superior se extendían hasta donde podían ver. Cada carretilla tenía un esqueleto.

—Bienvenidos al Bosque de las Carretillas —dijo Isamael, y se introdujo en el bosque de postes.

—¿Por qué tanto dramatismo? —preguntó Mark—. Ya estamos muertos.

—Es todo simbólico, Mark —explicó Isamael—. Ya dejaron sus vínculos con su vida anterior en el primer mundo. Allí yacen los huesos de sus familiares y amigos. En el segundo mundo se halla el cadáver de su autoimagen. Una vez hayamos llegado al portón siguiente, habrán dejado atrás el cadáver de su yo. Y así sucesivamente, hasta que sólo quede el ello.

—Hey, creo que leí sobre esas cosas una vez. El ello, el superyó y toda esa mierda —dijo Todd. Había estado hablando sin cesar durante todo el viaje y a Mark estaba empezando a molestarle.

—Por eso lo explico así. Las cuestiones metafísicas son bastante más profundas que eso.

—¿Y qué más vamos a atravesar? —preguntó Mark—. ¿Más cementerios? ¿Ciudades de los muertos? ¿Tumbas llenas de fémures, caminos pavimentados con calaveras? ¿Con qué propósito?

—A veces el viaje es más importante que el destino final. No puedes arponear una ballena que no tienes en la mira. ¿Pero cómo llegas a ese punto?

—No tiene sentido —dijo Mark—. Apuesto a que puedes llevarnos directo al último portón y lo que se encuentra más allá.

Isamael se dio vuelta y de nuevo el aire en torno a ella centelleó, como si una ola de calor emanara de su figura. Fijó la mirada en Mark con sus ojos azul cielo hasta que él apartó la mirada, incómodo.

—Por supuesto que puedo. Y a veces lo he hecho. Pero el resultado no es satisfactorio. Así que pasaremos por estos mundos y nos prepararemos para el portón final.

—No nos has hablado de eso todavía. ¿Qué hay allí?

—Una vida nueva. Literalmente —respondió Isamael con su sonrisa negra.

Mark vaciló.

—Aceptaré tu palabra. Por ahora.

—Es todo lo que pido —dijo Isamael y volvió a guiarlos a través de los densos Bosques de las Carretillas.

Más allá de la sexta puerta los hombres ingresaron en un mundo lleno con mausoleos de mármol blanco, estructuras como templos, cad auno con su propio altar y en cada altar otro squeleto. Muchos de los altares se ubicaban en niveles para que entraran más esqueletos en menos espacio. Mark se sintió atontado. Sentía obnubilada la mente.

—Es un sacrificio en el altar de la razón —dijo Isamael—. Lo que sientes es tu mente que se vacía. Metafísicamente, de nuevo, pero se refleja en tu ser, de ahí el atontamiento. Después de esto sólo permanece el ello; el alma, si quieres.

—Nunca creí en el alma —dijo Mark negando con la cabeza.

—Está bien, Mark —respondió Isamael—. El alma creía en ti, y eso era suficiente.

—Eso es bueno —dijo Mark. Ni él ni Todd volvieron a hablar; simplemente siguieron a la chica a través de la ciudad de mausoleos de mármol blanco.

Cuando llegaron a la última puerta no era más que una simple puerta de madera con un llamador de bronce en forma de cabeza de demonio. Los ojos llameantes del llamador los miraron, pero a los hombres ya no les importaba. Sus mentes estaban casi en blanco y cuando Isamael les abrió la puerta, ellos la atravesaron sin prisa.


—¿Cómo haces para llegar siempre a ellos antes que yo? —dijo una voz familiar detrás de Isamael.

Ella se volvió y vio que se acercaba un hombre alto. Usaba una túnica larga y sucia con una mancha de sangre en el costado derecho. Gotitas de sangre coronaban su cabeza y al caminar se veían claramente los agujeros sangrantes de sus muñecas y sus tobillos.

—Jeshua —dijo Isamael—, este es mi dominio. Puedo estar en cualquier parte, cuando lo desee, en cualquier momento.

—Un día llegaré primero. Y los mantendré aquí y despertaré a los viejos. Creo que es tiempo de que haya un cambio —dijo Jeshua negando con la cabeza—. Tus visiones obviamente no funcionan.

—Te ofrecí volver —dijo Isamael, haciendo un gesto hacia la puerta abierta más allá de la cual sólo había olvido—. Pero hasta ahora te has negado.

—¿De nuevo a ese infierno? ¿Para volver a sentir el dolor y la miseria? ¿Para que desconfíen de mí, me envidien y me tengan celos? No, gracias. No es tentador en lo absoluto.

—Bueno, sólo soy la mensajera —dijo Isamael.

—Yo te llamaría usurpadora —dijo Jeshua.

Ella se encogió de hombros.

—Eso es duro, Jeshua. Cuidadora suena mejor, ¿no?

—Siempre fuiste hábil con las palabras, Isamael, siempre lo serás —dijo Jeshua—. Hasta que dejes de serlo. Y en ese momento estaré allí y terminaré tu reinado.

—Buena suerte —dijo Isamael, pero Jeshua ya había desaparecido.

Isamael miró alrededor, pero Jeshua no estaba y ella no lo percibía en ninguno de los mundos de huesos. Miró a la puerta durante unos momentos y luego la cerró.

Desde su trono de mandíbulas contempló su creación, pensando en las palabras de Jeshua. Sacó la flauta y tocó una endecha tan triste que a ella misma la hizo llorar.


Título original: The halls of bones
Traducido por Marcelo Huerta San Martín


Mike Jansen nació y vive en los Países Bajos, y ha publicado textos de variada extensión en antologías y varias revistas en su país natal y en Bélgica, incluyendo Cerberus, Manifesto Bravado, Wonderwaan, Ator Mondis y Babel-SF, y antologías publicadas por Verschijnsel: Ragnarok y Zwarte Zielen («Almas negras»), entre otras.

Se domicilia en la ciudad de Hilversum, cerca de Amsterdam. Ha ganado los premios King Kong a mejor nuevo autor y mejor autor en 1991 y 1992 respectivamente, así como una mención de honor por un trabajo presentado para la competencia de lanzamiento de la revista australiana Altair en 1998.

Otras publicaciones suyas pueden encontrarse en http://www.meznir.info.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: INSTRUCCIÓN PARA DECONSTRUCCIÓN (nº 291)


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