¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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19. SUBIENDO

PADRE ADDAR

El tren se detuvo junto a los otros que estaban en la estación suelo. Pero a diferencia de estos, palpitaba lleno de vida y calor y exhalaba una especie de incienso débil, como un dragón enfurruñado. En sí mismo era un alto edificio de doscientos vagones encerrados entre dos cabezas puntiagudas de anfisbena. Llegó abajo con un suspiro de frenos, vestido con un traje de gases y humos. Y su voz fue como todo el tiempo y toda la niebla del mundo.

Estaba allí, esperando a que alguien lo interrogase y le preguntase a qué había venido, quién lo había enviado, qué sentido tenía. Esperando a que alguien se subiera a los segmentos de su tórax.

—Esto es demasiado para ser una coincidencia, ¿no? —preguntó Telémacus.

—Observa —señaló Vala—. El Tapiz.

Un brillo líquido se escapaba por las costuras del saco. La reliquia estaba en modo de máxima actividad y expelía formas de aire frio como humo de cigarro. Los tres tuvieron claro que se estaba comunicando con alguien, aunque no pudieran oír la conversación. Quizá con aquel tren, o con la persona que lo hubiera enviado.

Telémacus se llevó un dedo al intercomunicador de la oreja.

—Ingeniero, ¿me copias?

—Alto y claro, cazador. Acabo de recibir el aviso de llegada del tren. Creo que está esperando a que os subáis.

—Pero… ¿cómo es que ha aparecido así de repente? ¿Quién lo envía?

Se oyó un lejano articular de engranajes, como si una mente artificial estuviera pensando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.

—Creo que fue el Icaria, hace varios días. Recordad: oísteis su mensaje. Está esperándoos allá arriba.

Telémacus, Vala y su hijo sintieron un cosquilleo por toda la piel. ¡Estaba pasando, no era un sueño! Aquella IA deseaba tener contacto con los humanos, y por eso había enviado ese vehículo. La culminación de una larga odisea estaba próxima, lo notaron en sus entrañas con la fuerza de un vaticinio, como los que proclamaban los augures de la Antigüedad. Los esperaba arriba, entre dos lunas de leche, y estaba dispuesta a hablar.

—Pues subamos. No seamos descorteses.

El trayecto desde el punto de la llanura donde ellos se encontraban hasta el tren duró bastante, y eso que Goeb, enlazando su mente con los pocos sistemas que funcionaban en el Kalpa —usaba como puente al oxyfón—, fue abriéndoles puertas allá donde pudo. Pero el amasijo de edificios era enorme, y casi todos sus sistemas de transporte estaban averiados.

Hora y media después, tras una laberíntica caminata, llegaron al andén. La colosalidad de aquel panorama les tenía los cuellos destrozados de tanto mirar hacia arriba. Estaban de nuevo al aire libre, en una plaza redonda en cuyo centro reposaba la locomotora inferior del tren; sobre ella, la larguísima fila de vagones se elevaba con majestuosidad más de dos kilómetros —eran doscientos vagones, y cada uno medía poco más de diez metros—. A sus pobres mentes se les escapaba la energía necesaria para mover semejante masa, así que no intentaron calcularla. La plaza en sí era sorprendente, pues a excepción de una membrana de líneas resplandecientes, no se veía su mitad inferior, y Telémacus, consternado, vio que no había ningún soporte sobre el cual descansase.

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Ilustración: Pedro Bel

—Goeb, ¿el Hilo tiene presión de aire por dentro, a lo largo de toda su longitud? —preguntó Telémacus, cayendo en la cuenta de que una construcción tan enorme podría no estar presurizada.

—Solo en sus dos primeras quintas partes, y porque al estar abierto por debajo, el tallo absorbe hacia arriba como si fuera una pajita el aire de la atmósfera de Enómena —explicó la voz del ingeniero—. Pero más allá de ese nivel se mantiene al vacío. Hay un volumen encerrado ahí de unos quince mil kilómetros de espesor, lo que haría… —hizo un rápido cálculo— doce mil millones de kilómetros cúbicos de aire, a una tasa de cambio de algo más de un gramo por litro. Demasiado como para tenerlo presurizado todo el tiempo, sin que nadie lo esté usando.

Cifras, cifras incomprensibles… A ellos se les escapaban, así que no intentaron entenderlas. Abordaron el vagón inferior a través de un puente, y lo primero que les sorprendió fue que todas sus cámaras interiores estaban construidas perpendicularmente al sentido del ascenso. Es decir, que aquello más que un tren se parecía más a un ascensor gigante, con los pies de los pasajeros siempre apuntando a la tierra que se alejaba por debajo, y los techos mirando hacia arriba, al cielo. La suntuosidad de aquellas habitaciones también los confundió: al contrario que la mayoría de los edificios que quedaban en Enómena, desgastados por el uso negligente o por la falta de mantenimiento, aquellas salas parecían haber permanecido intocadas durante siglos, a salvo del polvo y la entropía. Tenían un diseño blanco, utópico, muy de «tecnología limpia» diseñada para agradar al ojo humano, lo cual era un cambio chocante. Las luces color limón y los contornos suaves y sin esquinas de las cosas les susurraban «¡Bienvenidos, huéspedes, pónganse cómodos!». Y aunque encontraban la palabra huésped un eufemismo, cuando menos, no les molestó que el sistema la utilizara.

—Hay tantas cosas que deberían llamarnos la atención, por las que no sentimos la necesaria curiosidad… —meditó Vala.

—Poneos cómodos, el viaje va a empezar —dijo Goeb por el intercom—. Aunque yo de vosotros no me… ¡cuidado!

El aviso los puso en tensión un instante antes de que sucediera. Telémacus notó más que vio la presencia del intruso. Le precedía un silbido continuo, un vendaval que chillaba como una hoja de acero en la arena. Al girarse, a través de la puerta que permanecía abierta en espera de más pasajeros, percibió la imagen de un hombre cuya piel tenía el brillo de la hematita negra. Una figura imposiblemente alta y delgada que estaba allí, al otro lado del andén.

Telémacus oyó un sonido vibrante tras él, y sintió cómo el aire junto a su mejilla silbaba como una cuerda tensa. A eso le siguió un corte en el metal, como si una garra de tigre lo hubiese hecho pedazos. Instintivamente, todos se lanzaron detrás de los elegantes sofás para pasajeros, buscando cobertura.

—Mierda… mierdamierdamierda. ¡Goeb, que el tren se ponga en marcha ya! ¡Nos atacan!

Empalidecieron al reconocer a la misma criatura que los había atacado en el lago, y que había matado a los dravitas y a Arthemis… Estaba allí, había vuelto. Y esta vez no había sitio a donde escapar, salvo Hilo arriba.

El ingeniero se apresuró a activar los protocolos de salida del tren. Los puso en modo crisis para que las máquinas se dieran toda la prisa posible, como si un grave incendio o un atentado terrorista hicieran peligrar la estación Kalpa. Los pasajeros vieron que el hecatonquiro empezaba a caminar hacia ellos cuando la puerta se cerró y un crujido lejano tiró del vagón. Los campos de tracción invisibles, que se apoyaban en campos fractales más pequeños, tiraron hacia arriba del tren y empezaron a acelerarlo. En el lado opuesto del tallo, un contrapeso hizo lo que pudo por facilitar el proceso. Lo único que separaba al tren de la atmósfera que ejercía su resistencia al avance era una barrera de sutiles energías.

—¿Lo hemos dejado atrás? —se estremeció Vala.

—Ojalá… pero esa cosa quizás pueda volar. No lo demos por hecho. ¡Vamos a los ascensores!

Corrieron hasta el sistema de ascensores que enlazaba los vagones. Ninguno de ellos sabía a qué velocidad real se estaba alejando en ese momento el tren del suelo —si le hubiesen preguntado a Goeb, este les habría dicho que en el punto medio del viaje, después de haber acelerado hasta los cinco g, llevarían una velocidad de aproximadamente noventa kilómetros por segundo, pero aún tardarían dos días y medio en alcanzar esa cota—. Sin embargo, toda velocidad les parecía poca en lo tocante a alejarse de ese monstruo.

—¿Se ha quedado abajo? —preguntó Veldram.

Como respuesta, hubo un ruido de implosión en el fuselaje. Sonaron alarmas y hubo destellos color sangre en los paneles. Pero lo peor de todo fue que el tren, y esto lo notaron claramente, empezó a decelerar.

—¡Goeb! ¿Qué está pasando? —se tensó Telémacus.

—Algo ha atravesado el casco del primer vagón. Hay despresurización en las cubiertas. El tren está deteniéndose como medida de seguridad.

—¡No! ¡Que siga subiendo! —El cazador miró con terror a su mujer—. Si se detiene, esa cosa nos matará.

—No puedo hacer nada —se lamentó el ingeniero—; es un protocolo de seguridad inviolable. La única solución sería…

—¿Cuál?

—Soltar esos primeros vagones. Si los dejáis atrás, el sistema aislará el resto y seguirá ascendiendo por sí solo.

—¿Puedes hacerlo tú desde ahí?

—Me temo que no, los automatismos están fuera de línea… Alguien va a tener que salir al exterior y activar los pernos de emergencia de los enganches, manualmente.

Vala miró a su marido.

—Sé lo que estás pensando —susurró, atornillando en sus mejillas los dedos índice de ambas manos—. Ni se te ocurra.

—No hay otra solución. Voy a salir. Vosotros dos seguid subiendo todo lo que podáis. —Le dio un beso—. No haré locuras, te lo prometo.

—Viniendo de ti, permíteme que lo dude…

Telémacus salió del ascensor al tiempo que ella tecleaba el código de la cúspide. El ascensor le regaló una última imagen de su familia, los ojos enrojecidos por la tensión, antes de cerrarse y salir disparado hacia arriba. Luego, corrió hasta una de las esclusas de intercambio, de las que se usaban para salir al exterior por cuestión de reparaciones, y abrió el armario de los trajes EVA. Sabía que Goeb estaba por allí, su fantasma embrujando el sistema informático, y que intentaba echarle una mano en la medida de lo posible, abriéndole puertas, iluminando solo los pasillos por donde tenía que ir, etc. Aun así, no le parecía suficiente como para llamarlo ventaja táctica.

Aquellos trajes estaban pensados para abrirse totalmente por detrás, del casco a las botas. De ese modo el usuario solo tenía que meterse dentro dando un paso, y no perdiendo tiempo poniéndose pantalones y demás complementos. Telémacus eligió uno y, desprendiéndose de su propio calzado, se deslizó dentro como una anguila. El traje se cerró y varios anillos metálicos se ajustaron automáticamente para que la talla se amoldase a su cuerpo. El plástico que hacía de casco se iluminó con mensajes: TRAJE PRESURIZADO. ESTADO DEL TANQUE DE OXÍGENO: 78 %.

Servirá, pensó. Sudaba como un atleta tras correr una final de cien metros lisos. Iba a meterse en la cámara de intercambio cuando vio que buena parte de las paredes, el techo y el suelo de su vagón se llenaban de cortes en forma de media luna. El cubículo implotó y se desplomó sobre sí mismo, deshaciéndose en una nube de escombros. Se convirtió en un túnel lleno de luces parpadeantes y chorros de gas. Al fondo, orgulloso de la destrucción que estaba provocando, estaba el monstruo.

El corazón de Telémacus bombeó una sola vez, fuerte, colérico. Saltó de cabeza a la cámara de intercambio; le dio una patada al botón de cierre, contando mentalmente los segundos —él se acerca—, y luego las décimas y las centésimas —se está acercando—, hasta que la esclusa se abrió a su espalda y pudo salir.

El silencio se derramó sobre él como una nevada. No tenía ni idea de cuánto habían subido ya, pero las nubes quedaban un buen trecho por debajo, y la curva planetaria de Enómena se hacía más que evidente. El perfil del continente que bordeaba el mar cero-g era una playa de cuarzo blanco limitada por un azul verdoso hacia el sureste, agudo como un cuchillo. Por encima de las nubes flotaba una delgadísima película de cristales, una capa de iones metálicos suspendida en la tropopausa para reforzar el efecto invernadero y calentar el planeta —gracias, oxyfones—. El Hilo solo era grueso en la franja donde él estaba, porque más lejos se convertía en un cable finísimo que se elevaba más y más entre construcciones de deslumbrante complejidad.

Alzó la cabeza con muchísimo cuidado para no marearse y resbalar, y vio la última luz de vigilia del sol, aún menos convincente a aquella altura. Lo curioso era que, cerca de la pelota aguada del sol primario, había otra muchísimo más pequeña que casi desaparecía en el campo de brillo de su hermana mayor. Pero que se dirigía hacia ella con la velocidad de un perdigón disparado contra un elefante. Estaba a varios millones de kilómetros de Amrá, pero dejaba un remolino de luces centrífugas como si estuviera haciendo polvo los campos magnéticos de la estrella, y esa fuera su sangre.

¡Oh, no, es Thyle!, pensó con consternación. ¡El sol errante! Solo le faltaba eso: el periodo nupcial del Antara. Misticismos aparte —no era hora de ponerse a pensar en los rituales de su tribu—, no sabía si eso podía afectar al tren, pero le dio miedo pensar en que por culpa de los chorros de partículas procedentes del sol, el sistema hiciera una pausa y detuviera el tren durante un rato.

El vagón en el que se encontraba era el segundo a partir de la locomotora inferior, y ya estaba destrozado, así que si iba a soltar alguno debería empezar por ese. Caminando con cuidado, con las botas magnéticas adheridas al casco, avanzó hasta el anillo ventricular que separaba los vagones, y se agachó junto al panel de control. Una rápida mirada al Hilo bastó para hacerle comprender lo rápido que viajaba el tren, pues mirado por encima y por abajo no parecía haber diferencias ni sensación de velocidad, pero si uno se fijaba en la región que pasaba rauda a ambos lados del vagón, se daba cuenta de que en realidad tenían que estar avanzando a velocidad supersónica, en mitad de un silencio sepulcral.

El techo se abrió como una flor a pocos metros de Telémacus y dos brazos acabados en garras de energía surgieron de él. Con terror, vio cómo el hecatonquiro atravesaba el agujero pero no trepando como lo haría un ser humano, sino pivotando sobre el eje de su talón, dándole toda la vuelta a su cuerpo, como si la gravedad no tuviese nada que ver con él. El rostro congelado de Padre Addar parecía una pegatina puesta allí por un niño, en su cabeza mal colocada con respecto al eje del cuello. Aun así, habló, y Telémacus lo escuchó a través de la radio:

—Es hora de dejar de correr, niño asustado. A los personajes que corren a través del cuento se les terminan acabando las líneas, y no pueden saltar más allá del último punto…

Telémacus no se dignó a contestarle, sino que tiró de la palanca que desacoplaba los vagones y saltó hacia el de arriba, al que se quedó pegado gracias a sus guantes, que podían adherirse magnéticamente igual que las botas. El proceso de separación fue sepulcralmente silencioso, lo que le confirió un aire aterrador: tumbado de espaldas, Telémacus vio cómo los anillos de acople se desenroscaron, ambos vagones quedaron sellados mediante compuertas por la zona expuesta al vacío, hubo una explosión muda de gases y partículas sobrantes, y el fragmento inferior del tren se alejó del resto. Y con él, el hecatonquiro.

En ese preciso instante, el segundo sol, Thyle, golpeó con la fuerza de una bala la mejilla gravitacional de su hermana, y un anillo de una UA de amplitud de bellos colores y suaves texturas se abrió hasta abarcar los planetas interiores. Pasó por encima de Enómena y del Hilo, y el corazón de Telémacus dejó de latir durante un instante, comprimido por el miedo… pero lo que más temía no sucedió. Sí, hubo un barroco baile de destellos de electricidad estática por toda la torre, con su correspondiente cortejo de chispazos… pero el tren bala no se detuvo. Protegido como estaba contra esos fenómenos, siguió trepando como si nada. Telémacus dejó escapar un suspiro como nunca antes había soltado ninguno, y su corazón volvió a bombear.

Pero si creía que la batalla había acabado, estaba equivocado.

El vagón desprendido no se había alejado ni medio kilómetro cuando el monstruo saltó, y cubrió volando la distancia hasta que se enganchó al anillo de acople. Las mejillas del cazador perdieron su color, y retrocedió asustado para intentar llegar al siguiente anillo: la velocidad lineal del tren aumentaba por segundos, lo que significaba que quizás el siguiente desacople podría dejar la suficiente distancia entre vagones como para que el hecatonquiro no fuese capaz de saltarla. Eso no afectaría para nada a su familia, pues habrían tenido tiempo de sobra para llegar al otro extremo. Pero para tirar de la siguiente palanca tendría que ir primero hasta el lado opuesto de este vagón. Y no estaba seguro de que le diera tiempo.

—No huyas, personaje del cuento —siseó la voz del Padre Addar en la radio—. Ya no te quedan páginas para seguir avanzando… El punto y final de tu historia está próximo. ¿Hasta dónde puedes llegar?

Telémacus se puso en pie, para huir aunque fuera a gatas, pero dos cuchillas cuánticas avanzaron por el techo como aletas de tiburón y despedazaron su segmento del vagón. El metal se abrió como una rosa, y de uno de sus pétalos se quedó colgando el hombre, solo que el movimiento lo llevó a estar por fuera del tren, sobresaliendo como una ramita. Colgaba sobre el vacío con las manos asidas a ese trozo de techo, su voz reducida a un curioso gritito.

Miró hacia abajo y vio el planeta entero alejándose, bañado por las auroras boreales del Antara. Miró al frente, y el manchón supersónico que era el Hilo no hizo más que temblar como humo sólido por efecto de la velocidad. Miró hacia arriba, y la torre proseguía sin final aparente, eterna, con las radiaciones de la estrella tendiendo colores líquidos sobre ella como quien pone ropa a secar. Habría sido un panorama bellísimo de no resultar tan aterrador.

Telémacus sabía que si se soltaba reentraría en la atmósfera sin posibilidad de frenado. Aquel traje no llevaba paracaídas, aunque probablemente sí le protegería del calor. Pero de nada le serviría si la única forma de detenerse era impactando contra el suelo con la fuerza de un meteorito. Aunque, bien pensado… si lograse caer justo en medio de uno de los mares cero-g… ¿reducirían sus efectos la aceleración con la suficiente suavidad como para salvarle la vida, o la frenada sería tan brusca que moriría aplastado dentro del traje?

No le gustaría averiguarlo. Que él supiera, nadie en la historia de Enómena había hecho un salto base desde tanta altura, y sin paracaídas.

Luchó por trepar, por acercarse de nuevo al vagón. Si hubiese habido aunque fuera un mínimo de aire, una atmósfera muy tenue, la presión le habría arrancado los miembros. Pero estaba al vacío, y formaba parte del conjunto inercial del tren, lo que implicaba que las normas de cinética que regían allí le beneficiaban.

¿Pero de qué iba a servirle?, le dijo una vocecilla en su cabeza, la de su conciencia. Girando la cabeza dentro del casco, sin torcer el casco en sí, vio que el hecatonquiro estaba de pie sobre el vagón, la energía cruda colgando de sus fauces, su mirada la de un depredador despiadado e imposible de vencer. Padre Addar, impreso sobre su cabeza, sonreía con la locura acumulada de mil tiranos descerebrados, los que había supuesto la mayor lacra de su mundo. No, no tenía sentido, nada de aquello, tuvo que admitir ante la voz… Al aferrarse tanto a la vida lo único que conseguía era postergar lo inevitable.

Entonces se dio cuenta de un detalle.

Esa vocecita que oía no era la de su conciencia. No era un código moral metafórico que los seres humanos escuchaban como si les hablase de verdad.

Esta le estaba hablando de verdad.

—Id… —susurró—.

Levántate, hombre, y lucha.

—No, no puedo luchar contra… esa cosa… Ese engendro…

Sí puedes. Eres un Portador, una puerta viviente al Metacampo. Piensa en milagros, humano. Piensa en milagros…

El hecatonquiro avanzó hasta el amasijo de hierros, uno de los cuales era aquel del que colgaba Telémacus. Se disponía a cercenarlos de raíz. Pero entonces miró a la cara al hombre con el traje de astronauta. Tres pares de ojos: los del cazador, los de Padre Addar y los del monstruo del pasado remoto. Todos se superpusieron.

Dentro del casco de Telémacus se produjo un silencio de esos que preceden los acontecimientos fuera de lo común, interrumpido solamente por los latidos de su corazón. Y los tres supieron lo que iba a pasar, pero solo al hecatonquiro lo cogió por sorpresa.

—Tú sí que has llegado a la última página de tu historia, cabrón. Disfruta del FIN —gruñó Telémacus, y pensó en la mnémica, en el Id, en esa otra dimensión psíquica que quedaba a un paso del mundo real. Las energías mnémicas se desataron.

En contra de todo lo que el cerebro racional del hecatonquiro consideraba posible, aquel humano se proyectó hacia arriba por sí solo, como si una mano invisible lo hubiese agarrado por la cintura y lo estuviese propulsando sin explicación alguna. Telequinesia, lo llamaron los antiguos, uno de los trucos mnémicos más sencillos del Imperio Gestáltico. Ese milagro lo depositó sobre el techo del siguiente vagón, y arrancó de cuajo la portezuela del panel de control. De ahí a tirar de la palanca solo había un paso, un gesto muy simple que desprendió la siguiente cadena de vagones. La cara de Padre Addar fue un poema —trágico— mientras se veía a sí mismo caer hacia la atmósfera.

El hecatonquiro intentó repetir por segunda vez la misma jugada, saltando hacia delante, recorriendo la distancia. Pero algo se interpuso: la misma fuera invisible que se manifestaba a través de la mirada enloquecida de Telémacus, que salía en borbotones por las ventanas de sus iris, agarró al hecatonquiro y lo movió lateralmente, no hacia fuera, al espacio… sino hacia la vía del tren. Hacia ese Hilo que pasaba a velocidades increíbles a su lado.

Telequinéticamente, el cazador empujó su cuerpo hasta que rozó la vía. El efecto fue devastador: la fuerza viva se mantuvo ahí, ejerciendo presión, mientras el rozamiento destrozaba el cuerpo del hecatonquiro y lo reducía no exactamente a moléculas, pero sí a fragmentos casi igual de pequeñitos. Quizá sus castigadas habilidades no tuvieron tiempo de volverlo intangible, de intentar reorganizar sus átomos para pasar a través de aquel objeto… o simplemente el efecto era demasiado rápido como para que el hecatonquiro pudiera soslayarlo. Lo cierto fue que lo último en atomizarse de él fue la cara de Padre Addar, que miró con resignación a su asesino. Hubo un mensaje oculto en aquella mirada, pero Telémacus no lo descifró en aquel momento, ni nunca más en su vida volvió a pensar en él.

Respiró a bocanadas, a mordiscos, celebrando el hecho de estar vivo. El terror que escondía su risa histérica se hizo visible durante un instante, dejando ver unos ojos duros y determinados. Y aunque no le dijo nada, notó que el Id, en algún lugar al fondo de su cabeza, se estaba riendo.

Así que esto fue la esencia del primer Imperio, se asombró. Habían dominado algo más que la ciencia: el poder para hacer milagros. Y eso fue lo que los destruyó.

Sin dilación, Telémacus operó la esclusa para entrar en el vagón, y fue a buscar a su familia.

20. EL INFINITO, Y MÁS ALLÁ

TELÉMACUS

Tras dos días y medio de viaje, el tren llegó a su destino, la estación espacial de la cima del Hilo. Había comenzado su desaceleración nueve horas antes, y cuando por fin alcanzó la Sobralia altissima, lo hizo entrando en sus andenes suavemente, con una extraña tranquilidad. Se detuvo y sus tres únicos pasajeros se apearon.

La estación estaba presurizada, aunque Goeb les explicó que no era así siempre, sino que él había dado la orden para que se fuera llenando de aire un día antes. La familia subió a la torre central, alrededor de la cual se abrían las pistas de aterrizaje. Desde los amplísimos ventanales podían ver el perfil del planeta, la más bella curva que hubiesen podido concebir.

Antes de que los últimos restos de velocidad radial desaparecieran para dejar paso a la gravedad de la estación, su oído interno tuvo que acostumbrarse a un tipo diferente de equilibrio. Unos robots se alegraron de verlos y les evitaron tener que cargar con cosas como el Tapiz de Sílice, que seguía entonando su canción. Las estancias allá arriba —que alguien se había tomado la considerable molestia de hacerlas grandes y confortables— eran en su mayoría circulares, y se dividían en hemisferios conectados por un revestimiento estrecho y flexible. Eran muy limpias, muy bonitas, con esa arquitectura de «agradar al ojo humano». Costaba creer que allí se hubiese ensuciado alguna vez algo.

Lo que aprendieron los enomenitas, por boca de Goeb o de la propia estación, fue esto y poco más: que los hangares de la torre estaban vacíos, como si el Día del Apagón hubiese sorprendido a los pilotos en mitad de un éxodo masivo, quién sabía adónde. Que la única nave que quedaba allí era la No-Mn ensamblada en plan chatarrería de Goeb. Que podían ponerla en marcha con ayuda del ingeniero, el cual, todavía conectado al oxyfón, se alegraba muchísimo de que su odisea hubiese terminado bien. Y, por último, que desde allí arriba podían hablar en directo, si querían, con la inteligencia que se hacía llamar Icaria.

Eso les sorprendió, pero mientras descansaban del largo viaje en las suites para pasajeros VIP —el lujo más suntuoso que sus agotados cerebros hubiesen concebido nunca—, y se preparaban para el siguiente gran salto, Telémacus accedió a llamar a la IA.

—¿Hola? —le preguntó a un micrófono.

—¡Buenas noches! —respondió una voz afable, muy alegre—. Estoy contenta de hablar con ustedes. ¿Y el resto de su gente? ¿No viene nadie más?

—Eh… no, me temo que por el momento somos solo nosotros. Icaria, ¿dónde estás?

—Llegando. Por favor, miren por la ventana que da a contragiro del planeta, lo que ustedes llaman el oeste.

Lo hicieron, y tanto Telémacus como su esposa se llevaron el mayor susto de sus vidas, pues allá fuera, en el espacio, estaban todas las naves del Carro de Diamantes, alineadas en procesión, tan grandes y majestuosas como se les presuponía. Las dimensiones de todo eran tan desmesuradas que el vértigo de la comprensión estuvo a punto de arrebatarles el conocimiento. Pero se esforzaron por permanecer despiertos. Ya que habían llegado hasta allí, no podían volverse atrás, ni dejar que les dominara el pánico.

—Veo que se han traído un fragmento del pasado —dijo el Icaria—. Y muy acertado, diría yo, pues ese pedacito de cognoscitiva posee una información que podría resultarnos muy útil.

—¿Qué…? Oh, se refiere al Tapiz. ¿Qué es lo que lee en él?

—Según su célula de identificación, perteneció a una nave de gran tamaño, una circunnavegadora solar de clase Abismo. Una nave de transporte de residuos, principalmente. Llegó a este sistema trayendo doscientos treinta mil kilogramos de basura altamente peligrosa en sus bodegas, y su misión era depositarla en ese sumidero del manto que vosotros llamáis barrancos de Devianys, para que las corrientes convectivas del interior del planeta los procesaran. Pero el día en que sucedió el cataclismo mnémico, sus motores fallaron e hizo mal la reentrada. Su colisión contra el planeta desató algo parecido a un invierno nuclear, que cambió radicalmente la ecología y la temperatura. Los oxyfones se esforzaron como auténticos titanes intentando arreglarlo, durante los siglos posteriores.

Vala y su marido se miraron, impactados. Así que ese era el gran secreto detrás de nuestra religión, pensaron: el carro celeste al que pertenecía el fragmento del dios no era más que una nave de carga de basura. Mejor sería no decírselo a los ancianos de la tribu, si no querían que hubiese suicidios en masa al día siguiente.

—¿Qué información importante contiene?

—Coordenadas de salto hipercuántico. La intersección de las dimensiones de tránsito no es totalmente congruente, o no tan segura como parece. Hay lugares donde las ecuaciones de flujo no tienen solución salvo en la franja de los números imaginarios, por eso es bueno tener el registro de una nave que saltara antes una grandísima distancia, para usarlo como grupo de control de cálculos.

Ninguno de los dos entendió ni una palabra de esas últimas frases. Pero les dio igual.

—Y… ¿en qué nos puede ayudar eso?

—En que podemos intentar un salto muy largo en dirección al centro galáctico. Podemos intentar volver a casa.

En el tiempo que medió entre esa fabulosa afirmación y la llegada de las naves del Carro, que se dispusieron en órbita circular alrededor de la Sobralia, los humanos tuvieron tiempo de procesar las implicaciones. ¡Volver a casa! ¿Pero cuál era su casa? El Icaria no se incluía a sí mismo en la frase, pues les confesó que no quería abandonar Enómena. Ansiaba concluir satisfactoriamente su misión original. Había comenzado su existencia siendo un paquete de sensometal destinado a actualizar tecnologías arcaicas, y eso pensaba hacer. Telémacus le hizo un breve resumen de los acontecimientos que habían ocurrido entre las tribus guerreras, llegando hasta donde él conocía, es decir, a la explosión nuclear. Después de eso, lo que hubiera pasado con los clanes era un misterio.

—Creo que me arriesgaré a bajar, de todas formas —dijo Icaria—. Es cierto que mentalmente estáis muy atrasados debido al embrutecimiento que experimentasteis cuando os quedasteis aislados. Pero puedo arreglar eso. Puedo traeros tecnología y prosperidad, para que la lucha por los recursos deje de ser determinante.

—Si vas a hacerlo, puedo aconsejarte a unos buenos mediadores. Gente que conoce muy bien la psicología de los países de Enómena, aunque no pertenezca a ninguno de ellos. Vigilantes que han estado ahí durante muchos años, y que podrían arbitrar esa transición para que los señores de la guerra no intenten hacer trampa, y apoderarse de todo por la fuerza.

—¿Quiénes son esos mediadores?

Telémacus le habló de los taelon, y de cómo podrían desempeñar un buen papel en la transición. Pues no eran humanos, pero tampoco los odiaban, sino que respetaban aquello que sus creadores habían sido, y todo aquello en lo que podían haberse convertido. Su potencial como especie. Por eso serían buenos árbitros, porque no odiaban a la especie humana sino que, en el fondo, querían ser como ella.

—Si vas a hacerlo, dale saludos a Serenay —sonrió—. Es una amiga. Dile que el árbol está fuerte, y que sigue creciendo. Ella entenderá.

Al día siguiente, mientras el Icaria se preparaba para el primer contacto, Goeb les guio hasta su nave. Había adoptado la forma de un holograma proyectado a partir de una bolita de acero flotante.

—¿Crees que lo conseguiremos? —le preguntó Telémacus—. ¿Que realmente alcanzaremos los mundos del Imperio, o lo que quede de él?

—Sí, y sois unos valientes al intentarlo. Os acompañaría de buen grado, pero el desafío que me propuso mi amigo el oxyfón es tan fascinante que podría pasarme el resto de mi vida intentando resolverlo. Es el enigma de los enigmas, el misterio definitivo.

—Me alegra que hayas encontrado un nuevo propósito para tu vida. ¿Qué pasó con el Tapiz?

Icaria lo asimiló para agregarlo a su matriz neural. Así ha absorbido los datos que tenía grabados. No os preocupéis por la fórmula de navegación, la cognoscitiva de mi nave la ha dado por válida. Se parece mucho a la estándar para entrar en el interior de un enjambre estelar esférico.

—Goeb…

—Perdón, hablaré sin acertijos. —El holograma les hizo un gesto cortés para que atravesaran una puerta. Al otro lado estaba el hangar, y la nave del ingeniero. Tenía forma de una ocarina medio aplastada por los lados, con los segmentos del huso lisos. Realmente parecía algo ensamblado a trozos, pero que de alguna manera retenía una entidad propia—. Os presento con orgullo… al Navegante del Infinito. Podéis cambiarle el nombre si no os gusta, no pasa nada. Sin rencores.

El interior estaba muy desordenado y presentaba un aspecto caótico, como hecho pedazos. Pero todo parecía funcionar correctamente. Una silla flujomórfica, uno de esos inventos geniales de los antiguos a los que Telémacus aún no se había acostumbrado, creció literalmente del suelo para darle la bienvenida.

—Bien, este el final de mi viaje —les explicó Goeb cuando los tres estuvieron cómodos—. Yo me quedo aquí, con mi Cifra y mis ecuaciones. Si lográis encontrar un mundo llamado Delos, que fue la capital del Imperio, y aún sigue existiendo, decidles que… que… —El ingeniero dudó. Rebuscó en su interior a ver si encontraba algo realmente importante, pero no se le ocurrió nada—. Mejor no les digáis nada. Ellos se lo pierden. Adiós, amigos.

—Adiós, Goeb. Gracias por todo —asintió Telémacus, e intentó pensar también en un último mensaje, en algo que quisiera decirle a alguien para cerrar un círculo… pero se quedó sin palabras. En realidad, todo lo que pudo haberse dicho se dijo ya, y no quedaba más en el tintero. Cada actor de aquel drama había elegido su propio final, su canto del cisne particular al que poco había que añadir. Así pues, ¿por qué forzarlo con una despedida impostada?

La puerta de la nave se cerró y el vehículo No-Mn despegó. Ellos no tenían que hacer absolutamente nada, todo estaba controla desde la torre, por Icaria.

La nave abandonó la estación y se quedó flotando libre en el vacío. La gran masa blanca enjoyada de estrellas que la rodeaba se desplazó, encendida, intensificando su brillo blanco. Telémacus, Vala y Veldram sintieron la aceleración mientras la nave se desplazaba en un lento y suave giro. No podían saber si lo que intentaba era tocar las estrellas o simplemente apartarlas con la mano.

Ahí fuera no había nada, solo los grandes diamantes y zafiros, la niebla de esmeraldas y la tinta de terciopelo del espacio. Pero para ellos, todas esas cosas eran sinónimos de «maravilla». Así que cerraron los ojos, y se dispusieron a dormir un rato.


Víctor Conde nació en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias, España), en 1973. Sus referentes clave dentro del género han sido los grandes escritores norteamericanos, modernos y clásicos. Destaca a Arthur Clarke, Dan Simmons y Greg Egan, pero no se alimenta solo de ciencia ficción. La poesía de William Blake o los mundos de geometría oculta de los surrealistas también le fascinan. Se ha inspirado además en autores españoles como Ángel Torres Quesada o Arturo Pérez Reverte Tras ganar el premio Minotauro 2010, ha seguido publicando ciencia ficción y fantasía, alternándola con el género del terror. Con Minotauro publicó en 2011 “Hija de lobos”, un relato de horror gótico emplazado en el siglo XIX, y la trilogía juvenil de los “Heraldos” con la editorial Hidra, con gran éxito de crítica. Su novela “Ecos” es Finalista al Premio Celsius de Ciencia Ficción y Fantasía.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: LA ASOMBROSA HISTORIA DE ENRIQUE Y EL HORROR TENTACULAR DE VENUS (nº 107), EL ARCHIVISTA (nº 109), EFECTO CAMPO (nº 118), EMPALME EN LA CINTA DE MOEBIUS (nº 160), YSOBELT Y LOS VISIONAUTAS (nº 161), EL ÁGUILA TATUADA (nº 172), LA HABITACIÓN OSCURA (NOVELA CORTA) (nº 201), LA ESCRITORA (nº 228), AVENIDA AMONÍACO (nº 260), EL BAOBAB DE LAS PALABRAS (nº 261), ONIROMANTE (nº 274), PAUSA PARA EL CAFÉ (nº 285), TODO ESTÁ LLENO DE TRANK (nº 292); en Urbys: LA ÓPERA DE TODOS LOS FANTASMAS, LA FÁBRICA DE COMPRIMIDOS, LA FINCA ENTROPÍA, EL BAR DE SAN JOSÉ 5


2 Respuestas a “«Tecnómadas: Capítulos 19, 20», Víctor Conde”
  1. Alejandro dice:

    Hola estimados, solamente quiero felicitarlos por la elección de la historia, me _encanto_, me la he liedo de un solo tiron, hace bastante que no leia algo de Victor, si recuerdo que no es la primera vez que me deja tan sorprendido y gratificado.
    Reciban cordiales saludos, y mis mejores deseos para el 2021.
    Alejandro.-

  2. El Demiurgo dice:

    Una muy interesante historia, muy creativa, muy original.
    Pero pienso que habría sido mejor, para mi gusto, si Arthenis hubiera llegado al último capítulo. Era el gran personaje. Y de no haber sobrevivido para el final, por lo menos merecía la revelación final.

    O por lo menos haber sido mencionada, como una aliada tan fundamental para la historia.

  3.  
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