¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de marzo 2010

ARGENTINA

La inscripción en la puerta le indicaba a cualquier persona a la que le interesara que el salón detrás de ella era la sala de reuniones número 12 del Senado Galáctico, y lo hacía en los siete millones de idiomas galácticos más importantes. Desafortunadamente, el hecho de que era una puerta de tamaño promedio significaba que las siete millones de inscripciones delicadamente talladas eran demasiado chicas para ser leídas por cualquier especie inteligente salvo los Grinbeggs, de Wornpool, lo cual era irónico ya que el grinbegés no era uno de los idiomas inscriptos debido a que jamás había sido muy importante. Además, los Grinbeggs se habían volado en pedacitos en una guerra atómica varios miles de millones de años atrás.

A pesar de este ejemplo trágicamente típico de la actividad política, todavía era posible encontrar la sala. En algún momento, alguien simplemente había tallado doce líneas profundas en la madera lo cual permitiría que cualquier ser pensante, sin importar el idioma, ¡y hasta los políticos galácticos!, la pudieran identificar correctamente, lo cual les podría evitar la vergüenza de aparecer en la reunión equivocada o, lo que sería aún peor, aparecer en la reunión correcta y que los obligaran a trabajar.

Igual, era poco probable que alguien entrara desprevenido a esta reunión en particular. A través de los solemnes y venerables pasillos del edificio casi sagrado del Senado Galáctico, reverenciado a lo largo del tiempo como centro de toda civilización inteligente, el sonido de discusión, lloriqueo y la ocasional violencia menor sólo podía significar una cosa: la reunión bimestral del comité permanente de quejas contra los humanos se encontraba en plena sesión.

El director del comité, un Lo’Ohik con un ojo y múltiples tentáculos, resplandeciente en su monóculo amarillo enjoyado que tenía cierta similitud a la lente de un láser de defensa planetaria, observó la sala. Lo hizo con aire de poco entusiasmo. La reunión había sido un desastre hasta ese momento, y no había perspectivas de que finalizara pronto.

Medio salón se encontraba separado del resto por una soga. Un equipo de limpieza estaba raspando el techo para limpiar de él los restos del senador de Twilliz, que había estado dando una diatriba apasionada acerca de algún comportamiento humano u otro cuando se puso demasiado emocional y explotó. Era una conducta perfectamente normal para un Twilliz, por supuesto, pero dificultaba la concentración de los demás senadores, además de generar un enchastre importante.

El resto de la sala no estaba mucho mejor, afeada por el hecho de que aún contenía a los senadores sobrevivientes y todavía más por el hecho de que estaban todos hablando al mismo tiempo.

—¡Orden! —gritó el director, que había llegado a su exaltada posición no por ser poseedor de algún talento o perspicacia política, sino por la feliz casualidad de que tenía doce tentáculos. Cada tentáculo era capaz de sostener un martillo, su sonido era suficiente para llamar al silencio hasta a la turba más ruidosa cuando eran aplicados de manera simultánea. Esto fue lo que el director hizo.

Con mucho movimiento de torsos y reacomodamiento de tentáculos, los senadores de las otras razas giraron a mirarlo. Les aplicó una mirada fulminante (para lo que también estaba particularmente bien adaptado) y, satisfecho de que se encontraran todos en silencio por el momento, continuó:

—De acuerdo con lo que dice la agenda, en este, el decimocuarto día de la reunión, estaremos tomando una queja del embajador de los Glubianos.

Una pelota de carne rosada vestida en un cinturón de batalla metalizado respondió al llamado. Se encontraba suspendida unos treinta centímetros arriba de su asiento, sobre una columna de aire que era succionado a través de dos hendijas en la parte superior de su torso, pasado por un sistema complicado de vejigas, y expulsado a alta velocidad por unos orificios en la parte inferior.

Fue reconocido rápidamente por los otros senadores, a quienes, a pesar de sus propias preocupaciones, les complacía dejar que el glubiano dijera lo suyo y se fuera. El aire que ha atravesado a un glubiano nunca vuelve a ser el mismo.

El embajador se movía nerviosamente de lado a lado con chorros de aire secundarios, haciendo pequeños movimientos espasmódicos similares a los que hacen los anfibio-pollos de Betelgeuse al morir, señal de agitación extrema.

—Es mi deber informarles de novedades tristes —dijo—. Zend Plurez el decimosegundo, líder del Trío Estrella Azul, ha muerto.

Aunque esta noticia seguramente era de una importancia suprema para la raza y cultura glubiana, debe admitirse que los tríos glubianos (que hacen música silbando notas de distintas frecuencias variando la salida de aire de sus cuerpos) nunca habían sido populares en el Senado Galáctico, en parte debido a que los miembros de ese augusto cuerpo tenían una cantidad casi ilimitada de opciones recreativas, pero más que nada porque los tríos glubianos no eran muy buenos.

Un coro de “¿Quién?” y “¿Eso qué es?” y hasta un “Sí, es correcto. Doble queso con anguilas de azufre a la sala doce”, recibieron a esta proclamación. El zumbido fue tal que el director tuvo que levantar sus martillos de manera amenazante antes de que retornara el silencio.

El director ponderó gravemente las novedades del glubiano antes de responder.

—¿Y?

—¡Está muerto!—dijo el glubiano.

—Sigo sin ver qué relevancia tiene, aunque le mando mi pésame a toda tu raza.

—No murió así nomás. ¡Fue asesinado! —Y, haciendo una pausa para dar un mayor efecto dramático, dio el veredicto— ¡Por humanos!

Lo que siguió fue el pandemonio. Algunos senadores le gritaron a otros que aquí se encontraba la oportunidad que habían estado esperando todos estos años. El asesinato de una celebridad galáctica, sin importar cuán insignificante fuera, era un crimen que nadie podía hacer pasar como un simple accidente. ¡Si lograban condenar a la humanidad por este hecho, por ahí podrían ponerle fin a esta amenaza!

El director, habiendo escuchado este tipo de cosas docenas de veces en el transcurso del último año, fue un poco más cauto. No se iba a ilusionar así nomás, no podía permitírselo. Levantando sus martillos, empleó todos sus tentáculos para restablecer el orden.

—¿Podrías darnos mayores detalles acerca de la muerte del señor Ploopy?—le preguntó al glubiano.

—Plurez.

—¿Eh?

—Su nombre era Plurez, era el más grande de los silbadores de octava aguda de la galaxia—dijo el embajador, petulantemente.

El director se limitó a mirarlo, al parecer al borde de golpear la mesa nuevamente, levantando un martillo y llevándolo a la mesa de forma distraída, sólo para levantar otro sin darse cuenta. Su mirada decía que estaba contemplando un cambio de carrera y que el homicidio múltiple y la venta de plásticos, no necesariamente en ese orden, eran sus preferencias actuales.

A pesar de las enormes diferencias entre sus especies y sus expresiones faciales, el glubiano logró comprender el mensaje. Se apuró a continuar.

—Murió en un accidente de nave espacial, tomando acción evasiva para escapar de humanos.

—Ah, ¿así que estaba siendo atacado?—preguntó el director, una pequeña luz de esperanza en sus ojos. ¿Podría esto ser útil después de todo?

—Eh… no. No precisamente. Lo que pasa es que estaba embarcado con un conjunto sexual krenoide entero cuando los humanos lo encontraron.

—¿Soldados?

El glubiano se desinfló y rebotó contra el asiento debajo de él.

—Paparazzi —dijo.

El director le tiró con un martillo. De todas las estupideces que lo hacían perder el tiempo…

—¿Por qué no les disparó, y listo?—preguntó exasperado.

Después de cuidadosa consideración, la ley galáctica había juzgado que la única manera de mantener una galaxia civilizada y relaciones cordiales entre miembros de diversas profesiones y clases sociales era que fuera obligatorio que los ciudadanos les dispararan a los paparazzi en cuanto los veían. Inicialmente, la ley permitía hacer disparos de advertencia pero, al final, la compasión y el sentido común ganaron la batalla, y fue requerido apuntar a la cabeza.

—Lo hemos intentado—dijo el glubiano—, pero los humanos siempre nos envían estas cartas de queja. Les explicamos la ley miles de veces, pero parece que no entienden.

El resto de los presentes señalaron su acuerdo: cabezas que asentían y tentáculos que se movían eran visibles alrededor de la mesa. El director se limitó a suspirar.

—No hay nada que podamos hacer. Perdón—dijo.

La decepción se apoderó de la sala.

—¿Quién sigue?

El senador de la Confederación de los Bestitontos se puso de pie. Aproximadamente humanoide, estaba cubierto por un pelaje azul y era de la altura promedio para un ser inteligente.

—¿Qué clase de nombre es Bestitonto? Nunca escuché hablar de esa especie—dijo una voz muy pequeña desde algún lugar cercano al centro de la mesa. Todos los presentes inmediatamente reconocieron a la embajadora de los áznidos, aunque no todos podían verla, debido a que era más o menos tan alta como media taza de café y a que estaba oculta detrás de la hoja de la agenda. Dejó de lado la agenda y se reveló como un bípedo con exoesqueleto, vestido con una armadura de aluminio negra y sentado de forma algo precaria en el cartel del embajador de los Zilg (el cartel era un triángulo que decía que los Zilg se disculpaban por su ausencia y que, aunque moralmente estaban de acuerdo con los objetivos de la cruzada, no estarían físicamente en la reunión debido a que todas las demás razas les resultaban increíblemente aburridas).

—Buena pregunta —dijo el director—. ¿Qué es un Bestitonto? A mí me parecés un Klingon.

El Bestitonto pareció sonrojarse.

—Bueno, así solíamos llamarnos —dijo—. Desafortunadamente, los humanos nos hicieron un juicio por la violación de derechos de propiedad intelectual, diciendo que el nombre de nuestra especia fue robado de algún programa de entretenimiento. Nos reímos y lo ignoramos, por supuesto, pero mandaron sus abogados. Así que sacamos documentación que demostraba que nosotros nos llamábamos Klingons mucho antes de que sus ancestros simios malolientes bajaran de los árboles.

—¿Y qué pasó?

—Le dieron una mirada a la montaña de evidencia y la descartaron, argumentando que no sólo estaba en un idioma extranjero, sino que encima no había sido debidamente notariada por escribano. Y después nos hicieron un juicio por daños y perjuicios.

Hubo una pausa incómoda. Nadie quería preguntar qué había pasado después. Seguro que era la misma historia, repetida una y otra vez desde que los humanos habían sido descubiertos treinta períodos fiscales antes e invitados a formar parte de la sociedad galáctica.

Finalmente, el director rompió el silencio.

—¿Y?

—¿Pueden creerque la corte de primera instancia galáctica les dio la razón? Y lo más ridículo es que nos hicieron pagar por daños y perjuicios hasta un momento diez mil años antes de que la humanidad tal como la conocemos existiese, ¡usando nuestra propia evidencia para demostrarlo!—El Bestitonto parecía estar cerca del llanto—. Por supuesto que estamos apelando, ¡pero eso podría tomar siglos!

—Trágico. ¿Pero por qué Bestitonto?

—Todo lo demás estaba tomado. Los humanos nos presentaron una lista de alternativas aceptables —el senador hizo una pausa y esbozó una mueca de asco— y ésta era la menos embarazosa.

—Realmente no parece que podamos hacer nada al respecto, salvo desearles suerte con la apelación. Ustedes saben que no podemos ir en contra de las cortes. Mis disculpas.

—No esperábamos una resolución —dijo el embajador, mirando a las criaturas agrupadas con una expresión de desdén poco disimulado—. Vinimos a hacerles una propuesta. La armada espacial de los Bestitontos… ¡no, de los Klingon!, está lista para borrar a la humanidad de la galaxia. No más problemas. No más sesiones. Sólo ¡puf! Y no están más.

—No hay manera. Y te tendría que reportar —dijo el director con tristeza.

—¡Por favor! ¡Sólo controlan cuatro sistemas! Podemos eliminarlos para fines de la semana que viene. Nadie los va a extrañar.

—Son una raza inteligente y parte de la Hermandad Galáctica, sin importar qué tan molestos sean.

—¡Pero lo único que aportan a la Hermandad son abogados de mala muerte!

De repente, un estruendo originado en un costado inesperado hizo que todos se sobresaltaran. El senador rurrugrense, silencioso hasta ese momento, se alzó en toda su estatura, haciendo que sus cuernos casi raspasen el techo, y comenzó a golpear la mesa, gritándole a la asamblea.

—¡No! —aulló— ¡Eso no es lo único que exportan! Uy, perdón.

Este último comentario, lejos de ser parte de su diatriba, fue causado por el hecho de que, al golpear la mesa, había aplastado a la diminuta delegada de los áznidos, transformándola instantáneamente en un charco de moco verde y una armadura negra de aluminio muy abollada.

La asamblea fue forzada a entrar en un cuarto intermedio mientras el equipo de limpieza se tomaba un descanso de la tarea de rasquetear el techo para empujar respetuosamente los restos mortales de la áznida de la mesa y hacerlos caer en un tacho de basura con una toallita húmeda.

La muerte de un senador de una raza a manos de uno de otra normalmente hubiera sido causal de una guerra larga y sangrienta, pero en este caso no lo era. Los áznidos, debido a su diminuto tamaño, habían visto accidentes de este tipo (y el conflicto asociado que siempre los acompañaba) tantas veces que eventualmente se habían cansado y decidieron hacer lo mejor de una situación mala. Todos los embajadores áznidos ahora eran enviados en paquetes de seis, y venían con un rollo de toallas de cocina de regalo.

El rurrugrense, un poco más sombrío, continuó.

—No sólo exportan abogados —dijo—. También parecen ser una fuente inagotable de dementes suicidas. Y, como sus sistemas están más cerca de nosotros que de cualquier otra raza, nosotros los estamos sufriendo de manera increíble.


Ilustración: TUT

Todos los presentes se acomodaron en sus asientos para otra historia de sufrimiento. Ya conocían la rutina, habiendo asistido a innumerables reuniones iguales a ésta.

—El primer grupo de misioneros humanos que aterrizó en nuestro planeta fueron los vegetarianos. Sostenían que sólo se podía ver la luz a través del completo descarte de la carne animal. Hablaron de cómo los animales tienen sentimientos también, y de que hasta el ganado tiene derechos. Ah, y hablaron apasionadamente acerca del colesterol.

—Sí —dijo el director—. Nuestro primer contacto con la humanidad fue similar. Nos dijeron que no comiéramos animales. Tristemente, un desperfecto en las traducciones nos hizo pensar que se estaban ofreciendo en lugar de los animales, y tuvimos uno de los mejores asados de la historia. Creíamos que todos estaban contentos. Hasta que llegó la carta de queja, por supuesto.

El director encogió sus hombros, un gesto impactante en alguien con tantos tentáculos.

—Pero —continuó el rurrrugrense—, ¿pueden imaginarse la estupidez de intentar algo así con nosotros? Somos carnívoros desde el principio de los tiempos y nuestros cuerpos están adaptados a la caza, degollando y cortando carne. No sólo eso, la caza siempre ha sido un rito de pasaje y un factor determinante en la asignación del status social.

Hizo una pausa larga, agitando su cornuda cabeza.

—Todavía no entiendo cómo lograron tener éxito —dijo finalmente—, pero lo hicieron. Muy pronto descubrimos que nuestros cuerpos no podían digerir la vegetación, y la mitad de nuestra especie se murió en medio mes. Para cuando volvimos a nuestros cabales y nos estábamos preparando para eliminarlos con lo que quedaba de nuestra flota, todo lo que quedaba de Rurrugr era un carozo debilitado, que no tuvo la suficiente fuerza de voluntad para resistir la llegada de los siguientes misioneros.

—¿Más vegetarianos?

—¡Vegetarianos pacifistas!

Todos se quedaron sentados (o reclinados, o flotando) en silencio, con su atención completa sobre cada palabra, mientras el senador continuaba.

—En este momento —dijo— sólo quedan catorce rurrugreses vivos en la galaxia, insuficientes para nuestras ceremonias de procreación. Estamos condenados a la extinción.

Esta proclamación fue recibida con un silencio solemne. En una galaxia de este tamaño, por supuesto, hay especies entrando en extinción todo el tiempo, pero todavía está considerado de mala educación en la sociedad el preguntar por el tamaño, recursos minerales y locación de planetas que pronto se encontrarán vacíos en situaciones como ésta.

—Como no hay esperanza para nuestra raza, vengo a hacer un pedido en su memoria. Presento una moción para que este comité declare peste a la humanidad y los elimine de la existencia.

—Para eso necesitarás una decisión unánime —dijo el director—, no es algo a intentar a la ligera.

—Aún así, pido la votación.

 

***

 

Había veinte senadores con privilegios de voto en este sub-comité en particular. Pasó un tiempito mientras aquellos que no estaban físicamente presentes fueron arreados y se les explicó la situación. Cada cual entró en su cabina de voto, sellada para estos procedimientos secretos.

El director esperó impacientemente. No estaba permitido su voto, salvo para actuar como desempate.

Cada cabina contenía dos botones en una consola, que enviaban el resultado de la votación a una pantalla en la pared: números verdes para votos a favor, rojos indicando desacuerdo.

El número diecinueve se iluminó en verde de manera casi inmediata. Todas las conversaciones se detuvieron y la tensión se incrementó. ¡Sólo se necesitaba un voto más! Pero luego de una pausa, una solitaria luz roja se encendió. La moción había sido derrotada.

Los senadores con derecho a voto miraron a su alrededor en forma acusadora, tratando de identificar al culpable a medida que salían de sus cabinas. Rápidamente fue aparente que el senador weevilense estaba intentando perderse entre la multitud con inocencia exagerada, mientras, al mismo tiempo, se deslizaba hacia la salida. Velozmente capturado, fue llevado al lugar donde el director presidía sobre un pequeño grupo de delegados.

—En el nombre de la Hermandad Galáctica, ¿qué estabas pensando? —rugió el ex Klingon— ¡Teníamos nuestra chance de finalmente deshacernos de este cáncer y la arruinaste!

—Les pido disculpas —dijo el weevilense, su lenguaje corporal indicando tristeza genuina—. No tuve opción.

—¿Por qué demonios no?

—Nuestra raza no puede darse el lujo de deshacerse de los humanos todavía. Somos todos adictos a algo llamado Coca-Cola, y sólo ellos tienen la fórmula. Y encima sólo un pequeño grupo de ellos, un sacerdocio o algo que ellos llaman una “compañía”. Pero no estamos demasiado preocupados al respecto. Tenemos a nuestra mejor gente estudiando su vegetación y trabajando para reproducir la fórmula. Deberíamos estar bien en un par de años y después ustedes pueden avanzar y borrarlos del mapa.

A pesar del enojo, cabezas y tentáculos asintieron con conmiseración. Todas estas razas habían tenido algún encuentro similar con esos malditos humanos. Todos podían simpatizar.

El director, por su parte, emitió un pequeño suspiro de alivio. No estaba del todo en contra de esperar un par de años, a pesar de que estas reuniones bimensuales hacían que su vida laboral fuera un infierno. Su preocupación particular era que la humanidad parecía ser la única raza capaz de mantener en funcionamiento el nuevo software de su oficina. Esto era entendible, en cierta forma, porque era un sistema humano. ¿Pero cómo podía ser que nadiemás en la galaxia pudiera descifrar la lógica (o ilógica, como la llamaba un amigo programador) de la última versión? Confiaba en que los problemas, tal como se había prometido, serían resueltos en el nuevo Windows Hiperespacial 2634 que llegaría en un par de años. Y después la humanidad podía ser eliminada con mínimas molestias.

Sólo rezaba para que no fuera demasiado tarde.

 

 

Gustavo Bondoni es un autor argentino que escribe principalmente en inglés. Su obra ha sido editada (impresa y en internet) en Europa, Canadá y Estados Unidos. Sus cuentos de ciencia ficción fueron publicados en “Ruins Extraterrestrial”, “Escape Velocity”, “Jupiter”, “Scribal Tales” y “Science Fiction” (Dinamarca). También ha publicado obras de otros géneros. El cuento Tiempo de descuento fue publicado originalmente como Borrowed Time en la antología de ciencia ficción “Ruins Extraterrestrial” por la casa estadounidense Hadley Rille Books. Es la primera vez que la obra de Gustavo aparece en castellano. Su sitio en internet (en inglés) es Bondoni. Hemos publicado en Axxón: TIEMPO DE DESCUENTO (182), DÉCIMA ÓRBITA (190)

 


Este cuento se vincula temáticamente con EL GUIÓN, de Diego Gualda, RAZA SUPERIOR, de Guillermo Galli, CONVIDADOS DEL FUTURO, de José Altamirano

 

Axxón 206 – marzo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Futuro imaginario : Extraterrestres : Humor : Argentina : Argentino).

 

 


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