¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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Capítulo 17

Así fue que le contamos. Me resultó muy divertido, en realidad. Siempre me entusiasma enseñar a otros a usar la tecnología. Es genial observar a la gente cuando descubre que la tecnología que la rodea puede utilizarse para tener una vida mejor. Ange también era genial. Formábamos un equipo excelente. Nos complementábamos en la explicación de cómo funcionaba todo. Por supuesto, Barbara era bastante buena en todos esos temas, además.

Descubrí que había cubierto las cripto-guerras, el período de comienzos de los ’90 cuando grupos defensores de las libertades civiles, como la Electronic Frontier Foundation, lucharon a favor del derecho de todos los norteamericanos a usar criptografía de alto vuelo. Yo apenas sabía algo de ese período, pero Barbara lo explicaba de una manera que me hacía poner la piel de gallina.

Hoy en día suena increíble, pero hubo una época en que el gobierno clasificaba a la criptografía de munición y, en bien de la seguridad nacional, había determinado que era ilegal que cualquiera la exportara o utilizara. ¿Entiendes? Antes había matemática ilegal en este país.

La Agencia Nacional de Seguridad (NSA) era la que verdaderamente movía los hilos. Tenían una cripto estándar que, decían, era lo bastante fuerte para que la usaran los bancos y sus clientes, pero no tan fuerte para que la Mafia pudiera mantener en secreto sus cuentas. Se decía que la estándar, DES-56, era prácticamente indescifrable. Entonces, uno de los millonarios co-fundadores de la Electronic Frontier Foundation (EFF) construyó un descifrador de la cripto DES-56 que costó 250.000 dólares y que logró descubrir el cifrado en dos horas.

No obstante, la NSA argumentó que esa cripto podía evitar que los ciudadanos norteamericanos guardaran secretos que la Agencia no pudiera descubrir. Entonces, la EFF asestó el golpe mortal. En 1995, representaron ante los tribunales a un estudiante de posgrado de matemáticas, de la universidad de Berkeley, llamado Dan Bernstein. Bernstein había escrito un tutorial de criptografía que contenía código de computadora con el que se podía crear un cifrado más fuerte que el DES-56. Millones de veces más fuerte. Desde el punto de vista de la NSA, eso convertía al artículo en una arma y, por lo tanto, en algo impublicable.

Bueno, puede ser difícil lograr que un juez comprenda la criptografía y lo que ella implica pero, por lo visto, a los jueces término medio del Tribunal de Apelación no los entusiasma mucho la idea de decirles a los estudiantes de posgrado qué clase de artículos tienen permitido escribir. La cripto-guerra terminó con la victoria de los chicos buenos, cuando el Tribunal de Apelación del Distrito 9º dictaminó que el código era una forma de expresión protegida por la Primera Enmienda: «El Congreso no dictará leyes que restrinjan la libertad de expresión». Si alguna vez has comprado algo por Internet, o enviado un mensaje secreto, o revisado el balance de tu cuenta de banco, utilizaste cripto legalizada gracias a la EFF. Menos mal, porque la NSA no es tan astuta. Cualquier cosa que ellos pueden crackear, también pueden crackearla los terroristas y los mafiosos.

Barbara había sido una de los tantos periodistas que se habían ganado una reputación por informar sobre el tema. Había pagado su derecho de piso cubriendo los coletazos del movimiento por los derechos civiles de San Francisco, y reconocía la similitud entre al pelea a favor de la Constitución en el mundo real y en el ciberespacio.

Por eso nos entendió. Creo que no hubiera podido explicar el asunto a mis padres, pero con Barbara fue fácil. Nos hizo preguntas inteligentes sobre nuestros protocolos criptográficos y procedimientos de seguridad, a veces sobre cosas que no sabíamos contestar y otras veces señalando las potenciales fallas de nuestros procedimientos.

Enchufamos la Xbox y nos conectamos. Había cuatro nodos de WiFi abiertos, visibles desde la sala de reuniones, y le dije que los intercambiara a intervalos aleatorios. También lo entendió. Una vez que te conectas a la Xnet es como la Internet, con la diferencia de que ciertas cosas son algo más lentas y que todo es anónimo e indetectable.

—¿Y ahora qué? —dije cuando nos aplacamos. Había hablado hasta quedarme sin saliva y el café me había provocado una terrible sensación de acidez. Además, Ange no paraba de apretarme la mano debajo de la mesa, de un modo que me hacía desear acabar con todo y encontrar un sitio privado donde pudiéramos terminar de concretar nuestro vuelo de bautismo.

—Ahora haré periodismo. Ustedes se van y yo investigo todo lo que me han contado y trato de confirmarlo en la extensión que pueda. Los dejaré leer lo que voy a publicar y les avisaré cuando se acerque la transmisión en vivo. Preferiría que ahora no hablaran con nadie más de esto, porque quiero la primicia y porque quiero asegurarme de tener la historia antes de que se ensucie con las especulaciones de la prensa y los operativos de distracción del DSI.

«Sin duda, tendré que llamar al DSI para solicitar sus comentarios antes de la publicación, pero lo haré de la manera que más los proteja a ustedes. También les aseguro que los pondré al tanto antes de que ocurra todo eso.

«Hay una cosa que quiero aclararles: esta historia ya no es de ustedes. Es mía. Fueron muy generosos al entregármela y trataré de devolverles el regalo, pero ya no tienen derecho a eliminar nada, a modificar nada ni a detenerme. Ahora ya se puso en movimiento y no va a parar. ¿Lo comprenden?

No había pensado en esos términos, pero ahora que lo mencionaba era obvio. Significaba que yo ya había lanzado el cohete y que no podría recuperarlo. Iba a dar en el blanco, o se saldría de curso, pero ya estaba en el aire y eso no se podía cambiar. En algún momento del futuro cercano, dejaría de ser Marcus… sería una figura pública. Sería el chico que había soplado el silbato para marcar la infracción del DSI.

Sería un muerto caminando.

Supongo que Ange pensaba lo mismo, porque se había puesto de un color que estaba entre el blanco y el verde.

—Salgamos de aquí —me dijo.

 

 

***

 

La madre y la hermana de Ange habían salido de nuevo, lo que me facilitó la decisión de dónde pasaríamos la noche. La hora de la cena había pasado hacía mucho, pero mis padres sabían que me reuniría con Barbara y no protestarían si aparecía tarde.

Cuando llegamos a lo de Ange, no sentí ningún apremio por enchufar mi Xbox. Ya había tenido toda la dosis de Xnet que podía asimilar en un día. Sólo pensaba en Ange, Ange, Ange. Vivir sin Ange. Saber que Ange estaba enojada conmigo. Que Ange nunca volvería a hablarme. Que Ange nunca volvería a besarme.

Ella había pensado lo mismo. Lo vi en sus ojos cuando cerramos la puerta de su dormitorio y nos miramos. Tenía hambre de ella, igual que cuando ansías la cena después de no comer durante días. Como ansías un vaso de agua después de jugar al fútbol tres horas seguidas.

Pero no era nada parecido. Era más. Era algo que nunca antes había sentido. Quería comérmela entera, devorarla.

Hasta ahora, ella había sido la más sexual de nuestra relación. Yo la había dejado marcar y controlar el ritmo. Era fantásticamente erótico que ella me agarrara y me sacara la camisa, que atrajera mi rostro hacia el suyo.

Pero esta noche no podía contenerme. No quería contenerme.

La puerta se cerró con un clic y yo busqué el dobladillo de su camiseta y se la arranqué, casi sin darle tiempo a levantar los brazos cuando se la pasaba por la cabeza. Me saqué la camisa de un tirón por encima de mi propia cabeza, oyendo que el algodón crujía al abrirse las costuras.

Sus ojos brillaban, su boca estaba abierta, su respiración era rápida y superficial. La mía también; mi aliento, mi corazón y mi sangre rugían en mis oídos.

Quité el resto de nuestra ropa con el mismo entusiasmo, arrojando todo a la pila de prendas sucias y limpias que había en el suelo. La cama estaba cubierta de libros y periódicos; los aparté con un movimiento de brazo. Aterrizamos en la cama deshecha un segundo después, abrazados, apretándonos como si quisiéramos atravesar el cuerpo del otro. Ella gimió en mi boca y yo le respondí con otro gemido, y sentí que su voz hacía vibrar mis cuerdas vocales, experimentando una intimidad mayor que cualquiera que hubiera sentido.

Se separó y buscó en la mesa de noche. Abrió un cajón de golpe y arrojó una bolsa blanca de farmacia delante de mí. Miré el interior. Condones. Trojan. Una docena, con espermicida. Aún envasados. Le sonreí, y ella me sonrió, y abrí la caja.

 

 

***

 

Había pensado durante años en cómo sería. Lo había imaginado cien veces por día. Algunos días, prácticamente no había pensado en otra cosa.

No era como lo esperaba. Algunas partes eran mejores. Otras partes eran mucho peores. Mientras ocurría, se sentía como una eternidad. Después, parecía que había sucedido en un abrir y cerrar de ojos.

Después, me sentía igual que antes. Pero también distinto. Algo había cambiado entre nosotros.

Era raro. Nos pusimos la ropa con pudor y dimos vueltas por la habitación, mirando a otro lado, sin buscar los ojos del otro. Envolví el condón en un pañuelo de papel que saqué de una caja junto a la cama, lo llevé al baño, lo envolví con papel higiénico y lo metí en las profundidades del cesto de basura.

Cuando volví, Ange estaba sentada en la cama, jugando con la Xbox. Me senté cuidadosamente junto a ella y la tomé de la mano. Volvió el rostro hacia mí y sonrió. Estábamos agotados, temblorosos.

—Gracias —le dije.

No respondió nada. Volvió a mirarme. Tenía una sonrisa enorme, pero unas lágrimas gordas corrían por sus mejillas.

La abracé y ella se aferró de mí con fuerza.

—Eres un buen hombre, Marcus Yallow —susurró—. Gracias.

Yo no sabía qué decir, pero le apreté la espalda. Finalmente, nos separamos. Ya no lloraba, pero seguía sonriendo.

Señaló mi Xbox, que estaba en el suelo, al lado de la cama. Entendí el gesto. La levante, la enchufé y me conecté

Lo mismo de siempre, lo mismo de siempre. Muchos correos. Nuevos posteos en los blogs, que leí uno tras otro. Spam. Dios, recibía mucho spam. Mi casilla de correo sueca era repetidamente utilizada para campañas de spam; la hacían figurar como dirección de respuesta en spams enviados a cientos de millones de cuentas de Internet, de modo que todos los rebotes y mensajes furiosos me llegaban a mí. No sabía quién estaba detrás de eso. Tal vez el DSI, tratando de saturar mi casilla. Tal vez sólo gente que hacía bromas pesadas. No obstante, el Pirate Party tenía filtros bastante buenos y le daban a cualquiera que lo solicitara 500 gigabytes de capacidad de almacenamiento de correos, o sea que no era muy probable que mi cuenta se ahogara en el futuro cercano.

Filtré todo, pulsando con fuerza la tecla de borrado. Tenía otra casilla separada para lo que venía encriptado con mi clave pública, que probablemente tenía relación con la Xnet y era delicado. Los spammers aún no habían descubierto que usar claves públicas podía convertir su correo basura en algo más plausible, de modo que, por ahora, esto funcionaba bien.

Había un par de docenas de mensajes encriptados, gente de la red de confianza. Los leí rápidamente: enlaces a videos y fotos de nuevos abusos del DSI, cuentos de terror de personas que se habían salvado por un pelo, quejas por material que yo había subido al blog. Lo habitual.

Entonces encontré un correo que sólo estaba encriptado con mi clave pública. Eso significaba que ningún otro podía leerlo, pero no tenía idea de quién lo había escrito. Decía que era de Masha, que podía ser un seudónimo o un nombre. No sabía cuál de los dos.

>M1k3y

>No me conoces, pero yo te conozco.

>Me arrestaron el día que explotó el puente. Me interrogaron. Decidieron que era inocente. Me ofrecieron trabajo: ayudarlos a cazar a los terroristas que habían asesinado a mis vecinos.

>En ese momento, me pareció un buen convenio. No tenía la menor idea de que mi verdadero trabajo sería espiar a los chicos que se resistían a ver su ciudad convertida en un estado policial.

>Me infiltré en la Xnet el día de su lanzamiento. Estoy en tu red de confianza. Si quisiera revelar mi identidad, podría enviarte un correo desde una dirección de tu confianza. Tres direcciones, en realidad. Estoy totalmente dentro de tu red, como sólo alguien de diecisiete años puede estarlo. Algunos correos que has recibido contienen información engañosa cuidadosamente seleccionada, que te envié yo con este y otros seudónimos.

>No saben quién eres, pero se están acercando. Continúan obligando a la gente a cambiar de opinión, a comprometerse. Corroen las redes sociales y usan amenazas para convertir a los chicos en informantes. En la Xnet hay centenares de personas trabajando para el DSI en este mismo momento. Tengo sus nombres, seudónimos y claves. Privadas y públicas.

>Pocos días después del lanzamiento de la Xnet, nos pusimos a trabajar para crackear el ParanoidLinux. Hasta ahora, sólo se han logrado mejoras pequeñas e insustanciales, pero el quiebre es inevitable. Si descubrimos un crack innovador, estás muerto.

>Creo que puedo asegurarte que, si mis jefes se enteran de que estoy escribiendo esto, me encerrarán en Guantánamo de la Bahía hasta que sea una anciana.

>Y aunque no puedan crackear el ParanoidLinux, hay versiones envenenadas de la ParanoidXbox dando vueltas por ahí. No coinciden con las sumas de verificación, pero ¿cuánta gente se fija en las sumas de verificación, además de ti y de mí? Hay muchos chicos que ya están muertos, aunque no lo saben.

>Lo único que falta es que mis jefes decidan cuándo es el mejor momento para arrestarte y causar el mayor impacto en la prensa. Ese momento llegará más temprano que tarde. Créeme.

>Posiblemente te preguntarás por qué te cuento todo esto.

>Yo también.

>Esos son mis antecedentes. Acepté pelear contra los terroristas. En cambio, estoy espiando a norteamericanos que creen en cosas que al DSI no le gustan. No a la gente que planea volar nuestros puentes, sino a los que protestan. Ya no puedo hacerlo más.

>Pero tú tampoco, lo sepas o no. Como te dije, es sólo cuestión de tiempo que vuelvas a estar encadenado en Treasure Island. No es «si vuelves»; es «cuando vuelvas».

>Así que terminé con esto. En Los Ángeles hay unas personas. Dicen que me pueden mantenerme a salvo si quiero salir de esto.

>Quiero salir de esto.

>Si quieres venir, te llevaré conmigo. Mejor seguir peleando que convertirse en mártir. Si me acompañas, podemos descubrir juntos cómo vencerlos. Soy tan inteligente como tú. Créeme.

>¿Qué dices?

>Esta es mi clave pública.

>Masha

 

 

***

 

Cuando estés en problemas o en duda, corre en círculos, chilla y grita.

¿Alguna vez escuchaste esa frase? No es un buen consejo, pero es fácil de seguir. Salté de la cama y me puse a caminar de un lado al otro. Tenía el corazón en la boca y mi sangre cantaba: una cruel parodia de cómo me sentía cuando llegamos a casa de Ange. Esto no era excitación sexual; era terror puro.

—¿Qué? —dijo Ange—. ¿Qué?

Señalé la pantalla que estaba de mi lado de la cama. Rodó, agarró mi teclado y movió la punta del dedo sobre el pad. Leyó en silencio. Yo seguí caminando.

—Tiene que ser mentira —dijo ella—. El DSI está jugando con tu mente.

La miré. Se estaba mordiendo el labio. No parecía creer en lo que decía.

—¿Eso piensas?

—Claro. No pueden vencerte, entonces se acercan a ti usando la Xnet.

—Sí.

Volví a sentarme en la cama. Respiraba con agitación otra vez.

—Cálmate —dijo ella—. Son juegos mentales. Mira.

Nunca antes había usado mi el teclado, pero ahora había una nueva intimidad entre nosotros. Oprimió «Responder» y escribió:

>Buen intento.

Ahora también escribía como M1k3y. Estábamos unidos de una forma diferente.

—Fírmalo. A ver qué contesta.

No sabía si era la mejor idea, pero no tenía otras mejores. Lo firmé, lo encripté con mi clave privada y la clave pública que me había dado Masha.

La respuesta fue instantánea.

>Pensé que dirías algo así.

>Aquí tienes un hackeo que no se te ha ocurrido. Puedo tunelear videos por el DNS anónimamente. Aquí tienes unos enlaces a ciertos clips que tal vez quieras ver antes de decidir que soy una mentirosa. Esta gente se está grabando mutuamente, todo el tiempo, para protegerse de las puñaladas en la espalda. Es bastante fácil espiarlos como ellos se espían entre sí.

>Masha

Adjuntaba el código fuente de un programita que, aparentemente, hacía exactamente lo que Masha decía: extraer videos del protocolo del Servicio de Nombres de Dominio (DNS).

Me detendré un momento para explicar algo. Al fin y al cabo, todos los protocolos de Internet son secuencias de texto que se envían de aquí para allá en un orden determinado. Es como tener un camión, poner un auto dentro, luego poner una motocicleta en el maletero del auto, luego amarrar una bicicleta en la parte trasera de la moto y luego colgar un par de patines en la parte trasera de la bicicleta. Salvo que, si lo deseas, también puedes adosar el camión a los patines.

Por ejemplo, tomemos el Protocolo de Transporte de Correo Simple o SMTP, que se usa para enviar correos electrónicos.

Aquí hay una muestra de una conversación entre mi servidor de correo y yo, enviándome un mensaje a mí mismo.

> HELO littlebrother.com.se

250 mail.pirateparty.org.se Hello mail.pirateparty.org.se, pleased to meet you

>MAIL FROM:m1k3y@littlebrother.com.se

250 2.1.0 m1k3y@littlebrother.com.se… Sender ok

>RCPT TO:m1k3y@littlebrother.com.se

250 2.1.5 m1k3y@littlebrother.com.se… Recipient ok

>DATA

354 Enter mail, end with «.» on a line by itself

>When in trouble or in doubt, run in circles, scream and shout

>.

250 2.0.0 k5SMW0xQ006174 Message accepted for delivery

QUIT

221 2.0.0 mail.pirateparty.org.se closing connection

Connection closed by foreign host.

 

 

Que en castellano es:

> HOLA littlebrother.com.se

250 mail.pirateparty.org.se Hola mail.pirateparty.org.se, encantado de conocerte

> CORREO DE:m1k3y@littlebrother.com.se

250 2.1.0 m1k3y@littlebrother.com.se… Remitente ok

>RCBD POR:m1k3y@littlebrother.com.se

250 2.1.5 m1k3y@littlebrother.com.se… Destinatario OK

>DATOS

354 Ingresar correo, terminarlo con «.» en renglón separado

>Cuando estés en problemas o en duda, corre en círculos, chilla y grita

>.

250 2.0.0 k5SMW0xQ006174 Entrega del mensaje aceptada

CORTAR

221 2.0.0 mail.pirateparty.org.se cerrando conexión

Conexión cerrada por host extranjero.

 

 

La redacción de esta conversación fue definida en 1982 por Jon Postel, uno de los heroicos próceres de la Internet, que tenía los servidores más importantes de la red en funcionamiento, literalmente, debajo de su escritorio de la Universidad del Sur de California, en la era paleolítica.

Ahora imagina que chateas con un servidor de correo en una sesión de mensajería instantánea (IM). Podrías enviar un mensaje al servidor que dijera «HELO littlebrother.com.se» y éste respondería «250 mail.pirateparty.org.se Hello mail.pirateparty.org.se, pleased to meet you». En otras palabras, podrías mantener la misma conversación que se produce en el SMTP con un programa de IM. Con las tretas adecuadas, toda la transacción con el servidor de correo podría tener lugar en un chat. O en una sesión de web. O en cualquier otra parte.

Eso se llama «tunelear» (tunneling). Poner al SMTP dentro del «túnel» de un chat. Después, si quieres hacer algo bien raro, puedes volver a poner el chat en un túnel del SMTP: tuneleas el túnel en otro túnel.

De hecho, todos los protocolos de Internet son susceptibles a este procedimiento. Es genial, porque significa que si estás en una red con acceso sólo a la web, puedes tunelear tus correos por allí. Puedes tunelear tu P2P favorito. Hasta puedes tunelear la Xnet, que, de por sí, ya es un túnel para decenas de protocolos.

El DNS es un protocolo interesante y antiguo de la Internet, que data de 1983. Es la forma en que tu computadora convierte el nombre de una computadora, como «pirateparty.org.se», en el número de IP que las máquinas usan en realidad para hablarse entre sí por la red, como 204.11.50.136. Generalmente, parece funcionar como por arte de magia, aunque tiene millones de partes móviles: todos los proveedores de Internet tienen un servidor DNS, igual que la mayoría de los gobiernos y montones de operadores privados. Esas casillas DNS se hablan entre sí constantemente, formulando y cumpliendo solicitudes mutuas, para que, sin importar lo críptico que sea el nombre que escribes en la computadora, puedan convertirlo en un número.

Antes del DNS existía el archivo HOSTS. Créase o no, era un solo documento que contenía una lista de los nombres y direcciones de todas las computadoras conectadas a la Internet. Todas las máquinas poseían una copia. El archivo, finalmente, se volvió demasiado grande para moverlo de un lado al otro y entonces se inventó el DNS, que corría en un servidor instalado debajo del escritorio de Jon Postel. Si el personal de limpieza lo desenchufaba de un golpe, toda la Internet perdía la habilidad de encontrarse a sí misma. En serio.

Hoy en día, el tema es que los DNS están en todas partes. Todas las redes tienen un servidor DNS residente y todos esos servidores están configurados para hablarse entre sí y con personas al azar en toda la Internet.

Lo que había hecho Masha era descubrir la manera de tunelear un sistema de flujo de video por medio del DNS. Dividía el video en billones de fragmentos y escondía cada uno de ellos dentro de un mensaje normal dirigido a un servidor DNS. Al usar su código, pude extraer el video de esos servidores DNS desperdigados por toda la Internet a una velocidad increíble. Los histogramas de la red debieron de registrarlo como algo muy extraño, como si yo estuviese buscando la dirección de todas las computadoras del mundo.

Pero tenía dos ventajas que aprecié enseguida: pude bajar el video a una velocidad pasmosa (apenas terminé de pulsar el primer enlace, comencé a recibir imágenes a pantalla completa, sin fluctuación ni inestabilidad) y yo no tenía idea de dónde estaba el host. Era totalmente anónimo.

Al principio, ni siquiera tuve en cuenta el contenido del video. Estaba totalmente azorado por la astucia del truco. ¿Flujo de video desde un DNS? Era tan extraño e inteligente que prácticamente era perverso.

Gradualmente, comencé a asimilar lo que estaba viendo.

Era una mesa de reuniones dentro de una pequeña habitación con un espejo en una de las paredes. Conocía esa habitación. Había estado sentado allí, mientras la Pelo Corto me obligaba a decirle mi contraseña en voz alta. Había cinco sillas cómodas alrededor de la mesa, cada una con una persona cómoda y vestida con el uniforme del DSI. Reconocí al General de División Graeme Sutherland, comandante del DSI del área de la Bahía, y también a Pelo Corto. Los otros eran desconocidos para mí. Todos miraban una pantalla de video ubicada en un extremo de la mesa, en la que había un rostro infinitamente más familiar.

Kurt Rooney era conocido en toda la nación como el principal estratega del Presidente, el hombre que le había hecho ganar las elecciones al partido por tercera vez y que ahora iba por la cuarta a todo vapor. Lo llamaban «el Implacable» y una vez yo había visto un informe noticioso donde mencionaban que tenía a sus empleados con las riendas cortas, llamándolos, enviándoles mensajes, vigilando todos sus movimientos, controlando todos sus pasos. Era viejo, con el rostro arrugado, ojos de color gris pálido, nariz chata con orificios anchos y abiertos y labios delgados; un hombre que parecía estar oliendo mierda todo el tiempo.

Era el de la pantalla. Hablaba y todos fijaban la atención en esa pantalla, tomando notas tan rápido como podían teclear, tratando de parecer inteligentes.

… dicen que están enojados con la autoridad, pero debemos demostrarle al país que son los terroristas, no el gobierno, los que tienen la culpa. ¿Me entienden? La nación no quiere a esa ciudad. Desde su punto de vista, es una Sodoma y Gomorra de maricas y ateos que merecen pudrirse en el infierno. La única razón por la que el país se ocupa de lo que piensan en San Francisco es que tuvieron la buena fortuna de explotar por los aires gracias a unos terroristas islámicos.

»Estos chicos de la Xnet están llegando al punto en que pueden comenzar a sernos útiles. Cuando más revolucionarios se vuelven, más comprende el resto de la nación que las amenazas están en todas partes.

Su público terminó de teclear.

Podemos controlar eso, creo —dijo la Pelo Corto—. Nuestra gente de la Xnet ha logrado tener mucha influencia. Los bloggers de Manchuria tienen unos cincuenta blogs cada uno e inundan los canales de chat, enlazándose uno con otro, principalmente adhiriendo a la línea partidaria marcada por ese M1k3y. Pero ya han demostrado que pueden provocar acciones radicales, aun cuando M1k3y esté oprimiendo el freno. —El General Sutherland asintió—. Habíamos planeado que permanecieran de incógnito hasta un mes antes de las parciales. —Supuse que se refería a las elecciones legislativas, no a mis pruebas escolares—. Eso, según el plan original. Pero parece que…

—Tenemos otro plan para las parciales —dijo Rooney—. Deben conocerlo, claro, pero por las dudas no planeen ningún viaje para el mes anterior. Ahora, enloquezcan a la Xnet cuanto antes. Mientras sean moderados, representan un lastre. Que sigan siendo revoltosos.

Se cortó el video.

Ange y yo estábamos sentados en el borde de la cama, mirando la pantalla. Ange estiró la mano y lo puso de nuevo. Lo miramos. La segunda vez era peor. Arrojé el teclado a un costado y me levanté.

—Estoy tan asqueado de tener miedo —dije—. Llevémosle esto a Barbara y que publique todo. Que ponga todo en la red. Que me secuestren. Al menos así sabré lo que va a ocurrir. Al menos así tendré alguna pequeña certeza en mi vida.

Ange me abrazó, me calmó.

—Lo sé, amor, lo sé. Es terrible. Pero te estás concentrando en las cosas malas e ignorando las buenas. Has creado un movimiento. Has superado a los idiotas de la Casa Blanca, a los sinvergüenzas uniformados del DSI. Te has colocado en una posición que te permitiría ser el responsable de destapar toda la podredumbre del DSI. Claro que quieren agarrarte. Claro que sí. ¿Acaso lo dudaste siquiera por un momento? Siempre imaginé que querían hacerlo. Pero, Marcus, no saben quién eres. Piénsalo. Toda esa gente, todo ese dinero, las armas y los espías, y tú, un chico de secundaria, de diecisiete años… continúas siendo el vencedor. No saben de Barbara. No saben de Zeb. Los interferiste en las calles de San Francisco y los humillaste frente al mundo. Entonces, deja de deprimirte ¿quieres? Estás ganando.

—Pero vendrán a buscarme. Ya te diste cuenta. Me meterán en la cárcel para siempre. Ni siquiera en la cárcel. Me harán desaparecer, como a Darryl. Tal vez peor. Tal vez, Siria. ¿Por qué me van a dejar en San Francisco? Mientras siga en los EE. UU., soy un lastre.

Se sentó en la cama conmigo.

—Sí —dijo—. Eso.

—Eso.

—Bueno, sabes lo que tienes que hacer ¿verdad?

—¿Qué? —Señaló mi teclado. Vi que le corrían lágrimas por las mejillas—. ¡No! Te volviste loca. ¿Crees que me voy a fugar con una chiflada que apareció en la Internet? ¿Con una espía?

—¿Tienes una idea mejor?

Le di un puntapié a una de las pilas de ropa, haciéndola volar.

—Como quieras. Muy bien. Hablaré con ella un poco más.

—Habla con ella —dijo Ange—. Dile que tú y tu novia quieren escapar.

—¿Qué?

—Cállate, pedazo de idiota. ¿Crees que tú corres peligro? Yo corro un peligro igual, Marcus. Se llama complicidad. Cuando te vayas, me iré contigo. —Tenía la mandíbula hacia fuera en un ángulo rebelde—. Tú y yo… estamos juntos ahora. Tienes que entenderlo.

Nos sentamos en la cama.

—Salvo que no quieras que vaya —dijo ella finalmente, con un hilo de voz.

—Estás bromeando ¿no?

—¿Te parece que estoy bromeando?

—No hay posibilidad de que me vaya sin ti por mi propia voluntad, Ange. Nunca te habría pedido que vinieras, pero estoy fascinado de que te hayas ofrecido.

Sonrió y me arrojó mi teclado.

—Envíale un correo a ese bicho, Masha. Veamos qué puede hacer por nosotros.

Envié el correo, encriptando el mensaje, y esperé la respuesta. Ange buscó mi boca y empezamos a besarnos. Había algo en el peligro y el pacto de escapar juntos que me hacía olvidar el pudor de tener sexo, que me excitaba como los mil demonios.

Estábamos otra vez medio desnudos cuando llegó el correo de Masha.

>¿Dos? Por Dios, como si no fuera ya bastante difícil.

>No puedo irme salvo que haga mi trabajo de inteligencia después de un gran golpe de la Xnet. ¿Entiendes? Mis jefes observan todos mis movimientos, pero me sueltan el lazo cuando pasa algo con los usuarios de la Xnet. Me envían al lugar de los hechos.

>Hagan algo grande. Me envían allá. Nos escapamos los dos. Los tres, si insistes.

>Pero apúrense. No puedo enviarte muchos correos, ¿comprendes? Me vigilan. Se están acercando a ti. No tienes mucho tiempo. ¿Semanas? Tal vez unos días apenas.

>Necesito que me saques de aquí. Por eso hago esto, en caso de que tengas dudas. No puedo escapar sola. Necesito una gran distracción de la Xnet. No me falles, M1k3y, o estamos muertos. Tu chica también.

>Masha

Nos sobresaltamos porque sonó mi teléfono. Era mamá, que quería saber cuándo volvería a casa. Le dije que iba en camino. No mencionó a Barbara. Habíamos acordado no hablar de ese asunto por teléfono. Fue idea de papá. Podía ser tan paranoico como yo.

—Tengo que irme —dije.

—Nuestros padres…

—Lo sé —dije—. Ya vi lo que les pasó a mis padres cuando pensaron que yo había muerto. Saber que soy un fugitivo no les resultará mucho mejor. Pero van a preferir verme prófugo que preso. Eso pienso. En todo caso, cuando hayamos desaparecido, Barbara podrá publicar sin preocuparse por causarnos problemas. —Nos besamos en la puerta del dormitorio. No fue uno de esos besos ardientes y babosos que solíamos darnos cuando nos separábamos. Esta vez, fue un beso dulce. Un beso lento. Un beso de despedida.

 

 

***

 

Los viajes en el BART son introspectivos. Cuando el tren se balancea de atrás para delante y tratas de no hacer contacto visual con los demás pasajeros, y tratas de no leer los anuncios de cirugía plástica, de abogados que te sacan de la cárcel y de análisis de SIDA, cuando tratas de ignorar los graffitis y de no mirar demasiado lo que ensucia el alfombrado, tu mente realmente comienza a trabajar.

Te hamacas hacia atrás, hacia delante, y tu mente revisa todo lo que has pasado por alto, todas las películas de tu vida donde no eres un héroe, donde eres un tonto o un soberano imbécil.

A tu cerebro se le ocurren teorías como esta:

Si el DSI quisiera atrapar a M1k3y, ¿qué mejor forma de hacerlo que obligarlo a exponerse, que inspirarle pánico al punto de impulsarlo a liderar un gran evento público de la Xnet? ¿No valdría la pena arriesgarse a revelarle un video comprometedor con tal de lograr eso?

A tu cerebro se le ocurren esas cosas, aunque el viaje en tren sólo dure dos o tres estaciones. Cuando te bajas y comienzas a moverte, la sangre circula y, a veces, tu cerebro vuelve a ayudarte.

A veces, tu cerebro te entrega soluciones, además de problemas.

 

 

SIGUIENTE

 

 


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