¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

Se sintió tranquilo cuando le dijeron que esa noche no debía acudir a preparar a los muertos. ¡Por fin una noche que podría salir con los amigos! Los encontraría en la Taberna del Oso Azul, disfrazados de gentes de otras épocas, beberían hasta ver caer las viejas jarras de cerámica extranjera y a continuación sus propias cabezas sobre ellas, y que no viniese el profesor Mercurio con sus ideas locas de que «lo que está ocurriendo afuera nos preocupa a todos». ¿A quién le interesa saber lo que está ocurriendo afuera? ¿Quién vive afuera? Ellos estaban bien ahí abajo. Como canicas en un hoyo, como hormigas en el hormiguero, como lombrices comiendo y excretando tierra, como babosas… Así vivían, con luz artificial, yendo de un lado a otro acompañando a las horadadoras, abriendo túneles y desapareciendo por ellos camino a otro lugar. Y también estaban todos esos androides llenos de barro y agua hasta la cabeza, y no menos sucios que sus propios capataces, recordándoles que fuera, en alguna parte, acaso en algún extraño edificio o viajando por el cosmos, estaban los robots Violent Cara Cobra, y que vendrían a por ellos y los harían papilla como no se comportasen y rindiesen en el trabajo.

—Dicen que a los últimos muertos los encontraron a orillas del Mar Violeta. ¿A quién le importa? Los anteriores los hallaron en Cabeza de Perro, esa montaña tosca y de piedras hurañas que cae al borde del gran precipicio.

—¿Allí donde estuvieron las antiguas ciudades?

—Sí, señor. Las inmundas y asquerosas ciudades. Así las llamaban al final… También las llamaron las solitarias ciudades, las peligrosas… Sí. Y ahora sólo están, bueno, para qué decirlo… Esas… copias.

—¿Copias?

—Copias, sí. Y mañana, ¿dónde las levantarán mañana? —El hombre dejó de preparar unas maderas con las que parecía querer dar forma a un cuadrado. A continuación se pasó el dorso de la mano por la sudorosa y oscura frente y luego se la limpió en el pantalón—. ¿De qué sirve preguntarse eso? Aquí, bajo tierra, todo es humedad y muerte. Como babosas, chico, que no somos más que babosas apestosas, resbalosas y frías. Al menos tan frías como los robots Violent Cara Cobra.

—¿Has visto uno alguna vez?

—¿Qué?

—Un Cara Cobra.

—No. El día que yo vea uno será porque… —Hizo el gesto de cortar el cuello. — Ya sabes. Puro metal y como te roce o levante su manaza sobre ti…

—¡Vaya! Entonces, ¿no has visto uno en toda tu vida?

—Ni creo que tú los veas. Pero si los ves, malo. Serán tus últimos instantes, seguro. —Luego dijo, como si estuviera solo. —Mira éste, queriendo ver un Cara Cobra… Lo último que uno querría ver en la vida, un Cara Cobra. —El chico lo miró inquieto. —¡Venga! A trabajar, muchacho… —El hombre tenía ante sí unos cuerpos. —Estos siempre tropiezan antes de llegar acá —se dijo, mirándoles los moretones y rasguños.

El joven evitó mirarlo a los ojos. Estaba acostumbrado a escuchar y callar. Llamar a eso «tropezar»… Sólo era un eufemismo.

El viejo prosiguió con su apestosa perorata.

—Aquí a los indeseables, a los «orilleros» como se los llama también, se los va echando poco a poco, del fondo de la tierra a la superficie, y al final se reúnen en grupos y, al hacerse más visibles cerca de las antiguas ciudades, son más fáciles de capturar. Dicen que entre esas bandas andan algunos disidentes que hablan mal de los Cara Cobra. Los que opinan que es posible otra clase de mundo. Si te digo la verdad, yo no sé si eso es posible, no conozco otra forma de vivir que ésta, bajo tierra, en los túneles, lejos de las altas radiaciones.

—Como ratas —dijo el chico.

—De acuerdo, como ratas. Pero estas ratitas —sonrió pícaramente— van a ir esta noche a la Taberna Azul. Y el que quiera opinar que opine, yo me callo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó el chico.

—Que allí los Cara Cobra, es decir, donde estén, y por acá el resto. Unos vivos, otros muertos… Así de simple. ¿Acaso no es uno el que elige? Yo te digo, chico, que estos eligieron mal. Por eso están en esa pila de cadáveres.

—Pero los Cara Cobra no estarán aquí hasta el último día de vida. Si es que viven, porque hay gente que dice que nunca los vio.

—Por supuesto que sí. Toda la mía, la tuya y la de los demás. Puede que falte comida pero componentes para sus sistemas, de eso tienen, y, además, los producen constantemente. Es probable que en este momento estén preparando miles de nuevos Cara Cobra.

—Pero entre nosotros ya casi no nace gente.

—Así es. Pero ellos son otra cosa. A veces se ven salir sus naves. Surcan el cielo. Vete a saber adónde van.

El muchacho miró al viejo. Siempre estaba hablando. Charloteando de ésto y lo otro, cosas superficiales… ¿Y para qué? Si al final no sabía nada de nada, y ni siquiera había visto un Cara Cobra en toda su vida.

Por detrás suyo, en el sector norte, un ruido los sobresaltó. Se abrió una puerta y una brisa fría entró y rozó sus espaldas.

—¡Ah!Ya están aquí —dijo el viejo, asustado. Pero en cuanto los vio, se corrigió—. ¡Bah, son esos! —y se apresuró a cerrar una cortina.

Una vocecita con cara de tortuga y orejas de fauno, vestida con un abrigo largo, apareció arrastrando tras de sí un grupo de niños. Otra cara de tortuga más allá hacía lo mismo con otro grupo. Avanzaban en dos filas.

—¿Adónde van?

—Como se nota que eres nuevo aquí, chico. ¿Es que nunca vas a dejar de hacer preguntas? Van a los miradores. Allí…

El joven miró hacia donde le indicaba el viejo. Dos grandes rectángulos cubiertos de unas láminas de metal que comenzaban a abrir.

Se oyeron gritos de admiración. Luego los niños rodearon a los jefes tortuga para escuchar mejor la historia de los miradores. Esa especie extraña de elfos con nariz arrugada y pequeña chivita de unos pocos pelos ralos en el mentón sabía contar historias.

—Escuchad, niños, hijos de los dirigentes. Estos son los Miradores del Cielo. Los crearon los primeros que abandonaron las viejas ciudades. Allí vivieron los padres de vuestros padres.

—Vete a saber qué cuento les están metiendo —dijo el viejo al chico, mientras golpeaba un par de clavos con el martillo intentando armar una especie de caja en la que podía caber una persona en cuclillas.

—Suena muy poético lo que dicen…—afirmó el chico.

—¡Ya! Miradores del Cielo… Pero ¿no ves que son niños?

—¿Y?

—¿Cómo «y»? A los niños se los engaña… Ya sabes que los que estamos en los túneles no tendremos hijos pero esos son los hijos de los dirigentes… ¿Crees que les contarán la verdad algún día? Jamás.

El joven tragó saliva. No había pensado mucho en eso de que nunca tendría hijos… No había llegado a preocuparle. Ahora miraba con más atención a los niños. Tenían pocas ocasiones de verlos. Tan frágiles, tan dóciles… Miró la ropa de los guías. ¿Dónde he visto yo algo parecido? ¡Ya recuerdo! Parecen conserjes de hotel. El largo abrigo, el porte, las charreteras… El báculo. Dicen que dentro de él llevan una serpiente. Y mira: esa absurda luz que llevan en una linterna. Para ellos es una distinción. Por eso, muchas veces se los nombra como «Los portadores de la luz».

De repente, uno de los niños que los estaba observando rompió la fila del grupo y se acercó a ellos.

—¿Qué están haciendo? —preguntó, curioso.

—Cajas — contestó el viejo.

—¿Para qué?

—Buena pregunta.

—¿Para qué? —volvió a insistir el niño.

A lo lejos, el jefe tortuga del Grupo Expedicionario 1 se había puesto nervioso y le pedía con gestos de las manos que volviese.

El otro guía tortuga, mientras tanto, continuaba con las explicaciones al Grupo 2 sobre los Miradores del Cielo.

—Los padres de vuestros padres vivieron allí. Ríos azules cruzaban verdes praderas. Cerca de ellas había grandes ciudades…

—¿Usted también ha estado allí? —preguntó una niña.

—No. Pero los padres de mis padres cuentan que así fue.

—¿Y qué había en las grandes ciudades?

—Personas.

—¿Como esas que están ahí?

—Sí, como vuestros padres…

El otro cara de tortuga dijo a su grupo:

—Antes volaban por el cielo pájaros con plumas. —Los niños rieron después de preguntar qué eran plumas. —Sí, pájaros con plumas y… pájaros de metal —aseguró el hombrecito, pero de estos últimos sí tenían alguna idea los niños por las naves que les habían dicho que utilizaban los Cara Cobra y de las que les habían enseñado muchas ilustraciones en las que podía apreciarse una avanzada tecnología. Para eso estaban los colegios, para enseñar las cosas útiles.

De repente sonó la alarma en los relojes, y los jefes tortuga comenzaron a reunir a los niños, y en un instante y en dos columnas, tal como habían llegado, desaparecieron camino de la puerta norte, mientras las láminas de metal volvían a cubrir rápidamente los miradores. Cuando el joven oyó cerrarse la puerta norte corrió hacia los cristales para absorber con sus pupilas los últimos rayos de sol y lo que quedaba del pasado… Allí estaban las viejas y grandes ciudades de las que a él también le habían hablado cuando era un niño. Al joven todavía le tamborileaban en las orejas las palabras del guía Cara Tortuga: «Antes volaban por el cielo pájaros con plumas…» Y las preguntas y las risas de los niños… «¿Qué son pájaros con plumas?»

El viejo también se acercó, atraído por la luz tras los cristales opacos de los Miradores del Cielo.

—Aquellas —aseguró señalando al Este— son las antiguas ciudades. Estas, las que están más cerca, son las que nosotros fabricamos.

El muchacho no pudo dejar de observar que eran diferentes. Aquellas tenían encanto, porque, aunque medio destruidos, los edificios parecían nacidos al azar, unos más altos que otros, más anchos o más delgados. En cambio las ciudades nuevas eran monótonas, grises, iguales…

—Nunca había visto el exterior —dijo el joven, agachándose para aprovechar la última rendija de luz.

—Nunca más lo verás.

—¿Por qué?

—Ha sido una casualidad: que estuviéramos aquí, y que justo viniesen los guías a este sector acompañados por los niños… Jamás volveremos a esta zona.

La última rendija se cerró, y ambos quedaron de pie, ciegos frente al metal. Luego, volviéndose, se miraron sin decir nada. Pero unas palabras previsibles acabaron saltando al aire.

—Nos quedan once y nos vamos a casa —aseguró el viejo.

—¡Vaya trabajo!

—No pienses, es mejor no pensar. Para ellos somos Cara Personas de tercera categoría. Eso es todo. Los que cavan la tierra como lombrices, los que dejan su pegajoso sudor como babosas.

—Y esos niños… ¿por qué les mienten?

—¿A qué llamas mentir?

La puerta se abrió y un niño entró siguiendo una pequeña mascota que avanzaba velozmente por el suelo.

—¡Perro bebé! ¡Perro bebé! —gritaba el niño. El robot mascota que lo precedía se acercó a los hombres.

—¡Ni siquiera tenemos perros de verdad!

El perrometal de color naranja se detuvo y ladró a los hombres con un sonido artificial y metálico como si les estuviera clavando cuchillos. Luego retrocedió un paso, levantó una pata y mojó el suelo alcanzando a salpicarles las puntas de las botas.

—¡Vaya mierda de perro! ¿Te has fijado? Hace pis azul.

La puerta del norte volvió a abrirse. Asomó su cabeza un Cara Tortuga. Llamó al niño, quien se alejó para seguir al grupo. El perro iba detrás de él.

—A ver si nos dejan trabajar de una vez. ¿Hemos dicho que quedan…? Once.

—Sí, once.

El viejo se sentía asqueroso y sucio como siempre, pero la idea de acudir a la Taberna Azul por la noche resultaba el único y más auténtico consuelo.

Recapacitando, dijo:

—Aquí o haces bien tu trabajo o no vales nada. Los hombres de antes morían en los circos, luchando entre ellos o contra fieras, se despedazaban en las guerras… Si lo piensas bien, hasta parece que hemos tenido suerte. Lo que nos toca… es sólo hacer desaparecer unos cuerpos. Ya están muertos. ¿Qué es eso? Nada. ¿Verdad? Te acostumbrarás.

—No sé si me acostumbraré —dijo el joven.

—Tendrás que terminar tu trabajo para saberlo.

El viejo se alejó, descorrió la cortina, tomó entre sus manos un mando, pulsó un botón y apareció una carretilla robot trayendo los cuerpos. Entre los dos comenzaron a colocarlos en posición fetal dentro de los cuadrados de madera que habían preparado.

—Siempre la madera y los clavos —dijo el viejo, pero no supo bien por qué. No recordaba quién le había enseñado la frase.

Dio a otra tecla del mando y del espacio que mediaba hasta el techo surgió una manga. El joven la tomó con las dos manos y la espesa masa que salía de ella cubrió rápidamente los cuerpos de las cajas hasta convertirlos en una especie de ladrillos grises y cuadrados como aquellos con los que se construían las ciudades.

—Dos más y nos vamos a casa… —El chico no contestó. —¡Maldito dolor de estómago! —dijo el viejo y se llevó una mano al vientre y la dejó allí unos segundos como sosteniendo algo.

El chico, con los ojos húmedos, dijo:

—Estamos más muertos que esos muertos.

—¡Qué dices! —contestó el viejo al mismo tiempo que se secaba el sudor de la mano en la camisa.

—Estos muertos estaban vivos antes de morir —dijo el chico.

—Como todos.

—No, como todos no. Siempre traen algo bajo las uñas…

—¡Qué van a traer!

—Restos de cal, astillas de madera… La piel de los dedos de las manos lastimadas, el torso, los pies con rasguños y heridas. Una vez, uno de ellos traía uno de sus dedos en la boca. Había intentado comérselo.

Se impresionó al recordarlo y las ganas de vomitar le apretaron el estómago haciendo un nudo. Cuando se repuso, continuó diciendo:

—Y aquel otro… El que trajeron el otro día. El martes pasado…

—No sigas chico… Es mejor que no sigas… Da igual… Prométeme que nunca serás uno de ellos. Que yo nunca… tendré que hacer ésto que ahora hago por ti.

 


Ilustración: Antonio José Manzanedo

Al muchacho le gustaba mirar a la hija de la mesonera y también beber un poco, sólo un poco, y que el frío pero quemante líquido le cayese por la boca, le refrescase el pecho y le durmiese un poco las ideas, mientras la chica tomaba su mano y le prometía el cielo con caricias que nunca llegarían a dar hijos… «El deseo de vivir lo puede todo», pensó el muchacho. Incluso puede con el olvido y con el olvido del olvido, y con no tener hijos, y con la idea de superar el vivir en el fondo del fondo, allá donde también viven las tuneladoras y los androides y la gente no tiene hijos. Pero de repente uno de aquellos cadáveres de uñas rotas y piel lastimada volvió como un golpe a sus pensamientos mientras ella lo abrazaba y le decía que lo quería, y entonces se apretó a la chica con fuerza, y con la cabeza contra su pecho quiso llorar como un niño, pero era un hombre y no olvidó dónde estaba, y cuando los demás rieron, él rió. Rió porque sólo había dos formas de acabar en esa vida que llevaban: los que se convertirían en tierra para la tierra y los que se convertían en parte de La Promesa de un futuro mejor, el de las nuevas y grandes ciudades del mañana.

Y fue al otro día o al siguiente cuando comenzó a pensarlo. Se lo contó al viejo y este le dijo:

—Tienes mente de taxidermista.

—¿Qué quiere decir?

—Digo que no dejas en paz a los muertos, que quisieras verlos vivos.

—¿Eso es ser un taxidermista?

—No sé. Tal vez… Es lo que me dijo mi jefe cuando yo era un muchacho de tu edad y comencé con las preguntas.

—¿Usted también?

—Sí, yo también las hice. Pero más preguntas haces, más te das cuenta de que las cosas no se pueden cambiar.

—Y ahora… ¿hay taxidermistas?

—No lo sé. Como no lo seamos tú y yo.

—Es verdad.

El chico se sintió enfermar. Aquellos muertos no hacían más que zumbar en su cabeza, todo el día buscando entre las células de su cerebro la pose y la mirada que llevaron en vida… ¿Quiénes habían sido? ¿Qué nombres tenían? ¿De qué parecían reírse con sus mandíbulas desencajadas? El joven estaba convencido de que todos, si les hubiesen dejado hacerlo, se habrían llevado algo que les recordase dónde estuvieron, quiénes fueron en vida. Pero estos se iban desnudos. Las telas de sus ropas debían ser recicladas. ¡Malditos pensamientos! Pero los pensamientos seguían… No en vano existían extrañas pirámides donde se había enterrado a los muertos. Hombres poderosos las habían mandado a construir para sí mismos… Hasta su nombre se les escribía para que supiesen quiénes fueron, para que no olvidasen.

Al día siguiente había doce muertos para preparar. Y el viejo y el joven casi no hablaron. Lo justo para decir trae la mezcla, échala aquí o allí. Llama al robot para que se los lleve…

Pero el muchacho no dejaba de pensar. «Los muertos que tenía delante algo tenían que llevarse». Nadie los peinó ni los lavó. Lo haría a escondidas si fuese necesario. Él les inventaría un nombre. Lo escribiría en una madera y lo pondría entre sus piernas. Se los escribiría con tinta en la piel de la palma de las manos. Cuando despertasen se llamarían Ebraim IV, Althus IX, Sarah III, Martel IX, hijos todos del mismo universo. No, no tendrían pirámides, nadie habría muerto para construirles una pirámide con el fin de que recordasen su vida, pero tendrían un nombre.

 

Un día en la Taberna Azul, el muchacho se tornó agresivo. El pecho de la hija de la mesonera no le sirvió de consuelo cuando le preguntaron qué trabajo hacía y él contestó mecánicamente que era ayudante de la tuneladora 1232, que actuaba en el sector quince. Su jefe, el androide Impar Feldon. No añadió nada más porque era lo único que tenía permitido decir. Pero de repente se le vinieron a la cabeza todos esos cuerpos sin nombre… Y dicen que la pulsera que lo identificaba como trabajador de las tuneladoras se puso en rojo. Luego vinieron dos o tres androides de clase Z, la peor, y se lo llevaron.

Nunca volvieron a saber de él, hasta que un día, el viejo, que ya tenía un ayudante nuevo, vio en lo alto del grupo de cadáveres que tenían para encofrar ese día a alguien que se parecía mucho al joven. Dudó en acercarse. Al final se decidió y sí, era el joven. Y entonces, «¡Vaya estupidez!», se dio cuenta de que no sabía su nombre. «¡Qué estúpido soy!», se dijo, siempre lo había llamado chico, muchacho… «¡Qué estupidez! ¡Qué estupidez!», se repetía. En ese instante comprendió todo lo que había pasado por la mente del muchacho, aquel infierno, y cuando su nuevo ayudante no lo observaba escribió en la palma de la mano del cadáver en que se había convertido su joven y desafortunado compañero algunas letras del abecedario, primero una, después otra; anhelando, él que no sabía escribir ni leer, que aquello que había dejado escrito allí, que esas pocas letras que conocía puestas juntas formasen un nombre. Cuando el nuevo ayudante se acercó, el viejo le mostró la palma de la mano del cuerpo que tenía delante, preguntándole: «Mira. ¿Qué dice aquí?». Y el otro contestó: «Nada».

—Pero ¿tú sabes leer?

El muchacho dudó y movió la cabeza afirmativamente, pero el viejo no le creyó, seguro como estaba de que las palabras que él había escrito tenían que poder formar un nombre.

—De acuerdo —dijo el viejo—. Sigamos con el trabajo. Pero déjame ese a mí.

—¿El de las letras en la mano?

—Sí, el mismo.

Después, sin que el ayudante lo viese, sacó un peine del bolsillo y se lo pasó por la cabeza. «El cabello de estopa… Eso de que una persona no esté peinada es un delito». Él siempre lo decía. «En eso se ve que no tienen a nadie que los cuide… Uno no es nadie si no tiene a otro que lo mime y que lo cuide, viejo. Y a usted ¿quién lo mima? A ver… Nadie». Ya con la manga bien sujeta entre las manos dejó caer la mezcla gris que una hora más tarde sería dura como una piedra.

Continuó recordando las conversaciones que mantuvieron.

—¿Qué te preocupa? —le había dicho el viejo una noche—. Nacerán muchos más de las fábricas de madres. La vida es así.

Tenía razón. ¿O no? Las fábricas de madres. En esos lugares había mujeres que parían hijos a cambio de vales-trabajo. Ni siquiera eran máquinas. ¡Tanto hablar del futuro, de la tecnología! No los dejaban acariciarlos ni peinarlos. Jamás los besarían…

—Nosotros podemos con todo —dijo el viejo—. ¡Claro que podemos, chico! Piensa en la Taberna Azul y olvídate de estos muertos. Al fin y al cabo, ¿qué son? Borrachos, disidentes, vagabundos… —El joven lo miró. No estaba tan seguro de que él y el viejo pensaran igual. Él, por lo menos, había querido tener un peine para peinarlos. Él había querido decirles que los dioses existen… Saber sus nombres, escuchar sus deseos… Y, por supuesto, les habría puesto un nombre. Y de noche, alguna vez, hasta volvería a pensar en ellos. Porque alguien tiene que pensar en los muertos.

El viejo volvió a repetir, y lo hubiera hecho hasta quedarse afónico:

—Nosotros podemos con todo.

—¿A cambio de qué? —preguntó el joven—. ¡Por favor! ¿A cambio de qué? ¿De no pensar? ¿De eso se trata?

Pero el viejo no contestó, estaba harto de todo. Se limitó a observar una babosa que había en el suelo. Había dejado un rastro brillante y blanquecino. Una babosa tan parecida a él, tan escurridiza, tan oscura o más que el más oscuro de los túneles que había ayudado a cavar y levantó su pierna, se miró la bota y dejó caer el pie con toda su fuerza sobre ella. Y como no se quedase conforme, siguió aplastando y aplastando, hasta que sintió que ya no debía quedar más que el rastro que había dejado la babosa.

 

 

La escritora hispanoamericana Pilar Alberdi es licenciada en Psicología y reside en España. Ha obtenido, entre otros, los premios: «Relatos» Feria del Libro de Madrid, Plaza & Janés Editores, publicado en el Nº 42 de su colección de bolsillo (Barcelona, 2000); «Premio Lazarillo de Teatro» (Manzanares, 2000), España; «Ciudad de Segovia de Teatro» (Segovia, 1997), España y «XVI Certamen Nacional Ánfora de Plata de Poesía» (Málaga, 1997) España. También ha sido finalista en varios concursos, tanto en España como en otros países: «Concurso de textos teatrales» del Ayuntamiento-Escuela de Teatro, Santa Cruz de la Palma, Islas Canarias (2002); «Juan Martín Sauras de Relatos» (Andorra, Teruel, 1999); «Ciudad de La Laguna de Cuento» (La Laguna, Tenerife, 1998); «III Certamen Literario contra el racismo y la xenofobia, el antisemitismo y la intolerancia» (Seleccionado para edición, Alcalá de Henares, 1997); Mención «II Concurso Internacional Literario de la Sociedade de Cultura Latina do Brasil» (Mogi das Cruzes, Brazil, 1997); Mención «Internacional de Poesía Juana de Ibarbourou» (Montevideo, Uruguay, 1995). Sus cuentos han sido seleccionados en diferentes antologías como por ejemplo: VI Premio Calabazas en el trastero: Bosques. Editorial Saco de Huesos (España, 2010); «Premio de Vivencias Orola» “150 Vivencias y 150 Autores” (España, Octubre 2010); «III Certamen de relatos Editorial Hipálage» (Sevilla, España, 2010) y «III Premio de cuentos Ediciones Beta» (Bilbao, España, 2009). También ha publicado en la revista de Ciencia Ficción NGC3660. Entre sus blogs: Sobreliteraturafantástica y Pilar Alberdi.

Esta es su primera participación en Axxón.

Sobre el ilustrador: Antonio José Manzanedo. Este joven ilustrador español se dedica, según su blog, a la ilustración y al diseño. Pueden ver trabajos suyos (en especial arte conceptual y diseño de personajes) en su blog.


Este cuento se vincula temáticamente con SÓLO POR ELLA, de Gabriel Alvarez; OBITUARIO, de Carlos Daminsky y EL ROJO de Jack London.

Axxón 213 – diciembre de 2010

Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Distopía : Sociedad : España : Española).



Una Respuesta a ““Preparando a los muertos”, Pilar Alberdi”
  1. Igor dice:

    Superrelato. Excelente. Sí que es un poco duro. ¿Quién dice que el día de mañana no sea así?
    He volado con este relato.
    La historia del muchacho te llega al corazón y ese submundo bajotierra te hace malsoñar, pero soñar a fin de cuentas. Muuuy Bueno.

  2.  
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