¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

La tormenta se había despertado sin avisar, furiosa como un escuadrón de marcianos salvajes. No era que en aquella época tales fenómenos fuesen inusuales; en el año que llevaba sirviendo en la Base Ramsés, el capitán Stark se había acostumbrado a la imprevisibilidad del clima egipcio. Pero nunca había visto una tormenta como aquella, que parecía horadar la tierra misma y catapultarla hacia el cielo, sin importarle arrastrar una humilde planeadora de la Armada Terrestre en el intento.

Desvió la mirada del parabrisas, que solo mostraba una gran cortina de arena y probó con la pantalla; más arena, hasta las cámaras de ojo de pez estaban saturadas. Y el campo de fuerza ya no podía operar a más potencia.

Gruñó en dirección a la persona que se sentaba en el asiento contiguo y uno de los dos únicos seres humanos que lo acompañaban en aquel viaje entre Base Ramsés y Estación Guiza. Berger podía no ser el oficial superior a bordo, en realidad lo más probable era que no fuese nada concreto, pese a que ejercía funciones de mecánico, matasanos e, incluso, de sicario, pero era quien más sabía de tormentas de arena.

—Tendremos que usar toda la potencia del escudo en el parabrisas y prescindir de las cámaras —aconsejó Berger—. En los buenos tiempos un piloto podía guiar su nave en una jodida tormenta sin esos malditos ojos de sardina.

—¿Y qué haremos con la estabilidad? —dudó Stark.

—Pliega las alas —ordenó Berger.

De no ser por la expresión seria de Berger, habría pensado que le estaba engañando, aquella maniobra era la mejor forma de salir despedidos a la nada, era lo primero que le habían enseñado en el ejército.

—Eso sería un suicidio, en Marte…

—¡Esto no es el jodido Marte! Pliega las alas y penetraremos en esa maldita cortina de arena como si fuese el coño de una ramera marciana.

Suspirando interiormente ante la vulgaridad del otro, Stark redirigió el campo de fuerza hacia el parabrisas y plegó las alas, de tal modo que la silueta de pájaro de la planeadora se transformó en algo que recordaba a los cohetes del Museo Espacial. Pronto la arena comenzó a golpear contra la nave, que ahora daba más bandazos que un soldado harto de aguardiente. En la parte de atrás, la doctora Gustavson empezó a dar muestras de que la relaxina perdía su efecto. Unos minutos más bajo aquel vaivén y Mopo comenzaría a gruñir; los sumicos de las arenas podían sacarle a uno de un pozo de arenas movedizas, pero se mareaban con más facilidad que una princesa marciana.

Y encima no era que la visibilidad mejorase demasiado, lo justo para poder moverse en un páramo como aquel, insuficiente en cualquier lugar donde hubiese obstáculos.


Ilustración: Tut

Como, por ejemplo, una maldita pirámide surgida de la nada.

—¡Pero qué cojones…! —oyó decir a Berger—. ¡No aparece ninguna maldita pirámide en el mapa!

Stark, al que poco le importaban los mapas teniendo aquella mole delante, tiró de la palanca que activaba la retroelevación rápida, pero la nave no varió su rumbo. Solo emitió un quejido sordo.

Le quedaba una opción: activar el sistema de amortiguación de colisiones y dejar que este y la pirámide discutiesen entre ellos.

***

Dyedefptah había muerto y el viento comenzaba a soplar con fuerza.

Era el momento de empezar a andar y las plañideras se situaron a la cabeza del cortejo fúnebre. Alguna se ajustó la peluca, para que no saliera volando antes de que empezara a arrancarse los cabellos. Habían llorado en muchos funerales, los faraones morían y ellas lloraban. A todos. En algunas ocasiones les costaba derramar las lágrimas, el polvo secaba los ojos y al final tenían que forzarlos y terminar la procesión con el rostro congestionado y enrojecido. Dyedefptah no era nada para ellas. Un hombre al que no habían visto nunca. Su faraón. Su dios.

El viento soplaba cada vez más fuerte. La tormenta acechaba detrás de las pirámides. Byatu dio orden de que el cortejo emprendiera la marcha. Nada parecía ir bien. Deberían sentir el sol sobre sus cabezas, pero solo había polvo. Arena. Una cortina que cada vez se hacía más espesa. Sabía que todos los ojos estaban fijos en él. Que era él quien podía dar la orden de retroceder. No lo hizo. No haría caso a los malos augurios, ni a las supersticiones. Dyedefptah descansaría esa noche en el interior de la pirámide y comenzaría su viaje hacia el otro mundo. Se lo debía. El Sumo Sacerdote miró a su alrededor para acallar los murmullos de temor. Solo debían escucharse los lamentos y los llantos. El dolor por la pérdida. No era el momento para el miedo. Solo era una tormenta de arena.

—El desierto viene con nosotros a despedir al faraón.

Los murmullos se acallaron. Los ojos de Byatu se dirigieron entonces a Naeem, el hermano de Dyedefptah, que agachó la cabeza y siguió caminando sin decir nada.

***

Estaban vivos, eso era algo. Los trajes protectores estaban intactos, al igual que el guía virtual que ahora Berger sujetaba entre sus manos. Y tenían a Mopo, que se aferraba al suelo arenoso como una gran lapa azul, pocos pasos por delante de ellos.

El guía les indicaba que estaban a unos dos kilómetros de Estación Guiza, situada a pocos metros de la pirámide de Micerinos. Estaban cerca de su destino. Aunque, en medio de aquella tormenta inhumana, era demasiado lejos. Ni las gafas especiales lograban penetrar en el manto de arena, ni los lastres de sus trajes les permitirían andar por terreno baldío. Incluso ahora, con la relativa protección que les daba la pirámide y la nave, tenían la sensación de que en cualquier momento saldrían volando.

La doctora Gustavson susurró una antigua plegaria egipcia, una que espantaba los demonios que viajaban con la tormenta. Pero el viento no se detuvo, si acaso arreció.

—Será mejor que nos refugiemos en la pirámide —sugirió el capitán.

Sin esperar respuesta, se agachó junto a Mopo y le susurró una serie de órdenes en el dialecto de los marcianos de los desiertos rojos. El animal chasqueó los dos largos apéndices que tenía por mandíbulas y comenzó a avanzar mientras el viento revolvía su pelusa azul. De vez en cuando se veía compelido a mudar la posición de los alerones óseos de sus costados para no salir volando.

Pronto llegaron ante una puerta ligeramente derrumbada, que cedió por completo gracias a los explosivos de Berger, añadiendo más polvo al ambiente.

La doctora entonó otra plegaria, esta vez para que el espíritu del faraón que estuviese allí enterrado perdonase la blasfemia que acababan de cometer.

***

Casi no podían caminar, el viento era demasiado fuerte, la arena los golpeaba como si sobre ellos cayeran un millar de latigazos. Naeem agachaba la cabeza, trastabillando al andar. El cortejo avanzaba hacia la tormenta. Todavía podían darse la vuelta, pensó, correr hacia el barco, refugiarse en un lugar seguro hasta que pasara todo. La tormenta de arena descargaría sobre las pirámides pero no sería eterna. Podían volver. Dyedefptah no tenía ninguna prisa por llegar al otro mundo, su hermano siempre había sido un hombre tranquilo.

El sacerdote no opinaba lo mismo; los ritos debían cumplirse tal y como estaba previsto. Caminaba con la cabeza alta, resistiendo los embates del desierto, mirando a su alrededor y lamentándose del poco respeto que mostraban los sirvientes, que se agachaban intentando protegerse del viento. Naeem no pudo más y se acercó, conteniéndose para no agarrarlo del brazo.

—La tormenta está cada vez más cerca —gritó para hacerse oír por encima de los lamentos de las plañideras.

—Demasiado cerca para volver —respondió Byatu. Era cierto. No llegarían al barco antes de que los alcanzara. Tampoco estarían seguros en medio del río, las nubes de polvo eran tan grandes que parecían capaces de cubrir todo el Nilo. Byatu señaló la pirámide que se alzaba ante ellos como el único sitio seguro a su alrededor. Naeem asintió, comprendiendo las intenciones del sacerdote y apremió a los hombres a caminar más rápido.

La pirámide de Dyedefptah no era tan grande como el resto de las pirámides de Guiza; se alzaba algo más lejos, apartada de las demás, aprovechando una elevación natural del terreno para darle más altura. En comparación con las otras se veía pequeña y pobre, Naeem sabía lo que le había costado a su hermano levantarla. Echó una mirada hacia el sarcófago. Ahora le esperaba la otra vida, era egoísta por su parte querer retrasarlo. Tener miedo a las tormentas de arena. No pensar en su hermano.

Sin embargo, cuando estuvieron delante de la pirámide también sintió miedo. La sombra de la tumba no los protegía de la tormenta, que ya estaba sobre ellos. Entraron apresuradamente. Naeem sabía que en el interior todo estaría tranquilo. No se oiría nada, la arena podría golpear la piedra una y otra vez y nadie sentiría nada. Oía gritos a su espalda, gente que caía al suelo, sepultada por la arena; gente que salía volando, arrastrada por el viento. No se dio la vuelta. El sarcófago entraba en la pirámide y eso era lo importante. Su hermano alcanzaría la otra vida. Y estaban a salvo. A salvo dentro de la tumba.

***

El polvo no provenía de la puerta —esta se había limitado a desplazarse, bajo el empuje de las cargas hidráulicas que Berger había utilizado— sino de ellos. Apenas los habían visto durante unos segundos, amontonados y resecos, antes de que se desintegraran. El aire seco del interior de la pirámide los había preservado, momificándolos; la furia de la tormenta los había convertido ahora en polvo, al menos a muchos de ellos. Otros tantos se desperdigaban por el pasillo.

—Capitán, ayúdeme a poner en su sitio esta puta puerta —tronó Berger.

Su premura no era desmedida, la arena comenzaba a filtrarse por el pasillo. Pero eso a la doctora Gustavson no le importaba. Ella tenía dos prioridades: la tumba y los muertos. Los segundos no deberían estar allí, nadie acompañaba en su reposo al faraón, menos aún en condiciones como aquellas; vestidos con sus ropas, crispados, amontonados ante una puerta. En cuanto la pirámide, eran ellos los que no deberían estar allí. La doctora era una arqueóloga animista, creía en el derecho a estudiar el pasado, pero también en el derecho de los muertos a no ver turbado su descanso, a no ser expuestos ante miradas indignas. Los arqueólogos animistas no entraban en los templos; usaban sondas y arañas-cámara para estudiarlos, para analizarlos… Pero nunca entraban en los templos. Ni una tormenta de arena les confería derecho a hacer tal cosa. Si lo hacían, deberían asumir las consecuencias de su infamia.

La doctora hizo ademán de desabrochar los cierres de su escafandra, pero la voz del capitán la detuvo.

—No le aconsejo que haga eso, doctora Gustavson.

El hombre estaba arrodillado delante de un grupo de cadáveres; en su mano sostenía una especie de lápiz láser con el que había estado sondeando los cuerpos.

—Estos hombres han muerto por asfixia —señaló el piloto.

***

Se oía el viento. A pesar del canto de los músicos, a pesar de los lamentos de las plañideras, a pesar de los susurros de los sirvientes. Se oía la tormenta tan encima de ellos que parecía que de un momento a otro sería capaz de atravesar la piedra. Era imposible. Byatu lo sabía y caminaba con seguridad por los largos pasillos de piedra, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza alta. Resistía los deseos de mirar a su alrededor. No debía. Toda su atención se concentraba en la ceremonia que estaba a punto de realizar. El paso de Dyedefptah a la otra vida dependía de él. No debía pensar en los vivos, solo en los muertos.

Naeem, en cambio, no era capaz de mantener la mirada fija en un único punto y volvía repetidamente la cabeza hacia atrás o miraba hacia arriba. Le parecía que la tormenta se estaba colando entre los sillares de piedra y que la arena caía sobre su cabeza. No se atrevió a sacudírsela, quiso pensar que eran imaginaciones suyas, que recorrer los pasillos de la tumba lo ponía nervioso y que solo era una tormenta más. No lo era. Era mucho más intensa, mucho más temible que cualquier tormenta que hubieran visto nunca. ¿Cómo podía indicar a los hombres que permanecieran tranquilos cuando él mismo no lo estaba? Era a él a quien miraban, ahora todo era responsabilidad suya. Naeem debía tomar las riendas, actuar como un faraón, pues había aceptado la corona de las Dos Tierras aunque realmente no le correspondiera.

El hijo de su hermano debería ser el faraón, el dios. Él no lo era. Por mucho que intrigaran los sacerdotes, aunque su sobrino fuera demasiado pequeño. Él no lo era.

Se preguntó si Dyedefptah habría sentido alguna vez que no era un dios. Seguramente no, su hermano nunca tenía dudas, no se quedaba parado en medio de un pasillo oscuro sin saber si era mejor seguir hacia delante sin mirar atrás o retroceder y descubrir qué estaba pasando.

Naeem eligió a los vivos. Retrocedió. Dejó que el sarcófago se perdiera de vista mientras se giraba y veía cómo los susurros de los sirvientes se iban convirtiendo en gritos.

—¡La arena! ¡Llega la arena!

Y el viento. La arena entraba en la pirámide como si fuera una gigantesca ola dorada. Una lengua de fuego que se elevaba y se enrocaba alrededor de los hombres. Naeem sintió cómo avanzaba por el suelo hasta rozarle los pies. No tuvo dudas entonces. Tampoco pensó en los sirvientes que se habían quedado fuera, esos eran ya parte del desierto.

—¡Cerrad! ¡Vamos, cerrad!

Algunos sirvientes solo podían gritar o correr. Naeem sacudió a uno de ellos, que cayó al suelo y volvió a gritar más fuerte, para hacerse oír por encima de la tormenta. Los sirvientes obedecieron, empujando a los que estaban al otro lado intentando impedir que cerraran. Se oyeron gritos, se oyeron golpes, puños aporreando la puerta cerrada. Se quedaron en silencio, mirándose unos a otros. Los gritos no se oían. Los golpes eran cada vez más débiles. Después dejaron de oírse. Lo único que golpeaba la puerta era la arena.

***

Sus pasos apenas hacían ruido, amortiguados por la capa de polvo y arena, pero lejos de tranquilizarlos, la falta de sonido aumentaba su inquietud. Incluso a un hombre como Berger, que en el pasado había servido a la Armada como rata de túnel, aquel espacio le resultaba opresivo. No tenía miedo a la muerte, al menos a aquella que podía hacerle frente, pero la contemplación de los cadáveres apoyados contra las paredes le resultaba angustiosa, por mucho que se recordase a sí mismo que ellos tenían los trajes aislantes, que ellos no iban a asfixiarse.

Pero también se suponía que la Estación Guiza y su centro de comunicaciones estaban construidos a prueba de tormentas de arena y no habían podido contactar con ellos, por mucho que Stark lo intentase cada cinco minutos. Podía ser que las gruesas paredes de la pirámide alterasen la señal… Sí, podía ser eso…

La doctora Gustavson caminaba entre los dos hombres, con la vista fija en la espalda de Berger. No la tentaban las paredes, ni comprobar si alguna de ellas estaba cubierta de jeroglíficos; la doctora solo podía pensar en la blasfemia que estaban cometiendo al adentrase cada vez más en la tumba para huir del sonido de una tormenta que amenazaba con quebrar los muros. La doctora pensaba en eso y en cómo y cuándo les llegaría la muerte. Pues de que la maldición caería sobre sus cabezas no le cabía duda, aunque se cuidase de compartir sus certezas con los dos soldados.

El capitán Stark volvió a encender la retropantalla, conectada con las cámaras de la planeadora: solo arena, cada vez más densa y furiosa.

En la vanguardia, Mopo regateaba entre el polvo con paso seguro, como si la pirámide fuese para él un terreno familiar.

***

La estatua de Dyedefptah presidía la cámara funeraria. Mucho más alta de lo que el faraón había sido en vida, en ella se podían reconocer sus rasgos, sus ojos astutos, su sonrisa afable. Los portadores evitaron mirarla mientras dejaban el sarcófago a sus pies, pero la estatua todavía era una simple piedra. No tenía alma.

Byatu se encargaría de eso. Esperó a que todos salieran, a que las figuras estuvieran dispuestas, los vasos canopes en su lugar correspondiente. Esperó a que sus compañeros sacerdotes empezaran con su parte del ritual. Él tenía que concentrarse, pues sobre sus hombros recaía la parte más importante y una equivocación le costaría a Dyedefptah el paso a la otra vida. Aspiró hondo. Intentó olvidar que estaba a muchos metros bajo tierra, que sobre su cabeza se apilaban miles de sillares de piedra, que en los pasillos los sirvientes murmuraban, nerviosos, sin atreverse a alejarse demasiado. ¿Dónde estaba Naeem? Era el pariente del faraón, debería estar allí, con ellos, como debía ser. Pero Naeem estaba fuera y tampoco podía hacer acallar las voces, traer el silencio y el respeto a la tumba. No podía hacerlo. Dyedefptah había nacido para ser un dios, Naeem nunca lo sería.

Una mirada indicó al Kher-heb que debía comenzar a leer, el sacerdote encargado de leer el Libro de los Muertos comenzó a recitar mientras Byatu avanzaba hacia el sarcófago. No era el momento de pensar en el mundo de los vivos. Se debía a los muertos. A su dios. Nada era más importante ahora que darle a Dyedefptah de nuevo la vida. Los cánticos lo acompañaban, derramó las esencias sobre la estatua, abrió las manos buscando con ellas la esencia vital del faraón. Estaba allí, con ellos. Lo sentía.

Byatu notó cómo su visión se nublaba, le parecía que las pinturas de las paredes cobraban vida, que se movían a medida que él se acercaba más y más a la estatua. Dyedefptah intentaba levantar los brazos, pero todavía estaba ciego. No por mucho tiempo. Byatu sabía que solo dependía de él. Sus manos se movieron en el aire y recogieron la fuerza vital de Dyedefptah en la azuela ritual. El espíritu del faraón se resistía, como si no deseara dejar de ser aire, volver a contenerse en un cuerpo que duraría eternamente. Byatu lo sostuvo con fuerza y condujo la azuela hacia la boca de la estatua, para que el espíritu entrara en ella. Dejó que el alma se acostumbrara a su nuevo cuerpo, esperó a que se introdujera por la boca y alumbrara los ojos. Sintió cómo paseaba por los músculos de piedra. Byatu pronunció entonces el cántico, encendió las velas y derramó el incienso. Se sentía un poco mareado, pero se dijo que era lo normal. Miró el rostro de la estatua de Dyedefptah, sentía que los ojos lo miraban fijamente. Acercó su mano a la boca y le pareció sentir el aliento, una corriente de aire muy frío que venía del interior de la estatua.

Lo había conseguido. Ahora podían marcharse, pues Dyedefptah ya había partido hacia la otra vida. De lejos la estatua aparentaba volver a ser de piedra, el sarcófago se veía muy pequeño. Volvían al mundo de los vivos. Byatu pensó que la tormenta tenía que haber amainado, el desierto partía con su señor, como debía ser. En los pasillos los murmullos se oían cada vez más fuertes. ¿Por qué no se callaban? Si hubieran roto su concentración durante la ceremonia…

No, no habrían podido, nada habría salido mal mientras fuera él quien la oficiara. Por mucho ruido que hubieran hecho, por muchas tormentas que hubiera en el exterior.

Todo había salido bien.

***

—¡Vaya! —exclamó Berger—. Esta sí que es buena, parece que tu jodido «Mocho» tiene parientes por aquí y no ha querido decírnoslo.

«Se llama Mopo, no Mocho» —pensó Stark.

Sus dos compañeros se acercaron hasta la entrada a una nueva habitación, inserta en una especie de arco del triunfo decorado con pinturas que, al contrario que otras, no habían sido corroídas por la omnipresente arena.

Entre figuras que solo la doctora Gustavson podía interpretar, una destacaba por su singularidad, al menos a ojos de los dos soldados. Un ser azul que bien podía pasar por un sumico de las arenas, si estos fueran lampiños. Stark no era ajeno a las teorías que hablaban sobre unos egipcios inspirados por extraterrestres, pero ver una prueba de ello ante sus ojos…. Qué tesoros, qué armas que podrían serles útiles en una guerra que ya se daba por perdida en territorio marciano podrían encontrar en aquel lugar.

—Doctora, ¿sabes lo que es eso? —preguntó, tratando de que la emoción no se delatara en su tono de voz.

—Un escarabajo, uno muy especial, capitán Stark —lo sorprendió ella. El capitán, como todos, había estudiado a aquellos seres míticos, hijos de la era de pre-guerra mercuriana, pero siempre los había tenido por grotescos y asquerosos, no por algo así de bello.

—Eran una representación del dios Jepir, un símbolo de protección para quien lo portaba en vida. Un símbolo de resurrección para quien lo lleva en la muerte…

La voz de la arqueóloga más que morir, pareció quedar suspendida en el aire, como si su intención hubiese sido seguir hablando y no detenerse en aquel punto del discurso.

Los dos hombres cruzaron una mirada de preocupación a través de sus respectivas escafandras. Y ambas decían lo mismo: «Rechazo». No, no podía ser. Ya nadie sufría problemas de claustrofobia con el traje de aislamiento, ni siquiera al realizar actividades como comer con él puesto o expulsar desechos corporales. Para eso estaba la instrucción, se dijo Stark, y Berger compartía sus pensamientos, aquel encogimiento de hombros solo podía significar: «Estos jodidos cerebrines siempre están diciendo cosas raras».

No se pararon a pensar que también se suponía que la estación podía predecir las tormentas de arena, o que esta estaba protegida de ellas, y allí estaban, resguardándose en una pirámide que no aparecía en los mapas, de la peor tormenta de los últimos años, tal vez de la historia, y sin poder contactar con la base…

Mientras los dos hombres mantenían aquella conversación muda, la doctora Gustavson pensaba en maldiciones y recordaba una vieja leyenda que corría entre los arqueólogos. Según ella, décadas antes el equipo de rodaje de una película había turbado la paz de un antiguo sacerdote y éste se había alzado de la tumba para destruir a todos los profanadores. O a casi todos. Solo había quedado viva la actriz principal, a la que el renacido sacerdote había tomado por esposa.

Su mirada acarició el nombre del faraón alojado en aquel túmulo; estaba dispuesta recibir el justo castigo a su profanación de manos de Dyedefptah, pero, si era voluntad de su señor, no se negaría a convertirse en su esposa. Una esposa a la altura de un dios. Y si hiciera falta, lo demostraría convirtiéndose en el brazo ejecutor de su venganza divina.

***

Se había perdido la ceremonia. No sabía cómo podía afectar eso a su hermano pero, cuando se había acercado a la cámara funeraria, los sacerdotes ya habían empezado el ritual y Byatu estaba de espaldas, atento a algo que solo parecía ver él. Tragó saliva. En los pasillos se hacinaban los sirvientes, incómodos y asustados. Les había pedido silencio pero no obedecían, ¿por qué iban a hacerlo? El rumor corría en boca de todos. No iban a salir de allí.

Los golpes de la tormenta habían amainado y alguien había sugerido salir al exterior. El aire se enrarecía rápidamente, parecía una buena idea. Algunos se apresuraron a acudir a la puerta de entrada, otros permanecieron en el lugar donde se habían dejado caer, sin moverse, resignados a lo que tuviera que suceder. Naeem no intentó animarlos, se quedó pendiente de cómo intentaban quitar la arena que obstruía la entrada.

No podían. Acudieron más hombres, tras muchos esfuerzos consiguieron dejar libre un hueco por el que casi se podía tocar la puerta. Uno de los sirvientes metió el brazo, tanteando, buscando rendijas por las que entrara el aire pero no encontró ninguna. Por las grietas sólo se colaba arena.

Los hombres comenzaron a gritar de nuevo y Naeem les pidió que se calmaran. Tenían una ceremonia que realizar. Después tendrían tiempo para decidir qué hacer. Tendrían mucho tiempo. El tiempo que les permitiera el aire viciado de la pirámide.

***

La cámara funeraria era la única zona de la pirámide que no estaba infestada de cuerpos, fuesen en forma de esqueletos, fuesen en forma de momias creadas por la alquimia de la naturaleza. Solo dos cadáveres, además del contenido en el sarcófago, descansaban en aquel lugar. El primero de ellos estaba en el suelo, muy cerca de la entrada, y sus brazos se intuían cruzados en su pecho; el otro yacía desmoronado en el centro de la sala. Según la doctora, bien podían ser un heredero del faraón y algún sacerdote. Lo que veían en la pirámide eran los restos de una comitiva funeraria, precisó la mujer en tono lúgubre.

Pero los dos hombres no la oyeron, sus ojos saltaban de los abalorios del cuerpo de brazos cruzados al sarcófago fabricado en oro, con incrustaciones de piedras semipreciosas en azul, rojo y verde. No les importaban estas últimas, sino el oro con el que todos aquellos objetos habían sido fabricados. Oro, en el pasado sinónimo de lujo, en la actualidad sinónimo de victoria, pues con él la Armada podría retomar la fabricación de desintegradores, tan necesarios en la guerra marciana.

Ajenos al modo en que la doctora contemplaba el féretro, ajenos al hecho de que seguían sin contactar con la base, o a que ni siquiera sabían si la tormenta seguía bramando en el exterior (pues las cámaras de la nave solo les devolvían negrura), empezaron a recopilar todos los objetos de oro. Cuando sus mochilas estuvieron llenas, los dos pensaron en lo mismo: «¿Qué habrá en el sarcófago?».

—Abridlo, si queréis —les sorprendió la doctora.

Animados por aquella complicidad de la investigadora, ni se pararon a pensar en lo extraño de la declaración. La operación no les llevó demasiado tiempo. A pesar de su apariencia la tapa del sarcófago era ligera, como si el oro que la recubría fuese mera pintura. Pero lo que ocultaba no era pintura. Ni tampoco la máscara de oro que cubría el rostro del faraón o los dedales que remataban los dedos de sus manos. Un cuchillo descansaba sobre su pecho y del cuello le pendía una especie de cruz, también de oro, hueca en su parte alta, como una aguja.

Stark tendió la mano para cogerla, al tiempo que dejaba a Berger hacerse con la máscara, pero nunca llegaron a hacer ni lo uno ni lo otro. En su obsesión por el oro no habían visto a Gustavson desenfundar su láser, ni tampoco cómo se aproximaba a la espalda de Stark, y el traje no permitió que este notase el cañón en su nuca, ni evitó que el disparo lo traspasase de parte a parte.

La doctora sonrió bajo la incómoda escafandra, el primero de los profanadores había sido ejecutado; el espíritu de su dios sonrió desde su imponente estatua. Ahora quedaba el segundo. Elevó la pistola en dirección a Berger, que había tenido tiempo a desenfundar su propia arma. Los disparos se cruzaron en el aire y, durante un largo minuto, la luz inundó la sala. Cuando la doctora recuperó la visión, comprobó que el disparo de Berger la había alcanzado en el hombro. El mecánico y asesino no estaba en la tumba, pero un reguero de sangre delataba que había recibido su castigo. La arqueóloga se desproveyó del traje protector y aspiró el aire enrarecido. Debilitada, se encaramó al sarcófago y se abrazó a Dyedefptah. La vida la abandonaba, pero estaba segura que, cuando él despertase, su señor la resucitaría. Mientras se aferraba a la momia, escrutó la estatua del dios; en la neblina contempló el espíritu del faraón escapándose de la piedra, sonriéndole, orgulloso.

Berger corría por los pasillos, expeliendo a cada paso bocanadas de sangre. Tenía que llegar a la nave, allí tendría material con el que cauterizar la herida. La cuestión era cómo; se había alejado del camino de cadáveres decrépitos y el jodido Mocho había salido disparado en cuanto la mema de la Gustavson se cargó a Stark. Y la puta pirámide era como un laberinto. Pero escaparía, seguro. Sintió un clic bajo su paso, audible incluso a través de su escafandra; no sabía nada de egiptología, pero tenía claro cómo reconocer una trampa. Antes de que tuviese tiempo a blasfemar, una rampa lo llevó hasta la cama de clavos donde dormiría el sueño eterno.

***

Se mareaba. No, todavía no, pero sería pronto. Naeem se dirigió a la cámara funeraria y casi chocó con Byatu, que salía de ella. En los ojos del sacerdote se leía el desprecio por haber abandonado a su hermano durante el momento más importante de su vida, pero Byatu no pronunció una palabra de reproche.

—Todo ha salido bien —dijo, y su voz sonó orgullosa.

—Estamos enterrados —respondió Naeem y se sintió aliviado al pronunciar en voz alta lo que estaban murmurando todos. Byatu no respondió, pero asintió con la cabeza y se quedó allí, en la puerta de la cámara funeraria, con las manos cruzadas sobre el pecho. Sabía que el terror se desencadenaría entre los hombres, que intentarían entrar en la cámara sagrada. Y nadie debía perturbar a Dyedefptah.

Naeem entró en la cámara y se acercó al sarcófago donde reposaba el cadáver de su hermano. No miró la estatua, no significaba nada para él. Su faraón. Su dios. Su hermano. Ahora Naeem era el faraón, un dios que no daría órdenes ni tendría tumba. No pasaría a la otra vida. Y, sin embargo, lo que le preocupaba eran los hombres que se desmayaban en los pasillos.

¿Qué habrías hecho tú, Dyedefptah? ¿Qué puedo hacer?

***

La tormenta ya había pasado. Mopo aprovechó la grieta que había descubierto para salir al exterior, a un paisaje que, salvo por el color de las arenas, le recordaba a su propio y añorado hogar. Sus pequeños ojos escrutaron el horizonte, en la dirección en la que se encontraba lo que el conquistador llamaba Estación Guiza. No había nada, solo arena. Como arena había en otros lugares en los que antes hubo asentamientos humanos.

Chasqueó las mandíbulas risueño; por primera vez en siglos, aquí o en el mundo de arenas rojas, uno de los suyos era libre. El Dios-Arena le había devuelto lo que una vez les había arrebatado.

Raelana Dsagan (pseudónimo de Carmen del Pino) nació en Málaga y es licenciada en Historia del Arte.

Ha colaborado en varias antologías de relatos. En cinco números de Calabazas en el Trastero: Tijeras (2010), Peste (2011), Monstruos de cine (2011), Día de difuntos (2011), y Catástrofes naturales (2012). También ha participado en Clásicos y zombis (2010), 200 baldosas al infierno (2012) y Legendarium (2012).

Ha sido finalista en diversos certámenes como el III Premio Ovelles Eléctriques (2011), el concurso de relatos Abismo del Fénix (2010), el certamen de Fantasía oscura “Realidad Incoherente” (2010) y en el Premio Domingo Santos durante dos años consecutivos (2010 y 2011). Alcanzó un tercer puesto en el III Certamen Monstruos de la Razón (2010) y un segundo puesto en el V Certamen de Microrrelatos Teseo (2010). También obtuvo menciones honoríficas en el concurso de relato corto Sagas Épicas (2009) y en Fabricantes de sueños (2008).

Ha colaborado también en publicaciones digitales como NGC3660, Entropía, Axxon y Los zombis no saben leer.

Más información en su blog.

Hemos publicado en Axxón su cuento CARRETERA A PARÍS.

Ana Morán Infiesta nació en Gijón, en 1981. Autora con una alarmante afición a las cabezas cercenadas, ha participado en diversas antologías de corte fantástico. Así, como autora de terror ha participado en dos ediciones de Horror Hispano, Más allá, y Monstruos Clásicos, o en la antología No tocar, publicada por Saco de Huesos. En fantasía, ha sido una de los finalistas del I Certamen Nuevos Mundos, en la categoría de relato largo. La ciencia ficción también le ha brindado alegrías. En este género dos de sus relatos, Cenizas de un Mundo Muerto (seleccionado Visiones 2010), y Todo está en venta (finalista del I Premio TerBi de relato de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror), forman parte de un mismo proyecto titulado Ecos del Mundo Muerto. Bifurcaciones, historia que puede catalogarse como realismo mágico, le valió el segundo premio en el X Certamen B.M.P Miguel de Cervantes de Herencia, Ciudad Real.

Además, es miembro del proyecto (Per)versiones literarias y, desde fechas recientes, es colaboradora y correctora de la revista pulp Los zombis no saben leer.

Esta es su primera aparición en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con MÍNIMA EPOPEYA, de Claudio Guillermo del Castillo; LA RE-EVOLUCIÓN DE LOS CHAMALEO D´OR, de Damián Alejandro Cés; TIERRA CALCINADA, de José Vicente Ortuño y ANUBIS, de Martín Casatti; y la noticia LA CUARTA PIRÁMIDE DEL VALLE DE GIZA (Noticias de Axxón).


Axxón 231 – junio de 2012

Cuento de autoras europeas (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Ritos : Colonización espacial : Arqueología : España : Españolas).


Una Respuesta a ““El Dios-Arena”, Raelana Dsagan y Ana Morán Infiesta”
  1. Arturo Fraga Salazar dice:

    La egiptología de por sí me apasiona. La ciencia ficción me entusiasma. Si se pueden mezclar ambas en un relato y encima resultar un extraordinario experimento, es aquí en este relato. Gracias a las dos escritoras por ofrecernos un grato rato de entretenimiento y deleite.

  2.  
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