¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

1

Al llegar a casa, Job dejó el maletín sobre la silla del vestíbulo mientras se iba aflojando el nudo de su corbata. Ya en medio del salón, escuchó a lo lejos como un sollozo desconsolado que le detuvo de golpe. Sorprendido, Job se desprendió de sus zapatos para dirigirse con parsimonia hacia el dormitorio. En la puerta de su habitación los llantos se transformaron enseguida en una serie de jadeos intermitentes, familiares.

—¡Así, así, qué bien lo haces! —dijo Irla algo más alto. Con la corbata en una mano y los zapatos en la otra, Job descubrió a su esposa crediticia a horcajadas sobre un hombre corpulento y peludo que parecía entusiasmado en su papel de montura salvaje. Casi hipnotizado por la cadencia con la que Irla subía y bajaba sobre su amante, Job permaneció algo absorto durante varios segundos, hasta que el hombre le miró de reojo desde su cama. De inmediato, Irla se giró con una mueca de contrariedad en su rostro fino cubierto de pecas.

—Ops —sonrió el intruso, e Irla continuó con lo suyo como si nada.

Media hora después, sentado en el sofá mientras veía la tele, el intruso apareció con su albornoz favorito. Andaba fumando algo encorvado, con el pelo oscuro y grasiento, las manos en los bolsillos.

—¿Cómo van? —preguntó jovialmente, y se sentó a su lado.

Solo entonces se dio cuenta de que estaba viendo un partido de fútbol.

—Lo acabo de poner.

—Vaya —protestó el otro, y sin mirarle, mientras aplastaba la colilla sobre las páginas de una revista de moda, añadió—: Oye, no te tomes a mal lo de antes, ¿eh? No tenemos una bola de cristal, tronco. Si al menos la hubieras avisado. No es nada personal, tú me entiendes.

—No te preocupes —respondió, maquinalmente.

—Irla se está dando una duchita, tío. Por cierto, me llamo Galpus. O así me llaman.

Alargó una mano mullida y esponjosa como la de un simio, destruyendo la de Job con un apretón brusco que redujo la suya a un amasijo de tendones y huesos comprimidos.

—Job —dijo casi en voz baja, simulando el dolor como pudo. Galpus le miró con sus ojos alegres y feroces.

—Soy abogado financiero de cuarto nivel, pero conozco mis derechos, amigo. Irla me ha dicho que en el penúltimo periodo pediste un préstamo de créditos para solventar tus deudas. Un mal rollo, por lo que parece. Te mudaron de casa, te cambiaron a tu perro por uno de escayola, y le regalaron dos bonos compensatorios a tu mujer.

Era cierto. Aquella situación había sido muy incómoda, pero tras algunas dificultades, Job pudo resolverla gracias a su meticulosa administración de los recursos. Recordaba los bonos que le dieron a Irla, que le había denunciado por abandono de sus obligaciones financieras; uno lo gastó descambiando su coche, un monovolumen descapotable por un cochecito oscuro para recorrer largas distancias por los barrios de almacenes comerciales. En cambio, había olvidado el uso del otro bono pendiente.

—Tiene gracia —soltó el tal Galpus con los ojos muy abiertos—, pero mi especialidad son los divorcios legales, ¿sabes? El papeleo, las operaciones crediticias complejas de unión y desunión sexual, los cachorros de parejas, las pensiones. Tu caso es más fácil que un chupe. De todas formas, seguro que lo llevas bien con Irla, ¿no? Las separaciones son para la clase perdedora. Los zancudos, así los llamamos. Esa chusma está agarrada por el sistema, pero nosotros podemos ser más listos, ¿me entiendes?

—Sí —dijo lacónico, aunque no muy seguro.

No es que no le hubieran quedado ganas de divorciarse, pero para eso habría tenido que acumular la friolera de nueve mil ochocientos créditos al contado, una cifra que se escapaba de todas sus posibilidades actuales. Irla era caprichosa y dominante, pero también tenía algunas virtudes indiscutibles, como por ejemplo dejarle a sus anchas cuando lo necesitaba. Algo digno de encomio. Por lo menos no era como Septia, la última esposa, absorbente e inestable como una gelatina en movimiento, y agresiva como pocas.

—Ya veo que ha usado el que le quedaba —comentó al fin, sin dejar de mirar a la pantalla. De nuevo pensaba en el bono libre.

—Está en los módulos crediticios, colega. ¡Uy! ¿Has visto eso? ¡Joder, si casi marca, estaba solo!

Job no respondió. Galpus agitó una mano en señal conciliatoria.

—¡Bah, no te preocupes! Son cosas que pasan. Verás, de todas formas te ibas a enterar, porque ya sabes cómo es Irla, que no deja quieta la sin hueso ni un ratito. Estas cosas son mejor así, de sopetón. Me compró hace dos días, pero la conozco desde hace unos meses, más o menos. Además, esta casa es grande y podemos vivir sin problemas. ¿No ves? Ahora mismo estamos haciendo una actividad social, una de esas que se hacían hace siglos. Una reunión amistosa.

—¿Cuánto? —preguntó Job ante la amarga perspectiva de tener que alojar a la fuerza a un intruso.

—No sé, esas cosas las lleva ella —dijo Galpus, y reclinó la espalda en el sofá, extendiendo un brazo musculoso por detrás de la nuca de Job.

—Dos mil —dijo una voz suave desde una esquina—. Es lo que vale un bono, ya te lo dijo el juez.

Era Irla con una toalla enrollada en la cabeza como un faquir.

—¿Has canjeado el bono de tu denuncia por dos mil créditos de un amante? —dijo Job, y por primera vez se sintió indignado ante la situación, pues no soportaba que su esposa, aunque fuera una pareja crediticia, derrochara así sus privilegios legales.

—Sabías que me hace ilusión —protestó Irla con voz airada, y enseguida se alejó hacia la cocina—. Lo sabes desde que me compraste. Claro que siempre tienes que amargarnos a todos. No puedo esperar otra cosa de ti.

—¿No ves? —soltó de pronto el amante de su esposa crediticia, apretando sus mandíbulas—. Esto es justo lo que no podemos hacer, tío. Hay que respetar las normas para ser respetado, esa mierda que ya sabes.

Enseguida Galpus se giró un poco con aire de complicidad varonil, como si estuviera representando una comedia.

—Oye —murmuró, y mostró sus dientes sucios y enormes—, si te digo la verdad, en la cama hace mucho teatro, y tampoco es que sea mi tipo. Mira, tronco, a mí también me cogieron por las pelotas, hace unos años. Me quedé en créditos rojos, muchos, y me tuve que ver así. O me ponían como amante crediticio o a vivir bajo el puente, con los perdidos esos. Míralo por el lado bueno, tío. Podemos formar un buen equipo, incluso pasarlo mejor que nunca los tres, tú ya me entiendes.

Al decir aquello, puso su mano peluda sobre la rodilla de Job, que enseguida la retiró azorado.

—¿Ya te vas? —dijo Galpus al verle alejarse hacia el dormitorio.

Job volvió a ponerse los zapatos. Luego, algo distraído, se marchó de casa sin despedirse, mientras Irla y su amante de alquiler tomaban unas copas con la tele encendida.

Sin duda, aquel contratiempo le obligaría a seguir con nuevos sacrificios, dedicarle más horas a su trabajo con el fin de ir acumulando créditos y más créditos que le permitieran echar de su casa a ese vago errante de Galpus y luego a la propia Irla. En su mente calculó las horas gratis que le quedarían mañana para dormir y hacer sus funciones orgánicas básicas. Intentaba indignarse por la actitud de Irla, pero en el fondo no podía sentir más que una vaga sensación de indiferencia hacia sus motivaciones. Lo único que le molestaba era que hubiera desperdiciado tantos créditos para meter a un gorila en su casa.

—Ya veremos cuando se aburra —murmuró, bajando por su ascensor con una sonrisa complaciente en su rostro huesudo. Confiaba a ciegas en esa posibilidad, en el carácter voluble y veleidoso de su actual esposa crediticia. Luego vendría a llorarle por su equivocación, a pedirle disculpas. Desde luego no estaba dispuesto a formar parte de ningún triángulo erótico, de manera que su futuro dormitorio sería el sofá o una tienda de campaña, al menos hasta que hubiese arreglado ese problemita de las nuevas deudas.

En la calle, en medio del ajetreo de los vehículos sobre el asfalto, Job se acordó de su nuevo disco, obtenido gracias a sus trescientas horas laborales, y casualmente se percató de que lo había trasladado de su maletín al bolsillo de sus pantalones. Tenía bastantes créditos del fondo de contingencias como para arrojar a Galpus por la ventana, pero a cambio no le quedaría gran cosa como para subsistir el resto del tiempo hasta su nuevo disco. No, debía meditarlo con cuidado, dejar un remanente para Irla y su amigo, seguir con su esquema de organización cotidiana.

Casi sin esperarlo, Job se imaginó lo que supondría caer en las redes comerciales de los créditos libres, convertirse él mismo en un objeto de compra o venta. Un día podría ser subastado en créditos aleatorios al mejor postor, objeto de la oferta y la demanda dentro del sistema de servicios a la carta. Estaba seguro de que en aquellas condiciones no podría salir del agujero fácilmente, como no fuera con ayuda externa. Por eso, ahora sospechó que Arnel, su compañero de trabajo, estaba en un atolladero parecido por culpa de deudas inconfesables, pecados antiguos que arrastraba como un penitente con su condena. El pobre Arnel podía ser en otoño un falso padre de familia o un guía de grupos exóticos por las grandes áreas comerciales, según se le requiriera para cada caso.

Palpó el pequeño disco en su bolsillo. Era bastante arriesgado salir sin precauciones y sin una copia de seguridad en su propio ordenador: estaba claro que podrían robárselo a punta de pistola o navaja en cualquier momento. Enseguida algo frío se retorció en su estómago como un molusco gelatinoso. Perdido, a merced de Irla, su amigo sexual de alquiler, de la propia empresa, todos se repartirían entonces su vida como si fueran chacales frente a un cadáver destripado.

Lo cierto es que, según la lógica liberal arcaica, todos y cada uno de ellos tendrían razón a su manera; cada uno le demandaría por algo que considerase oportuno y propio de sus derechos y privilegios. Sin defensa alguna, pronto se vería condenado a mil penas y martirios inconcebibles, justo como los que a veces había llegado a distinguir en esas hordas de mendigos hambrientos que habitaban en los arrabales de la gran ciudad, tan lejos de la ciudadela financiera.

—Otro paria —masculló. Esa población lastimosa e ignorante quedaba fuera del circuito mercantil solo en la superficie, pues también ellos contraían deudas de por vida con fundaciones de apariencias neutrales, centros de acogida o de servicios públicos que les eximían de sus pagos crediticios con sus antiguas empresas o familias de crédito, solo para convertirse al fin en los acreedores de su futuro sin futuro. A no ser que decidiese vivir en los campos, cazando los pocos animales salvajes que quedaban, si es que ya quedaban algunos, su perspectiva final no sería mejor que la de la gente como él, los que aún pagaban sus créditos al contado y rendían cuentas al sistema en sus corporaciones.

A esas horas las calles estaban atestadas de gentes que iban a sus centros de producción o consumo, y prácticamente nadie se estaba quieto en ninguna acera o rincón. Los megabuses llevaban a las plantillas completas de empresas corporativas que habían comprado la libertad de sus empleados y que ahora los reunían en fila, como reses en una granja, cada uno aferrado a una barra del techo: había algo apático en sus ojillos entumecidos por las incontables noches de trabajo sin otra remuneración que la de no contraer nuevas deudas. De alguna forma, parecían haberse adaptado a su rutina y no lo llevaban tan mal como quienes pudieran compadecerse de ellos, los que, como Job, aún creían que estaban a salvo de esa trampa sin salida.

En una esquina, junto a una vieja iglesia reformada en Museo sobre la Bolsa, divisó un cierto revuelo de coches oficiales. Un cadáver yacía sobre la acera con una manta ensangrentada encima mientras un funcionario gordo y competente le leía sus derechos con una tableta electrónica. Desde la distancia no pudo oír las palabras del agente, pero estaba seguro de que se trataba de un pobre idiota que, tras suicidarse, había dejado como único legado una cuenta crediticia con muchos números rojos.

Job supuso de lo que se trataba. Al fin y al cabo, no era la única vez que sucedía aquello: como el muerto no tenía un solo fondo funerario de créditos a su favor, ninguna patrulla o vehículo le llevaría hasta un centro oportuno de autopsias, ni aún menos a un cementerio. Era algo obvio después de todo, pues ningún coche se iba a desplazar gratis al sitio del suceso, consumiendo un combustible valioso a la salud del difunto anónimo, ni ningún operario haría nada por recogerlo sin un solo crédito a cambio. Fuera del sistema, lo único que podría ocurrirle era que se lo llevaran los mendigos por la noche para comérselo a gusto, fuera de la ciudadela y sus contornos.

Distraído, Job se internó en un pequeño parque en el que le descontaron de inmediato dos créditos por la visita. En realidad se trataba de un cúmulo de senderos de arena bordeados por plátanos, pinos y algunos setos bajos, con un viejo pabellón en el centro que databa de una época anterior a las guerras. Actualmente su uso estaba restringido a observatorio de estrellas, pero como nadie solía visitarlo por dentro, su existencia era la misma que la de una concha marina flotando en el espacio. A Job le gustaba precisamente por eso, porque no servía para nada. Pero cerca del edificio, que sobresalía de la arboleda con su hermosa y sucia cúpula de cristales, había un creditómetro con una pantalla oblonga y su ranura. Job sacó el disco y, por un instante, el cobre adquirió un fulgor mágico a la luz del día. Miró a todas partes: solo vio a un guardia aburrido junto a una bicicleta y a unos individuos vestidos de negro que atravesaban el parque con maletines.

—Esta me la paga —murmuró, pensando en la forma de vengarse de su esposa crediticia, y al fin, tras algunos segundos de duda, introdujo el disco en el aparato. Por lo general, y dado su estatus y su edad biológica, los sistemas económicos de transmisión le asignaban un paquete casi idéntico de productos y servicios a la carta que él podía administrar como quisiera. Últimamente era siempre lo mismo: campo de comidas, a mil doscientos créditos; servicios de compra de vestidos, seiscientos; servicios de ocio, doscientos ochenta, y así sucesivamente. A veces había alguna improvisación en sus elecciones, como alguna visita guiada al interior de la ciudadela, o seis entradas para el teatro. Pero ahora lo único que concebía era la forma de restringir su consumo de créditos en campos básicos con la finalidad de poder usar los libres en ese fondo exclusivo para su venganza.

En la pantalla apareció su nombre, sus números y sus datos personales, un banco de cifras extraordinario que resumía su existencia y la clarificaba a la luz de una información completa. Luego surgió una matriz de cuadros con símbolos reconocibles y letras. Con indiferencia, fue pulsando los campos necesarios de alimentación, algo de ropa, algo de peluquería y masaje, algo de transporte para su empresa, un nuevo fondo de contingencia para servicio médico, medio paquete de televisión diaria: lo típico, lo que siempre usaba, lo que había estado consumiendo casi desde siempre. Todo el esfuerzo de su trabajo, de las complicaciones de su cargo como analista de fondos, se reducía a ese tablón de su disco de las trescientas horas. La pantalla cambiaba de página mientras unos dígitos le informaban de los créditos restantes. Era un juego de niños.

—Este es nuevo —se dijo al distinguir en el campo Otros una apuesta por el prostíbulo oficial Celauro. A veces había estado tentado de visitar algunas de las recomendaciones del sistema, pero nunca lo había hecho, quizá por el pudor de encontrarse con alguien que le reconociera en su visita. Desde que todas las putas habían sido homologadas, el morbo de una incursión en sus casas eróticas se había disipado hasta adquirir el mismo aire automático de las compras del disco H-300 que cada uno adquiría por sus méritos laborales. Ahora vio que el guardia se acercaba poco a poco con su bicicleta. Sin pensárselo, le dio al botón del Celauro y lo introdujo en su cesta. Luego, sacó el disco y volvió a metérselo en el bolsillo. Aquel capricho le había costado la simbólica cantidad de nueve créditos, una de esas ofertas incomprensibles con las que el sistema parecía premiar el disfrute con hombres o mujeres de alquiler. Pero tampoco le importó demasiado; al menos Irla no sabría nada hasta que fuera demasiado tarde.

Esa noche, tal y como lo había planificado, Job durmió en el sofá del salón, escuchando de fondo los jadeos de su esposa crediticia. Le molestó que hiciera un ruido que nunca había hecho con él: estaba claro que solo pretendía mortificarle. Pero ese mendrugo degenerado de Galpus había vuelto a insistirle para que se uniera a la fiesta, lo que reforzaba su convicción entorno a un plan de venganza. Cuando menos se lo esperasen, los echaría de la casa a ambos. Entretanto, hundió su cabeza entre dos cojines para amortiguar su martirio.

2

Por la mañana, y con la mente algo más lúcida, Job acudió al baño para afeitarse y disponerse para una nueva jornada laboral. Pero al abrir la puerta encontró a Galpus desnudo, meando de pie sobre la taza.

—Buenos días, tío —le dijo con los ojos somnolientos y, al girarse un poco, algo le salpicó en las rodillas.

Luego Job se despidió de Irla con un gesto seco y silencioso. Irla estaba sacando las tostadas del tostadero cuando se lo dijo:

—Ya sé lo que estás pensando, pero eres un egoísta, ¿lo sabías? Nunca te has preocupado por mí, ¡nunca! Compraste este matrimonio y ahora te fastidia que Galpus viva con nosotros, ¿no? Pues mira, así no hay ningún engaño, ¿no te parece, Fiu?

Cerró la puerta sin contestarle. En el ascensor, en el credibus, en el vestíbulo de la empresa, en todos y cada uno de los lugares por donde pasó esa mañana tuvo algún pensamiento relativo a su vida anterior a Irla. En la primera juventud todo había sido mucho más fácil, más sencillo. No obstante, conforme fueron pasando los años, el sistema le obligó a aumentar las horas necesarias para conseguir los créditos básicos como para no endeudarse, no caer en el vicio de los adelantos a intereses terribles, o incluso no perder sus derechos ciudadanos de forma casi definitiva.

Su compañero Arnel se montaba cada día en un megabus con el sector de la plantilla que estaba bajo absoluto control de su empresa, otros tantos individuos con deudas misteriosas y abrumadoras. Ahora, sentado en su silla de analista, se fijó en su aspecto, dos filas de mesas más allá de la suya: estaba demacrado, pálido y vestía un uniforme muy extraño que Job identificó con el de los guardias nocturnos. Al parecer, el pobre Arnel no debía haber pegado un ojo esa noche.

—Pobre muchacho —murmuró.

A mediodía, gracias a medio crédito de reserva de su nuevo disco, pudo tomarse un café y un bocadillo sintético que le olió y le supo al plástico de las bolsas de basura, pero que al menos le sirvió para aliviar su estómago. Casi nunca había nadie en la pequeña planta de descanso, pues pocos lograban hacer uso de unos privilegios que subordinaban a necesidades para muchos más importantes. Se sentó en una silla que enseguida generó un chasquido reconocible.

—Mierda —dijo, contrariado, y se levantó del asiento con el bocadillo en la mano: era una silla crediticia oculta, una de esas que a veces estaban colocadas en los lugares más insospechados solo para que algún incauto las usase. Se preguntó cuántos créditos habría perdido de golpe.

—Esto es jugar sucio… —murmuró.

Sin embargo, ya por la tarde, tras salir de su empresa, comprobó que la broma tampoco había sido excesiva: doce créditos no eran demasiados. Además, eso le serviría para extremar sus precauciones, sin duda. Al volver a casa se encontró a Galpus con varios individuos desconocidos que al verle apenas levantaron un poco las cejas. Estaban sentados viendo un partido de fútbol en la televisión, pero Galpus tuvo todo el detalle de presentarles a los que llamaba sus “colegas”.

—Mis colegas dicen que tenemos una casa de puta madre —dijo Galpus con la camisa manchada con grasa y con un gesto de compadreo de lo más jovial. Job asintió con una mueca semejante a una sonrisa torcida, y se metió en su dormitorio.

—¡Irla no está! —rugió Galpus a lo lejos, y enseguida se escucharon varias risotadas brutales del grupo.

Por la noche decidió caminar por la ciudad sin un rumbo preciso, solo por despejarse un poco. Los megabuses transportaban su carga de regreso a las casas de los trabajadores: encorvados, con las manos en las barras del techo o sobre asas de cuero a las que se aferraban los más bajos de altura, parecían un verdadero ejército de fantasmas silenciosos. Job pensó que esa podría ser la imagen de su propio futuro, junto a Arnel y tantos otros. Sin discos crediticios estaba muerto, desnudo y a la intemperie, a un solo paso del abismo.

Como el parque estaba cerrado, siguió su ruta por un barrio de edificios bajos desde los que se veían mucho mejor las seis torres giratorias de las grandes corporaciones, en el interior de la ciudadela amurallada: una bruma nocturna les daba ahora un aspecto fúnebre e ilusorio. Job se detuvo en varios escaparates de tiendas que nunca cerraban, como la de los vendedores orientales de alimentos importados. Como no había elegido ninguno de los sub-campos de alimentación exótica, no tenía derecho a adquirir nada hasta las próximas trescientas horas, pero observó los pescados de escamas plateadas que relucían bajo la luz eléctrica de los mostradores.

—¿Puedo ayudarle? —dijo una voz detrás suyo. Al girarse vio a un guardia nocturno con las manos a la espalda.

—No, no. Gracias —respondió, algo azorado. El guardia se le quedó mirando mientras se alejaba por un callejón. Estaba seguro de haberlo visto en otra parte, quizá varios años atrás, en un curso de reciclaje de métodos analíticos. Es posible que hubiera quedado obligado a hacer unas horas extras, igual que Arnel. Tenía la idea de ir regresando poco a poco a su piso cuando lo vio: el destello en colores rojos y naranjas, el letrero de una de las muchas casas de contactos efímeros que salpicaban esa zona. De alguna forma le sorprendió el hecho de haber caído en el parque bajo aquella tentación tan absurda, aquel desperdicio de sus fondos, por pequeño que fuese, y que no hacía sino retrasarle en sus propios planes de venganza.

Pero también era cierto que si no los usaba perdería los nueve créditos sin remedio. Por esa razón entró en el Celauro, o en uno de los varios Celauros posibles. Allí le atendió una holo-pantalla, dándole la bienvenida y ofreciéndole a cualquiera de sus cincuenta chicas durante el tiempo de cuarenta minutos exactos. Pulsó el botón de demanda a la carta: enseguida aparecieron rostros de muchachas diferentes, rubias, morenas o pelirrojas, pero al cabo de medio minuto le pareció que todas eran la misma mujer que ahora le observaba con indiferencia.

—¡Para! —dijo de golpe, y de forma aleatoria, la pantalla se detuvo en una cualquiera. En el fondo, lo hizo porque no conseguía fijarse bien en las peculiaridades físicas de cada puta crediticia, y porque le daba lo mismo una que otra. En el fondo lo que le importaba era más el gesto que la elección misma. Aunque fuera dentro de su sección de prostíbulos a la carta, estaba seguro de que al menos así se sentía menos oprimido por las nuevas reglas de la casa con Irla y su amigo.

La muchacha que le atendió se llamaba Maeeva: en el interior de una habitación llena de espejos con los que poder recrearse en toda suerte de posturas, Maeeva, una pequeña y fibrosa belleza de ojos azules, se esmeró todo lo que pudo para hacerle feliz durante el tiempo estipulado. Luego, en los minutos muertos del final, empezó a contarle algo de su historia con un tono monótono y triste, como si ya la hubiera repetido muchas veces a otros clientes: era la hija de un magnate arruinado. A cambio, Job se confesó como si estuviera con la hermana que nunca tuvo.

—Me quitaron mi casa —contaba despacio, mientras se iba vistiendo al pie de la cama—. Le dieron mi perro a otro, y mi esposa crediticia. Ahora tengo un demonio por mujer, que ha metido a un idiota en mi casa, y algún día me echarán a patadas porque no tengo créditos suficientes. ¿Y sabes qué es lo peor? Que cada día estoy más seguro de que es imposible comprar mi divorcio. Matemáticamente, casi. O me divorcio y me quedo en la ruina, lo que al final sería peor.

—Tengo un cliente —empezó a decir la muchacha recostada de lado—. Es un hombre muy importante. Una vez me contó algo parecido. ¿Te quedan créditos libres?

—Cinco, creo —se sinceró Job—. Lo demás pertenece al fondo de imprevistos.

—¿Quieres ayuda?

—Depende qué ayuda —respondió mientras se ponía los zapatos.

—Déjame tu disco —dijo de golpe Maeeva, y se levantó de un brinco de la cama—. Es solo un segundo.

—No voy a darte mi disco.

—Venga, si lo he hecho miles de veces. Lo que pasa es que casi nadie sabe todos los usos que tienen.

La muchacha introdujo el disco en el creditómetro de su habitación ante la mirada atenta de Job. En la pantalla aparecieron su nombre y sus datos personales, junto con dos dígitos, 5,3: los créditos que le quedaban de sus trescientas horas laborales sin contar las reservas.

—¿Qué haces? —dijo Job.

La joven se desplazaba por los campos con una destreza increíble, sustituyendo unas pantallas por otras, en ramales de servicios que se iban derivando por apartados temáticos. Job nunca había encontrado aquellos campos, posiblemente porque nunca nadie le había explicado la forma de acceder a ellos, pero eran reales, tanto como los apartados básicos de comidas y ropas. Al final, Maeeva se detuvo en un cuadro, con un nombre.

—Justo dos créditos —dijo y le miró de reojo con una sonrisa traviesa—. ¿Quieres pulsarlo?

Job contempló el anuncio de oferta del sistema, los nombres de una agencia con los servicios disponibles pero apenas podía comprender sus funciones.

—¿Cómo has llegado hasta ahí?

—Es muy fácil. Estas cosas siempre están aquí. Te sorprendería saber cuánta gente las usa. ¿Lo ves? Apartado doce, barra cero, casos de trimonios, así llaman a los matrimonios como el tuyo.

—¿Una agencia de divorcios? —murmuró Job con los ojos entornados, fijándose en la letra pequeña de la pantalla. Enseguida recordó que, como una broma de mal gusto, Galpus era un abogado financiero especializado en esa clase de asuntos tan espinosos. Quizá, en el colmo del absurdo, podría contratar a Galpus para divorciarse de Irla por culpa del propio Galpus y ofrecerle como remuneración a este un matrimonio con su esposa crediticia.

Maeeva dio una carcajada alegre y juvenil.

—¿Sabes? Eres muy gracioso, ¿lo sabías? ¿Quieres llevarte media vida acumulando créditos para echar de casa a esa esclava y a su esclavo subcontratado? Todas las noches me llegan hombres como tú, lloriqueando porque no saben qué hacer. Te aseguro que no eres el único.

—Divorciarse no cuesta dos créditos —sentenció Job, y miró de reojo a la prostituta—. No me suena bien.

—Bueno, el disco es tuyo —dijo la chica, que hizo el ademán de retirarse, pero Job se quedó observando la críptica fraseología de la agencia, una retórica hermética con la que, al parecer, se anunciaban para solucionar asuntos de índole crediticia ligados a uniones de pareja o familiares. Como no tenía gran cosa que perder, pulsó el botón e hizo la adquisición del servicio.

—¿Ya está? ¿Y ahora se supone que me llamarán, o se pondrán en contacto conmigo?

—Eso ya es cosa tuya, cariño —respondió la tal Maeeva mientras se ponía el sujetador.

Al día siguiente trabajó distraído delante de la pantalla de su ordenador. El asiento de Arnel estaba vacío, enseguida supuso que se encontraría enfermo por culpa del ritmo desaforado de trabajos accesorios que realizaba para comprar su acceso a los discos crediticios, para no subirse así cada mañana a los megabuses. Tecleaba despacio, mientras pensaba en la disparatada escena que había tenido en su casa a primera hora. Apoyado en sus inestimables conocimientos del sistema, Galpus le había hecho una oferta. Al lado de Irla, que le miraba como si se hubiera convertido en una molestia para ambos, Galpus declaró con solemnidad que, una vez analizada la situación financiera de aquella “familia”, se hacía necesaria la subcontratación de lo que llamó “apoyos”, o esposos crediticios de segundo orden.

—Ya verás, tronco, vamos a sacar a flote esto —le dijo con entusiasmo.

Se trataba de una figura legal completamente necesaria y que significaba el hecho de poder construir una mancomunidad financiera que compartiese los gastos y los ingresos de créditos en fondos comunes. A este respecto, Galpus había pensado en varios amigos. A cambio, lo único que debía hacer era dejar el control de sus créditos libres bajo el mando de todos, incluido él mismo, claro.

—Será cabrón… —masculló en un momento del día, intentando concentrarse en sus tareas de análisis de bonos. Pronto su casa se convertiría en una comuna sexual libre y cada noche, durmiendo ya en la cocina, tendría que taparse los oídos con bolas de cera. “Inconcebible”, se dijo.

Al atardecer, Job caminó absorto pensando en su primera esposa, cuando aún no había conocido a mujeres atadas a deudas con los bancos de créditos. Su antiguo suegro era un hombre mayor de pelo cano y cejas gruesas que a menudo le miraba como si nunca pudiera creerse el hecho de que su hija se hubiese casado con un zopenco de tal calibre. Era fiscal financiero de cierto prestigio, y llevaba viudo muchos años; su mayor afición era la de coleccionar objetos y rarezas del pasado en una vitrina de cristales que solo enseñaba a su familia y a unos pocos amigos de confianza. Un día que no le despreciaba especialmente, aquel hombre alto y hosco se acercó a su pequeño museo y le enseñó un objeto redondo y plano de pequeño tamaño, con un relieve en sus dos caras.

—¿Sabes qué es esto?

—No.

—Me lo imaginaba —respondió con una mueca de desprecio mal disimulada—. ¿Es que no os enseñan en las universidades nada de historia? Esto es una moneda, hijo. Una moneda. Una de las pocas que quedan, seguro.

—Ah, una moneda —repitió confuso, y vio el extraño objeto que descansaba en la palma de su suegro. En realidad, no recordaba qué era o había sido aquello.

—En la Primera Guerra nadie comprendió gran cosa —contó el hombre sin mirarle, como si hablara consigo mismo—. Los capitales eran como hoy, iban de un lado para otro gracias a los sistemas informáticos. Pero poca gente se daba cuenta del proceso. Lo importante, hijo, ocurrió después de la Tercera Guerra. Ahí algunos comprendieron que, sin un soporte comparativo, el dinero metálico era una fantasía de niños. Destruyeron todo el material, todo, monedas y billetes. Obligaron a los mayores países a destruirlo. Millones y millones de toneladas de papel, de metal. A continuación se destruyeron Estados con solo darle a un botón y dar una orden financiera oportuna. Así de fácil. Era aterrador, maravilloso, todo lo que quieras. No había motivos personales, ni nacionales, nada de eso. Imagínate, las guerras de armas físicas desaparecieron en los grandes sectores, menos en el tercer mundo, ahí siguieron cayendo como chinches. Aquí una bomba tiene el mismo significado que esta moneda. La verdadera arma nuclear de nuestra era es la información crediticia, lo que ya conoces desde la escuela, supongo. ¿Te gusta?

Job no supo si le preguntaba por la historia o la moneda, de modo que decidió responder afirmativamente en cualquier caso.

—Me alegro —dijo su antiguo suegro.

Ahora pensó en la disolución de los países antiguos, tal como quedaban enmarcados en los mapas de la Historia, para configurarse como secciones de ligas económicas que luchaban entre sí o se asociaban con el fin de poder formar grupos más poderosos. A Job le costó imaginarse una realidad distinta de aquella en la que había nacido, y casi le pareció imposible que el mundo hubiera cambiado en los últimos doscientos años de progreso.

3

Había llegado a una parada de megabuses cuando vio a un hombre frágil y pequeño que iba barriendo la acera sin mucha destreza. Vestido con un mono azul, Arnel no le llegó a ver, pero Job dedujo que debía tratarse de una nueva asignación del sistema para cumplir con sus deudas. Por eso decidió dar un pequeño rodeo a la parada para que no le viese y ambos no se enfrentaran a la incomodidad de la situación.

—Pobre Arnel —se dijo.

Al entrar en casa, ya en el vestíbulo, Job dejó el maletín como de costumbre y se detuvo unos segundos con la esperanza de que Galpus o Irla no estuviesen dentro. En cuanto pusiera en orden sus ideas, averiguaría la forma de localizar o ser localizado por la agencia de divorcios. Desde luego, lo que no estaba dispuesto a sufrir era que metiesen a otro intruso en su casa en lo que habría de ser una pesadilla sin salida alguna. Era obvio que Irla no era como las otras esposas adquiridas a la carta. Casi desde el principio debía haber pensado aquel plan con todo lujo de detalles.

—¿Irla? —dijo en voz alta, ya en el salón, en donde divisó los zapatos sucios de Galpus y una camisa con manchas encima de su sofá. La tele estaba encendida con un programa de entretenimiento. No hubo respuesta: estaba solo, por fin, solo para pensar a solas.

Irla estaba muy equivocada desde el principio, casi desde que se pensó que le daría pena por el hecho de ser una esposa crediticia. Se equivocaba, de punta a punta. Si al menos hubieran tenido un hijo, pero para eso se necesitaban tres mil créditos oficiales, y por aquel entonces no había margen para tales derroches. A ninguno de los dos le importaba demasiado el no tenerlo.

—¿Galpus? —dijo de golpe, pensando en la posibilidad de que aquel orangután estuviera en el baño. No, no había nadie en casa, afortunadamente. De modo que entró en su dormitorio con la corbata en la mano y silbando una melodía que había escuchado en el ascensor de su empresa, pero la visión le paralizó los músculos. Atónito, retrocedió, golpeando la espalda con el armario.

—Joder —susurró. Irla permanecía en la cama, como si durmiera en calma con un brazo ocultando medio rostro en una actitud morbosa, pero Galpus estaba en el suelo, en su afán de ensuciarlo todo como siempre, hasta el último momento, en este caso con su propia sangre.


Ilustración: Guillermo Vidal

Asustado, se giró como si alguien le vigilara, pero allí no había nadie. La reacción instintiva de la huida se le impuso como una forma agónica de desplazarse a cualquier sitio. Y no obstante, la sangre de Irla empapando la colcha de su cama le arrojó de nuevo al salón, donde reconoció huellas de un crimen sin respuesta. Estaba al lado del credifono, incluso con la tentación de llamar a la Guardia Urbana, cuando recordó la agencia que había contratado por el irrisorio precio de dos créditos, casi lo mismo que costaba adquirir dos camisas de verano de algodón, un pantalón y un servicio de comida a domicilio.

—No puede ser.

¿Cómo había comprado algo a ciegas? Maeeva, esa putilla ladina, le había engañado, seguro. Pero enseguida se sentó, mientras la cabeza la daba vueltas. No, no había sido ella. De hecho, se lo insinuó muchas veces, pero él había sido tan idiota que no pudo darse cuenta de lo que le estaba diciendo. Una sola llamada y sería peor que un esclavo o un paria. Un asesino de primer grado confeso estaba condenado a servir en los trabajos más duros de por vida, y nunca podría volver a adquirir un disco crediticio. Nunca.

No volvió a entrar en el dormitorio. Pero tampoco podía quitarse de la mente la pose desnuda de Irla, mostrando ese sobaco suyo con una mancha ocre de nacimiento, ni siquiera la cara estúpida de Galpus en el suelo, con un ojo saltón y el otro entrecerrado. En cambio, decidió esperar a la noche para salir del edificio sin levantar sospechas. “¿Cómo habían podido hacer algo así?”, pensó confuso, con las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Al fin se detuvo en el creditómetro más cercano, una unidad de base fija situada en una placita de cemento sin un solo adorno floral ni una sola nota de vegetación en su entorno. No había apenas nadie a esas horas, y eso le hizo sentirse más seguro. Por eso introdujo el disco y comprobó de inmediato la adquisición de los créditos a la empresa. Si era una agencia de divorcios, debía ser de las más eficaces, sin duda, y se sorprendió con una sonrisa aterrada en su rostro contraído. Apenas le quedaban mil quinientos créditos libres del fondo extra, pero nada de eso tendría importancia si le implicaban en aquel crimen.

—No tengo otra —masculló, y apretó el botón de compra de una nueva visita a la casa erótica.

Con los años, muchas calles se habían vuelto cada vez más fantasmagóricas, y ya pocos recordaban la luz eléctrica nocturna de otras épocas. En las redes financieras a la carta, eran pocos los créditos acumulados para ese servicio dadas las onerosas cargas privadas de cada empleado, así como sus responsabilidades familiares. De hecho, en algunos barrios fuera de la ciudadela se habían acostumbrado a la oscuridad más absoluta, sobre todo desde que las deudas fueron estrangulando a sus moradores o a sus ancestros, y ciertos servicios públicos dejaron de ser algo prioritario o bien se delegaron al dominio de las innumerables agencias privadas, amos y señores de los suministros básicos. De cualquier forma, las sombras le cobijaron para arroparle en su camino sin pausa, recorriendo placitas y callejones sucios donde se acumulaba la basura. Un rato más tarde se encontraba frente al Celauro. En el vestíbulo, la pantalla plana volvió a ofrecerle a la plantilla disponible de su club selecto. Tuvo que esperar varias vueltas automáticas para detener la imagen en el rostro ingenuo de Maeeva, pero de inmediato un aviso le advirtió que la chica estaba ocupada.

—Me importa una mierda —se dijo a sí mismo, y se sentó en uno de los sillones de espera de la entrada, donde también había un hombrecillo con un bigote fino y cano y un sombrero. Por su aspecto nervioso parecía que fueran a extirparle el bazo en lugar de pasar un agradable rato erótico.

—¿No le gustan las que quedan? —preguntó con una voz estridente, y enseguida añadió con tono picarón—. A usted le pasa lo que a mí, que es un sibarita.

Job no respondió, optando por asentir de forma mecánica. Estaba furioso consigo mismo, pero también con aquella puta por no ser más clara en algo tan grave. Al menos debía haberle avisado lo que iba a ocurrir, o no pensar que ya lo sabía de antemano. Ahora estaba en un aprieto tan grande que nunca encontraría la forma salir indemne. Definitivamente, estaba perdido. Pronto empezó a sudar, como un condenado a muerte, mientras el hombrecillo esperaba su turno junto a él hablándole de sus preferencias por una tal Ceriola de pechos diminutos, culo respingón y pubis de color malva. Cuando al fin se iluminó la pantalla con el rostro de Maeeva, se puso en pie atolondrado, con una sensación ingrávida y nauseabunda. El disco crediticio le había herido la mano al apretarlo dentro de su bolsillo, pero ni siquiera notaba el escozor. Pálido, se introdujo en la misma habitación de la otra vez. Maeeva le esperaba con ropa interior de encaje y una peluca azul con flequillo.

—Hola, cariño. Vamos, pasa, no seas tímido.

Job se ocupó de cerrar la puerta. Vacilante, con las mandíbulas apretadas, sus ojos parecían haberse hundido en la profundidad de sus cuencas óseas.

—¿Qué has hecho? —comenzó a decir con voz trémula—. ¿Qué me has hecho hacer, desgraciada?

Al principio Maeeva no pareció reconocerle, pero tras algunas palabras de introducción, recordó al fin el primer encuentro.

—Tranquilo —le dijo en voz baja—, no te pongas nervioso. Además, hay miles de agencias como esa. Tú deberías saberlo. Ya te lo dije.

—¡No lo sabía!

—Shhh —susurró poniéndose un dedo en los labios—. No tienes por qué enfadarte, cariño. Nadie te había enseñado tus derechos.

—Me meterán en la cárcel, o peor, seré un desgraciado sin créditos. ¿Es que no lo entiendes?

Maeeva le persuadió para que se sentara en la cama. Luego, con sus manos finas, le acarició la nuca dura como una piedra.

—Vamos, venga. No te preocupes por eso. Tu problema se ha solucionado, ¿no? ¿Entonces de qué te quejas, eh? Eres libre.

—Pero… —murmuró cabizbajo—. Yo no quería…

—Todos decís lo mismo: yo no quería, yo no pensaba. Pero al final os alegráis. Lo único que tienes que hacer es retirar los cuerpos, y ya está. Así de fácil.

Job se giró para contemplar a la muchacha. Con la peluca azul y el rostro juvenil salpicado de purpurina, sus ojos irradiaban casi entusiasmo.

—Mi madre crediticia eliminó así a su primer marido —confesó Maeeva.

Pero Job no sabía qué hacer con los cadáveres, si es que debía hacer algo. Lo mejor sería llamar a la policía y entregarse. Eso es, una llamada y se acabó todo.

—No seas tonto —le interrumpió Maeeva con aire casi aburrido, como si le molestara que aquel cliente no se hubiese fijado en su modelo ni en su maquillaje a la última moda—. Ni siquiera ellos quieren eso, no les interesa. Entregarte… ¿dónde has visto esas cosas, en las películas? Anda, anda. Eso era hace siglos, cariño. Ahora resulta ridículo, créeme. No, guapo, lo único que hay que hacer es deshacerse de las pruebas. Confía en mí.

—¿Pero estás loca o qué te ocurre? No puedo ni entrar en mi dormitorio. No puedo…

Y se llevó las manos a la cara, clavando sus codos en las rodillas en un gesto de desesperación que había repetido algunas veces en los últimos años. Pero, al parecer, Maeeva tenía solución a todos sus problemas. No era nada extraordinario, sino en general muy sencillo, un trámite que se desarrollaba sin escándalos ni sobresaltos en la era moderna. Toda la realidad se había vuelto una amalgama financiera, un tejido complejo de créditos y servicios. Un ciudadano con créditos podía salvarse de todas las incomodidades. En consecuencia, la única forma razonable de desintegrar los cadáveres de Irla y del idiota de Galpus era contratar a otra agencia.

—Es que no os entiendo a los hombres, de verdad —resumió Maeeva e introdujo de nuevo el disco en el aparato—. Venís aquí, y luego queréis que os saquen las castañas del fuego.

Pronto, gracias a su destreza con las pantallas, accedió en pocos segundos a varios campos sobre la materia. Una vez más, el anuncio críptico y su fraseología abigarrada impidieron a Job descubrir intenciones macabras u oscuras.

—¿Esto es una broma? —dijo con los ojos desencajados sobre la pantalla—. ¿Quieres decirme que la ciudadela ofrece servicios de asesinato y recogida de cadáveres a un módico precio?

—Bueno —comentó Maeeva mientras tamborileaba con sus uñas fucsias sobre la carcasa del creditómetro—. Estas salen un poco más caras, según me han dicho, pero tampoco sé mucho de eso, la verdad.

—¿Eliminan las pruebas? —dijo Job, absorto—. Pero al final vendrán a preguntarme, alguien sospechará. Seguro.

—No vendrá nadie, cariño. Eso si pagas tus créditos a cualquiera de las agencias que se dedican a esas cosillas.

—Novecientos créditos —leyó, con una mano sobre los botones de la carcasa—. Eso es bastante más que dos créditos por matar a dos seres humanos. A un crédito por vida.

—Bueno —respondió ella agitando la mano de forma teatral—, si lo prefieres, puedes encargarte tú mismo de los cuerpos. Ten cuidado de no mancharte.

—Mancharme —susurró, sudoroso, y al fin, con algo de recelo, pulsó la tecla de adquisición. Era un gasto gordo pero necesario. Vista su situación, resultaba absolutamente indispensable algún tipo de apoyo, de lo contrario estaría perdido. Irla y Galpus ya no eran un problema real de convivencia, pero sí lo constituían sus cuerpos, la huella de unos asesinatos mandados por una orden desde un creditómetro, con su propio disco de las trescientas horas laborales. En realidad, no era nada personal: al disolverse los bancos y las agencias públicas, el sistema se había hecho tan enorme y amorfo que englobaba todas las miserias y virtudes del hombre, todas sus necesidades y sus deseos. Todo a la carta para su uso y consumo.

—Una cosa —le dijo Maeeva antes de irse—. Yo que tú no me pasaría esta noche por tu casa.

—¿Policías? —dijo asustado.

—No, tonto, están trabajando en lo tuyo desde que le diste a ese botón. Venga, guapo, te espero para otra, que esta vez ni me has tocado, ¿eh? Ya me contarás qué tal te ha ido.

Como situación de emergencia, tuvo que pasar la noche en un credihostal que le llevó ciento cincuenta créditos del fondo extra de su disco, además de la seria perspectiva de verse involucrado en un suceso que le superaba. Entre las paredes rosas de una habitación minúscula gastó otros doce créditos suplementarios en conectarse a los canales de noticias para saber dónde sonaría primero la bomba. Asesinada pareja en extrañas circunstancias. O se busca el culpable del asesinato doble. No tardarían en decirlo, estaba seguro. Con el mando en la mano, esperó durante dos horas enteras, y solo cuando el aburrimiento le venció del todo, cambió a los canales eróticos. En uno de ellos aparecía un hombrecillo barbudo vestido de cuero con un enorme falo de látex pegado a su ingle; enseguida reconoció a Mauroc, el antiguo portero del bloque donde vivía con Septia antes de que esta intentara echarle a golpes de su propia casa. Hastiado, finalmente apagó la televisión y se echó un rato en su cama blanda.

A la mañana siguiente acudió a su empresa sin afeitar y con la misma ropa sucia del día anterior. No había tenido fuerzas como para pasarse por su piso, de manera que ahora tecleaba torpemente frente a la pantalla de su ordenador. Hoy Arnel tampoco había venido, pero en el fondo supuso la causa: la bola de nieve de sus deudas crecía en silencio hasta superarle. Al mediodía recibió un telemensaje en tiempo real donde se le informaba que el trabajo había sido realizado en los términos convenientes. Alterado, se ausentó varios minutos de su puesto e introdujo el disco en un creditómetro de la planta cero. Solo entonces supo que la agencia que había contratado era distinta de la otra que había cumplido con el trabajo sucio del crimen. Pero le inquietaba esa sencilla y despreocupada burocracia con la que el sistema permitía transgredir las leyes solo si uno poseía los créditos suficientes.

Esa tarde, y no sin cierto temor, Job entró de nuevo en su casa. Lo que encontró le dejó sin respiro: el piso estaba inmaculado, con el suelo brillante, los cojines del sofá perfectamente colocados, y ni un solo trapo o ropa sobre ningún sillón o armario. La colcha de la cama era otra, de colores más chillones, pero en el suelo de madera no quedaba ni una sola mancha de sangre, ni una sola prueba aparente de su implicación en un delito. Abrió el armario de Irla: todas las perchas vacías, igual que los cajones o la cajita de las joyas. Nada. En esa casa solo vivía un hombre llamado Job. Aliviado, se sentó en una silla del dormitorio, con una suave sonrisa en los labios. Bueno, al menos se había quitado ese problema de encima.

Al fin se levantó. No más Irla y sus caprichos crueles, ni ese memo de Galpus y sus partidos de fútbol, ni el insoportable concierto nocturno de sus arrullos eróticos al otro lado de la pared.

—Se acabó —se dijo.

4

Durante los siguientes días Job durmió apaciblemente en su cama. En la oficina desempeñaba su rutina con una eficiencia que no recordaba desde su primer matrimonio. No se había dado cuenta del verdadero martirio que había supuesto su existencia hasta que eliminó a Irla de la ecuación. Lejos de mantener cualquier tipo de duelo moral, ahora justificaba sus actos en virtud de las penalidades sufridas, y de los abusos que le habían socavado en los últimos tiempos; a su modo de ver, aquello no era sino una compensación por las molestias pasadas. De ese modo, descubrió en el sistema engranajes ocultos pero necesarios que ayudaban a los empleados como él mismo en la diaria ejecución de sus tareas. Era obvio que, con Irla y Galpus dentro de casa, su rendimiento en la oficina se había deteriorado.

El único inconveniente de esta nueva época feliz era el peso de sus deudas actuales. Consciente de que todo sacrificio implica alguna clase de pérdida, Job estaba seguro de que para seguir manteniendo su libertad había sido preciso incurrir en gastos imprevisibles pero prioritarios. Le parecía curioso el hecho de que una agencia oficial hubiera eliminado a Irla y a su amante por dos créditos miserables mientras la agencia encargada de suprimir sus cuerpos le había cobrado nada menos que novecientos, lo que colocaba su fondo de contingencias contra las cuerdas. Nunca había estado tan cerca de los números rojos, a excepción del episodio lamentable del penúltimo periodo por el cual había tenido que pedir un adelanto crediticio del que se aprovechó la propia Irla, y que a la larga había sido la causa de su situación presente.

Pero había merecido la pena, estaba seguro. No iba a pasar nada porque durante uno o dos meses tuviera que ajustarse los cinturones; reduciría los gastos superfluos, prescindiría de algunos servicios del cuadro básico, como las atenciones médicas, por ejemplo, pues se sentía en buen estado de forma y no esperaba caer malo: al menos confiaba en esa suerte. Si se manejaba con cuidado y atento a su presupuesto diario, Job estimó una recuperación completa para finales de la primavera. Entonces podría volver a disponer de nuevo de su fondo y no ocuparse más de los asuntos derivados de aquella operación crediticia. Para disminuir aquel periodo de recesión privada, lo primero que se impuso a sí mismo fue incrementar el número de horas de trabajo: así accedería antes a su disco para poder administrarlo adecuadamente sin estar con el agua al cuello. Enseguida comenzó a trabajar incluso con un entusiasmo juvenil, y ninguno de sus superiores hizo el menor comentario sobre este nuevo cambio de actitud como analista.

De hecho, no le importaba salir por las noches y pasear a pie de regreso a casa, habitualmente por ciertos barrios oscuros en los que percibía los olores turbios de los mercadillos de carnes y pescados ambulantes. Con su maletín en la mano, Job entendía aquello como parte de un proceso incómodo pero necesario; pronto todo habría acabado para siempre. Lo curioso es que, de alguna forma, era como si así hubiera ocurrido: a excepción de varias vecinas y de un amigo de Galpus, que una mañana de domingo se presentó en su casa para saludarle, nadie le molestó con preguntas inconvenientes ni le atormentaron con esa secuencia de interrogatorios que había visto tantas veces en las películas antiguas, de mucho antes de las Guerras. A Job no le resultó demasiado difícil averiguar las razones: los individuos que se mudaban de pronto de casa o que de golpe ejercían empleos imprevistos habían caído en deudas temibles, o bien estaban sometidos a sus empresas para subcontratarlos a su antojo.

A pesar de todo, el hedor de algunos callejones le parecía ofensivo. Dentro de la ciudadela, sobre las plataformas de jardines colgantes de las corporaciones más poderosas, no concebía ninguna clase de mal olor, y el que pudiera surgir sería eliminado enseguida por aspersores de viento y difusores de fragancias de flores extinguidas. Pero ahí, en tantos barrios y zonas asfixiadas por las redes de crédito, la peste era algo dominante en el entorno, la manifestación inequívoca de que las deudas de sus moradores les habían obligado a prescindir de los servicios higiénicos de recogida de desperdicios.

Una noche decidió parar en un bar de bebidas exóticas, donde por el precio de seis créditos, hizo una excepción a su política de restricciones personales. Al fin y al cabo había que celebrar esa sensación inefable de euforia por no verse oprimido por nadie, por ser un hombre libre. El jarabe ácido le removió las tripas pero reconfortó su alegría; Job, que nunca solía hablar con extraños, mantuvo incluso una charla amistosa con el camarero sobre las obras del nuevo puente. Luego, sin pensárselo mucho, desvió un poco su trayectoria hasta plantarse frente al Celauro. Estaba claro que debía agradecerle muchas cosas a Maeeva. Pero en la pantalla de chicas a la carta, esta vez no apareció su rostro.

—Ya no trabaja aquí —le dijo una encargada alta de edad madura, con el pelo recogido en un moño gris.

—¿Puede decirme en qué Celauro está ahora?

—Ya le he dicho que no trabaja con nosotros, eso es todo lo que puedo decirle, señor.

En cierto modo se alegró por ella pero, justo al salir por la puerta del local, un hombre bajo de espaldas anchas le tocó en el brazo derecho. Tenía un ojo de cristal mal colocado y una nariz gorda y fofa como un tubérculo.

—Eh, ¿era usted de Maeeva, amigo? —le dijo con una mirada de complicidad secreta. Job asintió algo atolondrado por el alcohol.

—Se fue hace varios días. Compró su libertad, por fin. Y yo fui su último cliente, ¿sabe? Ahora seguro que ya está en la ciudadela con los suyos, de donde no tenía que haber salido. Pero una pena que se fuera, ¿no le parece?

—¿Ha comprado su libertad? —dijo Job, y pensó en ese porcentaje de créditos que los clientes pagaban al Celauro, y que por medio de una red de transacciones iba recayendo sobre sus empleadas eróticas.

—Bueno, le faltaba todavía por lo menos un par de años, pero en los últimos meses se ha puesto las pilas, ¿sabe? Trabajaba a comisión con varias agencias, y así lo ha logrado la muy golfa.

Job se encogió de hombros y siguió su camino. Definitivamente se alegraba por Maeeva, y le deseaba lo mejor para el futuro. También suponía que sus consejos con la agencia de eliminación de “problemas” familiares podían no haber sido tan altruistas como supuso, pero en aquel mundo un poco de astucia se antojaba indispensable, desde luego, y casi se sintió satisfecho de haber contribuido a su libertad definitiva. Además, aquella liberación absoluta de deudas era la prueba de que resultaba posible salir vencedor de aquellos trances.

Dos semanas más tarde, al llegar a casa tras una jornada laboral de catorce horas, Job recibió un telemensaje desde su dispositivo portátil. Como estaba hecho papilla, prefirió tumbarse en el sofá enchufando el canal de mensajes crediticios de su televisión. Con los pies enfundados en sus calcetines viejos, en uno de los cuales sobresalía el dedo gordo de un pie cansado por no usar ya el transporte de credibuses, apretó distraído el botón de su mando.

—¿Pero qué puñeta…? —se dijo.

De pronto apareció una joven rubia y hermosa que hablaba con un tono pausado:

—Le damos la bienvenida por confiar en nosotros —comenzó diciendo—. Actualmente estamos ocupados en brindarle todo un paquete de medidas financieras que le ayuden en su situación actual. Gracias por confiar en nosotros…

—¿En vosotros? —dijo levantando una ceja—. ¿Esto es una broma?

La muchacha continuaba hablando pero tardó algunos segundos en atender a lo que contaba:

—…por lo que la agencia matriz solventa los problemas y percances que pudiesen surgir de su posición legal actual. Tal y como le comentamos, hemos revisado las cuentas crediticias de los Ciudadanos Cero. Las deudas de ambos en el momento en que dejaron de existir ascienden a un total de ocho mil seiscientos créditos, repartidos y clasificados según el cuadro que le adjuntamos en este informe auditor. A eso sumamos los impuestos crediticios básicos y las cargas indirectas, así como las remuneraciones necesarias de nuestros expertos que se han ocupado de su caso. De ese modo, la cifra es, en total, de doce mil trescientos cuarenta y tres créditos.

Job parecía haber dejado de atender a la muchacha. Casi lo único que le impresionaba era que diera parte tan exacto de cantidades sin que pareciese que estuviera leyendo en un papel, posiblemente junto a la cámara que la grababa. Escuchó la cifra definitiva, pero de alguna forma fue como si no la oyese, como si no le incumbiera de ningún modo o no estuviese relacionada con sus circunstancias. 12.343 créditos, leyó en el informe adjunto, y descubrió los gastos superfluos de Irla a lo largo de los últimos meses, como ciertas visitas pagadas a plazos a balnearios de la ciudadela o a restaurantes de lujo en mesas para dos. En cambio, las deudas personales de Galpus eran mucho más modestas, y casi no ascendían a los dos mil créditos. En virtud de leyes y normativas incomprensibles para Job, las deudas de los Ciudadanos Cero, o individuos eliminados por las agencias subcontratadas, debían ser amortizadas por el sujeto que había provocado el cese de sus obligaciones. Así, además de sus vidas, Job les había librado de sus cargas.

Al día siguiente acudió a la oficina sin haber dormido un solo minuto. Estaba sin afeitar y con la camisa sucia y arrugada. Tecleaba despacio, tratando de conocer mejor la naturaleza de los bonos Orbal que esa nueva agencia le proporcionaba y que, al parecer, podían producirle una sustancial mejora de sus posibilidades: gracias a ellos podría financiar mejor las deudas de sus víctimas, amén de hacerse con un fondo propio de contingencias para casos de necesidad inmediata. Bien era cierto que se trataba de un fondo virtual, ficticio, que pagaría con intereses variables, pero al menos tendría margen de sobra para no perder sus discos laborales. Eso sí, a cambio se imponían algunos esfuerzos suplementarios, como aumentar un poco más las horas laborables para adquirir un nuevo paquete a la carta. Ahora sería el disco de las quinientas horas, no el de las trescientas.

Aliviado, supuso que las agencias oficiales no deseaban verle estancado en la miseria ni fuera del sistema. Incluso le reconfortó el hecho de que siguiera yendo a pie a su empresa, sin las obligaciones de los esclavos crediticios que iban en silencio en los megabuses, como verdaderos muertos en vida. No, estaba convencido de que su problema tendría una solución satisfactoria; lo único necesario sería ser paciente, solo eso. Además, estaba claro que había gastos absolutamente irrelevantes: ¿para qué necesitaba una casa tan grande como la suya, si ya vivía solo? Ahora, en esa misma soledad, Job ojeaba ciertos telemensajes en cuyos informes pormenorizados se ofrecían numerosos detalles de las deudas presentes y del uso recomendable de bonos Orbal para mitigarlas.

Siguió pensando en una recuperación lenta y pausada que no habría de confesar ni decir a nadie, aumentando las horas de trabajo como analista, además de incorporar otras nuevas en empleos de obras sociales que reducirían poco a poco los intereses de sus bonos. En la pensión donde habitaba junto a varios trabajadores de diversas empresas, todos en una situación parecida a la suya, conoció a un hombre curioso, un individuo raquítico con el pelo encrespado y unas gafas sucias, que aseguraba haber sido uno de los mayores accionistas de Lositrón, una de las empresas supremas de la ciudadela. Por desgracia, una serie continua de calamidades le habían conducido a aquel purgatorio donde redimía sus pecados crediticios. Una tarde le ofreció un trabajo interesante para seguir mitigando sus deudas. Job no estaba en situación como para rechazarlo.

—Bienvenido, Job —dijo jovialmente, estrechando su mano como una sacudida eléctrica, lo que le recordó un poco el ímpetu obtuso de Galpus. Así, pensaba seguir encadenando trabajos y servicios extras al suyo como analista, hasta que pudiese remontar el curso del río crediticio que corría en su contra como un flujo incesante.

—Vamos tirando —decía a sus conocidos cada vez que le preguntaban por sus vertiginosos traslados de un domicilio a otro, por ciertos servicios efímeros en empresas para las que trabajaba completamente gratis, siempre con el propósito final de redimirse algún día y de una vez por todas.

Dos años más tarde, la ciudadela resplandecía más que nunca en su larga historia, pero a su alrededor la oscuridad era profunda salvo en unas pocas zonas aisladas, verdaderas islas solitarias de luces pálidas gracias a redes de farolas de agencias locales y comercios nocturnos. Los megabuses recorrían el asfalto en silencio, mientras los neones tristes de los clubes destellaban a duras penas bajo la promesa de una felicidad carnal a un precio razonable. Sobre el robusto camión, con medio cuerpo sobresaliendo de la escotilla superior, Job contemplaba ahora las calles tapiadas en las que se habían refugiado los nuevos esclavos crediticios; estaba seguro de que cuando la policía llegase a esos lugares y derribara aquellos muros, les impondría más cargas para sus deudas.

—¡Eh, tú, baja ya de una vez, coño! —le gritó su jefe. Era un oso grasiento que olía a una mezcla de jarabe de alcohol y sudor rancio, y que se pasaba todo el día explicándole sus funciones como si fuera idiota. Le daba igual: al menos no tenía que ir en esos megabuses funerarios. En sus manos tenía el control de su vida, y se miró instintivamente las palmas, manchadas de roña. Luego bajó por una escalerilla con el equipo necesario para absorber los rastros semisólidos y líquidos de las basuras callejeras.

A veces, por pura distracción o cansancio, Job había estado a punto de quedarse sin su tupida barba al poner el tubo de absorción demasiado cerca de su rostro, o incluso a la peligrosa altura de su ingle. Tampoco podía quejarse mucho de aquel trabajo nocturno, complemento de muchos otros. De hecho, en su nueva vida solía tratar a gentes simpáticas y serviciales, como el Grupo del Acordeón o la Peña de los Once; al menos no estaba sometido a las leyes inflexibles de los créditos a la carta, ni a sus agencias invisibles. Además, eran muchos los hombres de buena fe que aún conocía en los albergues crediticios, como cierto personaje alto y huesudo que un día le contó la extraña historia de sus deudas y la forma en que las había redimido eliminando a ciudadanos incómodos. Aquel mundo oscuro y simple le enseñaba valiosas lecciones cada día, se dijo mientras iba con su aspiradora por las aceras de un barrio tapiado.

—¡Eh, inútil, que te dejas los cubos! —escuchó la voz de su jefe detrás suyo, pero Job siguió absorto, eliminando capas de roña y envases, contento con poder servir a su ciudad de la mejor forma.

De pronto, al torcer una esquina encontró a un grupo de mendigos, los perdidos de costumbre. Estaban en cuclillas entorno a varias bolsas de basura abiertas, pero cuando le vieron con su mono lleno de mierda hasta las botas, y el tubo de la aspiradora agarrado como si fuese una boa constrictor, se levantaron de un impulso, como una manada hambrienta y recelosa. Ni siquiera parecían hombres, desfigurados por las sombras: eran seres humanoides de barbas y greñas salvajes, medio desnudos. Entonces distinguió el brillo en los ojos del último que se le quedó mirando. Cuando ya habían desaparecido por otra calle, y mientras el tubo devoraba su barba en silencio, Job pensó que no había vuelto a pensar en Arnel hasta ahora.

Carlos Pérez Jara nació en Sevilla (España, 1977) y ha publicado hasta la fecha en diversas revistas electrónicas y de papel como Axxón (“Legado”, “La decimotercera cláusula”, “Hija de Helisurpa”), la revista de ciencia ficción Ngc3660 (“Reliquias mágicas”), Bem On Line (“La ofrenda”) o el fanzine Los zombis no saben leer (“El otro No-Do”). Ha publicado también en la revista de ciencia ficción argentina PROXIMA, nº 14 (cuento “El último Protohombre”), de la editorial Ayarmanot, además de participar en antologías colectivas de la revista Calabazas en el trastero: Bosques (cuento seleccionado: “El ciclo”) y Calabazas en el trastero: Empresas (cuento seleccionado: “Ascenso”) para la editorial Sacodehuesos.

Hemos publicado en Axxón: TEMPUS FUGIT, LEGADO, AL OTRO LADO DE LA LLANURA, LA DECIMOTERCERA CLÁUSULA y HIJA DE HELISURPA.


Este cuento se vincula temáticamente con EL QUE GUARDA SIEMPRE TIENE O LOS BENEFICIOS DE LA REENCARNACIÓN, de Ian Watson; PAREJA PERFECTA, de Steve Stanton; EL OLOR A ORINA, de Eduardo Carletti y LA PICAZÓN, de Carlos Daniel Joaquín Vázquez.


Axxón 233 – agosto de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Distopía : Sociedad : España : Español).


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