¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

El navegante Melinucchi abrió los ojos.

—¿Dónde mierda estoy? —dijo en voz alta.

Pero nadie le respondió.

Lo trajo al presente el característico dolor de huevos, propio de cada despertar criogénico. Entonces recordó la misión, el despegue. El hundirse en la blanca y muelle nada del sueño.

Quieto, sin siquiera intentar moverse, aguardó a que la ia ordenara la inoculación. ¿Por qué dejaban para lo último el analgésico? No había vuelta que darle: los que configuraron el sueño criogénico eran unos sádicos, y la Inteligencia Artificial no les iba a la zaga en creatividad.

La cápsula se puso vertical y la tapa se licuó, y pronto fue absorbida por el cuerpo metálico. Una vez afuera, Melinucchi revisó las otras dos cápsulas: en orden, sin necesidad de intervenir.

Si bien ya no le dolían los huevos, mantenía esa sensación que lo urgía a mear cada cinco minutos. Por suerte, lo que debía encarar en esa primera jornada era un trabajo mecánico, aprendido a través de años en la Fuerza. Los momentos iniciales luego del sueño le restaban coordinación a sus movimientos, lo sabía muy bien.

Lo primero: buscar fisuras en el casco del Evaristo Meneses II. Y allí fue. Encontró dos, que enseguida reparó el brazo robótico.

De vuelta en la Sala Criogénica, miró dentro de la cápsula del Capitán. Le vio los ojos encogidos, las mandíbulas apretadas, la boca fruncida. Melinucchi sonrió: su amigo pasaba por lo mismo que había pasado él. Rió entre dientes, tentado con anular el suministro del analgésico. Pero no: los huevos eran los huevos, y con eso tan sagrado no se jodía. Volvió a repasar los signos vitales: todo bien, el Capitán pronto saldría de aquel cubículo.

Se situó frente a la cápsula de la piloto Luluanda. La teniente primero Luluanda Makeba. Ella despertaría después de que el navegante, él mismo, revisara todo manualmente. ¡Qué cosa con los pilotos! ¡Y encima la negra se iba a levantar como si nada, con los ovarios frescos! A las mujeres no les pasaba nada con el Sueño Frío. La miró a través de la tapa: en realidad era una suerte que les hubiese tocado nuevamente ese bombón de chocolate. ¡Otras tripulaciones no tenían tanta suerte!

Con el Analizador de Variables en mano, Melinucchi recorrió los circuitos plasmáticos en busca de alguna anomalía. ¿Para qué se seguía exigiendo el uso de humanos desde que medraban las ia? Ellas hacían el trabajo mejor que él, mejor que cualquiera lo hacían. Él mismo había abandonado los cursos de Interpretación de Idiomas Galácticos. Total, las ia aplicadas a los programas de traducción lo resolvían todo en un santiamén. Unos rayos eran las turras.

—Hola, Meli —oyó a sus espaldas.

—Hola, Capi —dijo sin darse vuelta—. ¿Necesitás algo?

—Un buen masaje en las pelotas necesito. Dale, che, seguí laburando. Yo voy a estirar las patas.

Melinucchi fue hasta el tablero de mantenimiento y verificó el campo, la gravedad y el replicador. No pudo aguantarse: pulsó en el dispenser gaseosa cola.

Dio un sorbo. Reconoció el sabor. Sonrió.

—¿Por qué mierda en lugar de gaseosa cola no escribirán pepsi, que es más corto? —dijo y encendió el intercomunicador.

—Tranqui, boludo. Ya vengo.

—Che, pero mirá que ya termino. Sin vos no puedo entrar al puente.

Por último, Melinucchi revisó el timón secundario y conectó el av a la ia. ¡Listo el trabajo! Ahora todo dependía del Capitán.

Y el Capitán regresó a tiempo para el control vocal. Cuando la cabina se despresurizó, pudieron entrar al puente.

—Che, Meli —dijo el Capitán, al tiempo que inspeccionaba los controles—, la tengo bien al palo, ¿sabés? Aquí el Capitán —moduló el tono de voz más profunda y mejor recortada—, muestre gráficos de acercamiento.

—¿En serio? —dijo Melinucchi, calibrando el rastro de plasma—. ¿No cogiste antes de salir?

—¿Y eso qué tiene que ver, boludo? Autorización A-2-5-0. ¿A vos no se te para de nuevo al rato después de un polvo?

—Bueno, pero… Sí, sí, ¡claro que se me para! Lo que pasa es que todavía me sigue la sensación, ¿viste? —Melinucchi dejó lo que estaba haciendo, se pasó una mano por el miembro y miró fijo al Capitán—. ¿Measte, vos? A ver si estás al palo porque tenés ganas de mear. Vos sos medio rarito, je.

El Capitán sonrió.

—¿No te me estarás aputando, Meli? Confirme curso.

Un holograma apareció al frente del panel de babor.

—Boludo, la vas a hacer concha a la pobre máquina hablándome a mí y a ella al mismo tiempo.

—No —dijo el Capitán—, ya la tengo acostumbrada. La calibraron para diferenciar mis tonos de voz —se dio vuelta y colocó el pulgar en un cuadrado luminoso—. Che, está todo en orden. Todo en orden. ¿Para qué carajo nos hacen hacer siempre las mismas huevadas, me querés decir? Hoy día, las máquinas pueden hacerlo todo por uno.

—¿Despertamos a la negra?

—Atila me dice que acepte tu propuesta cuanto antes —el Capitán sonrió y se señaló la entrepierna—. Pero mejor no. Vamos a seguir los reglamentos. Sabés que los de Asuntos Internos viven mandándose cagada tras cagada, pero les encanta rompernos el culo a los oficiales de carrera.

—¡Atila! Qué hijo de…

 

 

Luluanda despertó de golpe. En seguida la cápsula se puso vertical y licuó la tapa, tal como habían hecho las otras. Le extrañó la ausencia de los dos oficiales. No encontró su propio uniforme.

—Siempre los mismos hijos de puta estos porteños —dijo, aunque la idea de tener que andar en bolas un rato no le preocupaba en lo más mínimo.

Se dio cuenta de que funcionaba el holocaptor. Acercó un puño hacia el ojo digital y levantó el dedo medio. Sonrió.

Desnuda, fue hasta su camarote. Era consciente de que estaba moviendo el culo más de la cuenta: los holocaptores del corredor permanecían encendidos. Podía imaginar a los muchachos ratoneándose mal.

Una vez lista, se dirigió a la proa.

—¡La teniente primero Luluanda Makeba pide permiso para ingresar al puente, señor!

—Dale, Lulú, pasá y no rompas las bolas con formulismos.

—¿La ia no está grabando?

—No —dijo Melinucchi—. Pusimos un cubo de otra misión. Total, esto es Argentina.

—Cuando salí de criogenia, no encontré mi uniforme. ¿Ustedes saben qué pasó?

—¿Él no te dijo que esto es Argentina? —dijo el Capitán señalando al navegante, y los dos hombres rieron.

Luluanda se acomodó en el sillón del piloto y revisó los controles.

—Sí, me lo dijo. Es que no creí que en mi Argentina fuesen todos tan pajeros.

—¡Ja, ja, ja! —intervino Melinucchi—. ¡Caliente, mi negra, caliente!

—¿Caliente? —dijo Luluanda—. ¿Cómo que caliente?

—Y… —el Capitán fue hasta la consola de los sensores de largo alcance—. Qué querés, Meli, está excitada ante la presencia de dos machos porteños.

—¡Uy, sí! —Luluanda se contoneaba remedando movimientos eróticos—. Desde que Argentina invadió Congonia que las congonesas estamos recalientes con el macho argentino.

—No jodas —dijo el Capitán.

—En serio. Mi bisabuela siempre me contaba que cuando llegaron los argentinos a su aldea, las mujeres abandonaron a sus hombres —Luluanda sonrió—. Hombres de dos metros, hercúleos, incansables. Los dejaron apenas vieron un argentino. Y si era porteño, ¡mejor!

El Capitán iba a responder, pero de pronto el mapa holográfico fluctuó y dio paso a la representación de un planeta.

—Los sensores de largo ya captan Arena —dijo Melinucchi—. Es hora de que vaya a revisar los trajes y el vehículo.

—¿De cuánto tiempo disponemos?

Melinucchi consultó en el av.

—Una hora y cuarenta y siete minutos —dijo.

—Tiempo más que suficiente para que las relaciones entre la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Congonia se intensifiquen —el Capitán le tomó la mano a Luluanda—. ¿Me permite, señora? No tengo dos metros, ni soy incansable. Pero bueno, en fin…

—Che —dijo Melinucchi antes de que los dos salieran del puente—, decile a Atila que no se canse, que tenemos que bajar en el planeta.

 

 

En órbita sobre Arena, la nave sondeaba cada centímetro de terreno.

—Capi, qué mierda de planeta que nos tocó. Ni una gota de agua.

—Se cree —dijo Luluanda— que hay agua debajo de lo que parece arena.

—Lo sensores no detectan ni agua ni otros signos de vida —dijo el Capitán.

—¿Y qué mierda querés que detecten, si son del siglo pasado? Se los compramos a los yonis a precio de oro, y ellos seguro los iban a desechar.

—Y bueno, boludo —dijo el Capitán—, el político de turno tiene que comer.

—¡Caballeros! A ver si por una vez se ponen serios. Voy a acercar la nave a una órbita baja. En una de esas, los sensores descubren algo.

 

 

—¡Ya hace dos días! —dijo Melinucchi—. Hace dos putos días que revoloteamos de aquí para allá. ¿Me quieren explicar qué carajo informamos?

—Y… —dijo Luluanda—. Informemos la verdad: los sensores de corto no funcionan.

—¿Pero vos estás en pedo, Lulú? —el Capitán transpiraba manipulando la ia: quería realinear una vez más los instrumentos, una última oportunidad para que los sensores percibiesen algo—. Primero, van a decir que nosotros los estropeamos, que antes del despegue funcionaban perfectamente. Y por último, vamos a terminar haciendo vuelos de cabotaje entre los asteroides villeros.

—¿Los asteroides villeros? —dijo Melinucchi y se tocó el testículo izquierdo—. Mamita. ¿Y qué pensás hacer, Capi?

—Pienso bajar, Meli.

—¡Ni loca ni mamada los dejo ir allí sin lecturas de sensores!

El Capitán no habló, apenas frunció los labios. Quitó el cubo de una misión anterior, y pulsó grabar en el comando del módulo de la ia.

—Ahora —dijo— los holocaptores funcionan a tiempo real.

—Mi Capitán…

—Ustedes pueden ver —dijo el Capitán interrumpiendo a Melinucchi— que hay una interferencia natural para que los sensores de corto detecten si existe vida en Arena o no. Mediante las cámaras de acercamiento pudimos observar ausencia absoluta de cualquier actividad ajena a las propias de este tipo de ambiente —se dio vuelta y miró fijo a Melinucchi—. Navegante, ¿está lista y preparada la Nave de Cabotaje?

—¡Al Zonda sólo falta cargarle el av, mi Capitán!

—Piloto, ¿alguna objeción?

—No —Luluanda bajó la cabeza y se retrepó en la butaca—. Señor —terminó en un hilo de voz.

—No la oí, piloto.

—¡No, señor!

—Bien, entonces sólo queda prepararnos.

El Capitán fue hasta el módulo de comando de la ia y pulsó parar. Seleccionó el mismo cubo de la misión anterior y volvió a instalarlo en la ia.

—Listo, boluda, a ver cómo evitás que bajemos.

Ella se acercó al Capitán y lo miró como se mira un forúnculo.

—No sé por qué voy a terminar haciendo el papeleo yo.

—Tranqui, Lulú —él la acarició—. ¿Qué nos puede pasar con el Meli? Somos argentinos, somos.

—¡¿Cómo que qué les puede pasar?! —ella se acercó aun más y le dio un golpe en el pecho—. ¡Miles de cosas les pueden pasar!

Melinucchi desacopló el av y salió del puente rumbo a la bahía de carga.

—Che, Meli, ¿cuánto vas a tardar?

—Y, una hora más o menos. ¿Por?

—Es que, ante la ira de una dama, Atila se endurece más.

Melinucchi se retiró mirando para arriba y mordiéndose el labio. Por el audio de la nave se oyó la voz del navegante:

—¡Qué hambre, loco!

 

 

Desde los controles del Evaristo Meneses II, la piloto Luluanda Makeba comandó el Zonda hasta dejarlo en la atmósfera baja de Arena. Luego le cedió el mando al navegante Melinucchi, que suspiró al tomar el timón.

El Zonda descendió y, para no hundirse, antes de tocar la superficie infló su parte inferior.

—Che, Meli, desde acá el planeta parece más rosado.

—Es la refracción, Capi. Vamos a ponernos los trajes.

Bajaron.

—Los sensores de mano me marcan actividad. A las trescientas. Y se acerca. Lento, pero se acerca.

—¿Tamaño?

—Más o menos como un cachalote, Capi. Pero detecto algo… Algo como danzando a su alrededor. Parece una cabellera. O bien… Tentáculos.

—¿Tentáculos? —dijo el Capitán.

Un remolino a unos treinta metros fue el preludio para la aparición de un ser enorme semejante a un pulpo. Se le distinguía una especie de cara en la parte superior: un globo apenas terminaban los tentáculos.

Gr, gle guinas grongogens —dijo.

—Meli, rajá pa’ la nave y traeme el traductor. ¿Por qué mierda no vimos esto por los sensores de la nave?

El Capitán se deslizó sobre sus botas de aire un par de metros hacia el extraterrestre y alzó la mano. Conectó el audio exterior.

—Hola —dijo—. Somos del planeta Tierra. Somos argentinos.

Melinucchi llegó con el traductor. Lo colocó sobre un reborde de la nave.

—Ya estaba encendido. Se ve que Lulú pensó que lo necesitaríamos.

—Gr, gy gesso guitri gtte guinas grongogens.

El Capitán conectó el audio interno.

—¿Qué dice el traductor, Meli?

—No dice nada, boludo. ¿Qué querés que traduzca con una o dos frases?

El Capitán se desplazó un poco más. Abrió el audio externo del traje.

—Venimos de muy lejos —dijo a través de los parlantes de sus hombros y levantó los brazos—. Somos amigos.

Groggo, grogga —dijo la criatura, y giró hacia atrás el globo que tenía por cabeza—. Grakka gle guinas grongogens.

—Capi, nada todavía. El coso este parece manso. Pero, por las dudas, ¿por qué no nos rajamos?

—Tranqui, boludo. ¿Qué nos puede pasar? Nos espera la gloria. Imaginate, un encuentro cercano con un bicho así. Y eso que es nada más que el primer contacto con Arena.

—Groggo, grogga —el “bicho” dio vuelta la cabeza y clavó la vista en los dos exploradores—. g griggri gronso gornaris.

—Che, Meli, es manso. Mirale los ojos: está tratando de decirnos algo. Y el puto traductor no quiere funcionar.

—Sí que funciona, dale tiempo.

—Gu gressi groggo gy grogga, g griggri gurare grontenio.


Ilustración: Guillermo Vidal

Dicho esto, el monstruo estiró dos tentáculos y atrapó a los exploradores. Escupió una baba blanca sobre ellos. La baba derritió los trajes, y el alien se los tragó de un bocado.

Y se fue por donde había venido.

Luluanda lanzó un grito. Parecía todo tan calmo, tan llevadero.

Impotentes lágrimas de desesperación le nublaban la vista. No podía comprender siquiera cómo era que había sucedido todo. Una avalancha de insultos le vino a la mente. Y, así como venían, ella los gritaba.

De pronto un sonido característico la llevó hasta la consola que se acoplaba con la nave de cabotaje. Era el traductor que —¡por fin!— comenzaba a transmitir y se enlazaba con la ia. Luluanda oyó la voz calma y endulzada que salía por los parlantes:

Uy, qué lindas grongogens.

Uy, y hacen ruido las lindas grongogens.

Papá, mamá, miren qué lindas grongogens.

Papá, mamá, el nene tiene hambre.

No están papá y mamá, el nene come igual.

Otra vez la teniente primero Luluanda Makeba insultó. Pero esta vez los insultos no estaban dirigidos al Capitán y al navegante. Luluanda insultaba a la improvisación, a la corrupción, a la desidia, a la falta de valores, a la incultura, al “no te metás” institucionalizado.

Piloteó al Zonda por control remoto desde la Evaristo Meneses II. Escribió las coordenadas de regreso en la ia y se preparó para la criogenia.

Antes de entrar en la cápsula dedujo que ella sería el chivo expiatorio. ¿Quién se haría responsable de haberlos enviado con sensores obsoletos, incapaces de captar a tiempo la presencia de un monstruo semejante? Nadie se haría responsable. Tan depravada como invencible, la gran maquinaria política la mandaría al fondo del tacho. A un agujero perdido de la galaxia, donde sucumbiría en un accidente. O peor aún: aquellos coimeros hijos de puta, aquellos generaluchos de buró le cortarían las piernas al confinarla a un escritorio. Sí, sí: la arrojarían a un asteroide yermo y congelado.

Se visualizó a sí misma sellando papeles que nadie leería.

El sueño criogénico le llegó junto con una mueca de amargura.

 

 


Este cuento se vincula temáticamente con EL TIPO QUE VIO A MOBY, de Juan Manuel Valitutti; ENCALLADO, de Néstor Toledo; EL HISTORIADOR, de Fernando José Cots y VOLVER A CALAFORRA, de Yoss.


Axxón 248 – noviembre de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje espacial : Contacto con extraterrestres : Argentina : Argentino).


3 Respuestas a ““Argentina potencia”, Ricardo Giorno”
  1. Ricardo Giorno dice:

    ¡Qué ilustración, Guillermo!

  2. Pablo Vigliano dice:

    Muy bueno. Una parodia divertida. Eso al principio, después uno ya piensa… somos medio lamentables, la verdad. Uno se preocupa. Los diálogos parecen los de una película doblada al argentino (la manera de hablar del Capitán, etc)

  3. Nolberto dice:

    “Somo lo mejore” llevado al cuento fantástico: Genial, Ricardo.

  4.  
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