¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 


Ilustración: Ferrán Clavero

Éramos pobres por la guerra, pero sobre todo porque perdimos. O por lo menos eso nos había dicho papá, que bebía por las noches, escuchaba helicópteros y pasos de retirada por las paredes.

Pero mi padre era bueno con las manos. Y un día nos dijo que había construido una máquina del tiempo y que viajaría al pasado para cambiar las cosas, que posiblemente sería una batalla larga; que la tía Juana nos cuidaría.

—Si no piso un palito las cosas van a cambiar para nosotros —nos repetía, y caminaba en puntas de pie. Esto fue antes de irse. Recuerdo que recorríamos la casa buscando la máquina del tiempo cuando él estaba dormido. Pero nunca la encontramos.

Se fue justo en abril y volvió en junio. Regresó confundido.

—¿Fuiste al pasado a ganar la guerra de Malvinas? —le preguntamos un día con mi hermana.

—¡Y ganamos! —nos respondió—. Pero pisé un palito y volvimos a perder la guerra.

Mi hermana Marta, que siempre fue más inteligente que yo, le cuestionó cómo pensaba ganar la guerra solo, con aviones antiguos, soldados asustados y jefes desconcertados. Mi padre se encogió de hombros como un niño y se puso colorado.

Pasó el tiempo. Mi padre se puso triste y nosotros también, pues a pesar de sus esfuerzos, las Malvinas no eran argentinas. Cojeaba de un lado para otro hablando solo (así volvió de su primer viaje en el tiempo, con una bala en la pierna). —Pisé el palito, pisé un palito… —decía, y Marta se reía; pero a partir de ahí, yo dejé de buscar la máquina para dedicarme a encontrar aquel palito (después me di cuenta de que se refería a un error involuntario en el pasado que había alterado el curso histórico de los hechos).

Nunca le perdoné a Marta haberle contado a mamá de la máquina del tiempo. Y es que ella era como un torbellino. Cuando venía a casa (un juez le prohibió que viva con nosotros) todo se ensombrecía y parecía a punto de explotar. Luego se iba y no la volvíamos a ver por un tiempo.

Cuando se enteró de la máquina del tiempo se burló de mi padre. En medio de la sala, frente a todos, gritó que existían más posibilidades de ganar aquella estúpida guerra en el presente con sus amigos borrachos y lisiados, que viajando al pasado con su estúpida máquina del tiempo. Mamá siguió repitiendo exactamente la misma frase por dos horas mientras se iba vaciando la sala y mi padre comenzaba a tomar.

Pero algo había hecho bien mi papá, pues aunque los creía muertos, sus viejos compañeros de armas le comunicaron que las cosas habían cambiado. Lo afeitaron y le tramitaron una pensión que cubría sus gastos fijos. En unos meses había vuelto a la vida social. Se vestía bien y era mirado con reconocimiento por su valor y coraje. Ya no eran más víctimas, sino Héroes de Guerra, aunque hubieran perdido. Lo importante era haber peleado.

Papá comenzó a cobrar un poco más de dinero y nos llevaba a tomar helado más seguido. Una tarde volvimos a casa y encontramos la ventana rota.

—¡La máquina del tiempo! —gritó asustado. Corrió tan rápido que le perdimos el rastro. Al rato reapareció con el rostro aliviado—. La máquina está a salvo —dijo. Habían intentado robarla.

—¿Quién hizo esto papá? —le preguntó mi hermana Marta.

—Los movilizados —respondió, arqueando las cejas—. Necesitan la máquina para volver al pasado y pelear la guerra —dijo.

No lo entendí, y papá volvió a explicarlo (Marta siempre entendía antes y se jactaba de ello). Nos contó que para los soldados de Malvinas que no estuvieron en el frente de batalla las cosas no habían mejorado mucho. La única manera de cobrar más plata era demostrar haber peleado la guerra. Para eso necesitaban viajar al pasado y solo podían hacerlo con la máquina del tiempo. Me pareció, y aún hoy me parece lógico: el que pelea cobra y el que no, no. Además, mi padre debía cobrar doble, pues había peleado dos veces, pero él era tan honesto que nunca le interesó demostrar su segunda guerra (mi hermana decía que era porque no quería reconocer que era el único soldado que había perdido dos veces).

Al otro día, mi padre se encerró en su cuarto y golpeó algo metálico por un lapso de dos horas. Salió envuelto en sudor y dijo:

—Adiós, Malvinas.

Pero ese no fue el final de Malvinas, por más que todos lo deseábamos.

Fue un 2 de abril, el día del homenaje a los Veteranos de Guerra. Todos los soldados estaban allí junto a sus familias. Marta y yo nos sentamos de la mano con papá, justo debajo de una bandera que decía "40 años en democracia".

Él estaba reluciente. Lo vistieron con su uniforme de guerra, lo adornaron con medallas y lo empujaron a una formación de soldados argentinos.

—Las cosas han cambiado —dijo un orador envuelto en sonidos de helicópteros—. Las cosas han cambiado porque ahora somos más fuertes que antes, y es tiempo de recuperar las Malvinas.

Mi padre sonrió sorprendido y me pareció que también un poco asustado.

—¿Cuántos palitos pisaste, papá? —alcancé a preguntarle con lágrimas en los ojos, antes de verlo perderse en la marcha militar.

 

 


Marcelo De Lisio es Profesor de Historia de la Universidad de Buenos Aires. En la actualidad vive en Apóstoles, Misiones, donde trabaja como docente. Siempre le fascinó la ciencia ficción (aunque no está del todo seguro de apegarse estrictamente al género). ¿Quién habló de robots? y otros cuentos, es su primer libro publicado. "Los escenarios, los personajes, las temáticas y los paisajes del libro", nos cuenta el autor, "son producto de mi vida en un pueblito chico, religioso y rural, en el que pensar la ciencia ficción es tener que pensar en la familia, las costumbres del pueblo y los grandes espacios verdes, antes que en los avances tecnológicos o la posmodernidad".

Este es su primer cuento en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con HOMBRES Y PIEDRAS, de Alejandro Alonso.


Axxón 265

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Viaje temporal, paradojas : Argentina : Argentino).


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