¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

 

 


Ilustración: Valeria Uccelli

Nunca podía regresar sin un regalo para Gdan. De hecho, no soportaba la idea de imaginarlo en el vestíbulo tras descubrir que había vuelto de otro mundo con las manos vacías. Por eso siempre encontraba algún hueco en su agenda de comercio para adquirir algún juguete exótico, algún objeto peculiar fabricado lejos, muy lejos de casa, y cuyo futuro dueño sería un niño de siete años. Ahora, el pequeño Gdan permanecía sentado de rodillas en la sala de cristales, acariciando una esfera de luz que silbaba una curiosa música hipnótica. A veces recurría a cierta artimaña previsible, algo que ya no daba el resultado de las primeras ocasiones, sobre todo porque no era nada fácil engañar a su hijo con el mismo cuento: dejaba su maleta mientras Licl acudía a besarle en los labios, y justo después de abrazar a Gdan arrugaba un poco la cara.

—Lo siento, hijo, pero he tenido mucho trabajo…

Al principio Gdan formaba un puchero de decepción con sus manos a la espalda, pero sólo dos segundos más tarde recibía algo envuelto en tela o papel muy llamativo. Entonces su rostro redondo parecía iluminarse con una sonrisa alegre de dientes diminutos.

—¡No seas malo con él! —le reprochaba Licl, dándole un empujón en el hombro, y entre bromas contaba lo poco que tenía que contar sobre su estancia en el planeta Doqui o en cualquier otro de ese momento. A su regreso, especialmente si había sido un viaje muy largo, Licl y él aplacaban entre las sábanas el ardor suave de la distancia. Era una costumbre inmutable, como los regalos para Gdan, y sin la cual no hubiera sentido del todo haber llegado a casa.

La noche antes, una vez consumidas sus energías en el roce con el cuerpo desnudo de Licl, había mirado al techo y luego a la ventana con la certeza de ser el hombre más afortunado de la galaxia. Tenía una gran casa cerca de los Acantilados de Plata, donde los bebenes iban a desplegar sus alas para recorrer la costa en bandos de color carmesí: un edificio reformado con vidrieras y un sistema central robótico para todas las necesidades de su familia. Un buen trabajo bien pagado, y una red de amigos y conocidos satisfactoria. Pronto cayó bajo una duermevela incierta, observando las estrellas indiferentes.

Esa mañana estaba sentado a la mesa de la cocina, terminando su desayuno sin prisas, cáscara de grug con azúcar y jugo de delfa fresco, a la temperatura adecuada. Desde la puerta podía ver a Gdan con su nueva adquisición, absorto en los resplandores y músicas que podía invocar con sus manos, pequeñas y hábiles. Licl se había levantado para llevar un plato al fregadero mientras tarareaba una canción que ambos habían escuchado anoche, después de sumergirse en ese reconocimiento de piel y sudores de sus ritos íntimos. Un rayo de luz cremosa envolvía el azucarero como bajo una aureola. Un grin de alas reticulares merodeaba por encima del pastel que les había traído Culeia, la hermana menor de Licl.

—¿Te parece bien entonces? —escuchó al fin, y Licl se giró con un trapo sobre el hombro. Hoy, a la luz de las vidrieras volvía a verla casi como cuando la conoció, de eso hacía ya tantos años. En silencio, se fijó en ese hoyuelo infantil que había sobrevivido a su juventud, y en el mechón de cabello castaño que le ocultaba parte de su ceja derecha.

—De nuevo en la Luna de Osis, ¿no? —dijo Licl con una sonrisa.

—Que tu hermana quiere que vayamos para el segundo ciclo.

Lilc le tiró el trapo con una carcajada. Animado, bebió otro buche del jugo que ella había preparado varios ciclos antes. Lilc se dirigió al salón canturreando para luego agacharse junto a Gdan.

—¡Oh, qué cosa más bonita te ha traído papá!

Algo vibró en un pliegue de su chaqueta irolesa de mangas anchas. Distraído, extrajo su receptor aún con la sonrisa en sus labios. Al principio no pareció comprender bien el mensaje: tal vez la sencillez del mismo le provocaba dudas o recelos, o le costó un poco descubrir el significado de las palabras en aquel mismo orden. Luego, con el rostro contraído por la curiosidad, se levantó de la silla para mirar por las vidrieras.

—Li, tengo que salir, nena —dijo a su mujer en la sala. Licl llevaba un fajo de revistas entre las manos.

—¿Ahora?

—La empresa. Quieren que vaya a las oficinas, a revisar un tema, sobre el último viaje.

Licl no encontró la forma de hacer visible su contrariedad ni tampoco de expresarla en forma de enfado. No era la primera vez que pasaba algo así, ni sería la última.

—¿Vas a volver para comer?

—No creo —dijo en la puerta—. Lo siento, Li, pero parece urgente. Luego te llamo.

Licl dejó las revistas sobre un sillón de cerámica de cecal y se acercó con una ceja levantada.

—Muy bonito, el caballero —dijo, mientras lo abrazaba—. Dejarme sola un ciclo libre para los dos.

—Te recompensaré —farfulló algo nervioso.

—Más te vale.

Se besaron dos veces, de forma aturrullada, y casi enseguida observó a Gdan, que no parecía prestarle ninguna atención.

—Gdan, que se va papá —dijo Licl tras soltarle de su abrazo—. ¿Qué se le dice?

—¿Te vas de viaje? —dijo Gdan, seguro de lo que eso significaba para su baúl de juguetes.

—No,no me voy de viaje, pequeño sinvergüenza —señaló con la puerta abierta—. Y más te vale que le hagas caso a mamá y recojas los juguetes, incluido el sepul.

—Adiós, cariño —escuchó a su espalda, y cerró la puerta. El sol menor de Gatsu era hoy de color gris, pero irradiaba con plenitud sus reflejos sobre la extensión de la costa. Un bebén acudió a su presencia, replegando las alas para examinarle con un solo ojo amarillo. Recorrió sin prisas el sendero de su casa hasta el camino que lo atravesaba como una lengua sintética de color ceniza. Luego, respirando con calma el aire salino, se dirigió a un edificio no muy lejos, un viejo observatorio de piedra roja ya abandonado. Aceleró un poco el paso cuando los árboles de Trimene le ocultaron de las vidrieras de su casa. Detrás de la entrada principal había un vehículo aéreo de chapa cobriza, resplandeciendo como un insecto gigante sobre la hierba. Enseguida vio a un hombre, sentado sobre una roca porosa con aire aburrido; al verle se puso en pie sacudiendo sus pantalones de color mostaza.

—¿Quién es usted? —fue lo primero que brotó de su boca. En realidad pensaba decir otra cosa, pero hasta ese momento no se dio cuenta de lo nervioso que estaba.

—Es un trecho largo —respondió el hombre. Era alto y huesudo, con un rostro sin apenas vida, una piel pálida con venas azules y unos ojos celestes como dos discos de metal helado. No sonrió, pero en su gesto parecía existir la promesa implícita de una sonrisa agria, sin humor ni alegría, tal vez por el efecto de alguna parálisis.

—¿Cómo ha dado conmigo?

El hombre se adelantó al vehículo, y sólo entonces descubrió que había alguien en el asiento del conductor, una figura grande sin apenas cuello.

—Vamos —dijo, y le abrió la puerta trasera. Por un instante tuvo ganas de rehusar con cortesía la invitación, de darse media vuelta para volver a casa con Licl y su hijo. Al fin y al cabo no estaba obligado a nada. Pero la impresión de la noticia lo había desprovisto de cualquier decisión firme. Ahora notaba que, justo al cerrar la puerta, un impulso invisible lo había llevado hacia ese edificio. Miró el camino de asfalto, apenas cinco minutos y estaría en el salón, produciendo otra mentira. Un trecho largo, se dijo, mientras notaba un calambre en su estómago, una vaga sensación de náusea y ansiedad. Casi enseguida volvió a observar el camino, ya desde el interior de aquel vehículo en el que nunca había estado antes. La tapicería olía a resina y almizcle, y en el techo figuraba una diminuta cámara como un ojo sin iris. El vehículo empezó a subir como una cometa dejando abajo sus propiedades; primero se deslizó despacio, recorriendo el camino sinuoso de la costa, y luego mucho más deprisa, hacia el interior de las Tierras de Ovoi. El paisaje fue cambiando mientras se encogía un poco junto a la puerta, asustado y ansioso. En el mar se distinguían los fantásticos farallones del golfo, como las vértebras de un animal gigantesco hundido.

—Abróchese, amigo —le dijo el hombre huesudo. Protegido por un cristal doble, el extraño estiró el labio sin llegar a la conclusión de una sonrisa. Pronto se volvió a su compañero, y ambos continuaron una conversación animada sobre algo relacionado con un sitio llamado Sepa, o Sepu, no estaba seguro. Como si no existiera, como si no viajara con aquellos hombres, se entretuvo en contar los puestos estelares que había sobre la cadena montañosa de Celotis; no era una mala idea, al menos de esa forma podría huir de un rumor persistente que acallaba todas las demás voces. La náusea había dado paso a la incredulidad, unida a una forma indefinida de miedo. Quería sentir pena, pero por mucho que tratara de buscarla no encontraba otra cosa que un calambre en el estómago bajo la amenaza de que el jugo de delfa subiese a su garganta a borbotones. No obstante, sabía que aquello era lo correcto.

Media hora después los hombres ya no hablaban entre ellos. Sólo podía oír el zumbido ronco de los motores, una música monótona de fondo que resonaba bajo ciertos recuerdos como si lo acompañara en su marcha. Medio ciclo antes viajaba por el espacio, de regreso a casa, con la esfera de sepul en su maleta. Sin darse cuenta se mordisqueó la uña de su dedo índice: hacía años que no sucumbía a ese vicio adolescente. Durante mucho tiempo había considerado que la diferencia entre reducir sus uñas a mordiscos clandestinos, a espaldas de Licl, o hacerlo con la pulcra eficacia de sus tijeras domésticas, era la misma que separa a un hombre caótico e inseguro de otro escrupuloso, con la conciencia limpia. Una nave ascendió al cielo bajo una nube de aire ardiente de color granate, pero ni siquiera estaba atento a su vuelo.

Poco a poco se percató de que el vehículo iba perdiendo altura junto a la pared de rocas granulosas de una montaña. Otro camino diferente, pensó de pronto, y se fijó en su uña carcomida. Detrás de un recodo de arbustos cilecios, esperó la llegada de un edificio de color rosa con una cúpula esmeralda. La construcción acudió a la cita con su memoria justo en el rincón que recordaba, pero alguien había decidido pintarla ahora en tonos pasteles, como para contradecirle en algo. ¿Cuánto había pasado? ¿Cuánto? La escala de su tiempo, del tiempo que había empleado en los últimos años, no le ofrecía una idea exacta ni aproximada de los cambios, casi imperceptibles pero reales ahora que podía advertirlos con un poco de atención.

La nave aterrizó con algunas oscilaciones sobre una vieja plataforma de piedra xirel renegrida por las quemaduras. Fue el último en salir del vehículo, algo mareado y confuso, mientras el hombre huesudo se adelantaba unos pasos sobre un sendero de losas sintéticas. Apenas le hizo un gesto displicente para que le acompañase. El otro hombre, grueso y silencioso, se entretuvo en apoyarse contra la carrocería de la nave, los párpados entrecerrados como una vieja tortuga al sol.

—Tenga cuidado con los agujeros del camino —avisó su acompañante, y con el fantasma de una nueva sonrisa torcida, añadió—. Pero supongo que eso ya lo sabe, ¿no?

El sendero trepaba por la ladera entre una masa aromática de arbustos florales de otro mundo, importados en grandes contenedores hacía ya unas doce órbitas por lo menos. En la cima, junto a la explanada de hierbas fucsi de color azul, había un grupo de individuos a los que no recordaba haber visto nunca antes. Vestían trajes-capas ceremoniales, con bonetes negros de aflicción propios del sur. El hombre le llevó por una puerta principal en forma de arco, hasta un vestíbulo donde pudo distinguir a un niño de cinco años sentado sobre una silla junto a una mujer robusta y vestida de azul fúnebre. Sobrecogido, pensó en Gdan con su esfera mágica, pero enseguida le asaltaron otras imágenes, sobre todo cuando el hombre huesudo le dio dos palmadas secas en el hombro y sin decir una sola palabra, le dejó solo a las puertas de la cámara abovedada.

—¿Adónde…? —murmuró, pero ya se iba alejando por el corredor que conducía al patio del oeste.

Solo, apenas dio un paso vacilante hacia el interior de la sala, en cuyo fondo habían colocado un pedestal de roca magmática arcena sobre el que destacaba una urna oscura. Conforme a unos ritos que no eran de ese planeta, dos mujeres permanecían sentadas de rodillas en torno a la cápsula; ninguna se giró para observarle mientras avanzaba despacio, escuchando el ruido de sus propios pasos por el mármol. La vieja sala de reuniones reconvertida en capilla de los dioses cemúes, se dijo asustado, como cuando era un niño y vio el ataúd de su abuelo. Una corona de lámparas con forma de carámbanos otorgaba una claridad mortecina a las paredes.

Se detuvo a pocos metros: bajo el cristal de la urna apreció el perfil marfileño de su rostro, la mejilla aún carnosa y la nariz suave y delicada. Sus párpados cerrados, oscuros por el maquillaje fúnebre, parecían a punto de abrirse de un momento a otro con su llegada. Inmóvil, no se atrevió a seguir un poco más adelante, como si una muralla invisible le impidiera el paso. Durante un buen rato estuvo de pie frente al ataúd cemú, como si hubiese llegado tarde a un compromiso que ya casi no recordaba.

—Señor —dijo una voz suave a su espalda. Se giró nervioso, pero en la entrada sólo había una joven de unos quince años, ataviada con ropas cemúes. Era muy alta, de piel morena y ojos grandes muy familiares. Su colgante de plata emitía pequeños destellos en las sombras de la cámara, un talismán de otro mundo muy lejano.

—Señor, Gran Padre me pide que venga conmigo.

Obedeció sin resistencia, sintiendo un temblor doloroso en las rótulas, como si sus rodillas no fueran capaces de soportar el peso de su cuerpo. La muchacha iba delante por un corredor con una nueva decoración, ahora mucho más austera que en otras épocas. En un saloncillo había varios caballeros de aspecto cemú, unos sentados en los sillones y otros de pie, observando las montañas ocres desde un balcón; apenas uno le miró con indiferencia mientras el resto hablaba en susurros. Luego se fijó en el cabello color arena de la chica, en la suave ondulación sobre sus hombros, en la forma en que caminaba, tan parecida a la suya. Al fin le señaló a una puerta que daba a una sala desconocida, al fondo del ala sur.

—Tiene que esperar aquí, señor —dijo con aire de inocencia. Era una sala hexagonal sin ventanas, con un suelo pulido de piedra negra. En el centro destacaba una mesa flotante y redonda con cuencos de cerámica azul y flores locales, y un sillón bajo y arrugado como una pasa de color verde oscuro. Cuando fue a girarse la puerta ya se había cerrado. Absorto, merodeó por los alrededores, contemplando las hileras electromagnéticas de una red que desfilaba por el techo como activada por su presencia.

—El ilustre cemú —murmuró, recordando, pero aquello ya no le resultaba tan gracioso como antes. Luego se detuvo en la mesa, donde reposaba un tazo con garguas jugosas, y una taza de jag tibio que emanaba un denso olor a especias. Con las manos a la espalda, se entretuvo en oler las flores, hasta que no pudo evitar la tentación de hundirse en el sillón, a la espera de nuevas noticias. Inerme, observó sus propios zapatos, los mismos que esa mañana se había colocado para salir con Licl de paseo por la costa. Aquello le pareció ahora lejano y brumoso, casi irreal, como esa misma sala. De repente la luz artificial se fue apagando despacio, hasta que los contornos quedaron cubiertos por una tiniebla apacible.

—¿Pero qué…? —masculló, e hizo el amago de enderezarse, pero en ese momento apareció un recuadro de luz cálida sobre la pared de enfrente. La pantalla parpadeó varios segundos y enseguida pudo distinguir un paisaje reconocible, las costas y los Acantilados de Plata vistos desde las nubes; al fin sonó un zumbido corto, y la imagen era ahora la de las tierras de los prolenos, un recorrido suave por encima del viejo observatorio abandonado. A continuación la pantalla se fundió en negro.

—¿Oiga? —dijo en voz alta, pero no se encontraba fuerzas para levantarse. En la oscuridad, mientras ahí fuera había cemúes hablando de sus negocios y sus miserias, mientras ese niño pequeño debía seguir columpiando sus pies en la silla, junto a la señora robusta, estaba encerrado en una sala en penumbras, entre el desconcierto y los pesares de su memoria.

Un largo rato más tarde la pantalla volvió a iluminarse: una cámara reflejaba la fachada delantera de su propia casa, el brillo de las celosías en sus vidrieras. En el siguiente plano adivinó a una mujer atada a una silla; tenía la camisa medio rota, con un pezón asomando por un agujero. Sobre el rostro tumefacto, un hilo de sangre se deslizaba por la frente sucia. No muy lejos de ella había un cuerpo pequeño tirado en el suelo, con los brazos abiertos.

—¡No! —gritó, y al intentar ponerse en pie cayó de rodillas; enseguida extendió un brazo hacia la mesa sólo para volcarla. Un estrépito de cerámica pulverizada resonó por las paredes negras.

—No, dios mío, no, no, no… —gimió, y la imagen se recreaba en el gesto apático del niño, con un párpado entrecerrado y una baba sanguinolenta empapando la alfombra. De rodillas, se llevó las manos a las sienes, con los ojos vidriosos.

—No, por favor, no…

Cabizbajo, se negó a seguir mirando, sacudido por espasmos involuntarios que sacudían sus costillas con violencia. Al abrir los ojos, de nuevo bajo la luz artificial de la sala, vio tres puertas sobre la pared delantera y las laterales que tenía justo enfrente. Alguna clase de mecanismo ilusorio había ocultado hasta ahora aquellas láminas selladas de color gris, sin picaportes ni asas visibles. Se levantó a duras penas, mientras un moco acuoso caía sin resistencia por su barbilla.

—¡Hijosdeputa! —gritó, con los puños cerrados—. ¿Qué habéis hecho? ¿Qué habéis hecho?

Una voz grave alcanzó su conciencia trastornada:

Permita que le dé mi bienvenida. Estaba seguro de que no iba a desistir de venir hasta nuestra casa para honrar la memoria de la ausente. En Cemú tenemos muchas normas distintas a las de este mundo.

—¿Quién es usted? ¡Hable!

Ya sabe muy bien quién soy, aunque no hayamos tenido la ocasión de conocernos en persona. Tengo archivados centenares de horas en las que hablaba de mí como si fuéramos viejos amigos. Incluso tengo entendido de que me llamaba de muchas formas, todas relacionadas con mi cultura.

—¿Qué ha hecho? —dijo enrojecido, y se iba girando para distinguir el hueco oportuno desde el que sonaba la voz, tal vez desde alguna esquina—. ¿Qué ha hecho con mi familia? ¡Asesino!

Debe entender que en estas horas tan tristes me encuentro bajo el influjo cemú de mis ancestros. Ella ya apreciaba esta doble naturaleza propia, y la amaba a su manera. Pero usted era como una partícula ofensiva en nuestra existencia común, un agente de la desgracia. No fue fácil asimilarlo, ocultarle los hechos aunque yo los guardara. Nosotros, los cemúes, no somos impulsivos. Eso va contra nuestra dignidad más secreta. Pero podemos y sabemos esperar la hora en que se cumplan las promesas que nos hacemos a nosotros mismos.

Se acercó tambaleante hacia la puerta que la muchacha había cerrado, pero estaba bloqueada por fuera.

—¡Déjeme salir de aquí! ¡Ahora!

Nunca supo lo que yo pensaba, ni nunca imaginó que yo lo había descubierto, hace mucho.

Agarró el pomo con las dos manos, ejerciendo presión con todas sus fuerzas mientras torcía la espalda, pero era inútil. Luego empezó a golpear con los puños, pero la hoja era muy pesada y apenas emitía ruido.

—¡Socorro! ¡Ayuda!

Pero una promesa cemú no se olvida ni se aparta nunca. No importa que hayan pasado dos órbitas o quince, el tiempo no desfigura la culpa ni le redime de sus actos. Sólo nos recuerda que usted y yo teníamos un asunto pendiente aunque no lo imagine.

Exhausto, dejó resbalar la espalda contra la puerta mientras la voz fluía sin descanso por algún orificio de aquella sala hermética. Se llevó las manos a la cara, hundiendo sus nudillos contra las cuencas óseas.

Trata de llorar para refugiarse en la compasión hacia sí mismo, pero no puede. Le conozco mejor de lo que se conocerá nunca. Los cemúes llamamos shaluc a su máscara. Se encuentra tan cómoda con ella que ya no sabe cómo se respira de otro modo.

—Por favor —gimoteaba con aire patético, y enseguida sintió el impulso de un acceso en su estómago. Se dobló hacia delante para vomitar un líquido de color verdoso que salpicó su chaqueta.

Ahora, cuando ya la tenemos en su ataúd es cuando intenta quitársela, pero no lo consigue. Es una máscara hecha de costumbres y de falsedad. Y ha contaminado esta misma casa durante años, hasta contagiarla a ella. No podía ensalzar nuestra dignidad mientras estuviera viva, ambos lo sabemos. Pero hoy al fin conoce mis principios.

—Piedad…

Las tres puertas que tiene por delante son las únicas que le van a servir para tomar decisiones. No volverá a cruzarse con ninguno de mi clan, y nadie podrá recordarle nunca. No le asociarán con este sitio, ni conmigo ni con mis hijos ni con ella: ya me he ocupado de eso.

Volvió a ponerse en pie, muy despacio, apoyándose sobre la pared con el codo. Tenía el borde de su camisa manchada de vómito de delfa y los ojos hundidos, como los de un sonámbulo. Caminó inseguro hacia las paredes delanteras, desprendiéndose de la chaqueta para arrojarla al suelo.

En Cemú existe la tríada del dolor y la alegría. La llamamos el Talik. Me he permitido hacerle una recreación de la misma para que pueda tener la oportunidad que sólo yo le concedo. Sólo una de esas tres puertas conduce hasta su salvación. Las otras dos le llevarán a ser descuartizado: sus restos pasarán a formar parte de la carne con la que alimentamos a los gucenos.

—¡Está loco! —gritó mirando al techo—. ¿Me oye? ¡Loco de mierda! Le van a ejecutar por lo que ha hecho. Mi hijo…

Pronto volvió a encogerse con algunos espasmos, pero se repuso enseñando los dientes, en un rictus de esfuerzo. Sudaba en abundancia, con el bigote brillante y los pómulos húmedos.

No piense ni crea en el odio ni el resentimiento. Esos son ideas generales que los cemúes despreciamos, aunque a usted le pareciesen tan divertidas hace órbitas. Eso significaría que afecta mi vida de algún modo, lo que no es cierto. Pero he preparado mi bienvenida desde hace mucho, cuando supe que no volvería a caminar, y que luego sus huesos se irían pudriendo. Pero supongo que eso a usted no le importa porque ya se había olvidado de ella.

—No pienso… —farfulló—. No voy a darle ese gusto, loco de mierda.

El silencio volvió a apoderarse de la sala, pero aún le parecía que las palabras continuaban resonando dentro de sus oídos: golpeaban y rebotaban contra oscuros huecos y rincones de su interior, hasta descubrir la esencia de algo que se agitaba como una membrana frágil. Palpó la hoja de la puerta delantera: por mucho que le costara imaginarlo, no se trataba de una alucinación holográfica. Las luces y efectos de la sala habían producido el engaño de unas paredes lisas, pero ahora podía sentir el roce de sus dedos contra la materia metálica, la hendidura casi oculta del resorte para abrirla. Retrocedió, aterrado, mirando al techo.

—No voy a darle ese gusto, ¿me oye? ¡No voy a hacerlo, malnacido!

Al retroceder varios pasos algo crujió bajo la suela de sus zapatos: cerámica rota, restos de fruta reventada bajo un líquido viscoso.

—No, no voy…

Durante mucho tiempo permaneció sentado abrazado a sus rodillas. La temperatura había subido dentro de la sala, y el sudor caía en gotas tibias sobre el suelo como una llovizna dispersa. De vez en cuando miraba a las puertas grises, a las tres láminas que le había señalado como única escapatoria, pero pronto desviaba la mirada hacia otra parte, respirando de forma entrecortada. Le faltaba aire, y el calor era cada vez más intenso, arrugaba sus ropas para impregnarlas en una gelatina repugnante. Casi tuvo ganas de volver a oír la voz de aquel hombre a quien nunca había llegado a ver en persona, pero cuya presencia había estado diseminada por diversos lugares de aquel mismo edificio a través de sus objetos de colección, de sus muebles y sus libros, de todas esas pertenencias que sobreviven a su dueño mucho después de que se haya ido.

La sala empezó a fundirse en una masa inestable, vidriosa. Se había desabrochado la camisa, pero la ausencia de oxígeno le dejaba sin apenas fuerzas, un cuerpo frágil en una cámara sin ventanas. Cada pocos minutos alternaba una maldición con una súplica o el ahogo de una pena:

—Gdan… Gdan…

Se agitaba, convulso, y a veces incluso se golpeaba las sienes con las manos. Una vez, hacía mucho de aquello, se había quedado encerrado dentro de una habitación prohibida por su padre. Ahora, si cerraba los ojos le parecía haber vuelto a aquel cuarto, entre las tinieblas de los muebles y las cajas secretas. Al abrir los párpados aparecieron de nuevo las tres puertas para recordarle que aún no había elegido. No, no podía elegir, imposible. No podía.

—No puedo —gimió, y se puso en pie, débil y confuso. De pronto tenía la mano en el resorte de la puerta delantera. Casi estaba a punto de abrirla cuando la soltó como si emitiese electricidad. Sudaba sin descanso, y a menudo tenía que quitarse el sudor de la frente con el dorso de la mano. Se adelantó a la puerta de su izquierda, pero su presagio era el mismo que en la otra: la misma impresión de falsa esperanza, de una trampa preparada con cuidado por un cemú regido por sus principios.

—Pagará por esto… —farfullaba con un susurro—. Sé que pagará por esto.

Le dolía el corazón al sentirlo contraído entre las costillas, y en un instante lo vio con claridad: su propio cadáver en aquella sala, mientras los familiares y amigos del ilustre cemú se reunían por las otras habitaciones honrando la memoria de una difunta. Esperó una respuesta de la voz que le había hablado, pero el silencio lo torturaba de peor forma que los sarcasmos o la indiferencia. En ese silencio encontraba de algún modo un espacio donde poder descubrir lo que tanto había temido. Cualquiera de las tres puertas era su salida y su destrucción; en cualquiera residía una parte del carácter y dignidad de su dueño. Seguro que esperaba que no tomase ninguna decisión. Si debía creer sus palabras, le podía haber estudiado durante muchas órbitas antiguas; así creía conocerle.

Acarició los resortes de una lámina a otra, alternando la ilusión de la escapatoria con la certeza de un crimen horrendo y macabro. Pero ya no tenía gran cosa a la que aferrarse. Sonrió enloquecido, con el rostro inmóvil de Gdan sobre la alfombra. Maldito asesino. En un segundo, encorvado como si hubiese envejecido muchos años, notó que acababa de abrir el resorte de la puerta delantera sin quererlo. Tal vez una parte remota de sí mismo había actuado a sus espaldas. La hoja cedió sin resistencia mientras caminaba hacia el interior de un pasillo sombrío. Alargó las manos como un ciego en penitencia, insuflado por el impulso de sus delirios. Era un corredor oscuro y estrecho por el que se filtraba una corriente de aire fría.

—Gdgnnn —balbuceó con los ojos muy abiertos, mientras notaba que la puerta de la cámara se había cerrado de golpe para sumergirle en la oscuridad más absoluta. El miedo aflojó algunas válvulas de su organismo, manchando sus pantalones mientras caminaba hacia delante. Pero por mucho que avanzase seguía sin ver un solo indicio de luz, una pista para su salvación; entonces se percató con más nitidez de lo que eso significaba en el fondo: había elegido la puerta de su muerte. O puede que ninguna hubiera sido la buena, y el ilustre cemú se divirtiese al observarlo como se observa un animal idiota en un laberinto sin salidas. Ahora rozaba las paredes con las manos húmedas, arrastrando las suelas de sus zapatos, y enseguida empezó a reír como a borbotones, escupiendo saliva.

Esperaba. Estaba esperando el instante inmediato en que algún detonador, algún hueco en el suelo o algún gas invisible acabase con su existencia de golpe, de una forma brutal o piadosa. El siguiente paso era el último y definitivo, el siguiente. La consciencia se impregnó de varias imágenes sueltas, apariciones fantasmales, el vago rumor de su nombre.

—Scel —dijo al fin, ¿o había imaginado decirlo? Pero cuando despertó estaba tumbado sobre algo blando que olía a resina. Un rumor sordo reverberaba sobre su mejilla derecha, y en un momento pudo distinguir las nucas de dos hombres detrás de un cristal. Se enderezó con lentitud, apoyando el codo en el respaldo: un paisaje familiar huía por las ventanas bajo una luz de crepúsculo, las montañas de Celotis, los valles del imeg, y luego los Acantilados de Plata. Se fijó en sus ropas: las mismas que esa mañana, su camisa blanca y su chaqueta irolesa, pero sin ninguna mancha de vómito ni suciedad, como Licl se las había entregado anoche. La nave descendió con un susurro gaseoso, hundiendo sus apéndices sobre la hierba. Entonces el hombre huesudo se giró para hacerle un gesto; abrió la puerta para salir al exterior, junto al viejo observatorio abandonado. La cabeza le pesaba un poco, como si hubiera vuelto de la atmósfera de otro mundo.

El sol menor se había vuelto una bruma incandescente en el mar, entre los reflejos que despedía sobre los farallones de roca. Aceleró el paso mientras sentía el aire levantado por la nave al alejarse. Ahora iba por la lengua de asfalto bajo un instinto primitivo de supervivencia, andando casi a la carrera: su sombra se alargaba sobre los árboles como un fantasma angustiado. De pronto estaba delante de su casa: un centelleo de ámbar llenaba las vidrieras de la cocina. Un bebén desorientado caminaba con torpeza junto a su puerta, pintada hacía muy poco. Nada parecía haber alterado la paz de aquel lugar, pero en su mente volvían a despertarse infiernos de imágenes atroces.

No podía entrar allí, no encontraba el impulso necesario para hacerlo, pero ya había abierto la puerta. En el vestíbulo le sacudió el silencio de la muerte, e incluso le pareció oler la podredumbre seca sobre la alfombra. Se tuvo que apoyar contra la pared para no derrumbarse como un montón de huesos. Pero algo le impedía huir, tal vez esa fuerza funesta que le arrastraba a descubrir lo que tanto habían preparado en la distancia y a su nombre. Sentía la repulsión de girarse y salir corriendo mezclada con la atracción oscura de aquel silencio. Con el rostro desencajado, dio varios pasos hacia la sala principal pero allí algo lo detuvo.

—Gdan.

Su hijo estaba sentado sobre la alfombra con la esfera de luz entre las manos.

—Hola, papá —dijo sin mirarle, absorto en su juguete. Se tambaleó un poco, con un dolor agudo en el costado. Un frío líquido se apoderó enseguida de su nuca.

—Gdan, hijo…, ¿y mamá? ¿Dónde está mamá?

—En el patio —respondió Gdan, que ahora echaba la bola a correr por la alfombra.

Se quitó la chaqueta para dejarla sobre el respaldo de la silla de la cocina. Luego, casi de forma inconsciente, se desabrochó algunos botones de su camisa, a la mesa de almuerzo donde reposaba el azucarero y el plato cubierto con el pastel de la hermana de Licl. Era una tarde apacible, y el resplandor amarillento inundaba las paredes y los muebles hasta el frigorífico. Durante largo rato se hundió en sus propias cavilaciones, con los codos sobre la superficie de la mesa. Luego resopló varias veces, hasta sentirse mejor. Sí, algo mejor, y observó el vuelo de los bebenes a lo lejos, con las nubes verdosas de fondo como escamas. Desde la puerta vio la esfera rodando sola sobre la alfombra. Y sin esperarlo, una tibia emoción de calma se apoderó al fin de su organismo; incluso dejó de notar el dolor entre sus costillas, esos latidos ominosos. Para cuando Licl apareció por la puerta ya estaba más animado.

—Cariño, ya estás aquí —dijo ella.

—Sí, nena —sonrió. Licl se acercó para besarle en los labios; luego abrió el cajón de la despensa con aire distraído.

—¿Tienes hambre? —dijo, y en un instante no contemplaba más que su cara ensangrentada, atada a una silla con el pezón por fuera. Muerta.

—Digo que si tienes hambre, tonto.

Pestañeó varias veces, recuperando el ánimo, su mejor sonrisa.

—Casi me comería el pastel de tu hermana.

—Muy gracioso —rió Licl, e hizo el amago de tirarle una taza. Un bucle de su cabello castaño resplandeció al darle la espalda—. ¿Sabes que tu hijo lleva todo el día jugando con esa bola?

 

 


Carlos Pérez Jara (Sevilla, 1977) es autor de cuentos y relatos de género fantástico. Sus historias han aparecido en diversas revistas especializadas, como la propia Axxón, PROXIMA, Korad o Planetas Prohibidos. Aborda el género de terror en selecciones de cuentos como “Calabazas en el trastero”, de la editorial española saco de huesos. Ha sido seleccionado de forma consecutiva para la antología de relatos “Fabricantes de sueños”, 2010-2011 y 2011-2013, seleccionadas, respectivamente, por el editor argentino Luis Pestarini y el escritor y crítico cubano José Miguel Sanchez, YOSS. Publicado en España, Argentina y Cuba, es asimismo el autor de la novela de terror fantástico “Los viajeros del sarcófago” (2014), publicada en la editorial Gente Nueva, dentro de su colección Ámbar.

Hemos publicado en Axxón: TEMPUS FUGIT, LEGADO, AL OTRO LADO DE LA LLANURA, LA DECIMOTERCERA CLÁUSULA, HIJA DE HELISURPA, PURGATORIO, ESPÍRITUS Y MARIONETAS, ORILÁN, CAPITÁN SOLOZA, EL GRAN MIROBI, LOS DEMONIOS DE PINDAURO y PIEL Y TINIEBLAS.


Este cuento se vincula temáticamente con PIEL Y TINIEBLAS, de Carlos Pérez Jara, y FERVOR, de Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras.


Axxón 266

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fusión de géneros : Engaño : España : Español).


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