¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

Mandos se prepara

 

El comedor parecía en orden, adecuadamente dispuesto para servir a la señora Temple y su invitado: el dúctil mantel irisado, la fina cristalería aquiliana, las espléndidas sillas ergonómicas. De pronto, Mandos descubrió una imperfección en la composición; con manos expertas reacomodó los especieros automáticos en el centro de la mesa. Asintió. Ahora sí está todo en orden.

Paseó la mirada por los cortinados, sutilmente mecidos por la brisa que generaban las esculturas neumáticas, y por fin la detuvo sobre la imponente luminaria pre-éxodo que colgaba del techo. Volvió a asentir. Era extremadamente metódico, obsesivo y perfeccionista; siempre lo fue y eso lo había traído aquí, al lugar donde siempre quiso estar, y en el momento adecuado. No existe otra manera de prosperar en una empresa como la mía, pensó; sólo sirven la perseverancia y la dedicación. A pesar del fervor, por supuesto. Imposible olvidarlo.

De pronto se tambaleó, sintiendo que las rodillas se le aflojaban. Se apoyó en el muro más cercano, junto a la escultura que representaba una de esas bestias marinas recientemente descubiertas en el sistema Sagitario. Experimentó un leve acceso de náusea, pero la sensación se desvaneció enseguida. Últimamente los mareos y dolores de cabeza le habían acosado con frecuencia creciente. Si la solución fuera tan simple como acudir al physic de la estación, se dijo, mientras respiraba hondo y recuperaba el equilibrio. Pero sabía que era imposible. Además, no era momento de distracciones: casi no le quedaba tiempo. Más aún: ignoraba cómo enfrentaría la crucial situación a presentarse.

Como solía decir el señor Desireo, allá en Betaforno: “El futuro es una caja cerrada: sólo nos queda esperar que se abra por sí misma”.

 

 

Mandos y los comienzos

 

Mandos consiguió su primer empleo en el año 3280 I.K., como sirviente personal de Nenífares, la excitante actriz porno del sistema Ophiuchus.

No fue un trabajo fácil. Todas las noches debía enfrentar una troupe de actores, actrices y directores de sensovisión borrachos, drogados o loboteados, empecinada en hacerlo partícipe de sus desaforados festejos. Al menos, la experiencia le había servido para conocer gente de diversos mundos y lograr los contactos necesarios.

Al año siguiente, Mandos estaba en Cepheus sirviendo al magnate Gurevella, también conocido como «el señor de los cometas». Gurevella se había ganado el mote por la interminable lista de empresas mineras que administraba desde Alfacefo, la capital, y por el vasto territorio que explotaba en las nubes de cometas que rodeaban al sistema. Fue un trabajo tranquilo en comparación con las locuras orgiásticas de Nenífares; el señor casi nunca estaba en casa, y Mandos se limitaba a vagar días enteros por las desiertas habitaciones de una mansión poblada de ecos, visitada de vez en cuando por funcionarios en tránsito o androides de protocolo.

El tiempo transcurría con lentitud. En el año 3284 I.K. estaba en Musca, bajo las órdenes de la señora Jurinha, una dama de casi dos siglos de edad, mantenida precariamente con vida gracias a bioempalmes de última generación. Jurinha era la viuda de Polocobo, el renombrado cirujano tucanés que había perfeccionado la tecnología de las transfusiones de sangre criogénica. Mandos la acompañó durante cuatro largos años hasta su muerte, ocurrida por la falla de un simple genopass cardíaco. La señora murió en su cama, conectada a una infinidad de monitores y robophysics, y acompañada por su fiel mayordomo mientras un médico —porque éste sí era humano— redactaba los certificados de muerte y última voluntad; en el sistema Musca no eran los abogados quienes se encargaban de trámites como aquellos. Así fue que Mandos se encontró con una fortuna que alcanzaba los cincuenta mil millones de créditos.

Pese a haberse transformado en un nuevo rico no se retiró de la profesión; nada más alejado de sus intenciones. Lo que hizo fue viajar hasta Fornax y solicitar empleo a Desireo Benge-Ben, el legendario explorador, ya retirado. La foja de servicios de Mandos fue suficiente, y por supuesto, consiguió lo que buscaba.

Una tarde del año 3294 I.K. fue ante su señor y le presentó la renuncia. Estaba tan nervioso que las manos le sudaban y la cabeza le tamborileaba fuertemente, como si fuera a explotarle de un momento a otro. También le pidió una carta de recomendación para entregar a la señora Temple, la famosa mediadora política que operaba desde una estación espacial, en ese momento en órbita sobre Betaforno, la capital y único planeta habitable del sistema.

—De acuerdo, mi querido Mandos —aceptó Desireo sin tardanza. Se mesaba la barba entrecana mientras observaba al mayordomo con evidente placer. Su robusta silueta, de pie, se perfilaba contra un pseudo-ventanal que reproducía los fogonazos producidos por la tormenta solar que en esos momentos estaba sacudiendo el edificio; se le antojó a Mandos tan inalcanzable como un Júpiter de Vieja Tierra—. Si éste es tu deseo, te lo concederé. Aunque antes deberías tener la gentileza de decirme por qué me abandonas…

—No puedo hacerlo, señor —murmuró Mandos, inclinando la cabeza para ocultar su turbación—. Se trata de un asunto… personal.

—Muy bien, respetaré tu intimidad dado que siempre has respetado la mía. Pero ¿cómo sabes que la mediadora te dará el empleo?

—Necesita un mayordomo con cierta urgencia, señor. El anterior estuvo veintitrés años a su servicio; como ya era anciano cuando empezó, nadie se ha sorprendido por su muerte.

—Y tú venías aguardando esa circunstancia desde hace bastante tiempo, ¿verdad?

Mandos titubeó antes de responder.

—Así es, señor. Era inevitable.

Repentinamente, un furioso relámpago llenó la pantalla y pareció que la cruda luz contrastaba y apagaba las figuras de los dos hombres, al tiempo que atenuaba las luminarias de los rincones.

—¿Significa eso —continuó Desireo— que viniste a trabajar conmigo para estar más cerca de ella?

Mandos alzó la cabeza y clavó la mirada en la de su señor, en esos ojos que habían visto tantos mundos.

—Sí, señor —dijo—. Para poder vigilar sus movimientos. Para poder… para poder estar allí cuando ella necesitara de alguien como yo.

—Lo sabía. Siempre lo supe. Desde que te vi entrar por esa misma puerta —y Desireo la señaló con gesto vago. Acto seguido preguntó, sin preámbulos—: ¿Qué harás cuando te llegue la hora?

—No lo sé, señor. Ojalá lo supiera.

—Mejor así, amigo mío. El futuro es una caja cerrada: sólo nos queda esperar que se abra por sí misma. —De pronto, Desireo dio una palmada, como para dar por terminado un tema fastidioso, y le dio la espalda al mayordomo. Contemplando la tormenta, agregó—: Prefiero que te marches ahora mismo. Empaca tus pertenencias y vete. El personal del espaciopuerto te facilitará mi nave particular. Ya mandaré a alguien por ella. Y en cuanto a mi recomendación… la transmitiré a la oficina de la mediadora Temple apenas te hayas ido. Estamparé mi criptofirma personal, en el caso de que sea útil y facilite tus proyectos. Este veterano aún conserva un poco del viejo prestigio que alguna vez ganó…

—Gracias, yo… —Mandos estaba asustado, conmovido y esperanzado a la vez. Emociones contradictorias se fundían en su rostro mientras se esforzaba por no llorar— yo… usted ha sido el mejor de mis patrones, Desireo. Siempre lo recordaré.

—Será difícil encontrar un reemplazo que esté a tu altura. Y Mandos, dos cosas más…

—¿Sí?

—Encuentra una solución para tus dolores de cabeza; he notado que últimamente son bastante frecuentes. Y con respecto a tus brotes de mugha… no olvides llevártelos contigo.

Mandos no los olvidó. Una hora después, estaba a bordo de la nave, abandonaba el campo gravitatorio de Betaforno y enfilaba hacia las luces señalizadoras de la estación espacial. Los brotes de mugha, protegidos por una cubierta de fibra sintética, viajaban sobre su regazo: una maraña de ramas y raíces de color amarillo grisáceo que parecían tiritar con cada cambio en la trayectoria de la nave.

 

 

Mandos y Caid

 

El mayordomo abandonó el comedor y atravesó el vestíbulo. Era una estancia amplia y oval, exquisitamente decorada con efigies y grabados provenientes de Cassiopeia. El propio Mandos los había seleccionado en ocasión de la última fiesta de cumpleaños de la señora Temple. A la derecha se abría una vista panorámica del núcleo galáctico. Era evidente que se trataba de una imagen simulada porque no había miradores en este nivel de la estación; sin embargo, el holo en tiempo real era muy útil, ya que nadie sospechaba que tras él se ocultaba una entrada al Corredor Rubí, por donde Mandos abandonó el vestíbulo.

A lo largo de sus paredes curvas se alineaban más de cien cubículos de cristal, las pequeñas oficinas donde los encargados de las negociaciones preliminares llevaban a cabo las tareas burocráticas que no requerían la atención personal de la mediadora. Estaban todos ellos vestidos con uniforme, una ceñida malla entera de color celeste sin señas particulares, y conferenciaban animadamente con los holos de sus clientes. Las trémulas figuras vibraban o perdían cohesión cada vez que la señal atravesaba una tormenta de rayos cósmicos o una nube de gas. Los servicios de la señora Temple eran extensamente utilizados por los sistemas cercanos al centro de esa galaxia, ya que en los últimos años se habían transformado en auténticos hervideros de litigios interplanetarios.

Apuró el paso y se metió en el Corredor Topacio, cuyos muros de color turquesa cambiaban gradualmente al magenta, y mostraban aquí y allá los paneles de comunicación o pinturas de fútil interés estético. Una de ellas representaba alguna región de Betaforno; para el gusto del mayordomo, el artista había sido demasiado magnánimo en su visión; jamás se supo que la capital del sistema Fornax gozara de cascadas o selvas tan deslumbrantes como aquéllas.

De repente, Caid, el encargado del invernadero, apareció frente a él; empujaba un carro flotante cargado de alimentos.

—No debes transitar por este corredor —lo amonestó Mandos, frunciendo la boca con desagrado—. Hazlo por el de servicio.

Caid se detuvo y lo miró de pies a cabeza. Tampoco él ocultó su desprecio.

—Por allá el camino es muy tedioso y hoy tengo ganas de ver gente diferente —explicó. Era un individuo bastante más alto que Mandos, delgado y con ojos saltones que miraban en dos direcciones a la vez, lo que le confería un enigmático aire furtivo. Un mechón blanco y rígido salía como una cresta desde la coronilla de su cabeza pelada—. Entonces me dije: Vamos Caid, pasea por el Topacio y el Rubí… y aquí estoy, disfrutando de la visión de personas reales… aunque esos estúpidos administrativos ni siquiera advertirán mi presencia.

—Pero alguno de los clientes podría avistarte. La credibilidad de la señora se vería notoriamente mermada si por detrás de un mediador preliminar circulara un criado con un hatajo de habilengas.

Caid soltó una sonora carcajada.

—¡Tengo que darme prisa, estimadísimo Mandos! Los alimentos de Temple deben estar en la cocina en el momento preciso, de otro modo se echarían a perder. —Caid pestañeó y una horrible mueca se dibujó en su cara. Era consciente de su importancia—. Y con el rato que acabamos de pasar, je, la señora necesita recuperar las energías.

Mandos, presa de un repentino temblor involuntario, trató de seguir su camino e ignorar la obscena referencia.

—Mejor me dejas con mis asuntos y te metes en los tuyos —continuó Caid—, porque algunas de las provisiones esperadas no han llegado todavía desde Betaforno. Y como no lo soluciones pronto, recibirás un buen tirón de orejas, je, ya sabes de quién…

Mandos ocultó las manos tras la espalda y apretó salvajemente los puños. Sufría cada vez que debía hablar con Caid; el individuo era agreste, sin pulimento social y parecía disfrutar exagerando gestos y empleando palabras torpes en su presencia. Además siempre se refería a la señora por su nombre, a secas, un privilegio del que no gozaba ninguno de la servidumbre, ni siquiera él mismo. Había mencionado éste y otros detalles a la señora, pero ella le respondió con un consejo: “Acostúmbratea él. Caid proviene de Caelum, al igual que yo, y sin su invernadero mi metabolismo estaría destrozado. Además, no es lo único que me provee; tiene algo que a veces necesito. Haz tu tarea como hasta ahora y no te preocupes por formalidades sin beneficio”.

Mandos recordaba cada una de sus palabras y su obediencia era ciega, por eso aflojó los puños y la mandíbula, intentando relajarse. Prefería no pensar en los cuerpos de ambos enredados y sudorosos sobre la tierra fértil del invernadero.

—Atiende esto, me meteré tanto en tus asuntos como en los míos porque es lo que se espera de mí —dijo—. Ahora, lárgate de aquí, Caid, que yo mismo llevaré el carro. Vete tú al vivero a cuidar tus cultivos.

—Tus órdenes son mis más profundos deseos. ¿Quieres que riegue también tus escuálidos brotes o irás tú mismo a hacerlo más tarde?

Mandos se envaró; contuvo la lengua a punto de desbordarse en múltiples improperios (aprendidos de Nenífares, que no era precisamente una dama refinada). De pronto, volvieron el mareo y el dolor de cabeza, más intensos que antes. Se apoyó en el carro, rogando porque Caid no lo advirtiera.

—Atiende tus obligaciones y no te atrevas a tocar lo que es mío —masculló—. Te arrepentirías, créeme.

Caid murmuró una respuesta, se encogió de hombros y desapareció por el corredor adyacente. Si las puertas hubiesen tenido control manual, se habría escuchado un portazo.

Mandos quedó a solas. Recorrió lentamente el corredor de servicio y llegó a la intendencia; el carro lo siguió obedientemente al interior, flotando a unos veinte centímetros del suelo.

Se sentó frente a uno de los escritorios y comparó el remito de provisiones con la lista de pedidos, señalando aquellos elementos que no habían llegado. Confeccionó una nueva lista, agregando los recientes faltantes, y preparó la nota de crédito correspondiente al importe de la remesa recibida; luego envió el mensaje desde la terminal del escritorio y esperó la confirmación. Sutiles aromas vegetales surgían del carro en lentas oleadas. Un minuto después, cuando llegó el acuse de recibo desde Betaforno, Mandos se puso de pie y llevó el carro al nivel inferior. Guardemos las apariencias hasta el último momento, se dijo.

Al verlo entrar, los cocineros, los ayudantes y los roboasistentes se pusieron automáticamente de pie o se activaron, según fuera el caso. No era habitual que el mayordomo trajera las provisiones en persona.

—Los alimentos de la señora. —Mandos dejó reposar el carro en el suelo—. Para el invitado un menú normal, sin restricciones vitamínicas; proviene de Lacerta y allí devoran como perros terrestres. Para Pardo una cena baja en energizantes o estimulantes; acaba de tener una entrevista problemática. Con respecto a la señora, ya conocen su dieta.

Las tareas comenzaron de inmediato. Mandos se quedó un par de minutos para supervisar los trabajos, luego se marchó. Debería avisar a la señora y a Pardo que la comida pronto estaría lista, pero había recibido la orden expresa de no molestarlos bajo ningún concepto.

¿Qué hacer entonces? Recordó el fervor y agradeció que no fuera el momento todavía. Apuró el paso mientras el audiocrono le informaba que restaban treinta minutos para la cena.

 

 

Mandos y su señora

 

Ilustración: Pedro Belushi

Una vez en sus aposentos, Mandos selló la puerta con su clave de seguridad privada; luego redujo la intensidad de las luces para que el dolor no se volviera peor de lo que ya era. Bien, así está mejor. La penumbra ayudará, aunque más no sea para retrasar lo peor de la jaqueca. Y como no deseaba ser interrumpido (sería fatal, dado el poco tiempo del que disponía), desconectó tanto el comunicador mural como el de muñeca.

Desde el muro opuesto, un retrato de la señora Temple le devolvió la mirada. Era una simple fotografía; no tenía efectos tridimensionales ni fantasmales resplandores holográficos que resaltaran los admirados rasgos. La señora lucía su media sonrisa tan enigmática, que cada vez que ella sonreía de esa forma, Mandos se preguntaba qué pensamiento exacto cruzaba su mente; aparecían en sus mejillas unos hoyuelos que cautivaban al mayordomo; resultaba un espectáculo irresistible.

¿Será consciente del efecto que produce en mí? No, claro que no, porque aún no me conoce… no sabe.

La fotografía era antigua; la Temple de la imagen quizá tuviera treinta o cuarenta años. Los tratamientos rejuvenecedores habían tenido tan buenos resultados en ella (a Mandos todavía le sorprendía pensar que era dueño de la fortuna del cirujano que los inventó), que ahora, a sus ochenta y cuatro años de edad, continuaba luciendo la misma belleza de entonces.

Incluso más, pensó, y sin quererlo recordó los brotes de mugha.

Se acercó despacio al mural, con devoción. Por enésima vez grabó el semblante de la señora en lo más profundo de su memoria. Cada curva, cada pliegue, todos y cada uno de los poros de la rosada piel. Mandos se arrodilló y cerró los ojos.

Con el correr de los años pudo recoger enormes cantidades de información, incluso durante la época en que trabajara para jefes tan diferentes como Nenífares o Jurinha. Se puso de pie y extendió el brazo hasta el borde del mural; activó el vídeo y se retiró un poco para mirar las imágenes que comenzaban a pasar.

Temple Hujir había nacido en Caelum, en el planeta Gamaburil que por entonces era la capital del sistema. Sus padres biológicos murieron cuando aún era niña —una fotografía de los dos, abrazados y felices, se mostró fugazmente— en la explosión de una nave de recreo que recorría mundos turísticos. La pequeña se salvó porque estaba en Gamaburil completando su educación inicial. Al terminar —debía rondar los quince años por entonces— solicitó especializarse como negociadora económica y política. El sistema patriarcal de Caelum —que la proveyó de una familia sustituta— rechazó su solicitud por el solo hecho de ser mujer, y por eso renegó de un apellido y fue conocida únicamente como Temple. Y tan arcaica era su cultura todavía que los habitantes del sistema persistían en los métodos de reproducción biológicos interpersonales, asumiendo los riesgos de nacimientos frustrados, mutaciones y otros resultados indeseables.

Temple luchó contra los prejuicios con toda su mente y su corazón; cuando se terminaron los argumentos lógicos, sacó fuerzas de su obstinación y pasó a la acción.

Mandos detuvo el proyector para observar una vez más esa imagen de su señora: su larga cabellera roja descansaba en bucles indomables sobre los hombros desnudos; estaba frente al edificio de los administradores y se había quitado la toga. Adelantó hasta la imagen siguiente: Temple se estaba cortando el cabello que caía en puñados ardientes sobre el atrio. Lo que venía a continuación era parte de un noticiario: «Desnuda de vestimenta y melena —decía la voz neutra de un relator mientras se veía a su señora pasar sujeta de los brazos por dos guardianes—, la rebelde muchacha, indudablemente enajenada, recorrió las plantas del edificio, indiferente a burlas, insultos y pedidos de reflexión. Fue arrestada de inmediato y devuelta a sus padres…». Temple continuó con sus protestas, todas diferentes; llegó al extremo de negarse a ingerir alimentos. Ahora, la pantalla la mostraba en una plaza, sentada a horcajadas sobre la efigie de bronce que representaba al prócer Ebanister, el Supremo Ególatra de Gamaburil.

Finalmente, su tutor vocacional —que sentía por ella algún afecto— propuso una solución intermedia: se le permitiría cursar los estudios de mediadora… pero fuera del planeta. La joven lo consideró durante los dos días del plazo, entre llantos y gritos de furia, y a última hora aceptó.

Una serie de imágenes y extractos de información académica reseñaba sus pasos por el Centro Pupeano de Estudios Superiores, en Betapopa, que no fue nada fácil; tampoco lo fue conseguir un lugar para ejercer su especial habilidad.

Su primer trabajo de mediación fue un éxito a medias: logró frenar el sistemático e infundado exterminio que la teocracia Kzinni estaba llevando a cabo en el sistema Pyxis. Los Kzinni argüían que la mera existencia de los enfervorizados «camaleoides» era un insulto al método de fecundación impuesto por Deuz y, con ese argumento, habían desembarcado en la pacífica capital Alfabrujo y comenzado la matanza. Al menos, la intervención de Temple logró impedir que el mundo fuese atomizado… pero no logró salvar a los camaleoides. Se decía que un puñado de ellos logró escapar a último momento en una nave Kzinni robada, pero nadie los encontró jamás.

Mandos suspiró. Llegaría el momento en que su señora supiera algo más acerca de esos fugitivos… a pesar de que contaba con una detallada crónica de tales sucesos, prefirió no verla, y adelantó la proyección hasta la ceremonia; Temple se veía feliz, bella como una diosa y triunfal. Durante el acto se le otorgó la hegemonía de la estación que giraba en órbita sobre Betaforno… y entonces ella supo que el reto no hacía más que comenzar.

Mandos interrumpió momentáneamente la proyección y volvió a mirar la imagen mural. La señora no ha luchado tanto, no ha estado perfeccionándose y construyendo su prestigio a todo lo ancho y largo del mundo conocido para que un hombre como Ceraste lo ponga en peligro, y quizá lo derrumbe, de la noche a la mañana.

El mayordomo movió el mural y dejó al descubierto una pequeña puerta. Tecleó un código; la abrió. Extrajo de su interior una bruñida pistola de megacero. La sostuvo, graduó la eficacia del disparo, y la guardó bajo el chaleco de su esmoquin violeta. Luego volvió a cerrar la trampilla y restituyó el retrato a su lugar.

Mandos estaba tan concentrado que casi no advirtió el tremendo dolor que atravesaba su cabeza. Un hilillo de sangre escapó desde la ventanilla derecha de la nariz, pero no le dio importancia. Con gesto ausente, lo limpió con el dorso de la mano.

—Adiós, señora —susurró a la imagen congelada en el visor—. Me despido ahora; la siguiente vez que nos veamos podré presentarle mi fervor, ya que no existe para mí un anhelo mayor en el universo —Entonces la aguda voz del audiocrono le recordó que restaban quince minutos para la cena.

Mandos desconectó la seguridad de la puerta y apagó las luces; salió al corredor y recordó la entrevista de esa mañana.

 

 

Temple y Ceraste

 

Ceraste llegó a la estación a la hora convenida. La señora Temple dispuso un pequeño comité de bienvenida, compuesto por Pardo, su secretario personal, y por Mandos, siempre ataviado con el inmaculado esmoquin violeta. El personal de seguridad estaría atento, pero invisible.

La nave que traía al político ingresó a la estación y fue inmovilizada con calculada precisión al otro lado del campo de contención. El escotillón se abrió con un escape de gas refrigerante y la escalera comenzó a extenderse hacia el suelo del hangar. Al notar que Mandos se pasaba una mano temblorosa por la nuca, Pardo se inclinó sobre su oído y preguntó:

—¿Te encuentras bien? —Lo sujetó por un codo, solícito—. Hace un momento creí que caerías redondo…

—Estoy bien —dijo el mayordomo. La repentina transpiración le brillaba en la frente—. Fue sólo… un mareo.

—Pues me alegro, porque te quiero alerta. Preveo inconvenientes para la señora en el corto plazo.

—¿Qué clase de inconvenientes?

—No lo sé. Es un presentimiento. Este Ceraste me trae mala espina. —Pardo hizo una pausa para alisar una inexistente arruga en la manga. Los largos cabellos color bronce le ondearon sobre la frente—. No es frecuente recibir visitas personales… y ésta fue impuesta. La señora prácticamente se vio obligada a aceptarla.

—¿Obligada?

—Así es. Una llamada a través del comunicador inició el asunto. Este Ceraste es un político trepador de Lacerta. Intentó eludirme, pasar por encima de mí, algo que me molestó sobremanera. A propósito, allí lo tienes. —Y Pardo señaló con la barbilla.

Una figura rolliza estaba descendiendo por la escalerilla, seguida por dos gigantescos guardaespaldas. El rayo rojo impreso en la pechera de sus uniformes color ébano los identificaba como pertenecientes a SEKUR, la empresa de seguridad más costosa de aquella sección de la galaxia.

—¿Para qué tanta protección? —preguntó Mandos—. No hay nada aquí que pueda dañarlo…

—Es evidente que estamos ante un pedante temeroso de las posibles consecuencias de sus acciones… o ante un derrochador de créditos: esos dos guardaespaldas deben haberle costado una suma similar a doce de mis sueldos.

—Me estabas contando sobre la llamada —continuó Mandos.

—Sí. Ceraste se mostró notablemente contrariado cuando se dio cuenta de mi presencia al otro lado de la pantalla. Pretendía hablar sólo con la señora. Me puse férreo y finalmente accedió. Le pidió una entrevista personal, aduciendo que lo que pensaba proponer no podía transmitirse vía comunicador. Agregó que esta semana estaría en Betaforno por asuntos personales de modo que no le costaría nada subir a nuestra órbita el día jovedí. ¡Hasta tuvo la delicadeza de preguntar si la señora prefería el encuentro antes o después de la cena! Viajaba en su nave personal, de modo que tendría libertad de movimientos…

Una desfachatez asombrosa, pensó Mandos con sinceridad. A diez metros de ellos el recién llegado había salido del campo de contención y se acercaba con paso confiado. Los gigantes que lo acompañaban vigilaban la escena desde la profundidad de sus globos oculares, tan vacíos y negros como el espacio exterior.

—Un absurdo burócrata que le impone su presencia, su agenda, y solamente la deja elegir el horario… —murmuró Mandos—. No entiendo cómo ella pudo haber accedido…

—Ya conoces el temperamento fogoso de la señora. A pesar de ponerse tan roja como una nova, recurrió a su entrenamiento y reprimió el malestar. Le dijo a Ceraste que con placer sería recibido durante la hora previa a la cena de hoy. Y aquí lo tenemos. Al menos, el hombre es puntual.

Ceraste llegó frente a ellos. Era un individuo bajo y entrado en carnes, aunque sus amplias ropas lo disimularan con pliegues y dobladillos. Lucía una sorprendente mata de cabello teñido de color azul anfibio, según la moda imperante en Lacerta. La barba parecía recortada de cualquier manera, pero la observación más detallada evidenciaba un diseño inefablemente estético.

—Que tenga una agradable estancia, caballero Ceraste —saludó Mandos, haciendo la reverencia de rigor—. Yo soy Mandos, el…

—Sí, sí, el mayordomo, claro, ¿quién otro podrías ser, con esos modales de finolis tan anticuados, que Deuz me asista?

La interrupción fue tan grosera que ambos respingaron, sorprendidos. La mención de Deuz trajo a Mandos recuerdos amargos.

—Me llevan de inmediato con Temple, uno de ustedes o los dos, como les plazca, que tengo asuntos que ultimar antes de la cena. —Se volvió hacia los gigantes—. Tú te vienes conmigo —ordenó a uno—. Y tú te vas a mi suite, que uno de estos dos te indicará el camino. Verifica que no hayan instalado ya sabes qué. —Entonces le dirigió una obsequiosa sonrisa a Pardo—: Porque habrán preparado una suite para mí, ¿verdad?

Mandos, viendo que Pardo se disponía a saltar sobre el político como un bucefo enfurecido, resolvió calmar los ánimos.

—Por supuesto, señor Ceraste —dijo—. Las habitaciones de huésped honorario están preparadas para alojarle, por expreso pedido de la señora.

—Que dicho sea de paso, debe estar aguardándome —espetó Ceraste—. Vamos allí de una buena vez.

Y se movieron, Pardo sin decir una sola palabra, ni siquiera cuando sonó su comunicador de muñeca, el que desconectó de un violento manotazo.

El ascensor los llevó directamente al nivel principal. Recorrieron un tramo del Corredor Topacio, cuyos cubículos estaban vacíos ya de mediadores preliminares. Frente a la puerta del privado, el panel mural verificó sus identidades y les franqueó la entrada. Mandos titubeó al cruzar el umbral porque no sabía si se le permitiría presenciar la entrevista.

—Dije que te quería alerta, ¿recuerdas? —murmuró Pardo mientras lo empujaba disimuladamente.

El estudio era amplio, pero un sistema de paneles móviles reducía visualmente el espacio y lo hacía acogedor. Estaba amueblado con los elementos básicos: un escritorio, una memoteca, tres sillones ergonómicos y poco más. Ceraste echó un rápido vistazo a su alrededor, gruñó y dijo:

—Ahora.

El gigante extrajo un prisma ahusado del bolsillo de la chaqueta. Pulsó una clavija. En un extremo del artilugio se encendió una luz azul que enseguida pasó a amarillo y luego a blanco. Emitió un único y sostenido bip.

—¿Era eso necesario? —protestó una voz.

Todos se volvieron. La señora Temple acababa de aparecer entre dos paneles. Por un segundo Mandos olvidó que no estaba solo; admiró las curvas de su cuerpo, apenas sugeridas bajo la túnica azafranada; bebió de aquellos adorados rasgos nuevamente, sabiendo que en poco menos de una hora estaría apuntando un arma hacia ella.

—¡Hola, Temple! —Ceraste avanzó un par de pasos con la mano extendida, pero la mujer no se dio por aludida y tuvo que bajarla—. Una simple precaución a la que me he visto obligado a recurrir últimamente; ya sabemos que este mundo nuestro está plagado de espías…

—Pero aquí no los hay ni los habrá —dijo ella, claramente furiosa. No como una nova, pero podría llegar a estarlo, pensó Mandos—. Es propio de un hombre sin cultura sospechar que haya instalado percibidores en mi estudio privado, Ceraste.

—Por supuesto que no lo sospeché… pero ahora lo sé con seguridad. Guarda ese maldito artefacto —le dijo al grandote—. Y vete con tu hermano, que debe estar extrañándote.

Quedaron solos los cuatro. Temple tomó asiento tras el escritorio e indicó un sillón a Ceraste, quien lo aceptó gustoso. La superficie de terciopelaje se dilató para adaptarse a su amplio trasero. Pardo ocupó el otro sillón y Mandos permaneció de pie a un costado de la puerta, en guardia, como le había pedido el secretario; sin embargo podía ver muy bien los rostros de los dos hombres reflejados en los paneles móviles. El ambiente podía cortarse con una navaja.

El político fue directamente al grano:

—Mujer, quiero que redactes un acuerdo entre partes en conflicto, ya que eres mediadora.

—De acuerdo, pero para eso no era necesaria esta entrevista personal. Solamente tenías que llenar un formulario.

—Espera. Y escucha. —Ceraste se removió en el sillón mientras aparecía en su mirada un cierto viso de astucia; el mayordomo advirtió una súbita rigidez en los hombros de la mujer.

—Te escucho —concedió ella, con gentileza forzada.

—Bien, bien hecho. —La manera de hablar del hombre era por demás desafiante. Intentaba poner de mal humor a la señora, y eso significaba que esperaba que cometiera algún error—. Debes tener conocimiento, si eres tan experta como dicen, de cierta guerra —no muy cruenta, a decir verdad— entre los mundos Philos y Martus, del sistema Lepus, por la posesión del cinturón de planetoides que orbita entre ambos. Esos trozos de rocas están formados básicamente por hierro y cuarzo, materiales de importancia estratégica para ése y otros sistemas habitados.

Ceraste respiró hondo simulando tomar aliento o revisar su memoria. Mandos sospechó que le estaba dando tiempo a Temple para ubicarse en el tema. Está asegurándose de que no haya ningún dato equivocado en el planteo, se dijo el mayordomo. Sabe que la señora no es una novata y por eso necesita llegar al final de la entrevista con el dominio completo de la situación. Un error en los detalles suministrados sería motivo para que ella se burlara de él y perdiera pie. Y no quiere perder, en absoluto.

—Adelante. No me cuentas nada nuevo —dijo Temple.

—Continúo entonces. El acuerdo deberá ser redactado bajo determinadas condiciones… —Ceraste esperó una respuesta que no se produjo. Quizá en ese momento estuviera reconociendo que lo que se decía de ella era rigurosamente cierto: la dama tenía temple de acero—. Una de esas condiciones es que yo seré el árbitro y que gozaré de plenos poderes.

—Imposible. —Temple apoyó las manos sobre el escritorio, palmas abajo, y se inclinó hacia delante—. La Liga dispone de una lista secreta de árbitros y selecciona el adecuado según criterios estrictos. El nombre del árbitro no puede estar asentado en el memo del acuerdo.

Mandos comenzó a verle la cola al bucefo. Había conocido de maniobras como ésta cuando trabajaba para Gurevella, el señor de los cometas. Se tranquilizó un poco. Estamos ante un evidente caso de ambición de poder.

—Espera, mujer, que no he terminado de explicar lo que harás.

—Escucho, maestro.

—Me parece correcto que intuyas la llegada de una buena lección sin saber todavía lo que diré.

Demasiada autosatisfacción. Pardo clavó la mirada en Temple, como preguntándole si le daba permiso para echar al imbécil de allí. Incluso se incorporó; un movimiento imprudente.

—Oye, payaso, tu dama no está en peligro, al menos en ninguno de los que puedas entender —Ceraste compuso una mueca sardónica—. Relájate un poco, ¿quieres? Y haz como la estatua del mayordomo, que no se ha movido desde que llegamos aquí.

Pardo enrojeció y volvió a sentarse.

—Continuemos —dijo Ceraste—. Tengo modo de saber que seré elegido. Pero en el papelote deberá decir que las partes coinciden en que el árbitro carece de intereses personales, políticos o comerciales, y que es una persona de reconocida trayectoria pública, o sea yo, y que los materiales en cuestión no son estratégicos en su propio sistema. O sea el hierro y el cuarzo.

—Esos planetoides contienen uranio, que sí es importante en Lacerta, donde te postulas a gobernante… —dijo Temple—. ¿Esperas utilizarlo durante tu campaña, o después de un eventual ascenso al poder? ¿O acaso piensas enriquecerte con la venta, seas o no electo?

—No es cosa tuya. —Y anticipándose a sus palabras, Ceraste agregó—. Escucha, que ahora viene lo mejor. Vas a hacerlo. Intervendrás en el conflicto a pedido de una de las partes; ya lo he arreglado. Y allí harás según lo que te he indicado. Mis propios movimientos después de eso, insisto, no son cosa tuya.

Temple se puso de pie. Caminó hasta la memoteca y como con descuido acarició un portarretrato; un anciano posaba para la foto mientras ella reía, pletórica de dicha. Era la graduación en Puppis, y su tutor se veía tan feliz como ella misma. En ese instante, Mandos la amó con más pasión que nunca. Es en los momentos de incertidumbre cuando vuelve a sus afectos, pensó. Cerró los ojos para negar el dolor que le hendía la cabeza como un trueno silencioso. Una burbuja de sangre asomó por la ventanilla izquierda de la nariz. Nadie lo advirtió.

Temple regresó al sillón con lentitud; miró directamente a Ceraste. Abrió la boca para emitir un agudo y final «no», cuando el hombre volvió a hablar.

—No te adelantes, que hay más. Ahora te explicaré por qué debes hacerlo. Tú fuiste la que redactó el acuerdo entre Porterendia y la coalición ABM, de la que participaba tu planeta natal, Gamaburil. Sabes que los enfrentamientos entre ellos se han reiniciado, ¿verdad?

Temple lo interrumpió:

—¿Quieres que redacte otro acuerdo? ¿Eso quieres? ¿Qué tiene que ver ese conflicto con tus planetoides?

Ceraste resopló.

—No te atrevas a interrumpirme otra vez —dijo—. Tú redactaste el acuerdo de paz, y con un error premeditado. El error, que a simple vista no lo parece, consiste en que Porterendia quedó imposibilitado de establecer alianzas con otros planetas fuera del sistema, mientras que ABM, al ser una coalición, no. Como consecuencia y a partir de la paz lograda hace cinco años, la coalición ABM ha crecido rodeándose de sistemas aliados. Y ellos han vuelto a provocar las mismas condiciones de conflicto de entonces, premeditadamente, ya que cuentan con todas las ventajas, y hasta diría que tienen garantías de ganar: están protegidos por el acuerdo que misma redactaste.

—No pretenderás cargarme con la culpa…

—Que te calles, es lo que pretendo, y escucha, que para eso has estudiado tanto. Lo que digo es que la mano oculta tras esa coalición es la tuya y que tu proyecto, realizable a mediano plazo, es apropiarte de la regencia de Porterendia después de la rendición. Y que si no me redactas ese bendito tratado de los planetoides lo diré en canal abierto, para que el universo se entere. Y tu carrera, y tu futuro, se irán al demonio y con el adicional de alguna acusación en algún lugar particularmente afectado por tus actos.

Sí, el ambiente dentro de la sala privada podía cortarse con una navaja.

La mujer se puso de pie.

—Meditaré tus palabras y responderé, pero luego de la cena —Temple se veía cansada, como si los años la hubieran alcanzado al fin—. ¿Harías el favor de esperar en la suite, con tus suntuosos guardaespaldas? Como imaginarás, debo mantener una charla con mi secretario. Mandos te conducirá.

—Por supuesto, mujer —sonrió Ceraste, levantándose del sillón—. Y aprovecha a enseñarle buenos modales, que le hace falta. Me refiero a tu secretario, eh, y no al mayordomo, que ha sabido encontrar su lugar y no pronunció una sola palabra.

El político se marchó seguido por Mandos. El mayordomo echó un último vistazo al estudio antes que la puerta se cerrara.

Temple y su secretario se miraron en silencio durante unos segundos.

—Pardo, después de ajustar algunos detalles me iré a mi habitación; necesito una ducha… urgentemente —dijo ella, con el rostro pálido y la mirada evasiva, quizá barajando posibles alternativas de negociación con Ceraste. El secretario movió la cabeza, sombrío—. Espero que Mandos tenga la cena dispuesta en el comedor a la hora apropiada. Quiero un mantel irisado y cristalería fina aquiliana… y sillas ergonómicas… ¿Puedes avisarle? Intentaré que este imbécil se sienta lo más cómodo posible.

 

 

Mandos y sus tareas

 

Mandos marchaba con paso veloz por el Corredor Rubí. El comedor ya está dispuesto y la cena preparada, sí, pero eso no es todo lo que voy a preparar, pensó, mientras la pistola de megacero golpeaba rítmicamente contra su pecho. Todavía me quedan por ultimar dos o tres detalles más.

Todos los cubículos de transmisión estaban ocupados, pero siguió hasta el Corredor Topacio donde había algunos vacíos. Abrió la puerta transparente del primero de la fila y se sentó. Inmediatamente, el supervisor se acercó, con cara de pocos amigos.

—¿Qué haces? ¿No puedes hacerlo desde la intendencia? Estos aparatos tienen una configuración especial que…

—Lo sé, pero son órdenes de la señora Temple —le interrumpió Mandos. Le dio la espalda y esperó un momento a que el otro se retirara—. Y si no te vas por ti mismo, deberé sacarte yo; lo siento.

El hombre se encogió de hombros y se alejó sin más palabras, sacudiendo la cabeza.

Mandos se acomodó en el estrecho sofá, levantó la cubierta superior de la consola y arrancó el percibidor de un fuerte tirón; lo guardó en el bolsillo interno de la chaqueta. Entonces tecleó un rápido código de acceso, luego una contraseña, y por último una secuencia de programación.

Esperó un corto tiempo; asintió y salió del cubículo. En los otros, en el corredor vecino, los mediadores preliminares continuaban su trabajo con normalidad, como si nada hubiera ocurrido.

Y es que nada ocurrió… todavía.

El audiocrono informó que restaban diez minutos para la cena.

La siguiente parada fue en los aposentos personales de la señora. Se suponía que nadie podía entrar sin permiso, pero Mandos poseía la llave maestra de la estación, una tarjeta plástica que ya sacaba del bolsillo. Rápido, porque el tiempo vuela y todavía falta visitar el invernadero.

El panel de acceso reconoció la clave y la puerta le franqueó la entrada silenciosamente. La sala estaba a oscuras. Mandos encendió la luminaria central.

—¿Señora Temple?

Se escuchó una exclamación de sobresalto en la habitación contigua. Enseguida apareció la mujer envuelta en una bata plumosa, sujetando en la mano un vestido de gala enterizo de color carmín, resplandeciente de escamas doradas. La melena roja lucía húmeda y alborotada, como si acabara de salir de la ducha. Ante la visión de su piel fresca y ruborosa, Mandos volvió a sentir la terrible jaqueca que le perforó la cabeza de lado a lado.

—¡Mandos! —Temple lucía tan sorprendida que hasta pareció divertida—. ¿Cómo pudiste entrar sin…? —Entonces descubrió la tarjeta en manos del mayordomo, y calló.

—Es necesario, señora —dijo él con esfuerzo, tambaleante—. Créame que lo que hago está más allá de mi fervor.

—¿Tu… fervor?

—Lo hago por usted; el fervor que yo pueda sentir es secundario frente a la conservación de un prestigio tan merecidamente ganado, señora. —Mandos se llevó la mano al bolsillo interior del esmoquin.

Un súbito brillo de comprensión subió a los ojos de Temple.

—Tu fervor… ¡Ahora lo entiendo! —Avanzó hacia él. Sus pies descalzos susurraban sobre la moqueta—. Sí… ahora lo entiendo todo. Mandos, mi fiel Mandos, te aseguro que no necesito tu ayuda… nunca necesité la de nadie. ¿Acaso no lo sabías? ¿Pensaste lo contrario alguna vez? Encontraremos la manera de solucionar lo de tu fervor, y créeme que sé cómo tratar a Ceraste; me las he visto con tipos peores. De hecho, ya tomé medidas para…

—Yo también las tomé, señora. Y por eso mismo, y con mi amor, le digo hasta nunca —Extrajo la pistola y apuntó directamente al pecho de Temple. Se produjo un destello rojizo. El disparo le dio de lleno. La melena roja se erizó hacia atrás, como la cola de un cometa ingresando en la atmósfera planetaria. Luego, el cuerpo se derrumbó sin ruido sobre la alfombra.

Ya está hecho, Desireo. El futuro acaba de mostrarse por fin.

Entonces se produjo la hemorragia. La sangre brotó de la nariz de Mandos como dos surtidores irrefrenables y el dolor fue tan poderoso que perdió la visión y cayó de rodillas.

No importa, para esto no necesito ver.

Se arrastró hasta ella y tanteó, buscando el vestido de gala; lo recogió con manotazos torpes. Intentó que la sangre de su nariz —y de las comisuras de los ojos— no goteara sobre las escamas doradas; lo hizo un montón y lo escondió en un bolsillo del esmoquin. Se adelantó y desnudó a la señora, quitándole la bata plumosa con rapidez, para luego sentarse a horcajadas sobre ese cuerpo, que aunque ahora no pudiera verlo lo sabía tan blanco como la leche; se inclinó y le dio a la señora un beso de despedida.

El audiocrono informó que restaban seis minutos para la cena.

Se incorporó, patinando en su propia sangre —ahora también los oídos habían comenzado a gotear— y se precipitó por el corredor de servicio, casi ciego, tropezando contra las paredes.

 

 

Mandos en el invernadero

 

La primera puerta del invernadero era una simple plancha de plástico gris, mientras la segunda, que se abría tras un corto pasillo, consistía en una lámina de megacero con una rueda en el centro, a manera de manija. Mandos recurrió a sus últimas fuerzas para hacerla girar. Cuando el cerrojo se descorrió, fue el aire caliente el que empujó la puerta hacia él, un soplo de fragante humedad que le acarició el rostro ensangrentado. El invernadero se extendía ante el mayordomo como una selva espesa, desbordante de vegetación.

Había recuperado parte de su vista, la suficiente para no chocar contra las primeras hileras de rododarias. Al pasar por debajo, las ramas repletas de hojas le rozaron los hombros y el cuello, como incitándolo a seguir adelante. Sentía calor. En el techo bajo, las lámparas infrarrojas estaban reguladas a máxima intensidad. Los vapores de las distintas especies frutales le rodeaban como una niebla. Por suerte, enceguecido o no, conocía bien el camino. Sus pies se enredaron con unas raíces finas y nudosas, y a punto estuvo de caer, pero logró aferrarse del resbaladizo tronco de un gipsoperma. Se detuvo, jadeante, y siguió avanzando.

Aquí, se dijo, cuando llegó a un cruce de senderos. Hacia la izquierda… detrás de los dos cípridos…

Y al rebasarlos, su cuerpo pareció decir basta, como dándose por vencido. Le invadieron la náusea y el dolor, y Mandos se desplomó junto a la planta de mugha, junto a su planta de mugha, la que lo había acompañado durante tantos años y sistemas estelares. Sintió un calambre: tras un eructo, vació sobre la tierra el magro contenido de su estómago.

Al fin… al fin… aunque sea tan… tan vergonzoso llegar así…

Extendió una mano temblorosa. Recorrió el tallo, palpó las ramas, las persiguió con los dedos hasta llegar a las hojas y a los…

—¡Los brotes! —exclamó, y aunque abrió los ojos de par en par no pudo ver más que sombras difusas que lo acechaban desde el interior de sombras más difusas—. ¡Los brotes… han desaparecido!

—¿Era esto lo que buscabas, estimadísimo Mandos?

Era Caid, el encargado del invernadero. Sí… a pocos pasos detrás de él. Mandos giró sobre sí y se recostó sobre su propio vómito. No debe saber que estoy ciego, pensó.

—¡Hey, en qué estado te encuentras, señorito! —Ahora el tono de la voz era diferente, con un asomo de preocupación—. ¿Qué rayos has estado haciendo? ¿Estrellándote de cabeza contra las gipsopermas?

—Dame… dame esos brotes…

—¿Los quieres ahora? —se burló Caid—. Estaba a punto de probarlos, sabes. Tienen buen aspecto. Los vi ahí, tan olvidados, y me dije: vamos Caid, arráncalos y cómelos, que al bueno de Mandos ya no deben interesarles porque hoy no ha pasado a regarlos, je, como prometió que haría…

Se escuchó un rasguñar y un sonido de succión. Mandos comprendió que Caid había quitado la piel de uno de los brotes y que lo estaba chupando.

—Hmm. ¿Quieres que te lleve al physic, estimadísimo Mandos?

—¿Te revolcaste hoy con la señora?

La pregunta sorprendió a Caid. Un silencio, luego una carcajada estentórea.

—¡Ajá! Tú también quieres probar el sabor de Temple, ¿eh, señorito? ¡Sí! De vez en cuando ella viene a buscarme, claro que sí. Ambos somos de Caelum, ¿recuerdas? Y los de Caelum seguimos haciéndolo al viejo estilo, no como esos finolis de Betaforno, que con tantos criaderos automáticos y selección genética ya no saben ni para qué tienen lo que tienen, je. Hmm… —Se quedó mirando fijo al mayordomo—. Aunque te diré que no sé de dónde eres tú, señorito.

Mandos cerró los ojos. Algo se rompió dentro de él y comprendió que quizá estaba viviendo el último minuto de su vida.

—Temple me dijo todo, hmm —continuó Caid, sorbiendo el jugo con fruición—. Me contó lo del político ése que acaba de extorsionarla. La había puesto tan nerviosa que necesitaba desahogarse. ¿Y a quién iba a acudir, eh? ¿Al marica de Pardo? ¿A ti? Je. Se sentía acorralada, y cuando se siente acorralada reacciona como un animal. Lanza maldiciones, se pasea desnuda por la sala y viene aquí y arrasa con la cuarta parte de sus alimentos. Y si me encuentra y tengo ganas, le doy lo que busca, je, al más bajo estilo caelumiano. Según lo que dijo antes de irse, le di más de lo que esperaba. Hmm. Esta fruta es una porquería, estimadísimo. Pero igual me la acabo. Luego saldré a buscarte un physic que te recomponga la cara. Ya le explicarás a Temple por qué quedaste así; a mí no me interesa.

Entonces el audiocrono le informó a Mandos que restaban tres minutos para la cena.

Era hora. Volvió a extraer la pistola del bolsillo. Apuntó adelante, hacia la silueta borrosa de Caid.

—¡Ey, Mandos, que no es para tanto! ¡Deja eso, vamos!

—Te mato por tu falta de respeto… —jadeó Mandos— hacia la señora… y hacia mis brotes de mugha…

—¡No!

Disparó guiándose por la procedencia de la voz. El rayo azul alcanzó a Caid en el medio de la boca y le vaporizó la cabeza entera. El cuerpo decapitado se desplomó con un chapoteo barroso.

¡Ahora… ahora…!

Mandos se abalanzó hacia delante. Y aunque no podía creerlo, aunque le parecía mentira que el momento hubiera llegado y que, sin embargo, fuera absolutamente inútil, una de sus manos se cerró sobre un brote de mugha. La piel áspera, cubierta de finos pelillos, le cosquilleó en la lengua al morderlo.

El jugo reventó en su boca, descendió por la garganta, inundando la oquedad ansiosa del estómago. Y cuando llegó al torrente sanguíneo, el mareo, el dolor de cabeza y la hemorragia desaparecieron instantáneamente.

Ya casi estaba enfervorizado.

Y el audiocrono le informó que restaban dos minutos para la cena.

 

 

Mandos y Ceraste

 

Afortunadamente, el corredor de servicio estaba vacío; lo mismo el ascensor. Ingresó al vestíbulo oval, todavía en penumbras. Delante de él, la puerta del comedor permanecía cerrada; los criados debían estar dentro, ultimando detalles.

Caminó hasta el holo galáctico que rotaba lentamente a la izquierda de la entrada, perocayó de rodillas sin poder esconderse detrás. Tengo menos de un minuto, se dijo. Esta tarde en el puerto, Ceraste demostró ser puntual. Se sacó rápidamente los zapatos de terciopelaje, el esmoquin, la ropa interior, hasta quedar completamente desnudo. La escasa luz del holograma iluminó los manchones secos de sangre y barro esparcidos por su cuerpo. Sólo importa el rostro, pensó, y se refregó la cara con el pantalón.

Y se produjo el fervor, al fin, después de tantos años. Los pensamientos de Mandos se disiparon en un torbellino extático. Se desplomó de cara al suelo, como recorrido por una descarga eléctrica. Los brazos y las piernas se agitaban frenéticamente; el torso se le cubrió de transpiración; los músculos de todo el cuerpo comenzaron a pulsar y contraerse, dotados de vida propia. Unos levísimos chasquidos dieron cuenta del proceso de transformación que estaban sufriendo sus huesos.

¡Sí… sí… la señora! ¡Está viniendo!

—Es la hora de la cena —informó el audiocrono de muñeca, indiferente a todo.

La puerta del ascensor que comunicaba con los otros niveles comenzó a abrirse lentamente.

—… no entiendo cómo pudo desaparecer así —decía la voz de Pardo que le llegaba a través del vestíbulo. Paralizado por el fervor, Mandos distinguió al secretario por el rabillo del ojo: estaba de espaldas, seguramente hablando con Ceraste—. La llamé a sus habitaciones pero no respondió. Ya mismo enviaré a alguien a buscarla…

Mandos apretó el montón de ropa contra su pecho con ambos brazos y rodó hacia un costado. El holograma galáctico pareció tragarlo.

—Puedes tomarte tu tiempo, que se me ha ido el apuro —dijo Ceraste. Su vozarrón sonaba fuerte y confiado mientras entraba en el vestíbulo. El mayordomo no podía verlo —estaba rodeado por un enjambre de estrellas— pero imaginó perfectamente el gesto complaciente en la cara fofa del político—. Lo que quiero hacer ahora es cenar. Y si Temple decide acompañarnos o no es problema suyo.

Mandos no perdió tiempo. La transformación ya había finalizado —porque, entre otras cosas, ya podía sentir el cosquilleo de la larga melena en los hombros desnudos— y se puso el vestido de gala. Luego recuperó del esmoquin el percibidor óptico que extrajera del cubículo y lo adhirió al muro, con el ojo dirigido hacia el vestíbulo. Confiaba en que pudiera captar la escena a través del holograma.

—Lo lamento, pero sus guardaespaldas no podrán acompañarnos durante la cena —escuchó a Pardo, disculpándose.

—Tranquilízate. Es simple rutina.

Mandos imaginó al gigante extrayendo el prisma tal como lo hizo esa tarde, pero ahora no escuchó un bip sostenido, sino un bip-bip-bip entrecortado y apremiante.

—¡¿Qué rayos?! —gritó Ceraste—. ¿Ocultaron algo detrás de ese holo?

—Es una simple pantalla de adorno —explicó Pardo, titubeante—. Eh… una manera de disimular un atajo hacia el Corredor Rubí…

—¿Y por qué diablos está sonando la alarma del detector? ¿Tienen percibidores allí?

—No entiendo… a menos que sea… yo, la verdad que no…

—Tranquilo, Pardo, yo me encargo de esto. —Mandos avanzó un par de pasos; su nueva figura surgió del holograma como una aparición, haciendo a un lado la nube de estrellas con gesto casual; luego la galaxia se cerró detrás, enmarcando su grácil figura. El vestido le calzaba a la perfección sobre los pechos llenos y firmes, sobre la tenue curva de las caderas y los hombros. Mandos dirigió a los presentes una sonrisa fugaz con la boca de la señora Temple.

—¡Hola, Temple! —Ceraste cruzó los brazos sobre el abdomen en actitud protectora: la llegada de la mujer lo había sobresaltado—. Tu secretario y yo nos estábamos preguntando cuándo llegarías…

—Pues aquí estoy. Por favor, retira a tus guardaespaldas.

—No hasta que me digas por qué está sonando mi detector…

—El campo del holograma interfiere la onda, ¿o acaso ignoras que esos trastos no son infalibles?

Ceraste se volvió hacia el gigante.

—¿Es eso cierto?

El guardaespaldas dudó un momento, luego se encogió de hombros con poca convicción.

—Olvidémoslo, ¿quieres? —dijo Ceraste—. Terminemos con esto. Vayamos a cenar y luego…

—¿Luego cerramos el trato, a eso te refieres?

Pardo estuvo a punto de decir algo, pero Temple lo detuvo con una gélida mirada de soslayo.

—¡Claro, mujer! ¡Veo que entraste en razones, que has decidido aceptar mis términos!

La señora Temple miró a Ceraste directamente a los ojos.

—Ya que lo mencionas, aprovecho para responder a tu propuesta. Mi decisión es por el «no». No acepto redactar un acuerdo que favorezca a una parte sin que la otra lo sepa; no acepto ceder a presiones de amenazas personales como las que me has hecho; no acepto compartir los beneficios de la comercialización del uranio existente en los planetoides y que obtendrías de ese supuesto acuerdo, llegaras o no a ser gobernante; no acepto poner mi prestigio y mi formación especializada en negociación económica y política a las órdenes de un aventurero quien solamente conoce la violencia; no acepto nada que provenga de ti. Y debo informarte que esta comunicación se ha realizado en cadena con la red de mundos. Eso es todo.

Ceraste se quedó de una pieza, sin entender del todo lo que acababa de suceder. Pestañeó repetidamente hacia el holograma, descruzó los brazos, giró para observar a sus dos guardaespaldas como pidiendo una explicación.

—¿Qué…?

—Tenías razón, Ceraste —dijo Temple, sabiendo que había llegado el momento de jugar una carta arriesgada—; hay un percibidor detrás del holograma, igual que lo hubo esta tarde en mi estudio. Todas tus amenazas fueron debidamente grabadas y transmitidas por la red.

—¡Pero… pero no había holos allí! ¡Me cuidé de que no los hubiera!

—Te equivocas. Un par de rostros sonrientes en un estante de la memoteca. ¿Los recuerdas? Y ahora regresa a tu nave. En lo que a mí respecta, tengo pensado comer sola. Pardo, acompaña al señor Ceraste a su nave, por favor.

—¡Maldita embustera! —gritó el hombre. Una vena roja comenzó a hincharse en su frente—. ¡Nadie se burla de mí de manera tan… tan…!

Pardo pulsó el botón de alarma en su comunicador de muñeca, pero el primer gigante advirtió el gesto y extrajo una pistola. Apuntó al secretario. Éste alzó las manos con el rostro repentinamente pálido.

—¡No! —gritó Temple—. ¡Si llegas a emplear la violencia…!

—¡Tú! ¡Vámonos de aquí! —Ceraste corrió hacia el ascensor, seguido por un guardaespaldas—. Y tú… ¡mátalos a los dos!

Temple empuñó la pistola de Mandos y la accionó, desintegrando el brazo extendido del gigante antes de que pudiera hacer uso de la suya. Se derrumbó con un chillido agónico sobre el reluciente piso del vestíbulo y comenzó a desangrarse rápidamente. Temple giró hacia Pardo, quien seguía con los brazos en alto y temblaba descontrolado.

—Llama a un physic para que se encargue de éste, Pardo —dijo—. Y avisa a los de seguridad, diles que los detengan antes de llegar al puerto.

Temple entró en el ascensor, pero marcó el nivel 2, donde estaban sus aposentos privados. Varios funcionarios y guardias de seguridad se acercaron corriendo desde el corredor; la orden fue tajante:

—Déjenme sola.

Cuando se alejaron, advirtió un movimiento con el rabillo del ojo; una sombra acabada de escurrirse por el extremo más alejado del piso. Asomó la cabeza por la entrada al corredor de servicio y vio la enorme silueta del guardaespaldas llegando al recodo; Ceraste corría delante, con los pliegues del vestido ondeando rítmicamente tras él, como un gallardete derrotado. Ninguno de los dos conocía esa parte de la estación: estaban acorralados, no tenían forma de llegar al puerto si no era a través del ascensor principal. Temple se acercó cautelosamente al panel de comunicaciones que estaba a mitad de camino, sobre el muro, y pulsó el interruptor para avisar a los guardias.

El disparo la tomó por sorpresa, perforándole el hombro izquierdo. Fragmentos de carne y sangre volaron hacia atrás, salpicando la pared con gruesos goterones. Trastabilló, dio un par de pasos titubeantes y recuperó el equilibrio, pero no gritó. Se afirmó sobre las piernas y apuntó al frente, hacia el obeso corrupto que se disponía a disparar por segunda vez desde la intersección.

Temple apretó el gatillo; el guardaespaldas se interpuso y el haz le acertó en el centro del pecho. El cuerpo saltó hacia atrás con el torso partido. Ceraste quedó viendo las dos mitades el tiempo suficiente para comprender que el próximo disparo le acertaría a él. Dio media vuelta y salió corriendo hacia el invernadero.

Caramba, Ceraste, pensó Temple, dejando caer la pistola. El megacero tintineó alegremente al golpear contra el suelo. Hay una sorpresa aguardándote junto a mis brotes de mugha. Esa sorpresa se llama Caid, por si te interesa saberlo.

Temple llegó hasta la primera puerta del invernadero. Estaba abierta. Tras el corto corredor, la manija de la segunda puerta giraba frenéticamente.

—Sería muy simple matarte ahora, Ceraste —pronunció. Aseguró la puerta desde el exterior con el código de seguridad privado.

El mundo comenzaba a desdibujarse, a perder nitidez, y el dolor del hombro era muy diferente al sufrimiento que sentía cuando no era Temple sino el mayordomo Mandos, cuando todavía no se había enfervorizado. Se preguntó si estaría muy malherida, si tendría tiempo suficiente para llegar hasta su señora. Volvió caminando lentamente por el corredor de servicio.

—¡Señora Temple! ¡Señora Temple, responda! —se oyó desde el panel de comunicaciones. Ella no respondió; sangraba profusamente. Desde todos los rincones llegaban los aullidos incesantes de las diferentes alarmas. Se abrió el ascensor y salieron nuevos guardianes que se la quedaron mirando con asombro, incapaces de definir el alcance de la situación. Con un gesto de la mano les hizo desistir de cualquier intervención. Los guardias se harán cargo de Ceraste, se dijo. Estuvo a punto de decirles que fueran al invernadero a arrestarlo, pero se contuvo: ya no importaba; nada importaba. Su señora estaba a salvo, y se había enfervorizado.

Entre los que llenaban el corredor, un physic intentó ayudarla, pero Temple se agachó con un suspiro de dolor, recuperó la pistola y apuntó al androide directamente en el sensor óptico.

—No necesito ayuda —dijo—. Vete abajo, y ayuda a Pardo en lo que te diga. Y quizá debas practicarle un torniquete al grandullón.

Siguió andando bajo la mirada indiferente del physic.

 

 

Mandos y Temple

 

Entró lentamente en la sala privada de Temple; no se sorprendió al verla sentada en su sillón favorito, tan desnuda como la había dejado. Tenía las piernas recogidas sobre el almohadón y fumaba pacientemente.

Al verla entrar —a la Temple que minutos antes era Mandos, la que sangraba por la herida del hombro—, la señora sacudió la ceniza del cigarrillo, se enderezó en el sillón y le dirigió una sonrisa triste.

—¿Era necesario el disparo, Mandos? —dijo, señalándose el pecho, donde un moretón violáceo comenzaba a extenderse entre los senos—.Arruinaste mi última cirugía, y sabes que odio someterme a cirugía.

—No quería que corriera peligro, señora —respondió ella, agachando la cabeza. La melena roja cayó hacia delante ocultando sus rasgos. Cayó de rodillas sobre la alfombra, como lo había hecho esa tarde frente al retrato—. De todas formas, gradué la pistola en la mínima intensidad de disparo; como puede ver, sólo estuvo inconsciente unos diez minutos.

—Debiste habérmelo explicado… ¿crees que no te habría comprendido?

La señora dejó el cigarro en el brazo del sillón y se incorporó. Avanzó un par de pasos, su cuerpo desnudo una sedosa mancha blanca en la penumbra. Se puso de rodillas ella también.

—No es culpa tuya, Mandos —continuó—. Tú no pediste ser un camaleoide.

—Lo sé, señora, claro que lo sé… —La voz le temblaba—. Pero es muy difícil olvidar la condición de perseguido. Preferí ocultar mi identidad. Y un mayordomo era la manera ideal de llegar hasta usted…

La señora extendió una mano y comenzó a acariciarle una mejilla; la retiró humedecida por las lágrimas.

—¿Cuánto tiempo hace que me buscas, Mandos? —preguntó.

—Veinte años, señora, veinte años. Desde que me salvó de la muerte a manos de los Kzinni. Escapé de Pyxis en una nave robada y a partir de allí mi vida fue un deambular de planeta en planeta, siguiendo siempre la trayectoria de su estación, esperando el momento de formar parte de su personal… —Ahora alzó el rostro y la miró: la Temple-señora respingó levemente al advertir la precisa similitud de sus facciones, de las líneas de su cuerpo—. La deseé desde el día en que actuó de mediadora y salvó mi planeta. Lo único que me llevé de allí al escapar fueron los brotes de mugha. No necesitaba más que eso.

—¿Mugha? ¿Es la planta que…?

—Sí, la que libera el proceso de fervorización. Mi organismo ya no podía soportarlo más; si no comía un fruto hoy, moriría desangrado en cuestión de minutos, mis tejidos comiéndose a sí mismos como enloquecidos al no poder transformarse en usted. El hecho de que haya sucedido durante el altercado con Ceraste fue una casualidad; me vi obligado a intervenir precipitadamente.

Ella le acarició la nariz, le recorrió esos labios tan conocidos con las puntas de los dedos.

—¿Y cómo lograste tal perfección en la… copia?

—Grabando sus rasgos en mi memoria durante años. Tengo infinidad de retratos suyos, señora. Fotos, hologramas, proyecciones… Mi cuerpo se encargó del resto apenas comí el fruto…

—¿Queda alguno de los tuyos con vida, Mandos? ¿Sobrevivió algún camaleoide aparte de ti?

—No lo sé. Quizá sea el último.

La señora le tomó el rostro con ambas manos y acercó el suyo hasta que sus narices casi se tocaron.

—No debiste preocuparte. Yo había escondido un percibidor tras el holograma de la galaxia; pensaba desenmascarar a Ceraste frente a la red de mundos en transmisión simultánea. Caid me dio la idea esta tarde, luego que hicimos el amor en el invernadero.

La Temple que alguna vez fue Mandos rió amargamente.

—¿Sabe algo? —dijo—. Yo hice exactamente lo mismo…

—¿Hiciste el amor con Caid?

—¡No, señora, por favor! Me refiero al percibidor. También escondí uno detrás del holo, pero las cosas se complicaron…

—¿Ves que debiste contármelo todo, Mandos? ¿Ves que hubiese sido mejor confiar el uno en el otro?

La abrazó con cuidado, intentando no tocarle el hombro herido. Sus pechos, idénticos, se aplastaron entre sí.

—¿Es importante ese imbécil de Caid para usted, señora?

—¡Claro que no! No es más que un… recordatorio de mis viejas épocas de estudiante. No olvides que ambos somos de Caelum, y las viejas prácticas sexuales de allí son difíciles de olvidar…; Caid podría caer muerto en este mismo momento que no me importaría en lo más mínimo…

La otra pareció querer decir algo pero se contuvo. Un visible escalofrío la recorrió. La señora comenzó a desvestirla lentamente. Las lentejuelas doradas brillaron un instante más antes de deslizarse y dejar los senos al descubierto.

—¿Y ahora, Mandos? Los camaleoides copian el cuerpo de su pareja antes de hacer el amor… pero yo no soy un camaleoide, no puedo copiar al Mandos masculino que eras antes. ¿Cómo podemos solucionarlo?

—Yo… no lo sé, señora. Nunca me importó. Yo sólo podía obedecer mi instinto y adoptar su contextura. Estaba enamorado, ¿entiende? Y aún lo sigo estando. No podía hacer otra cosa.

Terminó de desvestirla. Ahora nada diferenciaba ambos cuerpos. Si no fuera por la herida del hombro, podrían ser imágenes reflejadas. Afuera, seguían ululando las alarmas. Quizá los guardias aún no habían encontrado a Ceraste en el invernadero, o quizá sí, pero el político se habría defendido y estaría intentando llegar a su nave… aunque ¿acaso le importaba a alguien?

A Mandos seguramente no, porque Mandos ya no existía. Mandos se había enfervorizado en la señora, y la señora lo estaba abrazando y acariciando en este mismo momento. La caja del futuro finalmente estaba abierta, y lo que mostraba era…

—Escucha, Mandos. Voy a darte algo para curar ese hombro. ¿Y sabes qué? —agregó la señora, con picardía, acercando sus labios a la boca que la esperaba, inmóvil—. Siempre pensé que los camaleoides practicaban el coito definitivo… ¿existe una entrega más absoluta que transformarse en el otro? Pero me equivocaba, claro que me equivocaba. Porque se me acaba de ocurrir que existe una entrega más absoluta aún. Tenemos una larga noche por delante, Mandos. Y si llegas a decir una sola vez que te duele la cabeza, te mato. —Las siguientes palabras se fundieron en un susurro—. Juro que te mato.

 

 

Graciela Lorenzo Tillard, nacida en Córdoba, Argentina, ha colaborado con fanzines tanto electrónicos como de papel, y en un par de antologías. Uno de sus relatos es “La peste amarilla en la Buenos Aires”, que apareció en MENHIR 2 (papel) y en ALFA ERIDIANI 4 (digital). Fue finalista del concurso Ficciones Breves 2009 de Axxón con el relato “VERGÜENZA”. Ha publicado prosa, crítica, infantil y poesía, además de traducciones. La lista detallada puede ser consultada en su página web.

Además de otros cuentos junto a Fabio Ferreras, en Axxón hemos publicado LA RESIDENCIA, CARTA A IVÁN, CONFESIÓN, NOME Y YO, VERGÜENZA, TRISTEZA, LA SOMBRA e INSPIRACIÓN.

 

Fabio Ferreras nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1972. Estudió Ingeniería Industrial y actualmente reside en la misma ciudad donde nació. Ha publicado en revistas digitales como PÚLSAR, AXXÓN, NUEVOMUNDO, REVISTA 800, ALFA ERIDIANI, ERÍDANO, INSOMNIA —dedicada a Stephen King—, NM, NGC 3660, RESCEPTO, y otras. Otros relatos aparecieron en la revista CUÁSAR o antologías como “Razas estelares” y “Especial Asimov”, de Andrómeda, en “Mañanas en sombras” y “Los universos vislumbrados 2?. También tiene relatos seleccionados para “Fabricantes de sueños 2007? y “Visiones 2008?, antologías publicadas por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror. Su relato En el patio, con Mortimer, conmigo apareció en “Paura 3?.

Hemos publicado de Fabio, sin Graciela, los cuentos VIVIR A DIARIO, CIERTO TUFO A PODRIDO, LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD, AUTOESTOP, UNA DE DOS, DESDE LA JAULA, ALIMENTO PARA PERROS, LA TRIPLE MUERTE DE MOFFO MÖNNLY, y TIEMPO (DE) REVELADO (junto a Raquel Froilán).

 

Juntos han publicado aquí los cuentos ESPORA, MATRYOSHKA, CONVERSACIONES, DE ESPALDAS LA OSCURIDAD, TOPACIO y ESENCIA Y NATURALEZA.


Este cuento se vincula temáticamente con DESHECHO, de James Patrick Kelly; CONDONAUTAS, de Yoss; A CANILLA REGALADA NO HAY QUE MIRARLE EL CUERITO, de Saurio y EN LA ESCALA, de Eduardo J. Carletti.


Axxón 229 – Abril de 2012

Cuento de autores latinoamericanos (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Contacto con extraterrestres : Metamorfosis : Argentina : Argentinos).


Una Respuesta a ““Fervor”, Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras”
  1. Graciela, Fabio: Creo que este cuento es, de todos los que he leido de ustedes, el que más me gusta. Posiblemente porque es re-CF, pero más que nada porque es “redondito”.
    Los felicito sinceramente.

  2.  
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