¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

“Una vez es tragedia, la segunda, farsa.”

Mario Clavel, Bolero de amor, 1954.

 

El cónclave de conspiradores —la Hermandad Hermética, según se llamaban entre ellos— se reunía los sábados por la noche en una casona antigua, una de las pocas que quedaban sin reformar en la cuadra, que tenía uno de los miembros en la calle Yrigoyen. El plan que estaban urdiendo contemplaba una osada incursión al zoológico para hacerse de la pareja de gorilas que deleitaba a los visitantes los fines de semana. Los simios representaban parte fundamental de los rituales que deberían llevar a cabo para resucitar al Líder, como ellos lo llamaban con una mezcla de afecto y sumisión.

Hacía unos treinta años, una secta política de signo adverso al de la Hermandad había robado las manos del legendario General, sin que se supiera muy bien con qué propósito. Los de la Hermandad habían tenido que considerar ese aspecto para concretar a la perfección sus planes, y concluyeron que necesitarían las manos de alguno de los integrantes del grupo; alguien que se sacrificara por la Causa llegando a la mutilación consentida. Hortensio Delavanso, uno de los miembros más comprometidos y antiguos, se ofreció.

Llegado el momento, Benavidez y Gómez, los menos delicados en cuanto a cuestiones de anatomía, le cercenaron las extremidades y las preservaron en un freezer General Electric, propiedad del mismo Delavanso, para su posterior uso. Para que no se diga que la Hermandad sigue métodos brutales y que no se preocupa por sus miembros, le adosaron unos ganchos y lo apodaron cariñosamente Capitán Garfio.

—Hermanos —dijo a la congregación el protesorero Weimann, un alemanote que ya había pasado los 60—, estamos por hacer historia, por torcer el brazo del destino y hacer que haya justicia una vez más en nuestra Nación. Es inminente ese día, pero debemos planificar cada paso con cautela. Las fuerzas que nos acompañan desde la otra dimensión estarán con nosotros en la medida que no nos apartemos de la Doctrina.

Ante tan aleccionador discurso, los asistentes aplaudieron y acordaron hacerse con los gorilas la noche siguiente, un domingo, luego del cierre de las puertas del zoológico.

El día pactado se volvieron a reunir en la casona de la calle Yrigoyen y repasaron los planes: Bertoldo manejaría el camión que había acondicionado para trasladar a los simios, mientras que Benavidez y Gómez, los más temerarios, serían los encargados de doblegar a los guardias y llevar a los gorilas hasta el camión. Ambos tenían experiencia en un circo, por lo que el manejo de grandes animales no los intimidaba. También tenían muy en claro el proyecto, por eso nada en el mundo los iba a amedrentar.

Todo salió como se había pautado, a excepción de uno o dos tiros que se les escaparon a Benavidez y a Gómez y por fortuna no dieron en el blanco. Los gorilas habían sido sedados con sendos dardos y llegaron en una jaula a la casona.

La segunda parte del plan requería aún más intrepidez: debían trasladar los gorilas hacia el cementerio donde estaban sepultados los restos del Líder y allí realizar la ceremonia que lo devolvería a la vida.


Ilustración: Tut

El día siguiente al secuestro de los primates, un lunes, prepararon todo y se dirigieron a Chacarita con Bertoldo al volante y Rega López —el más entendido en las cuestiones esotéricas— como acompañante. Benavidez y Gómez cuidaban a los gorilas y las manos de Delavanso estaban en la caja. Al llegar al cementerio, los matones se encargaron del sereno, a quien tomaron por sorpresa, dejándolo atado a una lápida, pero al llegar a la bóveda donde debía estar el Líder se encontraron con la inscripción FAMILIA FERREYRA en el dintel.

—¡Idiotas! —despotricó Rega López en el camino de regreso—. ¿Quién estaba a cargo de la inteligencia?

—Usted, señor —respondieron como ovejas Benavidez y Gómez.

—Ahora tenemos que alterar los planes. Espero que los guías sigan con nosotros.

La noche siguiente, un martes 13, toda la cúpula de la Hermandad coincidió en el camión de Bertoldo. Incluso estaba María Julia, su hija, veinteañera y de floja moral, que había insistido en presenciar el sacrificio y la resurrección. Todos apiñados partieron desde la casona hasta el sur de la Capital, donde estaba el mausoleo del Líder.

La resistencia fue feroz: parecía que los hubieran estado esperando. Una escuadra del sindicato de pasteleros cuidaba del predio con armas automáticas, y el tiroteo que siguió fue de película. Benavidez, Gómez, Rega López, Bertoldo, su hija y Weimann, cada uno con su arma, intercambiaban disparos con los guardias. El pobre Delavanso no podía hacer más que insultarlos, aduciendo que “eran los que entorpecían el progreso de nuestra Nación con tendencias extranjerizantes”.

Por fin, lograron vencer, abatiendo a la cuadrilla.

Al hallar la tumba del Líder, la comitiva tembló de pavor y excitación. Rega López mandó a Benavidez y a Gómez a traer a los gorilas y disponerlos, con grilletes, dentro del círculo especial que había trazado. Los monos estaban dopados, de manera que no sintieron mucho cuando las dagas que Benavidez y Gómez les atravesaron el corazón. Con palabras de poder, que incluían himnos populares y el repetido gesto del índice y el dedo medio formando una “V”, Rega López llevó a cabo el ritual. La expectativa del grupo era tal que el más mínimo movimiento —una mosca volando— los hubiera sobresaltado a todos, arruinando la ceremonia.

—Levántese, mi General, y ande —dijo Rega López al finalizar la serie de invocaciones y gestos.

El grupo sintió, en simultáneo, como si fueran una sola entidad, que se les erizaba la piel. Desde la puerta de la bóveda se escucharon golpes, y una voz ronca que clamaba “Pero ¿qué es esto? Déjenme salir”.

—Las manos, Weimann —ordenó Rega López.

Gómez abrió la puerta con una barreta. Benavidez entró y abrazó al Líder que, desorientado, había comenzado a trastabillar.

Rega López tomó la palabra: —General, es nuestro privilegio haberlo devuelto a la vida. Lo estábamos esperando hace rato.

—¿Qué me dice? ¿Quiénes son ustedes?

—Nos hemos dado en llamar la Hermandad Hermética. Nuestro proyecto es hacernos del poder y que usted vuelva a gobernar, para que la Patria sea grande otra vez —dijo Weimann.

—¿Y esa chica? Se ve bonita la pebeta.

—Es mi hija, General. La traje para que lo conozca —dijo Bertoldo.

Delavanso interrumpió. —Mi General, yo sacrifiqué hasta mis manos por usted. Mire.

Weimann se acercó al resucitado y con precisión quirúrgica y rapidez de automovilista se las cosió.

—Pero qué considerado, muchacho. No sé cómo me había quedado sin manos.

—Usted no se preocupe, General —dijo Rega López. Lo pasado no lo podemos remediar. Debemos, eso sí, actuar sobre el presente. Tenemos todo planeado. Una vez que tomemos el poder, con su ayuda y capacidad haremos una reforma agraria, legalizaremos las drogas y la poligamia, y estableceremos, para los funcionarios, un régimen de sueldos iguales al de los maestros de escuelas públicas.

—¿Pero usted está loco? ¿Para eso me hizo resucitar? Ya sé: ¡ustedes son los imberbes!

—Pero, General, usted no entiende… —interpeló Delavanso.

—La justicia social, Pocho —dijo María Julia.

—Los descamisados, señor —dijo Weimann.

—Están locos, por completo. Las armas que tienen a sus costados son testimonio. Yo me voy. Gracias por las manos.

Así, el General, el Líder que tanto habían esperado, entre momificado y putrefacto, se fue alejando hacia la salida del cementerio. Ya había amanecido. Encontró la parada del 60 y se subió para perderse de vista del azorado grupo para siempre.

 

 


Matias Carnevale (Tandil, 1980): según el mito familiar aprendió a leer y escribir a temprana edad, hábitos potenciados luego por colecciones como las de El Barco de Papel y Elige tu propia aventura. Cursó en la Universidad de San Martín la Licenciatura en lengua inglesa con orientación en literatura y cine, y estudios de guión en la Universidad Nacional del Centro. Además de columnas radiales sobre el séptimo arte, ha publicado ocasionales reseñas en medios como Haciendo Cine.

Este es su primer cuento publicado en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con MISIÓN ESPACIAL AL ASTEROIDE DEL GENERAL, de Fabián C. Casas y NUESTRA TUMBA, de Gustavo Fernández Riva.


Axxón 267

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Humor : Ritos, Magia Negra, Resurrección, Política, Sátira : Argentina : Argentino).


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