¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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EE.UU.

 

 

El olor a vísceras, a polvo y a carne de caballo contaba la historia: corceles corriendo en el crepúsculo, una curva cerrada en un estrecho camino de montaña, un carruaje cayendo por el precipicio.

Dval se acercó al borde del camino de tierra repleto de pozos y se quedó de pie junto a un roble caído, pero vivo. En la penumbra del atardecer, divisó el vehículo accidentado a cien metros, ladera abajo: un hermoso carruaje negro que descansaba sobre un costado sin su puerta, abierto como un nido de pájaro tejedor. El carruaje era de fabricación bárbara, mystarriano. Eran inteligentes, pero no entendían las costumbres de los verdaderos humanos.

Instantáneamente, Dval se acuclilló para que no lo viera ningún sobreviviente y sacó su daga de la funda de la cadera. La empuñadura de la hoja de obsidiana se sentía cómodamente familiar en su mano.

Cerca del carruaje, había baúles que se habían abierto, desperdigando vestidos y ropa interior, y un par de caballos deformados que yacían sobre las piedras, rotos. Un animal luchaba por respirar, pero el otro ya había abandonado la pelea.

El conductor había volado colina abajo y estaba enroscado en un árbol, preternaturalmente quieto. Dval se preguntó qué tesoro habría dejado atrás. Sabía que debía ir corriendo a decirle a su tío lo que había sucedido, porque era el líder de la tribu.

Pero la atracción del tesoro lo llamaba. Descendió por la ladera, mientras sus mocasines de cuero susurraban en la hierba seca. Los únicos sonidos eran las canciones de las cigarras entre las hojas del roble y el distante chillido de una lechuza. Arriba, las estrellas destellaban débilmente en un cielo lleno de humo.

El olor del humo lo preocupaba.

En las llanuras, a la distancia, ardían llamas de color carmesí formando una luna creciente, como si el mismísimo fuego le diera forma a una guadaña para cosechar los campos de los mystarrianos. Los vientos del mar empujaban a la guadaña hacia el oeste constantemente.

Ver las llamas llenó a Dval de presagios. Aún no había oído nada de la flota gris que habían avistado en las Cortes de Marea. No había oído de los inhumanos toths y de sus extraños hábitos. Pero todos los sucesos que darían forma a su destino se pusieron en marcha ese día.

Cuando llegó al carruaje, Dval revisó al caballo sobreviviente; su aliento cavernoso entraba y salía como un trueno. Tenía la espalda rota y apenas podía levantar la cabeza, pero olfateó a Dval y se estremeció, lanzando un relincho que era mitad grito, y luego giró la cabeza lo suficiente para mirarlo. Dval apoyó una mano en el pecho del caballo para calmar al pobre animal. Su respiración se aquietó y Dval examinó el elegante carruaje: madera negra laqueada sin ninguna marca. Encontró la puerta en el suelo… incrustaciones de plata en la laca negra, que dibujaban el rostro de un hombre con la barba y el cabello hechos con hojas de roble. Reconoció el símbolo del rey de Mystarria.

Cerca del vehículo accidentado vio un guardia, un joven caballero con cota de malla y casco. El delicado acero valía una fortuna, lo sabía, y el hombre tenía un anillo de oro. Dval logró quitarle el anillo del dedo y se lo puso.

Ladera abajo, yacía una mujer, una joven matrona de ojos vidriosos, mirando las estrellas como reflexionando sobre la eternidad.

Dval sonrió. Sigue reflexionando, mujer.

El caballo herido gimió. Dval adoraba a los caballos, por eso sacó la espada del caballero de su vaina. La hoja estaba hecha de un metal raro, una plata opaca. No era de acero del norte ni de bronce. Era extraordinariamente liviana. Tenía runas en toda su extensión y no se parecían a nada hecho por el hombre. Las extrañas formas geométricas brillaban como la plata a la luz de las estrellas. Era una espada Duskin de al menos cuatro mil años de antigüedad. Probó el filo de la hoja con el pulgar. Era punzante como la picadura de una avispa. La sangre salió a borbotones.

Dval se preguntó de dónde provenía la espada. Las espadas Duskin generalmente se encontraban a un kilómetro y medio bajo tierra, en túneles antiguos.

Le habló al caballero muerto.

—Tienes suerte de contar con una espada tan fina. —Luego vio que la lengua del hombre colgaba entre sus dientes—. Bueno, no tanta suerte.

Caminó lentamente hasta el caballo y le clavó la espada en el cuello.

El caballo dejó caer la cabeza, exhausto, como aliviado, y murió desangrado mientras el olor a cobre invadía el bosque.

Dval imaginó su espíritu cabalgando en campos de ensueño.

Esperando encontrar más tesoros, fue hasta el carruaje tumbado, trepó por el eje y espió el interior.

En el fondo había una niña abrazándose un brazo herido. Levantó la vista y jadeó. Una cabellera de color rojo oscuro enmarcaba su rostro con forma de corazón, con las mejillas manchadas de lágrimas. Como muchos norteños legendarios, tenía pecas marrones en la cara. Dval nunca había visto pecas. Los grandes ojos verdes de la niña, con sus negras pupilas dilatadas, colmadas de terror, lo envolvieron. Era una diurna, alguien que no podía ver en la oscuridad. No debía tener más de nueve años, dos años menos que él, quizás tres. Su pierna izquierda estaba torcida, muy lastimada y posiblemente fracturada.

—¿Weirbisth dua? —le preguntó la niña, temblando. Dval no hablaba el burdo idioma de Mystarria, pero adivinó el significado de la pregunta.

—Dval —dijo, señalándose el pecho.

La niña trató de repetirlo usando una de sus propias palabras.

—¿Val?

Bastante parecido. Dval asintió.

Ella se señaló el pecho.

—Avahn.

Si le aplasto el cráneo, advirtió Dval, pensarán que murió en el accidente. Podría llevarme su tesoro.

Miró a su alrededor, buscando testigos. Todas las demás personas parecían estar muertas. No había ningún impedimento para que ella también muriera.

Pero se sentía culpable. Este era territorio de Mystarria. Una de las yeguas pura sangre de su tío había subido a las montañas para pastar en las exuberantes praderas alpinas, pero se había alejado hasta las colinas, como siempre lo hacían para dar a luz.

Cuando le dijo a su tío que la yegua se había ido, él le respondió “¿No somos ya bastante pobres? Ve a buscar a la yegua, tonto”, con el desdén habitual en su voz.

Dval no creía que la yegua se hubiera alejado del campamento; las huellas de mocasines sugerían que su primo se la había llevado para hacer una broma.

Estaba invadiendo las tierras de Mystarria. Si lo descubrían, el castigo era la muerte.

De las cimas nevadas descendió un viento frío que susurró sobre su cabeza y le erizó la piel de los brazos.

Un aullido de aflicción surgió de los bosques, ladera abajo… un gemido grave que ululó y luego se apagó. Era el grito de caza de un lobo gigante. Los lobos de las Montañas Alcair eran grandes como ponies; cada uno pesaba hasta ciento treinta kilos. En invierno, seguían a las manadas de elefantes peludos que vagaban por las Llanuras de Kakolar, pero en verano se alimentaban en las colinas, cazando alces.

A veces, sus aullidos expresaban un hambre salvaje, pero este lobo estaba avisando a los demás que percibía el olor de la sangre.

Dval se agachó, paralizado por la indecisión. Si dejaba a la niña y seguía buscando a la yegua pura sangre de su tío, los lobos acabarían con ella. Simplemente, él podría regresar y saquear el lugar más tarde.

Un gruñido profundo resonó en el bosque de robles cercano, a no más de cien metros de distancia. No tenía tiempo para treparse a un árbol.

Con torpeza, Dval se metió en el carruaje para protegerse. La niña chilló y se encogió. Después de todo, Dval era inkarrano, con la piel y el cabello tan blancos como la corteza del álamo y con ojos verdes como el hielo que podían ver en la oscuridad.

Él sabía algunas palabras de su idioma.

—Gud —dijo, señalándose—. Soy gud.

Ella asintió y trató de levantarse, pero se sobresaltó al oír un gruñido profundo.

Se quedaron quietos, atrapados dentro del carruaje, mientras los lobos comenzaban a correr a su alrededor, jadeando y escarbando la hierba seca con sus garras. El aullido agudo y ansioso de un lobo invitó a los demás al festín.

Dval se llevó un dedo a los labios, rogándole a la niña que hiciera silencio. Ella asintió y luego se recostó suavemente en el suelo. Aunque hizo un gesto de dolor cuando movió el brazo, no gritó.

En el carruaje había una sola entrada: la abertura de la puerta rota sobre sus cabezas. Dval se puso de pie con la espada apuntando hacia arriba, preparado para atacar.

Durante largos minutos, los lobos gruñeron y devoraron a los muertos de fuera, a veces amenazándose unos a otros. Dval oía sus suaves pasos dando vueltas alrededor del carruaje. Eran decenas.

Que sea suficiente para alimentarlos a todos, rezó Dval a sus ancestros sin emitir palabra.

Sujetaba la empuñadura de esa espada desconocida con tanta fuerza que parecía que sus músculos se fundían con ella. Mucho después, le dolieron por la fatiga y se enderezó para espiar lo que sucedía fuera.

Relajar la vigilancia es morir, escuchó que le advertía su tío.

La niña apenas respiraba.

De pronto, unas patas pesadas rascaron el cuerpo del carruaje encima de ellos y Dval no estaba preparado para el lobo que saltó dentro… un lobo grande y negro, con una pelambre entrecana transformada en rocío a la luz de las estrellas.

Dval lanzó una estocada hacia arriba, a ciegas.

La niña chilló. El lobo jadeó de dolor, retrocedió torpemente y la sangre llovió sobre ellos. La niña siguió gritando.

¿Lo maté?, se preguntó Dval. Pero la estocada no había sido profunda. Probablemente, la bestia sólo estaba herida.

Un lobo herido volvía a atacar, Dval lo sabía, aunque más no fuese para demostrar su ferocidad.

Afuera, otros lobos gruñían y ladraban con excitación. Algunos olfateaban el carruaje, mientras otros lo rodeaban.

Un segundo lobo apoyó las patas en el carruaje y gimió, olfateando la abertura. Dval saltó y lo embistió con fuerza, hiriéndolo debajo del cuello. El lobo se alejó de un salto.

Los lobos bailaban alrededor de la carnicería y gruñían frenéticos. La niña chilló un poco más.

—¡Cállate! —gritó Dval—. ¡El miedo los atrae! —Pero la niña no lo entendió. Él dio una bofetada, haciéndola callar por la sorpresa—. Los conejos chillan así cuando quieren morir —le explicó, pero ella no conocía las costumbres del bosque.

A veces, cuando nos enfrentamos con un oso, lo mejor que podemos hacer es cantar. Eso confunde al animal y le demuestra que no tenemos miedo. Dval empujó a la niña y se puso a cantar una antigua canción de batalla:

 

Nací de la sangre y la guerra,

como mis padres mil años atrás.

Que suene el cuerno y retumbe el tambor

hasta la muerte o la gloria del mejor.

 

Los lobos gimieron. Uno le ladró al carruaje.

Más rápido que una serpiente, un lobo saltó hacia arriba y atravesó el marco de la puerta. Dval lanzó una estocada con la espada y el lobo la mordió. Brotó la sangre, pero la espada se torció en la mano de Dval. Volvió a arremeter. Le acertó al lobo en la pata, pero la bestia gruñó y contraatacó. Hundió los colmillos en el hombro de Dval, cerca del cuello, aplastando más que perforando.

Dval sacudió la espada hacia arriba con toda su fuerza, ahuyentando a la criatura. Se le nubló la vista. Se quedó de pie, pestañeando, con sangre en los ojos.

A su lado, la niñita comenzó a cantar en su tosco idioma. Al comienzo, su voz estaba ahogada por el miedo. No era una canción de batalla, sino una canción de cuna, como la que una madre podría cantarle a un niño para espantar monstruos imaginarios. Conforme cantaba, su voz iba ganando fuerza.

A veces, una canción no sólo demuestra coraje, sino que lo transmite, advirtió Dval.

Se limpió la sangre de los ojos. Su hombro estaba sangrando mucho. Con temor, pensó eso atraería a los lobos o que acabaría por desmayarse.

La niña seguía cantando y se puso de pie con esfuerzo. Cerró su mano derecha alrededor de una mano de Dval.

En el país de Dval, cuando una mujer tomaba a un hombre de la mano significaba que le estaba proponiendo matrimonio. ¿Era lo mismo en el país de ella?

Ambos eran muy jóvenes, niños apenas.

Aún había terror en la mirada de la niña y también una feroz inteligencia. Su mandíbula inferior temblaba de determinación.

Sólo busca consuelo, pensó Dval.

La niña se levantó la falda y sacó una daga ornamentada con incrustaciones de gemas en la empuñadura plateada. Era un arma muy bonita, como la que podría llevar un mercader rico. La niña espió por la abertura de arriba, como buscando la batalla.

 

 

Avahn esperó a los lobos y pensó en su situación.

Después de avistar a la flota gris, su padre había enviado a Avahn y a su madre a la seguridad de las montañas. Pero la seguridad es una ilusión.

En el accidente, la madre de Avahn había salido despedida por la puerta y el silencio de los bosques hablaba con elocuencia de su destino. Avahn no quería mirar fuera y ver lo inevitable. El dolor es invisible, pero conlleva una carga tremenda.

No sabía dónde estaba ni cómo llegar a casa.

Deseó ser una Maestra de Runas, tener el don de la fuerza. Su padre había sugerido que se apoderara de alguno, pero siempre había algo que se lo impedía. A veces, el corazón del vasallo se detenía cuando los facilitadores le quitaban su fuerza o el sujeto se debilitaba demasiado para seguir respirando. Nunca había querido someter a nadie a semejante cosa.

Avahn sabía muy poco de los lobos. El Mago Goren decía que los lobos gigantes no le tenían miedo al hombre. Un hombre solitario es una excelente presa. Pero una vez le había dicho: “El olor del metal los asusta, especialmente si hay más de un hombre cerca”.

Avahn y el chico estaban sobrepasados en número, pero ella estaba decidida a no demostrar miedo, aunque su corazón latía como si fuera a romperse. Quizás algún día, si crecía y llegaba a ser una poderosa Maestra de Runas, no estaría tan a merced del miedo. Pero hoy no era ese día.

El chico estaba sangrando mucho. Ella sabía que quizás no podría protegerla mucho más tiempo. En el carruaje no había ningún sitio donde ella pudiera esconderse.

Avahn estudió al muchacho. Dval no era corpulento. Como la mayoría de los inkarranos, era desgarbado y se lo veía pálido a la luz de las estrellas. Sólo sus pantorrillas eran oscuras, porque tenían el tatuaje de un árbol con tótems que mostraban los nombres de sus ancestros. Llevaba muy poca ropa, salvo sus mocasines, una falda de verano, un collar de cuentas de madera y aretes de algodón teñido.

Otro lobo saltó al carruaje y miró dentro. Dval lo atacó, pero el lobo se fue tan rápidamente que le pareció una figura de bruma y ensueño.

Una vez, en una verde mañana, desde el castillo de su madre en Coorm, Avahn había visto un zorro plateado en un campo. Había ratones en ese campo y el zorro danzaba alrededor de los penachos de hierba seca. Cualquier ratón que asomara la cabeza fuera de su madriguera corría peligro de ser devorado.

Su única esperanza era permanecer dentro. Avahn pensó en el Maestro de Sabuesos, Sir Gwilliam. Cuando le entregaban una nueva camada de cachorros de perros lobo, azotaba al más grande y explicaba: “Todas las jaurías tienen un líder. Para controlar a la jauría, debes controlar al líder”.

Avahn trató de advertir al chico.

—Val, debemos matar al líder.

Señaló la abertura con el mentón. Él meneó la cabeza, sin entender.

Solo tenemos que sobrevivir hasta la mañana, pensó Avahn. Mi padre enviará soldados a buscarnos.

Hizo lo único que podía hacer. Cantar.

 

 


Ilustración: Marina Arien

Esa noche, los lobos atacaron cinco veces más y Dval se las ingenió para apuñalarlos profundamente y ahuyentarlos, pero su fuerza se desvanecía hora tras hora y Avahn no sabía cuánto tiempo más podría continuar.

Cerca del amanecer, la luna creciente, sobre sus cabezas, derramaba luz plateada que relucía como una telaraña.

Avahn se preocupó. Los barcos grises habían llegado a las Cortes de Marea y ella había visto incendios en el valle, poco antes del anochecer. No sabía quién los había provocado.

Lo único que podía hacer era seguir cantando.

Cuando el cielo empezó a iluminarse y el olor del rocío matinal llenó el aire, vino el líder de la jauría. Era un lobo grande, más grande que los demás. Atravesó de un salto el marco de la puerta sin preámbulos, gruñendo y mostrando los dientes. Su ataque fue tan rápido que a Dval le costó repelerlo, lanzando estocadas torpemente.

Avahn cayó hacia atrás y el lobo llegó al centro del carruaje, empujando a Dval al suelo. Se concentró en el chico y lo mordió en la cabeza.

Sin pensarlo, Avahn se lanzó hacia delante y clavó su daga con fuerza en el cuello del lobo. Su pelaje era tan espeso que no estaba segura de la profundidad de la herida, pero comenzó a brotar sangre caliente de una vena del cuello del lobo, que jadeó y saltó hacia ella. Con movimientos torpes, Dval logró alejarse.

La fuerza del lobo era muy grande. Sacudió la cabeza mientras mordía a la niña y la lanzó contra la pared del carruaje. Avahn oyó que la madera se rompía por el impacto, al tiempo que empezaban a zumbarle los oídos.

La inconsciencia llegó tan rápida y completamente que fue como caer en una laguna oscura, profunda y sin fondo. Avahn luchó por mantenerse despierta, pero esa lucha no sirvió de nada.

 

 

Dval apuñaló al lobo monstruoso desde el suelo. La espada ligera se movió hacia arriba y entró en el torso de la bestia tan limpiamente como si la calzara en su vaina.

El lobo gruñó y dejó a Avahn, desviando la cabeza. Dval lo atacó tres veces más, dejándole profundos tajos.

El lobo volvió a gruñir y retrocedió. Salió por la abertura de la puerta hacia el cielo estrellado.

Allí fuera, la criatura se puso a gruñir con ferocidad, saltando de un lado al otro como un venado alcanzado por una flecha.

Los otros lobos le ladraban y Dval se quedó esperando que volviera, porque un lobo herido era más peligroso que un oso.

Pero el lobo empezó a correr de aquí para allá erráticamente. Luego lanzó un único aullido en la puerta del carruaje, un aullido que hizo temblar las paredes de madera. La bestia no debía estar a más de tres metros de distancia. Dval lo escuchaba jadear cada vez con más fuerza, como si a cada momento estuviera más fatigado.

La cabeza de Dval estaba sangrando, igual que su hombro, y apenas podía mantenerse de pie, pero permaneció erguido, con los ojos fijos en la abertura de arriba.

El líder de la jauría está muriendo, pensó. Pero le pareció demasiado esperanzador.

Se quedó esperando que el lobo volviera a entrar en el carruaje, pero, en cambio, oyó que se levantaba, jadeando pesadamente, y se metía en el bosque.

Todos nos escondemos de la muerte.

Durante muchos y largos minutos, Dval se quedó esperando.

Sentía que ya no podía resistir más y comenzó entrar y salir de la consciencia.

Si vienen por mí, pensó, estaré de pie y quieto.

De modo que mantuvo su postura de ataque hasta que llegó el alba. En el bosque, las sitas gorjeaban y las tórtolas se llamaban unas a otras. Las moscas comenzaron a zumbar alrededor del carruaje, girando y girando en círculos lentos. La cabeza de Dval giraba con ellas.

Esperó, convertido en monumento.

Soy de piedra, se dijo. Soy de piedra.

 

 

El ataque final llegó en las últimas horas de la tarde. Dval se había quedado dormido de pie. No advirtió el altercado que se produjo junto al carruaje ni la sombra que tapó la abertura de la puerta. Lo único que sintió fue un tirón cuando lo sacaron del carruaje jalándolo por el rodete.

Lanzó estocadas en vano. Lo había agarrado un gigante, que ahora lo sujetaba con una mano mientras le arrebataba la espada con la otra.

Dval hubiera preferido enfrentarse con más lobos.

 

 

El gigante lanzó a Dval al suelo. El niño rodó y se esforzó por levantarse, pero el gigante le apoyó un pie enorme sobre las costillas, dejándolo inmóvil.

—Stinkende theif —rugió la criatura con una voz más gutural que la de un toro.

Era un gigante de las colinas, de casi tres metros de estatura, de la tierra de Toom. Era fornido como un oso y debía pesar cuatrocientos cincuenta kilos. Por más que Dval se retorciera, no podría liberarse. El niño miró hacia arriba, entrecerrando los ojos ante la imposible luz del sol. El cabello del gigante era negro azulado, como la tinta, y tenía calaveras trenzadas en la barba. Apestaba a ron, a sudor y a inmundicias desconocidas.

 

 

Dval cerró los ojos, enceguecido por el sol. Otros mystarrianos lo rodeaban, hombres con las espadas desenvainadas. Dval sentía el olor del bosque y del vigorizante aire de la montaña. Estos hombres apestaban a cerveza, grasa y ciudades.

Algunos le gritaron y uno le arrancó del dedo el anillo robado, mientras otro, con lágrimas en los ojos, rescataba la espada Duskin, tomando la reliquia con ambas manos.

Dval no entendía todas las acusaciones que le imputaban, pero un hombre sacó la espada y avanzó hacia delante con la intención de cortarle la cabeza.

Dval apretó los dientes y le ofreció el cuello. Miró a los ojos de su verdugo, como debía hacerlo cualquier hombre que no fuese un cobarde. El soldado elevó su larga espada y comenzó a moverla hacia abajo.

—¡Stobben! —gritó la niña.

La espada se desvió y cayó en el suelo, cerca de la cabeza de Dval.

Dval levantó la vista justo a tiempo para ver a un caballero con cota de malla que ayudaba a la niña a salir del carruaje, mientras otros seis lo rodeaban a él, ansiosos por matarlo. Lo obligaron a sentarse en el suelo a pleno sol, donde su piel se quemaba y sus ojos no podían ver.

Reunieron los cuerpos de los lobos que él había matado y los pusieron lado a lado. La piel de un lobo gigante era valiosa. Muy pocos hombres habían matado cinco de una sola vez.

 

 

Avahn encontró el cadáver de su madre ladera abajo. Los lobos lo habían destrozado y arrastrado hasta la sombra, debajo de los robles. Pudo identificar el cuerpo solo por un trozo de vestido azul.

Uno de los guardias de su padre lo cubrió con un manto de color verde bosque y trató de llevarse a Avahn, pero ella permaneció inmóvil, dejando que sus lágrimas cayeran larga y abundantemente mientras las moscas zumbaban alrededor.

Los soldados mantuvieron al chico inkarrano de rodillas, bajo el sol. Bajo la brillante luz, Avahn vio su cabello de plata trenzado derramándose por su cuello. Sus aretes de lana eran rojos como la sangre. Muchas mordidas y arañazos marcaban su suave piel.

La niña les rogó que lo dejaran ir, pero el Capitán Adelheim dijo:

—Es más que un inkarrano. Es un woguld. Todos tienen sentencia de muerte. Sólo tu padre puede impedir la ejecución del chico.

—Me salvó la vida —dijo ella.

—Les robó a los cadáveres y podría haberte matado —dijo el Capitán Adelheim.

—Pero no lo hizo —dijo ella con vehemencia.

Uno de los hombres se lamentó, hablando de la guardia de Avahn.

—Sir Hawkins era muy valiente. No puedo creer que haya muerto por una caída. Era demasiado hombre para eso. Seguro que el chico le partió el cráneo con una roca.

Sir Bandolan, el gigante, cantó sobre el chico de la manera quejumbrosa y absurda en que suelen cantar los gigantes.

 

Malvado él es.

El mal él hace.

¿Por qué, oh, por qué?

Porque sí, porque sí.

 

 

—Bien, muchachos —dijo otro de los hombres de Adelheim—. Vamos a darle su merecido. —Pateó al chico, lo hizo caer y los demás aplaudieron.

Avahn le clavó la mirada al Capitán Adelheim. Era un hombre justo, de barba pelirroja y penetrantes ojos azules. Su contextura y sus rasgos eran impecables. Silenciosamente, la niña le rogó compasión, pero él se encogió de hombros. Avahn giró y golpeó al agresor de Dval en el vientre.

Los soldados rugieron de risa.

—Ten cuidado, Pwyrthen —dijo uno—, o la princesa te golpeará un poco más abajo.

Los soldados retrocedieron, dejando al chico jadeando en el suelo como una trucha fuera del agua.

Avahn tomó una de las capas de montar de su madre y lo cubrió con ella. Después, se sentó a su lado, preparada para suplicarle a su padre por la vida del chico. Temía que fuera en vano. Estaban peleando con los woguld desde hacía doscientos años.

Buscando desviar la atención, le preguntó al Capitán Adelheim:

—¿Viste a los hombres de los barcos grises?

La expresión del Capitán se volvió instantáneamente seria y las palabras parecieron herirlo como flechas. Suavemente, con una voz ronca de alarma, dijo:

—No había hombres en esos barcos. De allí bajaron monstruos, saqueadores de piel negra y correosa, con filamentos que cuelgan como gusanos de las placas de sus cabezas. Pero caminan en dos patas, como los gigantes.

Avahn trató de imaginar a esas criaturas, pero su imaginación fracasó. El Capitán Adelheim continuó hablando suavemente, como si tuviera miedo de admitir la verdad.

—Hace tres años, tu padre envió una expedición a los confines de la tierra en busca de nuevos territorios. La leyenda decía que había un país más allá del Mar Carrol y que, según los indicios, allí existían llanuras fértiles y ríos llenos de oro, pero los barcos que iban a ese país nunca regresaban. Los exploradores de tu padre partieron y tampoco regresaron. Creo que ahora sabemos por qué. Ahora somos nosotros los que fuimos descubiertos…

—¿Y las criaturas desembarcaron? —preguntó Avahn—. ¿Son los que provocaron los incendios?

—Sus barcos nunca llegaron a la playa —dijo el Capitán Adelheim—. Las criaturas descendieron directamente en medio del agua y caminaron por el fondo del mar hasta llegar a la costa. Sí, provocaron los incendios. Pero ninguna de esas bestias volverá jamás a su casa. —Hizo una pausa—. Las llamamos toths.

—Toths —repitió Avahn. Colmillos.

Avahn nunca había visto un saqueador, sólo sus cráneos. No podía imaginar el aspecto de los toths.

Hay un momento en la vida de todas las personas en que deben reconocer que tendrán que sobrevivir a tiempos difíciles. La pelea nocturna con los lobos le había parecido terrible, pero Avahn, en lo profundo de su ser, sabía que esto apenas había comenzado.

Al mediodía, llegó el rey de Mystarria, un hombre rechoncho, con cabello del color de la arena, una corona oscura tallada en madera de roble y los ropajes azules de la realeza. Vino cabalgando con treinta hombres; dio vueltas alrededor de Dval y lo estudió.

El rostro del rey estaba pálido y demacrado. Echó una mirada a Dval y, aunque con los demás hablaba, a él le gruñó con una rabia contenida.

En las colinas, más arriba, Dval oyó los golpes de un pájaro carpintero. Pic, pic. Pic, pic, pic, pic.

Era un mensaje de los guerreros woguld que se hacía golpeando un guijarro de arenisca contra un árbol: “Aquí estamos”.

El rey y sus hombres no parecieron notarlo.

En cambio, los mystarrianos se pusieron a discutir.

 

 

El rey Harrill estaba desgarrado de dolor por la muerte de su esposa y caminaba a grandes trancos por el lugar del accidente como un tejón furioso, como una tormenta inminente. Sus ojos estaban inyectados en sangre y vidriosos por la falta de sueño, pero ardían como meteoros. Había estado peleando toda la noche y ahora caminaba incansablemente, moviéndose primero en una dirección y luego cambiando instantáneamente. Fue hasta el cadáver de su esposa, donde observó los restos como si quisiera fijarlos en su memoria. Los lobos la habían atacado, le habían abierto el torso, comiéndose primero el hígado. Le habían destrozado el rostro.

Cuando bajó la vista, pareció que poco a poco se derrumbaba sobre sí mismo, como si cada respiración fuera un golpe. Primero, su rostro estaba rígido de dolor; luego, pálido de impresión, hasta que su expresión se volvió neutra y en su mirada sólo se veía la pérdida. Hasta ese día, lo habían llamado Harrill el Astuto, pero muchos dicen que desde entonces se transformó en Harrill el Loco.

Avahn lo observaba sin poder hacer nada porque sentía la pérdida tan intensamente como él.

—Mi amor —dijo el rey por fin, tomando la mano de su esposa muerta y besándola—. Hasta que volvamos a encontrarnos.

De pronto, se oyó un gruñido en el borde del bosque.

Avahn giró rápidamente y vio un lobo, el enorme líder de la jauría, que se acercaba cojeando desde las sombras. La sangre roja manchaba el pelaje de su pecho y le caía por la pata derecha hasta la garra.

Jadeó, cruzando el claro rápidamente. Los caballeros gritaron una advertencia y la espada de Sir Adelheim zumbó mientras la desenvainaba.

El lobo corrió hacia el rey y saltó, al tiempo que un gruñido grave escapaba de su garganta.

Cualquier hombre común habría caído como un ciervo indefenso con ese ataque. Pero el rey era un Maestro de Runas, con los dones de gracia y de fuerza.

No gritó de terror ni escapó de la pelea. En cambio, se agachó, esquivó el ataque y saltó sobre el lobo, balanceando un puño.

Con tres dones de fuerza, le dio un puñetazo a la bestia. El aire se partió con el golpe que le rompió el cráneo al lobo. Salieron volando trozos de hueso y sangre, describiendo un arco. Algo húmedo salpicó a Avahn en la cara.

El lobo gigante cayó, convertido en un peso muerto, y no volvió a moverse.

El rey Harrill bajó la vista y lo miró un largo momento, como si tratara de entender de dónde había salido y por qué lo había atacado.

Finalmente, gruñó, se volvió hacia Dval con furia, como si el lobo hubiera venido por culpa del chico, y gritó:

—¿Por qué… sigue vivo este maldito?

—Me salvó la vida —respondió Avahn sobriamente, dando un paso adelante para quedar entre su padre y Dval.

—Muy probablemente —arguyó su padre—, él fue quien provocó el accidente. Lo hacen todo el tiempo. En el crepúsculo, espantan a los caballos; por la noche, se roban nuestras cosechas y asesinan a los viajeros cuando duermen. Son bárbaros. Ni siquiera son humanos.

Pasó junto a Avahn, fue hasta Dval, sacó su hacha de batalla y la elevó en el aire.

El chico, enceguecido y desolado, no gritó de miedo. En cambio, escupió a los pies del rey.

—¡No! —le advirtió Avahn a Dval, porque sabía que no había que desafiar a la ira de su padre. Echando fuego por los ojos, el chico levantó el mentón, dejando expuesto su cuello.

El rey contuvo el golpe un momento y luego agitó la cabeza con admiración.

—Oh, este tiene espíritu —rió—. Me gusta. Me gusta mucho, pero igual lo mataré.

Avahn le gritó a su padre:

—¡Da, yo confío en él! ¡Podemos confiar en él!

—Es un bárbaro —la contradijo su padre. Se preparó para descargar el golpe mortal.

La niña se paró delante del chico.

—Entrenas a tus caballeros durante años, sin saber si sus corazones seguirán siendo leales a ti en el fragor de la batalla. El corazón de este chico es leal.

El rey la señaló con un movimiento del mentón y el gigante Sir Bandolan tomó a Avahn del hombro y la apartó del lugar peligroso.

Su padre volvió a levantar el hacha, preparado para golpear.

En ese momento, el tiempo pareció hacerse más lento y el mundo entero quedó en silencio. El rey Harrill dudó.

Arriba, en el bosque, un pájaro carpintero golpeó un árbol y una ardilla chilló desde un roble distante.

El rey se detuvo y escrutó ladera arriba con curiosidad.

—¿Oyeron eso? —les susurró a sus hombres. Desconfiaba. Sus ojos se movían de derecha a izquierda, como si estuviera pensando más rápido que un Caminante del Agua danzando sobre una laguna. Giró y buscó colina arriba, donde los robles verdes se esparcían sobre la hierba muerta, proyectando sombras profundas. Gritó: —¡Vamos, desgraciados! Los escucho allí arriba. ¡Hoy sentirán el sabor de mi furia!

Por un largo rato, no surgió ninguna respuesta de los bosques silenciosos.

De pronto, un arquero salió de detrás de un árbol. Como todo líder guerrero de los woguld, usaba un taparrabos color carmesí. Una capa de seda blanca caía de sus hombros como una cascada. Una máscara solar adornaba su rostro: una máscara de plata con la cara de un alce, con una amplia cornamenta y los ojos cubiertos con vidrio negro para protegerlo de la luz intensa. Los tatuajes azules de su árbol genealógico, con los nombres y hazañas de sus ancestros, envolvían las pantorrillas del guerrero. Era glorioso verlo. Era majestuoso y perfecto.

De pie con su gran arco, rojo como la sangre, con las alas anchas y resplandecientes, preparó una flecha.

El rey rió y frotó su dedo índice contra el pulgar: el gesto de “comerciar”. Señaló a Dval.

Avahn no sabía si su padre estaba ofreciendo comprar al chico o si quería que le pagaran por perdonarle la vida.

 

 

Para Dval era el peor de los insultos. El pueblo woguld no vendía esclavos. Cada hombre servía a su clan. El líder guerrero que estaba colina arriba era su tío y Dval estaba seguro de que iba a ordenar a sus hombres que enfrentaran a estos bárbaros.

En lugar de hacerlo, su tío tensó el arco y disparó.

La flecha voló velozmente hacia ellos y Dval pensó: ¡Va a matar al rey!

Sin embargo, mientras lo pensaba, se dio cuenta de que la flecha se dirigía hacia él.

Hubo un movimiento a su lado, un ruido pesado y sordo, y Dval salió volando de su posición de riesgo, raspándose la cara contra las hojas. La niña, Avahn, lo había empujado, arrojándolo al suelo mientras la flecha pasaba silbando a su lado.

Ahora estaba sentada, sujetándose un brazo. Le corría sangre por el hombro. La flecha de su tío le había rozado ligeramente la piel.

El tío de Dval gritó:

—Dval, ¿qué clase de tonto eres? ¿No tenemos ya suficientes enemigos? ¿Tenías que salvar a una de ellos? —Siempre con ese tono—. ¡El amigo de mi enemigo —rugió su tío— es mi enemigo! —Escupió, giró y se metió en las austeras sombras bajo los árboles.

Por un segundo, Dval conoció la tristeza de los desposeídos.

Pero observó a su tío y no supo quién era más bárbaro, si su tío, los norteños que lo rodeaban o el mismo Dval.

Quizás todos somos bárbaros, pensó, esforzándonos por ser humanos.

En ese lugar, una sola persona parecía verdaderamente humana: la niña Avahn, que estaba en cuclillas, sujetándose la herida estoicamente.

Después de eso, nadie más amenazó con matar a Dval. Aparentemente, ahora que había sido expulsado de los woguld, su sentencia de muerte quedaba anulada. Por tratar de matarlo, su tío le había salvado la vida.

Los soldados reunieron a sus muertos en silencio y se alejaron de las montañas, cabalgando rumbo al reino prohibido.

Avahn tomó a Dval de la mano. Juntos, cabalgaron hacia las pujantes ciudades de Mystarria infestadas de ratas, hacia su hogar en las Cortes de Marea, donde las fogatas de guerra de los toths aún continuaban ardiendo.

 

 

Título original: Barbarians © David Farland
Traducción: Claudia De Bella, © 2015

 

 


David Farland es un autor galardonado, bestseller internacional con más de 50 novelas impresas en papel. Ha ganado el premio Philip K. Dick Memorial, Premio Especial a la “Mejor novela en idioma Inglés” por su novela de ciencia ficción En mi camino al Paraíso, el Whitney Award “Mejor novela del año” por su novela histórica En compañía de los Ángeles, y ha ganado siete premios —incluyendo el Premio Internacional del libro y el Gran Premio Feria del libro de Hollywood— por su thriller fantástico Ruiseñor. Sin embargo, se lo conoce más por sus series fantásticas del New York Times, el bestseller The Runelords, que pronto se hará una novela gráfica y, probablemente, una película.

Farland ha escrito para las grandes franquicias como Star Wars y La Momia. Ha trabajado en películas de Hollywood greenlighting y comandando guiones. Ha sido productor de películas, incluso ha residido en China trabajando como guionista para una franquicia de las películas de fantasía más importantes.

Como instructor de escritura, Farland ha sido mentor de docenas que han llegado a tener sorprendentes éxitos literarios, incluyendo New York Times Best-sellers como Brandon Mull (Fablehaven), Brandon Sanderson (Wheel of Time), James Dashner (The Maze Runner) y Stephenie Meyer (Twilight).

Farland fue jurado en Escritores del futuro L. Ron Hubbard, uno de los más grandes concursos de escritores en todo el mundo para nuevos autores de fantasía y ciencia ficción. En la industria del videojuego, ha sido diseñador y guionista y colideró en el equipo de diseño de StarCraft: Brood War. Fijó el Record Guinness por mayor cantidad de firmas de autor individual y libro individual.

Ha sido aclamado como “El mago de la narración” y de sus obras se ha dicho “irresistibles”, “absorbentes”, “poderosas”, “profundas” y “en última instancia, cambian la vida”.

 

Libros de David Farland: The Golden Queen (serie): The Golden Queen (1994), Beyond the Gate (1995), Lords of the Seventh Swarm (1997). Ravenspell Series (series), Of Mice And Magic (2005), The Wizard of Ooze (2007), Freaky Flyday (2009). The Runelords (serie), The Sum of All Men (1998), Brotherhood of the Wolf (1999), Wizardborn (2001), The Lair of Bones (2003), Sons of the Oak (2006), Worldbinder (2007), The Wyrmling Horde (2008), Chaosbound (2009), A Tale of Tales (en preparación). Nightingale (serie), Nightingale (2011), Dream Assassin (Forthcoming) (en preparación), Draghoul (en preparación), Shadow Lord (en preparación). Mummy Chronicles (serie), Revenge of the Scorpion King (2001), Heart of the Pharaoh (2001), The Curse of the Nile (2001), Flight of the Phoenix (2001). Novelas: On My Way to Paradise (1989), Wheatfields Beyond (1993), A Very Strange Trip (1999), In the Company of Angels (2009).

Esta es su primera publicación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con CUENTAN LOS SOLDADOS, de Yoss y EL HOLOCAUSTO DEL BÁRBARO, de Juan Manuel Valitutti.


Axxón 268

Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Fantasía heroica : EE.UU. : Estadounidense).


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