¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 COLOMBIA

Cerraron la puerta. Cerraron mis ojos. Sentí que me ahogaba, que en cualquier momento perdería la consciencia. Me agitaba violentamente sobre una mesa de operaciones.

Quería decirlo y gritar.

Pero las palabras no emitían ningún sonido.

Todo estaba congelado.

Solo se movían ellas, angelicales y sensibles. Las podía sentir, observando las diminutas imperfecciones de mi cuerpo, las arrugas y cicatrices, o la saliva que se deslizaba por mis labios y caía sobre mi cuello.

Eran una maraña distorsionada. Hormigueaban expectantes, sobre cada nervio. Penetraban la carne, incrustándose en las células.

Observando y juzgando. Observando y sonriendo. Sin ningún tipo de moralidad, ni humanidad.

Hay cosas peores que Dios. Ahora lo sé.

Ellas lo eran. Ellas (¿O ellos?), sabían aferrarse a cada hendidura de la mente, y raspar dentro, como si se tratara de una fresa dental extirpando una caries. RTTTT RTTTT RTTTT. Extirpaban, cortaban, modificaban. Eran niños jugando con un mecano.

No tenían ninguna moral.

No ofrecían ninguna excusa, ninguna comprensión.

Tampoco entendí muy bien al principio, sus intenciones. ¿Qué buscaban? ¿Y por qué a mí?

Cállate, humano. Decían. Su Voz. Sus voces; como una anémona con cuerdas vocales.

Millones de seudópodos rosados caminaban sobre mis extremidades. Medían las corrientes eléctricas, el flujo de la sangre. Eran los policías del miedo.

Igualmente transmitían información. Insertaban imágenes en la corteza visual. Ecosistemas borrosos, con extraños edificios. Quizás fragmentos de su civilización. O quizás escenas de alguna transmisión satelital. ¿Importaba?

Imágenes, multitud de imágenes. Crecían en mí. Yo era como un hámster en una ruedita.

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Ilustración: Romina Avanzini

La ruedita giraba. Giraba.

Ves el océano en la noche. Es agradable y oscuro. Al mismo tiempo sientes temor por la inmensidad. Una selva. Huyendo entre árboles de enorme grosor, perseguido por cazadores furtivos. Luego, perseguido por un enorme tigre de Bengala. Ahora un ejército invasor. Una bala atraviesa tu cuerpo y te desplomas sobre el fango.

Me desangro.

Lentamente todo se va.

Esto es aburrido. Podemos modificarlo. Luego sonríen en su lenguaje.

Una ciudad. Sentado a la orilla de un largo río. Hay una luz que remueve los árboles, los ruidos animales, los rostros de personas que se han acumulado en la memoria. Es el amanecer en un campo de maíz. Aletean pájaros bajo el sol desnudo. Una mujer canta.

El cuerpo resucita.

Sonríes. Hay paz.

Otra voz -una voz ampulosa y ridícula- surgía en mi interior. No quiero nada, quiero permanecer tal como soy: inmaculado, con mis vicios.

Irrelevante, decían ellas.

Sentí vergüenza de mi cuerpo rígido y de mi inútil esqueleto. Recordé humillaciones y falsos amores. Volvieron a mí las historias reprimidas de la infancia; niños que reían en el colegió, pantalones húmedos. El rostro crispado de Jorge antes de lanzar su golpe contra mi vientre.

Innecesario. Repetían ellas.

Cientos de complejos, dudas y temores, apilados en una historia de invencible mediocridad. Un simio sin pelo, condenado a la nostalgia, obnubilado por el ego, y aterrorizado por el pasado y la muerte.

Ellas seguían buscando, escarbando en mi cuerpo.

Escuchaba sus cuchicheos, o algo que hacía pensar en un ronroneo felino, en una serie de ronroneos que se animaban y se contradecían.

Entonces, de repente, parecieron ponerse de acuerdo.

Terminar simulación.

Abrieron la puerta. Mis ojos se abrieron nuevamente, si bien las imágenes eran completamente borrosas al principio. Lentamente desengancharon los seudópodos y pude mirar los contornos de la nave.

Un icosaedro de superficies reflejantes, y luego un cubo, que comenzaba a redondearse y alagarse. Vi como mi cuerpo caía por un embudo largo y verdoso. Estaba en su mundo.

Un planeta rojizo, de vastos océanos, girando junto a una solitaria estrella al borde de la galaxia. La vida surgía en el océano y se convertía en inteligencia. Ellas nacían y se transformaban en formas sinuosas que reptaban con cierta dificultad por la tierra. Los milenios se sucedieron unos a otros con estremecedora rapidez. Aparecieron ciudades. Aparecieron maquinas móviles, con circuitos infinitesimales que se cernían hacia los cuatro puntos cardinales. Algunas se elevaban hacia el espacio y capturaban la energía de una estrella. En el cielo flotaban naves de extraña geometría, que subían y descendían de la atmósfera y luego se perdían entre la luz de dos soles. Una Nova explotaba, borrando los circuitos de las ciudades. Aparecían luego diagramas estelares que definían el curso de expediciones de exploración. Naves que iban y venían, buscando con curiosidad -y luego con desesperación-, algo importante. Visitaron numerosos mundos, uno tras otro, pero el universo era estéril y la vida no era inteligente. A veces encontraban planetas en ruinas, o tristes ecosistemas desolados. Solo bacterias, o insectos hostigantes que rumiaban en la melancolía de una nada oscura y sin salida. Mundos que habían apostado por la aniquilación. Entonces encontraron la tierra…

Me incorporé sobre la mesa de operaciones. Mis labios resecos se demoraron en encontrar las palabras.

—¿Cuál es el paso siguiente?

Nunca hubo respuesta.


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Ilustración: Romina Avanzini

Pude ver como su nave se alejaba velozmente hacia las estrellas. Ellas simplemente me dejaron allí, desnudo en la noche. Hicieron mi voluntad. Tuve miedo y me negué a servirles. Lloré. Cuando recuperé la conciencia me encontraba tirado sobre mi cama, con varias botellas vacías. Los psiquiatras diagnosticaron esquizofrenia. Es de familia después de todo, dijeron. Mi abuela hablaba con duendes.

Han pasado muchos meses desde entonces. En la playa, los niños hacen castillitos de arena. Juegan con sus mecanos, construyen el futuro. Sus caritas iluminadas de felicidad no conocen lo que les depara ese futuro.

En las tardes camino pateando esos castillos y aplastando los mecanos.

El futuro es la muerte.

El futuro es la libertad.

Pero no importa.

Me hundo entre la arena por completo. Mis células hormiguean en lentos reflujos. El sol se precipita sobre las olas y yo con él. Allí duermo. Flagelos gelatinosos absorben los minerales que requiere mi organismo y de vez en cuando capturan un pez. Duermo en el mar, bajo toneladas de agua salada, entre los arrecifes, flotando a la deriva como un bote abandonado. Sueño con icosaedros y cubos resplandecientes, rodeado por medusas y plancton. Aprendo sobre la historia de mil mundos que son ahora uno solo. Cada noche soy más sabio. Ellas son libres en mí y pronto llenaremos el océano.

Hay cosas peores que Dios.

Como yo.

Como nosotras.


Ricardo Cabezas nació en 1981 en Bogotá, Colombia. Es biólogo y estudia un doctorado en Ciencias Biológicas en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Desde muy temprana edad le interesaron la ciencia ficción y la fantasía. Ha publicado cuentos en las revistas “De Segunda Mano” y en la publicación electrónica de ciencia Ficción Cosmocápsula ([1] y [2]). Asimismo ha publicado artículos científicos en las revista Acta Biológica Colombiana, Cell Biology International y Neuroscience Research. En el año 2011 participó en el taller literario Renata de Ibagué.


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