Revista Axxón » «Todo está lleno de trank: Dedicatoria, Prólogo», Víctor Conde - página principal

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 ESPAÑA

DEDICATORIA

Para Xavier y JuanAn, mis queridos Frikismikis.


La polilla lunar, la polilla lunar,
Ha llegado ya, se alza en vuelo ya,
La polilla lunar. Todos adorad, todos cantad
A la polilla lunar.

—Canción infantil surgida en Malasia a raíz de la llegada de los Vahn.

Hay cosas que son tan grandiosas que no las podemos analizar con objetividad ni aunque las tengamos delante de nuestras narices. La invasión de esa raza extraterrestre, por ejemplo: los Vahn. ¿Es realmente agresiva? ¿Nos están invadiendo, o no es más que una paranoia de algunos científicos? ¿Son benévolos o malévolos, los Vahn? Y lo más desconcertante… ¿cambiaría en algo que fuesen buenos o malos… el hecho frío de que nos estén conquistando?

—María Lindenbrock, analista del consorcio europeo para el estudio de los Vahn.

PRÓLOGO: Año 2101 d.C. / 28 d.V. (después de los Vahn)

Marga ejecutó en su KeG un refinado floreo.

El cielo era salvaje aquel día: consistía en un disco azul incrustado de lapislázuli y cosido a los extremos del mundo por sus costados, en plan cuenco. Una aureola de brillante piel de víbora. Había jirones de nubes por debajo, empujados por vientos con mucha prisa, vientos impacientes, que los llevaban de una punta a otra de ese cuenco.

Un estremecedor trémolo brotó de su KeG, indicándole que las conexiones con la red central se habían apagado. Marga maldijo en arameo a todos los dioses que conocía y se colocó bien las gafas de escalador. Mirando al horizonte, allá donde el gigantesco cuenco del cielo se curvaba sobre sí mismo y tocaba la tierra, lo único que se apreciaba era desierto: naturaleza salvaje. Ni rastro de civilización. Ni la menor huella de ninguna ciudad o pueblo abandonado, antena repetidora de señales o estación de servicio de carretera.

Estaba sola, y lo sabía. Más sola que ningún otro ser humano desde hacía… pues por lo menos tres o cuatro siglos. Las nubes, las nubes se escapaban lejos. Ojalá, deseó, pudiera ser nube. Se habría conformado con ser un frágil cúmulo nimbo con tal de haber podido sobrevolar aquella cordillera.

Trotó cien metros más. Empezó a jadear por la altura y la falta de oxígeno y tuvo que pararse. Las montañas no eran muy escarpadas, pero sí extensas, quizá demasiado para una mujer sola. ¿Cómo se llamaba el país que hasta hacía poco se proclamaba orgulloso poseedor de aquel fenómeno natural? China, Zhongghuô. Pero China ya no existía: había entrado en un segundo periodo de revolución y había quedado arrasada luchando contra sí misma. ¿Quería decir eso que aquellas montañas ya no tenían nombre?

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Ilustración: Pedro Bel

Se chupó las encías, preocupada. No era la falta de agua lo que la tenía casi derrotada, sino la de comida. Tendría que encontrar pronto la salida de aquel desierto, o alguna manera de hallar árboles frutales o animales que corriesen poco, o moriría de inanición. La habían tenido casi dos días sin comer en la prisión de los terroristas hasta que logró escapar, y de eso hacía… ¿cuántas horas? No podía saberlo, pero seguro que muchas.

Lo peor de todo, la auténtica tortura, era que llevaba una mochila cargada de obleas de pan a la espalda. Rico y sabroso pan, nutritivo, lleno de fuerza y energía, cuyo olor la estaba carcomiendo… —¡Basta, no pienses más en eso, por piedad!—. Pero no podía tocar ni un solo gramo. Ya había lamido los bordes de las obleas, ablandándolas, para ver si así se le transmitía al estómago algo de su potencial nutritivo… pero no daba resultado. No bastaba con el olor, ni con lamer el pan. Si no quería morir de hambre, tendría que comérselo.

Y eso supondría una irreparable pérdida para la ciencia.

Marga era, antes incluso que mujer y madre de familia, una científica. Física especializada en la teoría del campo unificado, para ser más exactos. Tenía cuarenta y siete años y un par de buenos doctorados a sus espaldas, e incluso un premio Andrus que llevaba más de una década cogiendo polvo en su aparador —nunca se acordaba de pasarle aunque fuera un trapito—. Marido, hijos, decanato en la Universidad de Esmirna… y una deuda pendiente con un grupo teórico-terrorista que se hacía llamar Noviembre Negro. Los teórico-terroristas no ponían bombas, pero sí que eran violentos y a veces secuestraban o disparaban a la gente.

A lo que se dedicaban era a dinamitar los cimientos teóricos de la ciencia moderna y tergiversarla para que no funcionara. Para que dejara de serle útil a la gente. Una vez, habían cambiado la fórmula para deducir el movimiento lineal de una partícula de todos los servidores web del mundo, y nadie se dio cuenta hasta cerca de dos meses después. En otra, se enteraron de que una científica japonesa había hecho un descubrimiento crucial para entender la tecnología de los Vahn y la secuestraron antes de que pudiera comunicárselo al mundo. A ella y a su asistente —la propia Marga—. Ella había conseguido escapar del búnker, su mentora no.

Esos tipos representaban una amenaza pintoresca en abstracto, pero opresiva en lo real. Y no había que tomárselos a broma. Sus pistolas disparaban de verdad.

Pobre Akane, no lo comprendió hasta que fue demasiado tarde. Siempre había sido una mujer increíblemente alegre y optimista, que confiaba en las bondades de la colaboración entre pueblos y países. Se había leído de cabo a rabo las seiscientas doce páginas del Manifiesto de la Unicultura, una declaración de amistad de todas las fuerzas científicas y creativas del mundo, y había firmado sin pensárselo los estatutos. Pobre: nunca imaginó que cada paraíso tiene sus demonios, y cada jardín su serpiente.

Ella no había podido saltar a tiempo la verja. Se quedó trabada en el alambre y las balas la alcanzaron. Sus últimas palabras fueron mudas, pues ya no le quedaba aliento, pero reverberaron en sus ojos. Marga las leyó en aquellas pupilas contraídas al tamaño de alfileres: «Escapa, llévate las fórmulas. Cuéntaselo al mundo. Que sepan lo que realmente son los Vahn». Y luego, un punto y final. El ángulo de sus finas cejas blancas y la inclinación de su distinguida nariz, que siempre le conferían un aire de solemnidad, se convirtieron en un epitafio.

Marga huyó, escaló paredes, rodó por terraplenes, gateó por zanjas. Y consiguió dar esquinazo a sus enemigos. En un par de ocasiones vio drones sobrevolando los valles, muy arriba, seguramente equipados con cámaras infrarrojas, pero en cada ocasión tuvo suerte y encontró un arbusto bajo el que meterse. Hasta ahora había logrado burlar a las balas.

El enemigo al que no podía burlar era el hambre, y sus perseguidores lo sabían.

Si no tenía un increíble golpe de suerte, encontrarían su cadáver tirado en una zanja con la mochila llena de rica comida todavía en su espalda… —¡Que te he dicho que no pienses en esas cosas, tonta! ¡Conmigo no te hagas la loca!—. Pero eso no era comida: eran páginas, papeles, folios garabateados. La doctora Akane no tenía hojas a mano para escribir sus fórmulas, pero la tenían esclavizada haciendo turnos de cocina y horneando pan, a pesar de que a ella tampoco le habían permitido probar bocado en dos días. Una sutil forma de tortura. Así que Akane usó los materiales más inmediatos: con la excusa de decorar las obleas, cogió una boquilla y empezó a soltar gotas de merengue que seguían un patrón secreto, una función de la desigualdad de Kraft para los códigos unívocamente decodificables. Y volcó en el pan todas sus fórmulas matemáticas. Todas sus teorías. Toda su magia.

Su ayudante, Marga, huyó con esas obleas, y sabía que si se comía una sola —ella, que no conocía los estudios de la doctora en profundidad, sino solo en sus generalidades— la fórmula estaría incompleta. La gran teoría sobre los Vahn quedaría oscurecida por enormes agujeros. Orificios con forma de galletas. Y el mundo perdería un tesoro.

Pero el estómago ya no le rugía: le dolía. Quemaba con un vacío ardiente, con una ansiedad horrenda. Su cuerpo, atenazado por el hambre y el sobreesfuerzo que estaba haciendo para escapar, había empezado a devorarse a sí mismo.

Miró las montañas, el paisaje que tenía por delante: para llegar a la ciudad más cercana debería atravesar brazos de un mar desecado, una inimaginable maraña de follaje gris moteado de lagunas estancadas, y más montañas detrás. Y el único aparato que había logrado robarle a un guardián, un transmisor KeG, no tenía potencia ni para llegar a la siguiente esquina.

Se derrumbó sobre una piedra. La vocecilla de su conciencia se hacía cada vez más pequeña, más aplastada por el peso de la ansiedad. No lo hagas, decía aquella voz cada vez más débil. No… lo… hagas…

…Pero, mientras la escuchaba, sus manos jugaban así como quien no quiere la cosa con el cierre de la mochila. Y antes de que pudiera darse cuenta, tenía una oblea entre los dedos.

(Poniendo por caso un ejemplo hipotético, nada más)

…Antes de darse cuenta, estaba golpeando el borde del pan contra sus labios.

(Imaginemos que una de ellas se cae y se rompe. ¿Cuál sería menos lesiva para la teoría? ¿De qué parte de la fórmula se podría prescindir sin que el conjunto sufriera en exceso?)

…Antes de darse cuenta, un sabor exquisito y divino llenó su paladar y mojó su lengua y crujió dulcemente bajo sus dientes.

(Siempre hipotéticamente hablando, claro, porque no voy a hacerlo. Pero si lo hiciera, ¿qué me comería?)

Se tragó no una, sino seis obleas de pan antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, llevada por un irrefrenable éxtasis. Una pulsión de yonqui, de heroinómano con el cerebro consumido totalmente por el ansia.

Se había comido media teoría.

Marga se echó a llorar, y el desierto lloró con ella.

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