¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

Sé que no podés escucharme, Verónica, pero tengo la necesidad imperiosa de hablarte, de contarte por qué esta noche llegué hasta tu casa. Tal vez cuando despiertes algo recuerdes; es posible. ¿Y por qué te hablo si sé que estás dormida? Quizá porque necesito un desahogo; estas semanas finales han sido muy difíciles para mí, en especial las dos últimas noches. Quizá, también, porque busco justificarme, pues me embarga un enorme sentimiento de culpa.

En realidad, a pesar de mi apariencia, no soy humano. Provengo de un universo completamente diferente a este, regido por reglas que apenas ustedes pueden llegar a imaginar. Su lenguaje, que he aprendido a utilizar durante todo este tiempo, no sirve para describir aquel lugar que a mí mismo, a esta altura, me parece lejano y extraño, cuando no confuso.

La razón por la que estoy aquí, en la Tierra, también es difícil de explicar. Además, no tiene demasiada importancia ahora, no es relevante. Puedo resumir todo diciéndote que es un castigo por algo que hice en mi universo y punto. Desde que llegué a este ha pasado casi un año, el mismo tiempo que llevo buscándote.

 

Mi llegada fue horrible, todos mis sentidos despertaron al unísono. Lo que vi apenas abrí los ojos me pareció incoherente, confuso. La misma sensación experimenté con lo que oí y olí. Instintivamente traté de pararme, pero tuve un mareo repentino y sentí náuseas. Caí de rodillas, las manos sobre el asfalto frío. Mi tórax se agitó varias veces y al fin escupí un líquido negro. El dolor se mostró en mi cuerpo por primera vez: una puntada aguda debajo del esternón. Desnudo, tirado en medio de una calle oscura, pensé que el castigo sería mucho más cruel que lo que hubiera imaginado. Maldije a quienes me habían sentenciado. Me maldije a mí mismo por las torpezas cometidas.

Entonces escuché ruidos que se sobreponían al resto, cada vez más notorios. Aunque aún no pudiera comprenderlo, eran los pasos de alguien aproximándose. Busqué el origen del monótono golpeteo y pronto vislumbré la figura de un sujeto, recortada sobre la luz amarilla de los faros, que se detuvo frente a mí. Nos observamos por densos segundos, hasta que el extraño habló:

—Bienvenido a la Tierra, amigo —y sonrió.

No entendí lo que aquellos sonidos toscos significaban, ni el gesto de la sonrisa. Pero, de inmediato, sentí una voz en mi cabeza que hablaba el lenguaje de mi mundo: —Así se comunican los humanos, y deberás aprender a hacerlo cuanto antes si quieres sobrevivir aquí.

Me tomé un tiempo para acomodar las ideas. Entonces, no sin esfuerzo, interrogué:

¿Quién eres?

El sujeto extendió un brazo y me ayudó a incorporarme. Esta vez no hubo mareo.

La telepatía en estos cuerpos también tiene sus límites de expresión —contestó—, y además consume mucha energía. — Comenzó a sacar ropa de una mochila que descolgó de su espalda.— Digamos que soy el embajador de los nuestros en este mundo. Ahora cubre tu cuerpo con esto. Los humanos no suelen andar desnudos por entre la gente.

No comprendí mucho el sentido de la última frase, pero con su ayuda me vestí.

—Juan —dijo el sujeto.

Lo miré impávido, sin entender qué había sido aquello.

Ese es mi nombre aquí —explicó, y luego agregó—: Tendremos que buscarte uno, también.

Me tomó del brazo y, muy lentamente, salimos caminando de esa calle oscura hacia una avenida más iluminada.

A cada paso tomaba mayor confianza, no parecía complicado controlar las extremidades inferiores. Mientras, Juan me explicaba algunas cosas elementales del universo al que había llegado.

Es difícil adaptarse al principio, pero esto es así; sólo tres dimensiones: altura, anchura y profundidad. Y el tiempo, claro, que es unidireccional, siempre hacia delante.

Analicé la realidad descrita.

Simple, pero nada práctica —concluí.

Él se limitó a encogerse de hombros, gesto cuyo sentido, en ese momento, no supe apreciar.

Llevábamos ya varias cuadras caminadas cuando fui testigo de un espectáculo único, que me pasmó por su belleza. Un haz de luz cayó sobre mis ojos y me obligó a voltear la cara. Cuando me compuse levanté la vista y vi que los rayos del sol acariciaban la cima de los edificios más altos. En el espacio existente entre dos de estas torres, conseguí vislumbrar la esfera de fuego responsable de tan hermoso espectáculo, y que le daba otra tonalidad a este mundo que, de entrada, me había parecido oscuro y desabrido.

Está “amaneciendo” —comentó Juan, que se había percatado de mi asombro.

Giré para verlo, sin comprender. Iba a contestarle, pero entonces mis piernas flaquearon y mi compañero tuvo que sujetarme para que no terminara en el suelo. Otra vez sentí un mareo y poco a poco fui perdiendo la percepción de la realidad. En mi cabeza resonaba la voz de Juan, pero yo no podía entenderlo. Finalmente, mis ojos se cerraron.

 

Desperté en otro lugar, con un profundo dolor de cabeza, y con esa realidad ininteligible bombardeando mis sentidos, de nuevo provocándome ganas de vomitar. Aunque esta vez, pausadamente, las cosas fueron acomodándose en su lugar y comenzaron a tener sentido. No estaba tirado en el suelo, como al llegar, sino sobre —ahora lo sé— una cama dentro de una habitación bastante estrecha. En ese momento no era capaz de diferenciar entre la pulcritud y la suciedad, así que no me llamaron la atención ni las botellas, ni la ropa, ni los restos de comida desparramados sobre el parqué. Aparte de la cama, dos objetos, distintos entre sí, rompían la monotonía del lugar: un espejo y una puerta. No sabía para qué podían servir.

Me acerqué a examinar el primero y, pese al sobresalto inicial, comprendí que esa imagen era la mía. Encontré armonía en las facciones de mi rostro, aunque de entrada no lo vi tan diferente al de Juan. De repente, como un estallido y quizás motivado por esta situación, pasó por mi mente una figura, los contornos de una cara… Entonces, recordé.

Había experimentado una situación extraña —doblemente extraña en ese momento— mientras permanecía inconciente. Estuve en otro cuerpo, pero sin percibir las cosas como en la vigilia; todo parecía borroso, laxo, incongruente… El recuerdo más preciso que conservaba era el de un rostro que yo, por supuesto, no conocía. Se trataba de tu rostro, Verónica, que comenzaba a emerger en mi conciencia.

Pensaba en esto cuando un ruido me llamó la atención. Giré sobre mis talones y vi que la puerta se abría. Juan entró a la habitación, con esa sonrisa ancha partiéndole la cara en dos.

Veo que “despertaste”. —Caminó directo hacia una botella semivacía que estaba en el piso y la recogió. Tomó un trago y me la ofreció: —Es “whisky”, tal vez llegue a gustarte si pasas mucho tiempo en este mundo.

No acepté. Aún no confiaba en él.

¿Dónde estoy? —interrogué.

Bebió otro trago. Con el antebrazo se secó la boca.

Aquí es donde vivo, mi “casa”. —Miró en rededor.— No es un lugar muy acogedor, pero me basta.

Emití un leve quejido.

¡Bien! —expresó— En cualquier momento comienzas a hablar.

No dije nada, había otras cosas que entonces me preocupaban más.

¿Qué fue lo que me pasó? ¿Por qué perdí la conciencia?

Juan se sentó en la cama y desde allí me escrutó por un instante. Luego preguntó:

Mientras permanecías inconciente… ¿experimentaste algo?

Me sorprendió que lo supiera. Sentí cansada su mirada. Ahora entiendo que en ella se depositaba el desencanto de tantos años de permanencia aquí, la pena de un ser en completa soledad. Pero ya tendría tiempo para saber de él. Me concentré en su pregunta, respondí afirmativamente y le conté lo que recordaba. No tardé demasiado.

Cuando terminé, él seguía sentado en la cama, aferrando con sus manos la botella vacía. Después de unos segundos de introspección me devolvió una sonrisa más moderada que lo habitual, y por ello mismo más sincera. Me iba acostumbrando fácilmente a sus expresiones, no parecía complicado. Al fin, contempló el recipiente vacío y lo dejó caer.

La “gravedad” es la fuerza que nos mantiene unidos al suelo. Lo mismo que atrajo a ese objeto cuando lo solté —señaló la botella.

—¿Qué tiene que ver eso con lo que acabo de contarte? —inquirí, perplejo.

—Tu existencia, en este planeta, está unida a la existencia de otra persona. La que inexorablemente te arrastrá a sus necesidades.

—¿Qué?

—Los humanos necesitan “dormir” para reponer energías. De hecho, yo, con este cuerpo, también lo necesito.

—¿”Dormir”?

—Exacto. —Luego, abrió la boca y articuló—: Dor-mir —y de nuevo en mi cabeza—: Es lo que hiciste mientras estabas inconciente.

Asentí, aunque no conseguía asimilar muy bien el concepto.

Cuando esa persona a la que estás unido “duerme”, tú permaneces conciente, “despierto”; cuando esa persona “despierta”, tú “duermes”. Es ese alguien al que me describiste. Aunque él no lo sepa, eres su esclavo.

No supe qué decir. En cambio, sentí que los vellos de mi cuerpo se erizaban y que el aire abandonaba mis pulmones. Sin pensarlo me senté en el piso, apoyando la espalda contra la pared.

¿Quienes te condenaron te dieron algún plazo? —preguntó.

Lo miré, confundido. Él de inmediato agregó:

Este castigo particular siempre cuenta con un plazo. Un “año”, dos, tres…

—¡Un “año!” —respondí, sobresaltado— Eso es lo que dijeron, aunque no sé qué significa…

Juan se levantó y comenzó a caminar por el cuarto, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Su expresión había cambiado notablemente: tenía el ceño fruncido y los labios contraídos.

Es poco tiempo —soltó. Luego detuvo la marcha y clavó en mí su mirada.— En un “año” tu condena terminará, siempre y cuando hayas logrado romper el vínculo con esa persona. De lo contrario, si bien ya no dependerás de ella y serás tú quien escoja cuándo “dormir”, permanecerás en este mundo, en ese cuerpo y, como todo humano, tarde o temprano dejarás de existir.

Lo escruté, en silencio. En mi universo no existe nada como la muerte; sí los castigos, que incluso pueden ser perpetuos. La sola idea de la expiración, en ese momento, me parecía aterradoramente absurda. Aunque, para ser franco, todavía no logro comprender por qué vivir para luego morir, no entiendo qué sentido posee una existencia así.

¿Y cómo puedo romper el vínculo con esa persona? —pregunté.

Él dio unos pasos y se dejó caer sobre la cama. Entrelazó sus manos detrás de su cabeza y, sin dejar de mirar al cielorraso gris, me contestó:

Tendrás que matarla.

Los meses pasaron. Juan había conseguido otra cama que instalamos en la misma habitación. El departamento era muy pequeño; aparte del cuarto, había una cocina-comedor y el baño. Sin embargo, nos las arreglábamos muy bien para convivir. Él era mi maestro; me enseñó a hablar, a leer, a vestirme… En fin: todo lo que un humano necesita saber. Incluso me ayudó a escoger un nombre: Ignacio. Podría haber sido cualquier otro, pero de inmediato me gustó su sonoridad, así que me lo apropié. Juan me había anunciado que aprendería pronto lo indispensable para sobrevivir en este mundo, que para lo nuestros, pese a los sinsabores iniciales, la realidad es bastante simple de asimilar. Y no se equivocó.

Nunca conocí su trabajo, con qué ganaba el dinero que luego derrochaba en mujeres, alcohol, drogas y otros excesos. Intuía que, desde la moral humana, no sería nada del todo aceptable, pero nunca le pregunté: él me daba techo y comida, y no me parecía atinado andar indagando en su privacidad. La mayoría de las noches Juan se iba y me quedaba solo, devorando los libros de historia que él me traía de la biblioteca. Disfrutaba de la soledad, seguramente debido a mi condición. Una sola vez fui a una de las fiestas de mi compañero y no lo soporté.

Hace tres siglos y medio que él está entre ustedes y a veces parece más un humano que uno de los míos. Cuando me enteré de que aún le restan ciento cincuenta años aquí, me dio escalofríos… No estoy seguro de si yo podría soportarlo. Y Juan, aparte de sobrellevar su condena, cada tanto debe hacerse cargo de alguno como yo que ha venido a pagar sus culpas. El pacto implícito que siempre hubo entre nosotros fue que ninguno preguntaría jamás por la falta que el otro había cometido. No tenía sentido hacer las cosas más difíciles de lo que ya eran de por sí.

Mi situación no había cambiado demasiado desde que llegara. Lo único que sabía era que la persona a la que me unía ese vínculo perverso tenía que vivir en la misma franja horaria que yo, pues, salvo contadas excepciones, me veía obligado a dormir de día, entre las seis de la mañana y las diez de la noche, y a permanecer despierto el resto de la jornada. A veces esto se alteraba y entonces me despertaba a las dos de la tarde o dormía hasta las cinco de la madrugada, pero, como dije, esto era excepcional. En un par de ocasiones en las que yo esperaba no tener problemas y había salido a caminar bajo el amparo nocturno, me vi sorprendido por el sueño y permanecí tirado en medio de la calle, hasta que el dueño de mi voluntad —de qué otra manera llamarte— decidiera, o pudiera, volver a dormir.

Y mientras tanto seguía viéndote en sueños. Cada noche, mientras cerraba los ojos en un plano de la realidad y los abría en el otro, vivía tu vida, veía y sentía todo desde tu cuerpo, de alguna manera los dos éramos una sola persona. Recorríamos lugares, hablábamos con otra gente, pasábamos horas enteras frente a los lienzos sobre los que imprimías tu arte. Pero al despertar, esas experiencias se desvanecían casi por completo, como si el sutil mundo interior en el que me sumergía al estar con vos, se astillara al colisionar con la realidad áspera y cortante de cada día. Yo, desesperadamente, trataba de armar tu vida con los fragmentos que permanecían incrustados en mi memoria. Me apresuraba a escribir o dibujar en un cuaderno todo lo que recordaba, sabiendo que, como arena, como agua, te escapabas de mis manos.

Así supe que eras mujer. Descubrí tu afición por la pintura, lo que me condujo a investigar sobre arte tan sutil. Respiré tu perfume, degusté los sabores de las comidas que elaborabas, encontré motivos para admirar este mundo. También conocí tu nombre, Verónica, y alcancé a percibir una soledad, distinta a la mía, pero soledad al fin. Sin embargo, muchas cosas seguían ocultas para mí y no conseguía la información que más necesitaba: tu paradero.

Una noche le contaba a Juan lo que había experimentado mientras dormía. Él me prestaba atención y no emitía comentarios, lo que era inusual, pues siempre me señalaba el empleo inadecuado de algún vocablo o, simplemente, si no lo pronunciaba en forma correcta. En cambio, esa vez me observaba con una expresión extraña en su rostro, como si estuviera buscando algo más allá de mis palabras. La manera en que me miraba comenzó a molestarme, sobre todo porque no hacía explícito su pensamiento. Entonces interrumpí la narración.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Esbozó una ancha sonrisa; había un brillo especial en sus ojos.

—¿No te das cuenta de lo que te está pasando, Ignacio?

Me encogí de hombros, no entendía muy bien a qué se refería.

—¿Pronuncié mal alguna palabra o…?

—No, nada de eso. Al contrario: me sorprende cómo hablás y el vocabulario que adquiriste; debe ser por los libros esos que leés.

—¿Entonces?

Él se levantó y fue hasta la heladera por una cerveza y dos vasos. La sonrisa persistía en sus labios.

—¿Y? —insistí, algo fastidiado.

Se sentó en la mesa, frente a mí, y llenó los vasos. La cerveza era una de las bebidas que más me habían gustado. Él bebió un trago largo, y al fin dijo lo que pensaba.

—Me parece que esa chica… ¿Cómo es que se llama?

—Verónica.

—Eso, Verónica. —Hizo una pausa que me exasperó, pero pronto culminó—: Me parece que esa chica te gusta, amigo.

Yo no supe qué decir, pues me había tomado por sorpresa. Experimenté una sensación inaudita que recorrió todo mi cuerpo y se alojó en mi estómago, una pequeña presión que parecía confirmar las palabras de Juan. También sentí calor, sobre todo en mi rostro.


Ilustración: SGA

—¡Ja! —Juan me señaló, divertido— ¡Te pusiste colorado!

No contesté. Lo único que atiné a hacer fue vaciar el vaso de cerveza. Eso me relajó bastante. Miré a mi compañero de cuarto y advertí que su sonrisa se desvanecía dando paso a una expresión seria. Nos estuvimos contemplando por varios segundos donde sólo se escuchaban los sonidos ininterrumpidos del televisor.

—Te das cuenta de que esto complica las cosas, ¿no? —soltó.

Asentí, y de inmediato, agregué:

—De todos modos, ¿qué importancia tiene? En un par de meses se vence mi plazo y aún no sé cómo localizarla. Ni siquiera sé su apellido ni dónde vive. —Paseé mis ojos por todo el lugar—: Me parece que estoy condenado a este mundo.

Juan se limitó a llenar nuevamente los vasos. Comprendí que mis palabras habían afectado su sensibilidad. Iba a pedirle disculpas, pero no tuve chance.

—Y si llegaras a dar con ella —inquirió—, ¿qué harías?

Pensé la respuesta mientras llevaba el vaso a mi boca, pero no me atreví a contestar, ni siquiera para mí.

 

Cierta noche, una semana atrás, obtuve los datos que tanto ansiaba y que creía que jamás conseguiría. Desperté con una imagen exacta grabada en mi mente que de inmediato me apresuré a volcar al papel. Escribí tres palabras; una ya lo conocía, “Verónica”, pero las otras no: “Lucía” y “Romano”.

—Verónica Lucía Romano —susurré, mientras analizaba los nombres.

Estaba convencido de que se trataba de tus nombres y apellido. Los había visto trazados en el ángulo inferior derecho de uno de tus cuadros.

—¿Por qué tanto sobresalto, amigo? —escuché.

Era Juan, por supuesto. No lo había visto, se hallaba recostado sobre su cama.

—Tengo su nombre completo, Juan —expliqué, eufórico, y le alcancé el papel —. Mirá.

Lo leyó sin inmutarse, y de inmediato me lo devolvió.

—Es un gran dato, Ignacio, pero ahora nos falta averiguar dónde vive. Sin eso no… ¿Qué te pasa?

Apenas podía prestar atención a lo que mi compañero decía, pues me había quedado anclado a las imágenes que mostraba el televisor. Se veía una playa ancha y un mar azul, luego, en otra toma, un edificio de líneas majestuosas y, finalmente, un par de soberbios lobos marinos de piedra, a los lados de una escalinata que conducía a la arena.

—¡Ese es el lugar! —exclamé, poniéndome de pie en un salto y señalando la pantalla— ¡Ella siempre recorre esas playas!

—¿Estás seguro? —preguntó Juan, mientras abandonaba la cama.

Miré con atención las imágenes y no me quedaron dudas.

—Sí, segurísimo.

Juan se acercó y posó una mano sobre mi hombro.

—Ignacio, no puedo creer la suerte que tenés. Eso es Mar del Plata, está como a quinientos kilómetros de acá.

—¿En serio?

—En serio. —Se quedó pensando algo. Luego dio un par de pasos largos hasta el perchero y descolgó su campera de cuero.— Esperame un segundo, que en seguida vuelvo —dijo, y se encaminó hasta la puerta.

—¿Adónde vas?

—Ya vengo —y se marchó.

Mientras lo esperaba no dejé de caminar por todo el departamento. Me quedaban apenas dos semanas antes de que se cumpliera el plazo, y ahora parecía que la solución estaba cerca, muy cerca. Pero ¿qué haría al enfrentarte , al estar cara a cara? No podía negar el afecto (extraño, difuso) que sentía por vos… ¿Sería tan fácil todo?

Mientras especulaba con estas cosas, Juan regresó. Traía un trozo de papel en la mano. Lo puso sobre la mesa.

—¡Mirá! —dijo, posando el dedo índice sobre la hoja.

Me acerqué y leí en el sitio señalado: “Romano, Verónica Lucía. Jujuy 3470.” Levanté los ojos para clavarlos en Juan, que sonreía característicamente. Yo no podía creerlo.

—Tiene que ser ella, amigo, tiene que ser —sentenció.

No supe qué decir, las ideas bombardearon mi mente en una inagotable profusión de imágenes, palabras y sensaciones. Me limité a tomar asiento. Debía decidir, cuanto antes, y no era tan fácil como en principio había imaginado.

 

Al otro día Juan y yo estábamos aquí, en Mar del Plata. A pesar de que le había explicado que no necesitaba que me acompañara, insistió. Decía conocer la ciudad casi tan bien como la palma de su mano y, además, argumentaba que no podía dejarme solo pues podía caer dormido en cualquier sitio y a cualquier hora. Tenía razón. Lo bueno fue que viajamos de noche y pude permanecer despierto durante el viaje en colectivo; me dormí una hora después de haber llegado al hotel que Juan pagó por dos noches.

La primera jornada en Mar del Plata mi compañero se encargó de vigilar tu casa. Ciertamente no sé como lo hizo, Verónica, pero cuando llegó a eso de la una de la mañana poseía toda la información que necesitábamos. Me dijo que la única persona que había visto entrar y salir habías sido vos, con lo que confirmó lo que yo intuía a partir de los sueños, que vivías sola. También me explicó que sería muy fácil entrar acá sin que nadie, ni vos misma, lo notaras.

—¿Estás seguro, Juan? —pregunté.

—En serio, quedate tranquilo. Tantos años en este mundo de porquería me han servido para aprender cómo sobrevivir en él —dijo, contundente—. Yo te voy a meter y te voy a sacar de esa casa, pero de Verónica tenés que encargarte vos, ella es tu responsabilidad.

Permanecí en silencio, escrutando su mirada. Pensé en lo que tendría que hacer, matarte para conseguir mi libertad… ¿Era justo? ¿Qué culpa tenías vos de mis errores? Pero la sola idea de permanecer en este universo chato me horrorizaba. Respiré profundo y, a pesar de que las piernas me flaqueaban, respondí a Juan, que esperaba que yo dijera algo.

—Ya sé. No te preocupes por eso.

Él asintió y de inmediato se perdió tras la puerta del baño. Yo caminé hasta la ventana, con mi alma hecha un manojo de contradicciones. Observé las luces de la ciudad y, más arriba, el titilar de algunas estrellas visibles. Pensé que, después de todo, este universo tenía cierto encanto. Pensé que no sabía exactamente lo que quería.

 

Hoy, a las dos de la madrugada, dejamos el hotel. Nos tomamos un taxi hasta el cruce de la avenida Independencia y Peña, a dos cuadras de acá. Siendo martes y por esta zona, según Juan, no era extraño que las calles se vieran vacías. Algún que otro vehículo, cada tanto, y nada más.

Me sorprendió la celeridad con la que abrió la puerta, utilizando diversos elementos que extraía de su mochila. Adentro reinaba un silencio absoluto. Ante nosotros se mostraba un living pequeño, acogedor, pulcro; tan distinto al lugar donde viví durante estos largos meses, y bastante parecido a lo que yo recordaba de mis sueños. Entramos con sigilo. Hacia delante había una abertura que adivinamos conducía a la cocina. A la derecha vimos una escalera que me resultó familiar.

—Por ahí se llega a la habitación de Verónica —susurré, y subimos.

Desembocamos en un corredor con tres puertas. Supe que en la primera estaba tu taller, en la de medio el baño, y que vos te encontrabas tras la última. Mis manos sudaban y sentía un enorme vacío en el estómago. No me decidía a avanzar, pero Juan presionó mi espalda con sus dedos. Entonces, me dije que ya había llegado hasta tu casa: no podía dar marcha atrás. Cuando quise caminar, un mareo repentino me embargó y supe lo que pasaría. Mi cuerpo se aflojó completamente, caí, y todo se puso negro.

 

Cuando desperté no recordaba haber soñado nada. Me encontraba en el corredor; seguramente no había transcurrido mucho tiempo desde mi desmayo. Miré en todas direcciones y no vi a Juan por ningún lado. Con esfuerzo me incorporé. La cabeza me dolía mucho, la frente me latía. La toqué y noté una leve hinchazón.

No sé por qué, lo que más me llamó la atención fue la primera puerta, donde sabía que estaba tu taller. Me acerqué hasta ella y la abrí. Con la luz que provenía del pasillo apenas se distinguían las formas. Pronto hallé el interruptor de la luz y un mundo fascinante se descubrió para mí, el mundo de tus cuadros. Con paciencia los fui observando a todos, algunos estaban cubiertos por telas. A la mayoría de ellos no los conocía, pero a algunos pocos sí, o al menos en parte; recordaba momentos, fragmentos dispersos en mi memoria, en que te había visto, sentido, hacerlos. Pero de todos me llamó la atención uno que estaba en el centro y que, a la distancia, se adivinaba aún inconcluso. Me aproximé hasta a él y me asombré al encontrarme con una copia bastante fiel de mi propio rostro; era yo. Es imposible describir con palabras la emoción de la que fui presa en ese instante. Fue para mí una revelación: sabías de mí, tal como yo conocía de vos, algo que nunca había ni siquiera sospechado. ¿Y si sentías por mi persona algo parecido a lo que yo por la tuya? No pude contener las lágrimas que asomaron a mis ojos.

En ese momento escuché un ruido a mi espalda; giré y vi a Juan, que sonreía.

—Acá estás, amigo. —Levantó la mano y me mostró una botella.— Cuando vi que te desmayabas corrí hasta su habitación y ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Menos mal que preví semejante situación y traje cloroformo; con un poco se volvió a dormir. Así que no hay nada de qué preocuparse. Ya podés hacer lo tuyo.

Carraspeé antes de hablar.

—Juan… ¿Qué pasaría si yo decido no matar a Verónica?

Quedó boquiabierto, y creo que se percató de que había estado llorando. Luego frunció el ceño y avanzó unos pasos.

—¿Qué decís?

—Lo que oís. ¿Qué pasaría?

—Eso ya lo sabés, al cumplirse el año quedarías confinado para siempre a este mundo, y vivirías como un simple mortal.

—Pero vos no vivís como un simple mortal, llevás siglos aquí y…

—Nuestras condenas son distintas, Ignacio —me interrumpió—. No puedo creer que quieras quedarte en este universo. Te la pasaste todo el tiempo encerrado en el departamento, leyendo tus libros y mirando televisión… No sabés lo que es este planeta, lo que son los humanos.

Un profundo silencio se interpuso entre nosotros. Juan sacudió la cabeza y, dándome la espalda, dijo:

—Pensá bien lo que vas a hacer. En la mesa de luz del cuarto de Verónica está la jeringa con la droga. Te voy a estar esperando abajo.

Y desapareció de mi vista. Yo me quedé unos minutos más, observando tu cuadro inconcluso, reflexionando.

Finalmente entré aquí, a tu habitación. Vi la jeringa pero decidí ignorarla. Me senté en el borde de la cama y contemplé tu rostro. Sos más hermosa de lo que había imaginado, más hermosa de lo que soñé. Me puse a pensar por qué no me había tocado este vínculo con otra persona, un asesino, un violador, o alguien con quien me hubiera sido imposible hacer empatía. Las palabras de Juan se me hicieron presentes: “Me parece que esa chica te gusta, amigo”. A esta altura no tenía sentido ocultar la verdad.

Tenerte así, tan cerca, Verónica, a pesar de que estés dormida, me hace sentir pleno. Tu vida es hermosa, y no tengo derecho a quitártela, vos no tenés la culpa de los errores que yo pueda haber cometido en una existencia que ni siquiera sos capaz de imaginar. Quien tiene que pagar por esos errores soy yo.

Ahora debo marcharme, Juan me está llamando, siento su voz en mi cabeza. Pero me marcho con una duda enorme: saber qué sentís por mí. Ese cuadro me sugiere muchas cosas, pero no quiero especular en vano. Sin embargo, quiero prometerte algo, aunque también es una promesa a mí mismo: cuando se cumpla el plazo de un año y ya no dependa de vos, voy a venir a buscarte. Voy a golpear a tu puerta y, entonces, no vas a necesitar concluir ese cuadro. Me vas a tener en persona.

No sé qué vas a hacer cuando me reconozcas, pero te juro que vendré.

 

 

Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de “La Feliz”). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. Participa en talleres literarios desde el 2005.

Hemos publicado en Axxón: ESA PROFUNDA SOLEDAD (175), UN BREVE DESCANSO (179), LA DESGRACIA (180), JULIETA (186), SUSTANTIVOS (187)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: VEINTICINCO AÑOS DE CUÁSAR: ENTREVISTA A LUIS PESTARINI (194)

 


Este cuento se vincula temáticamente con LA VIDA ES UN SUEÑO RECURRENTE, de Mario D. Martín, SOÑADORES DEL SUEÑO AMARILLO, de Germán Amatto, AVE, de Ricardo Acevedo Esplugas

 

Axxón 204 – enero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Visitantes ET : Sueños : Argentina : Argentino).


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