¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ESPAÑA

Lidia miró el cielo estrellado y se preguntó si no habría algo o alguien allá arriba que le indicara qué era lo que debía hacer con su vida.

A veces la vida de los antiguos le parecía más fácil, más simplificada. Creían en toda una caterva de divinidades, que su futuro estaba escrito en las estrellas, y que estaban sujetos a los designios de fuerzas que ni siquiera debían intentar comprender. Era un pensamiento cómodo, y lo sabía. Sólo extraía de él lo que más le interesaba, lo que sustentaba su teoría de una vida mejor cimentada en torno a la ignorancia. Pero luego su mente la hacía imaginar la tragedia que podía suponer para aquellas civilizaciones un eclipse, o una lluvia de estrellas, y entonces su opinión de los tiempos pasados no se volvía tan melancólica.

Lidia tenía mucho tiempo para esa clase de pensamientos. No porque gozara de gran cantidad de horas libres —el de editor es un trabajo que te acabas llevando a casa la mayor parte de los días—, sino porque no tenía a nadie más con quien compartir su jornada de descanso que ella misma. No al menos en términos cercanos. Tenía amigos, buenos amigos con los que quedaba a menudo, pero vivía sola, y eso hacía que hubiera muchos momentos para reflexionar, ya fuera mientras preparaba la cena, ya fuera un rato antes de irse a dormir.

Además de amigos, la soledad de Lidia era relativa, puesto que también tenía familia, en concreto un hermano, Arturo. Un hermano mandón y metomentodo, pero un hermano al fin y al cabo. Solía verle muy a menudo, más que a sus amigos, lo que le convertía en la persona con la que más confianza tenía, y eso a pesar de lo mucho que se odiaban de pequeños, lo que no dejaba de resultar irónico. Arturo era mayor que Lidia, bastante mayor de hecho, ya que tenía cuarenta y muchos mientras que Lidia estaba ya cercana a los treinta y pocos. Arturo estaba ya casado y tenía un hijo. Trabajaba de comercial en una empresa de ventas y parecía que su vida estaba enderezada en todos los sentidos, y tal vez por ese motivo, pensaba a menudo Lidia, se estaba dedicando, por mera afición de superación, a intentar encarrilar la vida de Lidia.

—¿Qué tal está Juan? —era una de esas preguntas que solía hacer muy a menudo. Nunca iba a preguntar si tenía novio, o si alguien le gustaba. Arturo gustaba de emplear otra clase de lenguaje, más indirecto, como si con eso lograra engañar a Lidia y hacerla creer que la respuesta era indiferente para él.

—Hace tiempo que no le veo —respondía Lidia cuando la conversación con su hermano entraba por esos derroteros.

Había veces, instantes sueltos en el fluir del día a día, que Lidia se planteaba por qué se veía tanto con su hermano. Al fin y al cabo no tenían mucho en común. No tenían los mismos gustos, ni las mismas aficiones. Arturo nunca había visto con buenos ojos que Lidia se dedicara al oficio de la edición, un trabajo difícil, arriesgado e ingrato. Ni siquiera compartían gustos de pequeños. Si a Arturo le gustaba Mazinger Z, Lidia era más proclive a La casa de la pradera.

Ni qué decir tiene que la mayor afición de Lidia, observar el cielo, no era ni de lejos compartida por Arturo. Era una afición que Lidia había cultivado en los primeros años de universidad, cuando se lió brevemente con un chico de la facultad de Ciencias Físicas. Durante ese periodo el chico la sacaba al campo de vez en cuando, para enseñarla a distinguir las constelaciones —o eso decía él— y de ese modo ella se aficionó a la observación de las estrellas. Al principio se compró un planisferio, uno de esos aparatos que sirven como mapa de la esfera celeste. Aún recordaba el primer día que intentó utilizarlo. Las instrucciones consistían en apenas un cuadradito de papel con cuatro párrafos en los que indicaban cómo localizar la estrella polar —no era la punta de la Osa Mayor, como siempre había pensado, sino de la Menor— y cómo girar el círculo del planisferio para que estuviera en la posición correcta de la época en la que se encontrara cuando quisiera utilizarlo. Sólo dos sencillas instrucciones y ni con esas era capaz de emplearlo, aunque tampoco era algo tan ilógico ni quería decir que ella fuera estúpida. Había partes que la dejaban completamente desconcertada:

Para que en la ventana elíptica aparezca el cielo, situado en el día y hora que se desea, hay que girar el círculo horario —disco superior de plástico en cuyo borde se encuentran las 24 horas del día— hasta hacer coincidir la hora con el día del mes en que se realiza la observación y aparezca, en la ventana elíptica, la situación estelar de este momento.

Hay que contar con que el horario está en tiempo universal, de modo que es necesario hacer la corrección debida en aquellos lugares donde varía la hora oficial.

 

Ya sólo leyendo esto Lidia empezaba a tener montones de dudas. El primer párrafo era engañosamente simple, ya que aunque lo entendía bien, dejaba mil pequeñas cuestiones abiertas de cara a párrafos posteriores. Pero cuando llegaba al siguiente, era cuando descubría que esas cuestiones no eran aclaradas con satisfacción. ¿Qué era el tiempo universal? ¿Y la hora oficial? Sospechaba que no tenía mucho que ver con la hora de los relojes.

Fue por eso que se apuntó a un curso de observación del cielo que hacían en un centro cultural al lado de su casa, y donde aprendió esos términos y muchos más. Entendió lo que era la hora sidérea, el azimut, la ascensión recta y muchos otros conceptos no imprescindibles para observar el cielo pero sí altamente recomendables. De vez en cuando hacían excursiones nocturnas de fin de semana para poner en práctica todo lo que habían aprendido, y se marchaban a los alrededores del planetario de Madrid a observar el cielo estrellado.

Allí aprendió dos cosas. La primera era que aquellas clases estaban sirviendo para algo, ya que era capaz de localizar las Pléyades, Géminis o Andrómeda.

La segunda era que había encontrado su lugar especial donde refugiarse en caso de necesidad.

El parque que lindaba con el planetario, el Enrique Tierno Galván, era uno de los parques más agradables y bonitos que había visto nunca en la ciudad. Era bastante extenso, no tan extenso como el parque del Retiro, pero sin duda merecedor de ser mencionado por su tamaño. Como ventaja tenía que poseía un estilo claramente diferenciado, un toque helénico que hacía que el visitante pudiera retrotraerse a tiempos pasados sin apenas pensarlo. En particular una de las zonas favoritas de Lidia era el recinto de conferencias, un anfiteatro al aire libre que gozaba de alrededor de una veintena de filas, muy separadas entre sí por la hierba, de asientos de piedra. Frente al aforo había una planicie redonda de piedra y sobre ella una escalinata semicircular que llevaba a lo que parecía hacer la función de un escenario y tenía cinco pilares a sus espaldas que terminaban por rematar el estilo griego del conjunto. Tras mucho pensarlo, Lidia concluyó que aquel lugar no bebía del estilo arquitectónico romano. La gente suele confundir las construcciones griegas con las romanas, pensaba, pero aquella no lo evidenciaba. Había algo puro en el lugar, la geometría y la proporción sin apenas más adornos, que evocaba a los griegos de manera indudable. Los romanos, aunque amantes de las proporciones, estaban también obsesionados con su identidad imperial, y por eso no hubieran dejado escapar la ocasión de evocar su grandeza colocando semejante lugar en una zona más reconocible. Y es que hasta en el entorno, oculto entre árboles, escondido de ojos curiosos, había algo indudablemente griego, algo que permitía al visitante imaginar que estaba al pie del mismísimo monte Parnaso.

Desde el anfiteatro el camino al teatro estaba claro, pero eso no lo hacía menos interesante. Sentado en las filas posteriores uno podía vislumbrar la enorme chimenea metálica, que hacía años que no funcionaba pero servía de recordatorio de que toda esa zona fue, no mucho tiempo atrás, un vertedero industrial, acompañada por un monumento de hormigón, y junto a ellos dos, intentando rivalizar en altura de manera más modesta, la torre del observatorio, coronada por el telescopio del planetario, bastante sencillo pero todo un símbolo del lugar. Si uno se fijaba bien también, entre la maraña de árboles, podía distinguirse la cúpula donde se realizaban las proyecciones destinadas al público, muchas de las cuales fue a ver junto con sus compañeros del curso.

Fue de ese modo como Lidia se convirtió en una asidua visitante del planetario, y se interesó cada vez más por la observación del cielo hasta que finalmente se compró un telescopio de aficionado. Era muy simple, pero suficiente para lo que pretendía hacer con él. Se trataba de un SCT de la marca Beyond, una de las más baratas del mercado, pero también de las mejores en relación calidad y precio. Tenía un diámetro de 120 milímetros, más que aceptable teniendo en cuenta que se trataba de un instrumento de aficionado y la sección de su espejo primario tenía, como suele ser usual, forma parabólica. Venía con tres oculares que proporcionaban aumentos de 24X, 144X y 240X, bastante aceptables también, aunque no se trataba tampoco del parámetro más importante del telescopio, pues, al contrario de lo que la mayoría de la gente piensa, la principal función de un telescopio no es hacer las imágenes lo más grandes posible sino captar la mayor cantidad de luz de la que sea capaz. Es por eso que el tercer parámetro importante a la hora de comprar un telescopio es la distancia focal, y en el caso del Beyond que Lidia había comprado, un modelo 2500X, resultaba ser especialmente importante, ya que le proporcionaba una relación de apertura de F/D = 10, haciendo así su telescopio bastante versátil para toda clase de observaciones. Sin embargo, la ventaja de su mayor apertura se veía disminuida por el tipo de montaje interior de espejos del telescopio, de tipo Cassegrain. Este montaje se caracteriza por tener un pequeño orificio en el centro del espejo primario, por el que pasa la luz reflejada desde el secundario, de sección convexa. De ese modo la luz que llega al telescopio se refleja dos veces, una en los laterales del espejo primario y otra en el secundario, que actúa de foco, como una antena parabólica, para la observación. Al tener un espejo en el centro que ciega algunas zonas de la lente primaria, ese tipo de montaje no era muy recomendado para la observación de objetos brillantes, ya que se recoge menos luz, y además, debido a las sucesivas reflexiones —al contrario que en el montaje tipo Newton— la luz se dispersa en el camino.

Por fortuna para Lidia, ese inconveniente tampoco supuso un problema para ella, puesto que su interés principal estaba en la observación de galaxias, los objetos predilectos para esa clase de telescopios debido a su —relativa— debilidad. Pero se trató sólo de una cuestión de suerte que así fuera, puesto que en el momento de comprar el instrumento apenas conocía la mitad de aquellos parámetros, y, de hecho, siempre estuvo segura de que el vendedor de la tienda la aconsejó en algunos momentos a su conveniencia.

El tamaño del telescopio, por tratarse de un SCT, era bastante más pequeño de lo que uno está acostumbrado a ver en películas y documentales, y sus proporciones, alrededor de cuatro veces menos que el que tendría un refractor o un telescopio Newton equivalentes y, sobre todo, su gran ancho, le asemejaban más a un cilindro que a un tubo, cosa que solía sorprender a todo el mundo cuando lo veía por primera vez, y que de hecho sorprendió a los amigos de Lidia y a su propio hermano. Estaba colocado sobre una montura azimutal, la más recomendable para un aficionado gracias a su intuitivo manejo, aunque resultaba muy pesada de manejar ya que debía moverse de manera escalonada para poder seguir a los objetos en el firmamento. En un lado del instrumento Lidia instaló un buscador, un pequeño catalejo bastante común en los telescopios para cazar primero los objetivos a simple vista y luego afinar ya más con todo el grado de precisión del juego de lentes más grande.

El buscador, por supuesto, no venía con el telescopio, y Lidia tuvo que hacerse con uno por su propia cuenta y riesgo.

Las primeras observaciones que Lidia realizó fueron las de objetos que ya había localizado muchas veces antes, como Las Pléyades —sorprendentemente bellas de observar incluso con prismáticos— y los planetas. Nunca se cansaba de ver los anillos de Saturno, incluyendo la división de Cassini. También le gustaba observar los objetos del barrio para ejercitar la visión, como el cartel de anuncios de la carretera, cuyos textos siempre trataba de encontrar con el buscador, con independencia de la posición inicial del telescopio, y por lo que tuvo que comprar un inversor para el mismo, ya que debido a su diseño devolvía todas las imágenes cabeza abajo. Luego trataba de leer esos mismos textos con el ojo desnudo para de ese modo obligarle a enfocar de cerca y de lejos, un ejercicio ocular excelente que prevenía la aparición de problemas de vista y curaba aquellos que fueran más leves, como media dioptría en una mirada joven.

Luego de eso se centró en las observaciones lejanas y cercanas de la bóveda celeste. De las cercanas, sin lugar a dudas lo más interesante era observar la Luna en alguna de las posiciones de cuartos, ya que en ellas el Terminador, la línea que separaba sombra de luz, perfilaba el contorno de los cráteres y los hacía tan tridimensionales que parecía que uno podía estirar la mano para alcanzarlos.

De las lejanas, la que más llamaba su interés era la galaxia NGC 3660.

Lidia había visto ya varias galaxias, como M-31, una de las más sencillas de observar, y después de eso se había dedicado a buscar en los catálogos para intentar encontrar e identificar todos los tipos existentes, ya fueran lenticulares o espirales.

El caso de NGC 3660, sin embargo, fue más peculiar, ya que se limitó a buscar un número al azar del New General Catalogue y a examinar qué clase de galaxia podía encontrarse. Según la descripción de Dreyer era de tipo iR —irregular redonda—, y eso la convertía en una galaxia rara, no tanto como un Seyfert pero sí lo suficiente como para que mereciera la pena su observación. Galaxias irregulares no había muchas pululando por el cielo, apenas un cinco por ciento del total. Además, Lidia tenía ganas de ponerse un reto a sí misma.

Un reto, por otra parte, absurdo. La galaxia tenía un brillo aparente de +13, lo que la hacía extremadamente débil, más o menos como el cuásar más brillante del cielo. Eso convertía la tarea de Lidia en extremadamente complicada en términos físicos, ya que ese brillo se encontraba en el umbral visible con un telescopio de aficionado, pero aun así, la gustaba enfocar el telescopio en dirección a la galaxia —ascensión recta 11:23.6, declinación -8:40— y quedarse mirando, pensando que podía distinguir su contorno inclasificable.

Y ese era el segundo motivo que convertía la tarea de Lidia en un absurdo. ¿Por qué esa galaxia? ¿Por qué precisamente 3660? Una cuestión de azar, en efecto, pero el azar no existe en la mente humana, y Lidia lo sabía, aún recordaba el experimento de la moneda. Cogemos a veinte alumnos, a diez de ellos les ponemos a escribir ceros y unos según lo que dicte una moneda con cara y cruz, a la otra mitad les decimos que escriban ceros y unos al azar. Si mezclamos los resultados y se los damos a alguien que no haya presenciado el proceso, podrá saber sin muchos problemas qué secuencias generó la moneda y qué secuencias generó la mente humana.

De modo que tenía que haber un patrón. Algo que activara en su cabeza esa secuencia. 3660. Pero tampoco es que le importara mucho.

Desde luego, dejó de importarle después del accidente.

Fue un día de agosto, durante su mes de vacaciones. Fue con su hermano a dar una vuelta por el planetario, para charlar y pasar el rato cuando ya estaba anocheciendo, ya que lo contrario hubiera sido un suicidio, teniendo en cuenta el calor que hacía por aquella época. Cuando estaban en la plataforma del primer piso, mirando el horizonte de edificios de las inmediaciones, Lidia se desmayó. Empezó a perder el conocimiento poco a poco, posiblemente a causa del calor.

Para cuando despertó, notó que estaba echada sobre una cama y tenía una venda sobre los ojos. Se la quitó para averiguar donde estaba.

Cuando lo hizo, todo siguió igual de oscuro.

En aquel momento escuchó la voz de su hermano, que había estado a su lado todo ese tiempo. Parecía muy agitado y nervioso. Palabras como ceguera y lesión borboteaban de su boca, y hasta que no vino uno de los médicos del hospital Lidia no pudo enterarse con mayor claridad de qué era lo que había pasado.

Al parecer, al sufrir el desmayo, había tenido tan mala suerte de caer escaleras abajo, sin fuerzas para poder agarrarse al blanquecino pasamanos saliente que se ofrecía como su único asidero. Se golpeó la cabeza con violencia, y su hermano llamó corriendo a Emergencias, que no tardó demasiado en llegar. La trasladaron a Urgencias, donde la trataron lo mejor que pudieron.

Al parecer, no obstante, había habido daños cerebrales. Daños que no podían identificar con propiedad, y que habían provocado aquella ceguera. Una ceguera que ni siquiera sabían si sería temporal o permanente, y por lo que le dieron el alta, no sin antes aconsejarla que se acostumbrara a su nueva situación lo mejor que pudiera.

Resultaba curioso, pero era precisamente aquella esperanza, aquella incertidumbre, la que convirtió en un pequeño infierno los días posteriores de la vida de Lidia a partir de ese momento. Porque si hubiera sido ciega para siempre, y hubiera tenido que asumirlo, podría ya estar empezando a tener que superarlo, a ganar y recuperar el tiempo perdido. Pero el hecho de que no saber si su situación sería o no transitoria la hacía vivir en un torbellino de dudas. No aprendía a desenvolverse sola con interés, no se hacía a la idea de que aquella pudiera ser su vida a partir de entonces.

Empezó a entender a los familiares de desaparecidos que pueden llegar a preferir encontrar a su ser querido muerto antes que pasarse la vida entera sin saber qué ha sido de él.

El trabajo, por ejemplo, fue una de esas situaciones de incertidumbre. La editorial le otorgó una baja temporal de un par de meses, a contar desde su último día de vacaciones, pero esos dos meses podían pasar fácilmente, seguir sin ser capaz de ver nada, y eso no querer decir que era ciega para el resto de su vida. La respuesta del médico había sido la típica de estos casos. Puede curarse en cuestión de días. O tal vez meses. O incluso años.

Lidia siempre se preguntaba por qué demonios los médicos no abreviaban y decían, simplemente, que no tenían ni idea de a qué se estaban enfrentando.

Lo peor, sin duda, fue tener que renunciar al que había sido su hobby predilecto. Y eso era, con diferencia, lo que más echaba de menos en aquel momento. Más que el cine o la lectura, aficiones que, por otro lado, ocupaban una parte notoria de su vida, como suele pasar con la mayoría de las personas que viven solas y sin hijos de los que ocuparse.

Lo más angustioso era, con diferencia, cuando soñaba que era capaz de ver, ya que su imaginación siempre le había jugado malas pasadas, y a la hora de tener un sueño, era incapaz de escapar al influjo del mismo y convencerse a sí misma de que era irreal, sólo material de fantasía reciclado a partir de pensamientos vagos y ocasionales del resto del día.

Aquellos días, además, soñaba siempre con ojos.

Ojos con párpado, emergiendo de la nada, de todos los tipos y colores, como si tuvieran entidad propia, como seres individuales, mirando en todas direcciones, mostrando distintos tipos de expresiones, pero siempre abiertos, abiertos lo máximo posible, igual que si trataran de captar todas las imágenes que les rodeaban. El sueño era uno de esos recurrentes, de los que se solían repetir a menudo y que aparecían ante un mal día, o después de una cena pesada. En el caso de Lidia, cuyo estado de ánimo no estaba en su mejor momento, por mucho que recibiera el apoyo de sus amigos y su hermano, cualquier día podía resultar propicio para su aparición.

En general el sueño apenas poseía variantes, pero un día, sorprendentemente, entre la maraña de globos oculares apareció su telescopio, y, aunque no tenía exactamente la misma forma, sabía que era el suyo. Se comportaba como si fuera uno más de aquellos ojos, mirando hacia un punto concreto.

De repente, aún dentro de su sueño, la imagen giró, como si una cámara inexistente enfocara hacia otro lado. En concreto, parecía intentar mostrar el lugar hacia el cual el telescopio apuntaba.

Cuando estaba a punto de ser mostrado, Lidia despertó.

No necesitaba reloj para saber que era de madrugada, ya que aún refrescaba, afortunadamente teniendo en cuenta que estaban en pleno verano. Se levantó de la cama, buscó a tientas las zapatillas y comenzó a pasear por la casa. Dado que no tuvo necesidad de encender la lámpara, en aquellos momentos parecía un fantasma. Una de las ventajas de ser ciega, pensó con ironía. La factura de la luz va a ser considerablemente más barata a partir de ahora.

Salió a la terraza y se sentó en una de las dos sillas, dejando que la brisa la acariciara. Giró la cabeza hasta estar frente al telescopio y lo miró, no con los ojos sino con la memoria. Sintió la tentación de acercarse a él y colocar el ojo en la abertura inferior, aunque sólo fuera por rememorar los viejos tiempos, volver a experimentar la sensación del cuello inclinado y las manos en el aire, no sosteniendo el aparato, otro error comúnmente extendido entre los que no empleaban un telescopio.

Cuando miró por la abertura, vio que el telescopio estaba en realidad apuntando a la calle, posiblemente porque la última vez que lo usó, no lo recordaba, había estado ejercitando la mirada.

Y entonces se sobresaltó, y un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo.

Porque se dio cuenta de que no lo había percibido, ni lo había imaginado. Lo había visto. Visto con sus propios ojos. Volvió de nuevo al telescopio y, en efecto, podía ver de nuevo la calle, completamente desierta y vacía, e incluso cubierta de una capa de escarcha.

Fue corriendo a por el teléfono, a llamar a su hermano. Desde el accidente se sentía culpable por lo sucedido, y sabía que le alegraría la noticia.

—He logrado ver algo —dijo antes siquiera de que dijeran nada al otro lado, sin pararse a pensar que podía ser su cuñada quien contestara—. He logrado ver.

Al otro lado hubo un silencio de apenas un segundo, pero suficiente para lograr ser perceptible por Lidia.

—Me alegro muchísimo —oyó decir a su hermano—. ¿Qué es lo que has visto?

—He visto la calle. A través del telescopio.

—¿Del telescopio?

—Sí.

—¿Has probado a mirar otra vez?

Lidia dejó el auricular, cargada de emoción, y volvió a mirar por el telescopio. En efecto, aquello no había sido transitorio ni incidental. Podía ver de nuevo la calle, con claridad. Pero al dejar el telescopio, estaba completamente ciega de nuevo.

—Funciona. Cada vez que miro por el telescopio, recupero la vista.

—Qué raro. Puede que estés recuperando la vista por etapas.

—Puede ser. A lo mejor estoy recuperando primero la vista lejana. O cercana, no lo sé identificar bien. Pero el caso es que logré ver. Hasta distinguía con claridad las gotas de agua que estaban empezando a caer.

—¿Gotas de agua? —dijo Arturo, sorprendido.

—Sí, de la tormenta.

—No vivimos a tanta distancia el uno del otro, si hubiera una tormenta la estaría viendo ahora.

Lidia bajó por segunda vez el auricular sin dar más explicaciones, pero ya no por entusiasmo, sino por decepción. Era posible que su vista estuviera dañada, gravemente alterada.

Se acercó de nuevo al telescopio, y miró una vez más. Claramente, el leve chispeo ya se había convertido en un chaparrón, pero a su alrededor no oía el más mínimo indicio de lluvia, ni tampoco notaba la humedad característica de una tormenta de verano.

—¿Sigues ahí? —escuchó al auricular apoyado contra su pecho. Lo levantó poco a poco.

—Tengo que ir mañana al médico cuanto antes —fue lo único que acertó a añadir.

 

Al día siguiente, y tras apenas dormir en toda la noche, Lidia fue a visitar al mismo médico que la atendió y que llevaba su caso, y le expuso lo ocurrido. Él dijo que era una buena señal que pudiera ver imágenes, con independencia de la distorsión que pudiera producirse en ellas. A Lidia le sonó a conformismo, que el médico daba la batalla por ganada si Lidia se limitaba a ver formas extrañas e inconexas. De todos modos, el médico abrió una puerta a la esperanza dando la aparentemente sencilla explicación de que podía tratarse de una readaptación pasajera de la vista, y, al no poder captar todas las imágenes del entorno, el cerebro llenaba los agujeros con material de experiencias anteriores.

Básicamente, lo que Lidia sacó en claro era que su vista no sólo era poco fiable sino que podía hacerla ver alucinaciones.

Cuando llegó a casa lo primero que hizo fue ponerse a mirar de nuevo por el telescopio. Y le seguía pareciendo increíble, pero ahí estaba la prueba. Podía ver. Un poco borroso, sin mucha nitidez, pero podía ver.

¿O se trataba de que parecía como si una niebla lo rodeara todo?

Sea como fuera, cuando Lidia enfocó al paisaje urbano se sintió como si estuviera en invierno, a pesar del calor. Todo parecía estar frío, no sólo el cielo, también los edificios. Muchos daban incluso la sensación de estar abandonados, o esa era la sensación que ella tenía al verlos, ya que parecían desgatados y poco cuidados. Seguía, de hecho, viendo la misma lluvia que había visto por la noche. Era como si estuviera mirando a través de una cámara de video algo que otra persona hubiera grabado en algún momento del pasado.

Lo más peculiar, con todo, era el asunto de las formas.

Todo parecía deformado, de alguna manera que Lidia no entendía bien, como si se hubieran llevado el punto de fuga del horizonte más lejos, y las líneas verticales y paralelas de los edificios ya no desembocaran en un mismo punto sino en toda una colección de infinitos diferentes. Su vista le estaba jugando malas pasadas, aunque también tenía que reconocer que la geometría nueva que estaba descubriendo, que no parecía seguir los cuatro postulados euclídeos fundamentales, la había convertido en el centro de las conversaciones con los amigos, ya que dos de ellos, además, eran dibujantes, y Juan, que trabajaba como arquitecto, sentía una especial fascinación por lo que contaba, tanto que intentaba realizar dibujos en base a sus descripciones, sin que Lidia pudiera apreciar los resultados.

Su médico le dijo, al respecto de ello, que era posible que, como parte del proceso de recuperación de la vista, el ojo tuviera que aprender a procesar de nuevo la información lumínica que recibía, pero no quería mentirle, y la posibilidad de daños en la retina siempre estaba presente, aunque lo consideraba más que improbable dado que el golpe que había recibido fue en la cabeza.

Lidia, mientras tanto, salía cada vez menos de casa, ya que el hecho de poder estar recuperando la vista la hacía sentirse incapacitada si no tenía cerca el telescopio. Lo giró hacia el interior de su vivienda, pero no tardó en darse cuenta de lo inútil de aquella acción, puesto que al ver su casa deformada no encontraba las referencias visuales adecuadas, y a la larga se movía mejor recurriendo simplemente a su memoria. Fue en ese momento, además, cuando se dio cuenta de que era como si la luz que rodeara todo estuviera muerta, apagada, como si una infinita cadena de nubes estuviera ocultándola de la mirada.

Luego de eso, ocurrió el incidente del cartel de anuncios. Y para eso su médico ya no encontró explicación convincente alguna.

Un día, espiando a través del telescopio la calle, lo enfocó en el cartel, no sin cierto esfuerzo ya que al estar tan cerca, no resultaba fácil de encontrar. Parecía estar en blanco, pero no tardó en ver que había algo en él, algo que no parecía un anuncio, sino más bien como si alguien lo hubiera dibujado a mano, lo que no dejaba de resultar extraño, o cuanto menos llamativo.

Había un símbolo que consistía en una especie de elipse con una raya en el medio que no llegaba a tocar los extremos, y cuatro flechas dispuestas en cruz alrededor suyo, giradas en posición diagonal. Debajo había una palabra: Asserlar.

Lo primero que Lidia pensó era que debía tratarse de un graffiti, aunque en tal caso, reconoció, era uno bastante inquietante. Y lo más curioso era que no sabía por qué le resultaba tan extraño, tan perturbador.

De hecho, por algún motivo que no comprendía, cada vez que lo veía recordaba su sueño recurrente.

No tardó en darse cuenta, por conversaciones con amigos y con su hermano, que ese dibujo era también producto de su imaginación, ya que el cartel mostraba el anuncio de un coche desde hacía varios días.

El médico insistió en que todo era una invención de su mente, que la carencia de vista hacía que, en muchos casos, su imaginación se desatara y pareciera que soñaba despierta.

De más está decir que la explicación no dejó satisfecha a Lidia. De hecho, probó a hacer lo que consideró más lógico en ese momento, y era buscar el origen de la palabra que había visto, Asserlar. Ya fuera real o fuera una combinación de letras perpetrada al azar en su cabeza, averiguaría lo que era esa palabra.

Pero recordó el experimento de la moneda. Recordó que el azar no es inherente a los humanos. Y a pesar de ello, no pudo dejar de sorprenderse cuando su hermano llegó para decirle lo que había encontrado en Internet.

Al fin y al cabo, su primera frase fue “no sé de dónde sacaste eso, pero no me gusta lo que he encontrado”, lo que no daba mucho pie a la tranquilidad.

No es que hubiera muchas referencias al nombre, porque eso era lo que era, pero sí unas cuantas. Páginas web de estilo tenebroso, como muchas de las que pululaban por la red. La mayoría hacían referencias a la cultura gótica, de una u otra manera, y aunque estaban muy bien elaboradas, se veía a las claras que no eran más que orquestadas maniobras de diseño para obtener el máximo número de visitantes posible.

Pero muchas de ellas referenciaban a otra página, una página llamada sessenkrad.com. Y aunque Arturo no logró encontrar la página, lo que se mencionaba de ella resultaba bastante inquietante.

No parecía estar completamente claro, pero lo que había logrado deducir de aquellos fragmentos vagos e inconexos era que Asserlar era una especie de entidad. No como un dios, pero sí como algo suprahumano. El Observador, lo llamaban. Tampoco tenía claro en qué sentido era una entidad, ni si era representado como benevolente o malvado. Llegó a pensar que lo que tenía entre manos era una especie de secta, aunque no había encontrado en ningún sitio ningún formulario de inscripción.

Luego le habló a Lidia del templo.

Una imagen oscura, tan ennegrecida que no era capaz de saber si era fotografía o dibujo. Se trataba de una estructura oxidada, situada junto a una colina descendente, que poseía varias plantas, un torreón y varias zonas más de función y forma difíciles de identificar, debido a la escasa nitidez de la imagen. En todo caso, no parecía un lugar físico, ubicado en algún sitio, o al menos esa era la sensación que provocó en Arturo, que por otra parte relató que había tenido sudores fríos al ver la imagen por primera vez.

El caso es que toda aquella información, lejos de aclarar nada, sólo sirvió para llenar más de incertidumbre a Lidia. Porque bien podía ser que aquello no fuera más que una casualidad, al fin y al cabo si uno se inventa una palabra y la pone en Google es probable que acabe encontrando algo, aunque sea las siglas de una empresa que posea los mismos caracteres.

Pero había una perversa coincidencia, y era que su hermano había dicho que a Asserlar lo llamaban el Observador. Aunque bien podía pasar que un día escuchara esa palabra, o la hubiera visto en alguna de esas páginas web que su hermano mencionara, se hubiera quedado retenida en su memoria, y todos los sucesos la hubieran traído de vuelta a la primera fila del subconsciente.

¿Pero qué había del símbolo? ¿Acaso también lo había inventado su mente? ¿Y qué quería decir? ¿Qué era esa elipse con una raya rodeada de flechas? ¿Tenía que querer decir algo, por otro lado? No había mencionado nada del símbolo a Arturo. ¿Lo hubiera encontrado de buscarlo?

De todos modos, lo peor fue que toda esa extraña iconografía se añadió a su sueño recurrente, haciéndolo más perturbador, más impalpable. Un buen día, incluso, llegó a ver el planetario en el mismo, el único elemento que faltaba ya en toda aquella amalgama de símbolos de la visión: ojos, telescopios… era lógico que en algún momento llegara a aparecer.

En todo caso, volver a ver ese lugar, su lugar especial, reavivó en Lidia los deseos de estar allí de nuevo, y llamó a su hermano para pedirle que le acompañara a la calle a dar una vuelta, ya que deseaba salir de casa después de muchos días encerrada.

Mientras Arturo llegaba a su piso, Lidia salió a la terraza. Se acercó al telescopio y palpó el cilindro con ambas manos. No podía sacar esa mole del piso, e incluso aunque pudiera, no sería capaz de montarlo y enfocar con él a ciegas, y su hermano no la ayudaría, y con razón. Mirar por ese trasto le provocaba dolor de cabeza, posiblemente por forzar la vista más de lo necesario.

Pero al palpar el cilindro y encontrar una protuberancia, tuvo una idea. Una idea que la hizo concluir lo estúpida que había sido por no tenerla antes.

Con ayuda de un destornillador, y tras mucho esfuerzo, logró desmontar el buscador. Miró por él y, en efecto, era capaz de ver. Del mismo modo deformado que cuando lo hacía por el telescopio, pero menos era nada.

Poco después, llamaron al timbre. Lidia metió el buscador en el bolso y bajó a la calle, agarrándose con fuerza a la barandilla de las escaleras mientras bajaba.

Nada más llegar a la calle, su hermano se acercó a ella. La guió hasta el coche, que estaba en marcha, esperando —típica actitud de su hermano— y la ayudó a sentarse en el asiento del copiloto.

—Muy bien, ¿dónde te apetece ir?

—Al planetario. Atravesando el parque.

Lidia no pudo verlo, pero sabía que su hermano se había puesto pálido.

—¿Ocurre algo, Arturo?

—Es sólo que se me hace difícil volver allí. Tú sólo recuerdas que te desmayaste, pero yo te vi caer y no me dio tiempo de agarrarte.

—No te preocupes por eso. Me gustaba ir allí contigo, los dos solos. Por eso quiero recuperar esa costumbre.

Pero en el trayecto Arturo estuvo muy callado, y fue cuando Lidia comprendió que el accidente le había traumatizado más de lo que había imaginado. Nunca había hablado de ello, y puede que no lo hiciera nunca. Pero no sería porque ella no estuviera dispuesta a escucharle.

Cuando llegaron, aparcaron el coche en la parte trasera del recinto, cerca del túnel. Bajaron y se dirigieron hacia el puente para acceder al parque. La zona estaba bastante mal indicada si es que uno iba por primera vez, pero en el caso de ellos dos no había ningún problema al respecto.

Durante el camino charlaron de temas intrascendentes, los mismos que podrían haber charlado antes del accidente. Por un momento Arturo llegó a sentir que nada había cambiado, salvo el hecho de llevar a su hermana cogida del brazo.

Para Lidia, sin embargo, todo era distinto en un sentido positivo. Estaba empezando a apreciar la belleza del que siempre había sido su lugar de descanso empleando sentidos a los que no había hecho caso antes. Notó el silencio que les rodeaba, y el tacto de la hierba haciéndole cosquillas en los pies. También sintió el olor seco del verano, mezclado de vez en cuando con el de las coníferas y arizónicas, y el gusto del aire fresco del atardecer cuando resbalaba por la comisura de sus labios. Por un momento la situación fue perfecta, y así estuvieron paseando hasta que llegaron al anfiteatro, donde había pasado tantos momentos de paz y tranquilidad tumbada sobre los asientos de las últimas filas, resguardada a la sombra.

Se sentaron por la zona del medio, desde donde podía verse, a la derecha, la cúpula del cine Imax. Frente a ellos estaba el escenario desierto, lleno de pintadas a los lados pero con un indiscutible toque de frescura que ninguna pandilla podría perturbar.

—¿Se ve la chimenea a lo lejos? —preguntó Lidia.

—Siempre se ha visto.

—Vamos hacia allí.

—¿Estás segura?

—Siempre lo he estado.

Se levantaron y caminaron con calma, en línea recta, como si lo hicieran para un séquito deseoso de verles en persona. Bajaron los largos escalones, tanto que parecían descansillos, llegaron al borde del escenario, subieron por la escalinata central, el lugar reservado para las personas importantes, y atravesaron las columnas, primero Arturo, después Lidia, ayudada por él para salvar un desnivel que la llegaba a la rodilla.

El camino que se mostraba ante ellos era recto, de tres filas de baldosas, rodeado de árboles y de sombras agujereadas, sin apenas edificios que perturbaran la sensación de lugar alejado y apartado del incesante ruido urbano. La chimenea coronaba el final del camino, entremezclada con la estructura de hormigón, lisa y roma desde aquella perspectiva, como si fuera una puerta de entrada hacia algún otro lugar y no simplemente una escultura al aire libre, la barrera entre arquitectura y monumento.

Prosiguieron el avance hasta que a la derecha se toparon con la zona inferior del planetario, escondida entre árboles y levantada del suelo por unos largos y delgados pilares. Varios coches estaban aparcados en los vanos que se formaban por debajo de la primera planta, y se podían apreciar las paredes de paneles horizontales alternadas con las cristaleras de exposición, a medias metal y vidrio.

—¿Estamos ya junto a la chimenea? —preguntó Lidia.

—Aún no hemos llegado.

La impaciencia de Lidia extrañaba a Arturo. Aquel era su lugar favorito, desde el que miraba el planetario en todo su esplendor, pero no entendía a qué podía deberse tanto interés en llegar allí. De todos modos faltaban sólo unos metros, por lo que no tardaría en averiguarlo.

Lidia supo a su vez que ya quedaba poco cuando comenzaron el ascenso de la cuesta. Supo que, aunque no pudiera verlo, la puerta estrellada estaba ya cercana a ellos, y desde ahí podía verse con claridad el agujero redondo que tenía a un lado de la misma.

Finalmente llegaron a lo alto del mirador, avanzaron unos pocos metros y Lidia se detuvo. Calculaba que estaba justo encima del enorme mosaico que simulaba un tablero de ajedrez. Arturo se detuvo junto a ella, sin decir nada, sólo dejándola tiempo para que estuviera a su aire. Sin embargo, no pudo resistir hacer un comentario cuando vio el objeto que Lidia sacó del bolso, parecido a un pequeño catalejo.

—¿Qué es eso? —preguntó preocupado, nervioso como el mismo día del accidente, cuando le escuchó al pie de su cama en el hospital.

—Es para ver mejor —se limitó a decir en un intento por hacer un chiste.

Pero cuando miró a través del buscador, Lidia no sintió ninguna gana de reírse.

Era de noche. Al menos, a través de aquel aparato, ya que ellos habían llegado a la hora del atardecer. Todo lo que la rodeaba estaba mucho más oxidado y degradado que como lo recordaba, y a su izquierda, junto a los viejos raíles, completamente dilatados y desencajados de su sitio, fluía un estrecho río de aguas sucias por donde Lidia juraría que sólo había una sucesión de pequeños estanques. La imagen seguía estando borrosa, y la lluvia seguía presente.

De repente Lidia se quedó quieta. Muy quieta. Y sintió una sensación de pánico y de anormalidad como no había sentido ni siquiera en su sueño recurrente.

Porque no sólo estaba viendo la lluvia a través del minúsculo agujero del buscador. Estaba sintiendo cómo calaba sus hombros y mojaba su pelo.

Bajó corriendo el buscador y de repente se vio a sí misma dentro del mismo paisaje que había estado espiando. Todo a su alrededor estaba sucio, viejo, demacrado. La luz tenía esa cualidad muerta que tanto la llamaba la atención. Podía, además, ver a la perfección. Había recuperado la vista, o al menos una sucesión de imágenes, real o irreal, estaba llegando sin interferencias a su cabeza.

A su lado, sin embargo, no había nadie. Estaba sola.

Cuando giró la cabeza, pudo ver el planetario.

El edificio no sólo se había transformado, fruto de aquella cortina de podredumbre y degradación que parecía cubrirlo todo, sino que aquella extraña cualidad de la geometría que Lidia había observado antes desde su telescopio se manifestaba de manera muy acusada en sus distintas secciones, retorcidas hasta parecer el producto de un cuadro de M. C. Escher. La oscuridad era, a su vez, tan acusada que no lograba ver con claridad todas las partes de las que estaba compuesto, a pesar de conocer hasta el último rincón de ese lugar.

Lidia no tuvo la más mínima duda de que aquel lugar era el que salía en la imagen que había provocado tanta inquietud a su hermano. Y del mismo modo, a pesar de la ausencia de luz, de la herrumbre, de la sensación desconocida, sabía que tenía que adentrarse en él. Hasta el mismo corazón de sus tinieblas.

Comenzó a caminar con calma, tambaleándose, intentando recuperar la sensación de poder caminar de nuevo por su propio pie, con la vista recuperada. Pero cada cierto tiempo tenía que detenerse, mareada, pues la cabeza le daba vueltas, y no lograba encontrar un punto de vista fiable en el caos proyectivo que se desplazaba a su alrededor. Además de lo meramente visual, los demás sentidos eran de repente partícipes de aquel inexplicable cambio de entorno. El sonido ambiente era agudo, chirriante, parecido al provocado por una radio estropeada. Un olor dulzón impregnaba toda la zona, un aroma tóxico que se mezclaba con el hedor de la lluvia granulada, como si fuera porquería solidificada que caía del cielo, a pesar de no haber ninguna nube en el mismo.

Se acercó a lo que ella también consideraba un templo, pues esa era la sensación que le provocaba, y se quedó quieta frente a las escaleras, temerosa de entrar en contacto con aquella superficie revenida, como si nadie la hubiera pisado en siglos. El hueco bajo los escalones estaba al descubierto, y de él salían multitud de bichos parecidos a ciempieses y arañas, aparte de otras criaturas para las que no encontró insecto análogo conocido. Puso el pie sobre el primer escalón y efectuó el ascenso. En cuanto estuvo de cuerpo entero sobre las escaleras notó cómo la oscuridad se volvía más densa a su alrededor y le impedía mirar el lugar desde el que había llegado hasta allí, no dejándole más opción que seguir subiendo.

Las escaleras tenían cuatro tramos con diez escalones cada uno. Cada vez que Lidia subía uno de esos tramos tenía que detenerse a descansar, extenuada, como si hubiera avanzado kilómetros en vez de metros. Desde los descansillos podía ver el techo del descansillo siguiente, lleno de grietas hasta tal punto que parecía que iba a romperse de un momento a otro. Pensó que fue en uno de esos descansillos —nunca quiso saber cuál— donde su caída se detuvo y se golpeó la cabeza. Sin embargo, al mirar a su alrededor, al ennegrecido y tenebroso paisaje borroso que la rodeaba, concluyó que ese era el menor de sus problemas y siguió el corto pero esforzado camino.

Cuando llegó al piso siguiente se sintió muy cansada, como si ya pudiera permitirse el lujo de detenerse, pero sabía que aún debía subir una planta más hasta llegar a la principal. Se encontró a sí misma en un entramado de pasillos de baldosas negras y quebradas, formando enlosetados de formas que la lógica le decía a Lidia que no podían encajar entre sí. Ya no lograba ver el suelo donde desembocaban los pilares, sólo cómo se perdían en la negrura, como si estuviera en el puerto de un mar de penumbra. Todo a su alrededor le parecía un laberinto, y aunque trataba de hacer memoria sobre qué pasillo debía tomar para seguir subiendo, el miedo paralizaba sus decisiones y la hacía dudar de sus actos. Finalmente torció hacia la derecha, avanzó recto por un pasillo oblicuo y encontró un nuevo hueco de escaleras. Si hubiera querido podría haber mirado hacia el frente, para ver el paisaje que se destacaba junto a la fachada del edificio, pero prefirió no hacerlo por temor a lo que pudiera encontrar.

Mientras subía las nuevas y definitivas escaleras, las que la llevarían a la entrada del templo que ella recordaba como un simple planetario, sintió cómo con cada escalón que pisaba y cedía aplastaba alguno de los bichos que vivían debajo de él, que chillaban con un grito desagradable y correteaban a los lados a buscar protección en los escalones inferiores. Cuando llegó a la planta superior, completamente cansada y exhausta, fue cuando sintió más miedo. Porque ya apenas había más que ligeras pasarelas sobre su cabeza, y eso quería decir que estaba expuesta al aire libre, a merced de lo que pudiera vivir allí.

Miró a su derecha, a lo que ella conocía como la sala de exposiciones. La puerta estaba cerrada con múltiples cadenas, y varios alambres rodeaban todo el lugar.

Miró a la izquierda, al edificio central, que daba acceso a la cúpula del planetario. Carecía de puertas, y una oscuridad densa emergía de su interior, además de un silencio de muerte.

Pero Lidia sabía que no quería ir a ninguno de esos lugares. Ninguno de ellos la estaba llamando. El lugar que lo hacía estaba frente a ella, a unos pocos metros, reflejando su semblante asustado.

La torre del observatorio.

Mucho más alta de lo que la recordaba, o tal vez podía deberse a la manera en que la perspectiva se deformaba en aquel lugar. Estaba frente a ella, con las puertas tal y como las recordaba, sus vidrios quizá un poco más sucios, pero esencialmente tal y como solían ser. Un lugar al que nunca había accedido, y que siempre había deseado conocer.

Lidia fue consciente de que estaba siendo atraída hacia allí, pero no pudo evitar dejarse llevar por el momento y, tras caminar unos pocos pasos, abrir las puertas sin ningún esfuerzo.

Nada más entrar, las puertas se cerraron tras de sí con un chirrido y volvió a estar ciega de nuevo, debido a la ausencia de luz. Escuchaba toda clase de chirridos y sonidos artropoides tanto del suelo como de las paredes, pero aun así caminó tratando de ignorarlo hasta que topó con unas nuevas escaleras, más pequeñas que las anteriores. Al pisar el primero de sus escalones notó que subirlas no suponía un esfuerzo tan grande como había supuesto con las anteriores, de modo que a paso decidido, deseando dejar atrás el entorno que la rodeaba en ese momento, subió hasta estar frente a la puerta que daba acceso al tejado de la torre.

Tomó aliento, buscó a tientas el picaporte, apartando los bichos con golpes de la mano, y abrió.

Nada más llegar arriba notó que todo estaba mucho más nuevo que lo que había dejado atrás, además de diáfano y vacío. El telescopio de la torre no estaba, o por lo menos no en aquel momento.

Cuando se giró, vio ante sí una extraña criatura que hizo que se cayera de espaldas del susto.

Tenía más o menos su estatura, pero su cuerpo estaba corrompido. Lidia no tenía claro qué era ropa y qué era carne, pero todo formaba una amalgama que le otorgaba una presencia única. Tenía cuatro brazos, todos ellos naciendo de los hombros, y sus manos estaban deformadas, siendo muy estrechas en el centro y puntiagudas a los lados. Los cuatro brazos estaban en posición perpendicular, y señalaban a distintos puntos del horizonte, puntos que Lidia no tardó en identificar con los cuatro puntos cardinales, al comprobar que uno de los brazos apuntaba en la dirección exacta de la estrella polar. Su rostro estaba lleno de pequeños cortes, docenas de ellos, distribuidos por todas partes del mismo, rodeando su cabeza sin pelo, sin que supiera qué era cara y qué era nuca.

Cuando se levantó, los cortes se abrieron, y Lidia comprobó que eran párpados. Al instante docenas de ojos la miraron, pero la criatura no movió ni un músculo. Estuvieron así durante lo que pareció una eternidad, hasta que muy lentamente, uno de los brazos de la criatura varió su posición y señaló al cielo.

Lidia tardó un poco en identificar el lugar que señalaba, pero finalmente, como en un puzzle perverso, logró averiguarlo.


Ilustración: SBA

Ascensión recta 11:23.6, declinación -8:40. NGC 3660.

Miró en la dirección que el brazo señalaba, y pudo ver más allá de lo que la vista le permitía, como si ella misma fuera un telescopio. Apreció los estrechos brazos de la galaxia —cinco llegó a contar—, su centro aplanado y el halo mortecino de estrellas que lo rodeaba, y vio por fin cumplido su deseo de vislumbrarla. Pero al mismo tiempo, visiones se colaban en su mente, no imágenes, ni emociones, algo distinto, algo que entraba en la misma raíz de su pensamiento.

Lo primero que vio fue sangre. Un orificio de carne, y una masa orgánica saliendo del mismo, mientras unas manos se movían a su alrededor. Escuchó gritos, y luego sollozos, y poco después vio una criatura manchada en sangre, completamente embadurnada, que lloraba como saludo de bienvenida al nuevo mundo que le acogía.

Lidia comprendió que estaba viendo el nacimiento de su hermano. No estaba allí para verlo, pero lo supo. No tardó mucho en ver el rostro agotado de su madre para comprobarlo. ¿Pero por qué estaba viendo eso? ¿Por qué en aquel momento, al ver aquella galaxia?

Entonces algo, una intuición que nunca debió haber llegado, iluminó por completo las dudas de Lidia. Su hermano nació el tres de junio de 1960. Miró a la galaxia de nuevo, con signos de evidente angustia. Azar. Las cosas nunca pasan por azar. Siempre hay un motivo, una razón. Aunque no sepamos encontrarla.

El brazo cambió de dirección, pero siguió sin regresar a su posición original. Sin embargo, Lidia sabía hacia dónde se dirigía, porque en el fondo ella misma se lo estaba pidiendo. Sabía hacia qué galaxia apuntaría.

NGC 5808.

Cinco de agosto del año 2008. Otro día, difícil de olvidar, en el que ella también había estado en el planetario.

Lo primero que Lidia vio fue la forma también irregular de la galaxia —quizás sólo las irregulares transmiten mensajes, pensó—, pero no había nada agradable ni sosegante en ello, de hecho sólo era el preludio a la angustia, a un momento de su vida que no recordaba y que estaba empezando a sentir con miedo.

Luego, por fin, regresaron los recuerdos.

Momentos que recordaba, de ella paseando con su hermano, junto a las escaleras. Momentos que aún estaban en su mente pero ya con menos nitidez, como ella desvaneciéndose por culpa del calor.

En la siguiente imagen, su hermano la agarraba antes de que cayera al suelo, y ella estaba despierta, mirándole. Él también la miraba, pero había algo en su mirada que no le agradó.

Lidia tuvo que llevarse la mano al rostro a partir de ese momento. Porque ya no necesitaba que le mostraran nada, pues el delicado tejido de su cerebro se había derrumbado, y la había hecho recordar lo que ni siquiera pensaba que había sucedido. El forcejeo, el intento de su hermano de forzarla, su resistencia. Cómo, en la lucha subsiguiente, ella cayó escaleras abajo, y su hermano fue tras ella. En el hospital le creyeron en cuanto dijo que se cayó y no pudo agarrarla. Era su hermano, ¿cómo iban a sospechar otra cosa?

Lidia gritó, y gritó, y gritó. Gritó de odio y rabia y de repente la oscuridad que se generó en el interior de su alma eclipsó a aquella que la rodeaba. Y cayó al suelo, y todo empezó a dar vueltas, mientras notaba cómo aquella criatura bajaba los brazos y muy lentamente, poco a poco, se acercaba hacia ella…

Cuando despertó estaba al pie de la torre del observatorio, pero era de día, aunque el sol estaba ya a punto de ponerse. No había nadie a su alrededor, cosa tampoco extraña teniendo en cuenta que estaban en pleno verano. Podía ver a la perfección, pero se sentía extremadamente mareada, como si hubiera subido a una montaña rusa con los ojos cerrados. Estaba seca, pero por dentro aún se sentía húmeda y pegajosa. Tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar.

Oyó ruido de pasos subiendo los escalones, pero no se movió. Imaginaba a quién podían pertenecer. Y en aquel momento, le daban más miedo que todo lo que había visto y vivido.

Arturo llegó hasta donde ella estaba y se quedó pálido. Ella fingió que no era capaz de ver su expresión.

—¡Estás aquí! De repente desapareciste y no lograba verte.

Hizo ademán de ayudarla a levantarse, pero ella hizo un gesto con la mano en cuanto notó que la tocaba. Si lo hubiera hecho antes, él hubiera notado que había recuperado la vista.

Se levantó y miró en el bolso si aún tenía el buscador. Parecía que lo había perdido, pero en su lugar había otra cosa.

Un puñal.

Un puñal con el símbolo de un ojo tallado en la empuñadura. Un objeto que hizo que temblara con su mero contacto. Sin embargo, una parte de ella misma estaba deseando agarrarlo con todas sus fuerzas y darle el fin para el que había sido diseñado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Arturo, preocupado. Pero Lidia no se encontraba bien, en absoluto. Un fuego recorría su interior, ardía en sus entrañas y la suplicaba venganza, ojo por ojo, el castigo que merecía su hermano como el monstruo que había demostrado ser, tal vez no físicamente, pero sí podrido y corrupto por dentro, emponzoñado como el aire que no hacía mucho había tenido que respirar.

Pero Lidia se contuvo y, en vez de eso, se limitó a sacar el puñal, con mucha calma, sin ademán violento alguno.

Para que la mente de su hermano elaborara una historia distinta.

—Dios mío, pensabas suicidarte… —dijo lentamente. Lidia asintió, y fingió estar a punto de echarse a llorar.

Se disculpó, se abrazó a su hermano —lo que más le costó hacer en ese momento— y su hermano la llevó a casa. Él la obligó a llamar a Juan y, una vez hubo llegado, se marchó a casa, a ver a su mujer y su hijo.

En cuanto Lidia estuvo a solas con Juan, le contó lo sucedido y llamaron a la policía.

 

Recientemente había entrado en vigor una ley que garantizaba juicios rápidos en situaciones de abuso sexual, pero en el caso de Lidia, debido a la extrema repugnancia del crimen cometido por su hermano, el juicio fue aún más rápido de lo normal. Lidia ni siquiera tuvo que asistir al mismo —ya había visto lo suficiente a su hermano—, pero un buen día, meses después, con la vista ya completamente recuperada y su vida de nuevo encauzada, fue a la cárcel a visitarle. Llevaron a ambos a una de esas salas para conversaciones entre presos y visitantes y una vez allí Lidia estuvo sin decir nada durante al menos treinta segundos.

—Estoy acostumbrado a los silencios —dijo su hermano al fin—. No me faltan en mi celda.

—¿Por qué lo hiciste?

—Siempre lo supe —se limitó a decir.

—¿Saber qué?

—Lo que sentía por ti. Te vi nacer, ¿sabes? ¿Sabes lo que es eso?

—Yo también te vi nacer, Arturo. Lo vi al mismo tiempo que otras cosas horribles. Lo que no sabía en aquel momento era que estaba viendo nacer a un monstruo.

Arturo no dijo nada, como si no supiera qué decir ante esas palabras. Pero finalmente fue él quien hizo una nueva pregunta.

—¿Cuándo te enteraste?

—¿Acaso no es evidente? Cuando fuimos al planetario.

—No digo eso. ¿Cuándo dejaste de ser ciega?

Lidia se levantó dispuesta a marchaste.

—He sido ciega toda mi vida. Sólo cuando perdí la vista es cuando pude ver la realidad.

Se marchó de la sala, dejando a su hermano reflexionar en soledad.

 

 

Magnus Dagon es un seudónimo de Miguel Ángel López Muñoz. Nacido en Madrid en 1981. En el año 2006 ganó el Premio UPC de novela corta, publicada después bajo el sello de Ediciones B. Ese año fue finalista también del Premio Andrómeda, al año siguiente del Premio Pablo Rido y en el 2009 ganador del IX Certamen de Narrativa Corta Villa de Torrecampo. Ha publicado relatos en numerosas publicaciones digitales y de papel. Es miembro de la asociación Nocte de escritores de terror. En abril de 2010 salió a la venta su primer libro, “Los Siete Secretos del Mundo Olvidado”, con la editorial Grupo Ajec. Es cantante y letrista del grupo musical Balamb Garden, que se puede escuchar Aquí.

Hemos publicado en Axxón: EL LÁNTURA (167), EL BRILLO DEL MAL (168), EL IMPERIO CAOS (173), NUEVO COMIENZO (174), COCHES AZULES, LOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS PERDIDOS: LOS HOLOGRAMAS, EL JUGADOR (207)

 


Este cuento se vincula temáticamente con DESCONEXIÓN, de Ángel Villán, SIEMPRE ESTARÉ PARA TI, de Marina de Anda, EL CAOS REPTANTE, de H.P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley

 

Axxón 209 – julio de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Terror : Ser fantástico : España : Español).

 

 


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