¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 ARGENTINA

Dedicado, con respeto y cariño, a Fredric Brown.

—A ver, empiece a hablar.

El tipo tenía los pelos largos y desordenados encima de toda la cara. Lo único que se le podía ver eran las manos, esposadas a la mesa de interrogación. El acero de las esposas contrastaba terriblemente contra las muñecas huesudas del pobre diablo. Feinz le había dicho a Molle que no le tuviera piedad, y no era costumbre tenerla con asesinos seriales como éste tipo.

—Mire amigo, podemos hacerlo simple o complicado, depende de usted. Si yo fuera usted, lo haría simple. Por mi propio bien, ¿Vio?

Por la estatura que tenía estando sentado, estaba casi seguro que era un tipo grandote: espalda angulosa, cabeza alta. Larguirucho, digamos.

—Bueno, vamos a empezar por su nombre. Mi compañero me dice que no tiene documentos con usted. ¿Quiere decirnos su nombre?

Se sacudió la cabeza para atrás, quizás para que el flequillo no le jodiera tanto la vista. Tenía unas ojeras profundas y la mirada cansadísima.

—Me… me llamo Nilo. Nilo Comodore.

—¿Es italiano?

—No, Argentino.

—¿Es hijo de italianos?

—No, mis padres eran…

—Porque su nombre suena tano. Pero bueno, “Nilo”, digame qué hacía en esa habitación de hotel rodeado de tanta gente despedazada, si me hace el favor.

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Ilustración: Pedro Bel

El tipo estaba claramente incómodo, pero no era eso lo que me molestaba particularmente. Estaba vestido con un traje ajado, de esos que usan los muertos de hambre que hacen changas en la nueve de julio o los oficinistas en las casas de préstamos. No daba indicaciones de ser el tipo de persona capaz de descuartizar a tres más en una habitación simple de hotel, sin que nadie escuchara ni un solo sonido, pero ninguno de los enfermos capaces de hacer algo así lo parecían.

—No… no es fácil de explicar.

—Puede empezar por el principio, Nilo. Todo se puede explicar. Vamos a algo bien básico, ¿Cómo llegó a ese hotel?

Los dedos estaban pálidos y amarillentos, como si fuese un fumador compulsivo.

—No lo recuerdo exactamente.

—Bien…— Molle sacó un cigarrillo del atado y le ofreció el paquete con un gesto. El acusado quitó uno con dedos temblorosos y lo guardó en la palma de la mano —Vamos a otra cosa, entonces. ¿Conocía a las víctimas?

El encendedor del policía sobresaltó al acusado, que observó con ojos pequeños y brillantes como bolitas de vidrio la brevedad de la llama mientras encendía el cigarrillo. Se colocó el suyo en los labios y, con un gesto, pidió fuego. Volvió a saltar en su lugar de nuevo, aunque esta vez no hubo tanta sorpresa como la primera vez. Aspiró con fuerza mientras el tabaco se encendía en brasa, admirando el fuego en la llama.

—No.

Molle era policía de la vieja escuela. No tenía apuro y mucho menos se desesperaba ante psicópatas como éste tipo. Había visto mucho en su oficio, desde que comenzara como cadete hacía unos cuantos años atrás, y si algo había aprendido era a tomarse las cosas con calma. Era la única forma de poder tragarse todas esas situaciones cruentas y despiadadas a las que se veía expuesto día a día. Como éste tipo, sin registro ni señas particulares que coincidiera con los criterios de búsqueda.

—Bien, vamos llegando a algo. ¿Qué es lo que los llevó a matarlos?

El tipo exhaló una nube de humo gris a través del flequillo desprolijo y largo. Molle no pudo evitar notar los nudillos quemados y cicatrizados por el frío, las mejillas de carácter crispado, los labios ajados de tanto pasparse.

—Si le dijera, oficial, no me lo creería.— contestó. Sin sobrar, sin orgullo falso. Con un cansancio bastante grande y abultado.

—Pruébeme.

Molle recordaba el día en que su padre tuvo que decirle que su madre estaba enferma de leucemia. El hospital donde la vieja estaba internada era horrible como todos los sanatorios, con ese olor a desinfectante que se impregna a todo y la pulcritud de las enfermeras mezclada con la necesidad de pelarse los nudillos contra la pared. Recordaba ese día porque él era pequeño y la mirada que le estuvo echando su padre durante medio día era esa misma que tenía ahora el flaco delante de él: lo estaba midiendo. No sabía si podía manejar la información que quería decirle.

—No, olvídelo.— dijo el tipo, echando ceniza en el cenicero de metal y sacudiendo un poco el flequillo de la frente. —No voy a decirle nada.

El policía levantó una ceja. Carraspeó antes de hablar.

—Le conviene colaborar. Sabe eso, ¿Verdad?

Nilo asintió lentamente.

—Las condiciones en las que lo encontraron lo incriminan directamente, señor Comodore. Le recomiendo que nos facilite el trabajo a nosotros y al fiscal para no demorarnos mucho tiempo más.

—No tengo nada que declarar. Simple como eso.

Molle buscó entrar en su campo de visión.

—Usted sabe que no puede escapar una condena en las condiciones en las que está. Podría pedir un abogado… —Molle inclinó levemente la cabeza hacia un lado, a la vez que fruncía el ceño. —¿Qué se trae entre manos?

El acusado sonrió con cansancio. Parecía que hubiera boxeado contra King Kong.

—No me traigo nada entre manos, oficial. Dispongan de mí como mejor les parezca.

Molle se alejó para verlo en silencio. El humo de la colilla se desprendía en un hilo finísimo que subía hasta arremolinarse en una nube azulenca de tabaco. La luz cruel de la lámpara sobre la mesa de interrogación, el traje ajado y maltrecho del acusado, la palidez de los dedos manchados de nicotina. Había algo extraño, muy extraño. Molle, como todo investigador viejo, le prestaba mucha atención a los instintos, y ahora los suyos le decían que ese tipo que estaba jugando a hacerse el muerto no tenía nada que ver con los muertos con los que lo habían encontrado. Los muertos eran decoración. Había algo más de fondo. Algo grande.

—Llévenlo a la celda. Veremos qué arrojan los peritos cuando vengan los resultados de la habitación donde lo hallaron, Comodore.

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Ilustración: Pedro Bel

—De acuerdo.

Sorbió audiblemente por la nariz y, por un momento, a Molle le pareció ver una expresión de pánico en su rostro. Pero fue solamente un momento para reasumir su posición de cansancio y languidez.

—Oficial, ¿Podría pedirle un antihistamínico? O algo para la congestión. No quisiera resfriarme.— repuso con tranquilidad y educación.

—Veremos qué puede hacer el médico de la prisión, Comodore. Va a pasar un largo rato acá, quédese tranquilo.


La prisión en la que dormía Comodore era una simple y maltrecha, de pocas celdas y de paso transitorio para convictos que esperan la condena o el juicio. No era un penal ni una penitenciaría, donde los reclusos se cuentan por centenares y tanto las autoridades como los presos se esfuerzan por hacer cumplir todos los clichés que existen acerca de las prisiones. Aquí, en cambio, el tipo era el único encerrado en una docena de celdas que acumulaban polvo y silencio.

Cuando la puerta que el guarda custodiaba comenzó a abrir los cerrojos con un rechinar de llaves, Nilo sabía que venían por él. Pero más aún, sabía quién venía. No era la primera vez que se encontraba con alguien como aquel policía, y sabía que no cejaría hasta poder sacar algo en claro de todo ese asunto.

Se sentó lentamente en la litera, mientras Molle esperaba, del otro lado de la reja, que el centinela terminara de abrirle la puerta de la celda.

—¿Quiere que me quede aquí, señor? No parece peligroso, pero sigue siendo un homicida.

—No se preocupe— dijo Molle —Lo llamo si lo necesito, ¿Sí?

El guarda asintió, cerró la puerta de la celda tras él y se fue a la caseta de control con su compañero.

—Sabía que volvería, oficial.

Molle suspiró de cansancio. Sentía que había caído en un jueguito perverso de un homicida serial. Por un momento, pensó que estaba jugando, bailando al compás de lo que este tipo quería, y eso hizo que se sublevara con gran enojo: ¿Quién mierda se pensaba que era para manipularlo así?

—¿Por qué lo sabía, Comodore?

—Porque usted es inteligente — dijo Nilo, sorbiendo moco por la nariz aguileña —Llegó a esa posición dentro del cuerpo de policía por eso mismo: es astuto, y ve cosas donde el resto no las ve.

Molle se acercó el único banquito que había en la celda y se sentó. Sacó un cigarrillo del paquete, sin ofrecerle otro a Comodore esta vez, y dejó que la pausa que hacía se asentara antes de volver a hablar.

—Empecemos de vuelta, ¿Quiere? — repuso on el ceño fruncido —Mi nombre es Guillermo Molle. Soy el investigador a cargo de su caso.

—Mucho gusto, Guillermo. — dijo Comodore con la voz tomada.

—Mi trabajo es buscar la causa de esas tres personas muertas en la habitación del hotel. Comencemos por los detalles, ¿Quiere?

Molle sacó una carpeta con varias hojas mecanografiadas. Abrió y empezó a leer en la macilenta luz de la celda.

—Norma Miere, viuda de Olsmann. Se hospeda en la habitación de al lado en la que los encontraron, es decir, la 205. Causa de muerte probable: desangramiento por decapitación. También se le removió el antebrazo y un tobillo.

Molle hizo una pausa para mirar a Comodore. A través del humo nebuloso que bajaba en la celda se lo veía sereno.

—Ernesto Menéndez. Obrajero. Se encontraba trabajando en la reparación de las cañerías del edificio. Esa semana, había comenzado a trabajar en el segundo piso, donde está la 204, la habitación donde lo encontramos. Causa de muerte probable: asfixia. La tráquea estaba aplastada. Se le removieron, post-mortem, cuatro metros de intestino, el bazo y un pulmón.

Volvió a hacer una pausa, pero Comodore le sostenía la mirada mientras él leía sin un ápice de emoción.

—Adela Damiani, prostituta. Solía usar ese hotel para trabajar con sus clientes eventuales. Causa de muerte probable: trauma contundente a la cabeza. Pudimos identificarla por las huellas, pero de la señorita Damiani no quedaba ni un pedazo de hueso entero de la cabeza. Era casi como si le hubiesen reventado el cráneo con una maza.

Comodore simplemente pidió:

—¿Me daría un cigarrillo?

—No, no le voy a dar un carajo — Molle dejó el informe de lado —Se da cuenta de lo que hizo, ¿Verdad, Comodore? No hay forma de que salga de ésto.

El recluso levantó las cejas en gesto de decepción.

—Oficial, usted no tiene que recurrir a estas frases hechas para amedrentarme, porque además de cansinas no sirven para nada.

—¡Se va a pudrir en la cárcel, Comodore! — Molle exclamó, iracundo —No sé qué piensa que es la cárcel, no se si cree que puede escapar de esto o si simplemente no le importa, pero no va a salir en su puta vida de la cárcel. Por este tipo de crimen lo van a mandar a Usuhaia, con los subversivos y los locos peligrosos. ¿Quiere terminar su vida cagándose de frío allá?

Nilo se pasó las manos por la cabeza,tirándose el flequillo para atrás.

—Mire Guillermo, usted no está enojado por el crimen. Usted está molesto porque no puede explicarlo. Conozco a los investigadores como usted.

El policía volvió a sentarse, molesto.

—Hagamos un trato, si adivino unas cuantas cosas que tiene en ese informe y que todavía no me dijo, me da un cigarrillo. Si usted adivina algo de mí, voy a ir contestándole preguntas.¿Quiere?

Guillermo le lanzó una mirada de odio.

—Esto no es un juego, Comodore.

—A ver, empecemos: no encuentran registro de mis huellas o mis dientes en ningún lado. Soy un don nadie. No existo. Buscaron hasta en el registro de inmigrantes para ver si había pasado por el puerto, pero no. No aparezco en ningún lado.

—Eso no tiene nada de extraordinario. Hay muchos inmigrantes ilegales que se suman todos los días y personas que viajan de acá para allá. Por el acento, ni siquiera puedo ubicarlo de dónde es.

Comodore se rió levemente.

—Bueno, vamos con otra: no saben cómo hice lo que creen que hice. Esas tres pobres personas no tienen una sola huella dactilas mía en todo el cuerpo, además de que no encontraron ningún objeto u arma en la habitación o sus alrededores que pudieran haber sido usados como herramientas para el crimen. ¿Estoy en lo correcto?

Molle seguía mirándolo enojado, pero sacó el paquete de cigarrillos y le ofreció uno. No pensaba desperdiciar la oportunidad que le estaba brindando este hombre que, de repente, se había puesto a hablar.

—Podés seguir.

—Pero además se preguntan cómo fue que hice todo lo que supuestamente hice sin emitir un sólo sonido. Seguramente, muchos de ustedes culparán a las paredes gruesas del hotel, que ya estaba un poco viejo, para ser francos. Pero también piensan que soy un sádico y me tomé mi tiempo para con cada víctima.

—Ahí te equivocás un poco.— señaló Molle —Lo que sabemos por los testimonios de los otros inquilinos del hotel es que Menéndez contrataba los servicios de Damiani siempre que cobraba la quincena, y según el dueño le había pagado ayer. Entonces, Menéndez y Damiani están en la habitación haciendo lo suyo y Miere, que es una vieja quejosa y siempre le chilló al dueño del hotel por el ruido que metía el albañil cuando se revolcaba con prostitutas, va a quejarse directamente a la habitación.

Nilo asintió, mientras inhalaba una larga pitada.

—Llega hasta la puerta y golpea. — dijo Comodore, como recordando —Golpea mucho, porque está enojada y harta de escucharlos coger. Es tan, pero tan insistente, que Ernesto tiene que levantarse a ver qué pasa. La atiende semidesnudo y empiezan a putearse en la entrada de la habitación: la vieja en voz baja porque tampoco quiere llamar la atención de alguien más, pero Ernesto está harto y grita un poco…

Molle escuchaba atentamente lo que creía que era un recuerdo.

—¿Entonces entró de un empellón en la habitación? ¿Los empujó?

Nilo exhaló un poco de humo.

—No, yo desperté en esa habitación rodeado de tres muertos. Sólo estaba imaginándome la escena.

Molle lanzó la carpeta hasta el piso, enojado.

—Es exasperante, Comodore. Lo sabe, ¿Verdad?

El preso se sonrió.

—Mire, usted me cae bien, Molle. Sólo está tratando de hacer su trabajo lo mejor que puede, y lo comprendo. Pero no hay necesidad de todo esto, porque yo no maté a sus muertos ni hay forma de demostrarlo, por más obvio que parezca.

—Estaba en la habitación rodeado de los muertos. No hay que ser muy suspicaz para sumar dos mas dos…

—…Y que le de cinco — completó Comodore —Guillermo, hay un problema muy básico con su razonamiento. Usted no está considerando lo extraordinario.

—¿Qué?

—Ya sabe, lo inesperado, lo que no sucede, lo que se sale de la norma. Lo extraordinario. Si las soluciones que usted busca no están dentro de los campos de la lógica y la deducción, ¿No cree que sería prudente pensar en alternativas increíbles?

Esta vez fue Molle quien se rió con sorna, mientras levantaba la carpeta del informe del suelo y comenzaba a incorporarse para irse.

—Ahora me está tomando el pelo. Es un enfermo, ¿Lo sabe?

—No tiene que amenazarme, Molle, no le estoy diciendo más que alternativas a su razonamiento.

—No, me está queriendo pasear con su discursito. ¿Qué me va a decir? ¿Que apareció de la nada en esa habitación? ¿Que no es culpable de nada de lo que sucedió a su alrededor?

—Exactamente, Molle.

El policía golpeó la reja, recostado contra el hierro de la entrada, para que el guarda fuera a abrirle la celda. Miró hacia el preso con ojos inquisidores.

—Volveré.— lanzó, mientras el guarda le abría la puerta y lo dejaba del lado de los libres.

—Oh, estoy seguro que sí. Una cabeza como la suya no puede descansar en un mundo sin respuestas.

—No piense que me conoce, Comodore. Usted es un pobre loco que delira. Cuando los médicos nos hayan dado su calificación psiquiátrica y lleguen los resultados de los peritajes, va a caer por el propio peso de sus actos.

Nilo apagó la colilla del cigarrillo en el piso de la celda.

—Estaré esperándolo, Molle, no se preocupe.

***

Molle llegó a su casa, besó a su esposa y a sus hijos, volvió la mirada hacia la radio que contaba los resultados de los partidos que no podía ver ni escuchar. La cabeza la quedaba lejos y la mirada, en el cenicero. Comió en piloto automático y se paró frente a la ventana, a fumar un poco la digestión.

—¿Te pasa algo? — le preguntó su esposa mientras lavaba los platos.

—No, nada. Tengo que salir nomás.

—Día largo en el trabajo, ¿No?

Molle no contestó. Sabía perfectamente que Nelda era mucho más inteligente que él y que, seguramente, si le presentaba el caso como él creía que iba, ella encontraría la solución a ese problema. Pero el orgullo le impedía abrir la boca, no porque ella fuera su esposa o siquiera porque fuera mujer (no creía en ese tipo de prejuicios pelotudos de disminuír al otro con cosas que nada tienen que ver con la sesera). No, no era eso: era que él tenía que ser quien desanudara el quilombo.

Se dio vuelta para ver que ella terminaba de secar el último plato en silencio, con una sonrisa de preocupación en los labios y el brillo remanido del cansancio en los ojos. Dos chicos no eran poca cosa para una madre que pasaba casi todo el día sola.

—Es sólo este caso — dijo, bajando un poco la guardia —Siento que este tipo no me está mintiendo, pero me está escondiendo algo. Algo muy grande.

Nelda también conocía a su esposo y sabía que él quería terminar el caso sólo, sin ayuda de nadie. Acomodó un poco la camisa y le acarició los hombros.

—Seguramente vas a encontrar lo que te está pasando desapercibido. Sos capaz de hacerlo, estoy segura— dijo, y le dió un beso rápido antes de irse a tender la ropa en el balcón —Si pasás por lo del tano de la esquina y está abierto, traeme un poco de chocolate, si ya cobraste. ¿Dale?

Molle asintió con la cabeza y se puso el saco y el sombrero. Estaba realmente molesto y cansado por el caso, pero Nelda era tan amorosa que no podía más que ablandarlo un poco. La rodeó con un abrazo desde atrás, aspiró el perfume de su pelo y le dio un beso en la mejilla.

—No voy a demorarme mucho.

—Cuidate ahí afuera.

El edificio donde vivía era uno de esos nuevos armatostes rectangulares de seis pisos, con un ascensor en el medio de las escaleras que avanzaba lentamente cuando los viejos lo tomaban. Subía tan lento que nadie que pudiera subir un par de pisos con sus propias piernas lo tomaba. Ese departamento relativamente nuevo estaba destinado a viejos pensionados y trabajadores solteros: pocas habitaciones hacían que una familia como la de él tuviera que apretarse para vivir sin toserse en la nuca del prójimo. Sin embargo, era una decisión en firme: el breve alquiler del lugar le permitía seguir manteniendo gustos y pagarle la escuela a los chicos. El mate, el café, los cigarrillos. Una salida al cine cada tanto. Una fija en los caballos cuando tenía tiempo. Todos vicios son control que, en una casa, eran inviables.

Las calles que rodeaban al edificio eran calles de barrio tranquilo, donde el alumbrado público todavía era en su mayoría de faroles achacosos y linternas quemadas que retrucaban la luz con espejos. Los almacenes de ramos generales estaban siempre abiertos hasta tarde, porque los laburantes de turno noche o los que llegaban del obraje a esa hora podían sumarse a tomar un vinito con el almacenero y hablar al pedo, capaz timbear un poco. A Molle la caminata siempre le servía y esa noche, sobre todo, pisar los adoquines y las veredas meadas por los borrachos tempranos le calmaban el dolor de cabeza más rápido que cualquier remedio casero.

Se puso un cigarrillo en la comisura de los labios y lo encendió con bronca. ¿Quién mierda se pensaba que era ese tipo? Era un pobre gil que había tratado de matar a tres personas y lo habían agarrado. Era un estúpido, un roto de mierda que se burlaba de él porque la burla era todo lo que le quedaba. Pero no, desde el fondo de la cabeza salía el pero no, no puede ser. Porque si fuera realmente el asesino de estos pobres diablos había varios detalles que no concordaban, como que el tipo no tuviera una sola huella en toda la habitación y que no hubieran encontrado ni una sola herramienta de las que usó para matar a sus víctimas. Pero ¿Quién dijo que lo había hecho?

—No hay otra puta forma, me cago en Dios.— se contestó a si mismo en
la vereda, arrancando una nubecilla de humo de tabaco. La garganta le ardió un poco por hablar desde el humo, pero no le importó. El tipo había salido de la nada, del propio aire. No había otra forma. No encontraba cómo hacer encajar todo eso.

A ver, pensemos bien la hipótesis más probable. La puta tenía un novio o varios novios, los novios de las putas siempre son celosos porque los celos muerden con más fuerza a los que se hacen los liberales. Especialmente a los novios de las putas, que se piensan que tienen todo resuelto pero lo único que tienen hecho percha son los nudillos de tanto golpear la pared cada vez que un cliente pasa al cuarto con su piba. Bueno, el Don Nadie este es el novio de la puta. Se cansó de que la mina hiciera todo eso y fue a matarle el cliente, un pobre pichi que solamente quería ponerla e irse a dormir. Capaz tomarse una cervecita y nada más. Y en el medio del maneje llega la vieja hinchabolas de al lado a quejarse, eso, llega a quejarse, la puerta quedó abierta porque el tipo entró enojado, y lo ve todo la vieja. Pero como es una vieja hinchabolas que lo único jodido que vio en su vida es un inodoro tapado, se queda helada. El tipo seguro ni la nota, pasa el tiempo y la vieja no se mueve por miedo o por asco o andá a saber qué siente la vieja. El tipo ve la vieja y se mueve rápido, rapidísimo, la despacha enseguida y tiene que entrarla al cuarto para que nadie lo vea.

Todo perfecto, piensa Molle. Tenemos un móvil, tenemos una causa probable, tenemos un medio. Lo que no tenemos es un porqué. Los peritos dijeron que para decapitar a la vieja así hubiese necesitado una guillotina, poque el corte es bien limpio. También, que la piba parecía cagada a trompadas con una maza de las que usan para levantar veredas…

Molle se recuesta abajo del farol. Del almacén del tano sale un chamamé. Al tano le gusta el chamamé y tomarse un Ginebra Llave con los pocos amigos que sigue teniendo. No tiene sentido, le dice su propia cabeza a Molle. ¿Por qué alguien cambiaría de arma para matar a dos personas? ¿Cómo puede ser que un tipo larguirucho y flacuchento como ése redujera a un albañil, a una vieja y a una prostituta él sólo? No tiene sentido. Nadie cambia de arma para matar a tres personas diferentes que tiene que reducir sólo. La única razón por la que podés reducir a esta gente y cambiar de arma es si el arma que tenés no sirve, y tenés que improvisar con lo que tenés a mano. No tiene sentido le vuelve a decir la cabeza a Molle, y tira la colilla a la calle con molestia.

Empieza a trotar hacia el almacén para no demorarse. Piensa en que ya llegará el momento en que podrá resolver este caso, que ahora lo que realmente no tiene sentido es amargarse por un enigma que, claramente, no está preparado para resolver. Está muy quemado, muy cansado, y necesita acostarse a dormir y una buena ducha.

El almacén es un lugar simple y típico: grandes tarros de cristal donde se apila lo que el tano vende suelto, estanterías llenas de botellas de colores para los borrachines de que bebían alegremente, el mostrador de madera gastadísima, la balanza y la fiambrera colgando del techo. Un sólo foquito arroja la luz amarillenta sobre todos y aparecen, como de la nada, las heladeras de madera que rechinan como muelas gigantes con bruxismo y las paredes, de ese verde brócoli tan feo. Cuando Molle entró, el tano se estaba riendo de un chiste, vaya a saber de cuál.

Tres parroquianos lo acompañan y se ríen con él: cuando Molle entra, se enderezan y se ponen tiesos. Saben que es policía y eso los pone incómodos porque, por más que no estés haciendo nada malo, es sabido, la policía te puede llevar por cualquier cosa. Y aunque emborracharse no es ilegal, las cosas que uno hace borracho pueden irse hacia lo ilegal muy rápidamente. El tano, en cambio, lo conoce perfectamente, y esa noche como todas las noches que lo ve lo saluda como lo que realmente es: un padre de dos y marido de una que salió a comprar chocolate y a tratar de encontrarle solución a algo. El tano lo conoce y sabe que si lo ve, es porque está tratando de resolver algo del trabajo.

—¿Todo bien, Gugliermo?— dijo el tano, mientras le acercaba un vaso con un fondito de Ginebra.

—Si, todo bien. ¿Te quedó chocolate del que lleva la patrona?

—Si, siempre.— dijo el Tano, mientras sacaba de abajo del mostrador unas cuantas barras. —¿Qué pasó, jefe? Tiene cara de preocupado.

—Nada, cosas del trabajo — dice Molle y saca la billetera —¿Cuánto es?

—Nada, nada. Llevalo, después me lo pagás. — dice el Tano, y enseguida apura. —Es más: si resolvés ese caso, te lo dejo gratis.

Molle se quedó helado al escuchar eso, principalmente porque ni el Tano ni ninguno de sus parroquianos sabe qué es lo que hace él en la policía. Es más, el Tano varias veces jodió con que cuidaba autos o perseguía ladrones por la calle.

—¿Quién te dijo eso?

—Pero Gugliermo, no te tenés que preocupar. Llevate el chocolate. Sos un tipo inteligente, lo vas a resolver.

—Tano— dijo Molle, acercándose y enmarcando las cejas —Necesito que me digas ya mismo quién te contó esto. Nadie sabe qué es lo que hago en mi trabajo.

—Ah, pero nosotros sí lo sabemos, Gugliermo— dice uno de los parroquianos a sus espaldas.

Molle se da vuelta y lo ve.

Sentado, entre los parroquianos de siempre, como si siempre hubiese estado ahí, está Nilo Comodore. Bebiéndose una ginebra con los otros muchachos. Flaco, demacrado y macilento como la llama de una vela cara.

—Habrá que empezar a considerar alternativas increíbles, ¿No cree?

Molle da un paso hacia él cuando se despierta en su cama, de repente.


La luz de la celda vacila un poco y el prisionero se siente solo, aunque bien acompañado. No es la primera vez que está en esta situación y, probablemente, tampoco sea la última. Sabe que la espera es el único momento de tranquilidad que va a tener entre tanto trajín de idas y vueltas. Moquea levemente por la nariz: la flema líquida se escurre en gotas muy, pero muy leves, creando una burbuja salada en la punta de la nariz.

Está cansado, eso es evidente. Ha comido con un hambre atroz las pocas raciones que le han alcanzado mientras los poderes pertinentes deciden qué hacer con él. El médico de la prisión le ha dejado la caja de Decidex sobre el catre para controlar un poco esa alergia galopante que parece irritarle todas las mucosas, y también asentó en su informe que el recluso debería ser examinado completamente en caso de que su condena incluyera prisión por un período más prolongado de tiempo. Es que parece que algo se lo está comiendo vivo, dicen los guardias mientras le sacan la yerba al mate. Tiene un aire a muerte alrededor que es horrible, y la alergia, la gripe, el resfrío por el que sienten que sorbe moco cada dos por tres es apenas la punta de un iceberg horrendo.

Nilo espera. Sabe que el dolor de cabeza va a pasar, y sabe que el investigador va a ir a buscarlo. Tiene que hacerlo. Siempre se la juega de esa forma, en las madrugadas de luna redonda como un desagüe nuevo que se traga el cielo nocturno con voracidad. La noche hace a los hombres más sugestionables. Pucha, la idea de la enfermedad le había venido precisamente en una noche como esa, ¿No?

Se recuesta en el catre y contiene un estornudo. Cierra brevemente los ojos y se mira la mano raquítica que tiembla levemente. Los mocos tejen la telaraña en la palma, pero no pasa nada más. Si los guardas pudieran verlo ahora y no estuvieran durmiendo el turno en los silloncitos de madera lo verían aterrado y sonriente, como un pendejo o un croto.


Molle llega con facturas y lo hace tarde. No quiere que el hijo de puta piense que se apuró o que está inquieto por él. La actitud que mostró el otro día lo molestó sobremanera, dandole a entender que el muy hijo de puta tenía control sobre sus reacciones y lo leía como a un libro. Como si lo conociera de siempre. Como si no pudiera esconder nada de él. Saludó a los policías de la comisaría por los nombres y los apellidos, dejó la bolsa de facturas en el mostrador y todos se acercaron de a poco. Le convidaron un mate y preguntó por el enfermo de la celda del fondo, si había pedido algo en todo el día, si quería que le llevaran a su abogado o algún otro procedimiento de rutina. Le dijeron que no, que había estado callado todo el día y sin hablar con nada ni nadie. Que comía con mucha hambre. Ese tipo se está muriendo, dijo la Norma, una de las pocas policías mujeres en esa comisaría, la encargada de mantener todo bien mecanografiado. ¿Por qué decís eso, Norma? Preguntó el Pepe mientras se rascaba el bigote.

Porque no piensa en nada, respondió la Norma. Está resignado. Sabe que se va a morir, es más, debe saber hasta cómo se va a morir. Mi hermana es monja y trabaja en el pabellón de enfermos de tuberculosis allá por el campito de Santo Domingo. Cuando ya están en las últimas, los terminales tienen la misma cara que tu tipo, Molle. Cara de muerte, cara de que ya no vale la pena luchar por nada más, ¿Viste? Como tratar de levantar una pared que se te viene cayendo encima. Cuando se te cae demasiadas veces ni te esforzás por volver a levantarla.

Molle se calla y se sonríe mientras los muchachos le dicen que la Norma vino charleta y que el tipo no está muriéndose, que en realidad está así porque mató a tres personas y es demasiado bueno como para que Molle pueda probarlo. Un poco no dice nada porque cree que Norma algo de razón tiene, y otro poco porque el sueño de anoche fue muy lúcido, muy real.

Demasiado real, diría, si le salieran las palabras. Casi que pudo pensar que este tipo estaba en lo del Tano. Y casi que lo pudo ver. No recordaba cómo había llegado a su casa, pero evidentemente había salido y vuelto porque su esposa le agradeció el chocolate ese día a la mañana, durante el desayuno. Él no chupaba ni se encontraba tan cansado como para no acordarse de una ida hasta lo del Tano. ¿Le estaba empezando a pasar factura el trabajo de mierda que tenía?

Agilicemos el trámite, le dijo al guarda, y le señaló con un además de la cabeza que le abra la puerta de la celda. Abajo del brazo tenía la carpeta con los resultados que faltaban de los peritos. Eso también le molestaba bastante: no había forma de incriminarlo. No tenían sus huellas en ningún lado y no había nada con qué hubiese matado a esa gente, ni tampoco nada que lo vinculara con las víctimas. Había pasado buena parte de la mañana hablando con familiares, amigos y compañeros de trabajo de las tres víctimas: nadie conocía a Nilo Comodore, ni tenía registro de alguien con sus señas que se acercara a ellos, ni ninguna víctima tenía enemigos o gente que les deseara el mal en cualquiera de sus formas. Limpio, por donde puta se viera, limpio.

Guillermo avanzó por el breve pasillo pensando en las alternativas que tenía por delante: o levantaba cargos en contra del pobre diablo que tenía con él y empezaba todo el trajín legal penal (que probablemente decantara en absolverlo por falta de evidencia en su contra, más que su presencia en el lugar equivocado a la hora equivocada) o lo dejaba ir, con la cagada a pedos por parte de su jefe correspondiente a un triple homicidio sin resolver. Vio la figura de Nilo recortarse en la luz mortecina de la celda y entró, mientras el guarda cerraba todo detrás de él. La cabeza del flaco se levantó apenas: tosía profusamente con una tos cargada de mocos.

—¿Está bien?— preguntó Molle. Le salió de adentro, porque el otro no sonaba muy sano.

—Si, si— contestó el otro, con la voz evidentemente tomada —Es sólo esta maldita alergia. Si paso más de un día sin tratarme, me ataca como la peste que es. Y la celda no colabora mucho, que digamos.

—No se preocupe, Comodore, no va a pasar mucho más tiempo aquí dentro— admitió en tono de derrota —Traigo la carpeta y la noticia de que no hay cargos en su contra. Falta que se complete el papeleo que corresponde pero tiene que estar saliendo de acá esta misma noche, capaz que mañana a la mañana si no hay gente para terminarlo hoy.

—Ah, comprendo— Nilo se sonrió apenas —Gracias por venir a darme la noticia personalemente, oficial. Claro que no hacía falta que viniera, pero bueno, agradezco el gesto dadas las condiciones.

Nilo tosió profusamente. Se podía escuchar claramente la flema moviéndose en su pecho como una bola de pelo podrido tapando una manguera.

—¿Qué condiciones?

—Bueno, me trató como su fuese un asesino desde el momento cero porque todo dictaba que así sería, pero luego de que examinó todas las pruebas quedó convencido de que yo no hice nada para dejar sin vida a estas tres personas en esa habitación del hotel. Entonces, su conciencia profesional le dijo que era necesario que viniera a darme la noticia usted mismo para excusarse por haber sido tan rudo y violento conmigo desde el principio. ¿Me equivoco?

Guillermo quedó un poco embotado por lo que escuchaba, aunque apretó instintivamente sus puños. Otra vez esa sensación de estar escuchando una conversación vieja. Una cagada a pedos de un superior. De estar dos o tres casillas atrás de este tipo. ¿Quién mierda era este tipo?

—Tiene razón en parte. Pero puede decir también que vine por neta curiosidad.— dijo Molle mientras se sentaba, carpeta sobre el regazo, en el banquillo que estaba frente al catre sobre el que descansaba Nilo. —No lo entiendo, Nilo. ¿Puedo decirle Nilo?

—Claro. ¿Qué es lo que no entiende?

—¿Usted simplemente fue a recostarse en el medio de los restos de tres personas muertas en una habitación de un hotel al azar de los que hay en el puerto? ¿No tenía nada mejor que hacer y fue a pasar el rato en la escena de un crimen?

Nilo sonrió desde su lugar, conteniendo la tos.

—¿Recuerda cuando le dije que las explicaciones extraordinarias caben donde las explicaciones ordinarias no son suficientes?

—Claro— sostuvo Molle —¿Por?

—Déjeme retrucarle algo: ¿Cómo explica que haya estado en ese almacén ayer a la noche cuando me encontraba aquí, encerrado?

Molle abrió los ojos enormes y tensó toda la cara. Debió ser muy evidente porque Nilo, en respuesta, suavizó la sonrisa socarrona a una más comprensiva.

—Agrego, ¿Cómo llegaste vos, Guillermo, a tu cama de un momento a otro, sin tener ningún recuerdo de esto?

—¿Cómo mierda podés saber todo eso? — dijo Molle, levantándose de golpe, tirando la carpeta al carajo de zopetón. Tenía la sensación horrible de ser observado, de que este tipo que tenía delante era muchísimo más de lo que revelaban los ojos y que había algo muy, pero muy mal con él y con todo lo que lo rodeaba. Volvía a creer que era el autor material de esos crímenes, volvía a creer que era un monstruo sádico.

Comodore se levantó rápidamente y tomó una de las manos de Molle.

—Hay una forma de demostrárselo — dijo —Pero no le va a gustar mucho.

Y estornudó, rápido y levemente.


Lo primero que notó fue que no había suelo debajo de sus pies. A la sensación de vértigo le siguió el tirón del brazo y el sonido de cloqueo del hombro, que se salía de lugar. Al estímulo de despatarreo natural que espasmeaba su cuerpo, intentando encontrar alguna forma de darle sentido a la gravedad sin tierra bajo los zapatos, se encontró chocando contra una pared de ladrillos. Cerró los ojos por instinto y lanzó el otro brazo a la mano huesuda que se apretaba fuertemente en su antebrazo.

No se atrevió a mirar para abajo. Era media tarde y caía un sol de bronce como el que había dejado afuera al entrar a buscar a Nilo en la prisión. Estaba colgando de la cornisa de lo que parecía un edificio, con el hombro sacado de lugar por el cimbronazo de tener que soportar todo su peso de repente. Sosteniéndose con una carcajada contenida, haciendo fuerza para no caer al vacío, Nilo Comodore estaba agarrándolo del brazo para no dejarlo caer.

—¿Te através a mirar para abajo ahora, Guillermo?—le gritó, conteniendo la respiración. Los mocos le colgaban visiblemente por las fosas nasales y necesitaba respirar a boca abierta por el esfuerzo.

No atinó a responder. Estaba sobrepasado por todos los pensamientos corriendo al mismo tiempo a su cabeza. Sólo atinó a preguntar, con incipiente pánico en la voz:

—¿Dónde mierda estamos?

Nilo se carcajeó con una risa honesta, sincera, sin maldad. Estaba riéndose sin proteger ningún secreto desde que Molle lo viera por primera vez. Después de calmarse un poco, ahogando la risa entre estertor y estertor, volvió a mirarlo a los ojos y le dijo.

—A donde quieras que estemos, Guille.

Y después empezó a balancearse como si fuese a lanzarse al vacío. Molle interpretó este gesto enseguida y el pánico sorbió su sudor prácticamente al instante.

—¡No!

El grito fue ahogado por la imagen de Nilo lanzándose y el súbito, precipitado bajón-subidón de adrenalina. El vértigo terminó por borronear un estornudo especialmente sonoro de Nilo, que lo empapó parcialmente en moco.


Se sorprendió cuando chocó de costado contra el piso arenoso del lugar. Hubiese jurado que estaba mucho más alto que eso, en la cima de uno de los edificios más altos de la ciudad, pero no era así. Soltó la mano que lo sostenía y se palpó entero para ver que no estuviera herido de ninguna forma. Se quedó pasmado al comprobar que, efectivamente, no le había pasado nada, excepto que se estaba llenando de arena y que tenía el antebrazo derecho y gran parte del pecho lleno del moco transparente de la alergia de Comodore. La risa flemática y amortiguada del otro le llegó muy cerca.

Estaba en un lugar lleno de arena. Tardó en asimilar el concepto, y se quedó sentado, mirando a su alrededor. No había más que arena y arena en una extensión increíblemente gigantesca. Y el sol estaba en una posición extraña, además.

—Estamos muy lejos de casa, si eso es lo que se está preguntando.— dijo Nilo, mientras se sentaba y se secaba los mocos con la manga del traje gastado.

—¿Qué…? —empezó a decir, pero quedó completamente quieto al oir el ruido del viento. Estaba en un desierto inconmensurable hasta donde abarcara la vista, con dunas de arena finísima y de color amarillento que se desplazaban apenas con el rugir de la brisa.

—Estamos en el desierto Mongol, a miles de kilómetros de la ciudad. Lo traje aquí porque es una forma simple de poder explicarle un par de cosas, Guillermo. Perdone…

Estornudó sonoramente y un latigazo de moco pintó un arco en el aire. Pero, a la vez que estornudaba, Nilo se movió lejos, de una forma imposible de describir. “Se movió” era el modo en que podría contárselo a alguien. En realidad, entre el estornudo y el pestañeo de sus ojos Nilo se había alejado tanto que ahora tenía el tamaño de un termo en el horizonte.

Guillermo escuchó otro estornudo sonoro y Nilo se acercó muchísimo, de repente, sin previo aviso. Apareció a pocos centímetros de él, sentado, de la misma forma, y sosteniéndose la nariz colorada e irritada. Lloraba por los ojos y los surcos de las lágrimas labraban pequeños senderos en la cara llena de harina y tierra.

—Quizás no fue el mejor lugar para traerte, pero creo que a estas cosas es mejor mostrarlas que explicarlas.

Molle se quedó mirándolo, asimilando lo que acababa de pasar. No tenía seguridad de si estaba soñando o si terminaba de pensar en que, realmente, estaba en un desierto con el hombro sacado al lado del asesino de tres personas.

—Te explico lo que sé — dijo Nilo —Y capaz que pueda servirte. Hace muchos, muchos años atrás, yo fui un ingeniero egresado de la universidad nacional. Como muchos otros compañeros, empecé a trabajar en diferentes dependencias públicas y privadas para ganarme la vida. En esos viajes conocí a Baigorrí que, entre otras personas que fueron sumándose luego, inventaban las herramientas que necesitaban para los trabajos que les demandaban.

Guillermo lo miraba sin escucharlo. La voz llena de moco y resfrío cubría todo de un velo alérgico que hacía el relato poco creíble.

—Yo me preocupé por encontrar una herramienta definitiva. Estaba cansado de tener que adaptarlas dependiendo de las necesidades de cada caso. ¿Acaso no era más práctico tener algo que pudiera cumplir la función de muchas a la vez?

—¿De qué mierda me está hablando? — dijo en voz alta Molle —¿Dónde mierda estamos? ¿Cómo mierda es posible que estemos acá?

—Cálmese— dijo el otro, acercando una mano que el otro rechazó instintivamente —Es la forma en la que tiene que ser. De a poco va a empezar a entender. Déjeme contar lo que necesita saber o, de otra forma, no sobrevivirá al desierto.

El pánico a lo desconocido de Molle terminó por ordenar las prioridades: sobrevivir se convirtió en una de ellas, la primera. Prefería correr el riesgo de comportarse como un imbécil en un sueño o de poder contar esa historia en el mundo real.

—Como le decía, quería encontrar la herramienta final. Y no la encontré, pero encontré algo parecido. — dijo, sonándose los mocos sonoramente en la otra manga —Verá, ya otros habían intentado encontrarlo hacía mucho tiempo. Los indios, los hindúes, los europeos del renacimiento y de la magna grecia, todos habían buscado la perfección de algo que yo quería y logré encontrar: la herramienta perfecta. Y la herramienta perfecta era lo que comunmente la gente llama magia, pero eso es la forma de la mente ignorante de designar un conocimiento muy refinado para entrar en funcionamiento de forma simple.

Molle continuaba escuchando, atónito y pensando en que realmente tenía que ser un sueño.

—El problema es que subestimé la herramienta — dijo Nilo, sonriéndose —O me sobreestimé a mí mismo, no lo sé. El problema es que la herramienta es algo totalmente abstracto, Molle. Es algo que no puede ser explicado más que desde la teoría y el cálculo. Los pitagóricos tenían fórmulas excelentes para calcular la contingencia en estos casos, pero nosotros perdimos mucho de ese conocimiento. También los matemáticos árabes podían cercar eso, desde lo abstracto, y bajarlo con motivos específicos. Pero no nosotros. No yo. No teníamos la forma de calcularlo más que haciéndolo nosotros mismos…

Nilo tosió profusamente, escupiendo a un lado una flema verdosa nada amable.

—Imaginate esto: vos necesitas clavar tablas de madera para terminar de arma una silla. Necesitás una herramienta para eso. Entonces imaginás la idea del martillo. La definís, la probás y proyectás su rendimiento y la forma en la que se puede aplicar. Entonces, después de delimitarla, la construís. Fabricás el martillo, que toma cuerpo en lo concreto, y con él vos hacés todo lo que necesitás. Ésto parecía igual: tenía acceso al conocimiento, podía delimitarlo y rodearlo de conceptos abstractos, pero fabricarlo era un verdadero desafío…

—No termino de entender. ¿Qué es lo que fabricó?— gritó Molle, entre shockeado y calado hasta los huesos del viento del desierto.

—Pedí muchos campos de contención a los laboratorios eslavos de corriente eléctrica, porque pensé que la inducción podía servirme para bajarlo de una forma… digamos, amable.— Nilo miró a Guillermo a los ojos y se dio cuenta que el policía no comprendía —No voy a aburrirlo con detalles, Molle. Sólo tiene que saber que me costó mucho trabajo montar todo un laboratorio con el fin específico de crear la herramienta definitivo.

—¿Qué diablos es esta herramienta definitiva?

Nilo tosió apagadamente unos momentos antes de responder.

—Imagínese que usted tenga una herramienta que le sirva para cualquier necesidad que tenga. Una herramienta con la que pueda encender un fuego o una lamparita eléctrica, clavar tablas, descorchar un vino, levantar setenta kilos de tierra de una vez, cavar un pozo perfectamente rectangular, llegar hasta París en un parpadeo, aprender un libro con sólo tocarlo…

—¡Pero eso es imposible!— dijo Molle sin poder contenerse.

—Algo de razón tiene— dijo Nilo, sonriéndose con la sonrisa del derrotado. —Cuando mi laboratorio cumplió su motivo, pensé que había fracasado. No había evidencia física de que hubiese logrado éxito alguno, Molle. Imagínese: fueron años de mi vida, muchísimos años. Necesitaba un lugar donde estrellar mi fracaso después de años de errores. Llegué a pensar que era todo una ilusión, que lo había soñado todo y que no existía nada de esto. Que había perseguido fantasmas todo el tiempo.

—Creáme que lo entiendo— dijo Molle, sobrecogido por un escalofrío —¿Qué pasó entonces?

—Después del último intento fallido, decidí desmontar el laboratorio. Entonces caí enfermo y estuve en cama durante semanas. Delirando y sin nadie que me ayudara o me diera atenciones, pensé en que había tenido sentido, que en realidad había corporizado una herramienta tan buena que lo único imperfecto era yo, y que por eso me estaba enfermando en este mundo perfecto. — Nilo se sonrió ligeramente, tosiendo al costado —Y no me había equivocado tanto.

—¿A qué se refiere?

—Imagínese un mundo sin necesidades, Molle. Un mundo donde pelear una guerra es inútil porque todos los orígenes pueden ser solucionados. Un mundo sin hambruna. Un mundo sin enfermedades. Un mundo donde no hay que preocuparse en cosechar en una estación porque podés tener alimento en cualquier estación. Ése era el mundo de la herramienta perfecta, de la solución definitiva, Molle. Ese era el mundo que había descubierto.

—Entonces, ¿Sí había tenido éxito? —Molle no sólo comenzaba a marearse, sino también a sentirse confundido. Tosió un poco —Pensé que había fracasado.

—Ambas cosas, Molle. Verá, la concreción de la herramienta no era algo evidente a primera vista. La solución final no tenía que ver con crear algo, sino con cambiarse a sí mismo. Y esta puta alergia tiene que ver con todo eso, Molle.

Guillermo no terminaba de atar los cabos, por más que su mente especulaba a una velocidad increíble.

—¿La enfermedad era la herramienta?

Nilo se sonrió al principio, para luego empezar a reirse abiertamente. Molle ya no estaba asustado, sino que sentía un aplomo sereno, mezcla de curiosidad y sinceridad.

—Exacto, Molle. La puta herramienta era un microorganismo. — dijo, y tosió horriblemente —Hasta donde mis pobres conocimientos de biología me lo han permitido, entiendo que su propósito es poder hacer de todo, pero aquí se presenta mi problema: no puedo interactuar con ella.

Nilo se veía realmente cansado e irritado.

—Lo único que puedo hacer es transportarme a ciertas distancias con los estornudos, cuando dejo que la alergia sea lo suficientemente poderosa — dijo con un tono de derrota —Es horrible, ¿No lo cree? Tengo a la solución a todos los problemas en mi cuerpo, viviendo de mí y alimentándose de todo lo que tengo dentro. Tengo una mente privilegiada y bastante conocimiento a mi favor… pero, a pesar de todo esto, sólo puedo moverme de un punto a otro en el espacio. Es el colmo de todo lo posible.

—Tiene razón, es una derrota horrible. — dijo Guillermo, mirándolo entornadamente —Entonces, ¿Usted sí mató a esas personas en el hotel?

—Sí. Tiene algo que ver con el espacio en el que aparezco. Si hay algo ocupándolo, la materia se reorganiza de una forma extraña. Los seres humanos rara vez permanecen vivos si me les transporto encima.

—Comprendo. Pero, ¿Por qué los mató?

Nilo se le acercó caminando, tapándose la nariz para guarecerse de la arena.

—Para llegar a usted, estúpido. Necesito mentes brillantes que interactúen con la herramienta. ¿O piensa que porque yo soy un inútil usándola, la solución definitiva no es genial?

Molle comprendió todo demasiado tarde, cuando Nilo ya se abalanzaba sobre él, con los mocos tendiendo.

—A ver, asegurémonos de que se pesca este resfrío, ¿Si?


Moliere apagó el cigarrillo en el cenicero del mostrador del precinto. Le molestaba sobremanera que corriera esa normativa de no fumar dentro del espacio de los reclusos, pero la precaución se entendía perfectamente desde que, hacía menos de un mes atrás, dos piromaníacos hubiesen intentado escapar quemando los jergones con colillas de tabaco mal apagadas.

En todos sus años de detective, Moliere jamás había visto algo como ese caso que le habían dejado sobre su escritorio hacía un par de días: dos linyeras que dormían arrebujados en el invierno habían aparecido destazados como si hubiesen pasado por un matadero, y entre sus restos había un hombre durmiendo. Hasta donde decía el informe, era argentino y hablaba un español alunfardado bastante molesto de interpretar (culpa de los inmigrantes, siempre). A Moliere le molestaba especialmente que la gente como este hijo de puta pensara que, porque los crotos vivían en la calle, no le importaban a nadie y por lo tanto, nadie los notaría de menos. Le daba por las bolas que un tipo con tan poco escrúpulo estuviera en su prisión.

Se acercó, a cara de perro, y se sentó delante de él. El tipo era una piltrafa: moqueante, como si estuviera engripado, y con cicatrices en la cara y los brazos como si hubiese perdido la pelea contra un mastín. La barba crecida decía que hacía mucho que no se veía al espejo o visitaba al barbero. ¿Sería un pobre loco que vivía en la calle o alguien que aparentaba serlo para escaparse de un crimen horrible?

A Moliere no le preocupaban esos detalles. Era brillante y necesitaba poner a este tipo bajo las rejas, por lo que lo haría. Carraspeando un poco antes de empezar a hablar, mientras el sabandija lo miraba con ojos vidriosos, dijo en un español entrecortado:

—A ver, empiece a hablar.


Nicolás Viglietti es escritor y editor de un pequeño sello, Contamusa, desde su base actual en Córdoba. Actualmente estudia en el Profesorado de Antropología del Instituto de Culturas Aborígenes y se encuentra preparando producciones para autoeditar el año que viene. Ha publicado Anarkiskovich (Dead Pop, 2013), Heatlands 1 y 2 (Mitomante y Contamusa, 2014 y 2015), Family Curse 1 y 2 (Mitomante y Contamusa, 2016 y 2018), Niño Negro (Contamusa, 2014) y ha participado en antologías de relato fantástico, de terror y ciencia ficción, como Revista Próxima (Ediciones Ayarmanot), Periódico Rampante (Eduvim) y Antología HOY de Historieta Contemporánea (Zinerama, 2019)


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