Trabajo nocturno

Mónica Torres

Hoy me encontré con el Pájaro Ricci. Después de... no sé, treinta y cinco años, cuarenta, no estoy seguro. No lo había vuelto a ver desde aquella noche, en Floresta. La noche en que el Rubio, el malparido aquél que trabajaba para Míguez, me vino a buscar. No venía por orden de Míguez. Me hubiese tenido que ir del barrio. Míguez bancaba toda la quiniela de la zona, en esos días, y el Rubio no era su único peón. No, fue por su cuenta y por un asunto de polleras, que el Rubio me vino a buscar, con un cuchillo. Y fue por puta casualidad que el Pájaro, que había desaparecido hacía más de un año, volvió esa noche. La noche del incendio se había ido sin despedirse de nadie, y justo la noche del lío con el Rubio había vuelto por un rato, a despedirse y nada más. Ya tenía su vida armada en otra parte. Estaba bien vestido, con un traje caro, y peinado con gomina. Era como si hubiera envejecido diez años en uno y vivido en el centro esos diez años. Ahora eso no significa mucho, pero en esa época nos poníamos el traje para ir al centro. La diferencia se notaba. Los modales, la forma de moverse. Ya no gesticulaba a cuatro manos al hablar, ni se reía a carcajadas. Es gracioso. En el año que había pasado desde el incendio hasta esa otra noche en Floresta, había cambiado tanto que casi no lo reconocí. Y hoy, cuando se subió al taxi, casi no lo reconozco, justamente porque en esos cuarenta años que siguieron no cambió nada. Hasta los gestos al hablar y las risotadas habían vuelto. Fue, como dicen ahora, un shock. ¡Qué sé yo! Los demás envejecimos mientras tanto. Nadie espera encontrar al amigo de toda su juventud con la misma cara de los veinte años, cuando uno está gordo y calvo. No, uno no espera eso.

Estaba con el mismo tipo que se lo llevó del barrio. No sé si ese era de verdad su nombre, pero el Pájaro lo llamaba (lo sigue llamando) Germán. Era un muchacho joven también, no muy alto, morocho y delgado, con un toquecito aindiado. Pero era un señor. No había más que mirarlo para saber eso, y no estoy hablando del corte del traje o del reloj. Era y es la clase de tipo a quién, por instinto nomás, uno no le lleva la contra. Esta noche se subieron los dos al taxi en Congreso y dieron una dirección en Belgrano R y el Pájaro no me reconoció. Bueno, aparte de que estoy gordo y calvo, yo les estaba viendo las caras en el espejito y ellos a mí me veían la nuca, nomás. Igual, estaban muy metidos en lo que venían hablando. Eso me dio tiempo de respirar hondo y convencerme de que era de veras el Pájaro y de hacerme un poco a la idea. Y de que el corazón se me bajase de la garganta.


La historia no empezó la noche del incendio, sino un poco antes. Quince días antes, o un mes, ya no me acuerdo. Era verano. En esa época, las noches de verano me daban muchas ganas de hacer cosas, aunque nunca sabía muy bien qué. Ahora me las paso en el taxi. Lo que pasó ese verano fue que unos tipos alquilaron la casona de Ramón Falcón y Laguna, que estaba vacía desde hacía años, y fue muy comentado en el barrio, porque se mudaron enseguida. No hicieron arreglar la casa que se caía a pedazos ni el jardín que se había convertido en una selva, ni antes ni después de mudarse. Eso sí, trajeron un camión de cosas. Muebles, claro, pero también cajones y cajones de madera de todos los tamaños. La vieja Brígida, que la contrataron para limpiar, nos decía que estaban instalando un laboratorio, mitad en la planta baja y mitad en el sótano. Cuando ella iba, a la mañana, el único que estaba era un sirviente. El tipo hablaba del "doctor", que era el dueño, como si hablase de Dios. Se ve que el doctor dormía hasta después del mediodía, porque ella nunca lo vio. Y no era de extrañar. Nosotros, que a veces volvíamos tarde de un baile o de jugar al billar, sabíamos que las luces de la casa estaban encendidas toda la noche, detrás de los postigos. Eso también: los postigos cerrados, de noche y de día, en pleno verano.

Finalmente el doctor apareció en persona, unos días después de terminar de mudarse, por el bar de Segurola. Era un tipo grande, alrededor de los cincuenta años. Usaba la barba completa y el pelo más bien largo, que no era la costumbre en el año cuarenta, y lentes con aros de metal. Nos invitó una cerveza a todos y él pidió un coñac que no se tomó. Con lo que era el coñac del gallego, no nos pareció raro. Nos contó que era médico, frenólogo dijo, investigador. Bueno no sé, lo que recuerdo es que hipnotizó al pibe que ayudaba en la cocina, y lo hizo ladrar y nos cagamos de risa. Esa noche estuvimos hasta tarde. Volvió unos días después, armó otra de esas funciones y nos dijo que necesitaba voluntarios para un experimento, cuatro o cinco, y que podía pagarles algún mango. Que si a alguno de nosotros le interesaba ayudar. Todo lo que había que hacer era quedarse en la casona unos días, cinco o seis, para que registrasen lo que uno soñaba. Querían ver si podían hipnotizar a alguien y decirle qué tenía que soñar y ese tipo de cosas. Dijo que quería gente joven, porque un tipo ya casado no puede pasarse cinco días fuera de la casa y ahí en el barrio, porque seguro que iba a aparecer la patrona a pedirle o a decirle algo e iba a terminar jodiendo el experimento.

Nos anotamos varios, sí. De eso me acuerdo: yo también me anoté. El tipo parecía tan macanudo y, además, todos estábamos sin un mango. Hoy lo pienso y digo: ¡qué boludos, por Dios, cómo nos comimos ese cuento! Está bien, no había manera de adivinar lo que iba a pasar, pero creernos ese verso... hay que ser gil. Pero en esos días uno estaba mucho más verde y, sobre todo, no estaba esperando encontrarse un hijo de puta cada tres pasos, como pasa ahora.

Al final, eligieron a los muchachos que no tenían familia. Dos eran pibes del otro lado del Maldonado, que venían al barrio a hacer changas. Por ese lado nadie iba a preguntar por ellos. Todavía era un barrio bravo, el del Maldonado. Otro era el Chango, un indio grandote y feo que ayudaba en la cochería y lo dejaban dormir en los fondos. Don Juan, el gordo de la funeraria no lo iba a rajar porque faltase unos poquitos días para hacerse unos pesos extra. Y, como pensé después, tampoco le iba a importar demasiado si el Chango se tomaba el buque. El Pájaro estaba en la misma. La vieja del Pájaro se había muerto cinco años antes y el viejo Ricci anduvo muy pirado desde que enviudó. Un buen día se mandó a mudar y los hermanos se desparramaron. El Pájaro era el menor, tenía dieciséis años, y se vino a vivir a mi casa. Mi vieja había sido amiga de la suya y nosotros éramos amigos desde muy chicos. Además, en casa éramos diez hermanos, así que uno más a la mesa no hacía mucha diferencia. Yo sí iba a preguntar por él y también mi hermana Lucía, pero ¿quiénes éramos nosotros? Nadie. Se fueron nomás a esto del experimento. Y seis días después no habían vuelto. Así que una noche, después de la cena, fui hasta la casa de Ramón Falcón a ver qué pasaba. Sabía que era al pepe ir de día, yo quería hablar con el doctor. Así fue como vi el principio del incendio. Cuando llegué estaba saliendo humo en cantidad por abajo de una puerta grande, en el costado de la casa que daba al jardín. Corrí hasta la puerta del frente y la golpeé y grité, pero nadie salió. Esas boludeces que tiene uno, no me animé a reventar una ventana para entrar. Como las luces estaban prendidas... Mientras tanto algún vecino debe haber visto el humo y llamó a los bomberos, porque llegaron y me sacaron carpiendo del jardín. Crucé la calle y me quedé en la vereda de enfrente, comiéndome las uñas. Estaba en eso cuando llegó el auto, era un autazo de puta madre, un Ford nuevito y lustroso, que estacionó cerca de la esquina de Mariano Acosta. Del auto se bajó este tipo, el tal Germán, muy vestido de señorito. Vino hasta cerca de donde yo estaba y se quedó mirando el incendio y no estaba sonriendo, pero casi. Y yo casi lo fajo por poner esa cara. Carajo, podía haber gente adentro, no era un show. Después me di cuenta de que el tipo se había parado ahí, justo al lado mío, porque era el único lugar de la calle desde donde se veía la glorieta. Era una glorieta muy estropeada que estaba en el fondo del jardín. A mí me pareció que salió alguien de ahí, dos o tres tipos, pero era de noche y había demasiado humo para estar seguro. Nadie sabía, lo dijo después la cana, que había una salida del sótano en la glorieta. Bueno, justo aparecieron los canas en ese momento y yo corrí, a tratar de contarles todo al mismo tiempo, y el tipo del auto se quedó ahí. Después, cuando me di vuelta, lo vi ayudando a subir al auto a otro tipo, que parecía muy mareado. Y cuando lo vi de perfil, me di cuenta de que el otro era el Pájaro. Con esas patas largas y ese naso, no había nadie más en el barrio. El coche arrancó y se fue y eso fue lo último que supe de él, por un año. De los que eran del barrio de casitas del otro lado del Maldonado, no tuvimos más noticias. Al Chango se lo llevaron otros dos tipos en un taxi. Nos lo dijo después el Rubio, que ya era muy grandote y medio boludo, y recién había empezado a trabajar de matón para Míguez.

Yo traté de encontrarlo al Pájaro. Ese verano estábamos más cerca que nunca el uno del otro. Y yo lo dejé ir solo a hacer esa huevada. Además, yo le veía la cara a Lucía, que lloraba todos los días y me quería morir. Sobre todo porque sabía, estaba seguro, de que él no se había ido por su voluntad. Traté de encontrarlo, pero no sabía por dónde empezar. Al "doctor" no lo habían encontrado dentro de la casa, ni en ningún otro lado. La cana no ayudó en nada. La historia del experimento no les interesaba. Como dije, de los muchachos ninguno tenía familia. Podían haberse mandado a mudar, simplemente. Pasaba de cuando en cuando. Lo que le importaba a la cana es que dentro de la casa no había ningún cadáver y ninguna prueba de que el fuego hubiese sido intencional. Después de todo las chimeneas y la caldera debían de andar para el carajo y los inquilinos no las habían arreglado. Yo no tenía ni idea de quién era el tipo que se había llevado al Pájaro, ni las chapas del auto sabía, nada.

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Ilustró: Raúl Torres Rojas

Una noche, casi un año después del incendio (era de vuelta verano), el Pájaro volvió a aparecer en el bar de Segurola. Venía manejando ese mismo auto, el del tipo que se lo llevó. El coche desentonaba mucho con el barrio, así que todos largamos los dados y nos pusimos a mirarlo por la vidriera mientras estacionaba. El tipo que manejaba se bajó, se arregló el sombrero y se acomodó las solapas y los puños del saco, los de la camisa, los gemelos de oro. Cuando nos dimos cuenta que era el Pájaro en persona, casi nos desmayamos. Se acercó mirando para abajo, un poco por los charcos (llevaba zapatos de charol) y un poco porque no sabía cómo lo íbamos a recibir, creo. No sé qué estaban pensando los demás, pero a mí la sonrisa se me estiraba sola.

—¡Pájaro! —dije, no muy alto, y él dijo:

—¡Ruso, hermano! —y me tendió los brazos.

Hoy fue igual, salvo que me llevó desde Tribunales hasta Belgrano juntar el coraje para hablarle. O por ahí estaba esperando a que se bajase Germán, nomás. Mientras, lo miraba al Pájaro en el espejo y, de vuelta, me hacía sonreír sin querer. Era como rejuvenecer esos cuarenta años. Se lo veía bien. Flaco y muy pálido, como la última vez en Floresta, pero de vuelta sonriente y moviendo las manos al hablar. Hablaban de alguna película, un policial creo, y de alguien a quién acababan de ver. Germán estaba furioso con el tipo y hablaba de que estaba "tratando de manejar a todo el mundo, como de costumbre". Después dijo algo que no pesqué, creo que era en francés. Por ahí era el apellido del tipo, no sé, pero lo dijo con veneno, como diciendo "¿Qué se puede esperar de esa basura?". Y el Pájaro dijo, con una sonrisa de oreja a oreja:

—Por favor, yo quiero estar ahí para verle la cara cuando se entere. —Y su carcajada llenó el auto.

—¡Si serás chiquilín! —lo retó Germán, como un jovato retando a un mocoso, pero estaba sonriendo. Bueno, casi. Recién cuando se bajó Germán, en un caserón en Belgrano R, y el Pájaro me dijo que volvíamos a Palermo, me animé a decirle, bajito:

—Pájaro, ¿ya no me conocés? —y él me miró, mientras la expresión en su cara iba cambiando y dijo:

—Ruso... ¿sos vos? —y después, como aquella noche en Floresta—. ¡Ruso, hermano!

Y me abrazó, por arriba del respaldo de mi asiento. Reconozco que, en ese momento, tuve una puntada de miedo. Amigo de toda la infancia, hermano, pero un tigre es un tigre ¿no? No sé cómo, pero se dio cuenta, porque se puso serio de golpe y me dijo:

—¿Qué, me tenés miedo ahora? No, Ruso, no. Ni loco, por mi madre te lo juro. —Pero me soltó y se mandó a gatear entre las butacas, para pasar al asiento del acompañante. Seguía flaco y escurridizo como siempre. Me dio vergüenza de lo que había pensado, pero ya antes de terminar de acomodarse él estaba sonriendo de vuelta. Y yo también. Eran demasiados años de recuerdos contra una sola noche—. ¡Mirálo vos al Ruso y la panza que tiene ahora! ¡Demasiados ñoquis, viejo! —Y esta vez nos abrazamos los dos, con todo y el cinturón de seguridad. Ni bien puso de vuelta el culo en el asiento, empezó a hacer preguntas.

—¿Qué hacés manejando un taxi, Ruso? Mi última noticia era que estabas de capataz en una empresa grande. ¿Qué pasó?

—Que la empresa se fue a la mierda, qué va a pasar. Me faltan dos años para jubilarme así que algo tenía que hacer. Igual, con la jubilación no hago nada. Bueno, vos sabés como están las cosas. Pero no me digas que me estuviste siguiendo los pasos.

—Y, sí. Hasta donde pude. Estuve años afuera. Pero claro que quería saber. Sos mi hermano ¿no? Y es como que tu vida era la mía, quiero decir cómo habría sido, qué habría hecho yo, si no me hubiesen cambiado las cosas así. El laburo, el casamiento, los chicos. Hasta la panza y los ñoquis, mirá. —Agregó la última frase cagándose de risa.

—Bueno, no sé. Vos jugabas bien al fútbol, Pájaro, por ahí te hacías famoso y hubiese sido distinto igual. —No creo. No sé si hubiese querido, tampoco. Creo que habría preferido quedarme en el barrio. Me gustaba aquello. —Ahora estaba mirando para adentro. Por ahí no debería haber preguntado, pero era importante, y en ese momento la pregunta salió sola:

—¿Te enteraste de lo de Lucía?

—Sí, sí me enteré. —Y cambió de tema, como si le doliese—. No, si el Chango es un boludo. Debería haberse ocupado de lo de tu laburo, carajo. Yo estuve fuera del país, volví hace poco, pero le dije que estuviese al tanto.

—¿Lo seguís viendo al Chango?

—A veces. Estamos en el mismo negocio, digamos —y se hizo un silencio incómodo, porque negocio no era para nada la palabra. El silencio lo cortó él, cambiando de tema. Bueno, más o menos.

—Arrancá, dale, que si no van a salir a ver qué pasa.

Obedecí, más bien. Lo último que tenía ganas era de volver a hablar con Germán o con nadie más de esa tribu. Bastante me costaba hablar con el Pájaro. Había un montón de cosas que no me animaba a preguntar. No quiso ir a Palermo, dijo que hacía mucho que no veía Buenos Aires, que lo llevase a pasear. Anduvimos kilómetros esa noche. Me contó unas pocas cosas de su vida en esos años. Pero eran cosas de otro mundo, que no era el mío. Creo que algunas de las historias que me contó, mientras dábamos vueltas por la ciudad esa noche, no debería habérmelas contado. Sé que a Germán no le habría gustado. Igual, nunca se las voy a repetir a nadie. Yo sí le conté mucho, de mi vida, de mis hijos, de la muerte de Lucía (todo el rato que hablé de ella, él miraba al frente, con la cara como una piedra), de los problemas y la salud y la guita. Bueno, las cosas que uno le puede contar a quien fue su mejor amigo después de tantos años de ausencia. Fue una noche muy rara, pero no una mala noche. Media hora antes del amanecer lo dejé en la puerta de un edificio en Palermo. Me dejó un billete grande por el viaje. Yo no quería agarrar la guita pero no hubo forma de convencerlo.

—Es para tu patrón —me dijo—. Chau Ruso. Por ahí nos volvemos a ver, lo tengo que pensar. Y vos también pensalo. Te quiero mucho, viejo. —Y se fue.


La noche aquella de reencuentro y despedida, en el bar de Segurola, no había salido tan bien, no. También hubo abrazos y palmaditas y saludos de todo el mundo y el Pájaro quiso saber todo de todos, todo lo que había pasado ese año, pero de él no contó nada. Y de por qué se había ido, ni hablar. Al menos no ahí. Se veía que no estaba bien. Estaba pálido como un cadáver y, con su tipo de piel, eso quiere decir que quedaba más bien verdoso. Y serio, para lo que había sido siempre. Como alguien que recibió malas noticias. Muchas malas noticias, durante mucho tiempo. A la media hora dijo:

—Bueno muchachos, perdónenme pero tengo poco tiempo. Vení, Ruso, acompañame a dar una vueltita por el barrio y después me las tomo, que tengo que pasar a buscar a mi amigo a las once.

Todos se dieron cuenta de que quería hablar a solas conmigo y nos dejaron ir, seguros de que yo les iba a contar todo después. Nunca les conté nada. Mejor dicho, les conté un cuento. Esa madrugada encontraron al Rubio con una bala en la cabeza y, con el escándalo, todo el mundo se olvidó de la visita del Pájaro, por esa semana al menos. Y en una semana, yo ya me había inventado una buena historieta.

Esa noche, en cuanto salimos del bar, el Pájaro agarró para el lado de las vías. Yo pensé que por ahí el Rubio me andaba buscando para fajarme, porque había habido un encontronazo en un baile, ese sábado. Pero, después de todo, éramos dos y el Pájaro no era cualquier segundo. Le gustaban las roscas, se agarraba a piñas por poca cosa y peleaba bien. Me olvidé del Rubio y empecé a preguntar. Y el Pájaro contestó, eligiendo mucho las palabras.

—Mirá Ruso, el "doctor" aquel nos cagó, nos recontracagó. Toda esa historia de los sueños y todo eso, eran macanas, eso ya te lo habrás imaginado. Eso sí, por amor de Dios, jurame que a los otros no le decís una palabra de esto. Es mejor para ellos que no lo sepan. El tipo era de un grupo de gente... de gente jodida, qué querés que te diga, muy jodida.

—¿Pero qué son, mafiosos?

—Bueno, mafiosos exactamente no, pero igual de jodidos. Tienen contactos con la mafia. Y tienen poder, mucho. El caso es que nos quería enganchar para formar parte de esa gente. Para armar su propia banda, digamos. Pero lo hizo por izquierda. Ellos... ¡Carajo! Debería decir nosotros ¿no? Bueno, hay una forma establecida para reclutar gente. Y hay un grupo, los jefes, que lo tienen que autorizar. El famoso doctor se cagó en todo y nos llevó engañados y sin permiso. Bueno, hizo todo al revés. Y eso, con esta gente, no se hace. Y se paga. No sé quién limpió al doctor y le prendió fuego a la casa pero fue alguien que se enteró y se movió antes de que la cosa llegase a los jefes. Seguramente alguien conocido de Germán, porque si no ¿cómo habría sabido lo que iba a pasar para esperarme en la puerta? —Estaba hablándose a sí mismo, ahí, me parece. Después volvió a hablarme a mí—. Germán es el tipo que me llevó esa noche, el dueño del auto. Es mi patrón, no mi amigo. Si se entera que te estoy contando aunque sea esto, me cocina. Lo tenía que traer hasta Lacarra y Rivadavia y le dije que me iba a acercar hasta acá para despedirme, pero nada más. No voy a volver más, Ruso. Esta es la última vez.

—¿Cómo que no vas a volver más? Escuchame, vos vivías acá. Bueno, ahora laburás con este coso. Pero lo demás todavía existe. No trabajás todo el tiempo. Tenés que tener tu vida también ¿no? —Justo ahí lo miré y la cara que estaba poniendo me hizo sentir mal a mí. Era como si le hubiese acertado una trompada. O un dedo en una llaga.

—No, ya no —Así de limpito y pelado sonó—. Ya no. Ni jugar al fútbol, ni ir al cine con ustedes. Ni Lucía... Te juro que eso es lo que más me duele. Vas a tener que decírselo vos, Ruso. Decile que no elegí, que se dio así. Y que no hay, ni va a haber, ninguna otra mina, nunca. Que me perdone, pero no puedo hacer nada. —Ya a esta altura el Pájaro sonaba definitivamente fúnebre y yo me estaba volviendo loco.

—Pero ¿qué son estos tipos? ¿Qué les pasa? No me gusta ni mierda todo esto.

—Son lo que son. Y a mí me gusta menos que a vos, te lo juro.

—¿No te podés abrir? Rajarte de alguna manera, que sé yo.

—No, no puedo, no voy a poder jamás. Nadie puede abrirse de esto. Pero quería verte una vez más y ver a los muchachos y el barrio. Y además... quería pedirte algo. Acá tenés el teléfono de la oficina. Preguntás por mí, por el asistente de Etchevarry. —Germán Etchevarry, decía la tarjeta, la quemé, algún día de la semana siguiente—. Llamáme, de vez en cuando, yo estoy a la noche. Contame lo que anda pasando y avisame si tenés algún problema. Lo que sea. Por ahí, ser parte de esta mierda, alguna vez sirve para algo.

Supongo que sirvió, esa misma noche, porque el Rubio era mucho más grande que yo y tenía un cuchillo y por ahí me habría matado, no lo sé. Estaba medio tocado, el Rubio. Pero creo que yo habría preferido un tajo en la jeta y no que pasase lo que pasó. El tarado este nos salió al paso cuando íbamos cruzando delante de un baldío, por la calle Yerbal, a una cuadra o dos de la estación. Con un cuchillo en la mano. Me quedé duro. Había roscas en el barrio, de vez en cuando, por minas o por otras cosas, pero como mucho uno se agarraba a piñas. Esto era... otra cosa.

—A vos te estaba buscando, piojoso. Y vos, tanito, rajá de acá, esto no es asunto tuyo. Volvete al centro, con el otro cajetilla, dale...

Me estaba mirando fijo y ni lo miró al Pájaro cuando se abrió a la derecha. Pensó que se había ido, el imbécil. Me estaba explicando (en pocas palabras, porque muchas no sabía, era muy bruto) que nadie le hablaba así a él, delante de una mina y no sé que mierda más, cuando empezó el baile. Supongo que el Pájaro le pateó la mano del cuchillo desde el costado, como hacen ahora en las películas. El cuchillo salió volando y, de golpe, no vi cómo, el Rubio también estaba en el aire y el Pájaro estaba detrás de él y lo bajó de un tirón, agarrándolo del hombro con un brazo cruzado delante del pecho. El Pájaro siempre había sido rápido para los juegos de manos, pero nada así. Alguien lo había estado entrenando y bien, además.

—¿Qué mierda hacés? —gritó el Rubio, que nunca había sabido cuándo tenía que callarse la boca—. O ahora lo vas a estar cuidando a éste. Si te tirabas a la hermana... —Nunca terminó la frase. La otra mano del Pájaro lo agarró del mentón y tiró, a lo salvaje, para el otro lado. El cuello le crujió, muy feo. Le vi los ojos al Pájaro por un segundo, desesperados, antes de que bajase la cabeza sobre el hombro del Rubio. Creo que yo estuve a punto de desmayarme porque todo se nubló por un segundo. Cuando el Pájaro levantó la cabeza, y me miró de nuevo, con los ojos enrojecidos y la cara manchada de sangre, pensé que me iba a morir ahí, del susto.

—¿Vés, Ruso? ¿Vés para fabricar qué nos quería el doctor? —Las palabras le salían medio raras, como si le pasase algo en los dientes, pero yo no me di cuenta de qué le pasaba. Creo que no quería darme cuenta. Era como una pesadilla o como una película, algo que pasa en otro lugar. Bajó la vista, miró al tipo que tenía agarrado, como si por un minuto se le hubiese olvidado, y lo dejo caer. Sacó el pañuelo para limpiarse la boca, lo volvió a guardar. Repitió la rutina de acomodarse las solapas, las mangas, los puños de la camisa, los gemelos. Cuando terminó, ya no temblaba. Yo sí.

Y en ese momento apareció Germán, saliendo exactamente de la nada. Nos miró a los dos, primero a él, después a mí, y supe que no me iba animar a moverme hasta que él me diese permiso. Ni loco. Se levantó un poco las perneras del pantalón, parece que no era cuestión de desplancharse, y se agachó al lado del Rubio. Le apoyó dos dedos en el cuello. No estaba buscando el pulso, parecía que lo quería tocar, nomás. Cerró los ojos un minuto y después se levantó y lo miró al Pájaro, con cara de darle un reto, no de tener un drama.

—Esta vez sí que la embarraste, mocoso. Vos y tu carácter podrido. —Por ahí el Pájaro puso cara de pregunta, no lo sé. Yo podía mirarlo solamente a Germán. Pero, en todo caso, lo siguiente que dijo Germán sonó a respuesta—. Está listo. No va a durar ni diez minutos. Terminalo. No lo podés dejar acá con esas marcas. Y vos... —dijo, y se dio vuelta para mirarme. Otra vez no lo vi moverse al Pájaro, pero de golpe estaba entre Germán y yo, y como era bastante más alto que cualquiera de los dos, sus hombros me tapaban la cara de Germán. A Dios gracias.

—Es mi hermano —dijo el Pájaro, con esa voz apretada que ponía cuando estaba a punto de trompearse con alguien

—Pensé que me ibas a decir algo así. Arriba de ser calentón, sos un sentimental, imbécil —dijo Germán y sonaba como si estuviese a punto de sonreír—. Apartate, no lo voy a tocar.

Y se apartó. Germán me miró fijo (y sí, estaba casi sonriendo) y me dijo:

—Vos entendés que, si abrís la boca, el que se muere es él, ¿no? —Lo estaba señalando al Pájaro con el pulgar—. ¿Lo entendés? —Y sin esperar respuesta, le dijo al Pájaro:— Te espero con el auto, en Rivadavia, en diez minutos. No, en ocho. Así que apurate con la limpieza. —Estiró la mano, barajó en el aire las llaves que le tiró el Pájaro y se fue. Así, en un pestañeo. Caminó, tres pasos rápidos, hasta la sombra del muro, y desapareció. El Pájaro estaba de vuelta agachado al lado del Rubio y mirándome. Creo que de golpe se dio cuenta de que yo estaba en pelotas, porque me hizo un gesto de que me acercase y me miró desde abajo, otra vez con esa cara de sufrimiento que le había visto antes esa noche.

—No estás entendiendo nada ¿verdad? Vení, mirá esto. —Había dos marcas en el cuello del Rubio. Dos agujeros. Y recién ahí lo miré bien al Pájaro y tenía los colmillos como limados en punta y sobresalían medio centímetro o más de los otros dientes. Cuando llegó al bar no estaban así, estoy seguro, pero ahora sí. Con razón sonaba raro al hablar. Bueno, ahí no me quedó más remedio que entender. Empecé a temblar de vuelta.

—¿Vés ahora, Ruso, por qué no puedo abrirme? Ni muriéndome puedo zafar. Porque ya estoy muerto, Ruso, estoy muerto. —Creo que estaba a punto de echarse a llorar, pero se las aguantó y me dijo sin mirarme—. Andá para el bar. Apurate. Quiero que estés allá cuando oigan el tiro. Todos saben que no usas armas, pero es mejor que estés allá. —Había sacado un chumbo de alguna parte y yo sabía que lo iba a usar.

No dijimos nada más, ni adiós ni nada, y me fui para el bar, tratando de poner cara de charla normal. Por suerte no la tuve que mantener, porque sí sonó un balazo, o por ahí dos muy seguidos, cuando yo estaba llegando al bar. Y ahí todos pusieron cara de ver fantasmas y salieron corriendo a ver que había pasado. Al Rubio lo encontraron recién al amanecer y no tenía ninguna marca en el cuello, aunque sí tenía la cabeza hecha un asco. Me lo contaron, yo no me quise acercar.

Eso fue hace más de cuarenta años, y en esos años pensé muchas veces en el Pájaro. Con mucho miedo, miedo por él, por lo que le podía pasar. Y a veces con miedo, terror, porque ahora sabía que hay otros como él, sueltos por ahí. Otras veces sentía pena por él, que nunca iba a tener mujer, ni hijos, ni volver a ver el sol. No pensé, nunca pensé que tampoco iba a envejecer, que para él sí, cuarenta años son nada...


Mónica Torres ha publicado anteriormente en Axxón, una de ellas firmando con su nombre. Es ingeniera electrónica y trabaja desarrollando software. Este relato fue trabajado en el taller de Axxón aunque desde su primera lectura estaba muy cerca del resultado que hoy presentamos.