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ARGENTINA

La luz del amanecer ingresa en la cueva del descanso de la Montaña de las Cuevas. En el interior, los cornicoles, que cubren de blanco la pelambre de Ochcoch, se dedican al bullicio del despertar matutino. Logran que Ochcoch también despierte.

Se dirige al cantero de alimentación, a unos pocos pasos de la salida de la cueva donde duerme. Ve que los cornicoles se dispersan. Nota que dos de ellos son diferentes: uno amarillo y otro verde. Ochcoch queda en libertad. Libertad que aprovecha para ir hacia la falda oeste.

La pradera cubierta de vegetales rojos en infinitos matices que contrastan con los azules y verdes del mar, no le reclama atención. Continúa hacia la cueva-establo donde duermen los cuellolargos.

No bien Ochcoch llega, suelta a las bestias. Los cuellolargos descienden por la cuesta pedregosa. Antes de que el rebaño se aleje demasiado, Ochcoch atrapa a uno de ellos, parece el más viejo, y le quiebra el cuello. El resto de los cuadrúpedos se interna entre las hojas coronadas de flores rojas, tan altas que los tapan, y que crecen a los pies de la montaña de las cuevas.

Ochcoch no devora allí el animal. Lo lleva a la cueva sobre la ladera norte, a su cueva de la comida.

Ingiere una parte y guarda el resto en la despensa. A medida que el alimento ingresa en el organismo, los pelos como pajas se engrosan tanto que se apretujan hasta quedar perpendiculares al cuero que recubre su cuerpo; sabe que, en este estado y desde cierta distancia, se ve como una superficie lustrosa. Tan lustrosa como la de un derdo de la pradera.

Oye el llamado de los cornicoles y se apresura.

En camino a salvaguardar a los pequeños, ahuyenta una bandada de léviles, que vuela en círculos y se dirige al mar. Ochcoch se enorgullece mentalmente de la dedicación que les brinda a los cornicoles.

Piensa en los ciclos.

Sabe que los cornicoles jugarán un papel primordial en los ciclos.

No bien Ochcoch irrumpe en el cantero de alimentación, conjetura sobre un revuelo que se arma entre los cuellolargos bajo las flores rojas. Altressa otra vez cazando, se dice Ochcoch. Una imagen mental de Altressa: cabeza cuadrada, gran mandíbula con dientes enormes, cuerpo alargado, cuatro patas flexibles y una gran cola, especial para nadar. Seguro que matará a uno de los cuellolargos y se lo llevará al fondo del mar.

Ochcoch medita sobre las posibilidades: eliminar a Altressa o cuidar de los cornicoles. Se decide por lo último. Si optara por lo primero se quedaría sin uno de sus necesarios complementos, y la región entraría en involución. La razón es un freno que le impide siquiera contemplar ese tipo de muerte asociada a una reacción de tal magnitud: el peligro de que los ciclos cesen.

Pasa la jornada entre la atención del ganado cuellolargo, los cornicoles y las reflexiones lógicas: ¿Habrá vida más allá de la inalcanzable cúpula, allende el sol? ¿Reinará la lógica por aquellos lugares?

 

Ochcoch empieza a recolectar los cornicoles y, como cada vez, la pelambre se le pinta de blanco. Por fin se acerca el tiempo del reposo. Pero, antes de pernoctar, debe encerrar a los animales que pastan en la pradera.

Durante la noche, los cornicoles obtendrán de Ochcoch el complemento dietario que necesitan para cumplir con su misión.

Una vez en la cueva del descanso, la mente de Ochcoch interviene racionalizando lo vivido. La lógica genera pensamientos elaborados. La vigilia se transmuta en sueño. Ochcoch se duerme con la afirmación cierta de lo cíclico del descanso y su nula mutabilidad.

Se despierta hacia el fin de la noche cargado de razonamientos especulativos. Con la lógica como única herramienta deduce que los ciclos deben ser respetados, piensa, aún a pesar del individuo.

Distribuye los cornicoles en el cantero.

Antes de liberar al ganado, desayuna un trozo de carne del cuellolargo y bebe en abundancia un jugo de color purpúreo intenso de la jarra repleta. Y los pelos como pajas se vuelven gruesos.

Ya falta poco para el inicio del ciclo reproductivo. Primero debe dejar al ganado y luego se ocupará de los líquidos acondicionadores.

Ochcoch baja hasta la playa por la empinada cuesta de tierra colorada. Percibe el rítmico impulso mental conducente al agua. Las piernas combadas estorban y se ayuda con los nudillos para no tropezar.

Está amaneciendo. El sol, todavía rojo, tiñe el mar y la arena. Parado sobre esa duna ocre-rojiza, razona sobre lo que la naturaleza le ofrece:

—Metales y no metales combinados hasta el hartazgo —dice en voz alta. Y luego—: Las combinaciones no pueden ser infinitas. —Y luego—: Condeno a la naturaleza. —Y luego—: Los ciclos son inevitables. —Y luego—: Lo infinito reside en el pensamiento.

Vence la razón, y trasciende hacia un rumbo: Ochcoch sabe que se acerca la unión, por eso se está encargando de fabricar los líquidos acondicionadores. Siente un vacío que los pensamientos puros y libres de pasiones intentan llenar. “¿Que espasión?”, se pregunta de golpe. Y no sabe por qué se ha hecho esa pregunta, ¿para qué? ¿Adónde quiere llegar? Trata de imaginar cómo sería ser animal, dentro de lo que entiende por animal: carente de razón y repleto de emociones. “¿Qué diferencia habrá entre pasión y emoción?” Las hipótesis son tan vastas e intrincadas que decide dejarlas de lado, guardándoselas para una futura meditación. Por ahora tiene que atender a los cornicoles.

Una sombra cruza la playa. Se dirige hacia la bandada de léviles que pescan flotando sobre las olas. La sombra resulta ser la proyección de Gurmell, que se lanza en picada, atrapa un lévil entre sus garras, y parte hacia la cima de la Montaña de las Cuevas.

Ochcoch sabe que Altressa, Gurmell y Ochcoch sostendrán un vínculo. Un vínculo inevitable aunque su mente racional se empecine en odiar. Pero el vínculo es muy necesario, lo reconoce. “¿Puede el empecinamiento ser mental, o se necesita alguna emoción asociada?” Su lógica le asegura que, dentro de los tipos de empecinamiento, los hay de origen meramente intelectual. “¿Y el odio? ¿Puede haber odio intelectual?” Se promete razonar al respecto más adelante. Ya tiene dos temas en qué pensar: la diferencia entre pasión y emoción, y la existencia o no del odio intelectual.

Con ideas asociadas a esa unión, desanda el camino para controlar al ganado cuellolargo. El fin de la Era Intelectual ya llega: el dolor en las rodillas se lo advierte.

Una vez en la cueva del descanso, prepara dos recipientes que llena cada uno con un líquido de diferente color, de textura similar: las soluciones acondicionadoras, piensa. Después de tanto tiempo de trabajar en esos líquidos sabe que la fórmula le ha salido perfecta. Hace una pausa contemplativa y recuerda: la memoria atávica le devuelve la certeza de que las soluciones acondicionadoras desde siempre han salido perfectas.

 

Amanece. Una herida le ha aparecido en cada rodilla. Es arriba de donde se articulan, por debajo de la entrepierna.

Ochcoch baja hasta la playa por la empinada cuesta de tierra colorada. Percibe el rítmico impulso mental que lo conduce al agua. Las piernas combadas hacia afuera estorban, y el dolor en las heridas es intenso.

El sol, todavía rojo, tiñe el mar y la arena. Sobre esa duna ocre-rojiza ve el cuerpo exánime de Altressa, cuya cabeza apunta hacia las aguas. Sí, Altressa ha muerto. Ochcoch sabe que ya ha cumplido su misión.

No debe buscar mucho para descubrir, enterrado en la arena fresca, el legado del mar: el saco ovular de Altressa.

Ochcoch lava el saco ovular a conciencia.

Vuelve a la cueva soportando un dolor aún mayor en las rodillas. Dolor que sabe que lo acompañará por algún tiempo.

Deposita el saco ovular adentro del recipiente con el líquido amarillo.

Va hacia la ladera norte a liberar al ganado.

Inmutable, a pesar del bullicio de los cornicoles en el cantero, se dirige hacia la falda sur cargado con ese frasco de líquido amarillo. La cueva de la reproducción lo recibe fría y con olor rancio.

Se lava las piernas con agua del manantial que corre dentro de la caverna. Toma el saco ovular de Altressa, y lo coloca sobre la pierna izquierda, cerca de la herida. De esa herida ahora mana sangre nueva. Y se produce la unión: no bien se juntan la sangre con el saco, éste toma vida y se mueve hasta llenar la herida. El dolor arremete con fuerza, y Ochcoch no encuentra consuelo en la lógica, por lo que, simplemente, se desmaya.

La oscuridad de la cueva de la reproducción va dejando paso a la luz del amanecer. Ochcoch escucha a lo lejos el llamado de los cornicoles mientras se embelesa con esa parte de la pradera que la montaña le esconde al mar. Y se da cuenta de que no es más, “eso”, ahora es “ella”.

Descubre los incalculables tonos de rojo, moteados aquí y allá por puntos turquesa y se riñe por no haber venido antes a contemplar el amanecer desde este lado.

Aunque el dolor en la rodilla derecha ha aumentado, siente un temor que la hace soportar más y más. Es el temor, un temor inenarrable: perder a los chiquillos. Entonces se apura, a pesar del dolor.

Siente una presión distinta en los pelos que la recubren: son los cornicoles. Los tiempos están trastocados por lo sucedido durante la anoche, y Ochcoch sabe que los tendrá encima hasta la hora de dormir.

Se dirige a la cueva-establo. Abre la puerta para dejar libres a los cuellolargos. Entre ellos hay varios jóvenes, nacidos hace poco. A ella le agrada uno de pelaje gris, con largas manchas negras y un pompón blanco entre los ojos. Mientras lo acaricia siente esa suavidad deslizarse por la palma y la hace cerrar soñadoramente los ojos.

Baja hasta la playa por la empinada cuesta de tierra colorada. Percibe el rítmico deseo sensual que la conduce al recuerdo del agua. Las piernas combadas hacia fuera estorban, pero la emoción la envuelve y no hace caso del dolor.

Amaneció hace rato. El sol, naranja amarillento, tiñe el mar y la arena. Parada sobre esa duna ocre pálido, si bien ya sabe que lo que ve son metales y no metales combinados, se extasía ante la magnificencia de la naturaleza y por los infinitos tonos que ésta le regala.

Se da vuelta hacia la montaña. No es que no la haya visto antes, otros ojos son las que la miran. La golpea la enormidad de la piedra. Erecta y firme desde que tiene memoria, la montaña se impone a su mirada. Los vientos y las lluvias le han tallado la corteza hasta formar imágenes caprichosas que Ochcoch, ahora se da cuenta, amó desde siempre.

Amó. Sí. Comprende y sonríe. Sonríe y comprende.

El raciocinio le dicta que el amor es sólo una cuestión química, pero ella nada más se alza de hombros mientras se deja mimar por los sentimientos que la desbordan.

Hoy, Gurmell no aparece en su diaria excursión de caza. Ochcoch levanta de nuevo la vista hacia la montaña. Piensa que la ascensión será difícil. Pero también necesaria.

La acompañan el dolor en la pierna derecha, y palpitaciones en la izquierda. Inicia la subida sabiendo que debe ir en busca del legado de Gurmell.

Sus fuertes brazos y las manos grandes la ayudan a llegar a destino. Y puede vislumbrar la cueva: tras una pequeña terraza, la cueva de Gurmell se amplía hacia atrás, dejando salir por su entrada acres olores a descomposición y a salitre del mar.

Allí hallará lo que vino a buscar: el nódulo fecundador de Gurmell, el legado del viento.

Ochcoch debe apurarse, las condiciones de ese ambiente no son las indicadas para que el nódulo se conserve en buen estado.

Ella mira en derredor, tratando de descubrir algún vestigio del cuerpo del ave para rendirle un póstumo homenaje. Pero no lo consigue, el cadáver ha desaparecido.

 

Ya ha lavado el nódulo de Gurmell y lo ha depositado en el líquido verde. Tiene tiempo de recoger a los cornicoles y de guardar al ganado antes de dirigirse a la cueva de la reproducción.

Una vez en la cueva de la reproducción, se lava de nuevo las piernas con agua del manantial. Coloca el nódulo de Gurmell sobre la pierna derecha, cerca de la herida, de la que mana sangre nueva. La sangre y el nódulo se juntan. Y el nódulo cobra vida, se mueve, lento, hacia la herida. El dolor vuelve, arremete con fuerza. Ochcoch sabe que el reacomodamiento de sus rodillas ya es un hecho.

Abnegación, dolor, amor: Ochcoch ya está completo. Pasa allí la noche hasta que la transformación se completa. Ahora es él y es ella.

Ochcoch experimenta un placer enorme: se está cumpliendo el ciclo estipulado. Se siente tan pleno y lleno de nuevas energías que se echa a llorar.

La oscuridad de la cueva de la reproducción de la Montaña de las Cuevas va dejando paso a la luz del amanecer. Ochcoch ve los incalculables tonos de rojo, moteados aquí y allá por puntos turquesa, y se da cuenta de que la naturaleza no sólo es sabia, también es hermosa. Dueña de una hermosura que se genera en los sentimientos, sensaciones únicas, y que sólo asociada a éstos la mente puede por fin disfrutar.

Ochcoch vuelve a la cueva de la comida, y termina de devorar al cuellolargo. Como siempre, los cornicoles aprovechan los nutrientes a través de la pelambre de Ochcoch. Nutrientes cargados de genética.

En la penumbra, ya en medio de la noche, Ochcoch se descubre vibrando, lleno de impulsos desconocidos. Una turgencia en su pierna derecha, ansiedad en la izquierda: sus piernas quieren acoplarse. Ochcoch no puede dominarlas, ya no es dueño de ellas.

Un éxtasis profundo se apodera de Ochcoch, los sentimientos son los que mandan y la mente es la que obedece. La unión se consuma.

Amanece. En el interior, los cornicoles que cubren la pelambre de Ochcoch se dedican al bullicio del despertar matutino. Logran que Ochcoch también despierte. Aunque es una mañana diferente, sabe que igual tiene que salir y dejar a los pequeños en el cantero de alimentación.

Disfruta cada movimiento que el cuerpo le ofrece. Se siente pleno, vital. Ni siquiera la primera humedad de la época de humedad lo desanima. Pronto la abundancia llegará a la Montaña de las Cuevas.

 

Ochcoch ya ha perdido los complementos arriba de sus rodillas. Ya no es él, ya no es ella. Retornan a su pensamiento las especulaciones sobre la importancia de los ciclos naturales. Deduce que no puede permitir que sean alterados. La razón le dicta que debe atenerse a lo que es, a lo que siempre será. Relaciona su forma de vida con la de los animales que conoce: se da cuenta de las diferencias. No extraña los sentimientos. Son recuerdos que la mente lógica sólo puede transformar en quimeras, en sueños, en susurros que ni llegan a ser palabras. Ve a las emociones como remiendos de una realidad de inconstancia. Como comprensiones inalcanzables, vanas. Sin embargo esos recuerdos le dejan un sabor amargo.

El recuerdo de las emociones lo lleva a compararlos con el sometimiento.


Ilustración: TUT

Deja a los cornicoles y se dirige a la cueva de la reproducción. De pie, usando de apoyo una de las paredes, constata lo que ya sabía: una nueva vida ha irrumpido a través de donde se había arraigado el saco ovular de Altressa. Es una cosa pequeña, movediza, que apenas se arrastra por el pelaje hasta llegar a un pliegue profundo de la piel. Ahí se introduce, en busca de cobijo. Y ahí mismo, piensa Ochcoch, encontrará el alimento necesario hasta el momento en que pueda vagar en soledad por la Montaña de las Cuevas.

Ochcoch baja hasta la playa por la empinada cuesta de tierra colorada. Percibe el rítmico instinto básico que lo conduce al recuerdo del agua. Las piernas combadas estorban, pero la decisión de la mente prevalece, y no hace caso a la molestia.

Se interna en el mar hasta la mitad del cuerpo, cuidando que ese pliegue de piel, donde descansa la nueva vida, permanezca estanco.

Los dolores del parto se intensifican. Las heridas de las piernas han sido una suave caricia al lado de esto. Pero una vez más el control mental prevalece.

Una nueva y pequeña Altressa nace al viejo mundo de los ciclos y sus inmutabilidades.

Ochcoch sufre el comportamiento agresivo que acompañará a Altressa, la cazadora del mar y la tierra, por el resto de su vida. Ella lo ataca a dentelladas, pero Ochcoch apenas las siente. Altressa no podrá dañarlo, al menos por ahora. Entonces Ochcoch echa al agua el cornicol amarillo.

Ve que Altressa, como experimentada cazadora que es, se lanza sobre el cornicol y lo devora.

Ya está, piensa Ochcoch. La información genética del cornicol fue introducida con éxito.

Altressa cae en un trance, para luego de algunas cabeceadas fuera del agua lanzarse a toda velocidad hacia lo profundo.

Ochcoch sale del mar y se dirige a la Montaña de las Cuevas sabiendo que un nuevo principio y fin está próximo.

 

Junta pajas secas.

En la cueva del descanso, con esas pajas arma un círculo mullido, y se sienta sobre él.

Desoyendo el llamado de los cornicoles y no atendiendo el ganado, pasa una jornada allí. Por fin el esfuerzo da resultado: un huevo yace en el fondo de paja. Ochcoch sabe que tiene poco tiempo para sus obligaciones. Tapa con más paja al huevo y corre a recoger a los cornicoles y a encerrar a los cuellolargos.

Ochcoch, dándole calor al huevo, razona sobre lo finito de la naturaleza y lo infinito de sus razonamientos. Copiarse a sí mismo una y otra vez. Los ciclos deben permanecer inmutables, es la ley. ¿Qué diferencia encuentra entre él y la Montaña de las Cuevas? ¿Se reproducirá la montaña? ¿Serán copias de sí mismas su descendencia? ¿Habrá más montañas allá, afuera de la cúpula?

El huevo vibra. El cascarón se rompe desde adentro. Aparecen el pico, la cabeza.

Un Gurmell pequeño mira a Ochcoch.

No va a ser tan sencillo como con Altressa, piensa Ochcoch.

Es el ciclo de la humedad, de la abundancia, por lo que los léviles anidan y los derdos dan a luz en sus madrigueras.

Ochcoch toma un pichón de lévil y se lo lleva a Gurmell, que sólo con verlo se le echa encima.

Ochcoch considera que siete jornadas fueron suficientes. Gurmell triplicó su tamaño y falta poco para que se convierta en el gran cazador del aire. Ochcoch arroja el cornicol verde al ave, que de un bocado se lo traga. Listo, otra información genética que se dosificó con éxito.

No pasa mucho para que Gurmell, luego de un pequeño trance, salga de la cueva y vuele hasta la que será su propia cueva, allá, en las alturas.

 

Anochece.

Ochcoch encierra a los cuellolargos y recoge a los cornicoles. Una vez en su cueva, la mente interviene racionalizando lo vivido. La lógica genera pensamientos elaborados. La vigilia transmuta en sueño. La vida, que lleva alimentándose bajo el pliegue de piel, ya tiene considerable tamaño. Ochcoch se duerme con la afirmación cierta de lo cíclico del descanso.

Se despierta en medio de la noche cargado de razonamientos especulativos. De nuevo la lógica machaca por enésima vez que los ciclos deben ser respetados, aún a pesar del individuo.

Ochcoch deja el reparo de ese pliegue de piel en cuyo interior recibió tanto alimento como cobijo. Extiende una mano, toma un cornicol y se lo come ante la atenta mirada de Ochcoch. Uno a uno, los cornicoles son devorados. Sólo una pareja es resguardada. Y esta pareja cambia de pelambre. La información genética para Ochcoch ahora está completa. Falta la memoria atávica.

Ochcoch mira a Ochcoch que ahora cuida de los cornicoles, y la razón le reafirma por última vez que los ciclos deben respetarse. Entonces cierra los ojos: todo pensamiento se detiene.

Un Ochcoch mira cómo Ochcoch ha cerrado los ojos. Sabe que tiene poco tiempo. Toma una piedra afilada y destaza a Ochcoch. El gran cerebro, fresco, todavía palpitante, es devorado con rapidez.

Ochcoch se duerme junto a la cáscara de Ochcoch, racionalizando por primera vez sobre la inmutabilidad como elemento necesario.

A la mañana siguiente, arrastrando a Ochcoch de una pierna, Ochcoch permite que los dos cornicoles desciendan al cantero de alimentación. Cuando se reproduzcan tendrá que separar otros dos para que sean uno amarillo y otro verde, y con ellos traspasarle la memoria genética a los futuros Altressa y Gurmell.

Y se dirige a la playa.

Deja a Ochcoch al alcance de la marea, los peces y los léviles. Así, indirectamente, Altressa y Gurmell tendrán su parte de Ochcoch

El sol ocre-naranja tiñe el mar y la arena. Subido a esa duna ocre-rojiza comprende que una nueva Era Intelectual ha comenzado. La razón concluye que, efectivamente, los ciclos son inmutables.

 

*

 

El Licenciado Vázquez sube las gradas de la sala Magna de la Universidad Marte. Desde ahí puede ver el Replicador. Tantos años de esfuerzos, sacrificios, se jugarán en una sola presentación.

Se sienta y reconoce que, desde esa perspectiva, a través del plexiglás, la máquina semeja una isla solitaria con montaña propia.

Los espectadores llegan en oleadas. Ninguno quiere perderse detalle. Si el Replicadorrealmente funciona, los viajes espaciales largos ya no serán obstáculo.

Vázquez ocupa su sitio al lado del Profesor Alonso y el Ingeniero Carletti. Los tres máximos responsables de la investigación y desarrollo de la máquina.

Una vez completados los asientos, Carletti toma la palabra.

—Colegas, amigos, señoras y señores de la prensa, público en general: en sus bancas pueden observar un micrófono. Pidan lo que deseen que la máquina replique. Elegiremos los tres más votados.

Pronto, Vázquez cuenta los pedidos:

—Los tres más solicitados son: un pescado, un huevo y un bistec. Procedamos entonces.

Alonso, pidiendo perdón por no haber podido terminar a tiempo el sistema de reconocimiento de voz, teclea tres solicitudes.

El Replicadorcobra vida. Una luz potente, como un sol en miniatura, recorre amplios arcos a velocidad pasmosa. Un lego diría que son ciclos enloquecidos de días y noches, piensa Vázquez. Y observa fascinado, aún no termina de creerlo.

Por fin el Replicadorfrena todo movimiento.

Una puerta, ubicada estratégicamente sobre un costado de la máquina, se eleva. Una bandeja aparece por la abertura. En la bandeja pueden verse un pescado, un huevo y un bistec.

Una ovación festeja el triunfo de la ciencia.

Entonces, un emocionado Vázquez, tomando el micrófono, anuncia:

—Señores, ¡el viaje hacia las estrellas es posible!

Y una nueva ovación, aún más grande que la primera, declara que el hombre podrá ver y vivir bajo otros soles.

 

 

Ricardo Germán Giorno nació en 1952 en Núñez, ciudad de Buenos Aires. Es casado con dos hijos. Empezó a escribir a los 48 años, pero recién a los 52 decidió dedicarse a la literatura. Gracias a un trabajo continuo y tenaz, Ricardo Germán Giorno se supera día a día.

Es miembro activo de varios talleres literarios. Ha publicado cuentos de ciencia ficción en AXXÓN, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LA IDEA FIJA, NM, y un libro propio de relatos Subyacente Inesperado y otros cuentos (Alumni, Buenos Aires, 2004).

Su cuento Pulsante apareció en la antología Desde el Taller. Puede conocer más de este autor en la Enciclopedia.

Hemos publicado en Axxón: JINETES (163), SEOL bajo el seudónimo colectivo “Américo C. España” con Erath Juárez Hernández, David Moniño y Eduardo M. Laens Aguiar (165), TANGOSPACIO, (168), ROBOPSIQUIATRA 10.203.911 (169), PAN-RAKIB (170), CERRADA (179), EL EFECTO TORTUGA (180), EL G (187), DEVENIR (194)

 


Este cuento se vincula temáticamente con DAGON, de Howard Philips Lovecraft, EL ESPEJO, de Gustavo Daniel Cabretón, LOS LOBOS DE UMBRIA, de JJorge Valentín Miño.

 

Axxón 204 – enero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia-Ficción : Invento : Experimento : Tiempo : Seres fantásticos : Argentina : Argentino).


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