¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

La historia de la ciencia está recorrida por otro relato siempre paralelo y subterráneo, un lugar donde las fronteras del mundo científico se desdibujan y se pierden. Sean los experimentos de algunos alquimistas serios, del genial Tesla o de científicos anónimos que pecaron por no estar en el lugar adecuado pese a tener razón en aquello que hayan querido demostrar, lo cierto es que la actividad científica oficial ha tenido siempre un lugar para la subversión. Allí pertenecen los episodios nunca terminados de precisar, como la terapia con crotoxina, la fusión fría o la gravedad positiva. Emblema de la ciencia del tercer mundo, siempre con el handicap de su origen y la oposición de los intereses de los países centrales, la investigación malograda sobre las posibilidades de la gravedad positiva aún no se olvida. Repasemos brevemente el concepto. Desde Newton, el mundo sabe que entre los cuerpos dotados de masa se ejerce una atracción gravitatoria, es decir, una fuerza que arrastra los objetos hacia un centro de masa. La teoría newtoniana sobre la gravedad fue ampliada por Einstein, quien la incluyó en su descripción del espacio tiempo como continuo donde se manifiesta esta fuerza peculiar. A pesar de los esfuerzos realizados, nunca se pudo explicar del todo la naturaleza de la gravedad, ni tampoco se pudo detectar una hipotética partícula de intercambio, el gravitón, que la transportaría a través del universo. Incluso se atribuyó su existencia a un posible bosón, así llamada esta partícula porque su comportamiento seguiría las reglas estadísticas de Bose-Einstein. Este bosón de Higgs tampoco fue detectado y la teoría de la gravedad tambalea por falta de resultados experimentales que terminen de explicarla. Sin embargo, los baches de la teoría gravitatoria estándar pudieron haberse salvado por el trabajo de dos sabios vecinos de la ciudad de Berazategui, según se puede reconstruir de la investigación histórica de la escasa y joven ciencia berazateguense. En efecto, habría sido por los años sesenta cuando el profesor Dinelli, vecino del barrio de los monoblocks y habitué del bar “Moreno”, así denominado por el viejo nombre de la actual calle 16, diera forma a la idea que el dueño del bar le brindara, entre copa y copa de Hesperidina. “Moreno”, como se conocía al italiano de edad indefinida cuyo verdadera nombre era Piero Luigi Canazzotti, quien juraba haber sido ingeniero en Italia hasta ser expulsado por los nazis, tenía sus propias ideas sobre la gravedad. Pero fue la ayuda del profesor Dinelli, quien a la sazón impartía clases de Análisis Matemático en el Instituto Politécnico, joya pedagógica del municipio, el elemento que faltaba para darle forma científica a las tal vez acertadas pero indudablemente geniales elucubraciones de Moreno sobre una de las fuerzas fundamentales del universo. Era una tarde de diciembre cuando en los lejanos Estados Unidos los astronautas daban los primeros y tímidos pasos en su larga carrera hacia la Luna, cuando Moreno sentenció una frase que luego se haría famosa entre el reducido círculo de acólitos. El testigo de aquel momento histórico fue Hernán Domenech, un alumno de cuarto año encargado temporalmente, cual un moderno Juan Grillo, de acompañar al profesor Dinelli en sus mediodías para que retornara a horario, y en lo posible sobrio, al dictado de sus clases de la tarde. Toda la concurrencia del bar, es decir, el profesor, el joven estudiante y el mismo Moreno, estaba atenta al televisor Admiral cuya pantalla verdosa mostraba el celeste y negro la transmisión del interior de una nave Gemini en órbita alrededor de la Tierra. Los astronautas acababan de cumplir un hito importantísimo: habían logrado acoplar la nave espacial con un módulo lunar.

—Impresionante —dijo Dinelli, degustando un sorbo de aperitivo.

—¿Sabe lo que pasa, Dinelli? —dijo Moreno, saliendo detrás de la barra y soltándose el delantal blanco—. La están pifiando.

—No sé…

—La están pifiando —repitió Moreno, dándole énfasis a sus palabras con una sonora cachetada que le propinó al televisor, arreglando de esta manera, rústica pero efectiva, el sincronismo del vertical.

—¿Usted dice por el acoplamiento? Si no practican con eso nunca van a poder llegar a la Luna.

—No, la están pifiando con los cálculos, largándose así… —Moreno arrojó el delantal sobre el mostrador, indignado.

—¡Pero está todo calculado! Yo miré los elementos orbitales y la transferencia de Hohmman; parecen buenos…

—Olvidesé. Tarde o temprano van a tener que utilizar una inyección translunar, con un encendido adicional. Y ahí se les va a caer todo.

—Más a mi favor —dijo Dinelli—. Justamente, si hacen una inyección translunar, pueden corregir la trayectoria cuando quieran, es más seguro inclusive.

—Se la van a poner de cabeza contra el Mar de la Tranquilidad —dijo Moreno, arremangándose la camisa de rayitas azules y blancas. Ya había comenzado a transpirar.

El profesor Dinelli apartó bruscamente el vaso y la botella de Lusera de la mesa, tirando algunos palitos salados al piso. Sacó una regla de cálculo de su saco y un cuaderno. Se puso al buscar el lápiz en el bolsillo de los pantalones cuando Moreno lo interrumpió.

—Deje, profesor… no se gaste. Sus números darán bien, pero los tres pobres tipos que manden a la Luna se terminarán haciendo puré. En la NASA están tomando mal el valor de la gravedad.

—No entiendo…

—Están tomando mal el campo gravitatorio —dijo Moreno, meneando la cabeza con lástima—. El vector es positivo, pero aún no se dan cuenta.

—Moreno, usted me dice que si las G son positivas para el sistema de referencia… el resultado es el mismo.

—Con la corrección relativista se va a los caños, creamé.

—Pero igualmente, es imposible considerar positiva a la gravedad… eso significaría que los cuerpos se repelen —dijo Dinelli, algo amoscado.

—Y sí, es la verdad… se repelen.

—¡Mire! —dijo Dinelli, sujetando su vaso a la altura de la frente, con la actitud desafiante de quien podría soltarlo en cualquier momento.

—Miro y le digo: ese vaso está siendo repelido por la Tierra.

El profesor miró el vaso, pensó un segundo, decidió tomarse el contenido que le quedaba y luego lo volvió a alzar frente a su cara. Entonces lo soltó. El cristal templado de Rigolleau rebotó contra el piso, hizo un par de piruetas y terminó entero bajo una silla.

—La tierra no parece repelerlo mucho —dijo Dinelli, volviéndose a sentar, quizá algo defraudado por la renuencia del vaso a coronar con un merecido estallido su brillante demostración.

—Usted se olvida de algo. Mejor dicho, desconoce algo —dijo Moreno, aporreando una cubetera demasiado fría para liberar los humeantes cubitos de hielo.

—A ver, cuentemé.

—La repulsión del espacio.

—Nunca oí hablar de eso.

—Lógico, pero existe.

—¿Y usted cómo lo sabe?

—Mire, en Milán ya lo teníamos medido y todo, siempre en secreto, pero cuando llegaron los alemanes tuvimos que quemar todos los papeles.

—La repulsión del espacio.

—Sí —dijo Moreno, escanciando un poco de Cinzano para su propio consumo—. ¿Va a querer salamín?

—Dele —dijo Dinelli, como quien perdona.

—Bueno, la cosa es así. —Moreno empezó a forcejear con la piel rebelde de un embutido demasiado seco—. El espacio repele los cuerpos masivos. Ése es el vector correcto de la gravedad, el positivo. Un cuerpo planetario aislado en el universo infinito recibe una repulsión pareja de todas las direcciones. Ahora, la puta que lo parió, casi me corto un dedo… bueno, ahora ponga otro cuerpo similar, pongalé a un millón de kilómetros. —Moreno consiguió pelar dificultosamente una porción comestible de salamín.

—Se atraen.

—Sí, aparentemente se atraen pero no porque se quieran, ¿me explico? La gravedad universal los empuja uno contra otro porque los dos cuerpos…

—¡Se hacen sombra! Se apantallan entre sí… —interrumpió Dinelli, como despertando de un sueño.

—¿Vio? ¿No está claro? No los une el amor, sino el espanto —dijo Moreno para la inmortalidad. Su frase calaría hondo no solamente en la ciencia local sino que llegaría a ser inspiración del inmortal Borges.

—O sea que, según usted, todos los cuerpos se repelen, pero se atraen porque es mayor la repulsión del espacio.

—Exacto. La materia es opaca a la gravedad. Por eso hace sombra.

—Pero. perdóneme, su teoría no explica un sistema de n-cuerpos.

—¿Ah, no? Haga la prueba, hagalá —pronunció Moreno, como pudo, mientras masticaba una rodaja de salame.


Ilustración: Pedro Belushi

El resultado fue que esa tarde Dinelli no dio clase, sino que se dedicó a llenar un pizarrón con tensores, ecuaciones diferenciales y cálculos tan diversos y exóticos que sus alumnos no osaron interrumpir su repentino fervor. La conclusión era tremenda: Moreno estaba, básicamente, en lo cierto. Los profesores de matemáticas, física y aún química se dieron cita en el aula para verificar los resultados. Todos terminaron convencidos, si no de la realidad, por lo menos de la coherencia del modelo Moreno de la gravedad. La conclusión era unánime, la verificación definitiva debía hacerse en órbita, pero si los cálculos eran ciertos, había que hacer algunas correcciones mínimas en el plan orbital para poder enviar una nave a la Luna. Nadie apostaba por la incidencia del error en un viaje de menos de un millón de kilómetros, pero la opinión unánime era que debía investigarse. Se adaptó el laboratorio de física del Politécnico para hacer las calibraciones de todos los aparatos que intervendrían en la medición de la magnitud más insospechada del siglo: la repulsión gravitatoria. Pronto fue evidente que el andamiaje necesario para la fase experimental excedía la capacidad del reputado colegio. Se involucró entonces al flamante Club Ducilo, quien donó temporalmente un tinglado para instalar un laboratorio. Mientras tanto, la urgencia de la hora convenció a Dinelli de la necesidad de advertir cuanto antes tanto a la NASA como a la agencia espacial soviética sobre el peligro que afrontaban al seguir la carrera especial desconociendo el factor imprevisto de la verdadera naturaleza de la gravedad. Se juntaron en el bar de Moreno el profesor Dinelli, sus compañeros y el alumno Domenech, joven privilegiado por la fortuna que lo puso nuevamente en ese día al frente de la misión de mantener sobrio a su profesor. Allí, reunidos alrededor de una picada con vermouth, los científicos de Berazategui escribieron una comunicación del mismo tenor que aquella redactada por Einstein y sus colegas en ocasión de advertirle al presidente Roosevelt sobre la necesidad de construir la bomba atómica. Al finalizar el tipeo, hecho en una máquina de escribir prestada por la Municipalidad y traída en brazos por el joven Domenech, el grupo de entusiastas cayó en la cuenta de que no conocían a nadie en las filas de la NASA ni mucho menos tras la cortina de hierro. ¿A quién debían enviar las cartas? La desazón casi desarma la iniciativa, pero la suerte, nuevamente, se encargó de volver el tren a la vía del éxito. El joven Hernán Domenech recordó que un vecino del monoblock, el señor Martínez del departamento 5, en breve viajaría a los Estados Unidos de América. Quizás él podría hacer la gestión de entregarla en la NASA.

—Es lo mismo que enviarla desde acá… Estados Unidos es grande. Se va a perder —discrepó uno de los contertulios.

—Bueno, pero el tipo ya estará allá. Por lo menos le resultará más fácil.

—Yo tengo idea de que hay una sucursal de la NASA en todas las ciudades importantes.

—En Houston hay.

—En California, también.

Pronto se aceptó la idea de Hernán, es decir, mandar la carta por el vecino que viajaría a Nueva York el mes entrante. El domingo, cuando Hernán se encontró con su vecino y le explicó el plan, el futuro viajero aceptó de inmediato una comisión tan importante, más que nada porque conocía a la familia del joven emprendedor y educado a quien pretendía secretamente de yerno. De todas maneras, la gestión fue breve, porque quiso la casualidad que el señor Martínez mencionara el asunto en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, en ocasión de retirar su visa. En ese momento le pidieron la carta y le aseguraron que llegaría en menos de tres días al director de la agencia espacial norteamericana. Un problema solucionado, pero aún faltaba advertir a los rusos, dado que si bien ellos eran mucho más reservados que los americanos con sus planes espaciales, aún cabía la posibilidad de que enviaran una misión tripulada a nuestro satélite. Al día siguiente un hombre alto y rubio llegó en un costoso vehículo negro al bar de Moreno, donde se identificó como un miembro de la embajada soviética y pidió el ejemplar de la carta que le correspondía a la URSS. Por casualidad, el impresionado Moreno había conservado la copia carbónica en el cajón de la registradora. Se la entregó de inmediato y el fornido visitante se lo agradeció con un beso en cada mejilla, retirándose inmediatamente sin decir más palabras.

Ya cumplido el deber humanitario de comunicar el descubrimiento a los principales involucrados, restaba la verificación experimental para completar la comunicación científica. Para eso se consiguió el auspicio de la fábrica Vianinni, quien donó su planta de fabricación de pilotes de fibrocemento para la instalación de los detectores que habrían de medir la gravedad repulsiva del espacio. Así se edificó un complejo en los campos aledaños al tambo de Barzola. Este moderno centro experimental estaba comunicado por un túnel con el tinglado del Club Ducilo. Los pilotes se colocaron a lo largo del túnel conteniendo una masa exactamente medida de plomo puro. La desviación gravitatoria medida en una longitud dada operaba como un campo gravitatorio plano que de esa manera podría compararse con el campo gravitatorio terrestre y verificarse si el desvío esperado era aumentado o disminuido por la acción repulsiva antes que atractiva del espacio vacío. Los resultados estaban prácticamente verificados cuando Moreno recibió la visita de un funcionario de la NASA. El apuesto americano fue convidado con una picada improvisada luego de la cual fue conducido por el mismo Moreno a visitar las instalaciones del experimento. Impresionado, el extranjero agradeció a todo el personal reunido en el Club Ducilo, un grupo que había llegado a sumar veinte voluntarios en pos de la ciencia. A cada uno le repartió un ejemplar de la carta de agradecimiento del director de la agencia espacial y un escudo de la misión Gemini firmado por los astronautas. Sin dar nombres, aludió a los oscuros intereses de “otras potencias” que querrían sabotear este avance y pidió mesura para tratar el tema así como discreción en los descubrimientos. Felices por el encuentro, los emprendedores científicos volvieron al trabajo que se había convertido en la segunda actividad, si no la primera, de todos ellos. Lamentablemente, la catástrofe acechaba a la espera de asestar el zarpazo demoledor a los sueños de esta gente apasionada. Por un lamentable error de planificación, el túnel pasaba demasiado cerca del primer ducto cloacal que llevaba los escasos pero intensos desechos de la joven ciudad a la planta colectora de la rivera. Una rotura imprevista del caño provocó la inmediata inundación del túnel del experimento con las aguas servidas. En un segundo, miles de envenenados hectolitros de líquido oscuro se precipitaron hacia las entrañas del complejo científico. Si bien nadie perdió la vida, hubo que lamentar varios heridos y sofocados. Los bomberos tardaron un día entero en liberar a la última víctima, una joven alumna del politécnico llamada María Laura Pérsico, que había quedado encerrada en un tanque de fibrocemento repleto de materia fecal. Un psicólogo de la policía había convencido a la desesperada científica de no quitarse la vida y esperar el auxilio que estaba pronto a llegar. El colapso del túnel sepultó toda esperanza de recuperación, puesto que no hubo tiempo de rescatar el costosísimo instrumental que se había sacado a pagar de una proveeduría científica de la calle Córdoba. Ya repuestos del susto y las heridas, el grupo de científicos berazateguenses se hizo presente en el predio para ver cómo los camiones municipales, cargados de tierra, sepultaban literalmente el peligroso complejo subterráneo y con él, las esperanzas científicas de una comunidad apesadumbrada.

El tiempo implacable pasó como un soplo arrastrando años y décadas como hojas de otoño. Dinelli se jubiló como profesor, el joven Domenech se fue a los Estados Unidos y finalmente llegó a trabajar en la NASA como encargado de la pintura de la torre de lanzamiento de cabo Cañaveral. También logró desposar a la hija del señor Martínez y terminó viviendo con su suegro en La Florida. Moreno siguió al frente de su bar durante unos cuantos años. Luego lo vendió, cuando ya la salud no le permitía atenderlo. Los papeles que conservó finalmente fueron analizados por computadoras en el centro de cálculo científico de la Universidad de La Plata, cargados allí gracias a la gestión de aquella jovencita salvada de milagro del accidente, por entonces devenida en Secretaria de Ciencia y Técnica de la comuna. Los datos rescatados del experimento eran parciales y nada definitivos, pero alcanzaban para mostrar una anomalía que se escapaba incluso de la hipótesis de la gravedad repulsiva. Los datos parecían confirmar a Moreno, pero insinuaban algo más que no terminaba de esbozarse, pero que de todas maneras impedía verificar la teoría. La última vez que Dinelli fue a visitar a Moreno al hogar de ancianos de la calle 21, ambos se abrazaron entre lágrimas.

—¡Qué cerca estuvimos, profe! —recordaba el viejo barman.

—No hay que lamentarse, Moreno. Usted tenía razón y ya se demostrará.

Estaban juntos cuando vieron y escucharon por el Discovery Channel, esta vez en el televisor color con sonido estéreo, la noticia de la revolución que se había producido en las teorías cosmológicas a raíz del descubrimiento de la materia oscura, que causaría las anomalías medidas en las constantes fundamentales del universo.

—¿Vio, Moreno? ¡La materia oscura!

—Sí. La misma que nos cagó a nosotros, profe.

Ambos próceres callaron pensativos, mientras nuevas voces emprendían la eterna aventura de describir el mundo.

 

 

No vamos a agregar demasiado sobre Fabián C. Casas, pues últimamente se ha transformado en un abonado a nuestras páginas. Desde su amada Berazategui, provincia de Buenos Aires, República Argentina, nos regala cada tanto estas historias alocadas y a la vez costumbristas, enormemente marcadas por su impronta. Y, tal vez extrañamente, en estos últimos cuentos no hay ningún jedi.

Hemos publicado en Axxón: REFLEJOS, CONTRA EL TAXISTA, EL IDIOMA DE LOS PRÓCERES (que también salió en el Anuario de Axxón), EL JEDI SE VA DE COMPRAS, EL EXAMEN MÉDICO, LA VIDA EN LA GALAXIA, UN MISTERIO URBANO EN ROSARIO, ARGENTINA, LA NAVE DE LOS SUEÑOS, LA SEMANA ALEATORIA: CRÓNICA DE UN EXPERIMENTO SOCIAL, MISIÓN ESPACIAL AL ASTEROIDE DEL GENERAL y EL PAÍS QUE OCUPA LA ISLA DE SMARA.


Este cuento se vincula temáticamente con ¿QUÉ ES EL “SECRETARIADO CUÁNTICO”?, de Saurio; EL GATO DE SCHRÖDINGER, de Juan Pablo Patiño y EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE, de Ricardo Gabriel Zanelli.


Axxón 217 – abril de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Humor : Leyes físicas : Argentina : Argentino).



2 Respuestas a ““La situación gravitatoria en Berazategui”, Fabián C. Casas”
  1. dany dice:

    Es así, nomás. Siempre hay incomprendidos en el mundo de la ciencia. Pero ojo, no es tonto el argumento. ¿Cuántas veces ha cambiado la visión que tenemos del Universo?
    Bien, Fabián, lo lograste de nuevo.

  2.  
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