¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 


Ilustración: Tut

Tuve que sacarme el casco. Lo único que vuelve soportable el calor de este mediodía es el viento en la cara, la velocidad de la moto para cortar la pampa. El rugido me anestesia, me vacía la mente.

Ni sé cuántos días llevo viajando, metido en esta inmensidad, siguiendo el asfalto. Paro para dormir y para cargar nafta, nada más. No crean que no me doy cuenta de cómo me mira la gente en los paradores. Pero sé que no estoy loco. Hasta tengo la impresión de que en esta realidad de simulaciones soy el único verdaderamente cuerdo. Lo único que me importa es llegar.

Desde que empezaron los sueños, desde que su voz me habló por primera vez, supe que tarde o temprano… Veo las señales a la distancia; dejo la ruta y avanzo a campo traviesa apretando el acelerador. Siento un ahogo de temor y de ansiedad, como un ardor que crece en la boca del estómago. Tengo miedo, pero al mismo tiempo no cambiaría esto por ninguna otra cosa. Sé que voy hacia mi destino, y me digo que tengo suerte. En este mundo cínico en el que nadie cree en nada, en el que la gente no sabe ni para qué vive, yo tengo una misión.

Al subir la cuesta me hallo frente a la hondonada, y al contemplarla siento ese mareo, esa leve confusión que anticipó el primer sueño. Emprendo el descenso, empujado por una fuerza que crece, que me arrastra. Me doy cuenta de que sería imposible detenerme aunque quisiera hacerlo, y me dejo llevar hacia adelante, hacia abajo, hacia adentro de la bruma leve que confunde las formas y mantiene oculto lo que hay más allá. Siento un cambio en el aire, una pesadez de pestilencia, la ladera que se hace puente, durmientes de madera y después calle empedrada bajo los cascos metálicos de mi estimballo. Las calles anchas por las que llevan el ganado hacia los mataderos de la Gran Aldea, el ruido de las fábricas y sus chimeneas que no dejan de humear ni durante la noche, altos muros de ladrillo detrás de los que adivino el incesante trajín de manos y máquinas, fuelles, tendones y engranajes que terminan confundiéndose en una misma cosa, y después las calles más angostas, que van hacia el arrabal, hacia los conventillos.

No me cuesta encontrar el inquilinato que busco. Me lo anuncian el humo ya desvaído, el penetrante olor a quemado. Desmonto en la entrada, ato en el farol al estimballo que resopla, nubecitas de vapor inquieto en el aire fresco de la madrugada, lo palmeo en el lomo metálico y entro. Debe hacer apenas unas horas que lograron apagar el incendio. Todavía se adivina el latido del fuego en las paredes tiznadas, en las guías de madera reducidas a puntales semiquemados. A la luz de la luna enorme, atravieso el patio encharcado, lleno de restos, al que dan todas las puertas y ventanas. Parece que apenas se acallaron los gritos y los llantos y hay todavía como una vibración residual y desesperada en el aire que huele rancio, a agua podrida y a carne quemada. Imagino los cuerpos agarrotados, hombres, mujeres y niños aterrados, envueltos por el horror de las llamas. Y en el extremo del patio, veo el altar destruido y la firma de los gitanos.

La gente confunde a los jázaros y a los gitanos, y no se da cuenta de que con eso los insulta a los dos, porque están peleados a muerte. Acá está la demostración. Miren que prender fuego uno de los inquilinatos… Hay que ser hijo de mala madre. Y tampoco es algo que se hace así nomás. Habría que ver si esto fue sólo por la rivalidad entre las familias o viene por el lado de que el jázaro Eleazar quería armar un sindicato en la fábrica de Yuusen. Pasan demasiadas cosas raras ahí y no me extrañaría que el viejo —o el hijo, que es peor que el viejo— haya pinchado a los gitanos y endulzado a la gorra. Seguro los estimanes se guardaron todos en la comisaría, liberaron la zona, y los gitanos hicieron lo que quisieron. Seguro ni el carro de los bomberos vino; lo habrán apagado entre los vecinos. No hace falta que nadie me lo cuente; cualquiera que viva en La Boca sabe que estas cosas pasan así; como también sabe que no hay que meterse. Pero, claro, eso no se aplica a mí. Yo no tengo elección. Bah, eso es verdad sólo a medias. No tengo elección y al mismo tiempo la tengo. Pude elegir no venir, pero no pude elegir no saber que he sido llamado.

Reconozco la fachada descascara de la pieza que busco. Están borroneados sobre el dintel los símbolos meta-alquímicos de protección. La puerta arrancada, caída hacia adentro. Me doy cuenta de que me sudan las manos. El tufo a carne quemada es nauseabundo. No es que sea un canalla, no es que no me importe lo que pasó acá o que no tenga respeto por los difuntos, pero he visto muchas cosas en mi vida y no me asustan la muerte o la destrucción; lo que realmente me inquieta es aquello que me espera y de lo que nada sé. Al final, me persigno y entro.

Apenas doy un par de pasos en el interior y mis ojos están tratando de acostumbrarse a la penumbra densa, cuando siento un movimiento a mis espaldas, percibo el peligro y me vuelvo con rapidez, derribando a la mujer que me ataca. En el piso, todavía aferra un filo que centella y está lista para volver a echárseme encima, pero algo se afloja en su cara al mirarme, la fiereza desaparece, y casi sonríe. Se recuesta contra la pared, la luz de la luna le da sobre la cara y sé lo que va a decir incluso antes de que sus labios empiecen a moverse.

—Por fin estás acá… Tenía miedo de que no llegaras a tiempo.

Es joven y hermosa, jázara hasta la médula, y debe ser algo sobrenatural lo que la mantiene viva a pesar del rosetón de sangre que se le abre en el pecho; quizás ella misma es una quimera. Conteniendo la respiración, la escucho decir trabajosamente:

—Está ahí. La escondí en la otra pieza… Esta vez no la encontraron, pero no van a dejar de buscarla… Te la tenés que llevar. Tenés que protegerla y prepararla. Tenés que ayudarla para que llegue a ser todo lo que puede ser.

Asiento guardando mi cuchillo, recordando todos los sueños y presagios, conociendo y abrazando finalmente mi destino. Es una sensación extraña. Sé que estoy aceptando una gran responsabilidad, pero no hay angustia en mí, sino cierto ¿alivio? Parece que eso le basta a ella para dejarse ir, para soltar aquello que la unía a la vida.

Me encamino hacia la otra pieza extrañamente tranquilo. Si es que alguna vez tuve dudas, ya no las tengo. Cruzo el umbral, entro en la oscuridad y al instante percibo la pequeña presencia dentro del inmenso laboratorio destruido. Siento el frío, el aroma a desinfectante que el humo no cubrió por completo. Bajo el parpadeo de la luz de emergencia, observo las vitrinas rotas, los equipos desbaratados, las superficies lisas y cromadas, ahora ennegrecidas y con restos de espuma de extinguidor. Me sobresalta el chisporroteo de unos cables en cortocircuito. Debieron estar desesperados para hacer esto. El robo de tecnología es algo muy serio. La Estructura lo pena con severidad. Pero un ataque de este tipo seguramente es más que un robo, es un mensaje. Y quizás la Estructura en este caso mire hacia otro lado, porque esto le conviene, porque lo que se hacía acá le preocupa, porque no le gusta que compañías que no controla desarrollen sus propios proyectos de investigación. A medida que camino, aumenta mi urgencia. No sé qué compuestos puedan haberse liberado, ni qué radiaciones puedan estar emitiéndose. No sé si está protegida. Debo encontrarla rápido. Me alegra llevar puesto mi traje yarbis, pero es un traje para ambientes extremos, tampoco me protege de todo. Me resulta difícil avanzar entre los restos, pero sigo adelante. La percibo como una pulsación tibia que me guía, como un llamado que no puedo ni quiero rehuir.

Finalmente la encuentro. La Doctora Parsbit la había escondido bien. Tiene poco de nacida. Es hermosa, con la hermosura de aquello que jamás perderá su pureza. Sus ojos buscan los míos y tienen un brillo manso que nunca antes vi. Siento que descubro lo que es la certeza.

Y entonces lo veo ahí, a un paso de distancia: el horizonte de sucesos. La barrera espacio-temporal que es a la vez límite y puerta. No me pongo a pensar cómo quienes construyeron este lugar lograron controlar las inmensas fuerzas de este pozo de gravedad, de esta intersección de universos. Excede mi comprensión intelectual, mi racionalidad. Sólo puedo aproximarme a su conocimiento desde la fascinación. Y sé que es más fácil entrar que salir, que me costará un esfuerzo inmenso vencer las fuerzas que me retienen, que me tironean hacia adentro. Pero tomo aire, aprieto a la quimera contra mi pecho y voy hacia la membrana como quien se internará en una tormenta.

Abandono la aldea atacada sin mirar atrás. Me dirijo hacia el desierto, hacia las cuevas, y mientras cabalgo me asalta la sospecha de que esto ha sucedido y sucederá innumerables veces en incontables sitios. Pero es sólo un instante, un momento de claridad, el gorjeo lastimoso de la niña me devuelve a lo inmediato. Se me encoge el corazón al sentirla tan pequeña, al preguntarme si echa de menos a los que ha perdido. Entonces pienso en que mi hija podría ser una buena madre para ella; si la autorizo a casarse con el artesano y nos mudamos a otra comunidad, nadie tendría por qué saber que no somos su familia de sangre. Así estaría protegida y podría prepararse para llegar a ser todo lo que puede ser: Ella encarnará nuestra nueva fe. Emocionado ante tal perspectiva, taloneo sobre las escamas de la gran bestia, que gruñe y apura el trote. Levanto la vista al cielo claro que quema de luz, a la trinidad de soles que reinan en el firmamento, a esa manifestación de la extraordinaria magnificencia del Universo, y murmuro: Me regocijo en ser tu instrumento.

 

 


Laura Ponce nació en Buenos Aires en 1972, y vive en la ciudad de Moreno. Es escritora y editora, se especializa en Ciencia Ficción y organiza charlas, talleres y actividades sobre el género. Sus relatos han aparecido en revistas y antologías de Argentina, España, Cuba y Perú. Formó parte del grupo de dirección editorial de la revista Axxón, y a principios de 2009 fundó el sello Ediciones Ayarmanot, con el que sacó la revistas “Sensación!” y PRÓXIMA, dedicadas a la difusión de la CF y el género fantástico producidos actualmente en castellano. En el 2014, comenzó con la publicación de libros y lleva ocho títulos en su catálogo. También, organiza las Tertulias de Ciencia Ficción y Fantasía de Buenos Aires, reuniones mensuales que han superado los 130 encuentros; escribe una columna mensual en el sitio de Amazing Stories, sobre Mujeres y Ciencia Ficción (la mujer como autora, lectora, temática y mirada dentro de la CF); y participó del programa de radio Contragolpe con una columna semanal: “Escribir CF y Género Fantástico hoy: Autogestionando el futuro”. Su primer libro de cuentos es Cosmografía General, publicado por Ediciones Outsider en 2015 (ebook) y Ediciones Ayarmanot en 2016 (papel). Para más información pueden visitar su blog personal Humo que suena, donde reúne la información de su variada producción.

Este cuento forma parte de la Antología Steampunk – Cuentos del Retrofuturo (Ed. Ayarmanot, 2015).

Ha publicado en Axxón sus cuentos ROMPIENDO EL SILENCIO, EN EL BORDE DEL MUNDO, LA LEALTAD, BAJO UN CIELO ESTRELLADO y AVATAR, además de tres historias en Urbys.


Este cuento se vincula temáticamente con VÁLIDA PARA ALGO, de Deborah Walker y SOBRE LOS DIVERSOS USOS DEL CEDRO, de Geoffrey W. Cole.


Axxón 276

Cuento de autora latinoamericana (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Steampunk, Multiversos : Argentina : Argentina).


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