Revista Axxón » «La carne del Behemot», Salvador Horla - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

CUBA

 

 

«He aquí ahora Behemot,

el cual hice como a ti»

Libro de Job

 

A Harry Harrison

 

Para Manolo, por los tiempos mejores.

 

 

Si hubiese sido un perro, la situación hubiera sido mucho más fácil. Un poco de cloro en las manos e incluso orinarse en los pantalones bastaría para eliminar el rastro. Pero con un Cucarachón, oficial del Control del Consumo, la historia era otra. A pesar de la congestión, los implantes biónicos de su médula permitían al Cucarachón desplazarse como un lagarto por las paredes y techo del Gusano de transporte. De esa manera, los lentes de sus pupilas escaneaban en busca de niveles sospechosos de ritmo cardiaco y presión arterial entre los cerca de doscientos pasajeros.

Casi siempre los oficiales terminaban su chequeo en la mitad del vehículo. Solo que en esta ocasión quien lo realizaba era el teniente Alfian, más conocido como Veneno. La semana pasada había desviado a un Gusano con todos sus pasajeros hacia la Central de Control del Consumo.

A Reynaldo siempre le irritaba la cantidad de recursos que se empleaban en aquellas operaciones carroñeras. Se desperdiciaban en lugar de resolver las misteriosas desapariciones de ancianos como él, las que ocurrían desde hacía un par de años. A la gente se la tragaba la tierra. Lo que más le molestaba era que con el tiempo las noticias de los desaparecidos se volvieron rumores y al resto de las personas dejó de importarle: comenzaron a aceptar aquellos terribles sucesos como algún capricho del destino.

«Este hijo de puta llegará hasta el fondo, a donde estoy. ¿Cómo hace siempre este cabrón para que coincidamos en el mismo viaje?», se espabiló Reynaldo al percatarse de la cercanía del oficial con el típico uniforme color marrón, volviéndose a recostar en el asiento. Antes de bajar la visera de su gorra para hacerse el dormido, notó cerca suyo la presencia de una joven.

Sus ojos parpadearon un par de veces al notar su singular atractivo.

Seguido sintió que algo se retorcía dentro de él al descubrir el emblema negro de la GICB deslizándose como serpiente por la nanoseda del vestido.

Era obvio que aquella no era una de las muchachas que abandonaban la miseria de sus pueblos para ganarse la vida en las ciudades alquilando sus cuerpos o vendiendo sus óvulos a los laboratorios de genética clandestina.

Estaba rodeada por una masa de pasajeros que se esforzaban por todos los medios —incluso los acosadores sexuales— en mantenerse apartados de ella.

Un cinturón con varias cartucheras le ceñía aquella fina prenda que la diferenciaba del resto. Reynaldo no podía creer que aquella jovencita perteneciera al Grupo Científico de la Industria Cárnica del Behemot.

Estaba seguro de que nadie en aquel carro podía permitirse ese lujo. No solo era su fino vestido y los costosos lentes que cubrían sus ojos dándoles un fulgor púrpura, sino la docena de pequeños drones versión zunzún 2.2 que revoloteaban con su destello esmeralda alrededor de su cabellera, elevando así su belleza al nivel de ninfa.

Ella ladeaba la cabeza como si estuviera dormida de pie. Su cuerpo se sujetaba contra la placa metálica del techo por el magnetismo que brotaba del brazalete de su muñeca. Otra ostentación, mucho más económica, pero la única manera de dormir y a la vez mantener el equilibrio ante los violentos giros del Gusano. Sin embargo, resultaba inconcebible que aquella persona necesitara usar aquel transporte de ganado humano.

La cucaracha humana ya casi llegaba al fondo del vagón cuando un pensamiento asaltó la mente del anciano y se dejó llevar por su instinto. Obligó a sus agotadas piernas que lo pusieran de pie y velando a los posibles oportunistas le ofreció a la muchacha el asiento, con un movimiento de su mano. Un par de destellos de los lentes de cristal púrpura acompañaron la sonrisa de agradecimiento de la joven.

—Qué curioso, yo que pensaba que la caballerosidad no existía —dijo la muchacha antes de desactivar la manilla y ocupar el puesto.

La joven hizo un ademán para cargar la mochila del anciano.

Reynaldo le agradeció con una reverencia el gesto, antes de cederle la carga. Incluso la muchacha le prestó la pulsera.

Antes de intentar activarla, el anciano vio como el Cucarachón bordeaba la plancha magnética y empezaba a escanear a los últimos pasajeros.

Con Reynaldo se tomó más tiempo que los demás, pero desvió la vista y sus labios se torcieron en sonrisa cuando se percató de la bolsa de la muchacha.

Se dirigió hacia ella y ésta le devolvió la mirada.

La mueca de depredador se borró de la cara de Alfian. Sus implantes crujieron cuando su cuerpo fue asaltado por un súbito escalofrío.

Los demás pasajeros se quedaron azorados por la escena, y mucho más cuando el oficial, antes de retirarse, pidió disculpas por las molestias ocasionadas e incluso les deseó buenas tardes.

Reynaldo sintió su cuerpo mucho más ligero cuando el peso de su pecho comenzó a desaparecer poco a poco.

«Estás hecho un viejo miedoso de mierda», pensó. Pero aún con miedo tienes que comer.

En ese momento se percató de su estupidez. Ella misma pudo delatarlo frente a las autoridades. El valor de su palabra superaba a la suma del resto de los pasajeros del Gusano. Pero no lo hizo y él dudaba que el motivo fuera la simpatía. Su presencia en aquel lugar era un misterio.

El transporte comenzó a moverse y Reynaldo activó la manilla. Decidió ponerle un bozal a la paranoia que desde hacía años carcomía su cerebro. A veces intentar dejar de pensar era bueno.

Pero no pudo evitarlo.

 

 

*****

 

 

Reynaldo formaba parte de ese porcentaje de la población cuya existencia evitaba que Nueva Candelaria se volviera un pueblo fantasma.

Cuando el envejecimiento de la población incrementó su cifra nacional a un ochenta y nueve por ciento, los pocos jóvenes que quedaban se fueron hacia las ciudades huyendo de un futuro miserable.

En tiempos casi olvidados, el pueblo se sostenía solo por su producción agrícola. Pero eso fue antes de que los experimentos genéticos del Ministerio de la Administración Alimentaria Sintetizada para la siembra de un nuevo tipo de Café Orgánico salieran mal, las cepas mutaran y envenenaran el suelo, como tantos otros.

 

 

Reynaldo ya no se acordaba del sabor de las carnes auténticas. Cuando niño había tenido la oportunidad de probarlas gracias a los trabajos de su padre en la carnicería. Eso fue mucho antes de que las erradas planificaciones económicas y los trastornos climáticos incluyeran al cerdo, al pollo y a la res en la lista de especies extintas.

La primera alternativa fue la implantación de fórmulas veganistas (alimentación nula en proteínas) como la elaboración de las barras y cápsulas vitaminadas de moringa y varios alimentos de elaboración sintética.

Después se aplicó una «nueva» estrategia económica: en la tierra baldía de las cercanías del pueblo fue construida la primera Factoría de Carne de Behemot.

El Behemot significó el nuevo milagro de la ingeniería genética que, junto a la crianza de las gigantescas Clarias Omega y la producción de tostones sintéticos, salvaría al país, por fin, de su eterna crisis alimentaria.


Ilustración: Tut

Ingerir una pequeña porción de la carne del animal era suficiente para que una persona obtuviera los nutrientes necesarios para no necesitar alimento durante siete días, pero debido a los altos costos de producción, desde el principio la mayor parte de su suministro se envió a los sectores económicos del turismo y la exportación. A pesar de eso, con los restos se elaboraba un embutido especial que se le vendía a la población a un precio mucho más módico.

Sin embargo, el aspecto real del milagroso animal, representaba el secreto más protegido de la MAAS.

Muchos cuestionaban la versión oficial del Ministerio. Según éste, todo se debía a un paso de avance en los procedimientos de carne in vitro. Un proceso genético tan costoso que ni siquiera los países de cúspide económica se habían atrevido a desarrollar.

Reynaldo llevaba años contrabandeando aquel producto cárnico. Tenía que pasar por cuatro puntos de control y los chequeos ocasionales de los Spider hasta llegar a la ciudad. Después de la venta repartía la mitad de la ganancia con Gabriel, su suministrador, quien trabajaba en la factoría como empaquetador de las piezas ya troceadas por las máquinas destripadoras.

Fue Gabriel quien le contó el secreto del embutido especial. Aquel concentrado no era más que sangre residual congelada. También le reveló que sólo el escogido personal del Grupo Científico encargado de la sección del criadero conocía el aspecto del animal.

Personal Acreditado, como la chica que le cargaba la mochila.

 

 

*****

 

 

Pasaron dos horas y en la tercera parada uno de los pasajeros contiguos a la joven abandonó su puesto.

Reynaldo, en un santiamén, desconectó la pulsera y ocupó el asiento. Le devolvió el artilugio a la muchacha con un gesto de agradecimiento y solicitó su bolsa.

—Sé lo que llevas dentro de tu bolsa frigorífica —le reveló ella al devolvérsela, con una media sonrisa, señalando uno de sus visores—. ¿Qué te hizo creer que no te denunciaría? —prosiguió.

Esas palabras azotaron por unos instantes los nervios de Reynaldo antes de que lograra serenarse lo suficiente como para responder: —Pensé que una persona de su nivel, tan encantadora, no malgastaría su tiempo entregando a un pobre viejo a la Central de las Cucarachas.

Los lentes de la funcionaria destellaron un par de veces con luz escarlata y su sonrisa se agrandó hasta mostrar los dientes.

En ese momento su gesto se interrumpió cuando sus ojos comenzaron a brillar con un leve destello rosa.

—Ah, discúlpame un momento, pero debo contestar esto —se excusó ella colocando el índice en su sien para responder la llamada.

—¿Ya estás en casa? No, mami se va a demorar todavía un poco. Estoy buscando comida. Te dejé unos bocadillos en el refrigerador. Trata de adelantar tus tareas y después te puedes conectar a la consola de hologramas con juegos. Está bien, mi amor. Pórtate bien, yo también te quiero —se despidió la muchacha cortando la comunicación.

—Disculpa, pero se trataba de mi pequeña Amalia, la esencia de mi vida. Estos niños de clonación in Vitro salen muy inteligentes. Estoy muy orgullosa de ella. ¿Pero en qué estábamos? ¡Ah, claro, abuelito! Te aconsejo que no abuses de tu suerte. Es obvio que soy la única autorizada a llevar esta mercancía encima. Pero mi labor en este carguero de animales es otra.

—Entonces si no me vas a delatar ¿Qué es lo que pretendes conmigo?

—Tenemos un programa nuevo de captación de especialistas para el control de la calidad de nuestros productos —comenzó a susurrarle la joven—. Nos interesan las personas que conozcan el manejo del Behemot… y usted parece encajar.

—¿Por qué yo? Si soy solo un viejo traficante que acabas de pillar en un Gusano.

—Por eso mismo: su experiencia en el contrabando callejero es invaluable. Además es difícil encontrar una persona tan mayor que no se haya… degenerado por la alimentación sintética y sin la necesidad de implantes cibernéticos. Usted está más que capacitado para el puesto.

—Pero, ¿por..?

—Discúlpame, pero ahora me siento agotada para discutir más detalles sobre el puesto. Piénselo bien. Además usted es un viejo. ¿Hasta cuándo tiene que arriesgarse para comer o por tener alguien a quien alimentar? —concluyó la muchacha antes de recostar su cabeza al asiento.

Los lentes cambiaron su color al verde acuático y los músculos de su cara se relajaron.

«Seguro que esta maldita puta se conectó algún pasatiempo virtual para alejarse por el momento de su asqueroso mundo», pensó Reynaldo tratando de controlar la perturbación que aquella proposición le había inyectado.

Era cierto estaba muy viejo para seguir aguantando tanta mierda para llenarse solo el estómago.

 

 

*****

 

 

Al pasar por los cuatro puntos de control, el Gusano se detuvo en su última parada entre aullidos de maquinaria.

—¡Bueno, creo que aquí nos bajamos! —le avisó la muchacha.

Reynaldo se despabiló al momento; había sido su mejor descanso en años. Sin embargo, no pudo evitar un estremecimiento al descubrir el rostro de la joven tan cerca del suyo.

El azul celestial centelleaba ahora en sus lentes y su sonrisa de depredador se había vuelto tierna y casi compasiva.

—Tranquilo, abuelito. Tu producto tiene una óptima calidad gracias a la protección de esa mochila de refrigeración interna —le dijo la joven posando con suavidad la palma de su mano sobre el antebrazo del anciano.

Reynaldo sintió un breve cosquilleo ante la delicada presión. Cuando la joven retiró la mano en la piel quedó grabada una numeración codificada.

—Me llamo Astrid. Aquí tienes un sello temporal de mensaje pagado directo hacia mí si quieres contactar conmigo para que puedas trabajar con nosotros de una manera más formal.

—¿En serio? ¿Me estás ofreciendo un empleo?

—Como te dije: no abuses de tu suerte —sentenció ella, depositándole un cálido beso en la frente.

En ese momento, ante aquella caricia de ángel, sintió que sus nervios se tensaban como si todo su cuerpo hubiera recibido una descarga eléctrica. Una violenta somnolencia casi alcohólica envolvió su mente y anestesió su miedo. Después de que sus músculos se relajaran, se durmió.

 

 

*****

 

 

La estridente alarma del Gusano y los golpes expulsaron a Reynaldo hacia la realidad. El dolor castigó su cabeza y su estómago como si le hubieran pateado hasta despertarlo. Su frente le escocía mucho. Los huesos le dolían tanto que tenía la sensación de que se le estaban derritiendo. Sus músculos estaban tan entumecidos que apenas le quedaban fuerzas para moverse y mucho menos gritar.

Pero se percató que aquella agonía no era comparable al infierno que vio a su alrededor.

Astrid lo había abandonado junto a la masa de pasajeros, y ahora se encontraba empaquetado, dentro de un capullo de nanofibras de plástico trasparente que Alfian arrastraba hacia la compuerta de salida.

—¡Vaya, te mueves! ¿Ya te despertaste? ¡Mejor! ¡Te agarramos, cabrón! ¿De verdad que por viejo te crees muy listo, no? Violación del artículo primero de la Resolución número veinte, «Sobre el control de distribución de alimentos y posible consumo de estimulantes ilegales». Tenemos más que suficiente para divertirnos contigo en la Central —le dijo el oficial relamiéndose los dientes y mostrándole con la otra mano la mochila.

Reynaldo, imposibilitado de protestar, no pudo evitar la rabia y las lágrimas de impotencia. Se había dejado engañar como un estúpido. Aquella perra no había hecho más que delatarlo.

Un insoportable ruido volvió a castigar con mayor fuerza sus tímpanos. Aquella tortura sonora era la manera más eficiente del gusano de desalojar todos sus vagones al llegar a su última parada. Sin embargo, aquel sonido no perturbaba en nada al Cucarachón en la realización de su trabajo.

«¡Puta traidora!«, fue el último pensamiento que tuvo Reynaldo antes de que su mente se diluyera entre el dolor y la ira.

 

 

*****

 

 

Alfian no disimuló su disgusto con Osmany, su subordinado de turno, quien se esforzaba por conducir la enorme furgoneta de transporte para los detenidos. Era obvio: tener un solo arresto no favorecía la cuota personal ni el estado de ánimo de su superior.

—Te digo que si no fuera por todas esas credenciales ahora estaría dentro de este camión, gozando con esa puta fina, en lugar de arrestar a ese vejestorio con fiebre de estupefacientes por tráfico de carne de Behemot.

—Ella te hubiera arrancado cada uno de tus implantes —contestó Ernier.

—Claro, como si esos cocuyos que la escoltaban pudiesen impedírmelo. Pero no te pongas así, sabes que después te pasaría a esa perra para que te divirtieras un rato. Además, compartiré contigo el Behemot antes de llegar al almacén de confiscaciones. Nosotros también tenemos que comer.

El subalterno solo tuvo tiempo de asentir con una sonrisa, antes de estremecerse por el súbito estruendo de los golpes en la zona de carga y el chillido de la alarma de peligro de contenencia en el panel de instrumentos.

—¡Pero ¿qué coño…?! —gritó Alfian revisando la cámara que velaba el interior del compartimiento de detenidos.

La mera visión del capullo de detención hecho trizas hizo sudar frío al oficial. A Alfian, por primera vez en su vida, lo mordió el miedo.

 

 

*****

 

 

Las enormes llantas de la Yamaha de motor de inducción iónica detuvieron su marcha sobre el asfalto. Astrid se quitó el casco con filtro de aire, activó la opción de espera del piloto automático y se bajó de la motocicleta. Silbó y los once pequeños drones salieron del bolsillo de su cinturón. Estos volaron asumiendo una posición defensiva alrededor de ella.

La muchacha contempló el desastre y el silencio que lo acompañaba con una mueca de ironía en su cara.

«Por lo visto no llegaron muy lejos», pensó mientras contemplaba el transporte de detenidos de la C.C.C. volcado. La furgoneta de contención se encontraba peor que una lata destrozada. Muy, muy destrozada.

En ese lugar, Astrid vio aparecer un punto rojo que se dirigió hacia ella.

No pudo evitar morderse el labio inferior ante la expectativa.

El dron descendió sobre la palma de su mano y cambió su destello carmesí al esmeralda.

Con cuidado conectó el ave artificial, de manera inalámbrica, con uno de sus lentes y extrajo la información visual.

—¡Asombroso! ¡Mucho mejor de lo que esperaba! —exclamó ella con expresión de júbilo cuando la interrumpió un ensordecedor grito de animal.

—¡Vaya si todavía sigue vivo! —dijo ella y se dirigió confiada al lugar del que provenía el sonido.

Entre los restos del accidente se encontró con lo que quedaba del oficial Alfian. El Spider agonizaba y maldecía, retorciéndose de dolor en un charco de lodo y sangre. Se aferraba a la vida y reptaba terco, tratando de alcanzar su revólver táser. Pero su cuerpo no le respondía. Alguien se había esmerado en arrancarle de cuajo, y a mordiscos, cada uno de los implantes biónicos.

—¡Es cosa de ustedes, maldita puta! —le gritó el policía con sus últimas fuerzas.

Astrid solo le asintió con una sonrisa. Hizo un gesto y uno de los pequeños drones cambió su brillo al escarlata y se lanzó sobre Alfian.

El oficial tuvo que sufrir por unos instantes más antes de que el ave terminara de taladrar su cráneo con el pico y atravesara la esponja cerebral. Después, el zunzún cibernético abandonó el convulso cadáver, vibró sus diminutas alas de plástico para purgarse de restos orgánicos y recuperó su posición con los demás.

Astrid volvió a escuchar el sonido, ahora mucho más débil y similar al lamento sombrío de un cetáceo.

Consiguió ubicarlo a unos diecinueve metros en la cima de una pequeña colina.

La joven se lanzó a correr hacia la pendiente, esquivando los restos del vehículo y el deforme despojo del ex subordinado de Alfian.

Lo encontró al llegar a la cúspide y al momento sintió dentro de sí una descarga de excitación.

Ahí estaba el resultado de la prueba número veintitrés para la cría de Behemot mediante material orgánico vivo de la población senil, en un ambiente no controlado. La muchacha analizó con sus lentes los datos sobre el resultado del experimento.

El enorme cuerpo del Behemot superaba la tonelada y media. Magnífica tasa de crecimiento para algo que aún no tenía ni diez minutos de vida. Yacía retorciéndose en el suelo, donde su gruesa piel con púas de colágeno, dañada por el accidente, se hinchaba por la dificultosa respiración. El terror y la incomprensión se reflejaban en las enormes pupilas amarillas. Le quedaba poco tiempo.

Lástima; podría haber sido un espécimen valioso si no hubiese sufrido tanto en el impacto.

Astrid se retiró con cuidado la prótesis labial de hule poroso mediante el cual le había suministrado la dosis de microorganismos al sujeto de prueba.

Tener por huésped a aquel saludable anciano facilitó a las bacterias la violenta mutación y replicación celular. Y había particularidades interesantes. Por ejemplo; este espécimen había desarrollado más fibra muscular que los anteriores ejemplares, todos criados en cautiverio. Como a todos los demás, la violenta mutagénesis le había provocado un stress metabólico, que ya debía haberse resuelto en el colapso e inevitable fallecimiento a los breves minutos de la metamorfosis.

Sin embargo, se aferraba aún a la vida.

Astrid se agachó cerca del Behemot y su mano acarició con delicadeza el gran hocico.

Estaba sorprendida por su resistencia y su voluntad. Un esfuerzo notable, sí… pero que sólo servía para prorrogar lo inevitable.

—Te dije que no abusaras de tu suerte, abuelito. Por favor, no sufras más y déjate llevar.

El animal hizo un esfuerzo y por un instante consiguió levantar la cabeza, con las fauces abiertas y los dientes desnudos. Pero el peso de la monstruosa cabeza era demasiado, y al punto volvió a desplomársele.

La joven se imaginó que aquel esfuerzo se trataba de un patético intento por decapitarla de un mordisco. Pero no era rencorosa, así que sus labios se torcieron para regalarle a la bestia moribunda su más maternal sonrisa.

—Te entiendo. Seguramente yo habría intentado lo mismo.

El cuerpo del Behemot sufrió una convulsión final antes de que sus gruesas mandíbulas se relajaran y cedieran, liberando con un gruñido su último aliento.

Astrid suspiró y se reincorporó alejándose del cadáver de la criatura. Activó el localizador de señales de los lentes y tardó un par de minutos antes de enlazarse con el satélite. Las conexiones cada vez estaban peores.

Al conectarse con la oficina central de la GICB envió los resultados del experimento y solicitó la presencia de la brigada de recolectores. En menos de quince minutos estarían ahí para trasladar al espécimen a la factoría y prepararlo para su futuro consumo.

El color rosa volvió a asaltar los lentes de Astrid. El rostro de la muchacha se relajó y se alumbró, alegrándose mucho en contestar la llamada.

—Dime, mi pequeña, ¿ocurrió algo? Ah, sólo me extrañas. ¡Qué niña tan linda, yo también te echo de menos! Sí, mamá ya va para la casa… y la buena noticia es que encontró la comida que estaba buscando ¿sabes? Te va a encantar, ya verás. ¿Hiciste tus deberes? Muy bien, mi chiquita buena. Ponte a jugar con la consola, que dentro de un ratico yo estoy ahí. ¿De acuerdo, mi pequeña? —se despidió, lanzándole a su hija un sonoro beso antes de desconectarse.

La muchacha hizo un gesto y las pequeñas aves se dirigieron al lugar del desastre.

Después de un par de minutos, Astrid observó complacida cómo los drones transportaban la mochila frigorífica de Reynaldo por el aire hacia el compartimiento trasero de la Yamaha. Por suerte, la carne no había sufrido daños por el accidente. Se veía que era de óptima calidad y estaba lista para cocinar.

 

 


Salvador Horla es cubano, miembro del Taller de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Ha obtenido el primer lugar en la categoría de no-profesionales del Concurso Mabuya 2012 de cuento dentro del Evento Behique 2012 del Grupo Dialfa y una mención del V Concurso de Literatura Fantástica Oscar Hurtado 2013 en la categoría de cuento fantástico y horror. Ha publicado cuentos en revistas virtuales de género fantástico y ciberpunk cubanos como Qubit y Korad.

Ya hemos publicado en Axxón su cuento CHUNGA MAYA, TERROR DE LAS ANTILLAS, TRABAJO NOCTURNO, NOLY y EL SUEÑO DE VERO.


Este cuento se vincula temáticamente con NADA QUE DECLARAR, de Anabel Enríquez Piñeiro, LA HÉLICE, de José Altamirano y LA PICAZÓN, de Carlos Daniel J. Vázquez.


Axxón 260 – noviembre de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Manipulación Genética : Distopía : Cuba : Cubano).

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