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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 



 

 

 ARGENTINA

El ataque de los demonios esta vez es salvaje, es como una explosión, dejo de lado la idea de pasar por el colegio. Tengo que ayudar a esta gente… ¡Nunca vi tantos! ¡Casi oscurecen el cielo! Empiezo a correr hacia la Nueve de Julio, por Independencia, mientras busco la navaja… ¡Están atacando con todo!

—Otra guerra al pedo— dijo mi viejo cuando pasaron en el noticiero al presidente, confirmando que también nosotros apoyábamos a las tropas de la OTAN—. ¿Me querés decir qué tenemos que ir a hacer nosotros a la otra punta del mundo? ¡Que se maten entre ellos, che! ¡Si acá tenemos petróleo, para qué carajo nos tenemos que meter a matar turcos, o no sé qué mierda son, por un poco más! Si por lo menos nos achicaran un poco la deuda externa, pero ni eso… ¡Que se vayan los yanquis solos, y se dejen de joder!

Mi hermanita y yo nos miramos; a los dieciocho años, nunca había vivido ninguna guerra en mi país, aunque sí sabía que cuando mi viejo era joven habíamos hecho una guerra suicida contra los ingleses, y que después nos habíamos metido de colados en otras guerras en Asia en países que nunca me pude aprender…Mi vieja clavó la mirada en el televisor.

—¿Y si vienen a atacarnos? —preguntó a nadie en especial—. ¿Con qué nos defendemos, con las armas que tienen ellos? En Brasil y Méjico ya hubo represalias… —De repente miró a mi viejo, enojada—. ¿Ves? Ahí tenés a tu presidente; este año votalo de nuevo, sabés…

Con la navaja en la izquierda, me hago el corte en la palma derecha, casi encima del último tajo, mientras sigo corriendo; enseguida me corto también en la palma izquierda.

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Ilustración: Pedro Bel

Estaba en una pizzería, después del cine, con los chicos del colegio, cuando vi a los demonios por primera vez. En ese momento hablaba con Graciela, tratando de convencerla para que la próxima vez saliéramos solos, cuando algo que se movió unos metros detrás de ella me llamó la atención; le habrá impresionado a ella mi cara, porque se dio vuelta enseguida para mirar.

Jorge, a mi izquierda, saltó hacia atrás con la silla; Graciela gritó mientras intentaba pararse, y se cayó golpeándose con la mesa. Toda la pizzería era un griterío de dolor y de miedo, los demonios salían del suelo, o aparecían en el aire, otros parecía que entraban desde la calle, atravesando los vidrios…Por un momento me quedé congelado, viendo a esas cosas horribles volando de un lado a otro, también gritando, y arrancando cabezas, brazos, cortando personas en dos con sus garras, mientras todos trataban inútilmente de escapar. Oí que alguien gritaba “¡diablos!”, y por un segundo pensé en las películas yanquis, y después me di cuenta de que sí, eran diablos los que nos atacaban; eran tipos horribles, peludos, por momentos negros o medio transparentes, con unas alas tremendas que apenas movían mientras volaban; recuerdo que en ese momento me llamó la atención que no tuvieran cuernos. Ricardo y Laura me despertaron.

—¡Vení, vamos para afuera!

Pero salir era imposible. Los demonios bloqueaban la salida y nos arreaban hacia el centro del local. Graciela me gritó desde abajo de la mesa.

—¡Sergio, vení!

Me tiré al suelo, pensando en esconderla con una pila de sillas y mesas. La agarré de las manos, estirándome para alcanzarla, cuando vi a Ricardo que caía cerca de mí, bañado en sangre; me arrastré un poco más y abracé a Graciela, que gritaba y lloraba, mirando a nuestro compañero muerto. Busqué a los demás chicos con la mirada, cuando vi a Jorge que se tropezaba con alguien y se caía cerca de nosotros; un demonio tremendo venía planeando derecho hacia él, con los brazos extendidos hacia adelante. Vi las garras apuntando a mi amigo, vi la cara de ese monstruo horrible con una expresión mezcla de odio y placer, sentí el corazón latiendo a mil por hora, quise gritar y no pude. Salté hacia Jorge, tirando la mesa hacia atrás.

—¡No! —grité al fin, abrazando a mi amigo.

El demonio se detuvo a medio metro de nosotros, me miró con cara de miedo, mientras parecía que se aclaraba y que fuera a desaparecer, y se movía lentamente hacia atrás. Miró a Graciela.

—¡No! —le grité— ¡No! ¡Andate!

Empujé a Jorge al suelo, contra Graciela, justo cuando dos demonios caían sobre ella; me arrastré sobre él, hasta alcanzarla.

—¡Sergio!

Sentí a Jorge temblando bajo mis piernas; mi pantalón se me había corrido hasta la rodilla, y sentía su mano aferrándose de mi tobillo. Apoyé la cabeza de Graciela en el suelo, tapándole los ojos. Los demonios giraron en el aire y se fueron.

Entonces grité con toda la fuerza que pude juntar:

—¡Váyanse! ¡Hijos de puta, váyanse! ¡Váyanse!

Me largué a llorar, dándome cuenta de la cantidad de muertos, de destrozos, de sangre, a mi alrededor. Jorge se movió, debajo de mí, y me corrí para dejarlo levantarse. Le pregunté a Graciela si estaba bien, los dos todavía en el piso.

—Sergio —dijo mi amigo, apoyándose en una mesa dada vuelta, y mirándome con ojos vidriosos: —Se fueron…

Llego a la Nueve de Julio, hay un amontonamiento de autos chocados, autos intentando salir de ese quilombo, gente corriendo, o intentando correr entre el fuego y tanta chatarra…Y los demonios por todas partes. Atajo a un hombre que corre hacia acá, y lo marco con sangre en un brazo. Me empuja hacia un costado y sigue corriendo. Me decido por un grupo de personas atrapadas en una camioneta volcada. Me trepo hasta meter el brazo derecho por la ventana, estirándome todo lo que puedo. Uno de ellos ve mi mano con sangre, y sonríe, y aprieta sus dedos contra mi herida, y marca después en la frente a sus compañeros. Salto hacia abajo, mientras los oigo gritarme las gracias, y voy hacia un auto del que tratan de salir dos abuelos.

—Vos nos salvaste, Sergio —me dijo Jorge. Habíamos estado hablando de eso durante horas el domingo, y volvíamos a discutirlo el lunes, en el primer recreo.

—No, loco, te digo que fue casualidad, cortala…

—¡Fuiste vos! ¡Yo vi cuando el bicho ese lo desarmaba a Ricardo, y vi al otro que me venía a agarrar a mí! De repente le veo la jeta horrible, que se le transforma de golpe, parecía muerto de miedo, casi desaparece del susto, y después te escucho a vos y me caés encima…

—Pero pensá un poco, Jorge…

—Lo único que sé es que me salvaste la vida, Negro – los ojos le brillaban, apretó los labios – y si no era por vos, ahora yo también estaría en la morgue como los demás chicos…

Sonó el timbre. Jorge se fue para el fondo, hacia su asiento. Me fui al mío, en la segunda fila. Nadie había ocupado los cinco lugares vacíos de nuestros compañeros muertos.” Todo por esa guerra de mierda”, pensé.

La vieja de Geografía nos dio su pésame, nos expresó sus opiniones con respecto al terrorismo internacional que ahora ni siquiera usaba explosivos “como antes”, nos habló de los otros tres ataques que había habido en otras provincias, a la misma hora que el de la pizzería, y de otros ataques el día domingo, todos en lugares con mucha gente.

Me di vuelta, buscando a Graciela, y la encontré mirándome con los ojos tristes, mientras me llegaba como desde muy lejos la voz de la profesora hablando sin parar, cuando un grito terrible, agudo, que me perforó los oídos, casi me hace saltar en el banco. ¡Eran demonios, saliendo del ángulo de la pared del pizarrón con el suelo! Sin pensarlo, empujé a mis compañeros del banco de atrás tratando de llegar a Graciela, que hacía lo mismo para llegar hasta mí, la alcancé apretando en el medio a Claudia, las abracé con toda mi fuerza y miré hacia el fondo del aula, acordándome de Jorge, cuando lo vi venir saltando sobre los bancos.” ¡Vení!”, le grité, lo vi tropezarse y caer, un demonio destrozaba a dos chicos juntos, cerca de él; se levantó y saltó de nuevo hacia mí, se colgó de mi mano izquierda” ¡Salvame, Sergio, salvame!”. Los demonios nos esquivaban; otros chicos se tiraron encima de nosotros, Claudia y Graciela temblaban y lloraban, yo no podía ver nada, pero oía las corridas, los gritos de los demonios y de los chicos, después una sirena, ruido de vidrios rotos…

Entonces todo se calmó de golpe. Esperé un poco.

—Ya está chicos, ya pasó… —Sentí que se movían sobre mi espalda, oí las voces de mis compañeros llorando. Jorge me agarró por los hombros, de golpe.

—¿Viste, boludo? Nos salvaste otra vez…

Pero no los había salvado a todos. Solamente a Jorge, Graciela, Claudia, Acuña, que me había estado gritando de miedo en la oreja y me tiraba del pelo, y Cortés, que a último momento se había tirado encima de todos. Los demás, la profesora, todos los chicos, estaban muertos. Salimos al patio, a buscar más sobrevivientes…

En todo el colegio no había nadie más vivo.

Estoy casi llegando a donde están dos viejitos, cuando un auto fuera de control se me viene encima, corro para un costado, y me salvo trepándome a un colectivo chocado contra uno de los árboles de la plazoleta.

Esa vez habían atacado al mismo tiempo en muchos más lugares en todo el país. Los noticieros pasaban las imágenes de los muertos y los destrozos, imágenes que conocíamos mejor que nadie; especulaban con este nuevo tipo de guerra, seguramente más barato que las armas convencionales, aceptadas por Ginebra; el presidente se quejaba contra los del Oriente Medio (“la Coalición”, los llamaban los periodistas) por no practicar una guerra limpia, y repetía por milésima vez los argumentos de nuestra sociedad “occidental y cristiana”.

Nos reunimos otra vez con Jorge y Graciela, y ahora con Claudia, Acuña, y Cortés. Ya me habían convencido de que yo los había salvado, aunque no entendía ni aceptaba del todo el cómo, o el por qué. Estábamos todos en mi cuarto, preparando los “amuletos”. Después de repasar lo que había pasado en el colegio, llegamos a la conclusión de que habían sobrevivido únicamente los que me habían podido tocar, o los que yo había tocado…Los que habían hecho contacto con mi piel, o con mi pelo, sin ropa de por medio. Cuatro chicos se me habían tirado encima, apretándose contra mí, pero apoyados en mi ropa. Sólo Acuña y Cortés se salvaron. Acuña había propuesto la idea de los amuletos, después de contar que al terminar el ataque se encontró solo, a unos metros de nosotros, apretando en un puño un manojo de pelos que me había arrancado sin querer, durante el pánico que le provocaron los demonios. Cortés contó que a pesar de no haber creído lo de la pizzería, decidió hacer lo mismo que los demás que habían venido hacia mí, y saltó encima de ellos. No había pensado en tocarme, sólo en estar cerca, pero recordó que durante el amontonamiento una de sus manos se metió por un agujero en mi camisa rota, quedando en contacto con mi espalda…

Graciela y Claudia me cortaban mechones de pelo; Acuña los separaba como para no desperdiciar mucho, y Cortés y Jorge les pegaban un pedazo de cinta adhesiva. Los primeros amuletos se los pegaron todos ellos en el pecho, y mis viejos y mi hermana. Después preparamos los suficientes para sus familias, fueron a sus casas, y antes de una hora estuvieron todos de vuelta. Acuña (“díganme Andrés, che”), llegó primero, aunque vivía más lejos que los demás. Fue él el de la idea, y fue el primero en probar si servía. Un día después de la reunión, mientras salíamos de la casa de Jorge, vimos un ataque a unas tres cuadras de donde estábamos. Cuando todos comenzamos a correr para otro lado, Andrés me agarró del pelo, me cortó un mechón con una navaja que tenía escondida, y salió corriendo para el lado donde estaban los demonios. Me quedé paralizado, con la boca abierta, no lo podía creer. Enseguida salí corriendo detrás de él sin poder alcanzarlo, lo vi correr directo hacia un demonio que estaba volando hacia unos chicos que intentaban entrar a una casa (era el demonio más grande de los que había visto hasta ese día), entonces lo veo a Andrés que lo encara, agita los brazos, les grita algo que no entiendo, en eso el monstruo frena en el aire, lo mira, y se abalanza sobre él. Lo recuerdo todo como en cámara lenta, a Andrés tapándose la cara con los brazos, y encogiéndose todo, pero levantando la mano con mis pelos, el demonio que cae sobre él, como si lo envolviera, se hace transparente, salta hacia atrás de golpe, haciéndose oscuro de nuevo, ya estoy bien cerca, grita algo mientras me mira a los ojos, se ríe desde allá arriba, y se va…

Marco a los dos abuelos y me tiro debajo de un auto, donde hay una mujer escondida, con tres chicos. Después de marcarlos, al salir, alguien me abraza, y me pide que lo ayude. Lo miro, es un hombre mayor, temblando de miedo. Lo marco en la frente, me da un beso, y se arrodilla. Corro hacia otro lado. Más allá veo a otro mesías trabajando. Me paro en el techo de un auto, y chiflo bien fuerte. El otro no me oye, entre tantos bocinazos, y gritos, y motores. Chiflo de nuevo, ahora mira para este lado. Es un tipo de unos cincuenta años, grandote, canoso. Le hago señas con los brazos, y me pongo con las piernas juntas y los brazos en cruz, la señal que usamos para identificarnos; él hace lo mismo. Ahora sabemos que tenemos repartido el terreno para trabajar. Se me acerca un montón de personas corriendo, perseguidas por tres demonios.” ¡Atrás!” les grito a los monstruos, “¡Atrás!”. Uno de los demonios se acerca hasta unos dos metros, y riéndose dice, con una voz extraña, que me da escalofríos, “¡Nadie se salva!”. Le grito “¡Andate mierda!”, y se van los tres…

Me costó entender a Andrés, porque mientras me hablaba yo miraba para otro lado, haciendo fuerza para no llorar.

—¿Me escuchaste, Negro? ¿Che, Sergio, escuchás?

—Eh…No, disculpá…

—¿Qué te pasa?

—No sé, Andrés, no entiendo nada —me largué a llorar—. ¿Por qué yo, loco? ¿Por qué a mí no me pasa nada y todos los demás se mueren? ¿Quién soy yo, qué hice para ganarme esto?

Andrés me abrazó.

–No sé qué hiciste para ganarlo, pero sé que lo compartiste con nosotros, con los que tenés más cerca…Y sé que es importante que te sientas mal por los que no podés ayudar.

Se quedó callado un rato, como pensando bien lo que me tenía que decir; de pronto se apartó de mí, y me dijo sonriendo:

–Tengo dos noticias, una buena y una mala…

—Primero la mala.

—Ya sabía. Te cuento las dos.

Enseguida empezaron a llegar los demás, así que esperamos a estar todos juntos para no interrumpirlo a cada rato. Nos contó que en la radio habían comentado que en varios de los ataques en todo el país se había visto que había personas que eran inmunes a los demonios, y que hasta los podían ahuyentar. ”No estoy solo”, pensé. Esa era la buena noticia; la mala, según él, era que el gobierno convocaba a esas personas para que colaboraran en una posible defensa contra el enemigo.

—¿Y eso que tiene de malo? – preguntó Claudia.

—Que una vez que los tipos como Sergio estén identificados, sus vidas van a estar en peligro… —nos miró a uno por uno–. Siempre hay espías infiltrados en todos los gobiernos…

—Vos ves muchas películas –dijo Graciela, tratando de no darle importancia, aunque me di cuenta de que estaba preocupada.

—No, no veo muchas películas. Además, las películas se basan en la realidad. Esta es una guerra sucia, esos hijos de puta son capaces de cualquier cosa… Y a veces hasta pienso que estos demonios no son armas de la Coalición, ¿no les parece que podrían ser algo inventado por los de la OTAN, y que están probando con nosotros, y que de paso los usen para hacernos creer que son culpables los turcos…? Ya sabemos cómo es de retorcida la mente de los yanquis…No sé qué piensan ustedes, pero me parece urgente que escondamos a Sergio.

Me toco la barba, en tres semanas me creció un montón.

—Tenés que esconderte, dejarte la barba, Sergio, no sé, disfrazarte de croto…Y nadie más debe saber lo que podés hacer.

—Ya lo sabe mucha gente.

Jorge tenía razón, nuestras familias lo sabían, nuestros amigos, y cada vez que salíamos a ayudar a la gente, más me iba exponiendo.

—Tenés que rajarte de acá, Sergio, y tu familia también —siguió Andrés–. Tenés que tener mucho cuidado.

Graciela iba a la iglesia seguido, yo hace rato que no voy, pero le pedía todos los días a Dios que se terminara la guerra. Un tipo de la tele decía que estos demonios eran demonios de verdad, que la Coalición había hecho un pacto con el diablo, que eso justificaba otra Guerra Santa…

Mis viejos se convencieron de ir a lo de mis tíos en el campo, después de ver las noticias sobre los atentados a los “mesías” (como nos habían bautizado los periodistas) y a sus familias. Pasé unos días con Jorge, después con Andrés; cuando las cosas se pusieron más pesadas nos escondimos los tres en una casa abandonada en San Telmo. Claudia se borró. A Cortés lo echamos cuando lo encontramos vendiendo amuletos de “pelo de mesías”.

—¡Dijimos que eran para repartir, no para vender! —le grité.

—Mirá, Negro –se defendió—, vos si querés regalá todo lo que quieras, vos estás a salvo, yo me juego la vida con los demonios todos los días, por defenderte…

—¡Pero, boludo! ¡Yo también me juego todos los días! ¡O los tiros del otro día eran en joda! ¡Me querían hacer boleta, boludo! ¡Yo también me juego como vos!

—Somos un equipo… —empezó a decir Andrés.

—Vos callate, quién te creés que sos…

Le metí una piña en la cara. Gracias a Andrés había salvado a mi familia, a muchos amigos, a muchos desconocidos. Gracias a él habíamos descubierto que también podíamos usar mi sangre, o raspados de piel, o del interior de la boca (ya me había quedado casi pelado), para hacer amuletos contra los demonios…No me banqué que atacara a Andrés, que el día de los tiros me protegió con su propio cuerpo.

—Tomátelas —le dije a Cortés.

No lo volvimos a ver.

Veo un tipo que sale de su auto con una cámara de video, y apunta hacia los demonios; aparta la cara del visor, mira a los monstruos, vuelve a tratar de enfocar la cámara. Me río un segundo, sigo marcando a la gente, me acuerdo del diario que comparaba a los demonios con los vampiros de las películas, porque no se reflejaban en los espejos, ni podían ser fotografiados o filmados. Un montón de personas vienen corriendo hacia acá, perseguidos por varios demonios. Entre ellos veo a una chica. ¿Graciela? No, está con su familia en Córdoba, en un pueblito…No, no es ella.

—¿Así que no existen, que los imaginamos nosotros? –dijo Graciela sonriendo, cuando leíamos lo de los espejos.

—Sí que existen, ¿o no desarman a la gente cono papel? –preguntó Jorge.

—A la gente sí –aclaró Andrés–, pero ¿los viste alguna vez romper algo, alguna cosa? ¿Un vidrio, una pared, algo?

Otra vez Andrés tenía razón. Los demonios atravesaban las cosas, las cosas se rompían cuando la gente trataba de escapar y las golpeaba, pero ellos no tocaban nada. Andrés pensaba que había algo que nos alteraba el cerebro, que nos hacía ver y oír a los demonios, y que eso nos asustaba tanto que, en la desesperación por huir, terminábamos lastimándonos entre nosotros, y creíamos ver que eran ellos los que despedazaban con sus garras a la gente. Jorge le argumentó que eso no explicaba cómo los mesías podían ahuyentar a los demonios, si eran algo que sólo existía en nuestras mentes, así que forzosamente tenían que ser algo físico…

Siguen corriendo hacia mí. Voy hacia ellos. Más allá veo a otro grupo empujado hacia mí por los demonios. No puedo ver al otro mesías.

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Ilustración: Marina Dal Molin

Andrés lo cargaba a Jorge, por su idea de pintar, o de manchar, un helicóptero con sangre de mesías, para ahuyentar demonios; le decía que en lugares cerrados no serviría para nada, y además, quién se animaría a pilotearlo. ”¡Yo sí!” decía Jorge. Mientras caminábamos, yo seguía pensando en el ataque de la noche anterior, en Avellaneda. Dos demonios se me habían acercado tanto, que dando unos pocos pasos los hubiera podido tocar, y uno de ellos me había dicho con esa voz horrible que hace temblar y sudar frío, de miedo, ”Somos una legión, somos el adversario, el arma perfecta. Nadie se salva. Todos terminan igual…” Tenía miedo, pero corrí hacia ellos gritando, con los brazos extendidos, y desaparecieron.

Marco a los primeros, enseguida llegan los otros, gritando.

Después de venir de Avellaneda, decidimos volver a San Telmo; nos escondimos en el colegio, pensamos que era un buen lugar, cerrado y abandonado como estaba. Ayer a la mañana, cuando salimos a la calle, un auto se nos tiró encima y lo hizo volar por el aire a Jorge. Yo me golpeé un poco al caer al suelo, y Andrés en la cabeza. Jorge está muy mal, en terapia intensiva. Hoy Andrés se quedó con él, mientras yo me iba para el colegio a buscar algunos amuletos y otras cosas.

Son un montón de personas, cada vez llegan más, no alcanzo a marcarlos bien, me aprietan, se empujan entre ellos, me arrancan la camisa, se aprietan contra mí, me arañan…

Los diarios, los noticieros, repetían a cada rato cómo el gobierno investigaba el origen de los ataques, y cómo denunciaba ante la ONU lo inmoral de este nuevo tipo de atentados.

Les grito que esperen, que se calmen, los demonios vuelan sobre nosotros en círculos, gritando, y estos pobres me aprietan más fuerte todavía, veo a unas cuatro cuadras otro amontonamiento de gente con demonios como buitres, debe ser el otro mesías, me caigo al suelo, me tiran del poco pelo que me queda, me rompen los pantalones, les grito que paren pero no paran, en un hueco entre las cabezas veo contra el cielo un demonio que baja y planea sobre nosotros, grita fuerte, algunos se asustan y se van, pero otros me siguen tironeando, ya no veo nada, me tapo la cabeza con los brazos, oigo que el demonio grita nadie se salva, y grito que no, me río un poco pensando en que yo no me salvo, yo no me voy a salvar, pero esta gente sí, yo también voy a morir desarmado en pedazos, pero ya no me importa con tal de no dejarlos ganar a estos bichos hijos de puta, esta gente sí se salva, se está salvando, y un día vamos a descubrir cómo funcionan los demonios y no van a joder más, gracias Dios porque por lo menos pude ayudar a algunos, cuidá a mi familia, y a Jorge, y a Graciela, y a Andrés, y a…


Nos cuenta Diego Martínez, el autor:

«Soy médico, y docente de la Facultad de Medicina del Comahue. Vivo en la ciudad de Neuquén, con mi esposa y mi hija menor (tengo un hijo y una hija estudiando en Buenos Aires).

»Empecé a escribir cuentos (y algo de poesía) a los quince o dieciséis años. Siempre en forma irregular, no lo hago con una producción tan pareja como me gustaría.

»En el secundario gané un segundo premio, con un cuento de terror, y en esa época recibí buenos comentarios de dos cuentos breves, en un concurso de la revista Humor y Juegos. La revista Sinergia publicó mi cuento «Animales genus», a mis 19 años. Poco después, la revista Ácronos publicó «Como una película que ya se vio antes».

»Recibí una mención en un concurso literario para médicos (soy médico desde 1991, ¡el milenio pasado!), por «Un tren en el fondo de casa». Escribí algunos cuentos para mis hijos, y algunos que quedaron guardados en cajones. Décadas después encontré a Axxon, cuando publicaron «Orden directa», basado en la Secretaría de Asuntos Estrambóticos, creación de Sergio Gaut vel Hartman. Él me estimuló mucho a arrancar de nuevo, y así fue que formé parte de Heliconia, y participé de las antologías «Grageas 2» (con «La burbuja caliente») y «Grageas 3» (con «Feromonas»), y «Todo el país en un libro» (con «El castillo de las cien torres»). Publiqué dos libros de divulgación médica, para público en general, «Artritis», y «Guía para celíacos», en los cuales explicaba esas patologías mediante la historia de dos pacientes ficticias.

»En estos años, tal vez, cuarentena mediante, estoy tratando de retomar la costumbre de escribir, y ordenando escritos que tenía guardados.»

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: ORDEN DIRECTA (nº 163)

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